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ANTES DE QUE DESAPAREZCA PALESTINA

ANTES DE QUE DESAPAREZCA PALESTINA


Aunque sea algo que se niegue de manera reiterada, la desinformación, la estigmatización y la agresión han sido -desde hace 70 años- unos elementos constantes en la historia de despojo del pueblo palestino. Esto lo omite alguna gente de modo deliberado, temerosa de ser acusada de antisemita, dando así la excusa perfecta para no «preocuparse» demasiado por la suerte (o muerte) de millares de seres humanos que sólo defienden su derecho a la tierra y la cultura heredadas de sus ancestros, tal cual le correspondería a cualquier otro pueblo del mundo. Esta actitud es compartida, incluso, por quienes se identifican contrarios a los sectores más conservadores de sus respectivos países, lo que contribuye a mantener en un estado de incomprensión e indiferencia los sucesos que tienen lugar en el escaso territorio que todavía ocupan los palestinos; los cuales -por cierto- apenas merecen la atención de la industria mediática cuando éstos superan el marco «normal» de violencia aceptada.

Vista así, sin prejuicios ni animadversión algunos de por medio, la situación presente de Palestina merece la atención, la justicia y la solidaridad de cada persona sensata. Antes de que desaparezca por completo de la faz de la Tierra. No por simple demagogia o por fanatismo antisionista, sino porque son seres humanos a los cuales se les niega la vida, de manera sistemática y cruel, lo que hace rememorar la historia de persecución, sadismo y exterminio protagonizada por los nazis en Europa en su loco afán de preservar la «raza» aria.

De un modo similar, pero con una mayor impunidad, se condena a los palestinos a una extinción absoluta, en medio de intereses geopolíticos que enrarecen y dificultan cada día una posible solución. En vez de permitírseles esto último, sufren a la vista de todos el desalojo y destrucción de sus casas, la destrucción de sus olivares antiguos, el encarcelamiento injusto e inhumano de niños, y, más escandaloso aún, el asesinato impune (e inducido) de cientos de ellos.

Víctimas de lo que empezó a ser “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, borrando así sus derechos, los palestinos han tenido que padecer igualmente los efectos de la inversión de la verdad, cuestión que ha facultado que, bajo ninguna circunstancia, la muerte de cualquiera de ellos sea cual sea su edad y estado físico, se llegue a considerar como un asesinato, en un claro ejemplo del desprecio a su condición humana, así como la práctica de oscurecer responsabilidades al respecto.

“Gaza se está hundiendo lentamente en el mar, pero ¿a quién le importa?”, expresa sin ironía Jonathan Cook en su artículo “Los medios corporativos nos convierten en esclavos de un mundo de engaños”, lo cual refleja la actitud creada a nivel mundial por lo que él denomina la Gran Narrativa Occidental, la misma que ha impuesto una cartelización global de la información. Mediante ésta, la limpieza étnica que tiene lugar en lo que resta de Palestina se asume como un incidente normal e inquebrantable. Incluso, justificado como un castigo divino contra el cual no cabría apelación alguna. -

 

LA DEMOCRACIA LLEVADA A UNA MÁXIMA EXPRESIÓN

LA DEMOCRACIA LLEVADA A UNA MÁXIMA EXPRESIÓN

La democracia -llevada a una máxima expresión conceptual, práctica y organizativa- debiera tener como objetivo primordial el establecimiento de una horizontalidad del poder colectivo que ella supone y, por consiguiente, como efecto directo de esta nueva expresión o contexto, la sustitución de las clásicas relaciones de poder instituidas a través del Estado burgués liberal.


Según la define el escritor, antropólogo y abogado argentino Adolfo Colombres en su obra “América latina como civilización emergente”, la democracia “es el gobierno del pueblo, no del hombre-masa. Del pueblo, que es el hombre organizado, pensante, creativo, que defiende como algo muy valioso los lazos morales y de solidaridad”. No basta, entonces, con proclamar y estampar en constituciones y leyes los derechos y la soberanía del pueblo, si éste permanece en una situación pasiva y carente de un proyecto de carácter colectivo que lo motive a actuar en total correspondencia creativa con tales postulados.


Siendo ésta la norma común en nuestras naciones, planear el simple reemplazo (constitucional o por la fuerza) de un régimen por otro, no garantiza que no se dejen vivas las raíces y las razones que detonan cada cierto tiempo la diversidad de conflictos, crisis y contradicciones que envuelven al sistema político, económico, social y cultural en que está sumida la mayor parte de la humanidad. Esto exige un esfuerzo mayor y continuo, acompañado, necesariamente, de un cambio de conciencia. Sin embargo, de seguidas se ha de advertir que dicho cambio de conciencia no se limita (ni debe limitarse) a una fatua acumulación de conocimientos teóricos y a un discurso que así lo certifique. Con ello, hay que enfatizar que no es suficiente enfocarse sólo en el aspecto político y/o económico, como es habitual en cada nación del planeta, lo que limita y, en la mayoría de las veces, obvia la necesidad histórica de trascender, de una manera integral, el sistema por largo tiempo instaurado.


Como se deducirá, el poder popular que emane de este importante y revolucionario hecho histórico tendrá que asumirse con absoluta independencia de las clases dominantes tradicionales, lo que es decir del Estado que las legitima; así como respecto a las lógicas productivas y reproductivas que hasta ahora han sustentado el funcionamiento del régimen capitalista. En este caso, mal que le pese a algunos que se niegan todavía en admitirlo, al unificarse la lucha política (en demanda de un mayor grado de democracia) y la lucha anticapitalista en un mismo frente, habrá que plantearse, simultáneamente, la lucha de clases, lo que se traducirá en la construcción de una nueva hegemonía, en esta oportunidad, de índole realmente popular.

 

No obstante, la misma podría verse entorpecida sino se produce una insurgencia cultural-ideológica permanente y, por extensión, una nueva subjetividad, tanto individual como colectiva. Todo ello implica, a grandes rasgos, darle forma y contenido a una teoría de la democracia que sume los elementos de resistencia y soberanía contenidos en la acción de mandar-obedeciendo, tan lisonjeada en nuestra América, de modo que ella respalde en todo momento la autoridad política del pueblo.         

CAPITALISMO Y DEUDA CLIMÁTICA

CAPITALISMO Y DEUDA CLIMÁTICA

La acelerada degradación global del medio ambiente constituye materia de primer orden del debate político que deben emprender todos los pueblos de la Tierra ante la voracidad de las diferentes corporaciones transnacionales que rigen el sistema capitalista. La comprensión de esta problemática tiene que asumirse, además, con criterios de urgencia, puesto que es más que evidente la alta incidencia de dicha voracidad capitalista en el agotamiento de las reservas hidrológicas del planeta, en la calidad deteriorada del aire y de los suelos, y en la sustentabilidad misma de toda la vida humana, vegetal y animal.


En tal sentido, hablando de los posibles futuros que ahora se le presentan a la humanidad, Andrés Lund Medina conjetura en su análisis «Cuestiones metodológicas para pensar los tiempos históricos», el cual abarca una serie de aspectos vitales que cualquier persona sensata podría percibir- que «todo parece indicar que si no le ponemos un freno a la enajenada Máquina productivista del capitalismo, ésta nos llevará al desastre ecológico (a una Nueva Era geológica sin humanos) y social (a una drástica reducción de la población), e incluso al fin de la civilización humana. Gracias a la enloquecida dinámica capitalista, está en juego el tiempo largo civilizatorio para humanizar el mundo social y emancipar del Capital a la humanidad».


Con esta comprensión y dotados con las herramientas legales y extralegales que pudieran servir para frenar el avance continuo de lo que se podría catalogar de ecocidio planetario, se debe traspasar la cotidianidad abrumadora impuesta por el capitalismo y así desentrañar las verdaderas causas de los fenómenos climáticos que afectan a la humanidad en general, ya que ésta se halla limitada respecto a ello, fragmentada en sectores con escasa o ninguna conexión entre sí, circunstancia que ha facilitado hasta ahora su dominio histórico.


De esta forma, la deuda climática que se les reclama a los principales países capitalistas desarrollados dejará de ser un asunto estrictamente reservado a ecologistas y otros especialistas, permitiendo establecer incluso los derechos de la Madre Tierra, como ya lo hiciera por la vía constitucional el Estado Plurinacional de Bolivia. De ahí que una propuesta contentiva de una visión integral sobre tan importante materia entra en conflicto directo con el capitalismo porque no sólo se refiere a lo estrictamente económico-financiero, sino que abarca también lo ético, lo cultural, lo étnico, lo ambiental, lo energético y, por supuesto, los modos de producción vigentes que han sostenido un sistema consumista devorador, basado en la creencia errada en relación con una aparente infinitud de recursos naturales. Esto nos sitúa ante una realidad que, inexcusablemente, tendrá que ramificarse mediante la construcción colectiva consciente de un nuevo modelo civilizatorio, sobre todo, cuando la crisis capitalista nos sitúa otra vez ante la perspectiva de nuevas guerras que, inevitablemente, ampliarán las cifras de contaminación, hambre y de pobreza, creando una crisis aun peor a la existente en el mundo.


En conformidad con este probabilidad sombría, en el artículo "Pluriverso: hacia horizontes postcapitalistas”, escrito por el economista y profesor universitario ecuatoriano Alberto Acosta, éste expone que “dicha crisis no es coyuntural ni manejable desde la institucionalidad existente. Es histórica y estructural, y exige una profunda reorganización de las relaciones tanto dentro, como entre las sociedades de todo el mundo, como también entre la Humanidad y el resto de la “Naturaleza”, de la cual formamos parte. Y eso implica, evidentemente, una reconstrucción institucional a escala mundial, algo inviable desde las actuales instituciones de alcance planetario e inclusive desde los estrechos márgenes estatales”.


Todos somos testigos de esta realidad inmediata y amenazante, pero de nada servirá reconocerlo si no hay el compromiso político suficiente para revertirla mediante cambios profundos que, a su vez, supongan cambios significativos en el estilo de vida de las naciones industrializadas capitalistas. Lo cual, de concretarse, ayudará a que las naciones más desfavorecidas o empobrecidas no prosigan en su empeño por alcanzar los mismos niveles de aquellas, dando lugar a la destrucción masiva de sus suelos y biodiversidad, la minería ilegal, la cría extensiva de ganado y la explotación maderera indiscriminada que inducen a la deforestación irracional de grandes extensiones de bosques. Lo que nos compromete, igualmente, a entablar una ardua cruzada política, cultural e ideológica liberadora que nos permita salvarnos y salvar el ambiente. -

 

 

EL ARCA DE NOÉ DEL CAPITALISMO GLOBAL

EL ARCA DE NOÉ DEL CAPITALISMO GLOBAL

Si se estableciera un símil entre la realidad del mundo contemporáneo y los tiempos del patriarca bíblico Noé quizás el mismo fuera catalogado de incongruente y poco convincente. Exagerado. Sin embargo, salvando las referencias teológicas de los cuales algunos estarán más pendientes, se podrá afirmar que el capitalismo global pretende algo parecido a la decisión de Noé que permita sobrevivir a una catástrofe de iguales o mayores efectos que el mítico diluvio universal.

 

Sólo hay un detalle: las intenciones de los representantes de este capitalismo global no están demasiado orientadas en salvar la vida de toda especie existente sobre nuestro planeta. Sólo la de quienes conforman su círculo exclusivo. Ya no sería al modo de los muros con que protegen sus propiedades del resto del mundo. Se trata de hacer de países enteros un coto cerrado al tránsito y sobrevivencia de personas “indeseables”, ajenas a su “cultura” y estilo de vida. Como ya ocurre en la frontera entre Estados Unidos y México, entre Israel y lo que queda de Palestina o entre Europa y África (además de otras regiones menos publicitadas, pero con igual impacto). O con las legislaciones que restringen y condenan todo flujo migratorio, aduciéndose para ello los más disparatados argumentos, pero todos coincidentes en propósitos. Entre éstos la calificación de terroristas y delincuentes que se les endilga a quienes se ven forzados a expatriarse, ya sea por causa de las guerras que, precisamente, propician los Estados que les impiden el acceso a sus territorios, o por necesidades económicas. Todo ello bajo unas condiciones que degradan considerablemente la condición humana. Incluso, con actitudes y procederes que recuerdan en mucho lo hecho por el nazi-fascismo durante su apogeo en Europa.

 

Esta arca de Noé capitalista no carece de visos de realidad. Se dispone de un gran depósito de semillas extraídas de todas las latitudes con el presunto objetivo de dotar de alimentos a la humanidad de producirse una hambruna de magnitud apocalíptica. Lo que no se dice y es muy poco difundido por la opinión pública es que tal banco de semillas, también conocido como Bóveda del Fin del Mundo o del Juicio Final, existe y se encuentra en Noruega, a 1.300 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico. Entre sus principales patrocinadores se incluyen no sólo gobiernos sino también empresas privadas, lo que hace presumir que su provisión no será en modo alguno gratuito y altruista. Sería una forma más de asegurar el estado de sumisión e incondicionalidad que, desde hace décadas, persiguen con afán las clases dominantes gringas y europeas, constituidas en un frente común contra cualquier pretensión de soberanía que amenace sus intereses capitalistas.

 

No es descabellada la realidad que se desprende de todo esto. Un imperio o dictadura corporativa mundial donde “convivan” una minoría gobernante (con disfrute de muchos privilegios) y una mayoría subordinada (sobre la cual recaerá la exigencia del sacrificio total de sus derechos civiles a cambio de la posibilidad incierta de sobrevivir). Lo que se obvia (y se debe divulgar) es que las desigualdades sociales y económicas, sin omitir lo referente a la catástrofe ambiental que se cierne sobre nuestro planeta y, por consiguiente, sobre el destino humano, tiene sus causas u origen en las estructuras que sostienen y caracterizan el modelo civilizatorio capitalista contemporáneo.  Se debe comprender -como concluye Albert Recio Andreu en su artículo “Imperialismo defensivo: de populismos y migraciones”- que “luchar contra el capitalismo hoy, responder a su modelo explotador y depredador, requiere más que nunca de un pensamiento cosmopolita, orientado a elaborar propuestas de desarrollo viable, justo y deseable para el conjunto de la sociedad. Si algo bueno nos debería dejar la fase neoliberal debería ser que nos sitúa inevitablemente frente a la necesidad de pensar una economía en clave planetaria, de humanidad. A volver a la senda que trataba de esbozar el ‘proletarios de todo el mundo, uníos’ pero sin caer en su optimismo ingenuo”. Esto no significa cerrarse a cualquier posibilidad que entrañe diluir por completo las pretensiones hegemónicas del capitalismo global sino sumarse al esfuerzo común de evitar la calamidad que ellas representan para el género humano y todo vestigio de vida. -

ESTADOS MODERNOS Y SOCIEDADES COLONIALES

ESTADOS MODERNOS Y SOCIEDADES COLONIALES

Tal como lo deja asentado el investigador de origen brasileño Danilo Assis Clímaco en el prólogo de la obra “Cuestiones y Horizontes. De la Dependencia Histórico-Estructural a la Colonialidad/Descolonialidad del Poder”, del sociólogo peruano Aníbal Quijano: “Encarnamos la paradoja de ser Estados-nación modernos e independientes y, al mismo tiempo, sociedades coloniales, en donde toda reivindicación de democratización ha sido violentamente resistida por las élites ‘blancas’”. Para cierta gente, algo difícil de digerir, obviando el hecho indiscutible que, desde los primeros tiempos de nuestras naciones (hablando de nuestra América), los estratos sociales subordinados han resistido las pretensiones hegemónicas de quienes detentan el poder político, económico y, hasta, religioso; convertidos, por obra y gracia de dicho poder, en los únicos autorizados y capaces de asumir las riendas de la sociedad.  

 

En cierta forma (visible a veces, en otras no) somos víctimas frecuentes de la eurocéntrica visión unilineal, asimilada e institucionalizada sin cuestionamiento alguno. Quienes comenzaron a regir los destinos de las repúblicas nacientes de Nuestra América lo hicieron generalmente despreciando lo autóctono y glorificando, en su lugar, todo aquello proveniente de Europa, inicialmente, y de Estados Unidos, luego. Simultáneamente, tendemos a ignorar (consciente y/o inconscientemente) que esta situación histórica emergió junto con el advenimiento del capitalismo colonial global. Respecto a esto último, habrá que decir que todo cuestionamiento a uno de estos dos elementos implicaría, forzosamente, el cuestionamiento del otro; estando como están ambos fuertemente entrelazados. Esto -visto en conjunto y, sobre todo, considerando el desarrollo de las fuerzas productivas internas- creó un sistema altamente dependiente, lo que influyó en la condición de subdesarrollo atribuida desde mucho tiempo a nuestras naciones.   

 

Esto nos sitúa frente a lo que en nuestra América se identifica todavía (sin mucho análisis) como burguesía, pero en un contexto diferente a lo determinado por los teóricos del comunismo, dada su singularidad frente a la imagen clásica de la surgida en Europa, a partir de la Revolución Francesa, frente a la cual posee muy escasas semejanzas. Al referirse a esta situación, uno de los principales ideólogos del movimiento de descolonización francés, nacido en Martinica, Frantz Fanon, en su obra «Los condenados de la tierra», expone: «En los países subdesarrollados, hemos visto que no hay verdadera burguesía sino una especie de pequeña casta con dientes afilados, ávida y voraz, dominada por el espíritu de tendero y que se contenta con los dividendos que le asegura la antigua potencia colonial. Esta burguesía caricaturesca es incapaz de grandes ideas, de inventiva. Se acuerda de lo que ha leído en los manuales occidentales e imperceptiblemente se transforma no ya en réplica de Europa sino en su caricatura». 

 

A ello se suma la realidad del modelo de Estado imperante, el cual tiene como rasgo distintivo una estructura oligárquica que responde a esta visión y, por tanto, a los intereses grupales de las clases dominantes, o burguesía terrateniente y comercial, acoplada -desde los albores del siglo 20- a los grandes capitales monopólicos imperiales radicados en el norte del continente; correspondiéndoles -dentro de los esquemas de la división internacional del trabajo- el papel de exportadores de materias primas.

 

Aun teniendo en cuenta las peculiaridades de cada uno de los países de este continente (al igual que en otros), se mantiene prácticamente inalterable esta visión eurocéntrica unilineal. Esto explica en gran parte la diversidad de tensiones y de conflictos sociales generados a través de nuestra historia común, especialmente en lo que respecta a la concepción, las garantías y el ejercicio real de la democracia, así como todo aquello que tendría lugar en cada uno de los ámbitos de la vida social, si ésta fuera efectivamente extensiva a toda la población y no únicamente a un sector específico. Explica además el por qué teniendo, en apariencia, Estados modernos, todavía pervivan sociedades coloniales en nuestra América. -  

 

LA AUTORIDAD POLÍTICA GLOBAL DEL CAPITALISMO TRANSNACIONAL

LA AUTORIDAD POLÍTICA GLOBAL DEL CAPITALISMO TRANSNACIONAL

La humanidad se halla en una situación en que los niveles de precariedad, pobreza y desempleo se han incrementado considerablemente, causando, entre otros efectos negativos, que el trabajo asalariado ya no sea considerado como un medio de subsistencia para cualquier persona o familia que no posea recursos. De manera simultánea, en muchas regiones del planeta se observa cómo el capital tiende a concentrarse y a centralizarse en unos pocos millonarios y cómo esto conduce a elevar la tasa de desempleo y a una mengua sin pausa de los salarios de los trabajadores.

Como contrapartida, algunos economistas recomiendan la dolarización de las economías depauperadas -especialmente en los países de nuestra América- como una opción válida y prácticamente única para salir de la situación crítica en que éstas se hallan, lo cual, aparte de ser inconstitucional en algunas de estas naciones, vulnera la soberanía monetaria e involucraría la desnacionalización de las principales actividades económicas generadoras de divisas, así como un endeudamiento externo, lo que -en perspectiva- avalaría la inversión extranjera privada y, con ella, la salida a la crisis.

Esto no obvia la autoridad política global ejercida por el capitalismo transnacional, a pesar de enfrentar circunstancias que escapan a su control, como la creciente influencia de China y Rusia en el mercado mundial. Por ello se recurre a “golpes blandos”, “rebeliones de colores”, asesinatos selectivos, imposición de bloqueos, sanciones extraterritoriales, campañas de desinformación masivas, sabotaje de las líneas de telecomunicaciones y formas abiertas y encubiertas de intervención que, con la complicidad de grupos internos afines, terminen por doblegar a las naciones que osen manejarse en un sentido contrario a sus intereses, en una guerra no convencional o asimétrica que escasamente merece la atención de los organismos multilaterales encargados de velar por que ello no ocurra. Elementos constitutivos -a gran escala- de la guerra irrestricta en fase de desarrollo que tiene como principal propulsor al gobierno de Estados Unidos, a fin de asegurar así su hegemonía total e indiscutible en el mundo.

En el libro “10 años de crisis. Hacia un control ciudadano de las finanzas” de ATTAC España, se resume que, al presente, “vivimos en una sociedad donde interactúan muchos actores: Ciudadanía, Mercado, Empresas, Finanzas, Comercio Internacional, Estados, Familias, Comunes y Tierra, todos ellos conformando un complejo escenario en el que el papel que se le asigna a cada uno de ellos condiciona y puede condicionar nuestra vida presente y futura. La sociedad se ve amenazada cuando uno de sus componentes, que se ha convertido en hegemónico, domina y esclaviza a todos los demás, impone sus demandas y puede subordinarlo todo a su expansión indefinida. La sociedad actual, por más democrática que se imagine a sí misma, está experimentando también el yugo de un sector poderoso dispuesto a llevar su ventaja tan lejos como le parezca. Esta fuerza, que ignora los límites, son las finanzas globalizadas, a las que llamamos ‘casino’ en el sentido de que la gestión del riesgo y el juego tienen algunos puntos en común”.

En medio de semejante panorama, nuestra América (considerada desde hace dos siglos por Estados Unidos como su “legítimo” patio trasero) es foco de la atención de los grandes consorcios transnacionales, seducidos por la posibilidad nada remota de poder controlar no solamente las economías dependientes de estos países sino también su biodiversidad y demás recursos estratégicos. Tratar de neutralizar este unilateralismo globalizador, exige una reelaboración consciente de experiencias compartidas y protagonizadas desde abajo por los sectores populares, evitando que éstos continúen catequizados como agentes involuntarios de la reproducción del sistema de valores de su propia dominación, discriminación y explotación; condicionados a existir en un estado de resignación permanente. -

 

PORFIADAMENTE, CON MARX

PORFIADAMENTE, CON MARX

 

Los capitalistas siempre han sucumbido ante la incertidumbre que les causaría una eventual bancarrota. Esto los impulsa a mantener e incrementar su flujo constante de ganancias, de manera que se ven obligados a multiplicar las fuerzas de producción, reproducir la innovación tecnológica del momento en sus empresas y aprovechar al máximo la fuerza y la experiencia acumulada a través del tiempo de los trabajadores; lo mismo que explotar a un bajo costo los recursos naturales de las naciones periféricas y transformar sus materias primas en una amplia variedad de mercancías.

Esta situación tiende a incrementarse, aun cuando existen indicios que hacen prever lo contrario, especialmente al considerarse el surgimiento de un nuevo tipo de economía que ya muchos comienzan a denominar la economía digital, en otros casos, comercio electrónico, economía uber o economía colaborativa; lo que implica un nuevo estadio de estudios respecto a la vigencia del sistema capitalista a nivel mundial.

En la actualidad, muchas personas en todo el planeta, sobre todo en los países con economías depauperadas, han comprobado en carne propia que la alegre y algo irracional presunción existente a finales del siglo XIX en relación a que el sistema capitalista forjaría las condiciones de un mundo sin hambre ni penurias de ningún tipo carece de fundamentos sólidos. No obstante, pocos advertirían durante el último siglo transcurrido que esta supuesta riqueza de la sociedad en general únicamente conseguiría desarrollarse destructivamente, como llega a concluir Karl Marx en El Capital, su obra cumbre: “La producción capitalista sólo desarrolla la técnica y combinación del proceso de producción social minando a la vez la fuente de toda riqueza: la tierra y los trabajadores”.

Adentrados en el siglo XXI, nuestro mundo contemporáneo, de una u otra forma, ha comprobado la veracidad de las determinaciones hechas por Marx respecto al capitalismo, a pesar de corresponder a épocas distintas, pero ambas impregnadas por la misma lógica del capital. Hoy, la alta concentración de capitales en manos de una minoría que triplica los presupuestos de algunas naciones (lo que conduce generalmente a un mayor índice de desempleo y a una alta depreciación de los salarios de los trabajadores), la privatización en auge de las redes de comunicación, la autoridad global ejercida por las grandes corporaciones transnacionales en detrimento de las soberanías nacionales, la industrialización de la agricultura, la devastación creciente, irracional e indetenible de los ecosistemas existentes, y la dinámica impuesta por la globalización neoliberal han acabado por instaurar una brecha, al parecer infranqueable, entre la riqueza obscena que dicha minoría exhibe a diario y la miseria de una población mayoritaria, son los rasgos más notorios que podrían tomarse en cuenta a la hora de juzgar si los aportes científicos de Marx resultan obsoletos e inapropiados para captar y tratar de cambiar lo que ocurre en las distintas esferas de la vida social.

Se debe entender, comprender y discernir que el sistema y la lógica del capital implican la puesta en marcha de un proyecto ilimitado de crecimiento, lo que ha desembocado en el resurgimiento de formas de explotación del trabajo que, aparente y formalmente, habían desaparecido de la faz de la tierra, como la esclavitud y la servidumbre de niños, las que refutan de alguna forma los premisas “democráticas” enarboladas desde siempre por los apologistas del capitalismo.

Citado por Max Seitz en su análisis “200 años de Karl Marx: 4 ideas del ideólogo de la Revolución rusa que siguen vigentes a pesar del fracaso del comunismo”, el pensador marxista Jacques Rancière, profesor de filosofía de la Universidad de París VIII, concluye que "el proletariado, lejos de enterrar el capitalismo, lo mantiene con vida. Trabajadores explotados y mal pagados, liberados de la mayor revolución socialista de la historia (China), son llevados al borde del suicidio para que Occidente pueda seguir jugando con sus iPads. Mientras tanto, el dinero chino financia a un Estados Unidos, que de otra manera estaría en bancarrota".

Con Marx, podríamos adherirnos a la propuesta de lo que debiera verse y constituirse entre los sectores populares como la asociación de productores libres e iguales, con arreglo a un plan común encauzado a transformar de raíz las relaciones sociales de producción y, junto con éstas, las relaciones de poder que hacen posible la existencia del Estado burgués liberal y el capitalismo. Todo lo cual tendría que concretarse de un modo constante -y sin dogmas que encorseten el esfuerzo para conseguirlo- en la emancipación integral y la autorreproducción democrática de los sectores sociales. -   

 

¿QUEDA AÚN ALGO POR HACERSE EN NOMBRE DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA?

¿QUEDA AÚN ALGO POR HACERSE EN NOMBRE DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA?

¿Queda algo todavía por hacerse en nombre de la Revolución Bolivariana frente al empobrecimiento (forzado, inducido y/o permitido) de la esperanza popular? En el caso de una mayoría del pueblo venezolano, sí. Y mucho. En cambio, para aquellos desencantados de la vieja izquierda revolucionaria, muchos pasados ahora a las filas de la oposición, los tiempos se agotaron por completo, quedando todo en mero discurso. Para quienes sólo aspiraron ascender política y económicamente, éste es el momento más oportuno de alcanzar estas metas personales, así aún se hable de revolución y de socialismo desde los púlpitos del gobierno y del PSUV. No obstante, hay también revolucionarios de convicción que aún luchan y mantienen en alto, pese a estas y otras circunstancias adversas que conspiran en su contra, la vigencia del proyecto histórico de la Revolución Bolivariana; poniendo de relieve la experiencia histórica y cultural de las prácticas democráticas del pueblo, a fin de alcanzar los más altos niveles de coherencia ante un presente caótico que hace conjeturar un futuro incierto.

 

Javier Biardeau R., en su artículo Las cenizas del “nuevo socialismo bolivariano del siglo XXI”, resume lo “que el propio Chávez en vida logró afrontar en diversas coyunturas: a) eficacia política, b) responsabilidad social, c) ética del bien común, d) capacidad tecno-política y e) claro liderazgo situacional”. Cuestiones estas que los sectores populares demandan del estamento burocrático-militar gobernante, pero que éste no ha sabido canalizar o articular oportuna y debidamente. En especial, cuando la crisis económica del país (y la corrupción que ella ha institucionalizado o legalizado, a los ojos de todos) oprime a los sectores populares, máximamente a los de mayor vulnerabilidad, y no se vislumbra siquiera una salida a corto o mediano plazo -si no es acogiéndose a las fórmulas neoliberales en boga- que acabe con la misma. Una situación que otros analistas y políticos de la talla de Luis Britto García, el ex Fiscal General de Venezuela Isaías Rodríguez y el excomandante guerrillero Julio Escalona han expuesto de una u otra forma, alarmando al estamento gobernante     

 

Esta realidad exige replantearse de un modo objetivo, sin sectarismo, el proyecto histórico de la Revolución Bolivariana, a la luz de los acontecimientos de estos últimos años. No es, por tanto, una cosa imposible plantearse recuperar y reorientar la propuesta bolivariana de instituir un modelo social, político, cultural y económico distinto al existente; moldeado asimismo por la práctica cotidiana de una democracia participativa y protagónica que supere los límites legales y extralegales de la representatividad para acceder a un mayor estadio de democracia, en este caso, el de una democracia directa e incluyente. Como tampoco lo es plantearse (dentro de este mismo proyecto histórico) el manejo práctico del excedente productivo-económico por parte del pueblo y con prioridad a la inversión y al gasto social, todo lo cual supondría un avance importante orientado al logro de un mayor grado de ciudadanía activa y de convivencia con alto sentido de comunidad.

 

Esto exige entender, de igual modo, que la lucha por lograr estos propósitos emancipatorios no es un asunto meramente nacional. Es una lucha de alcance mundial, aunque, de momento, localizada en un escenario local. Supone también enfrentar y eliminar la ideología dominante que legitima la existencia y las relaciones sociales derivadas del sistema capitalista global y su expresión política, el Estado burgués liberal. En esto habrá coincidencias, sin duda, totales o parciales, con otros movimientos políticos, gremiales y/o sociales, con los que habrá que articular -indefectiblemente- acciones orientadas a conseguir, en una primera instancia, las reivindicaciones enarboladas por cada uno de ellos, pero sin dejar de perseguir como un objetivo fundamental, en una instancia posterior y permanente, la toma total del poder. Para escándalo de algunos, la Revolución Bolivariana mantendría así su vigencia intacta como proyecto y como realización. -