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LOS CONSEJOS DE UN MAESTRO MAL PAGADO Y TRANSGRESIVO

LOS CONSEJOS DE UN MAESTRO MAL PAGADO Y TRANSGRESIVO

 

Ahora, cuando se impone la necesidad de elaborar y de poner en práctica proyectos descoloniales y pluriversales concretos en nuestra América (sin que éstos desmerezcan calificarse simplemente como “utópicos”, obviando y relegando así su carga subversiva), los cuales coadyuven a desbloquear la tendencia general a considerar cualquier asomo emancipatorio como una infracción imperdonable del orden establecido, más aún frente a la crisis civilizatoria que envuelve por entero a la humanidad, el pensamiento del Maestro Simón Rodríguez no deja de presentarse como una opción válida a la cual recurrir en todo momento.

Su clara, muy citada, escasamente entendida y nada aplicada advertencia a las jóvenes repúblicas de nuestro continente, «La América no debe imitar servilmente, sino ser original», adquiere rasgos ciertamente subversivos. Lo que es una cuestión imprescindible, si aún se aspira a concretar una verdadera revolución emancipatoria en estas latitudes, capaz de trascender el proceso inducido de transculturación y el papel subalterno de economías dependientes y proveedoras de materia prima del capital global asignado a nuestras naciones.

Las palabras del Robinson de nuestra historia irrealizada señalan la forzosa tarea de producir una completa e irreversible ruptura creadora respecto a los paradigmas de la colonialidad, originados en Europa y continuados por Estados Unidos. Nuestra América habrá de irrumpir de esta forma en el escenario planetario mediante una praxis y una teoría sociales harto diferentes a las habituales o conocidas. De ahí que, en una de sus pocas obras publicadas en vida, “Sociedades Americanas”, llegue a concluir tempranamente, no por simple prejuicio, que «la sabiduría de la Europa y la prosperidad de los Estados Unidos son, en América, dos enemigos de la libertad de pensar. Nada quieren las nuevas repúblicas admitir que no traiga el pase».   

Por ello, ante la crisis generalizada provocada por el sistema neoliberal globalizado en diversidad de naciones, bien cabría citar también su certero consejo respecto al tipo de revolución que éstas requieren para el logro de su total soberanía: “Una revolución política pide una revolución económica. Si los americanos quieren que la revolución política que el curso de las cosas ha hecho, y que las circunstancias han protegido, les traiga verdaderas bienes, hagan una revolución económica y empiecen por los campos -de ellos pasarán a los talleres de las pocas artes que tienen- y diariamente notarán mejoras, que nunca habrían conseguido empezando por las ciudades”. 

Para su logro, será necesario un modelo educativo, cuyas bases estén en plena correspondencia con ambas fases de revolución. En su afán liberador, Rodríguez concebía la educación como el instrumento más conveniente con el cual se aseguraría definitivamente la independencia lograda mediante las armas. Los ciudadanos de las recién nacidas repúblicas de nuestra América tendrían el reto de formarse adecuadamente y de establecer sistemas de convivencia y moralidad democráticos, inexistentes por demás en Europa y Estados Unidos; siendo útiles a la comunidad y a sí mismos . De ahí que concluyera que “adquirir luces sociales significa rectificar las ideas inculcadas o malformadas mediante el trato con la realidad, en una conjugación insuperable de pensar y de actuar, bajo el conocimiento de los principios de interdependencia y de generalización absoluta. Adquirir virtudes sociales significa moderar con el amor propio, en una inseparable de sentir y pensar, sobre el suelo moral de la máxima ‘piensa en todos para que todos piensen en ti’ que persiguen simultáneamente el beneficio de toda la sociedad y de cada individuo”.    

Con ello en mente, uno de los principales objetivos a alcanzarse a través de esta nueva educación es la emancipación cultural de nuestros países, indiferentemente del rango social, económico y político de sus habitantes. En ésta resaltan tres rasgos particulares: 1.- La ruptura creadora respecto al discurso colonial, el cual reafirma una concepción del mundo dominadora, racista, discriminadora, obsoleta y conservadora, contrapuesta por completo a los ideales de la emancipación, la justicia social y la igualdad de las personas; 2.- la necesaria formación política e ideológica republicana de cada ciudadano, complementada por una vocación conscientemente fomentada de servicio en relación con la nación y sus semejantes, sin los prejuicios, los vicios y los convencionalismos que caracterizan a los grupos gobernantes tradicionales; y 3.- la búsqueda inacabada de lo siempre original, evitándose que lo moderno esté contaminado de lo antiguo, especialmente en lo concerniente a las fuerzas productivas, las relaciones sociales y las relaciones de poder.

Los consejos transgresores, irreverentes, incesantes y liberadores del Maestro Simón Rodríguez se enmarcan, así, en un período de nuestra historia común de naciones que exigía fórmulas de convivencia y de creación democráticas a fin de asegurar la autodeterminación frente a las apetencias neocolonialistas de las potencias que apetecían despojar de este amplio territorio a la corona española. Lo mismo que ahora. Esta vez con un propósito más inmediato: hacerle frente a quienes, desde adentro y desde afuera, quieren establecer el dominio total de una minoría sobre los sectores populares mayoritarios de todas las naciones de nuestra América. -              

 

EL DISCURSO OFICIAL Y LA PRAXIS SOCIALISTA CHAVISTA

EL DISCURSO OFICIAL Y LA PRAXIS SOCIALISTA CHAVISTA

La liturgia, la jerga y los rituales utilizados regularmente por el chavismo gobernante y que rememoran -en mayor o menor medida, según como sean éstos observados- la ortodoxia de la vieja izquierda marxista-leninista son, contrariamente a lo pensado y buscado por sus promotores y principales beneficiarios, elementos que sirven para cuestionar y poner al descubierto su propia praxis al mando del Estado. 

 

El cuerpo doctrinario del chavismo, al emparentarse prácticamente sin discriminación alguna con todos los ismos derivados de la teoría de la historia iniciada por Karl Marx y Friedrich Engels, vuelta ahora en teoría política (o teoría social crítica) se muestra muy al gusto de intelectuales y militantes de las organizaciones (en especial, extranjeros) que se identifican con estos postulados, dando por sentado que bastará con su sola enunciación para transformar, por ejemplo, a un empresario y a sus trabajadores -de los cuales, valga aclarar, extrae la plusvalía que lo enriquece- en émulos consumados del socialismo revolucionario, lo que se extiende a burócratas y militares que estarían (según la nomenclatura oficial) subordinados al poder popular revolucionario debidamente organizado. 
 

 

Si a ello se le agrega el hecho cierto del culto a la personalidad de Hugo Chávez y, ahora, de Nicolás Maduro, bien se podrá concluir, sin pecar de exageración, que existe una perversa apología de la revolución, semejante a lo hecho en la extinta Unión Soviética, con las consabidas consecuencias que ello tuvo para el futuro de la revolución socialista en este extenso conjunto de naciones, lo mismo que a escala mundial. Todo esto aceptado acríticamente, incluso por quienes disponen de un mayor bagaje ideológico e intelectual (como los exmilitantes del Partido Comunista y de la Liga Socialista, por ejemplo) respecto al conocimiento teórico del socialismo. Lo que debiera ser y consolidarse como una amplia alianza de fracciones de clase, orientada a la conquista definitiva del poder y a la constitución de una nueva hegemonía (de extracción popular, claro está) sólo sirve para asegurar y multiplicar los votos requeridos por la dirigencia chavista en cada elección nacional, regional y municipal.
 

 

Además, se debe decir que entre las filas del chavismo se obvia que la eficacia de la maquinaria estatal tiene que estar orientada a producir una finalidad dinámica y, como tal, ajustada a los requerimientos de la amplia población sobre la cual éste actúa.

 

En este caso, la finalidad sería la solución de los problemas públicos. En un primer plano. Luego, adicionalmente, una vez reemplazados los viejos patrones burgueses liberales que obstaculizan la práctica cotidiana de una verdadera democracia participativa o directa, contribuir a la protección y a la consolidación de espacios autonómicos, conformados por ciudadanos conscientes, responsables, productivos y emancipados, es decir, capaces de asumir por sí mismos el destino del entorno en que residen, desde la escala local hasta su escala nacional. Ciudadanos que, asimismo, deben estar dotados de una visión más amplia de la vida social que la simple visión de una convivencia interna, armoniosa y satisfecha de sí misma; volcada exclusivamente hacia el grupo o comunidad a que pertenecen o están integrados. Inspirados todos, sería lo ideal, por una voluntad (individual y colectiva, sin que alguna margine o subordine a la otra) de hacer algo en común que trascienda lo existente hasta ahora. -

LA GUERRA JURÍDICA CONTRA LOS DERECHOS DE LOS PUEBLOS

LA GUERRA JURÍDICA CONTRA LOS DERECHOS DE LOS PUEBLOS

La guerra jurídica, o lawfare, es la nueva modalidad adoptada por algunos gobiernos para desmoralizar y destruir a sus oponentes políticos, potenciales o declarados. Esto implica, obviamente, un uso indebido de los diferentes instrumentos de carácter legal a su disposición. Todo con la intención de afectar, obstruir y destruir su trayectoria e imagen pública, hasta lograr, al final, su inhabilitación política y posible encarcelamiento. Algo que ya ocurre en Argentina y Brasil con Cristina Fernández y Luis Inácio Lula Da Silva, a quienes se les han imputado delitos de corrupción administrativa, supuestamente cometidos bajo sus respectivos mandatos presidenciales, a fin de impedir que ambos lleguen, en unas próximas elecciones, a recuperar el poder.

 

Otro tanto se le pretende aplicar al expresidente Rafael Correa a instancias de quien sería su sucesor al frente de la Revolución Ciudadana en Ecuador, ahora alineado con Estados Unidos y la derecha latinoamericana. En ello vale incluir a Fernando Lugo, Manuel Zelaya y Dilma Rousseff, destituidos mediante artilugios orquestados desde los Congresos de sus respectivas naciones, dominados por sus enemigos derechistas, aprovechándose de algunas circunstancias que, en su momento, fueron difundidos y magnificados por los medios informativos a su servicio, creando matrices de opinión favorables a sus fines políticos.

 

Una cuestión que sienta, ciertamente, un grave precedente en cuanto a la aplicación de las leyes, tergiversando su naturaleza y propósitos en beneficio de un interés partidista y/o minoritario que, a la larga, minará la confianza que se tenga respecto a la integridad de aquellos que ejercen los poderes del Estado (más allá del grado en que se halle actualmente). Lo cierto de todo, es que esta práctica deshonesta de las leyes será todo, menos algo legal o legítimo como lo presentan sus promotores.

 

Otro tanto ocurre con la legislación supranacional aplicada desde hace décadas por Estados Unidos y Europa al resto de los países, ya no solo contra aquellos que mantienen una ideología diferente a la suya, sino que se extiende a otros con iguales o parecidos intereses, sin respeto alguno a la soberanía de los pueblos objeto de sus ataques ni al derecho internacional, instituido -vale aclarar- por sus gobiernos a través de la Organización de las Naciones Unidas, luego de culminada la Segunda Guerra Mundial, lo que constituye una contradicción flagrante con sus principios. También cabe incluir la negativa estadounidense a la aplicación de la justicia a sus soldados en diferentes escenarios bélicos, obligando a algunos gobiernos a reconocerles inmunidad diplomática, aun cuando cometieran crímenes de guerra y de lesa humanidad, justamente cuando han sido desplegados para, supuestamente, resguardar los derechos humanos, la paz y la democracia de otras naciones. En este último caso, el gobierno de Donald Trump amenazó con aplicar sanciones a los jueces de la Corte Penal Internacional si éstos obran con una investigación sobre los presuntos crímenes de guerra cometidos por las tropas estadounidenses en Afganistán.

 

La pretensión a largo plazo (quizás en menor tiempo al que se calcule) es crear las condiciones adecuadas para que exista una “sociedad abierta” regida por un gobierno global, a la cabeza del cual estaría, sin sorpresa alguna, Estados Unidos. De esta manera, las relaciones comerciales, financieras y políticas están siendo insertadas -sin desmayo y a la vista de todos- en un vasto plan de dominación que algunos anticipan como un hecho irreversible, difícil de conjurar, pero que, aun así, sufre grandes tropiezos, gracias a la resistencia mostrada por los diferentes pueblos del mundo.  

LA LUCHA TEÓRICO-CULTURAL POR LA SOBERANÍA DE LOS PUEBLOS

LA LUCHA TEÓRICO-CULTURAL POR LA SOBERANÍA DE LOS PUEBLOS

 

Quienes controlan el poder del Estado generalmente operan al margen de la opinión de la gente, es decir, sin su consenso y sin tomar en cuenta sus decisiones y sus posibles deliberaciones, a la cual asigna un papel siempre secundario y accesorio, sólo útil a la hora de requerir su legitimación a través del voto. La soberanía popular así “delegada” se convierte en un arma a esgrimir en contra de su depositario originario, no importa cuánto se afirme en constituciones y leyes, y cuán grande resulte la reacción negativa de los ciudadanos ante lo que estiman injusto o, en su defecto, necesario. Esto tiende a agudizarse y a generar mayores contradicciones, a medida que la lógica capitalista supera toda expectativa democrática de los sectores subalternos o subordinados.


En este caso, los gobiernos -como elementos visibles de los Estados- terminan adoptando como suyos los intereses y los lineamientos de las corporaciones capitalistas, sobre todo, transnacionales, gran parte de las cuales se han apoderado de territorios ricos en agua, minerales y biodiversidad, sin atender los reclamos legítimos de los pueblos originarios y campesinos que los habitan desde largo tiempo.


Esta situación, común en una porción creciente de naciones, de la cual no escapan Estados Unidos ni Europa, pone en entredicho la legitimidad de aquellos que ejercen el poder en nombre del pueblo; cosa que se trata de minimizar mediante el uso de las atribuciones y las normativas oficiales vigentes. Si esto último no funciona del todo, entonces se recurre a los métodos represivos acostumbrados.


“La discusión sobre la problemática de los nuevos actores, espacios y discursos en el terreno de lo político -refiere Rigoberto Lanz en su artículo ‘Soberanía del sujeto frente al Estado’, publicado en 1988- pasa por dilucidar la naturaleza del Estado mismo, es decir, el contenido básico de relaciones de poder que no pueden ser leídas objetivamente como simple ‘contexto’ de lo regional, de lo social o cualquier otra figura de análisis sociopolítico”. No se trata de trazar como máxima meta la sustitución simple de un gobierno. En ello habría que incluir las relaciones sociales, el discurso y la movilidad políticos, la distribución interna de funciones del Estado, las relaciones de poder, la base jurídica, los aparatos militar, policíaco, educativo, cultural, religioso y comunicacional; las formas de representación, el rol de los partidos políticos, los valores y, en general, todo aquello que justifique el orden civilizatorio imperante, presentándolo como algo natural, inevitable e inmodificable.


Por esto mismo, la capacidad de los sectores populares para generar y asegurar nuevas fórmulas organizativas que destaquen y refuercen su participación y protagonismo tiene que rebasar la ideología dominante, haciéndola totalmente prescindible. Recurriendo de nuevo a Lanz, “la búsqueda de formas participativas reales en la dirección de los micro-espacios societales (pues ‘La Sociedad’ es una metáfora que designa arbitrariamente relaciones, planos y procesos contradictorios), pasa por una distancia -brutal o sutil- respecto a los aparatos de Estado, las corporaciones y los partidos. Estas instancias reproducen una misma lógica burocrática, la misma racionalidad instrumental. Calibrar una iniciativa de transformaciones -de la envergadura que fuera- es ante todo ponderar su capacidad real para impugnar la lógica burocrática del Estado, las corporaciones y los partidos. Cualquier intención de cambio en la escena política tropieza irreversiblemente con esta lógica”. Toda actitud y proceder estáticos, conservadores y/o convencionales, estarán de antemano en abierta oposición a tal propósito. Ello conlleva, además, la adopción y profundización de una nueva subjetividad -antiautoritaria, antipatriarcal, anticapitalista, antiimperialista y, de manera especial, hondamente ecologista-, producto de la batalla teórico-cultural que ha de acompañar las diversas transformaciones por emprenderse. Todo en un marco de horizontalidad policéntrica, sin prevalencias clasistas o sectarias que lo impida.


La pluralidad de organizaciones y enfoques que se derive de esta nueva realidad debe asegurar la participación y el protagonismo de una ciudadanía activa. Para asegurarla y concretarla son necesarios (valga la redundancia) la participación y el protagonismo de las personas, indistintamente de su condición socioeconómica; la igualdad de su voto en la toma de decisiones -tanto en lo que respecta a las instituciones públicas, gremios y partidos políticos como en relación con sus propias organizaciones autogestionarias; una comprobación adecuada de la información compartida, lo que exige no solamente información sino también educación, crítica y autocrítica, responsabilidad (horizontal, vertical y societal); además de demandas como expresión de las solicitudes institucionales y no institucionales que tengan a bien hacer las personas y movimientos populares. -         

 

LA BATALLA MÁS IMPORTANTE DE LOS PUEBLOS POR SU EMANCIPACIÓN

LA BATALLA MÁS IMPORTANTE DE LOS PUEBLOS POR SU EMANCIPACIÓN

 

En el contexto del avance agresivo en el control de mercados y recursos de naciones periféricas por parte de las grandes corporaciones transnacionales y del apuntalamiento político-militar del capitalismo neoliberal a nivel mundial, la primera (y quizá más importante) batalla que les toca librar y ganar a los pueblos que ansían su total autodeterminación y emancipación es de índole cultural.

 

Mediante ella,podrían despojarse de la falsa conciencia que les ha sido inculcada a través del tiempo por los sectores dominantes, sometiéndolos y haciéndolos ciudadanos de segunda categoría (gran parte de las veces, sin considerarlos siquiera seres humanos, como se acostumbró en nuestra América con los pueblos originarios tras la invasión europea de hace más de quinientos años atrás). Por consiguiente, tiene que afincarse en valores,  tradiciones e historia propios,  aunque éstos se hallen impregnados de la visión e intereses de los sectores dominantes, pues de ellos podrán extraer los pueblos el impulso suficiente para emprender el proceso colectivo de participación y de protagonismo que les permita acceder a la construcción consciente de sus propios destinos; ya no marcados o subordinados por la concepción de la vida de quienes, por ahora, los excluyen del disfrute de mejores condiciones materiales de vida y, en consecuencia, de una vida libre y plena.

 

Una siguiente batalla -poco o nada distinta de la anterior, incluso, sin que sea éste el orden para que ocurra, pudiendo ser anterior o simultánea a ella- es reducir y evitar el silenciamiento de sus luchas, tanto aquellas que son sólo reivindicativas como las que se inscriben en la búsqueda de un mayor y efectivo grado de democracia social, política, cultural y económica. Ésta tiene por escenario cada uno de los medios utilizados para la difusión de opiniones, información y entretenimiento; lo que no será fácil en vista del entramado de capitales e intereses que une a los mismos, vinculados por lo general a las minorías usufructuarias del poder. No es un recetario único ni novedoso, tomando en cuenta que muchas de las grandes experiencias revolucionarias de la historia terminaron en fracasos al no comprenderse la necesidad perentoria de promover estas lides en el seno de los sectores populares, lo que abrió las compuertas a la restauración (inmediata o paulatina) del viejo orden.

 

Otra batalla, posiblemente la mejor percibida y la de mayores expectativas entre los sectores populares, se refiere al poder, a su naturaleza y a su manejo, donde se definen generalmente los pasos a seguir en lo adelante por la población en general. A pesar de su importancia, pocos se preocupan de vislumbrar y estudiar en profundidad su origen, sus mecanismos y los cambios radicales que deben propiciarse con la finalidad de construir colectivamente un modelo civilizatorio de otro tipo.

 

Acá es donde encallan muchas de las experiencias revolucionarias habidas a través de la historia al limitarse a un simple cambio de nombres y personajes, dejando intactas las estructuras y procedimientos administrativos del poder constituido. Así como su burocratismo corporativo. Lo que conspira inevitablemente contra la posibilidad real que el pueblo organizado y consciente asuma el cuestionamiento y extirpación definitiva del Estado burgués liberal imperante. -

 


LA HORA CERO DE LA ECONOMÍA VENEZOLANA

LA HORA CERO DE LA ECONOMÍA VENEZOLANA

Sin pecar de ilusos ni fanáticos, se ha de reconocer que el 20 de agosto de 2018 marca un hito trascendental en la historia económica de Venezuela. Así haya opiniones contrarias, algunas válidas y otras sencillamente carentes de sentido común. La implementación y objetivos de las medidas acordadas por el gobierno de Nicolás Maduro en materia económica -todas enmarcadas en lo que es, básicamente, la realidad capitalista que envuelve al país y al mundo, no obstante, el discurso oficial aún emparentado con el izquierdismo tradicional- será determinante en cuanto a la estabilidad política y social de esta nación.

 

Sin embargo, en medio del optimismo que busca transmitir el estamento político gobernante, se debe advertir que, para concretar la recuperación económica en general, es imprescindible que todas las instituciones públicas dejen de represar y cooptar las diferentes expresiones organizativas de Soberanía Popular, condenándolas a un papel inocuo, accesorio y sin influencia alguna.

 

Cada representante del Estado -indistintamente de cuál sea su rango- tiene que respaldar activamente, en todo momento, sin titubeos ni complicidades, cada acción emprendida por el Pueblo organizado para acabar con la corrupción, la especulación y el desabastecimiento de productos; ya que dicha acción es un elemento clave para la estabilidad democrática, social y económica del país, incluso, excediendo lo establecido en la Carta Magna y demás leyes vigentes. Todo esto, a sabiendas del alto nivel de corrupción existente en todos los niveles de la administración pública, la cual se incrementó sin control, contribuyendo, a su vez, al desencadenamiento de la crisis generalizada que padece Venezuela.

 

De nada valdrá que se decreten regularmente aumentos salariales, si estos se descapitalizan casi instantáneamente ante la inflación inducida por empresarios inescrupulosos que sólo piensan en su tasa de ganancias y sobre los cuales no parece existir castigo alguno. Por ello mismo, es vital que haya un control estricto y directo de parte de las diversas organizaciones del poder popular, obligando a las estructuras del Estado a cumplir puntualmente con sus funciones; en bien del pueblo y no de minorías antisociales.

 

En este sentido, insistimos, el acompañamiento popular, más allá de una militancia partidista determinada, es un factor decisivo en esta hora cero de la economía venezolana, entendiéndose ésta como una oportunidad para producir los cambios estructurales que, desde hace décadas, deben propiciarse en el ámbito económico, sin «burguesías» parasitarias (sea cual sea su color «ideológico») que recurran a la renta petrolera para su sostenimiento.

 

No es la suerte de Nicolás Maduro ni de la dirigencia del PSUV ni de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana la que está en juego en estos momentos. Es el destino y la independencia de todo un país lo que se arriesga si este 20 de agosto no marca definitivamente la diferencia con el pasado y nos permite a todos los venezolanos recuperar la confianza en el futuro y en nuestras propias potencialidades (tanto individuales como colectivas), sin darle chance a los sectarismos -de parte y parte- que nos impiden vernos como un solo Pueblo. -

EL CAPITALISMO Y SU “DEMOCRACIA” SIN OPCIONES

EL CAPITALISMO Y SU “DEMOCRACIA” SIN OPCIONES

Para el sistema capitalista es sumamente esencial -además del control y la explotación de la diversidad de recursos presentes en la naturaleza- la existencia de la especie humana. Sin esta última, lógicamente, no sería nada posible la producción y la reproducción de los medios, los dividendos y las mercancías que contribuyen a darle un perfil definido a tal sistema. Necesita, por tanto, que la existencia humana esté regulada por una sociedad burocráticamente organizada. Una sociedad que responda de manera apropiada a sus vitales intereses y no le dé cabida alguna a cualquier tipo de cuestionamiento, inconformidad y/o rebeldía que haga pensar a muchos que éste pueda trascenderse.

 

Sin el soporte de esta sociedad ajustada a su lógica, el capitalismo sucumbiría irremediablemente. En este caso, las personas (asumidas como fuerza de trabajo) cumplen un doble propósito, enormemente beneficioso para la clase capitalista: como generadoras de plusvalía y como consumidoras. Gracias a la cultura de masas -fomentada en una gran parte por la industria ideológica a su servicio- el capitalismo dispone de un amplio contingente de compradores, logrando en muchos de ellos una compulsión consumista de la cual pocos adquieren conciencia.

 

Frente a ello, la pretensión de cambiar radicalmente el tipo de sociedad predominante a nivel mundial, sin plantearse con seriedad lo mismo respecto al sistema económico, resulta un enorme contrasentido. Ambos elementos se hallan consustanciados y no deberían aislarse uno en relación con el otro. Esto implica comprender, de una manera amplia, los rasgos y los mecanismos que legitiman y mantienen vigente al capitalismo. No bastará, por consiguiente, intentar alguna reforma, en uno u otro sentido, si éstos son desconocidos y se dejan intactos. Tampoco bastará con enunciar y legalizar los reclamos de justicia e igualdad sociales enarbolados por los sectores populares en sus luchas diarias.

 

“El nuevo proyecto conservador -explica Pablo González Casanova en su libro ‘De la sociología del poder a la sociología de la explotación. Pensar América Latina en el siglo XXI’- llega a plantear un sistema democrático en que no hay derecho a escoger una política económica distinta de la neoliberal, ni un gobierno democrático con fuerte apoyo popular. Propone una democracia ‘gobernable’ en que las elecciones se limiten a elegir a los grupos de las clases dominantes (o cooptadas por ellas) que muestren tener mayor apoyo en las urnas semivacías. Propone una democracia sin opciones en la que vote la minoría de los ciudadanos para escoger entre un pequeño grupo de políticos profesionales, cuyas diferencias ideológicas y programas son insignificantes”. Esto hace necesario explorar las potencialidades de los diferentes movimientos antisistémicos que se oponen a tal eventualidad. Aun de aquellos que no se han trazado la toma del poder como una de sus metas principales de lucha. En todo ello es fundamental la autonomía con que cada uno de estos movimientos puedan (y deban) manejarse, de modo que propicien en todo momento -sin dogmatismos ni exclusiones- una construcción social, económica y política por fuera de la lógica y la ideología dominantes.

 

La Comuna de París de 1871, los Soviets surgidos con la Revolución Bolchevique de 1917, los Consejos de fábrica constituidos en Turín (Italia) a comienzos del siglo XX, a semejanza de lo hecho en Rusia; la Revolución Cultural impulsada por Mao Tse-Tung en China y, más cercanamente en el tiempo y el espacio, los Caracoles Zapatistas en el estado de Chiapas en México, pudieran servir -en algún sentido práctico y teórico- de guías para el logro de dicha meta. Cada uno de estos importantes hechos históricos fueron destellos de una nueva forma de gestionar los asuntos públicos y de entender y ejercer la soberanía popular. Todos ellos supusieron -dentro de su contexto específico- la subversión y la desestructuración del Estado burgués liberal, impuesto (de cualquier modo) por el eurocentrismo extendido a todo el mundo.

 

La democracia (entendida ahora como una construcción colectiva desde abajo) es, en términos definitivos y definitorios, el autogobierno, razón por la cual los sectores populares están llamados a abrir paso a un modelo civilizatorio de nuevo tipo, donde las relaciones sociales y sus paradigmas sean algo absolutamente diferente a las imperantes. La autonomía, el autogobierno, el reconocimiento de la diferencia, la interculturalidad y las prácticas intercomunitarias tendrían que ser, entre otros, los rasgos distintivos de este nuevo modelo civilizatorio. Este, asimismo, tendrá que asentarse en un proceso permanente de reapropiación de los símbolos y los diversos tópicos que dieron origen a las luchas populares a través de la historia. -                

 

LAS VÍCTIMAS COLATERALES DEL “PROGRESO” ECONÓMICO

LAS VÍCTIMAS COLATERALES DEL “PROGRESO” ECONÓMICO

Como parte del sentido común y de la vida cotidiana, la realidad ilusoria y deformada de las ventajas materiales individuales -propiciada por la gran industria ideológica que resalta los valores capitalistas- impulsa a mucha gente alrededor del mundo a emigrar de sus países natales en búsqueda de unas mejores y más seguras condiciones de vida. Esto se ve año tras año en la frontera que separa a Europa de África o en la que separa a Estados Unidos de nuestra América, lugares donde comúnmente acontece una infinidad de situaciones que condenan a los inmigrantes (indocumentados, para mayor precisión) a la detención, la deportación y, en el peor de los casos, la muerte sin dolientes, incluyendo a niños, como se pudo apreciar mediante las imágenes difundidas a nivel global en relación con el trato dispensado a los hijos de inmigrantes retenidos por las autoridades de Estados Unidos, siendo colocados en jaulas cual si se tratara de animales.

Esto comprueba, además, el grado en que el modo de producción -como régimen de producción y reproducción de la vida social- ha marcado, cual hierro candente, la mentalidad de muchas personas (hasta podrá afirmarse que al cien por ciento de la humanidad), por lo cual se esmeran en hallar un trabajo asalariado de mejor remuneración, al margen de cualquiera otra consideración que supondría despojarse de la falsa conciencia que poseen. Ello está acompañado por el comportamiento asumido en la actualidad por el Estado en muchas naciones del mundo al privilegiar la protección de los intereses supremos de las grandes corporaciones transnacionales más que la de sus propios ciudadanos, a quienes les reserva una situación de represión y militarización en previsión de exigencias económicas y políticas que hostilicen su nuevo rol al servicio del capital. Algo, por cierto, nada excepcional, en vista de sus antecedentes históricos, pero que ahora se cumple con una mayor notoriedad y desparpajo.

Como se extrae de la afirmación hecha por Zygmunt Bauman en el libro ‘Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias’, “refugiados, desplazados, solicitantes de asilo, emigrantes, sin papeles, son todos ellos los residuos de la globalización. No obstante, no se trata de los únicos residuos arrojados en cantidades crecientes en nuestros tiempos. Están también los residuos industriales ‘tradicionales’, que acompañaron desde el principio a la producción moderna. Su destrucción presenta problemas no menos formidables que la eliminación de residuos humanos, cada vez más horrorosos, y por razones muy similares: el progreso económico que se propaga por los rincones más remotos del ‘saturado’ planeta, pisoteando a su paso todas las formas restantes de vida alternativas a la sociedad de consumo”.

Para los dueños del capital, estas víctimas colaterales del “progreso” económico, en un sentido amplio, solo tendrían algún derecho a existir siempre y cuando estén impregnados (y así lo hagan ver, sin disidencia alguna) de la visión e intereses de los sectores dominantes. Es lo que ocurre en diversas naciones, incluyendo las periféricas, con gentes de toda edad, deambulando en las calles, sin atención social. Así, junto a los graves efectos de la depredación sufrida año tras año por la naturaleza a nivel mundial, hay que considerar también lo equivalente respecto a las personas excluidas por este “progreso”. A fin de evitar su multiplicación negativa, la misma dinámica socioeconómica del sistema capitalista globalizado impone la necesidad de construir unas nuevas formas de vivir y de comprender la vida, además de nuevas institucionalidades que tengan por fundamento una mayor expresión de democracia; todas las cuales, en conjunto, representarían abrir caminos a una nueva clase de sociedad. -