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LA SOCIALIZACIÓN DEL PODER Y LA EMANCIPACIÓN POPULAR

LA SOCIALIZACIÓN DEL PODER Y LA EMANCIPACIÓN POPULAR

El control absoluto del Estado no garantiza el éxito y la trascendencia (o dimensión) histórica de una revolución. De ello da cuenta una variedad de experiencias suscitadas en el transcurso de la historia humana, olvidando, en muchos casos, lo que determinara el Che Guevara respecto a que “para la Revolución se necesita pasión y audacia en gran dosis”. Pasión y audacia que contribuyan, cuando están guiadas por ideales firmemente establecidos, en hacer realidad la evolución y la consolidación -en gran medida, de manera sostenida- de los propósitos democráticos e igualitarios enarbolados.


Ambos elementos son, por tanto, harto necesarios para que tenga lugar una transformación estructural real del Estado, en un primer y decisivo momento, y posteriormente, el establecimiento de unos nuevos paradigmas sociales y políticos que den nacimiento, a su vez, a una conciencia y a una conducta que resulten efectivamente revolucionarias y nuevas. Ello no sucederá producto del voluntarismo y del pragmatismo, como alguna gente aún lo sigue creyendo, confiando en que esto será suficiente para la conformación de un bloque histórico, integrado básicamente por los sectores populares y que tenga por objetivo, en consecuencia, el reemplazo radical del modelo civilizatorio imperante. Se obvia -por interés o simple ignorancia- la cotidianidad creada entre las clases subordinadas por siglos de alienación, aculturación y dependencia inducida, la cual configura, por así decirlo, el primer elemento conspirativo contra todo cambio revolucionario que se pretenda al responder a la ideología de los sectores dominantes tradicionales.


Por consiguiente, la socialización del poder político entraña conquistar también la democracia en el orden económico. Sin ella, sería trunca la emancipación de los sectores populares. Mientras se viva esta transición entre el viejo modelo de Estado y de sociedad y aquel que lo reemplazará de forma definitiva, será preciso combinar la coacción y el consenso a favor de los intereses, las aspiraciones y las necesidades de las grandes mayorías, sin que esto suponga el aniquilamiento o la restricción de las libertades individuales, ya que instituiría la negación del carácter emancipatorio de cualquier proceso de transformación realmente democrático.

 

De esta forma, la influencia y los intereses populares prevalecerán tanto en lo que atañe al funcionamiento estricto de las diferentes instituciones del Estado que surjan (o se reformen) como en lo que atañe al régimen de propiedad y de producción capitalista se refiere. Algo que no se puede, ni se debe, acometer por separado, del mismo modo como ocurre en la actualidad bajo la hegemonía de los sectores oligárquicos. Es, pues, lógico e inevitable que toda transformación estructural (o radical, como algunos lo prefieren) deba manifestarse en el orden político y en lo económico, sin dejar de lado lo social y lo cultural, alterando -en este último caso- su vigencia, dada su función (o efectos) de disciplinamiento y adoctrinamiento colectivos que se expresa, generalmente, a favor de las clases dominantes.

 

Como lo resume Javier Biardeau en su escrito “Democracia socialista o socialismo burocrático”, publicado en 2010, “pensar la revolución implica revolucionar el pensamiento desde nuevas hipótesis estratégicas, apertura a lo intempestivo en el pensamiento, desorden instituyente contra las falsas seguridades, en fin ruptura de dogmas sacrosantos, de creencias ciegamente establecidas. Se trata de ideas revolucionarias, no de creencias revolucionarias. La revolución no avanza desde un marxismo religioso sino desde la demolición de viejas estructuras y construcción de nuevos espacios de liberación.” Semejante ruptura no debe ser condicionada ni acomodada por una minoría, aun cuando ella se muestre como representante del pueblo.

 

En momentos en que las demandas sociales exceden la capacidad de respuestas por parte del Estado, el esfuerzo creativo, instituyente y constituyente (o soberano) de las personas (colectiva e individualmente) deben orientarse a la búsqueda de caminos propios en materia de organización política y de eficacia social. Tiene que recurrirse, por ejemplo, a lo predicado durante más de diez años en Venezuela en relación con el papel determinante que debe cumplir el poder popular organizado para profundizar el ejercicio de la democracia participativa y producir, en consecuencia, los cambios revolucionarios todavía pendientes; cuestión que exige, además, adjudicarse el compromiso con un proyecto creíble de país y una claridad política para llegar a comprender que se impone la obligación de trascender cuanto antes, gústenos o no, el marco de civilización predominante.-  

 

 

LA COYUNTURA ACTUAL Y LA POTENCIALIDAD DE LA LUCHA POPULAR EN VENEZUELA

LA COYUNTURA ACTUAL Y LA POTENCIALIDAD DE LA LUCHA POPULAR EN VENEZUELA

Apartando lo hecho por los grupos de la oposición para tumbar al gobierno, asesorados, financiados y apoyados mediáticamente por el imperialismo gringo y sus aliados -algo que salta a la vista sin tanto detalle-, con todo lo acontecido hasta ahora en Venezuela (o, en la óptica de algunos, muy a pesar de ello) es inobjetable que cada día se percibe que algo no cuadra con el discurso (repetitivo y vacuo, muchas veces) de la dirigencia gobernante y la realidad crítica del país. Que algo, sencillamente, no funciona del todo bien en las diferentes estructuras del Estado, que en el partido mayor del chavismo (y con mayor razón en los partidos políticos de la derecha) siguen vigentes los arcaicos esquemas y vicios adeco-copeyanos, que la cacareada “revolución” únicamente ha servido de oportuno y eficaz trampolín para que un reducido grupo de “vivos” (políticos, empresarios y militares, mimetizados en un común objetivo) sea el beneficiario directo y casi permanente de todo aquello que se derive de la detentación del poder.

 

Esto explicaría -en un sentido general, sin muchos pormenores- el deterioro de la hegemonía chavista, todavía campante, sin duda, pero con unos flancos débiles -producto de todo lo anteriormente señalado- que han permitido el avance (balbuciente) de la derecha y el surgimiento (incipiente) de otras opciones realmente revolucionarias, algunas reivindicando el ideario bolivariano, otras a Hugo Chávez y, en muchos casos, marcando distancia respecto a éste y a sus sucesores en el ejercicio del poder. De ahí que -tanto chavismo como oposición, dueños y señores, en apariencia, del escenario político nacional, se muestren interesados en desviar el foco de atención de los sectores populares en relación con las verdaderas causas estructurales y coyunturales que han propiciado la asfixiante situación actual venezolana.

 

Esto explica (también en parte y sin profundizar) el por qué, ante los mismos problemas y las mismas necesidades, las reacciones y las actitudes de las venezolanas y los venezolanos difieren ostensiblemente entre sí. En ocasiones, de protesta y movilización, activando las alarmas en los operadores políticos del gobierno. Otras veces, de silente resignación (reforzando el estado de pasividad moral y política inducido por los grupos oligárquicos del pasado) cuando lo que debiera elevarse y concretarse es la potencialidad mostrada por los sectores populares para romper con las estructuras de dominación aún imperantes y darle espacio abierto a la práctica creadora de la democracia participativa y protagónica, de manera que ésta se transforme -de manera permanente- en democracia directa.

 

Repitiendo lo dicho en alguna oportunidad por el comandante guerrillero Douglas Bravo, “el desafío es, pues, la ruptura en el plano teórico y práctico con los conceptos que atrapan y domestican a las revoluciones, impidiéndoles trascender el marco de la civilización capitalista; es el de la ruptura con los mecanismos internos de funcionamiento que caracterizan a la vieja organización, los partidos políticos tradicionales y la ruptura con el tipo de relación que establecen éstos con las fuerzas sociales del cambio”.

 

Dicho desafío -haciendo uso de los diferentes mecanismos legales existentes, aun cuando se dude de su posible eficacia- podrá emprenderse y rendir sus frutos, primeramente actuando de modo realista, eludiendo la eventualidad de ser cooptados sus activadores por el sistema vigente. Luego, plasmando en un programa las diferentes propuestas que surjan, reelaborándolo a medida que el mismo se concrete, sin desvirtuar sus objetivos fundamentales. A su favor, se halla la evolución política observada en los mismos sectores populares a los cuales se dirige, un elemento que beneficia las condiciones requeridas para llevarlo a cabo.

 

Innegablemente, cambiar por completo lo que tiene lugar ahora en Venezuela no será una tarea fácil, ni podrá ejecutarse exitosamente en un corto plazo, sin la participación efectiva y soberana del pueblo. Sin embargo, ello amerita su inicio cuanto antes.

 

Hará falta incitar entre el pueblo, de forma sostenida y retroalimentada, la propaganda, la agitación y la organización autónoma que le permita lograr una caracterización mejor definida del papel histórico que le corresponde asumir en la presente coyuntura; elevando la potencialidad de la lucha popular y, por consiguiente, de lo que entendemos por democracia participativa y protagónica.-  

AMAZON LOG 2017, EL ENSAYO DE INVASIÓN DE UNA “AMÉRICA UNIDA”

AMAZON LOG 2017, EL ENSAYO DE INVASIÓN DE UNA “AMÉRICA UNIDA”

Bajo la excusa de realizar el control de la migración ilegal, la asistencia humanitaria, mediaciones de paz, lucha contra el narcotráfico internacional y la protección del ambiente, Amazon Log, el más reciente de los ejercicios militares conjuntos ejecutados por las fuerzas armadas del imperialismo gringo en Sudamérica (ubicado en la ciudad de Tabatinga, fronteriza con Leticia, en Colombia, y con Santa Rosa, en Perú), tiene por epicentro el amplio territorio de la Amazonía.

 

Previamente, durante el transcurso de 2017, los estrategas del Comando Sur han desplegado sus tropas en ejercicios militares en la jurisdicción territorial de las islas de Barbados, de Trinidad y Tobago, el espacio aéreo de Colombia, y las costas de Chile y del Perú, en lo que muchos han interpretado como preparativos para una intervención directa -respaldada por los gobiernos conservadores o derechistas de la región- en los asuntos internos venezolanos, al mismo tiempo que se logra la restauración de la hegemonía perdida (o disminuida) en las dos últimas décadas por Estados Unidos; acentuando su presencia militar en el continente.

 

Si existe alguna duda al respecto, habría que recordar que entre el 23 y 24 de agosto del presente año, se llevó a cabo en Lima una reunión bajo la tutela del comandante general del Comando Sur, Kurt Tidd, con jefes militares provenientes de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Estados Unidos, Paraguay, Perú y Uruguay, cuyos regímenes son manifiestamente injerencistas y contrarios al gobierno venezolano, donde se fijaron nuevas estrategias para "enfrentar amenazas militares" y "atender" la crisis creada en Venezuela en estos últimos cuatro años; lo que se enlazaría con las amenazas proferidas por el presidente Donald Trump.

 

La conformación de una fuerza militar multiestatal, dirigida por el Comando Sur estadounidense, se comenzó a concebir en Estados Unidos desde la época del gobierno de George H. W. Bush (entre 1989 y 1993), lo que obligaría a los países al sur del río Bravo a desmantelar sus fuerzas armadas nacionales y limitarlas a un papel estrictamente policiaco; confiando en que ninguna otra potencia -extinta ya la URSS- habría de disputarle su dominio sobre el planeta. Ahora, con una situación geopolítica en la cual resalta la influencia creciente de Rusia y China, el imperialismo gringo vuelve su mirada hacia Nuestra América a fin de asegurar el control de sus mercados nacionales y el suministro seguro (y exclusivo) de sus materias primas estratégicas.

 

Al respecto, se debe recapitular también que el primer asomo de lo que sería luego el uso habitual de la guerra por parte del sistema capitalista global, abanderado por Estados Unidos, tuvo lugar en Afganistán en 2001, teniendo como chivos expiatorios a los talibanes y como oportuno telón de fondo la sospechosa implosión de las Torres Gemelas de Nueva York.

 

Después los escenarios se trasladarán -en un orden aparentemente aleatorio- a Iraq, Libia y Siria, perfeccionándose en cada uno los planes militares ideados por el Pentágono, junto con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), además de las acciones cumplidas por las diferentes agencias de inteligencia estadounidenses, cuya novedad más notoria es la contratación de ejércitos profesionales privados (con mercenarios de distintos orígenes), encargados de las tareas que no podrían asumir, sin consecuencias legales, de acuerdo a lo contemplado en la Convención de Ginebra, sus tropas regulares.

 

Para Estados Unidos, lo mismo que para el resto del mundo capitalista, tanto el cambio climático como la escasez de agua representan una seria amenaza a sus estándares de vida material, por lo que sus grandes corporaciones transnacionales se han expandido a diferentes regiones que se caracterizan por su biodiversidad y la abundancia de recursos naturales.

 

Por consiguiente, para el capitalismo corporativo global se hace imperativo que hayan regímenes democráticos de excepción con los cuales puedan asegurar sus intereses económicos y controlar y minimizar las diversas luchas sociales (sobre todo, de índole laboral) que socaven el desarrollo de sus iniciativas empresariales y la obtención invariable de ganancias.

 

La merma creciente de la supremacía económica euro-estadounidense tendrá como uno de sus transcendentales resultados que Europa y Estados Unidos (agrupados en la OTAN, con poder de veto en la ONU y bastante influencia en el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de Comercio y el Banco Mundial) dejarían de comportarse, en un futuro no lejano, como los grandes gendarmes “democráticos” de la Tierra, apuntando al establecimiento indisputable de un unilateralismo globalizador.-

A CIEN AÑOS DE UN «FRACASO» QUE ILUMINÓ AL MUNDO

A CIEN AÑOS DE UN «FRACASO» QUE ILUMINÓ AL MUNDO

Muchos ignoran (a veces por gusto propio) lo que pocos quieren que se sepa y se divulgue entre los sectores populares (detalles, desarrollo y consecuencias históricas) respecto al mayor acontecimiento de repercusión mundial que tuvo lugar en la antigua y semifeudal Rusia de los Zares a comienzos del siglo XX: la Revolución Bolchevique y el surgimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas bajo el liderazgo de Vladimir Illich Uliánov, mejor conocido como Lenin.

 

Posición que es compartida, de un modo u otro, por algunos (aunque el porcentaje resulte todavía mayor) que se reconocen a sí mismos como revolucionarios, marxista-leninistas o, sencillamente, socialistas. Y todo por un simple motivo: la Revolución Bolchevique -tras la fallida experiencia revolucionaria de la Comuna de París- elevó la potencialidad que los sectores populares tienen la suficiente capacidad de ejercer autónomamente el poder y de suprimir radicalmente toda estructura política, social y económica que legitimara la explotación capitalista de los trabajadores y la diferenciación de clases sociales.

 

En lo que se ha catalogado como su Testamento político. Lenin, en una nota del 26 de diciembre de 1922, enunció: “es imposible modificar un aparato, en una medida suficiente, en cinco años, dadas, sobre todo, las condiciones en que se realizó entre nosotros la revolución”. En este mismo tenor, en otra nota escrita el 30 de diciembre, se refiere a la situación creada con el control del Estado: “Se afirma que era necesaria la unidad del aparato. ¿De dónde emanaban esas afirmaciones? ¿No provenían acaso del mismo aparato de Rusia que […] tomamos del zarismo, limitándonos a recubrirlo ligeramente con un barniz soviético?....” Unas líneas más adelante agregaba: “denominamos nuestro a un aparato fundamentalmente extraño y que represente una mezcolanza de supervivencia burguesas y zaristas; que nos fue en absoluto imposible transformarlo en cinco años”.

 

De una manera similar a la conclusión a que llegara tempranamente Alexandra Kollontai (destacada revolucionaria feminista electa Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública del nuevo gobierno socialista soviético) sobre este tema, Lenin reconocía la imposibilidad de transformar radicalmente -de la noche a la mañana- el conjunto de la sociedad y del anticuado régimen zarista y acceder en un periodo relativamente corto al Estado y al nuevo orden que sobrevendría con la construcción colectiva del comunismo.

 

Pese a ello, la  dirección del gobierno y del partido comunista de la Unión Soviética reflejaron todo lo contrario, lo que se reforzara con la situación de guerra interna y externa que ésta hubo de enfrentar, propiciada por los sectores dominantes del capitalismo, incluida la agresión del nazismo alemán y la confrontación política, económica y militar sostenida con el imperialismo gringo y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte durante la Guerra Fría.

 

Suele atribuírsele de forma exclusiva a Stalin (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili) la responsabilidad de los errores, las desviaciones y las contradicciones que, siete décadas después, bajo el liderazgo de Mijaíl Gorbachov, darían al traste con el desarrollo y consolidación de esta experiencia revolucionaria que serviría de base de la Revolución Proletaria Mundial.

 

Sin embargo, se pasa por alto el hecho la influencia ejercida por la socialdemocracia en muchos de los militantes y dirigentes del Partido Comunista, lo que permitió el ascenso de una burocracia (integrada por individuos en los puestos de dirección del aparato administrativo, productivo y distributivo del Estado) que, según León Trotsky, era el “grupo dirigente” en la URSS que, a la postre, terminaría por usurpar la soberanía del pueblo. Stalin estaba consciente respecto a la posibilidad de restauración del capitalismo, por ello apuntará: “no hemos extirpado las raíces del capitalismo. ¿Dónde anidan estas raíces? Anidan en la producción mercantil, en la pequeña producción de la ciudad y, sobre todo, del campo”. Sin embargo, no se previó que dicha restauración se daría de la mano de la nueva clase burguesa que surgió y se expandió al calor de la edificación socialista, apropiándose de la plusvalía creada por los obreros manuales; además por el detalle que aún pervivía la división social del trabajo y el trabajo asalariado.   

 

A cien años de producirse la Revolución Bolchevique, los propagandistas anticomunistas siguen (y seguirán) difundiendo la matriz que ésta fue un total fracaso, que su modelo económico sólo serviría para hundir a los pueblos en la más extrema miseria y su régimen político es todo lo contrario a un régimen de libertades públicas. Todo esto se ha repetido incesantemente, sin ubicarse en el contexto de los acontecimientos que marcaron su historia y los factores reales que la condujeron a su eclosión en 1991.

 

Se busca disminuir de este modo su posible influencia (no obstante sus distorsiones y corrupción por parte de la burocracia corporativa que la rigiera) en las luchas populares de la actualidad, especialmente en aquellas naciones donde algunos gobiernos se presentan a sí mismos como revolucionarios y socialistas, pasando éstos por algunas situaciones parecidas a las experimentadas en su tiempo por los soviéticos.

 

Podrá decirse, en consecuencia, que este «fracaso» de hace cien años continúa iluminando al mundo, esta vez con el conocimiento exacto de lo que pudo ser y de los errores cometidos, en función de alcanzar la verdadera emancipación de la especie humana; despojada de toda pretensión mesiánica y de todo tipo de control por parte de una minoría dominante. Este sería otro legado de la Revolución de Octubre para los pueblos que ahora confrontan al capitalismo neoliberal globalizado y sus planes de dominación mundial.-

DE LA ÉTICA DEL MERCADO A LA ÉTICA DE LA SOLIDARIDAD

DE LA ÉTICA DEL MERCADO A LA ÉTICA DE LA SOLIDARIDAD

En términos generales, frente a la realidad convulsiva del mundo contemporáneo, habrá que imponerse como meta la abolición y la superación de la competencia fragmentadora del capitalismo, centrada en su lógica de obtención de exorbitantes e ilimitadas ganancias, con la finalidad de enfocarse en la construcción nada imposible de un nuevo modelo civilizatorio, en el cual tengan cabida -sin contradicción alguna- las diversas aspiraciones emancipatorias de la humanidad. Para ello es preciso que las personas dispuestas a emprender este camino de luchas comprendan que son parte esencial de una hegemonía popular en incesante construcción, sin mesianismos de por medio que desvíen sus objetivos fundamentales.

Esto requiere evitar que surjan multiparcelamientos -como sucede con muchas luchas sociales que podrían unificarse frente al mismo enemigo que enfrentan de manera aislada- producto de esa subjetividad fraccionada que le impide a muchos asimilar que sus esfuerzos tendrían que orientarse hacia el logro de un objetivo común, esto es, la emancipación integral de todos. ¿Que esto es algo difícil y llevará tiempo lograrlo? Sí. No se niega.

No obstante, los sectores populares (agrupados o individualizados) tienen ahora mejores oportunidades de liberación que sus antepasados. Sólo tendrían que recurrir a su memoria histórica de luchas, como también aprovechar en su beneficio colectivo las diversas ventajas materiales propiciadas por el sistema capitalista, haciendo realidad (aunque algunos no deseen admitirlo, por los prejuicios que albergan) lo anticipado por Karl Marx y Friedrich Engels a finales del siglo XIX, sólo que de una forma más amplia al afincarse en su propia realidad.

Hoy (como muchos lo sienten en carne propia), todos los pueblos del mundo, incluidos los de las naciones desarrolladas, enfrentan por igual la grave amenaza que representa para su supervivencia la ley del mercado capitalista. Esta ha llegado a ser -de cualquier manera- la medida de todas las cosas, a tal punto que los recursos naturales, lo mismo que las personas, son considerados como mercancías y, por tanto, susceptibles de comprarse y venderse, al margen de cualquier contemplación ética y moral; incluso, violando todo tipo de ley vigente.

El drama adquiere un mayor impacto si se miden los efectos del cambio climático y del incremento de los niveles de pobreza que impulsan a millones de personas a emigrar de sus naciones de origen, unos a Europa, otros a Estados Unidos, tras la ilusión de bienestar creada por las vidrieras del capitalismo. Ambos elementos -degradación ambiental y empobrecimiento crecientes- son las caras visibles de lo que es y significa la hegemonía del capitalismo globalizado. Algo en lo que muchos concuerdan a nivel mundial, pero no atinan aún en atacar y resolver de forma unánime, vistos los intereses que deben sortearse.

Referente a esto último, en su artículo “Globalización o globocolonizacón”, Frei Betto destaca que “no es la economía que se mundializa, es el mundo que se ‘economiza’, reduciendo todos los valores materiales y simbólicos al precio del mercado. Tal fenómeno somete a la cultura y la política a la ley de la oferta y la demanda. Como la teoría económica no fija ningún límite al imperio del mercado, todo lo que es objeto de deseo humano es reducido a las relaciones de intercambio, según las reglas del sistema: uno de los socios lleva más ventaja que el otro”.

Se hace imperioso, en consecuencia, oponer la ética de la solidaridad (engendrada y preservada por nuestros pueblos) a la ética del mercado; lo que exige el surgimiento de un sujeto histórico colectivo, activo y autoconsciente, capaz de promover y de consolidar un régimen socioecológico y profundamente diferenciado de lo que han sido las alternativas surgidas (hasta ahora), cuyas raíces se ubican, sustancialmente, en la vieja Europa.

Frente a esta eventualidad nada descartable, extrapolando lo escrito por Enrique Dussel en su libro “Un Proyecto Ético y Político para América Latina”, en relación con lo que el filósofo francés Jacques Maritain proponía, surge la necesidad histórica de construcción de un “comunitarismo (desde la primacía del bien común), un pluralismo (en cuanto a la distribución de los bienes producidos en común) y un personalismo (en cuanto a la realización concreta de cada persona particular)”. Razonando sobre tal materia, se tendría entonces a la mano una amplia posibilidad de diseñar y llevar a la práctica un programa de transformación revolucionaria que tienda a la edificación de un modelo civilizatorio radicalmente diferente al actualmente vigente.-           

NUEVA DEMOCRACIA, NUEVA CIUDADANÍA

NUEVA DEMOCRACIA, NUEVA CIUDADANÍA

La sumisión y el fatalismo que suelen adoptar los sectores populares frente a los grupos oligárquicos dominantes no es un proceso surgido de la noche a la mañana. Éste se fue cimentando paulatinamente a través del tiempo mediante una diversidad de mecanismos de adoctrinamiento y/o alienación (en su mayoría, invisibilizados) que, de un modo reiterativo, convence a un amplio número de personas de lo irremediable (y hasta deseable) que son las circunstancias negativas en que viven. Sobre esta base se legitimó el estado de cosas imperante, convirtiendo la posibilidad de su transformación en algo dificil y, en muchos casos, imposible de lograr. Por ello, el cuestionamiento profundo de las estructuras sobre las cuales se erige este orden exige derribar esta falsa conciencia de los sectores populares, animándolos a comprender la verdadera naturaleza de su soberanía y el papel histórico que les correspondería cumplir.

 

En tal contexto, es imprescindible que quienes impulsen este cuestionamiento y aspiren que el mismo sirva de fundamento para concretar una revolución realmente emancipatoria e integral, deban hacer acopio de toda una creatividad teórica, aún cuando su originalidad esté condicionada por la formación recibida. Entre éstos ha de manifestarse de un modo siempre constante el compromiso teórico-práctico para transformar realmente la realidad política, económica, social, y cultural -elevando, simultáneamente, su propia conciencia- sin la interferencia de dogma alguno; lo que deberá conducir a la construcción de unos nuevos paradigmas. Por consiguiente, ha de haber espacios para que se exprese la conciencia crítica -más la acción revolucionaria, por supuesto- de los sectores populares, de forma que entre ellos se fomente la cultura del debate como un rasgo distintivo de la nueva democracia y la nueva ciudadanía por crearse; sin reducirla al ámbito meramente reivindicativo, como suelen hacerlo los demagogos y oportunistas.

 

Producir una revolución social, política, económica y cultural de un nuevo tipo -desde las raíces mismas de las luchas populares- es sostener de manera contíinua el cuestionamiento a lo ahora existente, no sólo en lo simplemente discursivo. Caso contrario, sólo habrá el entronizamiento de una nueva casta gobernante (con los mismos vicios y prejuicios de su predecesora), las mismas relaciones de poder denunciadas y cierta frustración y/o decepción por los limitados resultados alcanzados Como diría el prócer cubano José Martí, “con Guaicaipuro, Paramaconi, los desnudos y heroicos Caracas hemos de estar y no con las llamas que los quemaron, ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los aceros que los degollaron, ni con los perros que los mordieron”. Esto nos lleva a citar también, con su peculiar forma de escribir, al inquieto pensador Simón Rodríguez cuando plantea: “¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original= ORIGINALES han de ser sus instituciones y su Gobierno= y ORIGINALES los medios de fundar uno y otro. O Inventamos o Erramos”.

 

Obviamente, un proceso de transformación de este estilo supone la cimentación de un nuevo sistema de valores como también de un nuevo sistema de relaciones de producción sobre el cual prive la satisfacción de las necesidades primordiales de la población y no la lógica egoista del capital. Ello exige, por consecuencia, la puesta en marcha de innovaciones en el plano de la producción y la propiedad. No es reeditar la Tercera Vía con la que el Primer ministro Tony Blair, junto al economista Anthony Giddens, combinó los postulados del neoliberalismo capitalista ortodoxo con un espíriti “socialista” de bienestar colectivo, concebida para el contexto específico de Gran Bretaña. Al respecto, se debe entender que la construcción del poder popular tiene que enlazarse -necesaria e ineludiblemente- la construcción de nuevas relaciones sociales y economicas alternativas a las generadas por el regimen capitalista. Para su concreción real vital la autonomía del poder popular, de forma que la practica de la democracia sea autenticamente participativa y protagonica, manifestándose de un modo directo y soberano.-   

EL SISTEMA Y LA PUJA DEMOCRATIZADORA DEL PUEBLO

EL SISTEMA Y LA PUJA DEMOCRATIZADORA DEL PUEBLO

La categorización del sociólogo alemán Max Weber, según la cual “el político por vocación está al servicio de ideales mientras que el político profesional hace de esta noble actividad una carrera para mejorar su status social mediante el dinero y el poder”, tiene -de una u otra manera- raíces en el modelo de Estado burgués liberal heredado de Europa y las relaciones jerarquizadas de poder derivadas de éste, limitando enormemente la existencia de una democracia ejercitada efectivamente y en tiempo real por el pueblo. Con muy reducidas excepciones, cabe aseverar que esta es una situación común en todas nuestras naciones a través de las diversas etapas de su historia, convirtiéndola en una fatalidad aparentemente inexorable. Sin embargo, han surgido métodos y líneas teóricas que tienen por objetivo la construcción de un género de democracia que responda verdaderamente a los intereses y las necesidades de las mayorías y no únicamente sirva de instrumento para satisfacer las ambiciones egoístas de una minoría.

Si bien es cierto que las crisis económicas producidas cíclicamente por el capitalismo afectan considerablemente a millones de personas en todo el planeta, obligándolas a sobrevivir de cualquier forma, en algunos casos, en condiciones extremas de explotación y de semi esclavitud, éstas han facilitado la elaboración de diversas propuestas que tienden, en un primer plano, a deslegitimar todo lo existente y, en un plano más profundo, a la sustitución absoluta del sistema múltiple de dominación engendrado por el capitalismo y su par, el Estado burgués liberal. Algunas de ellas, echando mano a las tesis del socialismo revolucionario mientras otras pretenden resultar más originales respecto a sus fuentes de inspiración (como el nacionalismo y la socialdemocracia); lo que dificulta -de alguna manera- la convergencia de voluntades y de esfuerzos contra dicho sistema, cayendo en sectarismo y dogmatismos que, en vez de dirigirse a su destrucción y reemplazo, conspiran contra sus propios objetivos; desenmascarándose, incluso, contradictoriamente, su carácter antidemocrático. En cuanto a este punto, vale citar a Oscar Enrique León, quien en su libro “Democracia burguesa, fascismo y revolución”, expone que “el papel de la revolución no es salvar a la democracia burguesa, mucho menos haciendo causa común a tales efectos con una derecha moderada. El papel histórico de la revolución es destruir la democracia burguesa, única forma real y realista de acceder a la democracia participativa y el poder popular que ella postula como forma política. En la medida que lo logre, y sólo en tal medida, habrá derrumbado el orden burgués”.   

Aun cuando ésta no sea la aspiración de los políticos profesionales (llámense de derecha o de izquierda), los sectores populares tendrán que entender que ya no es suficiente el voto ni el logro de ciertas reformas (económicas, políticas y sociales) mientras se mantengan inalterables las estructuras y subestructuras que sostienen y legitiman al Estado burgués liberal. Ellos tienen que vencer el condicionamiento ideológico que les hace desconfiar de sí mismos y depender de esta clase de políticos, proponiéndose actuar un modo autónomo en la concepción del poder popular soberano, así como de nuevos paradigmas que marquen el comienzo de un modelo civilizatorio diferente al existente. Ello representa una necesidad histórica impostergable. En especial, cuando el gobierno de Estados Unidos amenaza con arremeter contra los pueblos y los gobiernos que se muestren reacios a someterse a su estrategia de dominación imperial.

Para aquellos que lo dudan, o sencillamente no comparten tal punto de vista, les bastará tener presente (y comprender, si se empeñan un poco) que el mayor cuestionamiento a este sistema múltiple de dominación lo realizan, justamente, los sectores populares por la vía de los hechos. Por consiguiente, la confrontación que estos llevan a cabo -en su triple condición de oprimidos, explotados y excluidos- sin ser teórica (o teorizada), deja al descubierto la escasez de argumentos sólidos por parte de los defensores del sistema actual, ya que niega (en muchas situaciones, por medio de la fuerza) la posibilidad de hacer realidad los postulados democráticos, igualitarios y emancipatorios que suelen esgrimirse para perpetuarlo y presentarlo como la mejor opción. En el otro extremo, quienes se oponen obcecadamente a la transformación estructural, implícita en las demandas populares, se hallan al margen de una correcta interpretación de la realidad que tomara forma bajo el capitalismo globalizado en los últimos treinta años. Por ello, ante la inutilidad de su discurso político y de sus acciones violentas para contener la puja democratizadora de los sectores populares, optan por plegarse a los proyectos neoimperialistas estadounidenses, esperanzados en su eficacia para preservar el poder usufructuado. No obstante, la presente etapa de luchas por objetivos comunes constituye un fundamento sólido para impulsar y concretar, como debiera ser, el poder popular soberano y tender a la edificación dinámica de un nuevo modelo civilizatorio, en simbiosis armónica con la naturaleza y el resto de las personas.-    

TRUMP Y EL NEOIMPERIALISMO EN NUESTRA ABYA YALA

TRUMP Y EL NEOIMPERIALISMO EN NUESTRA ABYA YALA

Las sanciones y amenazas proferidas por Donald Trump en contra de Nicolás Maduro y su gobierno no representan novedad alguna. El máximo funcionario militar de Estados Unidos para América Latina, el Almirante Kurt W. Tidd, Jefe del Comando Sur de Estados Unidos, ya había presentado previamente un informe al Comité de Servicios Militares del Senado de su país el pasado 6 de abril, advirtiendo que Venezuela podría ser un factor «desestabilizador» en la región. Según él, «Venezuela atraviesa un período de inestabilidad significativa el año en curso debido a la escasez generalizada de medicamentos y comida, una constante incertidumbre política y el empeoramiento de la situación económica». Con tales palabras, confirmó lo que ha sido señalado previamente por el gobierno venezolano y por analistas internacionales respecto al plan imperialista concebido décadas atrás para desestabilizar y neutralizar por completo al régimen de Nicolás Maduro, teniendo como base jurídica el decreto ejecutivo de Barack Obama que tilda a Venezuela de ser una «amenaza inusual y extraordinaria a la Seguridad Nacional de los Estados Unidos».

 

Al mismo tiempo, Todd refirió que las relaciones promovidas por Rusia, China e Irán con los países de la región constituyen una amenaza para los intereses estadounidenses. De todo el informe presentado por este alto jefe militar gringo puede extraerse también la pretensión imperial, en lo que podría denominarse neoimperialismo, de montar el escenario requerido para recuperar y asegurar la hegemonía que, desde comienzos del siglo pasado, ha ejercido tradicionalmente sobre todas las naciones al sur de sus fronteras. En su artículo «La exportación del Plan Colombia al Triángulo Norte y la Triple Frontera», Álvaro Verzi Rangel, sociólogo venezolano, resalta que se adelanta la conformación de una fuerza militar multinacional latinoamericana con el propósito fundamental de asegurar esta hegemonía imperial estadounidense en nuestra América. «Sería -explica- la unificación del Plan Colombia, la Iniciativa Mérida y la Iniciativa para la Seguridad Regional de Centroamérica, ya mostrado en los documentos del Comando Sur de EEUU "Plan 2018", y el "Operation Freedom II". No hay quiebres entre las administraciones de Obama y Trump: por encima de ellos, el poder fáctico lo comparten el Pentágono y el complejo industrial militar, que pueden garantizar a las corporaciones trasnacionales el acceso a los recursos de la región».

 

Por su parte, el periodista francés Thierry Meyssan también hace referencia a esta estrategia de control geopolítico, la cual estaría basada en los postulados del influyente estratega gringo-israelí y asesor del Departamento de Defensa,Thomas P. M. Barnett, autor del best-seller «The Pentagon´s New Map», que contempla la reconstrucción, ampliación y consolidación del espacio de seguridad de Estados Unidos. Resalta Meyssan: «Para el imperialismo se trata de dividir el mundo en dos: una zona estable que goza de los beneficios del sistema y otra zona donde el caos alcanza proporciones tan espantosas que nadie piensa ya en resistir sino sólo en sobrevivir, zona donde las transnacionales pueden extraer las materias primas que necesitan sin rendir cuentas a nadie».

 

Sería bastante necio, por tanto, ignorar que se busca sin disimulo alguno una agresión militar directa al territorio soberano de la Patria de Bolívar. Aún más, al pensar que ello no tendrá ninguna consecuencia negativa para el país y para el resto de las demás naciones de nuestra Abya Yala, particularmente en aquellas cuyos gobiernos se esforzarían (con apoyo de sus pueblos) en mantener una posición de dignidad e independencia en relación con la clase gobernante estadounidense. Esto es lo que se ha divulgado extensamente, sin embargo, la realidad va más allá de lo que se discierne o percibe a simple vista, suponiendo que el interés imperialista por Venezuela tiene que ver exclusivamente con el control de los yacimientos petrolíferos. El objetivo central de Estados Unidos no es sólo derrocar los gobiernos considerados progresistas y/o izquierdistas, lo que ya es algo recurrente y tradicional por parte del imperialismo yanqui, o apoderarse por la fuerza del petróleo. Con ello, el neoimperialismo -de la mano de Trump- apunta a hacer realidad en nuestro continente la recomposición de los Estados-nación diseñada durante el gobierno de George W. Bush en el caso de Oriente Medio, lo que comenzó a concretarse con las invasiones a Irak, Libia y, ahora, Siria.-