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TODO POR TEMERLE AL PUEBLO

TODO POR TEMERLE AL PUEBLO

Con Atilio Borón, de su obra escrita «Aristóteles en Macondo: notas sobre el fetichismo democrático en América Latina», decimos que «la cuestión que se plantea con más y más frecuencia en Latinoamérica es: ¿hasta qué punto es posible hablar de soberanía popular -esencial para una democracia- sin soberanía nacional? ¿Soberanía popular para qué? ¿Puede un pueblo sometido al dominio imperialista llegar a tener ciudadanos autónomos que decidan sobre su propio destino?» A la luz de los diversos acontecimientos que han marcado la historia reciente de los pueblos de Nuestra América -sacudidos por la intervención militar del imperialismo gringo, abierta en algunos casos y, en otros, arropada por una supuesta lucha antiterrorista y antidrogas; la destitución anticonstitucional de presidentes progresistas y/o progresistas, inaceptables para la Casa Blanca y sus camarillas de súbditos neocoloniales; bloqueos y sabotajes económicos; asesinatos de líderes políticos y populares destacados; amenazas a la estabilidad democrática de la región, y repunte de los sectores de la derecha internacional, «renovada» en algunos aspectos- es previsible concluir que las respuestas a tales interrogantes tendrían que plasmarse (gústenos o no) en un cambio estructural generalizado; es decir, en una revolución de nuevo tipo que abarque al mismo tiempo lo político, lo económico, lo social y lo cultural, de un modo permanente y creativo.

Nunca podrá emprenderse una revolución con estas características mientras subsistan -sin una modificación profunda que corresponda al espíritu de la revolución que se pretende impulsar- las mismas leyes, los mismos procedimientos administrativos, la misma burocracia y las mismas instituciones del Estado burgués liberal que son, a grandes rasgos, opuestos a la existencia y a la organización del poder popular mediante el ejercicio de la democracia participativa o directa. Ello explica por qué, a pesar del amplio respaldo brindado por los sectores populares a los gobiernos de Brasil y de Venezuela (al igual que otros similares) éstos siguen siendo víctimas del acoso ordenado desde Estados Unidos, sin impedirse de forma definitiva las acciones abiertamente desestabilizadoras de los grupos de la derecha.

Esto también nos remite a la vieja enseñanza leninista respecto a que sólo los revolucionarios hacen las revoluciones, algo que se ha obviado tercamente; en algunas situaciones, invocando que todo debe hacerse sin precipitaciones, paulatinamente. Quienes así lo piensan olvidan que, eventualmente, si la correlación de fuerzas amenaza su hegemonía, los sectores dominantes podrán hacer algunas concesiones que recreen la ilusión de armonía entre éstos y los sectores populares, incluso aceptando la elección de un presidente «revolucionario» o renovador, pero que estarán siempre dispuestos a obstaculizar y a combatir todo intento de modificar el orden establecido, así esto represente abandonar su aparente talante democrático y apoyar la imposición de una dictadura fascistoide, violatoria de todo derecho humano, contando con el beneplácito (como sucede desde principios del siglo pasado) del régimen imperialista de Washington. No basta con vocear y exigir el respeto a la legalidad y las reglas del juego a sectores que, de antemano, jamás aceptarán la idea de perder privilegios prácticamente heredados de generación en generación desde la época colonial y que han conservado a través del tiempo gracias a la corrupción y la complicidad de gobernantes inescrupulosos, arrodillados ante el poder económico y militar estadounidense.

Contrariamente a esa posición, si se quiere estúpida e ingenua, se impone realizar un reforzamiento del carácter rebelde de los pueblos de Nuestra América, puesta manifiesto en toda su historia y la cual les hizo elegir presidentes, cuyos programas políticos incluirían parte de sus aspiraciones. Sin embargo, hará falta confiar en la capacidad de estos mismos pueblos para crear mejores niveles de participación política y de toma de decisiones que impliquen transformar las diferentes estructuras que caracterizan al actual modelo civilizatorio. Si los nuevos gobernantes surgidos de estas rebeliones populares no hacen un mínimo esfuerzo por lograr esta última meta y sencillamente se limitan a confiar en el establecimiento de pactos que garanticen la gobernabilidad y que nada podrá ocurrir fuera del marco legal que les afecte, estarán dando ánimos a los sectores de la derecha para que actúen y alcancen su objetivo: la recuperación del poder perdido. Todo por temerle a la revolución popular.-

 

LA MUTACIÓN "REVOLUCIONARIA" DEL CAPITALISMO

LA MUTACIÓN "REVOLUCIONARIA" DEL CAPITALISMO

Ciertamente, es la hora de aullar -como lo expresara José Saramago-, denunciando y confrontando las intenciones y los intereses de quienes, de manera corporativa, buscan controlar los destinos de nuestros pueblos, fingiendo hacerlo -en nombre de los derechos humanos, de la libertad y de la democracia-, pero que, en realidad, lo hacen para satisfacer su gula capitalista.

En la actualidad, muchos analistas observan una mutación en el discurso y la praxis capitalistas (entendiéndolos como discurso y praxis de los sectores tradicionalmente dominantes, internos y externos) al reflejarse en éstos las acciones y las fórmulas contraculturales que fueron conocidas durante las décadas de los sesenta y los setenta del siglo pasado. Así, se ha enaltecido una libertad individual y una crítica al sistema imperante (generalmente violenta) dirigida, básicamente, por los amos del capital a través de su industria ideológica; enmascarando -en consecuencia- las intenciones escondidas tras esta estrategia de manipulación, sobre todo de los estamentos juveniles, donde se evidencia con mayor fuerza. Ello ha conformado una nueva subjetividad, asociada a los intereses materiales del capitalismo, haciendo que muchas personas piensen de una forma mezquina más que en cualquier expresión de solidaridad con los demás seres humanos, a tal grado de insensibilizarse frente a la tragedia, las necesidades y el dolor ajenos. Esto ha servido para desvirtuar los procesos de cambios iniciados en gran parte del continente americano (como sucede, con un mayor énfasis, en Venezuela), notándose grandes antagonismos y/o contradicciones en los argumentos y los conflictos generados por aquellos que se amotinan abiertamente a los mismos, en comparsa con los objetivos fijados por el imperialismo gringo y sus aliados para recuperar la hegemonía perdida en los últimos veinte años.

A pesar de la percepción negativa que parece apoderarse de mucha gente respecto a la posibilidad real de hacer la revolución popular y socialista en Nuestra América, dado el avance logrado por los sectores de la derecha en Argentina, Bolivia y Venezuela (sin obviar que puedan lograr lo mismo en Brasil y Ecuador), es imperativo que los revolucionarios sigan enarbolando las banderas de lucha que han caracterizado nuestra historia común, las mismas que frenaron las apetencias insaciables del capitalismo neoliberal e imperialista cuando casi todo el mundo suponía que ya no habría más alternativas con qué oponérsele. Se requiere, por supuesto, de una subversión y de una descolonización sostenida del pensamiento tradicional y de la cultura en que se sustenta el capitalismo para producir una verdadera transformación revolucionaria que se manifieste, en un primer término, en la ética que debe caracterizar la conducta de quienes asuman la responsabilidad de encaminar este proceso re-creativo y, en un segundo e igualmente importante término, la conquista de una emancipación integral, compartida por todos.

La realidad actual del capitalismo global impone la urgencia de una redefinición de las luchas emprendidas y de las propuestas teóricas que buscan explicarlas y orientarlas; cuestión que requiere de mucha audacia de parte de los sectores populares y revolucionarios para soñar con los pies sobre la tierra, con raíces propias, cortando así el cordón umbilical que nos pudiera atar a las realidades importadas de Europa y de Estados Unidos, cuyas clases dominantes (sobre todo, estadounidenses) hacen todo lo posible por mantener a nuestros países subyugados, convertidos en simples suministradores de materias primas para incrementar sus ganancias y mantener su estilo de vida.

Esto significa el surgimiento de nuevos desafíos estratégicos que se le impone resolver -con criterios amplios y propios- a las fuerzas revolucionarias, lo que se alcanzará si se cuenta en todo momento con la participación efectiva de los sectores populares.-

UNA REVOLUCIÓN HECHA DE MUCHAS REVOLUCIONES

UNA REVOLUCIÓN HECHA DE MUCHAS REVOLUCIONES

Cuando quienes nos autocalificamos de revolucionarios buscamos definir qué tipo de Revolución pretendemos, muchas veces cometemos la torpeza de hacerlo con propuestas prestadas que, a la luz de nuestras acciones (individuales y/o grupales), resultan contradictorias y, generalmente, inconsistentes, al dar por sentado que son universales y, por tanto, realizables en donde quiera que nos desenvolvamos.

Olvidamos -quizás sin tener plena conciencia de ello- cuáles son los orígenes de la situación en particular que combatimos como revolucionarios, autolimitándonos y limitando a otros en la comprensión adecuada de lo que representaría llevar a cabo una verdadera revolución en bien de todos; especialmente cuando se cuestionan simultáneamente al modelo de democracia representativa (por ser excluyente y ajena a los intereses de las mayorías excluidas) y al capitalismo como sistema económico explotador y depredador que nos sitúa a todos al borde de una destrucción general.

Los movimientos revolucionarios populares de Nuestra América se hallan actualmente frente a la necesidad impostergable de reconstruir su fuerza, en articulación con todos los sectores sociales oprimidos y explotados, tanto fuera como dentro de las fronteras nacionales, y de recuperar el ímpetu combativo que caracterizó su insurgencia contra el avance del neoliberalismo capitalista. Hará falta asimilar y desarrollar un marco teórico, programático y orgánico similar a lo planteado desde 1994 por las mujeres y los hombres de Chiapas que conforman el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), enriqueciéndolo con aportes y acciones propias que hagan de la Revolución que promovamos una experiencia colectiva única.

Esto supone, apropiándonos de lo escrito por Marta Harnecker en su libro Reconstruyendo la izquierda, "superar el antigüo y arraigado error de pretender construir fuerza política -sea por las armas o las urnas- sin construir fuerza social "; lo que debiera hacerse de un modo inseparable. Para ello es vital insertarse en una revolución cultural profunda que no evite ni tenga miedo de deslegitimar todo lo heredado del modelo civilizatorio euroestadounidense bajo el cual nos hallamos inmersos por efecto de su dominación y de su industria ideológica.

Esta no será, por supuesto, una revolución cultural que sólo estaría dedicada a rescatar y a darle preeminencia a los valores culturales que forman parte intrínseca de la historia de nuestros pueblos (entendiendo, incluso, su rica diversidad, dentro y fuera de cada una de las naciones de Nuestra América), lo que debiera expresarse en el logro de unos nuevos paradigmas, orientados al máximo nivel de emancipación que se podría alcanzar, sin afectar nuestro entorno y al resto de nuestros semejantes. Algo utopista, pero nunca imposible de realizar. En tal caso, es preciso iniciar un proceso reivindicativo de nuestra realidad común (refiriéndonos a nuestra realidad como continente dominado, primero por las potencias europeas y, luego, por el imperialismo gringo; destinado a ser fuente de recursos estratégicos en ambos casos, prácticamente sin reciprocidad alguna, a excepción de las élites gobernantes), lo que implica adoptar una concepción integracionista que vaya más allá de lo estrictamente político y/o económico.

Esto exige, al mismo tiempo, crear espacios organizativos en los cuales el debate, la democracia directa, la autonomía y el respeto a las diferencias sean unas características esenciales; garantizadas, por tanto, por todos los revolucionarios y todas las revolucionarias. Será ésta, entonces, una revolución hecha por muchas revoluciones; dando forma a un modelo de sociedad alternativo al capitalismo y al Estado burgués-liberal imperantes, al mismo tiempo que se combate su eventual reproduccion en el futuro.-

 

NUESTRO DERECHO A LA VIDA FRENTE A LA LÓGICA CAPITALISTA

NUESTRO DERECHO A LA VIDA FRENTE A LA LÓGICA CAPITALISTA

Todos defendemos nuestro derecho a la vida, pero apenas nos preocupamos por comprometernos en acciones orientadas a la protección de nuestra Madre Tierra, dejando que el porvenir de las futuras generaciones lo decida un grupo corrompido de empresarios y gobiernos, cuyo único interés es la obtención de grandes ganancias económicas a costa de la explotación irracional de la biodiversidad y demás recursos del medio ambiente; condenándonos, prácticamente, a una extinción total.

Se ha observado, través de todas las épocas, que los seres humanos sienten una fascinación especial en relación con la naturaleza en general, quizás la afirmación de un lazo atávico que nos hace rememorar los tiempos en que la humanidad era parte de un todo armonioso y no, como sucede en la actualidad, separada y, hasta, aislada del resto de seres vivos con los cuales debiéramos compartir este planeta aún maravilloso.

Sin embargo, nuestra conciencia es silenciada por la búsqueda siempre insatisfecha de un estado de bienestar material impuesto por la lógica capitalista. Así, incrementamos las altas tasas de ganancias de las grandes corporaciones transnacionales que controlan el sistema capitalista mundial, apenas reaccionando en contra de sus acciones depredadoras y destructoras, (tanto de recursos naturales como de los derechos ancestrales de los pueblos originarios); envueltos en un consumismo inducido que nos hace víctimas de una inconsciencia, si se quiere, suicida.

Por ello, haciendo caso a las advertencias proferidas a tiempo por científicos y ecologistas, tendríamos que interrogarnos si nuestro legado a las futuras generaciones será entonces la visión apocalíptica de un paisaje yermo, carente de todo vestigio de vida o, contrariamente, la posibilidad cierta de cambiar de raíz el modelo civilizatorio que nos ha tocado vivir, rescatando (hasta donde sea posible) la armonía perdida con nuestro entorno natural.

Hoy todos los seres humanos sufrimos los embates del cambio climático mientras la mayoría de los gobiernos -sobre todo, de las grandes potencias militares y económicas- sólo se preocupan por mantener y acrecentar su hegemonía, sin importarles las consecuencias de sus acciones. Despliegan arsenales nucleares y de otro tipo que, a la larga, aumentarán la contaminación de nuestros suelos, aguas y aire, aparte de las miles de muertes que causan, buscando re-configurar el mundo que conocemos a su medida e intereses geopolíticos, instigados por las grandes corporaciones transnacionales.

Frente a esta visión fatalista del planeta en las próximas décadas, de no hacerse algo con sentido de urgencia en favor de la preservación de la vida en general, tendríamos que hacer acopio de fuerzas y armarnos con esa cosmovisión magnífica (y escasamente entendida) de nuestros pueblos originarios, los únicos que han podido entender y defender la naturaleza desde mucho antes del surgimiento, la imposición y la expansión de la llamada "civilización occidental".-

ACOSO Y DESESTABILIZACIÓN DE NUESTRA AMÉRICA

ACOSO Y DESESTABILIZACIÓN DE NUESTRA AMÉRICA

En Venezuela (lo mismo que en las demás naciones de nuestra América) se ha de comprender, a la luz de lo expresado por Florestan Fernández, que "dentro del capitalismo en América Latina sólo existen salidas para las minorías ricas, para las multinacionales, para las naciones capitalistas hegemónicas, y su superpotencia, los Estados Unidos (...) no le ofrece alternativas a mayoría" Esto significaría vencer la idea sembrada en nuestro subconsciente respecto a la ineluctibilidad de la historia de subordinación, subdesarrollo y dependencia que pesaría sobre el destino de nuestro continente; tornándose ello en una posición ostensiblemente subversiva e intolerable a los ojos de quienes aspiran su dominio total. Así, una de las estrategias implementadas desde Washington e incondicionalmente replicada por sus servidores en cada una de estas naciones es hacerle creer a nuestros pueblos que -fuera del marco capitalista- toda opción de transformación estructural estará irremediablemente condenada a un absoluto fracaso, aún cuando se cuente con todo recurso útil para lograrla.

Tal fatalismo inducido se refuerza al observarse la conducta de aquellos que alcanzan el pináculo del poder, corrompiéndose, interesados sólo en su propio bienestar; lo que ha servido de propaganda a los enemigos de la revolución, tergiversando los verdaderos propósitos revolucionarios e impedir su avance y restarle apoyo popular. Ahora con una situación común que pareciera inexorable, los procesos de cambios ocurridos durante las últimas décadas en Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y Venezuela -con sus grados particulares que los distingue- son objeto de un vasto plan de desgaste, acosos y desestabilización que apunta a minar y anular los altos niveles de combatividad, de conciencia y de autoconfianza de los sectores populares para producir y consolidar efectivamente una ruptura paradigmática en relación al orden vigente. Es, indudablemente, una arremetida coordinada por el imperialismo gringo y cuyo impacto sicológico se busca incrementar a través de acciones puntuales que afecten sensiblemente la economía interna (como sucede desde hace ya tres años consecutivos en Venezuela), de modo de forzar un giro político en beneficio de los factores de la derecha.

Frente a dicha arremetida derechista e imperialista, “el papel de la Revolución no es salvar a la democracia burguesa -advierte Óscar Enrique León en su libro “Democracia burguesa, fascismo y revolución"- mucho menos haciendo causa común a tales efectos con una derecha moderada. El papel histórico de la Revolución es destruir la democracia burguesa, única forma real y realista de acceder a la democracia participativa y el poder popular que ella postula como forma política. En la medida que lo logre, y sólo en tal medida, habrá derrumbado el orden burgués". Se hace necesario, por tanto, entender que no basta con impulsar reformas tendentes a mejorar las condiciones materiales de vida y de participación política de la amplia mayoría excluida mientras no se alteren significativamente las estructuras que soportan y legitiman el modelo de sociedad imperante.

Sin embargo, el cortoplacismo, o inmediatez, impuesto por las mismas exigencias cotidianas de los sectores sociales (alimentado por demagogos y oportunistas de toda laya) conspira en contra de esta democracia participativa y el poder popular, abogándose por resultados tutelados desde el Estado que, en esencia, sigue siendo burgués-liberal.

Como lo determinara el Libertador Simón Bolívar, a nuestros pueblos se les ha dominado más por el engaño que por la fuerza. También afirmó en su famoso Discurso de Angostura que “la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil". Esto revelaría en qué consistirían las fallas y deficiencias que podrá afrontar todo proceso revolucionario cuya meta es crear alternativas viables frente al capitalismo global, la representatividad política y la dependencia en todas sus manifestaciones posibles, entre otros elementos que deberán removerse y de sustituirse de raíz. Entretanto no exista suficiente voluntad política y compromiso revolucionario, actuando en consecuencia para derrotar las pretendidas acciones “humanitarias" y “democráticas" de la derecha nacional e internacional. Con ello se dificultarán tales acciones, lo cual obliga a los sectores revolucionarios de nuestra América a no titubear en la lucha por preservar y hacer valer nuestro derecho a la autodeterminación, en un avance continuo y colectivo. Como lo hicieran nuestros Libertadores.-

LAS RAZONES INCOMPRENDIDAS DE LA OPOSICIÓN

LAS RAZONES INCOMPRENDIDAS DE LA OPOSICIÓN

A riesgo de provocar molestias e indignación justificadas en las filas chavistas y revolucionarias, se podrían entender (no compartir ni legitimar) los miedos, las razones y las ganas insatisfechas de la oposición antichavista por derrocar al gobierno constitucional de Nicolás Maduro.

Sin embargo, lo que jamás se podrá entender y, menos, aceptar de la gente de oposición (sin cometer el pecado de la más absoluta insensatez y más descabellado extremismo) son los métodos paramilitares y terroristas empleados, su odio fanático, su servilismo pitiyanqui y su sed homicida de sangre y violencia (verbal y física) para lograr sus objetivos; especialmente cuando el blanco constante de sus ataques son los servicios e instituciones públicas que benefician al pueblo (sobre todo, de bajos recursos económicos), causando sin muestras de remordimiento alguno males mayores que aquellos que buscaría solucionar y que atribuye al gobierno chavista.

Habrá alguien que justificará, no obstante, tales métodos y acciones aduciendo que se llevan a cabo por la inexistencia de garantías políticas y en defensa de la democracia contra el castrocomunismo, como si aún nos halláramos en las décadas de la Guerra Fría, dejando ver así de qué pie cojea, es decir, secundando y mostrando su parcialidad hacia el imperialismo gringo, ambicionando disfrutar el estilo de vida "americana" y, quizás, compensar posiblemente la baja autoestima que sufre, convirtiéndose en un subordinado incondicional del régimen estadounidense. Incluso, algunos llegarán a negar que todo esto es cierto y persistirán en su "verdad", no importa que acabe siendo afectado directa o indirectamente por los hechos violentos desatados por sus mismos compañeros, como les ocurriera a unos cuantos opositores el 11 de abril de 2002 y, más recientemente, durante las güarimbas.

A pesar del amor y de los beneficios materiales que se les brinde, además de los llamados al diálogo y la concordia, a aquellos que prefieren aferrarse al oscurantismo político-económico, haciendo realidad los postulados humanistas de cualquiera revolución verdadera, tal parece que su mezquindad y su terquedad seguirán manteniéndose por encima de cualquier consideración lógica, así como de cualquier lazo afectivo con la Patria donde les tocara nacer.

 

LOS VOTOS NO SON SUFICIENTES

LOS VOTOS NO SON SUFICIENTES

Conocida la situación creada en contra de la Presidenta Dilma Roussef y lo ocurrido electoralmente en menos de un año en Argentina, Venezuela y Bolivia, podría afirmarse que el aparente avance derechista en éstos y otros países de nuestra América tiene su principal punto de apoyo en la aceptación de las reglas de juego burguesas y el descuido respecto a la constitución e independencia de un verdadero poder popular; además del mantenimiento de las estructuras y del marco legal del antigüo régimen. 

Frente a esta realidad incómoda, se debe entender que mientras subsista el antigüo régimen -a través de la representatividad, la verticalidad jerárquica, el burocratismo y los procedimientos administrativos que lo legitiman- ningún esfuerzo hará posible la Revolución. Las estructuras del viejo Estado burgués-liberal acaban por convertirse en una gran camisa de fuerza que limita y ahoga toda aspiración revolucionaria de los sectores populares, dado que ellas están diseñadas básicamente para responder a los intereses de las clases dominantes y escasamente a favor de las mayorías.

En el caso reciente de Brasil, la primera lección que se puede extraer es que por muchos votos que se obtengan en cada proceso electoral victorioso, éstos no resultarán suficientes para lograr y consolidar una revolución de cualquier tipo, si éstos no se acompañan con la conformación y la movilización de un poder popular autónomo que oriente sus acciones fundamentales a la transformación estructural efectiva del Estado y del sistema económico capitalista, extendiéndose a todo el conjunto de la sociedad.  Más aún si se tiene pleno conocimiento respecto a las pretensiones nunca negadas o encubiertas de los grupos contrarrevolucionarios de adueñarse del poder a cualquier precio y sin importar cuáles serían los medios violentos y/o "pacíficos" a emplearse para alcanzarlo; contando siempre con el respaldo "desinteresado" del imperialismo gringo. 

Los reveses sufridos por los gobiernos izquierdistas y/o progresistas de la región, gran parte de los cuales han contado con un importante caudal de votos desde un primer momento, se explican así a la luz de su comportamiento frente a la vigencia del Estado burgués-liberal, apenas afectado por sus planteamientos de cambio; dedicándose, la mayoría de las veces, sencillamente a conservar sus cuotas de poder, apelando, incluso, al clientelismo político practicado en el pasado por los partidos políticos tradicionales. Ciertamente, mucho de lo hecho por cada uno de estos permitió saldar la deuda social acumulada durante más de medio siglo, mejorando enormemente las condiciones materiales de vida de los sectores populares pobres o empobrecidos, lo que es sólo negado a ultranza por quienes están interesados en su eventual derrocamiento, pero se obvió que ello se estaba llevando a cabo en el marco de actuación de un Estado adaptado a los requerimientos de una democracia representativa, no participativa ni protagónica y, por consiguiente, sin espacios abiertos a la influencia y las acciones de un poder popular  organizado. Éste último, condiciones apropiadas, habría servido para contrarrestar el activismo opositor y la injerencia poco disimulada del imperialismo gringo, sirviendo de freno al mismo tiempo a cualquier intención anticonstitucional y antidemocrática que osare mostrar el sector militar.

Ahora quedará esperar que las movilizaciones populares impidan que sigan suscitándose mayores arremetidas del imperialismo yanqui y de los grupos conservadores que acatan sus directrices incondicionalmente. Sin embargo, los distintos gobiernos a ser defendidos por medio de estas masivas movilizaciones populares tendrían que recapacitar seriamente sobre sus procederes y replantearse los objetivos revolucionarios que facilitaron su ascensión al poder; actuando en consecuencia para que la soberanía popular sea una realidad efectiva y no simplemente retórica para captar votos.

LA GUERRA IMPERIAL DE DOBLE PROPÓSITO

LA GUERRA IMPERIAL DE DOBLE PROPÓSITO

La guerra, desde finales del pasado siglo, ha sido utilizada por el complejo financiero-industrial-militar gringo (junto a sus aliados de la OTAN) como elemento disuasivo de doble propósito. Mediante ella, el derecho internacional -lo mismo que las acciones e influencia de la ONU y de otros organismos multilaterales- fueron puestos a la orden de los requerimientos de los grandes capitales corporativos transnacionales; situación que es disfrazada (gracias a la industria ideológica a su servicio) bajo argumentos contradictorios de defender la libertad, la democracia y los derechos humanos, pero cuyo saldo visible resulta completamente lo contrario. Pero, la guerra ya no es la típica guerra, presente a lo largo de la historia humana. Es una guerra sin fronteras territoriales, siendo perfeccionada en muchos campos, a los cuales se extiende sin que los ciudadanos, en su gran mayoría, lo admitan y se percaten de ello.

Con esto, el complejo financiero-industrial-militar gringo (como adalid del capitalismo global) obtiene una ventaja significativa de alcance mundial, a tal punto de consolidar lo que muchos señalan como dictadura o imperio a escala planetaria, permitiéndose la decisión arbitraria de desestabilizar cualquier nación y/o gobierno que ose ir en contra de sus intereses; entablándose una lucha desigual entre quienes defienden su soberanía y aquellos que pretenden arrebatársela.

Esta lucha desigual, sin embargo, podría reforzar (de haber la suficiente madurez y voluntad política para hacerlo, sin desmayar en el esfuerzo)  la necesidad de una organización y de una conciencia populares orientadas a romper, por un lado, la dependencia tradicionalmente aceptada respecto a Estados Unidos (“la nación indispensable”) y, por otro, emprender un vasto movimiento emancipatorio capaz de trascender el marco capitalista y crear, en su lugar, uno de características colectivas o comunistas, donde se deje de cosificar a la naturaleza y a los seres humanos. No obstante, para que esto llegue a suceder es ineludible que haya un proceso revolucionario que agrupe en igualdad de importancia, sin que se aísle uno de otro, tres grandes objetivos: 1.- justicia social, 2.- independencia económica, y 3.- soberanía política. Cada uno protagonizado e influenciado en todo momento por los sectores populares. Sabiendo de antemano que la conquista de mercados y de recursos naturales estratégicos, a fin de asegurar e incrementar sus ganancias multimillonarias (sin importar para nada el bienestar de los pueblos) constituye la razón principal por la que el capitalismo global recurre a la guerra, no podría hallarse otra forma de confrontarlo y vencerlo que el impulso de este proceso, oponiéndose frontalmente al esquema de especialización de la producción por parte de regiones y países que pretende imponerse desde los centros de poder hegemónicos.

Hay que rememorar que el imperialismo gringo ya había perfilado su remozado papel dominante en el documento “Proyecto para un nuevo siglo (norte) americano” que, tras los sucesos del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, debía comportarse, como nunca antes lo hiciera potencia alguna en el pasado, “como imperio mundial de pleno derecho, poseedor único de la responsabilidad y la autoridad como policía planetario”, al decir de Miguel Ángel Contreras Natera en su obra “Geopolítica del Espíritu”. Para los ideólogos del imperio yanqui, “la gran estrategia de Estados Unidos -según lo reflejan en el antemencionado documento- debe perseguir la preservación y la extensión de esta ventajosa posición durante tanto tiempo como sea posible. Nuevos métodos de ataque electrónicos, no letales, biológicos serán más extensamente posibles; los combates igualmente tendrán lugar en nuevas dimensiones por el espacio, por el ciber-espacio y quizás a través del mundo de los microbios; formas avanzadas de guerra biológica que puedan atacar a genotipos concretos, pueden hacer del terror de la guerra biológica una herramienta políticamente útil”.

Con todo esto en mente, los apologistas obviaron, no obstante, dos obstáculos que -de una u otra manera- limitarían y cambiarían su meta (aunque sólo fuera momentáneamente): la resistencia de los pueblos, básicamente de nuestra América, y el progreso tecno-científico, económico y militar logrado por Rusia y China, dos rivales de cuidado en el actual escenario internacional.

¿Qué queda entonces por hacer?

La lucha de resistencia ejemplificada por los pueblos de nuestra América, tanto antes como después del paréntesis neoliberal de las décadas de los 80 y los 90, podría servir de clave para interpretar el momento histórico actual y prefigurar la estrategia a seguir frente a la guerra imperial de doble propósito de los grandes centros de poder; así como la posibilidad de delinear nuevas formas organizativas de vida, justicia y reivindicación cultural que le den una nueva significación a la democracia como práctica cotidiana emancipatoria.-