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TRUMP Y EL NEOIMPERIALISMO EN NUESTRA ABYA YALA

TRUMP Y EL NEOIMPERIALISMO EN NUESTRA ABYA YALA

Las sanciones y amenazas proferidas por Donald Trump en contra de Nicolás Maduro y su gobierno no representan novedad alguna. El máximo funcionario militar de Estados Unidos para América Latina, el Almirante Kurt W. Tidd, Jefe del Comando Sur de Estados Unidos, ya había presentado previamente un informe al Comité de Servicios Militares del Senado de su país el pasado 6 de abril, advirtiendo que Venezuela podría ser un factor «desestabilizador» en la región. Según él, «Venezuela atraviesa un período de inestabilidad significativa el año en curso debido a la escasez generalizada de medicamentos y comida, una constante incertidumbre política y el empeoramiento de la situación económica». Con tales palabras, confirmó lo que ha sido señalado previamente por el gobierno venezolano y por analistas internacionales respecto al plan imperialista concebido décadas atrás para desestabilizar y neutralizar por completo al régimen de Nicolás Maduro, teniendo como base jurídica el decreto ejecutivo de Barack Obama que tilda a Venezuela de ser una «amenaza inusual y extraordinaria a la Seguridad Nacional de los Estados Unidos».

 

Al mismo tiempo, Todd refirió que las relaciones promovidas por Rusia, China e Irán con los países de la región constituyen una amenaza para los intereses estadounidenses. De todo el informe presentado por este alto jefe militar gringo puede extraerse también la pretensión imperial, en lo que podría denominarse neoimperialismo, de montar el escenario requerido para recuperar y asegurar la hegemonía que, desde comienzos del siglo pasado, ha ejercido tradicionalmente sobre todas las naciones al sur de sus fronteras. En su artículo «La exportación del Plan Colombia al Triángulo Norte y la Triple Frontera», Álvaro Verzi Rangel, sociólogo venezolano, resalta que se adelanta la conformación de una fuerza militar multinacional latinoamericana con el propósito fundamental de asegurar esta hegemonía imperial estadounidense en nuestra América. «Sería -explica- la unificación del Plan Colombia, la Iniciativa Mérida y la Iniciativa para la Seguridad Regional de Centroamérica, ya mostrado en los documentos del Comando Sur de EEUU "Plan 2018", y el "Operation Freedom II". No hay quiebres entre las administraciones de Obama y Trump: por encima de ellos, el poder fáctico lo comparten el Pentágono y el complejo industrial militar, que pueden garantizar a las corporaciones trasnacionales el acceso a los recursos de la región».

 

Por su parte, el periodista francés Thierry Meyssan también hace referencia a esta estrategia de control geopolítico, la cual estaría basada en los postulados del influyente estratega gringo-israelí y asesor del Departamento de Defensa,Thomas P. M. Barnett, autor del best-seller «The Pentagon´s New Map», que contempla la reconstrucción, ampliación y consolidación del espacio de seguridad de Estados Unidos. Resalta Meyssan: «Para el imperialismo se trata de dividir el mundo en dos: una zona estable que goza de los beneficios del sistema y otra zona donde el caos alcanza proporciones tan espantosas que nadie piensa ya en resistir sino sólo en sobrevivir, zona donde las transnacionales pueden extraer las materias primas que necesitan sin rendir cuentas a nadie».

 

Sería bastante necio, por tanto, ignorar que se busca sin disimulo alguno una agresión militar directa al territorio soberano de la Patria de Bolívar. Aún más, al pensar que ello no tendrá ninguna consecuencia negativa para el país y para el resto de las demás naciones de nuestra Abya Yala, particularmente en aquellas cuyos gobiernos se esforzarían (con apoyo de sus pueblos) en mantener una posición de dignidad e independencia en relación con la clase gobernante estadounidense. Esto es lo que se ha divulgado extensamente, sin embargo, la realidad va más allá de lo que se discierne o percibe a simple vista, suponiendo que el interés imperialista por Venezuela tiene que ver exclusivamente con el control de los yacimientos petrolíferos. El objetivo central de Estados Unidos no es sólo derrocar los gobiernos considerados progresistas y/o izquierdistas, lo que ya es algo recurrente y tradicional por parte del imperialismo yanqui, o apoderarse por la fuerza del petróleo. Con ello, el neoimperialismo -de la mano de Trump- apunta a hacer realidad en nuestro continente la recomposición de los Estados-nación diseñada durante el gobierno de George W. Bush en el caso de Oriente Medio, lo que comenzó a concretarse con las invasiones a Irak, Libia y, ahora, Siria.-

LA CENSURA GLOBAL Y LA MANIPULACIÓN DE LOS PUEBLOS

LA CENSURA GLOBAL Y LA MANIPULACIÓN DE LOS PUEBLOS

La imposición de una cartelización global de la información, o de una censura corporativa mundial, tendría como resultado directo la manipulación más perfeccionada de la opinión pública, ya sea de una nación o de grupos sociales específicos, incluso en contra de sus propios intereses. De esto se encargarían las grandes cadenas informativas (principalmente, estadounidenses), cuyas fuentes, a pesar de no citarse en muchos casos, serían incuestionables y las únicas autorizadas para validar o no cualquier noticia difundida. Así, las operaciones mediáticas en contra de países, gobiernos y personas, además de movimientos sociales y políticos, que resulten contrarios a las agendas políticas y económicas de los grupos de poder mundiales podrán propagarse sin mucha dificultad, obstruyendo a su vez cualquier posibilidad de obtener una información más veraz y fidedigna.      

 

A ello se agregan diversos sitios en Internet que presuntamente censurarían la difusión de ‘noticias falsas’, o que induzcan odios étnicos, políticos y de otra índole, lo que estaría sujeto a la subjetividad de sus dueños o patrocinadores. De este modo, la verdad estará condicionada por lo que los sectores dominantes (locales y mundiales) juzguen como algo apropiado para toda la sociedad, independientemente de si existen elementos reales y cotidianos que la contradigan. Todo esto hace rememorar lo escrito en algunas obras distópicas, como “1984”, “Un mundo feliz” o “Fahrenheit 451”, entre las más conocidas, que dan cuenta del amplio control ejercido por gobiernos futuros sobre la población subordinada, restándole o anulándole la capacidad que puedan poseer para diferenciar la verdad de la mentira.

 

Ha surgido -como lo refieren en su artículo “Profetas del Odio”, Ava Gómez y Bárbara Ester- “una constelación de representaciones sociales de fuerte contenido político que se propaga con rapidez, va conformándose como sentido común y normalizando simbólicamente situaciones de violencia física y exclusión extrema. A este fenómeno se lo conoce como “aporofobia”, en alusión al rechazo, miedo y desprecio hacia el pobre, al desamparado, ese amplio segmento social que queda fuera del contrato tácito entre individuo y sociedad, en el que hay que dar para recibir. Ellos no dan, ergo, no merecen. Y, en consecuencia, hay que anular a sus líderes y derribar o impedir gobiernos que los incluyan”. Consecuentes con dicho propósito, quienes integran los poderes fácticos del planeta desencadenan campañas mediáticas dirigidas a incriminar dirigentes y regímenes diversos, de manera que se justifique, como en los casos de Iraq, Libia y Siria, cualquier acción militar, financiera, económica y/o diplomática que contribuya a su debilitamiento y destrucción.

 

Gracias al consumismo compulsivo -inculcado durante un largo tiempo en un amplio y cada vez creciente segmento de personas a nivel planetario por la gran industria ideológica a su total servicio- el capitalismo (ahora en su ciclo neoliberal y/o posneoliberal, como algunos analistas prefieren denominarlo) ha podido presentarse como la única alternativa existente para elevar las condiciones materiales de vida de todos. Herbert Marcuse, sociólogo y filósofo alemán, se refirió décadas antes a esta situación de manipulación de las personas por el capitalismo en su obra «El hombre unidimensional», publicada en 1964. En ella, Marcuse escribe que «la función básica de los medios es desarrollar seudo necesidades de bienes y servicios fabricados por las corporaciones gigantes, atando a los individuos al carro del consumo y la pasividad política». Con ello, logran la ocultación total de las causas que producen los diferentes acontecimientos y crisis que agobian, en mayor o menor proporción, a la humanidad entera, sin dar cabida a un análisis real y concreto de los mismos. En el fondo, lo que persiguen estos censores globales es la promoción y el reforzamiento de leyes y medidas liberticidas -al estilo de la Patriot Act estadounidense- y así imposibilitar cualquier disidencia o rebelión de parte de los sectores populares, aún las más justas, al mismo que impedir la posibilidad que estos últimos puedan construir por sí mismos todos los espacios potenciales de solidaridad económica y social.-

 

LA HEGEMONÍA “OCCIDENTAL” Y LA DISOLUCIÓN DEL SENTIDO DE COMUNIDAD

LA HEGEMONÍA “OCCIDENTAL” Y LA DISOLUCIÓN DEL SENTIDO DE COMUNIDAD

Existe a nivel mundial una disolución creciente del sentido de comunidad, estimulada de diversos modos por los grandes centros del poder mundial. Esto se manifiesta en la intolerancia (racial, religiosa, clasista y/o ideológica) hacia personas que son, o se consideran, diferentes, eliminando cualquier posibilidad para la convivencionalidad y dando lugar a crímenes de odio que se propagan ante la mirada cómplice y/o indolente de quienes ejercerían algún tipo de autoridad (instigándolos muchas veces), haciéndolos ver como una situación normal que no merece demasiada atención. La concentración monopólica tanto del conocimiento como de la información ha facilitado modelar la política y la vida sociocultural, en general, de la humanidad, a tal punto que todo debe calibrarse y adaptarse de acuerdo a los patrones que identifican a la cultura occidental, representada por Estados Unidos y sus aliados europeos, estableciendo su hegemonía sobre el resto del planeta.


De acuerdo a lo determinado por el sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman, el mundo actual se encuentra envuelto en lo que él denominara modernidad tardía (también conocida como modernidad líquida), caracterizada por una economía capitalista global que no distingue, ni pretende distinguir, fronteras y, de serle siempre posible, recurre a la guerra como opción válida para imponer sus intereses; una modernidad que requiere la privatización creciente de los servicios públicos (otrora en manos del Estado) y donde se manifiesta la tendencia a resaltar como valores básicos ideales el individualismo y, por efecto de éste, la falta de solidaridad, dando fin al compromiso mutuo que se mantuvo presente en la cultura y en la historia de una gran parte de la humanidad.  Cuestión ésta que tiende a ampliarse cada día gracias a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en auge, desarrolladas, justamente, bajo el patrocinio capitalista. De esta forma, los sectores dominantes se aseguran de obtener también una plusvalía ideológica mayor a la obtenida por los grupos de poder del pasado, al mismo que se permiten destruir los cimientos históricos, educativos y culturales de los pueblos a fin de congregarlos en torno a una misma forma de concebir el mundo.


Así, en contraste con lo que caracterizara durante siglos a muchos pueblos de la Tierra, especialmente a los de nuestra América, "el sistema alienta -refiere Javier Tolcachier en su artículo Las nuevas narrativas revolucionarias- una lógica individualista, atomizadora, competitiva y excluyente que aumenta el grado de segmentación y un emplazamiento mental donde la felicidad aparece ligada al éxito, la fama y la singularidad. El ideal es ser diferente, aunque todos crean exactamente lo mismo. La verdad común es reemplazada por verdades particulares, en las que entronca el aparato publicitario, el misil teledirigido de la posverdad a medida. La generalización es pecaminosa y fútil, lo “cool” es lo específico y especial. Todo ello debilita las opciones colectivas, sobre todo, las asentadas en pertenencias y permanencias orgánicas, que hoy son reemplazadas por el vaivén de mareas sociales huracanadas, pero impermanentes”. De esta forma, quienes detentan el poder (lo mismo que aquellos que aspiran obtenerlo) prometen soluciones simples a problemas intrincados, generalmente dejando de lado la importancia del sentido de comunidad que habría de existir y consolidarse en cualquier sociedad para concentrarse en el interés privativo de cada persona, lo que eventualmente tendrá sus efectos negativos respecto a la organización autónoma y solidaria de los sectores populares.


El axioma del prócer y presidente mexicano Benito Juárez, «la paz es el respeto al derecho ajeno», debiera entenderse también como el respeto al derecho de los «otros» a ser tratados realmente en pie de igualdad, sin que salga a relucir ninguna muestra de discriminación. Su comprensión y discernimiento contribuirían, sin dudas, a que los seres humanos, en un sentido bastante amplio, puedan finalmente convivir en paz, haciendo realidad todos aquellos ideales que han nutrido sus aspiraciones compartidas de morar en un mundo cada día mejor. Lamentablemente, este es un asunto de primera importancia que es obstaculizado -de variadas formas- por los diferentes paradigmas impuestos por la ideología de las élites dominantes, llámense nacionalismo, Estado, mercado o religión (y sus derivaciones); los cuales han sido los detonantes principales de cada conflicto ocurrido en la larga historia compartida de la humanidad.-

VENEZUELA Y LA REVOLUCIÓN DEL PODER POPULAR SOBERANO

VENEZUELA Y LA REVOLUCIÓN DEL PODER POPULAR SOBERANO

Aunque se crea arcaico, innecesario y/o irrelevante, si no se promueve efectivamente una revolución en la conciencia de los sectores populares (habituados a aceptar la subordinación impuesta por los sectores dominantes como algo natural e irremediable), no habrá entonces ninguna revolución en el plano político, como tampoco en los planos social y económico, que pueda profundizar y, en consecuencia, ampliar la clásica definición y práctica de la democracia. Así de simple. Dicha revolución tendrá que abarcar, necesariamente, lo cultural y lo espiritual, de modo que se cuestione y se desplace la ideología de los sectores dominantes, cuyos conceptos y prejuicios, de uno u otro modo, terminan por truncar las luchas y las aspiraciones emancipatorias de los pueblos, haciéndolos dependientes de algo totalmente ajeno a sí mismos. Sobre todo, si quienes los dirigen logran convencerles de ser la encarnación de sus largamente postergadas aspiraciones.

Esta revolución tiene, por consiguiente, una trascendencia motivadora y de suma importancia para que se consolide cualquier transformación estructural propuesta. Pero también es vital que se propicie una actitud revolucionaria consecuente que abarque, forzosamente, el combate y la denuncia de las tendencias negativas que puedan distorsionar, en algún momento, el avance y la organización democrática de los sectores populares.

Es fundamental incentivar, al mismo tiempo, el establecimiento de un tejido productivo autónomo de los sectores populares. La actual coyuntura económica, sin ser del todo caótica (como algunos desearían y otros perciben), le da cabida a todas las propuestas y las advertencias hechas por diferentes movimientos sociales y políticos revolucionarios, de forma que éstas puedan servir de instrumento orientador para la lucha. Todo lo anterior, en conjunto, implica asumir un serio cuestionamiento a todo el modelo civilizatorio implantado en nuestro territorio desde hace siglos, en especial, la vigencia del Estado burgués liberal y las relaciones de poder que dimanan del mismo, contradictorias con la esencia vital de la democracia.

Bajo el entendimiento de que todo lo relacionado con la administración pública resulta indefectiblemente ineficiente y corrupto, muchas personas tienden a dejar esta cuestión en manos de quienes, precisamente, critican (solapada o abiertamente), obviando su corresponsabilidad en el manejo de los asuntos de Estado, los que, aún sin quererlo, afectan su vida cotidiana. Ello ha facilitado desde siempre que los destinos nacionales sean controlados y decididos por gente incapaz, cuyo mayor interés está centrado en usufructuar el poder y en obtener, sin mucho esfuerzo de su parte, una fortuna exorbitante. Esta realidad, sin embargo, podrá cambiar radicalmente si se comienzan a generar condiciones y espacios donde se manifieste el poder popular soberano en su dimensión creadora, constituyente e instituyente. Para los escépticos y los condicionados por el orden establecido ello representa una absurda quimera. Muy contrario a lo que piensan quienes están convencidos de la necesidad de transformar radicalmente -no de reformar- el orden vigente. Para extender y hacer entender una propuesta que contemple este objetivo estratégico hará falta emplear todas las opciones legales e ilegales que se presenten para concretarla, teniendo especial cuidado en que sea asumida, dinamizada y enriquecida, en todo momento, por el poder popular soberano, abarcando todos los planos de la cotidianidad social.

En la situación específica actual de Venezuela se impone lograr el rescate y el reimpulso de la propuesta de transformación derivada del ideario bolivariano, robinsoniano y zamorano, con acciones y un discurso extraído de la larga historia de lucha de los sectores populares. Es decir, se requiere que las distintas organizaciones que conformen el poder popular soberano tendrán que desprenderse del tutelaje de quienes, en su nombre, solo han contribuido con el reforzamiento de las viejas estructuras del Estado burgués representativo, impidiéndoles así la participación y el protagonismo que les corresponde ejercer. Bajo esta consideración, el momento histórico en el cual se halla el país exige que se abandonen los esquemas políticos representativos del puntofijismo y, en su lugar, se acompañen las iniciativas autogestionarias del poder popular, de manera que éste ejerza su soberanía en un ciento por ciento.-

 

DE LA "RUANDIZACIÓN" A LA "CUBANIZACIÓN" DE VENEZUELA

DE LA "RUANDIZACIÓN" A LA "CUBANIZACIÓN" DE VENEZUELA

Resulta absolutamente reprobable y lamentable confirmar que el odio inculcado por la dirigencia ultraderechista durante todos estos últimos años en Venezuela se exprese en agresiones irracionales (físicas, psicológicas y verbales) de sus respectivos seguidores hacia la población en general, incluyendo a vecinos y familiares, en un escenario de creciente conflictividad que afecta, en un amplio sentido, la estabilidad del país. Contribuyendo a acentuar dicho contexto, The New York Times publicó en semanas recientes: «Las detenciones arbitrarias por motivos políticos son una constante en Venezuela, país que vive una de las peores crisis de derechos humanos de la región». Una persona medianamente inteligente y con criterio propio se preguntaría: ¿Detenciones arbitrarias? ¿No son castigables los delitos de violencia terrorista, la destrucción de bienes públicos, las agresiones a funcionarios militares y policiales, la instigación a un golpe de Estado, la invocación de una intervención armada de una potencia extranjera y el asesinato deliberado de personas con propósitos políticos? ¿Son delitos lícitos y permitidos en el territorio de Estados Unidos y Europa sin actuación alguna de sus respectivos gobiernos? Por último, ¿a qué conduce esta campaña de desinformación abierta contra el gobierno venezolano?

Donald Trump admitió sin eufemismo alguno su intención de ordenar una invasión militar al territorio de Venezuela para desalojar del poder al chavismo. Algo que, indudablemente, tendrá sus repercusiones altamente negativas en toda la región, si se diera, creando una situación similar a la producida durante la guerra de Vietnam; afectando al conjunto de naciones que, de una u otra forma, tienen graves problemas sociales y económicos por remediar, ensanchándose la conflictividad interna en cada una de ellas. Quizás esta eventualidad motivó una reacción en cadena de varios gobiernos del continente, incluyendo a aquellos que han manifestado una declarada hostilidad hacia el de Venezuela, lo cual ha servido para resaltar el carácter neoimperialista y neocolonialista del régimen actual gringo.

Todo lo anterior sería el epilogo de una estrategia largamente diseñada, financiada y ejecutada, pero cuyos frutos no han sido los apetecidos por los grupos de la derecha local y su mentor, el imperialismo yanqui, no tanto por los aciertos de la dirigencia chavista sino, más bien, por el nivel de conciencia adquirido por los sectores populares que los ha inducido a mantener una resistencia hasta ahora pasiva, en vista de los continuos ataques racistas y clasistas propiciados por los opositores extremistas. Como ya se vio en los meses precedentes, se pretendió envolver al país en unas circunstancias semejantes a las padecidas durante el genocidio de Ruanda en 1994, devolviéndose golpe por golpe, en una guerra fratricida, cuyo final sería difícil de profetizar. Ahora que se realizara la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, pareciera disipado este eventual panorama. Sin embargo, la intransigencia de Trump ha devuelto al chavismo a la realidad, una que podría repetir la amarga experiencia padecida por más de cincuenta años por el pueblo de Cuba, con reducción de insumos diversos que, eventualmente, causarían más penurias a la población venezolana, avasallada como está por el desabastecimiento y la especulación desbocados de todo tipo de productos, especialmente alimenticios.

Más allá del aspecto ideológico, el imperialismo gringo -al plantearse eliminar al chavismo y, junto con él, toda perspectiva de índole revolucionaria en Venezuela- busca recuperar, de manera definitiva y sin barreras, su habitual hegemonía en nuestra Abya Yala. Por ello, se propone sitiar a sus habitantes con una intención muy clara: destruir -a gran escala, como lo logró en otros países- los diferentes avances obtenidos en materia política, cultural, económica y social, de manera que se resignen a cumplir el dócil papel de masa trabajadora y consumidora que incremente las arcas de sus explotadores capitalistas; sin mayor aspiración que la de poder sobrevivir.-

 

UNA OPCIÓN A CONTRACORRIENTE DE TIRIOS Y TROYANOS

UNA OPCIÓN A CONTRACORRIENTE DE TIRIOS Y TROYANOS

Nuestro pueblo no debe dejarse entrampar nuevamente por la demagogia y los intereses particulares de los representantes de la MUD y del gobierno (ligados, generalmente, al logro, mantenimiento y disfrute de prerrogativas económicas) ya que esto significaría una involución fatídica en materia política, económica, social y cultural en vez del avance y la consolidación -mediante un poder popular organizado autónomo- de un verdadero sistema de democracia participativa y protagónica que viabilice la transformación estructural del Estado liberal burgués existente.

La historia reciente de Venezuela nos revela que cada una de las coyunturas presentadas durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro ha exigido de los sectores populares una adhesión inmediata (y muchas veces acrítica) que no se traduce en una reciprocidad ni en un cambio de comportamiento por parte de las cúpulas chavistas gobernantes, lo que ha producido la deserción y el descontento de un significativo número de personas que confiaron en su «liderazgo». Sin embargo, a pesar de reflejarse esta deserción y descontento en los últimos eventos electorales realizados, se pretende ignorarlos, apelando a una lealtad y a una disciplina partidista que más semejarían la obediencia debida aplicada en otros tiempos en el ámbito castrense que algo absolutamente revolucionario; cuestión que más bien contribuye a acelerar el «auge de masas» ligeramente alcanzado por la derecha al neutralizar el debate (crítico y autocrítico, invocado de manera reiterada por el presidente Chávez) y el activismo constituyente, soberano y, además, creador, de las bases militantes del chavismo, de acuerdo a lo que debiera ser -más allá, incluso, de lo contemplado en el texto constitucional actual- una democracia participativa y protagónica, con una vinculación directa en la toma de decisiones en los diferentes entes del Estado.

Si se continúa transitando este camino, a contracorriente de las expectativas y luchas populares, nada extraño será que la minoría dirigente termine ejerciendo un papel autocrático insostenible, al creerse poseedora de la única razón verdadera, lo que la induciría a desconocer olímpicamente las advertencias y las propuestas de los factores externos al chavismo, a los cuales etiquetaría, sencillamente, de traidores y contrarrevolucionarios. Aún bajo tal perspectiva, no se excluye la probabilidad de rescatar y poner al servicio de los intereses populares aquellos canales de representación y de mediación frente al Estado que fueron, prácticamente, secuestrados por tirios y troyanos.

Se requiere construir e implementar, por tanto, una opción orientada a desmantelar las diferentes estructuras de dominación imperantes, llámense políticas, económicas, sociales y culturales; reemplazando la hegemonía de las élites burguesas dominantes por una nueva hegemonía, esto es, por una de verdadero carácter popular y bolivariano, lo que debe propiciar el surgimiento de un modelo civilizatorio dotado de valores éticos y morales opuestos a la lógica capitalista y a la cultura eurocentrista (que excluyen e invisibilizan a los sectores populares desde largo tiempo). En tal opción deben prevalecer, como elementos completamente esenciales, los intereses, la participación y el protagonismo directo de los sectores populares. Ha de ser, en consecuencia, una propuesta contraria a la idea jerárquica de una «vanguardia esclarecida» (considerándose sus integrantes prácticamente arribados del monte Olimpo), que debe ser objeto de reverencia o hallarse por encima de esta condición primaria, es decir, del poder popular soberano, imponiéndose, en su lugar, una horizontalidad (u horizontalización) que privilegie lo colectivo frente a lo individual, sin que esto signifique negar ni suprimir la presencia y los derechos de toda individualidad y de toda minoría (social o política). En una propuesta así, no habrá una verdad oficial absoluta, al modo de los Estados Unidos, la Alemania nazi y la Unión Soviética, aduciendo razones de Estado -en cualquier caso, «irrefutables»- que impidan el cuestionamiento de los dirigentes, convertidos desde ahora en voceros y delegados del poder popular, a quienes se les juzgará no solamente por su grado de ineficiencia y corrupción (usufructuando el poder) sino también por las omisiones cometidas durante la gestión encomendada, evitándose de este modo que se propague e institucionalice una cultura política delictiva sin castigo alguno.-

UN "ALZAMIENTO" A FAVOR DEL GOBIERNO

UN "ALZAMIENTO" A FAVOR DEL GOBIERNO

Lo extraordinario del «alzamiento militar» recientemente escenificado en el Fuerte Paramacay, en el estado Carabobo, es que, contrariamente a las presuntas aspiraciones de sus perpetradores, éste no produjo ninguna onda expansiva que pusiera en graves aprietos al gobierno de Nicolás Maduro. Antes que eso, abrieron mayores posibilidades a favor del gobierno, ahora con un as efectivo en la mano (la Asamblea Nacional Constituyente) con el cual podría deshacerse -a riesgo de extralimitarse- de todo aquello que le impide lograr un mejor nivel de estabilidad. Posiblemente este no será el caso de aquellos que, llevados por su fanatismo extremo, crean que esta clase de acciones, malamente calcadas de algún videojuego o guión cinematográfico, sean las más apropiadas para salir del «régimen» chavista, tal como lo han hecho exaltando a sus pretendidos «libertadores» cuando insultan, aterrorizan, linchan y queman a toda persona que señalen de ser militares y chavistas.

Se obvia que, no importa que haya sanciones del gobierno estadounidense o ataques mediáticos de la derecha local y extranjera, la Asamblea Nacional Constituyente -controlada por el chavismo- le otorga a éste un barniz de legalidad que induciría a un número significativo de venezolanos a aceptarla como lo menos malo que pudiera ocurrir en este país (aunque se continúe cuestionando su modo de convocarla y de elegirla), tal vez esperanzado en que sus decisiones reduzcan el clima de violencia impuesta por la ultraderecha, lo mismo que el desabastecimiento y la especulación descontrolada de diversidad de productos. Paradójicamente, pareciera que la dirigencia opositora estuviera en contubernio con el régimen que aparentemente busca derrocar, en un extraño juego de roles con el cual mantener en ascuas al pueblo, impidiéndosele, al mismo tiempo, que inicie por sí solo una verdadera democracia participativa y protagónica, alejado -por consiguiente- de todo dominio partidocrático.

De acuerdo al artículo «Ataque armado al Fuerte Paramacay: análisis y contexto», publicado por Misión Verdad, «Esta operación con ribetes de falsa bandera (pues intenta simular un "alzamiento militar"), no sólo ha servido para que la mediática transnacional imponga una narrativa con coordenadas simbólicas similares a la de "los rebeldes sirios o libios" (fachadas mercenarias de Al Qaeda y el Estado Islámico que han destruido a estas dos naciones), al mismo tiempo legitima y aumenta el alcance del hecho colocándolo como una respuesta, casi espontánea y sobre todo `razonable´, a la Asamblea Nacional Constituyente. Por ende, la mediática internacional ha insistido en blanquear la información alegando que hubo una "rebelión militar", otorgándole respaldo y promoción». En el fondo, se trata de imponer como cierta e inevitable la percepción expuesta por muchos, fuera y dentro de Venezuela, en relación con el agravamiento de la confrontación política que conduciría al país, fortuitamente, a una guerra civil sangrienta. Esto último (en el cálculo de quienes diseñaron tal estrategia desestabilizadora) obligaría al gobierno a refrendar un pacto de gobernabilidad con sus enemigos políticos, según podría extraerse de las manifestaciones de algunos dirigentes opositores de participar en las próximas elecciones de gobernadores y legisladores regionales; lo que estaría ligado al hecho («extraño» para muchos) que antes de este 6 de agosto no hubo reportes en todo el territorio nacional de grandes disturbios por parte de los grupos de la derecha.

Por ello, este «alzamiento» tendría como derivación favorecer más bien al gobierno antes que fracturarlo, como muchos aspiran desde las filas de la derecha; creando, en su lugar, un efecto boomerang, con el ingrediente adicional de ser un elemento estimulado desde Washington. Igualmente, podría utilizarse para cohesionar las fuerzas del chavismo, evitando el surgimiento y la influencia creciente de aquellos que, sin mucha base, son rotulados de traidores y contrarrevolucionarios, por divergir abiertamente del comportamiento clientelar, nepótico, corrupto y burocrático de una inmensa porción de sus dirigentes actuales.-

EL MOMENTO HISTÓRICO Y EL ABANDONO DE LA REPRESENTATIVIDAD

EL MOMENTO HISTÓRICO Y EL ABANDONO DE LA REPRESENTATIVIDAD

 

En su obra «Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias», Zygmunt Bauman deja reflejada las vicisitudes, muchas veces angustiantes y llenas de incertidumbre que colman la realidad del mundo contemporáneo, con particular interés en lo que concierne a las necesidades y las preocupaciones económicas de la mayoría de las personas. Según sus observaciones, “las causas de la exclusión pueden ser distintas, pero, para quienes la padecen, los resultados vienen a ser los mismos. Enfrentados a la amedrentadora tarea de procurarse los medios de subsistencia biológica, al tiempo que despojados de la confianza en sí mismos y de la autoestima, necesarias para mantener su supervivencia social, no tienen motivo alguno para contemplar y saborear las sutiles distinciones entre sufrimiento intencionado y miseria por defecto. Bien cabe disculparlos por sentirse rechazados, por su cólera y su indignación, por respirar venganza y por su afán de revancha; aun habiendo aprendido la inutilidad de la resistencia y habiéndose rendido ante el veredicto de su propia inferioridad, apenas podrían hallar un modo de transmutar todos esos sentimientos en acción efectiva".

Muchos quizás secunden el pesimismo que se extraería de tal aseveración; sin embargo, hay que precisar (sobre todo, frente a algunos escépticos), que semejante realidad comienza a hacerse patética y habitual en una gran parte del planeta, con cierta unanimidad en la resistencia mostrada por los diversos pueblos que lo habitan ante lo que consideran, no sin razón, el despojo y la violación de sus derechos fundamentales -en su doble condición de seres humanos y ciudadanos- a manos de aquellos que controlan el engranaje capitalista global. En dirección contraria, casi todos los gobiernos se muestran dispuestos a promocionar e implementar toda ley e iniciativa que sea requerida para abrir las economías de sus naciones al capital transnacional, sin que existan regulaciones de por medio, a fin de atraer a inversionistas extranjeros y garantizarles que ninguna cosa amenazará sus aspiraciones de obtener grandes ganancias.

En el caso concreto de Venezuela, enfrentando semejante eventualidad, cada revolucionario y chavista debiera interrogarse a sí mismo respecto a cuál es su papel y en qué medida está contribuyendo efectivamente con hacer realidad el Proyecto de la Revolución Bolivariana; no únicamente en el aspecto político sino también en lo que se relaciona a lo cultural, lo social y lo económico. Entre otras, preguntarse: ¿Por qué asciende o es promovido a cargos de dirección o de confianza? ¿Porque posee una mayor capacidad, un mayor compromiso o una mayor formación que otros con iguales oportunidades? Si la respuesta es positiva, entonces ¿por qué sus acciones no reflejan algo de esto, es decir, por qué éstas no trascienden lo habitualmente hecho y aceptado, convirtiéndose cada una en una cotidianidad revolucionaria permanente? A todo ello hay que agregarle la ética como ingrediente básico ineludible, entendiendo que ella marcará y evidenciará una diferencia abismal en relación con el comportamiento observado entre aquellos que gobiernan y dirigen a los sectores populares, apegados como están a la usanza tradicional y jerárquica, sin atreverse a modificar de raíz las relaciones de poder que caracterizan desde hace siglos al sistema burgués representativo. 

El momento histórico actual exige que se abandonen los esquemas políticos representativos del puntofijismo y, en su lugar, propiciar y acompañar las diversas iniciativas autogestionarias que pueda adelantar el poder popular, ejerciendo su autonomía en un ciento por ciento.-