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LA LUCHA POPULAR Y EL ENGRANAJE CAPITALISTA GLOBAL

LA LUCHA POPULAR Y EL ENGRANAJE CAPITALISTA GLOBAL

Como se sabe, el capitalismo euro-yanqui y, junto con él, todo sentido del modelo de sociedad occidental, se desarrolló a partir de 1492 a costa, principalmente, de la explotación de los ricos yacimientos minerales de nuestra Abya Yala, además de la mano de obra esclavizada y semi esclavizada, tanto de nuestros pueblos originarios como de los africanos secuestrados de su continente.

 

Este detalle histórico es importante enfatizarlo a la hora de determinar el por qué, pese a su diversidad de riquezas naturales, nuestras naciones acabaron siendo relegadas -luego de un proceso de recolonización que para muchos se hizo imperceptible y, en algunos casos, justificado- a la función de seguros proveedores de materias primas y mercados estables para la colocación de los productos manufacturados, primero en Europa occidental y posteriormente en territorio estadounidense; obteniendo sus empresarios fabulosos dividendos. Esto hizo que nuestras naciones -al conformar la periferia de este engranaje capitalista global- fueran regidas por elites sumisas a la voluntad e intereses de las grandes corporaciones europeas y estadounidenses, tras la fachada de una democracia "representativa", o "delegativa", supuestamente al servicio del pueblo, pero que -en la práctica- no escatimaba recurso alguno para aplacar y disolver cualquier intento por cambiar (por nimio que este fuera) el orden establecido y, de no lograrlo, siempre se contaría con una dictadura fascista siempre oportuna y hecha a la medida para lograr resultados más radicales, efectivos y expeditos. En el presente, el poder monopólico del capital es extensivo a toda la Tierra, independientemente de si existen regímenes que se proclamen contrarios a su hegemonía.

 

Para prolongar su existencia, el sistema capitalista global recurre a tres estrategias exitosas, según sus parámetros y objetivos: 1.- lograr que las personas centren sus vidas en el consumo, sin importar si el mismo es fundamental o no, haciéndolas aceptar sumisamente la realidad que las circunda; 2.- disminuir los salarios y causar desempleo, como reformas esenciales recomendadas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, de manera que a los trabajadores asalariados les intimide reclamar mayores beneficios y padezcan la incertidumbre de no disponer de suficientes recursos económicos para subsistir y, menos, de un empleo medianamente remunerado; y 3.- producir crisis, de manera cíclica, que serán solventadas mediante el otorgamiento de ventajas preferenciales de todo tipo a quienes controlan el mercado y la propiedad privada de los diferentes medios de producción. A todo lo anterior, habrá que agregar la guerra como la forma más eficaz utilizada para ejercer control sobre territorios ricos en recursos naturales de interés estratégico. Esta última -ante los roces entre las grandes potencias, o entre éstas y algunas naciones consideradas de la periferia, pudiera desencadenarse en cualquier instante, repitiéndose la desastrosa experiencia de las dos Guerras Mundiales del siglo pasado. Algo que pocos, aún aquellos desprovistos de una experiencia y unos conocimientos militares mínimos, no descartan del todo.

 

Todo esto apunta, en una perspectiva que algunos calificarán, sin duda, exagerada, a la eventual conformación de una nueva modalidad de Estado supranacional bajo la égida directa de Estados Unidos (cuyos antecedentes podrían representarlos Puerto Rico y, en alguna proporción, el ALCA); lo que podrá alcanzarse tras cooptar, derrotar y/o neutralizar a movimientos de liberación nacional (revolucionarios y socialistas), o de gobiernos nacionalistas, progresistas y/o populistas en cada país objeto de la atención del poder monopólico capitalista.

 

Según revela Ladislau Dowbor, economista brasileño, en una de sus obras- «el poder mundial realmente existente está en gran parte en manos de gigantes que nadie eligió, y sobre los cuales cada vez hay menos control. Son billones de dólares en manos de grupos privados cuyo campo de acción es el planeta, mientras que las capacidades de regulación global van a gatas. Investigaciones recientes muestran que 147 grupos controlan el 40% del sistema corporativo mundial, siendo el 75% de ellos, bancos. Cada uno de los 29 gigantes financieros genera un promedio de 1,8 billones de dólares, más que el PIB de Brasil, octava potencia económica mundial. El poder ahora se ha desplazado radicalmente». Esto es algo serio que debiera preocupar sobremanera a quienes, desde los diferentes movimientos políticos y populares, cuestionan y combaten la lógica capitalista, en vista que su sola factibilidad supone una verdadera amenaza para la vigencia de los derechos democráticos de todos los pueblos e individuos.

 

En la circunstancia definitoria por la que atraviesa gran parte del planeta -frente a un aparentemente irrefrenable capitalismo global neoliberal, el cual ha subyugado (y busca subyugar) en mayores niveles y modalidades la soberanía de nuestros pueblos, independientemente de las garantías establecidas en sus constituciones y el derecho internacional, es imperativo que los diversos movimientos sociales y políticos revolucionarios que lo confrontan, activa y conceptualmente, lleguen a comprender que ya no basta con proclamar una unidad que, muchas veces, nunca pasa de ser un elemento meramente retórico o simbólico.

 

Hará falta apelar a la construcción orgánica y sostenida -desde abajo y en todos los frentes de lucha posibles- de una estructura de coordinación colectiva, basada en procedimientos y actuaciones de carácter consejista que conlleven al logro efectivo de tal unidad, la cual tendría, asimismo, un carácter vinculante para cada gobierno que se sume a esta lucha. En función de ello, habrá que comprenderse, además, que bajo la lógica perversa del capitalismo, la estructura social -muy distinta a la observada hace más de cien años y, más recientemente, hace unos treinta años- tiende a una amplia diversificación, a tal punto que no resulta ninguna novedad «descubrir» categorías y subcategorías sociales existentes en el mundo contemporáneo. Esto, ya de por sí, representa un alto desafío.

 

Desconocer dicha realidad será continuar manejando los esquemas simplistas y legitimadores que moldearon el actual modelo civilizatorio, o sistema-mundo heredado de Europa, el cual -por su origen «universalista» o, mejor expresado, eurocentrista- desconoce la existencia de pueblos, comunidades y culturas autónomos, sometiéndolos, subliminal o forzadamente, al rigor de unas mismas leyes y a un único patrón de conducta; incluso al margen de éstas.

 

De ahí que adquiera un relieve especial la transformación estructural del Estado liberal burgués, vigente, con escasas variaciones, en gran parte del planeta, determinándose con ella un importante porcentaje de la lucha emprendida desde diversos ángulos por sectores políticos y populares, pero todos convergiendo en un mismo objetivo: alcanzar un mejor nivel de vida (o lo que llamamos Buen Vivir en nuestra Abya Yala). El otro porcentaje está relacionado con el ámbito espiritual y/o cultural donde la lucha será más profunda, prolongada y nada fácil, dado que la ideología de los sectores dominantes fueron moldeando -con diversos instrumentos a su entera disposición- la conciencia de nuestros pueblos, a tal punto de lograr que éstos llegaran a justificar su hegemonía y a confrontar a quienes se atrevieron a desafiarla, pretendiendo alterar el orden establecido en beneficio de los sectores populares.

 

La lucha tendrá entonces que orientarse en dos direcciones, ambas íntimamente conectadas aunque pocos lo crean y lo planteen de este modo. Una, la más generalmente admitida, en lo político y en lo económico. En el segundo caso, habrá que admitir que ésta se extiende más allá de cualquier manifestación artística-cultural e incluye lo religioso, en vista que gran parte de su vigencia se debe, primordialmente, al hecho de aliarse al poder constituido y ser un elemento altamente alienante, causando que muchos seres humanos se resignen a su suerte mientras se prodigan bendiciones a sus esquilmadores.-

 

¿ESPERANDO LA CAÍDA?

¿ESPERANDO LA CAÍDA?

Tantas veces ha anunciado la oposición de derecha la inminente caída del gobierno de Nicolás Maduro que muchos de sus partidarios -de oírlo tan reiterativamente en cada uno de los diferentes medios informativos existentes dentro y fuera del país- concluyen en admitirlo como un hecho, más que como una posibilidad. Con la excepción explicable de los chavistas, tal percepción es compartida, en uno u otro grado, por analistas, vista la situación de acoso violento que enfrenta desde hace más de cuatro meses consecutivos el gobierno a manos de grupos opositores extremistas. Tal situación quizás se agrave tras el triunfalismo electoral post-plebiscitario, pese a no contar con un resultado verificable y cuantificable, ya que la meta es proporcionarles un viso de legitimidad y legalidad a las aspiraciones de poder del sector antichavista. A tal grado, que ya muchos de sus representantes suponen que el «éxito» del plebiscito les estaría otorgando el derecho absolutista de gobernar a Venezuela, por encima del porcentaje contrario de ciudadanos que no votaron en su consulta ni forman parte de sus filas.

 

Esta convicción suya podría precipitar, indudablemente, una mayor escalada de violencia bajo la excusa interesada de desconocer al gobierno de Nicolás Maduro e imponer su propia agenda política, la cual sería, a juzgar por lo que expresan sus seguidores en redes virtuales y medios informativos, de un contenido totalmente contrario a los diferentes cambios suscitados en el país en beneficio de los sectores populares; a la manera de lo hecho por los nuevos regímenes de Argentina y Brasil. Este otro rasgo de la estrategia opositora (apoyada, de uno u otro modo, por la Fiscal General de la República) se ajusta a aquella previamente esperada por sus aliados extranjeros, sirviendo muy a propósito a lo intentado por el gobierno de Estados Unidos y sus aliados en la Organización de Estados Americanos o en las Naciones Unidas, endilgándole la etiqueta de gobierno fallido al gobierno nacional y así justificar cualquier medida injerencista en territorio venezolano. Considerando este importante detalle, no es difícil suponer que la elección de la Asamblea Nacional Constituyente poco contribuirá a reducir la confrontación política en el país, sobre todo si los medios informativos a favor de la oposición disminuyen a diario su impacto e importancia, exaltando y explotando las deficiencias observadas en los distintos niveles de la administración pública, las cuales no podrían obviarse, creyendo que esto representa una traición y parcializarse con la oposición, cuestión que más bien le procura más argumentos a ésta en vez de fortalecer, como se juzga erróneamente, al chavismo.

 

Se debe tomar en cuenta que una revolución de rasgos populares y socialistas, como la que ha pretendido instaurar en Venezuela, ha de fundarse en todo instante sobre paradigmas totalmente distintos a los del orden establecido. Eso lo dicen quienes -de una u otra forma- contribuyeron a definirla, tanto en el aspecto político-filosófico como en el aspecto económico, sin olvidar lo propio en relación con la cultura y el nacimiento de una nueva conciencia social. Es lo que cualquiera pudiera resumir, o deducir, respecto a la propuesta revolucionaria del socialismo (de éste u otro siglo), sea donde sea que el mismo tenga altas probabilidades de iniciarse y de concretarse. ¿Qué les corresponderá cumplir a quienes se muestran dispuestos a impulsar un verdadero cambio revolucionario en Venezuela? Tendrán que contribuir efectivamente a la conformación inédita de instituciones de control populares -radicales- que logren la meta de erradicar la corrupción y el despotismo presentes en los diferentes niveles de lo que es actualmente el Estado, así como la influencia ejercida sobre el mismo por las corporaciones que manejan la economía, dentro y fuera del país. Quizás entonces pueda truncarse la aspiración de la derecha local y extranjera de disfrutar la caída de Maduro; dándosele un vuelco total a la presente situación de crisis por la que atraviesa Venezuela.-

EL PROBLEMA ES ESTRUCTURAL, NO COYUNTURAL

EL PROBLEMA ES ESTRUCTURAL, NO COYUNTURAL

Como lo refleja la historia, la ruptura de la «paz democrática» con los sucesos producidos en Venezuela en los años 1989 («El Caracazo») y 1992 (las insurrecciones cívico-militares del 4 de febrero y del 27 de noviembre) puso de relieve la existencia de grandes, continuadas y profundas contradicciones sociales, políticas, culturales y económicas que venían aflorando a lo largo del tiempo en este país. Contradicciones que, durante décadas, fueron «exitosamente» amortiguadas e invisibilizadas por la ilusión creada de un maná petrolero inagotable, en una versión tropicalizada de la Arabia Saudita, cuyos dividendos en dólares podrían extenderse a todos sin distinción (aunque esto sólo se concretara en el caso particular de las élites políticas y económicas privilegiadas, encargadas de la dirección del país). Esta se combinó con la represión sistemática de cualquier síntoma de rebeldía popular, en especial si éste era (o, simplemente, se sospechara que lo fuera) inspirado por los ideales marxistas leninistas; contando con la asesoría directa de la Agencia Central de Inteligencia y del Pentágono estadounidenses, para repeler y derrotar la lucha armada, emprendida -a imagen y semejanza de lo alcanzado por Fidel Castro y el Movimiento 26 de Julio en Cuba- por el Partido Comunista de Venezuela (PCV), el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y sus derivaciones, el Partido de la Revolución Venezolana-Ruptura (PRV-Ruptura) y la Organización de Revolucionarios (OR).

 

Estos antecedentes históricos debieron ser tomados en cuenta por Hugo Chávez, Nicolás Maduro y toda la gama de dirigentes chavistas a la hora de proclamar (y creer, además) que habría en Venezuela una experiencia revolucionaria sin ataques de la derecha tradicional y de los poderes fácticos de Estados Unidos. De una u otra manera, esta misma dirigencia se extravió en el discurso socialista y asentó las bases burocráticas para evitar, contradictoriamente, la concreción del socialismo que quiso diferenciarse llamándolo del siglo 21; recreándose, en su lugar, la vieja cultura política puntofijista, con todo lo que ella implica en cuanto a corrupción y clientelismo político.

 

En este caso, cada revolucionario y chavista debiera interrogarse a sí mismo respecto a cuál es su papel y en qué medida está contribuyendo efectivamente con hacer realidad la Revolución Socialista en este país. ¿Por qué asciende o es promovido a cargos de dirección o de confianza? ¿Porque se tiene una mayor capacidad, un mayor compromiso o una mayor formación que otros con iguales oportunidades? Si la respuesta es positiva, entonces ¿por qué sus acciones no reflejan algo de esto, es decir, por qué éstas no trascienden lo habitualmente hecho y aceptado, convirtiéndose cada una en una cotidianidad revolucionaria permanente? A todo ello hay que agregarle la ética como ingrediente básico, entendiendo que ella marcará y evidenciará una diferencia abismal en relación con el comportamiento observado entre aquellos que gobiernan y dirigen a los sectores populares, apegados a la usanza tradicional y jerárquica, sin atreverse a modificar de raíz las relaciones de poder que caracterizan desde hace siglos al sistema burgués representativo.

 

Como se podrá concluir, el problema es estructural, no coyuntural. Como en todo sistema contradictorio, la crisis social, política, económica, moral y, en términos más amplios, de gobernabilidad que envuelve a Venezuela desde 2014 (estableciendo una corta cronología aunque pudiera retrotraerse a años anteriores a éste) básicamente tiene que ver con el dilema constante entre satisfacer las aspiraciones de los sectores tradicionalmente dominantes o, contrariamente, las aspiraciones de los sectores tradicionalmente dominados o subordinados. Aceptando esto como algo cierto, el movimiento popular, en un sentido amplio, se plegó -sin lucha alguna- a las decisiones adoptadas desde el palacio de Miraflores, perdiendo así la suficiente autonomía para iniciar, protagonizar y profundizar los cambios que harán falta en materia política, económica, social y cultural para transformar estructuralmente el Estado y el modelo de sociedad venezolanos vigentes.-

 

EL ESTADO COMO ELEMENTO DEL PODER POPULAR

EL ESTADO COMO ELEMENTO DEL PODER POPULAR

Para muchos burócratas (incluyendo a aquellos que suelen presentarse como revolucionarios, de los cuales cabría un comportamiento de conformidad con los ideales expresados) lo que más importa es rendir cuentas a sus superiores, olvidando -adrede- que le deben lealtad al pueblo que (directa e indirectamente) les delega su soberanía. Ello no sería nada extraño, de estar conscientes que el funcionamiento del Estado es, en términos amplios, contrario a los postulados democráticos y, en especial, respecto a las demandas ciudadanas de mayores controles, transparencia, efectividad y, más recientemente, de protagonismo y de participación populares.

 

El Estado, por tanto, tendrá que convertirse en foco de la atención, la reflexión y la acción de todo movimiento popular democrático dispuesto a cambiar radicalmente las estructuras sobre las que existe el modelo civilizatorio (dominado por la lógica capitalista) en el cual se desenvuelve una gran parte de la población global. El Estado burgués liberal -tal como lo concebimos en su forma actual- sólo ha servido para empoderar elites que, en general, se mantienen abismalmente separadas de la gran masa de gobernados que constituye la mayoría; asumiendo éstas que todas sus decisiones son (y serán) incuestionablemente correctas y, en consecuencia, harto beneficiosas para todos, cosa que la clase subordinada ha de aceptar resignadamente por su propio bienestar.  

 

En relación a éste, habrá que aprender a ser radicalmente innovador y revolucionario, sobre todo, en lo que concierne al ejercicio de la democracia por parte de los sectores populares organizados. De igual forma, es de esperarse (y de estimularse en su grado máximo posible) una comprensión crítica cabal de la realidad histórica que le ha correspondido en suerte vivir a los pueblos bajo las estructuras que legitiman el sistema de Estado burgués liberal, aún en sus modalidades o expresiones más “democráticas” y “revolucionarias”.  Para las personas habituadas a percibir y a entender el poder desde una óptica altamente jerarquizada, resulta infructuoso cualquier intento por alterar (aunque sea en su mínimo aspecto) el sistema establecido. En tal caso, mostrarles y demostrarles que la soberanía les es algo completamente inherente en vez de observarla como potestad plena del Estado y de tales elites implica, de por sí, una acción revolucionaria y subversiva.

 

Sobre esta percepción y convicción generalizadas se legitima la hegemonía de los sectores dominantes, por lo cual ha de cuestionarse, en un primer momento, su vigencia, develando su origen histórico. Logrado este propósito, nada raro sería (como ocurriera en el pasado) que, a la par de dicho cuestionamiento, surjan y se impongan posiciones que acaben por repetir los mismos esquemas que dieran nacimiento a esta hegemonía, solo que esta vez se hará en nombre de una presunta revolución y de los derechos del pueblo. Frente a ello, se debe resaltar la potencialidad del carácter asociativo de toda comunidad, tanto en sus distintos grados de convivencia diaria como en la lucha por sus reivindicaciones, cuestión que estaría amenazada por el nuevo Leviatán que comienza a erigirse en algunas naciones bajo el argumento de garantizarles a los ciudadanos un nivel mayor de seguridad y de vida tranquila.

 

Dado este paso, podrá afirmarse -sin mucho análisis- que esto derivaría, tarde o temprano, en una negación total del tipo de poder que nos ha regido (y rige) a lo largo de la historia, independientemente de cual sea, o haya sido, su categorización u origen. Así, al contrario de lo hecho por el poder institucionalizado y usufructuado por las oligarquías y los modernos feudos político-empresariales, cabe abarcar y darle espacios de autonomía a las diferentes expresiones plurales y heterogéneas que identifican a los sectores populares, partiendo del compromiso y/o programa compartido para lograr una verdadera emancipación, individual y colectiva. Todo aquello que configura el sistema de dominación imperante debe, por consiguiente, cuestionarse y abolirse en función de la autodeterminación de los pueblos; lo que exige “crear y recrear -según Amedeo Bertolo, colaborador de la prensa anarquista italiana,- sociabilidad, inventando, transmitiendo y modificando normas”; institucionalizando un poder popular, o colectivo, en lugar de uno simplemente personalista u oligárquico.-     

EL TOTALITARISMO CORPORATIVO Y LA NOVEDAD DE LA GUERRA

EL TOTALITARISMO CORPORATIVO Y LA NOVEDAD DE LA GUERRA

«En una guerra siempre pierden los mismos» es una frase que se deja oír en una escena de la película española «Soldados de Salamina» y refleja lo que ha sido una constante en cada conflicto bélico que se produzca en cualquier lugar de nuestro planeta; es decir, pierden aquellos que tienen la desgracia de no contar con los recursos suficientes para no ser víctimas de la violencia y de la destrucción desatadas.

 

Lo que en épocas pasadas se catalogó como métodos correctos de hacer la guerra han sido sustituidos por otros que, en estas mismas épocas, resultaran condenables desde todo punto de vista eético y moral, dado el exceso innecesario de crueldad, de destrucción y de muertes de personas de cualqucualquier edad, observado durante la Segunda Mundial y, posteriormente, en la guerra de Vietnam. En la actualidad no sorprende a nadie que se cometan desmanes a diario contra poblaciones enteras indefensas, convertidas en blancos y escenarios de conflictos bélicos, generalmente azuzados por las potencias occidentales, con Estados Unidos al frente, como ocurre desde hace décadas en la región del Medio Oriente, sin visualizarse una solución definitiva.

 

Todo esto representa una nueva metodología para la dominación. Aunque suene inverosimil. No se puede ignorar la utilización de nuevos y mejorados engranajes de control de la vída de poblaciones enteras; muchas veces sin que éstas se den por enteradas. La evolución de la política a una economía-política (basada, sobre todo, en los postulados de la economía neoliberal) impulsa, puesto que le es necesaria, la homogenización de los diversos grupos sociales, al margen de sus características étnicas, antropológicas, culturales y/o religiosas; lo que explicaría, en parte, las expresiones xenófobas y racistas que han aflorado con fuerza en Europa y Estados Unidos durante las dos ultimas décadas, legitimadas por una guerra contra el terrorismo que, por cierto, solo sus gobiernos están autorizados a decretar y llevar a cabo.

 

Es un proceso de disciplinamiento que recurre a todo tipo de recursos jurídico-legales, religiosos, propagandísticos, mediáticos, ideológicos y sicológicos que terminen por moldear a cada individuo a la medida de los requerimientos del nuevo poder corporativo económico-político. Dicho por Michel Foucault, "la disciplina, desde luego, analiza, descompone a los individuos, los lugares, los tiempos, los gestos, las operaciones. Los descompone en elementos que son suficientes para percibirlos, por un lado, y modificarlo, por otro". Para esto es esencial inculcar entre las personas el afán compulsivo por obtener y disfrutar bienes materiales, aún por encima de su propia dignidad, lo cual las empuja al egoísmo y al abandono de cualquier expresión de humanidad y de solidaridad respecto a sus semejantes.

 

Lejos de preservar y resaltar la particularidad de las personas (en un amplio y deseable sentido) lo que se pretende es que ellas sean y actúen como masa, lográndose su encauzamiento colectivo, de manera que respondan más dócil y resignadamente a los designios de aquellos que los gobiernan. El actual predominio de los dispositivos de seguridad contribuye con este propósito, justificado por el temor a convertirse eventualmente en víctimas de terroristas que, como se ha demostrado desde hace tiempo, son estimulados, respaldados, entrenados, financiados y armados por los gobiernos de Estados Unidos y Europa occidental. Todo en nombre de la libertad y la democracia.

 

El enorme crecimiento demográfico experimentado en los últimos cien años y las migraciones masivas hacia Estados Unidos y países de Europa ha hecho que algunos políticos, economistas y asesores de seguridad se planteen incrementar los controles ejercidos mediante genocidios sistematizados. Esto haría más accesible la posibilidad anhelada de influir, dominar y controlar a individuos y grupos sociales en todas sus facetas.

 

De este modo, los sectores dominantes, los usufructuarios de este poder económico-político globalizador, se garantiza a sí mismo la salvaguardia de su hegemonía y la estructura de dominación que la hace factible. Esto, como se puede concluir, conduciría al mundo a un totalitarismo corporativo, quizás no a la manera como lo describe George Orwell en su distopía "1984", pero sí muy cercanamente, el cual le impondría a la humanidad una misma lógica o identidad.-

VENEZUELA Y LA CONSPIRACIÓN SIN PAUSA DE LA DERECHA

VENEZUELA Y LA CONSPIRACIÓN SIN PAUSA DE LA DERECHA

Como se revelara luego, los asesinatos durante el golpe de Estado del 11 de abril de 2002 fueron premeditadamente planificados por quienes conspiraban desde hacía tiempo para derrocar al gobierno de Hugo Chávez. Algo que fuera fomentado sin censura alguna por diferentes medios impresos, televisivos y radiales con el claro objetivo de preparar y explotar los resentimientos albergados por las otrora “indiferentes” burguesía y clase media del país; en una confabulación multifactorial que hizo pensar a muchos en una reedición exitosa de lo ocurrido al Presidente Salvador Allende en Chile.

 

En la actualidad, sin pausa alguna, los mismos actores de la conspiración antichavista de 2002 siguen el mismo guión aplicado entonces, buscando multiplicar esta vez las movilizaciones y la violencia homicida de sus seguidores, a tal grado que sus motivaciones políticas dieron paso a un juego macabro en el cual resaltan el racismo y el sadismo como rasgos más visibles de su estrategia para acabar con Nicolás Maduro y el chavismo. En correspondencia con esto, es apropiado citar lo escrito por Luis Britto García en su libro Dictadura mediática en Venezuela (Investigación de unos medios por encima de toda sospecha) respecto a que “los medios de comunicación de masas tienen como figura retórica favorita la reiteración: la infinita repetición de un contenido. Una vez que se articula la estrategia de culpar al gobierno de los muertos que la oposición causa, el procedimiento se repite hasta el cansancio”. Dicha afirmación refleja una situación que permanece inalterable, replicada por medios y redes virtuales locales e internacionales, contribuyendo a distorsionar y encubrir la verdad de los sucesos, siguiendo esquemas aplicados en Ruanda, Yugoslavia y otras naciones envueltas en guerras y limpiezas étnicas.

 

Se instaura así una polarización mediática, sin espacio para la disidencia existente en relación a uno u otro bando en pugna. Se cumple, en este caso, algo ya referido por Gabriel Levinas, en Periodismo, la obsecuencia debida, donde “los multimedios deciden, por ejemplo, a qué políticos se les otorga espacio y a cuáles se oculta o disminuye su presencia en los medios”; una cuestión nada novedosa, pero que tiene sus efectos -quiérase o no- en la psiquis colectiva, dando por hecha, o deducida, la inexistencia de otras opciones políticas factibles, persuadiendo a la colectividad en general sobre la inviabilidad de soluciones legales, pacíficas y consensuadas respecto a la conflictividad producida.- 

LA REVOLUCIÓN Y LA REALIDAD DE UNA SOCIEDAD ASUSTADA

LA REVOLUCIÓN Y LA REALIDAD DE UNA SOCIEDAD ASUSTADA

El capitalismo euro-yanqui y, junto con él, todo sentido del modelo de sociedad occidental, se desarrolló a costa, principalmente, de los ricos yacimientos minerales de nuestra Abya Yala, relegando luego a esta extensa región a la función de proveedora de materias primas y mercados estables para la colocación de sus productos manufacturados; enriqueciéndose y obteniendo grandes dividendos. Tal circunstancia histórica hizo que las naciones de este continente -al ser parte de este engranaje capitalista- fueran luego regidas, sobre todo a partir de las primeras décadas del siglo 20, por elites sumisas a la voluntad e intereses de las grandes corporaciones estadounidenses, lo que se escudó tras la fachada de una democracia “representativa”, o “delegativa”, teóricamente al servicio del pueblo, que no escatimaba recurso alguno (legal o represivo) para aplacar cualquier intento por cambiar (por menudo que fuera) el orden establecido.

 

Apoyado en las estrategias de manipulación diseñadas por los grandes conglomerados del entretenimiento y de las comunicaciones al servicio de sus intereses, el imperio global (representado, principalmente, por Estados Unidos, y en un segundo plano, sin dejar de ser importante su cuota de participación, sus aliados de Europa occidental) paulatinamente impusieron en nuestras naciones la realidad de una sociedad asustada, víctima del miedo generado por un terrorismo de Estado, carente de rostro, el cual podrá ser identificado -en cualquier momento y en cualquier latitud- con el rostro de quien decidan los poderes hegemónicos. Todo esto supone un gran desafío para quienes proclaman la necesidad de una verdadera revolución en nuestras naciones.

 

A ello se suma el clima creciente de inestabilidad interna y externa, patrocinado por las potencias occidentales, con Estados Unidos al frente, que obligaría a poblaciones enteras a preferir regímenes de derecha que ofrezcan aparentemente una mayor seguridad ciudadana, pese a la restricción tácita o expresa que esto supondría respecto a las garantías constitucionales de las libertades colectivas e individuales. Tal realidad obliga a promover -desde ya- un serio cuestionamiento y una demolición substancial de las estructuras que sirven de base al sistema de cosas imperante y formular, en consecuencia, una propuesta de transformación integral del mismo, privilegiando en todo aspecto y en todo momento la soberanía de los sectores populares, evitando de esta manera que sean presas fáciles de oportunistas, demagogos y empresarios ávidos de grandes ganancias.-

 

LA «SAGRADA MISIÓN» DE LA DERECHA EN VENEZUELA

LA «SAGRADA MISIÓN» DE LA DERECHA EN VENEZUELA

Con tanta apología de la violencia -promovida a diario por la derecha fascista en Venezuela-, sus ejecutores quizás se crean investidos de una misión sagrada que deben cumplir. Ya varios analistas se han encargado de ahondar en torno a este tema. Muchos de ellos, reconocen que ésta es una cuestión insólita en toda la historia política del país. Según otros, ella tiene sus antecedentes en la «cultura» estamental y/o segregacionista implantada durante el régimen colonial español. Otros lo atribuyen a la «reedición» de la ideología anticomunista que caracterizó las primeras décadas del siglo XX y, con un mayor énfasis, los años 60 y 70 de este mismo siglo cuando las fuerzas represivas del Estado puntofijista combatieron, encarcelaron, torturaron y asesinaron a los combatientes izquierdistas de entonces; despojándolos (al estilo nazi) de todo derecho y de todo rasgo de humanidad.

 

De este modo, simplificado el asunto, Venezuela se hallaría en la actualidad envuelta en una decisiva guerra entre el bien y el mal (como lo determinara el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, frente a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, antes de su eclosión, lo mismo que cuando ordenó el adiestramiento, el equipamiento y el financiamiento de la Contra en Nicaragua), donde los malos, los subhumanos y/o los demonios están representados por los chavistas y, por extensión, los sectores plebeyos y mestizos, es decir, los sectores populares, que son, para mayor precisión, la mayoría poblacional venezolana.

 

Los buenos, los humanos y/o los santificados serían, obviamente, quienes se encuentran en la acera de enfrente, es decir, los seguidores de la oposición antichavista. Para los primeros, nada está permitido, ni siquiera el derecho a la autodefensa, a pesar de la vigencia de la Constitución y las leyes que condenan cualquier tipo de agresión física y moral a las personas, así como el quebrantamiento de las garantías que preservan la continuidad del orden democrático instituido. Para los últimos, es todo lo contrario. Considerándose a sí mismos «luchadores por la paz, la libertad y la democracia» les es lícito entonces volcarse a las calles y crear zozobra entre la población, destruir instalaciones gubernamentales y comerciales, además de servicios públicos, necesarios para la gente de menores recursos económicos, a la que dicen defender; e incitan públicamente a las fuerzas castrenses nacionales a que derroquen y/o maten a Nicolás Maduro, al mismo tiempo que invocan y secundan una invasión militar de parte del imperialismo gringo junto con sus aliados del continente.

 

Visto así este escenario, al no imperar la sensatez entre las cúpulas derechistas locales y no pronunciarse éstas, abierta y sostenidamente, por un cese total de la violencia, será poco probable que los sectores populares dejen de reaccionar en igual medida, al margen de lo que haga o deje de hacer el gobierno nacional. Este convencimiento de la derecha respecto a su «misión sagrada» ha dejado aflorar resentimientos que, desgraciadamente, han desembocado en deplorables crímenes de odio, resultando lesionada y asesinada, incluso, gente de sus propias filas. Siendo esto cierto, la derecha fascista camina sobre una alfombrilla roja de muertes, buscando una ruta macabra que le conduzca finalmente hacia Miraflores.-