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DE MASA ABSTRACTA A PUEBLO CONSCIENTE

DE MASA ABSTRACTA A PUEBLO CONSCIENTE

 

Gran parte de la derecha en Venezuela, considera a los sectores populares (en una amplia proporción, seguidores y sustentadores principales del proyecto revolucionario bolivariano) una masa abstracta, manipulable e incapaz de entender y de protagonizar el más sencillo avance en la construcción de un nuevo modelo democrático en el país, hasta el colmo de convertir a estos últimos en víctimas de ataques de todo tipo racista; negándoseles, incluso, la dignidad a la que tienen derecho. Algo que no les preocupa en modo alguno. Al contrario, se enorgullecen mucho del desprecio que sienten hacia los mismos, en una especie de sádica competencia por hacer ver -vía redes sociales- que sus mensajes fascistoides son los más virulentos de todos (especialmente, los dirigidos a Nicolás Maduro, Diosdado Cabello u otro representante destacado del chavismo gobernante); equiparándose con ello a sus patrocinadores extranjeros. 

 

En contraste, los sectores populares han dado un viraje ideológico y político muy importante, abandonando los patrones de sumisión y de apatía a que fueran habituados por más de medio siglo. Sin embargo, esto no significa que hayan dejado de ser objeto, como en el pasado, del oportunismo, la corrupción y la demagogia de aquellos que ambicionan convertirse en sus gobernantes. No obstante, dicha situación podría subsanarse mediante la aplicación de nuevos modelos de interpretación y de comprensión de la realidad venezolana, lográndose conjugar en un mismo esfuerzo y en un mismo proyecto político a los amplios conjuntos de proletarios y sectores sociales como vía para enfrentar y frenar el avance de la derecha capitalista.

 

Ello sería, a grandes rasgos, emprender una lucha constante contra la ineluctabilidad de la historia, la misma historia que legitimó durante siglos el poder sacrosanto de las clases dominantes y que les hizo sentir a los sectores populares que nunca serían capaces de asumir la construcción de su propio destino democrático, condenados -como se daba por descontado- a vivir una condición de minusvalía permanente. Sin embargo, la realidad forjada en las últimas décadas facilita la ocasión de dar nacimiento a nuevas formas de autodeterminación social, desestabilizando seriamente el orden establecido a favor de las amplias mayorías.

 

A diferencia de los sectores dominantes tradicionales, al nivel de los sectores populares, el ideal de democracia siempre ha estado asociado al ejercicio soberano de la democracia directa, a la participación autónoma en una asamblea popular y a la toma de decisiones políticas mediante discusiones abiertas, como expresión de la voluntad general. Sin embargo, los sectores dominantes lograron inculcarle su ideología, haciéndoles ver que serían incapaces de una democracia de este tipo y, por lo tanto, que sería imprescindible delegar en unos representantes electos el manejo del Estado, instaurándose en consecuencia la democracia representativa; con lo que aseguraban su hegemonía como clase social, generando igualmente relaciones de subordinación, garantizadas mayormente a través del clientelismo político. 

 

En esta importante coyuntura definitoria a favor de la estabilidad democrática de las naciones de Nuestra América, le tocará a los sectores populares de Venezuela actuar como verdadero poder popular organizado, con la determinación y conciencia que se requieren para reducir -hasta su más mínima expresión- los ejes de conflictividad social que tratan de explotar la derecha y el imperialismo gringo en su provecho. Tal cosa podrá lograrse disponiendo de suficiente comprensión y voluntad política, al mismo tiempo que se ataca -sin darle tregua alguna- al burocratismo exagerado e inoperante presente en la mayoría de las instituciones públicas. Con esto, además, las organizaciones populares dejarían de funcionar como simples correas de transmisión de algunos gobiernos y serían capaces de constituir sus propios espacios autogestionarios; construyendo, por consiguiente, una verdadera revolución social que trascienda el modelo civilizatorio imperante.

 

Para ello, es sumamente importante la incorporación de cuadros revolucionarios que sepan interpretar adecuadamente el momento histórico actual y antepongan los intereses colectivos a los suyos y a los de su partido político, sin dejar de lado la lucha que aún tendrá que librarse contra los planes desestabilizadores de una oposición francamente apátrida y, por supuesto, contra aquellos que tenga en agenda el imperialismo gringo.-


LA CONFIANZA DEL CHAVISMO Y EL ROL REVOLUCIONARIO

LA CONFIANZA DEL CHAVISMO Y EL ROL REVOLUCIONARIO

 

Quienes no asumen la Revolución como un asunto vital y permanente siempre serán presas de las dudas, las inconsistencias, los resentimientos y las traiciones. Nadie que cultive su conciencia revolucionaria con verdaderos sentimientos de amor por la humanidad, como lo afirmara el Che Guevara, con suma perseverancia y una práctica revolucionaria sometida a un perfeccionamiento diario que implique superar la enajenación capitalista, jamás será doblegado durante el cumplimiento de su compromiso emancipatorio, por muchas decepciones y tentaciones que se le presenten en el camino.

 Ciertamente, para aquellos que únicamente vieron en el proyecto revolucionario bolivariano una oportunidad de oro para su ascenso social y económico estas palabras suenan huecas y carecen de algún valor moral substancial; cuestión entendible y que debiera motivar un cambio de actitud entre las bases chavistas que avalan su «liderazgo»; haciéndose responsables de la construcción real de su rol protagónico y participativo, de una forma completamente independiente y decidida. De ahí que se requiera interpretar y reinterpretar adecuadamente todo lo logrado y no logrado en nombre de la revolución bolivariana y del chavismo, buscando -en un primer momento- recuperar el hegemonismo popular inicial y trazar unas nuevas líneas de acción que permitan renovar los objetivos nacidos al calor de las luchas populares.

 Cambiado el escenario, no se puede intentar mantener el mismo ritmo seguido por Chávez. Si se atendiera a los supuestos puntos fuertes de la estrategia de los grupos opositores, se deduciría que éstos se afincan en lo que le es ya conocido, empalmado básicamente al funcionamiento institucional del Estado burgués liberal, el mismo al cual tuvieron libre acceso por muchos años. Así, en tanto el chavismo gobernante -con Hugo Chávez a la cabeza- pudo emprender una redistribución más equitativa de la riqueza generada por los excedentes petroleros y satisfacer la enorme deuda social largamente acumulada, los sectores populares pudieron resistir todas las maniobras manipuladoras de la oposición de derecha, a tal punto que revirtieron exitosamente y sin violencia el golpe de Estado del 11 de abril de 2002, obligando, de paso, a la FANB a pronunciarse favorablemente por la reinstalación de Chávez en la Presidencia.

No obstante, lo que le sirvió a Chávez para obtener triunfos electorales adicionales, se convirtió, por distintas vías, en el principal talón de Aquiles del chavismo, a pesar de la prédica constante del Comandante para que sus seguidores comprendieran la necesidad histórica de trascender de manera simultánea el marco capitalista (a través de un desarrollo endógeno que se sustentara en la propiedad comunal y/o social) y la institucionalidad burgués liberal (a través de la activación de nuevas formas democráticas de organización popular); todo lo cual degeneró en un clientelismo y en un pragmatismo políticos que apuntalaron «liderazgos» basados, generalmente, en la demagogia y la corrupción más desvergonzadas, cerrándosele el paso a verdaderos revolucionarios.

Esto obliga a promover, en el caso específico de los revolucionarios, alternativas que oscilen entre lo electoral y el ejercicio de un poder territorial y hegemónico a manos de los sectores populares organizados, sin que exista dependencia alguna respecto al Estado, dada su configuración burgués liberal, lo que se combatirá y erradicará, de modo que resulte viable la democracia consejista y directa. Por tanto, de comprenderse la gravedad (aún no extrema) por la que atraviesa el proceso revolucionario, los chavistas cumplirían un mejor papel que el de contentarse con usufructuar el poder, confiando en la providencialidad de un incremento sostenido de los precios del petróleo, en el respaldo cautivo de una vasta cantidad de venezolanas y venezolanos, y en la torpeza de la dirigencia antichavista para mantenerse unida en un solo frente. Esta confianza del chavismo resulta, por demás, inusual, ilógica y excesiva, suponiendo que su razón de ser es hacer una revolución socialista inspirada en el ideario de Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora.

Pero, fuera de ello, cabe esperar que los revolucionarios hagan uso de su arsenal teórico y lo plasmen, lo más inmediatamente posible, en propuestas potenciales que sean adoptadas y concretadas de forma constituyente por los sectores populares organizados, superando decididamente los límites, las contradicciones y los obstáculos que cercenan sus aspiraciones largamente excluidas y postergadas.-


LA DEMOCRACIA NUESTRA Y LA QUE DEFIENDE ALMAGRO

LA DEMOCRACIA NUESTRA Y LA QUE DEFIENDE ALMAGRO

La democracia que defiende Almagro y define la Carta Democrática Interamericana no es el tipo de democracia participativa y protagónica que se trata de construir en Venezuela desde 1999, por lo que su intención no refleja en ningún sentido el esfuerzo hecho por los sectores populares para acceder a un nivel mayor y más efectivo de democracia ni se ajusta a la realidad que sufre la población venezolana gracias a la violencia política y al desabastecimiento programado, puestos en marcha por la oposición apátrida para derrocar al Presidente Maduro.

 En esta maniobra injerencista, se nota a simple vista que tras lo dicho y hecho por el secretario general de la OEA se halla la mano peluda del imperialismo gringo, tratando así de legitimar sus planes neocolonialistas, diseñados para recuperar su hegemonía en toda la extensión de nuestro continente. Tal maniobra, pese a sufrir un traspié recientemente en en el seno mismo de la OEA, no podrá obviarse, a sabiendas que ella sólo es otro pretexto para acosar al gobierno de Maduro, aumentando la presión ejercida en su contra desde diversos frentes, tanto dentro como fuera de Venezuela; lo cual induce a pensar que tal cosa no será contenida, por mucho que todo el chavismo muestre una disposición conciliadora.

Así que, si el gobierno de Maduro quiere impulsar una verdadera rebelión popular que derrote por completo esta conjura de la oposición apátrida y de sus mentores del imperialismo gringo, tendrá que adoptar medidas que tiendan a darle verdadero realce al papel protagónico del poder popular en todas las instancias posibles, sin cooptación y/o subordinación, poniendo a su disposición todos los recursos legales y extralegales que lo hagan realidad. Sin excusas, obedeciendo a un mismo y único lineamiento político e institucional, de manera que exista una articulación efectiva entre el poder popular organizado y el poder constituido, evitándose en todo momento su burocratización, lo que, de producirse, anularía cualquier asomo de democracia participativa y, por consiguiente, de cambio revolucionario.

Además, es necesario que este poder popular organizado no únicamente ejerza funciones contraloras e influya decisivamente sobre la gestión cumplida, o por cumplir, de las diferentes instituciones públicas. Es preciso que éste ejerza también un control territorial realmente efectivo, incluyendo el ámbito económico-productivo, de un modo absolutamente diferente a la lógica y los paradigmas tradicionalmente aceptados y reproducidos, creyéndose que los mismos jamás podrán reemplazarse.

Para alcanzar dichas metas, hará falta que surja igualmente un nuevo tipo de liderazgo revolucionario, conscientemente formado, que actúe en calidad de vocero de los intereses y las decisiones de los sectores populares organizados, lo cual implica deslastrarse de los rasgos que legitiman las relaciones de poder habituales, con sus esquemas de representatividad, jerarquización y autoritarismo; contrarios a todo lo que signifique revolución y socialismo. Sin embargo, hay que ser consciente que esto tendrá sus contratiempos y resistencias entre quienes se hallan al mando de las diversas instancias del poder constituido (aún el de menor radio de acción), anticipando, con «justo» temor de su parte, que podrían ser desplazados, olvidándose que su responsabilidad principal debiera centrarse en lograr la transformación estructural del Estado y no únicamente en la satisfacción de sus intereses personales o, en el menor de los casos, en la preservación de la hegemonía político-partidista de la organización en la cual milita.

Con estas líneas generales de acción (más aquellas que se sumen durante su desarrollo y consolidación) se podría conseguir que los sectores populares, de una u otra forma, asuman la revolución bolivariana como un proyecto de creación democrática permanente y no como la simple posibilidad de convertirse en los beneficiarios mimados de la gestión social de un gobierno populista más, ajustado al concepto de democracia que prefieren Almagro, el imperialismo y la oposición.-

ERRORES REVOLUCIONARIOS, GANANCIA DERECHISTA

ERRORES REVOLUCIONARIOS, GANANCIA DERECHISTA

     Al analizar Álvaro García Linera, Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, en un reciente foro internacional las causas que le facilitaron a la derecha recuperar fuerzas, derrotar y poner en jaque a los distintos gobiernos progresistas y/o izquierdistas surgidos durante las dos últimas décadas en Nuestra América, admitió: "Nuestro error fue que enfrentamos la redistribución de la riqueza sin politización social". Es decir, se hizo una gestión de justicia social hacia los sectores populares largamente postergados de la inclusión en términos sociales, políticos y económicos, pero se obvió la necesidad de conducirlos a un nivel de comprensión de la realidad para trascenderla y reemplazarla radicalmente, además de ayudarlos a convertirse en sujetos históricos de su propia emancipación.

 

     Aunque algo a destiempo, pero no innecesario, esta autocrítica no deja de ser bastante interesante. Máxime al saber que quien la emite es uno de los sociólogos que ha estudiado de cerca la actualidad de nuestro continente, comprometiéndose con su vida a gestar el cambio estructural en su nación, al lado del Presidente Evo Morales y los movimientos campesinos y aborígenes que insurgieran contra los remanentes del colonialismo hispano y el imperialismo gringo. Ella es, además, la aceptación de un error muy común entre quienes asumen la revolución -en especial, la socialista- como un proceso de transformaciones que, como se está desarrollando, o trata de desarrollarse, en el marco legal vigente, será íntegramente respetado por las clases sociales y sectores políticos despojados del control del poder estatal y económico; olvidándose de la ingrata experiencia padecida por el Presidente Salvador Allende y el pueblo de Chile.

 

     Hubo entre éstos, por decirlo de algún modo, cierta ingenuidad de su parte, quizás por no entender cabalmente que toda revolución verdadera apunta a una transformación estructural permanente que debe ser protagonizada, en un primer nivel, por un pueblo realmente consciente y organizado. Sin embargo, no sería algo del todo exacto. Muchos de éstos, posiblemente de buena fe, estaban convencidos de que lo que hacían desde el gobierno y partidos políticos era parte determinante de la acción revolucionaria, bastando nada más con seguir asegurándose el voto de las mayorías para disponer del poder y satisfacer cada cierto tiempo las demandas que éstas les presentaran; repitiéndose un ciclo que ya se había vivido bajo los gobiernos reformistas tradicionales (salvo durante la etapa dictatorial, auspiciada por Washington).

 

     De esta forma se podría explicar, someramente, cómo teniendo un amplio respaldo popular ahora estén tales gobiernos sometidos a los embates de la derecha, sin hallar una fórmula efectiva que pueda contenerlos exitosamente, si no es alguna apegada a las establecidas por las leyes y la Constitución; lo que aumenta las posibilidades de la derecha de lograr su único y mayor objetivo: el poder constituido. Esto reduce enormemente el grado de maniobrabilidad de cada gobierno izquierdista y/o progresista mientras sus enemigos hacen acopio de todos los recursos disponibles para hostigarlos y vencerlos, así ello implique colocarse al margen de la democracia y de las leyes, como se evidencia a diario en Venezuela, secundados por una campaña mediática abiertamente injerencista, cuyos núcleos se ubican en Bogotá, Madrid y Miami, distorsionando desvergonzadamente la realidad de cada una de nuestras naciones.

 

     De ahí que sea imperativo que la dirigencia de estos procesos de cambios revolucionarios sepa entender e implementar a tiempo las medidas que se requieren para conjurar las amenazas crecientes y nada disimuladas de la derecha fascistoide y, por supuesto, del imperialismo gringo, ansioso por ejercer un control exclusivo y directo de los diversos recursos estratégicos que se hallan en Nuestra América; medidas que únicamente resultarán eficaces si los sectores populares se organizan, actúan y crean sus propios espacios autogestionarios, dando nacimiento a unas nuevas relaciones de poder y, en consecuencia, a un modelo civilizatorio de nuevo tipo (aunque suene utopista).

 

     En resumen, entretanto se mantenga sin afectación alguna el viejo régimen burgués liberal -no obstante la existencia de leyes que harían factible su transformación de raíz mediante la activación contínua del poder popular constituyente- jamás se podrá consolidar ninguna revolución (sobre todo, de carácter socialista) en Nuestra América. Es aún necesario, como lo reconoce García Linera, que al gobierno con pretensiones revolucionarias lo acompañe un vasto movimiento social organizado, sin cooptación o dependencia de por medio que invalide su accionar revolucionario y constituyente; lo que permitiría vencer efectivamente (ojalá para siempre) los planes desestabilizadores y neocolonialistas del imperialismo yanqui y de sus acólitos locales.-

¿POR QUÉ ACONSEJAR AL GOBIERNO DE MADURO?

¿POR QUÉ ACONSEJAR AL GOBIERNO DE MADURO?

Quizás resulte ingenuo, osado y hasta altanero creer que, de uno u otro modo, el gobierno venezolano (en sus diferentes escalas) pueda prestar algún tipo de atención a los análisis, los consejos o las recomendaciones que hacen públicos a diario tanto revolucionarios como chavistas, preocupados por el rumbo seguido por el proceso revolucionario bolivariano en su etapa actual.

Si tal cosa no es posible, le bastaría a los representantes del chavismo en posiciones de gobierno recapitular sus respectivos programas de gestión, sobre todo en lo que respecta al cambio estructural y al poder popular, entendiendo que ambos son factores primordiales para lograr la revolución bolivariana socialista; de manera que esto contribuya a que exista una corresponsabilidad efectiva con las diferentes organizaciones comunitarias y/o populares para impulsar los cambios políticos, económicos, sociales y culturales que definirán esta revolución.

Por lo tanto, resulta incongruente que todavía se continúen solicitando nuevas acciones propositivas, sin antes verificar cuán exactamente se cumplieron, o dejaron de cumplir, aquellas que fueron promovidas bajo el liderazgo de Chávez, al igual que aquellas bajo Maduro, determinándose así cuáles han sido sus debilidades, fortalezas e inconsistencias durante su desarrollo.

Todo esto serviría para superar exitosamente la coyuntura por la que atraviesa el país, teniendo en cuenta que muchas de las iniciativas impulsadas por el Comandante Chávez no fueron abordadas y cumplidas adecuadamente por la gente designada para esta importante responsabilidad, dando lugar, en algunos casos, a hechos de corrupción y de despilfarro de recursos (totalmente condenables desde todo punto de vista) lo que impone dotarlas de una nueva visión y de unos nuevos ejecutores para su total consolidación.

Con esto, tanto chavistas como revolucionarios tendríamos que trabajar en conjunto para romper con la vieja cultura política que aún nos domina, con su secuela de sectarismo y su clientelismo político, heredada de adecos y copeyanos, cosa que se ha revertido en contra del gobierno y del proceso revolucionario bolivariano, resultando favorecida de esta forma la campaña demagógica montada por la oposición para culpar al gobierno de Maduro de todos los males causados por ella misma durante estos últimos tres años.

Por lo tanto, es una obligación moral ineludible que los chavistas y los revolucionarios demostremos una mejor disposición -indiferentemente de si aconsejamos o no a Nicolás Maduro y, junto con él, a toda la dirigencia y militancia chavista, o si los mismos lo soliciten- y nos encaminemos a desmontar realmente esta vieja cultura política, simultáneamente al desmantelamiento que se debe hacer del Estado burgués liberal todavía vigente. Sin ello en vía de concretarse, será una inmoralidad inaceptable que se le siga hablando al pueblo de revolución socialista si no existe ninguna disposición verdadera de llevarla a cabo.-

¿CÓMO AYUDA EL “CHAVISMO” A LA OPOSICIÓN?

¿CÓMO AYUDA EL “CHAVISMO” A LA OPOSICIÓN?

Al proclamar Hugo Chávez que su gestión de gobierno estaría enmarcada en una revolución de corte socialista, inspirada en el ideario revolucionario de Simón Bolívar, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez, muchos oportunistas de izquierda creyeron allanado el camino para alcanzar sus viejos objetivos, sin necesidad de enfrascarse en una aventura foquista, vanguardista o, simplemente, pustchista como se había pretendido desde los años 60 hasta 1992. Hasta ahí todo parecía marchar de maravilla, oyéndose hablar públicamente del Che Guevara, Fidel Castro, Antonio Gramsci, Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo y León Trotsky como si se tratara de viejos compatriotas ligados a la historia del país, sin el temor a las represalias anticomunistas del período adeco-copeyano.

Luego vendrían a agregárseles (casi en tropel) muchos militantes nada o poco destacados de los dos principales partidos políticos tradicionales, AD y COPEI, quienes en lo adelante estarían disertando respecto a las bondades del nuevo socialismo bolivariano, calcando discursos e indumentaria de su reciente líder, el Comandante Chávez. Entre unos y otros, los sectores populares optaron por los descollados por Chávez, independientemente de cuál fuera su perfil ideológico; conformándose entonces un estamento político-partidista que sustituirá al existente desde 1958 (insertándose en el mismo a muchos militares promocionados por Chávez, antes, y por Nicolás Maduro, ahora), pero que, en la práctica, escasamente se diferenciará de este último.

Este hecho, fácilmente demostrable y advertido por los mismos sectores populares, al no haber una vocación revolucionaria que les impulse a ir más allá de los triunfos electorales obtenidos y de ocupar hegemónicamente todos los cargos públicos existentes, aunado al mantenimiento y hasta el reforzamiento de las viejas estructuras del Estado burgués liberal (concebido desde sus inicios para legitimar y defender los intereses de los sectores oligárquicos parasitarios), le ha permitido a la derecha recuperarse, pasar a la ofensiva y ocupar espacios, viéndose, además, ampliamente respaldada por el gobierno estadounidense y demás aliados foráneos en su propósito por derrocar a Nicolás Maduro.

Mientras tanto, los sectores populares y movimientos revolucionarios continuaban movilizándose, apoyando y tratando de concretar las iniciativas de Chávez, encontrándose muchas veces en confrontación abierta con quienes ahora pasaron a dirigir (sin cuidarse de caer en la típica corrupción administrativa del pasado puntofijista) las diferentes instituciones del Estado, gracias a los votos de aquellos, sin corresponder a lo esencial de la democracia participativa, es decir, a la soberanía popular; cuestión ésta que, aún en medio de la coyuntura actual, no ha sido modificada de ninguna manera. Así, siendo ello parte resaltante de los muchos diagnósticos y reclamos presentados por las bases chavistas toda vez que son convocados por su dirigencia (más recientemente a través del Congreso de la Patria), al quedarse en el papel sin efecto pragmático que posibilite un verdadero cambio de situación, se está ayudando irresponsablemente a la oposición, avalando -por inercia- sus argumentos tendenciosos.

No obstante, las bases populares del chavismo, al margen de la posición acomodaticia de muchos de sus dirigentes nacionales, regionales y/o locales, del insensible desabastecimiento programado por los sectores empresariales de la oposición y del acoso mediático impuesto por la Casa Blanca y su séquito internacional de medios de información tarifados, continúan esperanzados en que la revolución bolivariana se convierta en un suceso cotidiano, capaz de superar el antiguo orden establecido y todas las dificultades padecidas; sin embargo, aún será preciso que ellas tomen plena conciencia de su papel histórico (lo mismo que los distintos movimientos revolucionarios existentes, independientemente de si puedan o no participar en cualquier contienda electoral) y se atrevan a gestionar sus propios espacios de poder constituyente, de manera que los cambios políticos, económicos, culturales y sociales implícitos en este singular proyecto de transformación revolucionaria tengan como características fundamentales su participación, su direccionalidad y su protagonismo.-

 

 

NUESTRO PEOR ESCENARIO

NUESTRO PEOR ESCENARIO

Para los apocalípticos de la oposición, a los que se ha sumado cierto número de «chavistas» (afectado por las matrices de opinión emitidas en contra del gobierno de Nicolás Maduro, a propósito del acoso y las irregularidades sufridas por la economía nacional) la situación en Venezuela sería extremadamente inestable, lo que -según sus vaticinios, aupados, además, por Estados Unidos- conduciría a una guerra civil, si no son satisfechos por completo sus intereses políticos y económicos. Ello, por supuesto, es inmediatamente replicado y magnificado interesadamente desde mucho tiempo atrás por las distintas empresas de la información, principalmente extranjeras, estableciendo que las venezolanas y los venezolanos padecen las arbitrariedades de una dictadura inhumana a la cual sería preciso derrocar, sin importar el costo en vidas ni los medios a utilizar, incluyendo entre éstos una agresión militar directa del imperialismo gringo.

Éste podría ser -para muchos- el peor escenario por padecerse en Venezuela; no obstante, habría que advertir, en un sentido aún positivo, que el mismo es relativo, tomando en cuenta el temple mostrado por la población venezolana ante las adversidades inducidas por los grupos antichavistas a través del terrorismo, la violencia y el desabastecimiento sostenido de productos de primera necesidad.

El peor escenario posible sería, entonces, que los sectores populares optaran en lo adelante por abandonar cualquier posibilidad de participación política, repitiendo en algún grado lo observado electoralmente antes de 1998 cuando se registraron grandes porcentajes de abstención en cada uno de los comicios realizados. Esta sería una manera de deslindarse de los dos bandos políticos enfrentados, chavistas y antichavistas, en un gesto de protesta generalizado ante lo que representaría (en la visión popular) una lucha de élites poco diferenciadas en actitudes, ofrecimientos e intereses.

En consecuencia, para los sectores revolucionarios, lo que haga o deje de hacer el chavismo gobernante tendrá, sin duda, serias repercusiones respecto a la idoneidad de los ideales socialistas y la posibilidad de lograr un cambio estructural definitivo en Venezuela; sobre todo, si cunde la decepción y la frustración entre los sectores populares, los mismos que siempre respaldaron al Comandante Hugo Chávez y que enfrentan, por ahora pasivamente, las arremetidas de la derecha. Muchos de ellos entienden que si la gran mayoría del pueblo asume semejante deslinde, se estará perdiendo la oportunidad histórica de hacer la revolución y, con ella, de decidir un destino mejor para todos y todas, lo que podría incidir de un modo u otro en las luchas que libran los pueblos hermanos de Nuestra América.

Al contrario de algunos chavistas, para cualquier revolucionario comprometido esto es lo peor que llegaría a ocurrir en Venezuela, si se produce y evidencia un eventual desgaste de las esperanzas de los sectores populares en relación al gobierno de Nicolás Maduro y la construcción del socialismo, admitiendo así el fracaso difundido por la oposición, lo que contribuiría significativamente a reforzar (y confirmar) la propaganda de siglos en contra de la factibilidad de esta alternativa revolucionaria.-

MADURO, TENEMOS UN PROBLEMA

MADURO, TENEMOS UN PROBLEMA

Al hacer referencia a Maduro, no nos referimos únicamente al Presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela y líder (por designación directa del Presidente y Comandante Hugo Chávez) del proceso revolucionario bolivariano en su fase actual. Nos referimos por extensión (y no sin cierta preocupación, además) a todo el estamento dirigente del chavismo, aquel que tiene en sus manos la enorme responsabilidad histórica de propiciar en el país una verdadera revolución socialista y que hoy pareciera hallarse sumido en una especie de laberinto complicado al no atinar qué hacer para disminuir efectivamente la crisis creada por los grupos opositores a nivel de producción y abastecimiento de productos (especialmente alimenticios) y contener, al mismo tiempo, los amagos intervencionistas de Washington. Todo esto porque no vislumbra adecuadamente lo que está en juego, más allá de un eventual derrocamiento de Maduro; ya que su mayor preocupación es afianzar y/o conquistar las cuotas de poder que cree merecer.

Es preciso y, si se quiere, inevitable que este mismo estamento chavista entienda que su función primordial en esta crucial coyuntura de ataques de todo calibre contra Maduro y el proceso revolucionario bolivariano -dirigidos y monitoreados desde Estados Unidos- es la de sellar su compromiso con el pueblo mediante acciones efectivas orientadas a hacer realidad la expansión y actuación autónoma del poder popular; concretándose, por tanto, la posibilidad del cambio estructural que todavía se requiere.

El problema estaría focalizado, entonces, en la vigencia de la cultura política puntofijista, heredada, adoptada y reforzada por muchos de los que conforman la «vanguardia» del chavismo más que en la supuesta inhabilidad e ignorancia de los sectores populares para comprender y llevar a cabo los diversos cambios políticos, económicos, sociales y culturales que marcarán el rumbo definitivo de la revolución bolivariana; cosa que se ha puesto de manifiesto, desde el momento mismo que Hugo Chávez se convirtió en candidato presidencial en 1998. Así que la conclusión lógica es que esta pretendida vanguardia revolucionaria es la responsable, de una u otra forma, del avance obtenido por la contrarrevolución en estos últimos años, incluido el control de la Asamblea Nacional, pecando de ingenuidad y desidia al pensar que ésta y el imperialismo gringo respetarán el orden constitucional establecido.

En correspondencia con esto, los revolucionarios y chavistas de base tendrán que luchar por erradicar la modalidad verticalista y, en algunos casos autoritaria, que impusieran tiempo atrás los sectores dominantes tradicionales; sobre todo, lo que tiene que ver con la nueva costumbre política de delegar el trabajo de militantes revolucionarios entre quienes ocupan cargos de dirección en la administración pública, asegurándose de esta forma un mejor control de las instancias político-partidistas más que en la tarea de cumplir adecuadamente con las políticas revolucionarias en beneficio de los sectores populares a los cuales se deben. Esto ha tenido una alta incidencia, sin duda, en la inexistencia de esa fuerza social que actúe más allá de lo estrictamente electoral, del sectarismo y del clientelismo político hasta ahora observados.

Captando esto adecuadamente (expuesto y criticado desde largo tiempo por diversidad de intelectuales y analistas, quienes, en contrapartida, han merecido, como mínimo, la censura y el desdén de aquellos que debieran tomar en cuenta sus opiniones, observaciones y recomendaciones) se conseguiría armar una barrera sólida frente a la estrategia desestabilizadora de los sectores de la oposición. Según lo resume Marta Harnecker en su libro Reconstruyendo la izquierda, «lo fundamental es que quienes están en cargos de dirección hagan suya e implementen la línea de la organización política aunque no sean militantes de ella. Por el contrario, si se ha logrado conquistar muchos cargos en una determinada organización se debe estar atento a no caer en desviaciones hegemonistas. Es más fácil para quien tiene un cargo imponer sus ideas que arriesgarse al desafío que significa ganar la conciencia de la gente» 

Lamentablemente, esta percepción resulta ajena a la conducta, la inteligencia y la voluntad de un porcentaje significativo de dirigentes chavistas en todos sus niveles, habituados como lo están a cobijarse bajo las alas protectoras de quienes ocupan posiciones de poder (o están en vías de lograrlo), dado que no pueden ostentar un liderazgo propio, nacido del trabajo revolucionario constante y de la aceptación de las bases, cuestión que no los obliga, por otra parte, a exhibir una ética y una formación revolucionarias. Contrario a ello, cada uno de dichos personajes afortunados, desde sus cargos, debieran contribuir a la labor de conformar un Estado con hegemonía popular antes que dedicarse a mantener y a fortalecer al Estado burgués liberal vigente (como lo haría cualquier reformista). En ello radicaría parte importante del problema que confronta el proceso revolucionario bolivariano, aparte de no haber demolido a tiempo el viejo modelo económico rentista en aras de alcanzar una soberanía productiva total.-