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¿REVOLUCIÓN? ¡CUALQUIER COSA, MENOS REVOLUCIÓN!

¿REVOLUCIÓN? ¡CUALQUIER COSA, MENOS REVOLUCIÓN!

Si hay algo que pueda (y merezca) reconocérsele a la derecha en Venezuela es su perseverancia en cuanto a la aplicación religiosa de los distintos esquemas desestabilizadores diseñados por la clase gobernante de Estados Unidos y sus acólitos internacionales en contra de los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Este hecho la identifica y ubica dentro de los parámetros de la ideología de la dependencia, ya no únicamente en el aspecto económico, sino político, al emparejar sus intereses con los intereses del imperialismo gringo, lo que echa por tierra cualquier rasgo de soberanía que esté dispuesta a exhibir. Con ello, sus dirigentes se proponen «convencer», en un juego macabro que combina las ofertas demagógicas acostumbradas con las amenazas y la violencia terroristas, al resto de la ciudadanía sobre las ventajas de acogerse a la «protección» estadounidense a fin de garantizar un progreso económico sin incertidumbre y el ejercicio de una democracia real en el país. Lo que no se atreve a admitir sin mucho disimulo dicha dirigencia (aunque lo deja ver entre líneas) es que, igual a lo implementado en 1989 por el gobierno de entonces y, en la actualidad, en naciones como Argentina y Brasil, de tomar el poder procederá a aplicar ortodoxamente un paquete de medidas económicas de inspiración neoliberal similar, con privatizaciones de todo tipo, completa apertura del mercado nacional al capitalismo global y flexibilidad laboral al máximo, entre otras, con lo cual los venezolanos arribarían finalmente al «paraíso» capitalista en vez de continuar -ojo, según la matriz de opinión conservadora- padeciendo el «fracaso del régimen chavista-comunista».

Si bien es cierto y notorio que la oposición simpsonizada exhibe menos moral y menos luces que Homero Simpson para regir el país, lo que la hace extraña al sentir de la mayoría venezolana, entre las filas del chavismo se obvia que la eficacia de la maquinaria estatal tiene que estar orientada a producir una finalidad dinámica y, como tal, ajustada a los requerimientos de la amplia población sobre la cual actúa. En este caso, la finalidad sería la solución de los problemas públicos, o colectivos. En un primer plano. Luego, adicionalmente, una vez reemplazados los viejos patrones burgueses liberales que obstaculizan la práctica cotidiana de una verdadera democracia participativa y/o, eventualmente, directa, contribuir a la protección y la consolidación de espacios autonómicos, conformados por ciudadanos conscientes, responsables, productivos y emancipados, es decir, capaces de asumir por sí mismos el destino del entorno en que residen, desde la escala local hasta su escala nacional. Ciudadanos que, asimismo, estén dotados de una visión más amplia de la vida social que la simple visión de una convivencia interna, volcada exclusivamente hacia el grupo o comunidad a que pertenecen o están integrados. Inspirados todos, sería lo ideal, por una voluntad (social e individual, sin que una margine o subordine a la otra) de hacer algo en común que trascienda lo existente hasta ahora.

En su obra «La autodeterminación de las masas», René Zavaleta explica que «la democracia burguesa es un factor favorable a la clase obrera, pero sigue siendo, por supuesto, la democracia de otra clase social y no la democracia proletaria. Pero la organización de la propia clase es, de hecho, la desorganización política de su contrario y, como la burguesía, por ser una clase minoritaria en su carácter, no puede sustentar su poder sino en la mediación-consenso o hegemonía-legitimación sobre los sectores intermedios y la clase obrera de conciencia no proletaria, la ruptura de esa alianza se vuelve una necesidad esencial para el proletariado. Un importante ascenso obrero que, de hecho, a cada momento, está proponiendo formas espontáneas o conscientes de poder, no puede ocurrir sin causar un gran desasosiego (su mera existencia es la prueba de que la burguesía no es más la clave universal) entre los sectores que, bajo el impacto de la ideología estatal burguesa, piensan en el orden de la burguesía como el único orden concebible, en la ley burguesa como la única ley. Ahora bien ¿a quién impacta primero dicho aparato ideológico? Al que no tiene condiciones objetivas para elaborar una contraideología, o sea, en lo típico, a la pequeña burguesía». Esto -trasladado al caso de Venezuela- constituye la piedra angular de la resistencia a los cambios planteados que todavía muestran algunos segmentos conservadores de la población venezolana, como también de aquellos que (diciéndose revolucionarios) debieran auparlos desde sus distintos cargos de gobierno.  

Por ello no es nada extraño que muchas personas expresen ásperamente: “¿Revolución? ¡Cualquier cosa, menos revolución!”. Esta conclusión amarga debiera motivar a recomenzar la lucha revolucionaria, pero con una meta bien específica: subvertir el orden establecido para producir la revolución. Ése es el compromiso mayor de todo revolucionario en el momento actual en Venezuela. No hay otro. -

 

EL NEOLIBERALISMO Y EL CAMBIO RAIGAL DEL PODER ESTATAL

EL NEOLIBERALISMO Y EL CAMBIO RAIGAL DEL PODER ESTATAL

A partir de la década de los ochenta, la ideología neoliberal vino a imponer la “necesidad” de desmontar los diferentes aparatos del Estado, así como las leyes restrictivas del mercado, en función de los intereses corporativos de los grandes capitales transnacionales. Esto fue acometido en gran parte del globo terráqueo, incluyendo algunas de las naciones de nuestra América, procediéndose a la privatización de aquellos servicios y empresas básicos cuyo control estaba en manos del Estado. Dicho proceso hizo que la situación social y económica de una gran mayoría de ciudadanos empeorara en lugar de concretarse e incrementarse los niveles de bienestar que los apologistas de esta corriente capitalista prometían, en una proporción similar o cercana a los disfrutados en los países altamente industrializados. De tal suerte, el Estado pasó a ser controlado por los intereses del mercado. El Estado de bienestar que proliferó luego de acabada la Segunda Guerra Mundial quedó relegado a un segundo plano.

 

Pero a medida que el avance y la consolidación del neoliberalismo globalizado parecían indetenibles, se perfiló, al mismo tiempo, una corriente ascendente de resistencia popular en su contra, movilizada de una manera espontánea y generalmente carente de una dirección política reconocida (como aconteciera en el caso de Venezuela el 27 de febrero de 1989). En un comienzo, como focos aislados, centrados cada uno en sus reivindicaciones particulares, pero luego articulándose entre sí, local e internacionalmente, conformando -más allá de sus fronteras naturales- una gama de movimientos y de propuestas que convergían en iguales causas. Un vasto movimiento heterogéneo de lucha contra el capitalismo neoliberal que, en ciertas naciones de nuestra América, adquirió un matiz abiertamente político y antimperialista hasta llegar a manifestarse como política de Estado de algunos de los gobiernos surgidos en este período histórico, los cuales se identificaron a sí mismos como progresistas, socialistas y/o revolucionarios.

 

Aun con este leve, pero significativo, declive del recetario neoliberal, las estructuras del viejo Estado liberal burgués continuaron funcionando en nuestros países del mismo modo que antes, a pesar del compromiso aparentemente revolucionario de algunos gobernantes de promover y de contribuir a asentar cambios estructurales que dieran cabida al ejercicio real de una democracia participativa y protagónica (con posibilidades no descartables de transformarse en una democracia directa). La voluntad política -expresada en discursos, medidas gubernamentales y algunas leyes- no resultó suficiente para trascender audazmente el marco tradicional de las funciones estatales. Ahora, ante la recuperación progresiva del poder en algunos países de nuestra región por parte de los sectores políticos conservadores (Brasil, Argentina, Ecuador) en conexión con los intereses hegemónicos estadounidenses, es una exigencia abordar el problema del poder de una forma menos simplista que la aspiración de reemplazar a personajes y partidos políticos. Hace falta sistematizar su horizontalidad, lo que haría copartícipe al pueblo revolucionario organizado -en una primera etapa- en el diseño y la construcción de un nuevo modelo civilizatorio hasta que, dependiendo de la evolución y el dinamismo de su nueva conciencia social, éste se halle en capacidad de asumir directamente las diferentes funciones del Estado. Ése sería el objetivo básico por trazarse.

 

Complementando esto último, como lo apuntó Kléber Ramírez en su libro “Venezuela: La IV República (o la total transformación del Estado)”, publicado en 1991, “el nuevo Estado debe dirigir el desarrollo de la democracia de abajo a arriba, comenzando por hacer que todas las comunidades se hagan responsables de su propia gestión, eligiendo ellas mismas sus autoridades administrativas, elaborando y jerarquizando sus planes autogestionarios, en fin, desarrollando todo su potencial de responsabilidad”. De plasmarse esta revolucionaria realidad, se produciría entonces el cambio del poder estatal por un poder político de raíces comunales. Ya no tendría razón de ser el orden social competitivo y desigual establecido según la lógica capitalista sino una lógica comunal de responsabilidad pública rotativa, dando forma a un compromiso ético-social como elemento fundamental de una propuesta de transformación raigalmente democrático. En conjunto, recurriendo a Florestán Fernandes, político y sociólogo brasileño, tendría lugar una regeneración de la vida democrática y plebeya en vez de darle continuidad a un tipo de sociedad en el cual prevalece la desigualdad y la explotación social y económica a manos de una minoría.-       

A PESAR DE TRUMP, PALESTINA SOBREVIVE

A PESAR DE TRUMP, PALESTINA SOBREVIVE

La decisión de Donald Trump de establecer la embajada de Estados Unidos en Jerusalén, reconociéndola como capital del Estado de Israel, suscitó la protesta legítima del pueblo árabe de Palestina, en lo que muchos analistas estiman el inicio de una escalada de enfrentamientos que terminarán por envolver a toda la región de Oriente Medio. Según reseñan algunos medios informativos, el ejército israelí ha matado una cantidad elevada de palestinos en Gaza durante las grandes protestas no violentas en contra del traslado de la embajada estadounidense. Pero todo esto parece no motivar mucha solidaridad entre las naciones occidentales, cuyos gobiernos -contrario a ello- se manifiestan a favor de lo hecho por Trump y se preparan a secundarlo no sólo en cuanto a la instalación de sus respectivas embajadas en Jerusalén sino también en la guerra que estaría desencadenándose, con la cual se perseguiría acabar con el régimen teocrático de Irán, al mismo tiempo que asegurar el control geopolítico de Siria y los yacimientos petroleros de todo este amplio territorio, en lo que ya muchos reconocen como neocolonialismo.      

La tragedia de más de medio siglo que sufre el pueblo de Palestina podría hacernos concluir que son seres humanos sin dolor de nadie. La pregunta lógica es: ¿por qué no se apoya decididamente el derecho a la autodeterminación de Palestina y se zanja definitivamente el conflicto árabe-israelí, creado y fomentado hace más de cien años atrás por las potencias de Occidente?

Es dificultoso defender o apoyar la lucha de un pueblo por aspirar a disfrutar de los mismos derechos que tienen y le han sido reconocidos a otros pueblos para afianzar su cultura, su soberanía y su autodeterminación cuando es víctima de prejuicios y de una incesante campaña de desinformación y de manipulación de la realidad como acontece en diversos contextos con Palestina. A tal grado se extiende la influencia de esta campaña que muchas personas terminan por creer, sin discusión alguna, que a los palestinos no les asiste ningún derecho sobre el territorio que vienen ocupando desde hace siglos; tal como sucediera en Europa con los antepasados de quienes lo propician cuando fueran víctimas indefensas de la oprobiosa política racista del Tercer Reich nazi alemán.

Al escribir sobre este tema en La ocultación política y mediática de las causas del atentado contra "Charlie Hebdo", sus consecuencias y retos, Said Bouamama concluye: “el discurso mediático y político de legitimación de este apoyo (por parte de Europa y Estados Unidos) se construye sobre la base de una representación del grupo Hamás palestino, pero también de la resistencia palestina en su conjunto (a través de recurrentes imprecisiones verbales), de la población palestina en su conjunto y de sus apoyos políticos internacionales, como portadores de un peligro «islamista». La lógica del «doble rasero» se impone una vez más a partir de un enfoque islamófobo adoptado por las esferas más altas del Estado y que retoman la gran mayoría de los medios de comunicación y de actores políticos”.

Así, cualquier rasgo de historicidad que puedan exhibir y confirmar los palestinos (como el reconocimiento de la ciudad de Hebrón por parte de la UNESCO), es sistemáticamente por la dirigencia sionista de Israel, de manera que estos carezcan de la identidad y de los argumentos suficientes para contrarrestar sus pretensiones de desarraigarlos por completo de sus hogares ancestrales.

Adicionalmente, la política expansionista, con asentamientos ilegales condenados recurrentemente por la Organización de las Naciones Unidas, viola todo derecho humano, sin que exista una mejor disposición de la comunidad internacional para impedirlo de un modo definitivo. Esto último se obvia en los distintos canales informativos, pasando a ser un elemento accesorio en medio de la situación explosiva existente en el Oriente Medio donde, justamente, se ponen en constante tensión los intereses de las potencias europeas y de Estados Unidos, que -afanados en ejercer un control directo sobre sus respectivos yacimientos petrolíferos- no escatiman recursos de toda clase para ocasionar en esta región una guerra general, similar o mayor a la de los Balcanes. Algo que ha sabido explotar en su beneficio la clase gobernante sionista, la cual, por otra parte, no ha dudado en respaldar sin disimulo al ejército mercenario del Daesh y en vincularse con los regímenes más reaccionarios de esas latitudes (o petromonarquías), como Arabia Saudita. No obstante, el pueblo de Palestina insiste en sobrevivir. A pesar de que el régimen sionista ha convertido el escaso territorio que aún ocupa en la mayor cárcel a cielo abierto existente en la Tierra y somete a toda su población, sin importar la edad ni las condiciones físicas de quienes las padecen, a las más insólitas y crueles prácticas de un terrorismo de Estado. -

LOS GRINGOS NO TIENEN AMIGOS

LOS GRINGOS NO TIENEN AMIGOS


 

Muchos analistas han anticipado -desde hace aproximadamente 30 años- las perspectivas de un orden internacional enteramente dominado por el complejo industrial-militar estadounidense, como lo denominara el presidente Dwight “Ike” Eisenhower. Actualmente, nadie niega que Estados Unidos abandera -junto con sus subordinados europeos y, un “poco” al margen, Israel- un proceso que pretende reencauzar y asentar sólidamente una política neoliberal y neocolonialista a escala mundial en beneficio de su predominio y de sus grandes corporaciones capitalistas transnacionales. Así, la clase gobernante gringa tiene como un asunto vital y de la máxima importancia para sus intereses la recuperación y el fortalecimiento de la situación hegemónica y dependiente que ha marcado la historia común de las naciones de nuestra América.

Para los gringos, la prédica de soberanía y pluralismo democrático que se forjó colectivamente en diferentes naciones al sur de sus fronteras en los últimos decenios resulta absolutamente amenazante, absurda e intolerable. Sobre todo, cuando ve en su horizonte la presencia, las inversiones y la influencia de otros poderes extraterritoriales (China y Rusia) minan esta situación histórica. Aunado, como secuela de ello, a lo que pudieran hacer algunos gobiernos “díscolos” o “forajidos” que actuarían en su contra, animados por un espíritu nacionalista y/o izquierdista.

Si revisamos con mayores detalles esta historia, a fin de no soltar la preciada presa que le correspondería de acuerdo a su “destino manifiesto”, Estados Unidos recurrió a lo largo de doscientos años a una diversidad de acciones. Algunas cruentas, otras más sutiles, pero todas orientadas a una misma y única meta. De este modo, la doctrina Monroe (1823), el corolario Roosevelt (1904), la Unión Panamericana (1910), la política del “buen vecino” bajo la presidencia de Franklin Delano Roosevelt, la doctrina Truman (1948), que dio forma a la Organización de Estados Americanos y al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca mediante la cual Estados Unidos brindó apoyo financiero, político y logístico a regímenes que fueran abiertamente anticomunistas y, por lo tanto, enemigos de la URSS; la Alianza para el Progreso, promovida por el malogrado Jhon Fitzgerald Kennedy; el Consenso de Washington, aupado por William Clinton; y la propuesta fallida del Área de Libre Comercio de las Américas y la “guerra preventiva” (o “infinita”) contra el terrorismo internacional de George Walker Bush -pasando por lo propio de Barack Obama y Donald Trump, con su Estrategia de Defensa Nacional- han conformado los hitos principales de la sempiterna política estadounidense de dominación territorial de Nuestra América. A la par de ello, Estados Unidos patrocinó una serie de intervenciones militares (México, Cuba, República Dominicana, Haití, Panamá, Nicaragua y Grenada), golpes de Estado (Chile, Argentina, Perú, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Venezuela), asesinatos selectivos de líderes populares (Augusto César Sandino, Jorge Eliécer Gaitán, Omar Torrijos, Arnulfo Romero), y el respaldo logístico y entrenamiento militar a grupos contrarrevolucionarios (mercenarios en Guatemala, anticastristas en Playa Girón, “Contras” en Nicaragua, escuadrones de la muerte en El Salvador); condicionados a la voluntad estadounidense.

Esto le facilitó Estados Unidos “convencer” a nuestros pueblos de la fatalidad que pendía sobre ellos: convertirse en colonias o en Estados tutelados del imperio del Norte. A tal grado llega esta convicción inducida que existen grupos que se atribuyen la representación nacional (como acaeciera con Panamá antes de “independizarse” de Colombia o, en la actualidad, con la oposición de derecha en Venezuela) que merodean por los pasillos de la Casa Blanca, el Departamento de Estado o el Congreso gringos, vendiéndose como las mejores garantías para preservar el orden establecido; en tanto ellos sean quienes controlen el poder. Algunos ya no tienen necesidad de hacerlo, instalados como están en los palacios de gobierno (México, Colombia, Brasil, Perú, Argentina), pero igualmente comprometidos con este objetivo imperial. Olvidan, sin embargo, que para Estados Unidos lo esencial no es tener amigos (recuérdese la experiencia sufrida por el General Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, luego de reconocérsele como el mejor gobernante de Latinoamérica, o por la Junta militar que rigió Argentina cuando ésta desencadenara la guerra con Inglaterra por la posesión de las islas Malvinas), sólo intereses. -     

LA LUCHA PROLETARIA EN EL NUEVO CONTEXTO CAPITALISTA

LA LUCHA PROLETARIA EN EL NUEVO CONTEXTO CAPITALISTA

La historia humana de los dos últimos siglos tiene como rasgo característico el antagonismo y las contradicciones existentes entre el capital y el trabajo asalariado. Esto generó concepciones políticas e ideológicas (algunas con intenciones conciliadoras) que defienden o justifican a uno u otro elemento en pugna. Otro tanto hay que decir de la diversidad de derechos socioeconómicos que conquistaran los trabajadores, a costa de sus vidas, luego de librar múltiples luchas en diferentes épocas, las cuales no son, por consiguiente, concesiones generosas y espontáneas de quienes conforman la clase capitalista dominante. En contrapartida, la clase capitalista dominante -como siempre- busca expandir sus ganancias a expensas de la fuerza de trabajo asalariada, juntamente con los recursos existentes en toda la naturaleza, en un proceso de explotación y depredación que amenaza seriamente con destruir todo vestigio de vida sobre la Tierra; cuestión ésta que se ha acelerado gracias a la globalización neoliberal y a la oferta engañosa sostenida de un progreso compartido armoniosamente entre todos (que nunca deja de ser desigual y excluyente, pero que aún motiva a muchos a creer que sí es posible).

 

«Cuando las fuerzas conservadoras toman la ofensiva, quien paga el precio más caro es el trabajador. Él ve amenazado su empleo, sus derechos, su salario, su educación, su salud. Este primero de mayo -día del trabajador y no del trabajo, como algunos insisten en decir- encuentra a la gran mayoría de los trabajadores del mundo en situación penosa. Perdiendo derechos y con muchas dificultades para defenderlos», explica Emir Sader en su artículo «El día y la noche del trabajador». Amparados en su poder económico y, ahora, político, los dueños del capital globalizado (junto a sus asociados nacionales) han conseguido «socializar las pérdidas» y «privatizar las ganancias», imponiendo sus intereses por encima de las mayorías. Esto hace que la lucha proletaria se disperse, se desmovilice y se reduzca a conquistas laborales parciales, favoreciendo en muchos casos la posición del sector privado de la economía, en la confianza absurda de que éste compartirá sus dividendos con todos.

 

La confrontación entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción (propiedad, dominación), fuerza de trabajo, medios de trabajo y medios de producción materiales trasciende los marcos de entendimiento y de lucha del pasado. Asimismo, aun cuando algunos insistan en su simplificación, la realidad creada por el capitalismo neoliberal en el mundo contemporáneo traspasa los límites nacionales, convirtiéndose en una realidad global, cuyos tentáculos abarcan ya no solamente lo económico, sino que se desparraman abiertamente hacia lo político y su rama militar, como en los casos de Estados Unidos, Brasil y Argentina.  

 

«No es necesario leer El Capital de Marx -nos asegura Octavio Alberola, histórico teórico y militante anarquista de origen español- para comprender que la apropiación de la plusvalía, producida por la explotación del trabajo, es la única razón de ser del capitalista y que esta ambición de apropiación no tiene límites para él, salvo lo que en ciertos momentos históricos le ha impuesto la lucha de clases. Así ha sido hasta ahora y, por el momento, nada indica que los capitalistas estén dispuestos a renunciar a la acumulación sin límites, pues ni siquiera les parece suficiente una justa retribución entre el trabajo y el capital». A pesar del tiempo transcurrido y de las diferentes mutaciones que ha podido sufrir el capitalismo desde que Marx la revelara al mundo, esta es una verdad incuestionable; máxime ahora cuando el capitalismo global apunta a controlar enclaves productivos de exportación en diferentes puntos del orbe que gozarían de una excepcionalidad jurídica y arancelaria, sin que se vea perjudicado o sometido por las legislaciones locales o nacionales donde éstos funcionen, en una especie de nuevas regiones coloniales. Ello enmarca la lucha proletaria en la actualidad, lo que impone como reto adoptar una serie de objetivos por obtener como lo son la democracia económica, la sostenibilidad ecológica, la justicia ambiental, el desarrollo de las economías locales, la libre determinación y la soberanía de los pueblos, la defensa de las tierras comunitarias, la cooperación mutua y equitativa, además de otros bienes comunes que resultan inconvenientes e incompatibles en el nuevo contexto capitalista. -    

VENEZUELA Y EL EMPOBRECIMIENTO DE LA ESPERANZA

VENEZUELA Y EL EMPOBRECIMIENTO DE LA ESPERANZA

Afirmaba el reconocido autor francés Julio Verne que “mientras hay vida, hay esperanza”. Según la moraleja extraída del antiguo mito griego de la caja de Pandora, “la esperanza es lo último que se pierde”. Ambas frases podrían aplicarse correctamente en el caso de Venezuela, a pesar del hecho cierto que miles de personas expresan amargamente a diario su impotencia y su ira ante lo que ocurre, especialmente en el ámbito económico, sufriendo penurias de todo tipo, sin que hasta ahora se perciba una solución a corto o mediano plazo.

 

En medio de este escenario, el gobierno apela a fórmulas transitorias que se hacen permanentes, prolongando arriesgadamente la coyuntura del momento histórico que se vive, sin profundizar (por una diversidad de motivos, muchos de ellos injustificables) sobre el verdadero fondo de la cuestión padecida, lo que hace predecir a muchos analistas la agudización de una crisis múltiple, todavía más prolongada y profunda. Sobre todo, al considerar que el aparato productivo del país adolece de una insuficiencia (real o creada, el efecto es el mismo) de insumos necesarios, en su mayoría, importados, y se mantiene en manos del sector privado, básicamente identificado con los factores de la oposición, interesados en obtener la caída del chavismo gobernante. Dicha situación, por otra parte, ha redundado en un empobrecimiento de un gran porcentaje de la población venezolana, pese a los sueldos devengados, obligada a sobrevivir a costa de lo que sea; incluso echando mano a la corrupción que se creía circunscrita al espacio político.

 

Se admita o no, todo esto es consecuencia directa del viejo reformismo que permeó todo el entramado de poder del chavismo. Desde el período en que gobernara Hugo Chávez. Admitámoslo. En concordancia con esta aseveración, podría suscribirse el análisis de Edgardo Lander, «La implosión de la Venezuela rentista», donde señala que «el gobierno del Presidente Chávez, lejos de asumir que una alternativa al capitalismo tenía necesariamente que ser una alternativa al modelo depredador del desarrollo, del crecimiento sin fin, lejos de cuestionar el modelo petrolero rentista, lo que hizo fue radicalizarlo a niveles históricamente desconocidos en el país. En los 17 años del proceso bolivariano la economía se fue haciendo sistemáticamente más dependiente del ingreso petrolero, ingresos sin los cuales no es posible importar los bienes requeridos para satisfacer las necesidades básicas de la población, incluyendo una amplia gama de rubros que antes se producían en el país. Se priorizó durante estos años la política asistencialista sobre la transformación del modelo económico, se redujo la pobreza de ingreso, sin alterar las condiciones estructurales de la exclusión. Identificando socialismo con estatismo, mediante sucesivas nacionalizaciones, el gobierno bolivariano expandió la esfera estatal mucho más allá de su capacidad de gestión. En consecuencia, el Estado es hoy más grande, pero a la vez más débil y más ineficaz, menos transparente, más corrupto. La extendida presencia militar en la gestión de organismos estatales ha contribuido en forma importante a estos resultados. La mayor parte de las empresas que fueron estatizadas, en los casos en que siguieran operando, lo hicieron gracias al subsidio de la renta petrolera. Tanto las políticas sociales, que mejoraron significativamente las condiciones de vida de la población, como las múltiples iniciativas solidarias e integracionistas en el ámbito latinoamericano, fueron posibles gracias a los elevados precios del petróleo. Ignorando la experiencia histórica con relación al carácter cíclico de los precios de los commodities, el gobierno operó como si los precios del petróleo se fuesen a mantener indefinidamente sobre los cien dólares por barril. Dado que el petróleo pasó a constituir el 96% del valor total de las exportaciones, prácticamente la totalidad de las divisas que han ingresado al país en estos años lo han hecho por la vía del Estado. A través de una política de control de cambios, se acentuó una paridad insostenible de la moneda, lo que significó un subsidio al conjunto de la economía».

 

Al tratar de resumir todo lo anteriormente expuesto, es difícil sustraerse a la conclusión respecto a que no hubo durante este periodo -en apariencia, o despreocupadamente- ninguna visión del gobierno sobre la posibilidad cierta que la economía nacional desembocara en una burbuja económica que de un momento a otro explotaría, creando dificultades que no se subsanarían fácilmente, sin recurrir a las soluciones clásicas del capitalismo. Algo que, de manera tangencial y obligado por las circunstancias críticas en que se ha visto sumida Venezuela, tuvo que admitir forzosamente el gobierno de Nicolás Maduro, pero todavía sosteniendo, a grandes rasgos, la misma política económica rentista de hace más cien años, contando con los ingentes dividendos que generarían a futuro las transacciones del Petro y la explotación del Arco Minero y de la Franja Petrolífera del Orinoco, como asimismo con un eventual (y próximo) incremento de los precios internacionales del petróleo. Vista esta situación general podrá afirmarse que el país marcha a una total restauración capitalista, sólo que con nuevos actores y dejando a la revolución como una ilusión que fue, por momentos, posible. -

AUTOGÉNESIS DEL PODER POPULAR SOBERANO

AUTOGÉNESIS DEL PODER POPULAR SOBERANO

El desprenderse de la historia, haciendo abstracción absoluta de las luchas populares -y esterilizando, por tanto, la conciencia revolucionaria que debieran mostrar los sectores populares respecto a su tiempo pasado, presente y futuro, como lo hace el pragmatismo político que poco, o nada, se esfuerza en este sentido- ha tenido por consecuencia la adopción y la legitimación por parte de éstos de la ideología de los sectores oligárquicos dominantes, lo cual frustrará, tarde o temprano, de un modo perceptible o no, cualquier rasgo de rebelión surgido en contra del poder establecido. Este comportamiento particular y, en numerosas ocasiones, colectivo, contribuye bastante a reforzar la visión sesgada que se tiene de la realidad circundante, lo que a su vez origina una fragmentación de las luchas populares al no compartir una misma identidad histórica y, por efecto adicional, impide que exista una perspectiva política radical, en una totalidad integradora, que reemplace el orden vigente por otro completamente diferente, algo que habrá de traducirse en la toma del poder y en la conformación sistemática (sin eludir su espontaneidad) de un poder popular revolucionario y soberano. Sin tales elementos, será inviable todo proyecto emancipatorio. Esto pasa por entender igualmente que la igualdad sustantiva de la que se hable tiene que abarcar una totalidad mayor a lo que pueda concretarse y permitirse en el ámbito estrictamente político.

 

En atención a esto último, en su reflexión «Reimaginar la revolución», Amador Fernández Savater formula que «el primer paso es eliminar los viejos errores, las viejas supersticiones, los viejos tabúes. Sólo así puede edificarse un mundo enteramente purificado, en todos sus detalles. “Hay que destruir el pasado hasta en sus últimos vestigios…”. No se trata de unos cuantos cambios, de un puñado de reformas. Por cualquier mínima rendija puede colarse el viejo mundo de nuevo, con su lote de ignorancias y opresiones. De hecho, los revolucionarios nunca dejaron de achacar el “fracaso” de sus aspiraciones al complot siempre renovado de lo viejo (que justificaba el recurso terrorista a la guillotina como pedagoga suprema)». Sin ello pendiente, la organización, el esfuerzo y el sacrificio de los sectores populares carecerán de sentido, restituyéndose -en su contra- el viejo orden al cual desplazaran, en esta oportunidad, mediante unos nuevos actores políticos, económicos y sociales.

 

¿Qué podría hacer entonces el poder popular soberano en la construcción de un nuevo modelo civilizatorio? Lograr a corto y mediano plazo, sosteniéndose como política pública permanente, una democratización real de la economía, lo que deberá tener por resultado la disminución y la eliminación progresiva (y definitiva, en algún momento, ése debiera ser uno de los objetivos primordiales) de la hegemonía de aquellos poderes económicos que, por ahora, han controlado la propiedad privada de la gran mayoría de los medios de producción existentes en cada país. Para alcanzar dicho propósito es esencial modificar radicalmente las relaciones de producción y la lógica capitalista, imponiendo en su lugar la desmercantilización de los derechos sociales; creándose en su lugar una economía humanista donde prevalezca el valor de uso frente al valor de cambio habitual.

 

Simultáneamente, sin olvidar su significación histórica, tiene que implementarse un vasto proyecto nacional dotado de puntos de identificación y de cohesión que sirvan, al mismo tiempo, de nuevos paradigmas, resaltando los valores y las virtudes con que habrá de edificarse el nuevo modelo civilizatorio; de modo que la formación, la construcción y la consolidación de una nueva ciudadanía esté consustanciada con el ejercicio de la democracia participativa y protagónica, teniendo ésta, por tanto, como su soporte básico una misma identidad colectiva.

 

A los sectores populares organizados les corresponde, entonces, desprenderse de su condición de agentes inconscientes de la reproducción del sistema de valores de su propia dominación, discriminación y explotación; evitando, por tanto, la disciplina que los obliga (o induce) a vivir en un estado de resignación permanente. Logrado este fundamental cometido, la autogénesis del poder popular soberano podrá sellar el quiebre mortal del sistema imperante, en un proceso permanente de finales y comienzos históricos que amplíen los derechos y las condiciones de vida de todos y todas.-

HERMANADOS POR UN MISMO CREDO

HERMANADOS POR UN MISMO CREDO

El clima ficticio de inestabilidad económica, coreado y auspiciado reiteradamente por representantes de la derecha opositora y respaldado, además, por páginas tipo DolarToday (estableciendo caprichosamente la referencia de un dólar “paralelo”, sin base alguna que lo justifique) creó las condiciones para que se desatara en Venezuela una ola inmoral de acaparamiento, especulación y contrabando de productos de primera necesidad, sin que ésta fuera frenada mediante la aplicación oportuna de controles y sanciones eficaces; lo que colocó al gobierno de Nicolás Maduro en una situación aparentemente sin salida. 

 
Este escenario fue agravado, además, por una variada red de corrupción institucionalizada (de la cual siempre se sospechó su existencia) que se ha visto legitimada, acomodada y ensanchada al amparo de la autoridad ejercida, en distintos niveles, por civiles y militares, sus principales beneficiarios, directos e indirectos, quienes actúan impunemente, sin un atisbo mínimo de vergüenza ni temor a ser castigados.
 
Todo esto, en conjunto, representa un desafío extremo para la mayoría de la población, viéndose ella obligada a sobrevivir de cualquier manera en tanto espera que la situación nacional cambie de un momento a otro, haciendo caso omiso a los cantos de sirena de aquellos que creen necesaria e inminente la caída de Nicolás Maduro; así como al discurso dicotómico del chavismo gobernante. 
 
Dicho de otro modo, la crisis venezolana posee diversas aristas. La burguesía parasitaria responsabiliza al Gobierno chavista de la crisis económica, de modo que esta matriz de opinión repercuta en el ánimo popular y produjera, en consecuencia, un amplio respaldo a la opción opositora, indiferentemente si ésta fuera electoral o abiertamente golpista. Ahora sus representantes parecen olvidarse de las promesas hechas durante los últimos comicios parlamentarios que, entre cosas, contemplaban acabar con el desabastecimiento de productos. Lo mismo valdría decir respecto a la agenda en igual dirección de la Asamblea Nacional Constituyente, la cual sólo se ha dedicado, básicamente (y no es una acusación banal o gratuita), a un ejercicio retórico diario de autocomplacencia mientras la crisis tiende cada día a agudizarse, obligando a un creciente número de venezolanos a emigrar a otras naciones en búsqueda de un mejor porvenir, algo prácticamente ajeno a la idiosincrasia de este país. Otro tanto habría que achacarle a una parte nada desdeñable de venezolanos que se ha visto arropada por un afán mercantilista desmedido, incrementando irracionalmente los niveles de carestía y de especulación existentes. Tales elementos, en bloque, han precipitado una espiral inflacionaria que desvaloriza vertiginosamente el poder adquisitivo de la clase trabajadora, sin darle chance de sobrellevar con algo de dignidad y de esperanza esta dura y caótica coyuntura; lo que hace suponer a muchos analistas que su solución no es a mediano sino a largo plazo.
 
Esto da pie a discurrir que, desde unos distintos puntos de vista, coincidentes en algunos casos con los dados a conocer por estudiosos del tema, dentro y fuera del país, como ya lo hemos expuesto en otras ocasiones, el marco político, social y económico que rige a Venezuela resulta sumamente contradictorio. Tanto en los discursos pronunciados como en los métodos aplicados. Ello porque los mismos parten -en su conjunto- de diagnósticos que omiten, a su modo, las características que le son substancialmente particulares a la realidad venezolana, desde el período de resistencia armada de los pueblos originarios frente a la irrupción violenta y etnocida de los invasores españoles hasta instaurarse la república. 
 
Esto último -que ha sido escasamente divulgado, profundizado y estudiado, por lo que una mayoría de la población venezolana propende a pasarlo por alto, inconscientemente- debiera constituir el puntal principal para el comienzo de cualquier programa revolucionario que se fije como principal meta estratégica la transformación estructural del modelo de sociedad, del modelo económico y del modelo político reinantes en nuestra nación bolivariana. Ya no serían la visión y las aspiraciones de las élites, las oligarquías o las «vanguardias esclarecidas» sino aquellas que sean propias de los sectores populares largamente invisibilizados, excluidos y explotados. 
 
Lo que supone, indudablemente, el rescate de la memoria histórica de las luchas libradas por éstos a través del tiempo en la reivindicación (muchas veces reprimida y traicionada) de sus derechos democráticos.
 
A este respecto, el desencanto, la impotencia y la desesperanza que tienden a generalizarse de una manera exponencial y hasta delicada entre un gran porcentaje de venezolanos y venezolanas debieran propiciar el debate, la construcción y la difusión de nuevas opciones de carácter colectivo que contribuyan efectivamente a superar el contexto de incertidumbre creado por la crisis económica (inducida o no, pero en todo caso producto de las mismas estructuras políticas, sociales, culturales y económicas existentes desde hace más de medio siglo).
 
Tal objetivo, no obstante, apenas es parte de la agenda de grupos o movimientos sociales y políticos autodenominados revolucionarios, incluso de aquellos que se muestran contrarios a la manera como se conduce la clase gobernante (agregada a ésta la derecha agrupada en la MUD). En el fondo, muchos de ellos, sean de izquierda o de derecha, están hermanados por los mismos credos políticos e ideológicos. Aunque ello parezca mentira, escandaloso e inadmisible.-