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BANDERA BLANCA PARA COLOMBIA

BANDERA BLANCA PARA COLOMBIA

 

 

Con unos antecedentes de lucha armada que ya suma 68 años, con secuelas de todo tipo que afecta a la mayoría de su población, especialmente rural, Colombia se apresta -después de cuatro años de conversaciones- a decidir la aprobación o no de los acuerdos de paz discutidos y suscritos por el gobierno de Juan Manuel Santos y el directorio de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Colombia - Ejército Popular (FARC-EP). Temas cruciales como la amnistía de los guerrilleros, su futura participación política y reincorporación a la vida civil, al igual que la violencia en campos y ciudades que ha producido miles de asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos, de desplazados, de desaparecidos, de víctimas muchas veces ajenas al conflicto armado, y la realidad macabra impuesta por el narcotráfico y el paramilitarismo amparados por las clases dominantes; fueron debatidos en La Habana a fin de cristalizar las negociaciones de paz.

 

Sin embargo, tales negociaciones no transcurrieron sin tropiezos, destacándose la hostilidad mostrada por el ex presidente Álvaro Uribe y sus partidarios, tratando de impedir que el gobierno de Santos y las FARC-EP arribaran a consensos definitivos. Para los guerrilleros de las FARC-EP habrá la oportunidad de participar civilmente en el escenario político colombiano, organizando y movilizando a los sectores populares, de manera que exista la posibilidad concreta de arrebatarles el poder político a los sectores dominantes tradicionales, con un riesgo no descartado de correr una igual suerte que sus compatriotas de la Unión Patriótica; lo que exigiría derechos y garantías efectivas de parte del Estado para que esto no ocurra. Por su parte, Santos conseguiría, con la victoria del Sí en el plebiscito convocado, legitimar políticamente los diálogos sostenidos en Cuba, logrando cimentar su imagen como mandatario y líder político, sin que ello signifique un cambio de mentalidad de su parte respecto al orden existente.

 

En su análisis “La Guerra y la Paz en Colombia”, el periodista y filósofo Eduardo Rothe indica que “el largo proceso de desmantelar la guerra civil y sus causas, es para hoy y para mañana, trabajo para las jóvenes generaciones de militares y guerrilleros, para la juventud que trabaja y estudia, que hereda una paz difícil y una reconstrucción compleja. Pero el paso principal está dado porque el fin de la guerra ya no es un sueño inalcanzable. La idea y la voluntad de una paz posible forma parte del nuevo imaginario colectivo y es, por lo tanto, una realidad política que nace con dinámica propia”. Esto, entendiéndolo en un mayor contexto, representa una seria amenaza para quienes, desde el momento inmediato a la disolución de la República de Colombia, conformada por Nueva Granada, Quito y Venezuela bajo los auspicios unionistas del Libertador Simón Bolívar, han detentado habitualmente la hegemonía política y económica en este país, sometiendo a la explotación, la pobreza y la marginación a millones de sus conciudadanos.

 

“El problema de Colombia -escribe Gabriel Ángel, escritor y analista insurgente, en artículo titulado Los silencios de los verdaderos enemigos de la paz- es que hay una casta enquistada en el poder, ligada a los más sucios negocios y la más descarada corrupción, con redes nefastas en todas las instituciones, acostumbrada a solucionar todos los problemas por medio de la violencia, la guerra y el crimen”. Resulta, por tanto, complicado anticipar un cambio inmediato en la manera como estos grupos entienden que debe ser el funcionamiento de la política y del Estado, es decir, en beneficio de los intereses de una minoría y no de una amplia mayoría, como lo demanda la población colombiana en general. En el plano regional, el final del conflicto colombiano podría derivar en un incremento de la ofensiva imperialista gringa y sus aliados contra el gobierno de Venezuela, asegurada en cierta forma la paz social del vecino país y habida cuenta que algunos grupos paramilitares serían utilizados para promover violencia, terrorismo y desestabilización de este lado de la frontera, buscando completar -obtenido el éxito de la derecha local en naciones como Argentina y Brasil- el arrinconamiento y la liquidación de los gobiernos progresistas y/o de izquierda que surgieran entre finales del siglo 20 e inicios del presente siglo, lo que representó para las elites dominantes de Estados Unidos un revés que disminuyó considerablemente su papel hegemónico en esta parte del continente americano y que ahora procura revertir de un modo definitivo.-   

   

EL “BIG BROTHER” NOS ACECHA

EL “BIG BROTHER” NOS ACECHA

Zbigniew Brzezinski, ex-consejero de Seguridad Nacional durante el mandato de James Carter, esbozó en su libro “Entre dos edades: El papel de Estados Unidos en la era tecnotrónica” (1971) que “la era tecnotrónica involucra la aparición gradual de una sociedad más controlada y dominada por una élite sin las restricciones de los valores tradicionales, por lo que pronto será posible asegurar la vigilancia casi continua sobre cada ciudadano y mantener al día los expedientes completos que contienen incluso la información más personal sobre el ciudadano, archivos que estarán sujetos a la recuperación instantánea de las autoridades”.

En consecuencia, de estarse encaminando el mundo contemporáneo a esta eventualidad nada imposible, se estaría presenciando la supresión de la democratización de internet, limitándose y censurándose la información compartida que circula por las diversas redes sociales existentes, gran parte de la cual (a excepción de algunas frivolidades) ha permitido que los pueblos adquieran una mejor conciencia respecto al contexto de opresión, desigualdad y explotación en que viven, rebelándose (individual y/o colectivamente) en contra de la historia, los enfoques y las versiones oficiales que ocultan verdades inconvenientes.

Lo que ya anticipara George Orwell en su conocida distopía “1984”, donde los seres humanos habitan un mundo controlado por un poder corporativo invisiblizado que los avasalla manteniéndolos en la más extremada estratificación social y subsistencia, al mismo tiempo que les exige una absoluta fidelidad “patriótica”, so pena de ser juzgados y ejecutados al transgredir, con su actitud, las normas del Estado, representado por el “Big Brother” omnipresente. Incluso, se ha planteado que - a semejanza de “1984”- el planeta sea regido por bloques de poder, los cuales estarían obligados a mantener un equilibrio geopolítico para impedir confrontaciones mayores entre los mismos.

En concordancia con lo anteriormente expuesto, “en el contexto de la confusión y sumisión de las conciencias -refiere Vicente Romano en su libro ‘La intoxicación lingüística. El uso perverso de la lengua’-, la manipulación se entiende como comunicación de los pocos orientada al dominio de los muchos. Se manipula cuando se producen deliberadamente mensajes que no concuerdan con la realidad social”. Con esta estratagema, los sectores dominantes se aseguran de conseguir la pasividad política de los sectores populares subordinados. Atendiendo a esto, la derecha neoliberal quiere desviar la atención respecto a los graves problemas originados por sus programas económicos hacia el logro de la eficacia, sorteando así el cotejo ideológico que podría dejar al desnudo sus verdaderos intereses.

Así que, en uno u otro sentido, las consignas repetitivas presentes en la sociedad orwelliana (“La guerra es la paz”, “La libertad es la esclavitud” y “La ignorancia es la fuerza”) estarían materializándose en el mundo de hoy; especialmente en Estados Unidos, a propósito de la Ley Patriota promulgada bajo el mandato de George W. Bush tras el derribo de las Torres del World Trade Center (Centro Mundial de Comercio) de Nueva York; amenazando con extenderse a otras naciones con la excusa de brindarle seguridad a una población que, eventualmente, sería blanco de los ataques del terrorismo, el cual -para mayor conveniencia de los sectores dominantes- resultaría ubicuo, pudiendo atribuírsele por igual a cualquier nación, gobierno o grupo que se resista a la hegemonía e intereses de los grandes centros de poder mundial.

A ello se agrega la compulsión de seudo-necesidades de bienes y servicios, algunos de los cuales se inscriben en este complot para dominar a poblaciones enteras, como lo es el uso de las redes sociales de internet, con acceso a infinidad de datos suministrados voluntariamente por las personas que se valen de las mismas.

Gracias a este suministro voluntario, los comandos estratégicos y las agencias de inteligencia de los grandes centros de poder mundial (mayormente, estadounidenses) tienen la ocasión de estudiar la idiosincrasia y tendencias seguidas de quienes se hallan conectados a dichas redes, proveyéndoles los datos necesarios para el estudio y la ejecución de cualquier plan de desestabilización que les asegure obtener los objetivos trazados, es decir, el resguardo firme de su rol hegemónico.

Por ello, no sería ilógico conjeturar que la humanidad -con sus prejuicios, miedos y manipulaciones de toda índole- esté comenzando a ser acechada por un “Big Brother” omnipresente, omnímodo y omnipotente, desprovisto de una fisonomía visible, contra el cual pareciera estrellarse fatídicamente toda pretensión de vida democrática y de libertades constitucionalmente garantizadas, si éstas no encajan en el marco de intereses políticos y económicos de los sectores dominantes; lo que exigiría de los sectores revolucionarios adquirir una mayor conciencia de la realidad del sistema-mundo en que vivimos y de los mecanismos alternativos que habría que poner en marcha para alcanzar, sin divisiones de clases ni lógica capitalista, un mejor modelo civilizatorio.- 

DONALD O HILARY, EL MISMO

DONALD O HILARY, EL MISMO

En ocasión de las precandidaturas presidenciales en Estados Unidos de Hilary Clinton, por el Partido Demócrata, y Donald Trump, por el Partido Republicano, muchos son los analistas que vaticinan un endurecimiento de la política imperialista e injerencista de este país, envolviéndolo en un eterno estado de guerra y en abierta confrontación con los poderes fácticos representados por Rusia y China, lo que desencadenaría el estallido de una nueva confrontación mundial que pondría a la humanidad al borde de su total destrucción; cuestión que no se podría poner en duda de antemano, dados los discursos y posiciones adoptados por cada uno de ellos.

Todo esto repercutiría, sin duda, de inmediato al sur de las fronteras estadounidenses, buscando mantener la hegemonía tradicionalmente ejercida sobre los países de Nuestra América, sobre todo cuando tal hegemonía fuera desafiada por experiencias revolucionarias y/o progresistas brotadas a finales del siglo XX y comienzos del presente.   

Para la geopolítica imperial de Estados Unidos es vital el control directo de las riquezas de las naciones de Nuestra América. Con tal propósito, sus diferentes gobiernos se han encargado de diseminar estratégicamente a lo largo y ancho del territorio americano un conjunto de bases militares; al mismo tiempo que ponen en práctica estrategias diversas de manipulación y de respaldo activo (político y económico) a los sectores de la derecha asociados a sus intereses.

Contando con estos últimos, Washington consiguió trastocar el rumbo seguido por gobiernos y pueblos de Nuestra América durante las más recientes décadas mediante la activación de instrumentos de guerra no convencional y golpes «blandos» (como los aplicados en Honduras, Paraguay y, más cercanamente en Brasil), focalizando su atención en Bolivia, Ecuador y Venezuela; logrando que Argentina y Brasil hayan vuelto a su órbita, a pesar de la resistencia mostrada en las calles por sus pueblos. Esto le ofrece al régimen imperialista la oportunidad de abrir brechas que deshagan todo el proceso de integración latinoamericana y caribeña adelantado en contra de su hegemonía.

Sin embargo, esta ambiciosa pretensión imperialista no parece seguir un curso lineal y acertado como se esperaba en Washington, especialmente en lo relacionado con Venezuela. “Lo cierto es que este Estados Unidos en etapa preelectoral -como lo expone Aram Aharonian en su artículo ‘Venezuela: Entre el colapso anunciado y la realidad de la calle’ - teme la posibilidad de un estallido en Venezuela, sobre todo porque la paz en la región no la puede garantizar nadie: ni el enclenque gobierno interino brasileño ni el del “gerente” Mauricio Macri, de Argentina, preocupados por eventuales estallidos en sus propios países. EEUU no está en condiciones, tampoco, de afrontar otra zona de conflicto como la de Medio Oriente o la de África”.

Estas aprehensiones imperiales nacen de la factibilidad (nada descartable) de no poder controlar una situación que suscitaría una rebelión popular generalizada que podría, incluso, envolver a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en Venezuela; sin que haya un centro de mando único con el cual pactar algún tipo de gobernabilidad con que se restablezca el orden interno y, eventualmente, el aseguramiento del poder por parte de los sectores de la derecha.

Bajo tal circunstancia, el imperialismo gringo estará mejor dispuesto a emplear otros mecanismos para lograr la caída de Maduro, quizás ofreciendo acuerdos con garantías que animen al chavismo gobernante a salir del país y a facilitar un régimen de transición que restablezca el sistema de democracia representativa tan de su gusto; cuestión que le obligaría a fijar su atención en dirigentes opositores con una menor inclinación hacia el extremismo político mostrado por otros (ansiosos de desatar un baño de sangre, al estilo Daesh, para acabar con todo vestigio chavista y revolucionario).

Para las estructuras hegemónicas de poder de Estados Unidos, el plan fundamental continuará siendo el mismo, a excepción de sus tácticas, como lo ha hecho respecto a Cuba (a pesar del bloqueo económico, las agresiones y las amenazas yanquis durante más de cincuenta años consecutivos).

Esto debiera servir para prever escenarios. Amerita el diseño y puesta en marcha de un plan de acciones conjuntas que apunten al logro de verdaderos cambios revolucionarios. Por consiguiente, la lucha tendrá que apuntar a la construcción de un nuevo modelo civilizatorio, de unas nuevas relaciones de poder y de unas nuevas relaciones de producción; independientemente del “cambio” imperial encarnado por Donald Trump e Hilary Clinton-. 

LOS PLANES IMPERIALISTAS Y LAS NUEVAS REVOLUCIONES

LOS PLANES IMPERIALISTAS Y LAS NUEVAS REVOLUCIONES

“Golpes blandos”, “rebeliones populares”, “revoluciones de colores” y campañas de desinformación a gran escala son los elementos distintivos de los planes de desestabilización aplicados por el imperialismo gringo y sus aliados de la derecha en gran parte del mundo, ya sea en Oriente Medio, Europa del este o, más cercanamente, en Nuestra América; todos con un objetivo único: destruir toda posibilidad de independencia en cada uno de los países, cuyos gobiernos considera Washington como una amenaza inusual y extraordinaria a sus intereses.

Para cumplir esta meta, han sido útiles tanto los métodos convencionales (establecidos en leyes y constituciones) como aquellos que son, llanamente, crímenes políticos (aunque terminen siendo disfrazados por sus perpetradores e instigadores, resaltando la situación particular venezolana).

¿Qué ha supuesto todo esto para la estabilidad democrática de todos los países, ya sean aliados o estén “enfrentados” a Estados Unidos? En principio, un mayor clima de tensiones internas y externas. En este último caso, con Rusia y China, potencias que Estados Unidos tiene señalados en su agenda como sus principales rivales, sin dejar de lado a Irán, país al cual no deja de amagar de vez en cuando, lo mismo que a Corea del Norte. Sin embargo, la Casa Blanca se cuida de no incrementarlo, limitándose a proceder con tácticas que no lleguen a mayores consecuencias, pero actuando libremente en aquellas naciones que estima inferiores militarmente y, por tanto, más vulnerables a sus eventuales ataques.

Esto quizás se vea con una mayor preocupación del lado de Europa y Japón donde los Comandos Estratégicos (o Combatientes) gringos mantienen una presencia bélica más activa y amenazante, mientras que en la región del Oriente Medio -con Israel, Turquía y el Daesh sirviéndoles de apoyo en sus operaciones- existen circunstancias diferentes, luego de invadirse a Afganistán, Iraq y, últimamente, Siria (en esta última, contenidos por la determinación combinada de rusos y chinos).

Nuestra América, considerada desde siglos como el patio trasero de Estados Unidos, no escapa a tales planes. La mayoría de sus naciones son escenarios de un injerencismo yanqui nada disimulado, estimulado y legitimado desde las grandes cadenas noticiosas, pasando por alto el derecho a la autodeterminación y la voluntad de nuestros pueblos; procurando así acabar con las corrientes revolucionarias socialistas de nuevo signo que surgieran como reacción al neoliberalismo económico de finales del siglo pasado, con la perspectiva de poder cambiar el cariz de simples proveedores de materias primas que se les asignara en función de la división internacional del trabajo instaurada por el sistema capitalista, en un estado de dependencia casi absoluto.

De ahí que cualquier proyecto revolucionario serio que se trace el objetivo de la transformación estructural del modelo civilizatorio imperante, más allá de una mera participación electoral, tendrá que lidiar -inevitablemente- con dicha realidad y desechar de antemano la probabilidad de obtener concesiones en un ambiente ideal de paz social, lo cual sólo se producirá mediante una nueva conciencia, una vasta organización democrática (de índole horizontal) y una autonomía económico-productiva real de parte de los sectores populares revolucionarios, incluso, a pesar de no contar éstos con espacios del poder constituido en qué apoyarse.

Además, dicho proyecto revolucionario no deberá pasar por alto que el imperialismo gringo (y sus adláteres locales) tiene en mira aprovecharse del desdibujamiento creciente de las diferencias entre izquierda y derecha, promoviendo opciones aparentemente prácticas y eficaces para solventar los diversos problemas que aquejan a nuestros pueblos, -aunque tendrá que distinguirse que, al hablar de esta izquierda, se alude a la socialdemocracia y, en cuanto a la derecha, sería más exactamente el neoliberalismo- lo que coadyuvaría a hacer desaparecer, también las contradicciones de clase existentes y, por consiguiente, a neutralizar las protestas y las luchas sociales.-  

CUANDO LA DERECHA SE HACE SUBVERSIVA

CUANDO LA DERECHA SE HACE SUBVERSIVA

 

La derecha comenzó a hacerse subversiva -si le es aplicable el término- a partir de su tardía comprensión de la realidad que venía suscitando mediante la hegemonía creada, sustentada y legalizada por sus gobiernos representativos, de acuerdo a la lógica capitalista y las estructuras vigentes del Estado burgués liberal.

 

Al ocurrir el ascenso de gobiernos antineoliberales de signo progresista y/o izquierdista, cundió el espanto entre muchos miembros de las clases dominantes -antes apátridas o indiferentes a participar directamente en el escenario político, pero ahora animadas a defender a cualquier costo sus privilegios, sobre todo de tipo económico, ante el avance sostenido de los sectores populares por acceder a mejores niveles de vida- lo cual coincidió con las preocupaciones tempranas de Washington (estancado en su guerra contra Iraq y Afganistán) frente a las muestras crecientes de independencia y de antiimperialismo de tales gobiernos, respaldados, por si fuera poco, por un amplio porcentaje de la población. Todo esto comenzó a configurar una situación transformadora que los más optimistas entrevieron como una situación revolucionaria de corte socialista.

 

Esto último hizo que diferentes organizaciones e individualidades de izquierda se adhirieran de inmediato a dichos gobiernos, quizás confiando demasiado en orientarlos e influir en sus decisiones, pasando por alto que mucho de lo logrado, o por lograrse, estaría limitado por el Estado burgués liberal vigente, en un primer momento, y por el régimen económico capitalista, aun cuando se respetase éste en esencia. Algo que luego (algunos) advirtieron como irreal e ingenuo, dado su carácter reformista, a pesar del discurso “revolucionario” de sus nuevos representantes.

 

Sin embargo, otros continuaron junto a los mismos, conformándose con únicamente compartir, de algún modo, cualquier cuota de poder que se les permitiera. Ahora que la realidad económica y política se halla aparentemente en reversa, ampliando las perspectivas de restauración de los sectores de la derecha, muchos revolucionarios están reevaluando, con criterios más objetivos, la experiencia común vivida por los pueblos de Nuestra América, especialmente en Venezuela, tendiendo puentes con organizaciones e individualidades dispuestas a reimpulsar el auge logrado por las luchas populares durante las dos últimas décadas, pero esta vez buscando alejarse -sin excluir del todo su posibilidad- de los parámetros electorales habituales (campo éste propicio para que los reformistas y los aprovechadores de oficio desvirtúen cualquiera intención revolucionaria).

 

Incluso, en este mismo proceso de reevaluación, destaca la propuesta de racionalizar la revolución y el socialismo sin los dogmatismos dados a luz en otras latitudes y épocas, sin que ello signifique desechar absolutamente los aportes teóricos de sus principales representantes, ya que muchos podrían servir para el despeje de algunas interrogantes respecto a cómo sería su implementación y consolidación.

 

El problema a resolver sería el hecho que una mayoría de los sectores populares todavía responde a una cultura política basada, principalmente, en la demagogia y el clientelismo representados por muchos dirigentes, algo que, en vez de superarse, fue reforzado por algunos gobiernos de la región (fundamentalmente, locales), dejándose a un lado un necesario proceso de politización social, como lo reconociera de manera autocrítica el Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Álvaro García Linera; dedicándose a preservar los espacios del poder constituido logrados.

 

Resolverlo será una cuestión de vital importancia para el futuro de la revolución, lo que implicará disponer de una alta capacidad para el debate ideológico y político, para aceptar el ejercicio ineludible de la crítica y de la autocrítica, además de recurrir y poner en práctica una teoría creadora que se esparza desde lo macro hasta lo micro de la cotidianidad que vivamos y queramos todos vivir; lo que supondrá -sin duda- un salto cualitativo respecto a la concepción que se tiene de la revolución en términos socialistas.

 

Ello contribuiría a que el socialismo sea la alternativa con que se pueda trascender al socialismo, en oposición al capitalismo, a sus patrones de desigualdad y de discriminación sociales, de dependencia económica, de explotación y de otros aspectos negativos derivados del mismo (en lo político, lo cultural, lo espiritual, lo geopolítico, lo ecológico) que caracterizan al mundo contemporáneo.- 

 

 

LA REVOLUCIÓN FRENTE A LA ENAJENACIÓN MEDIÁTICA

LA REVOLUCIÓN FRENTE A LA ENAJENACIÓN MEDIÁTICA

 

Enajenadas por la industria ideológica al servicio de los grandes intereses hegemónicos a nivel mundial, muchas personas se hacen eco -de forma no pocas veces de manera involuntaria y/o automática- de las matrices de opinión que moldean a diario sus acciones, sus palabras y sus pensamientos, creyendo que lo hacen como respuesta de su libre albedrío. De ahí que las guerras y los conflictos internos de algunas naciones sean observados y calificados en atención a tales intereses, legitimándolos aún en contra de sus creencias más arraigadas. Gracias a esta habilidad manipuladora de la realidad, tienden a reducirse los grados de antagonismo existentes entre los sectores populares y los sectores acostumbrados a subyugarlos social, económica, cultural y políticamente, en un proceso reactivo subjetivo -previamente inducido- frente a cualquiera coyuntura que se viva, como acontece con la situación crítica de desabastecimiento y de bloqueo económico presente en Venezuela desde hace tres años.

 

Gracias al acceso a Internet, da lo mismo extasiarse y compartir fotografías o grabaciones de torturas y asesinatos de infortunados a manos de militares, policías, narcotraficantes, paramilitares o hampa común, que hacer lo mismo con alguna situación cómica. Este tipo de socialización de la comunicación ha terminado por banalizar cualquier tema de interés general, aceptándose incluso cualquier rumor o mentira como una verdad inapelable, lo que para algunas personas sonará desquiciado e inaceptable, a pesar de las muchas evidencias que se le presenten. En el peor de los casos, como ocurre en Estados Unidos y parte de Europa, el precio de la libertad es la vigilancia ejercida por los diversos organismos de inteligencia del Estado, obligando a los ciudadanos a sacrificar sus derechos más elementales en función de la seguridad que éste pueda brindarle ante un enemigo potencial, interno o externo.

 

Randolph Hearst, periodista, editor, publicista, empresario, inversionista, político y magnate de la prensa estadounidense, quien descubrió la importancia de la mentira para reforzar sus dividendos y resguardar intereses políticos, jamás encubrió el menosprecio que sentía por la población que consumía sus mentiras a través de su cadena de periódicos. Su máxima era simple y clara: "Nadie ha perdido dinero invirtiendo en la poca inteligencia de los lectores". El mundo contemporáneo ve sin mucho estupor cómo esta máxima de Hearst se extiende por todas partes, a tal grado que Paul Joseph Goebbels, el ministro para la ilustración pública y propaganda de la Alemania nazi, queda plenamente reivindicado por quienes en la actualidad se encargan de mantenernos bien “informados”.

 

En contraste, «la actividad ideológica revolucionaria no puede ser esquemática o dogmática -como lo señala Fabián Escalona en La guerra sicológica y la lucha ideológica- y debe conocer cuáles son los ejes de la guerra sicológica para, en consecuencia, tenerlas en cuenta en su accionar que, por supuesto, persigue objetivos más abarcadores, en tanto expone las ideas sociales más avanzadas de nuestra era. Para ello será necesario que se apoye en nuestros medios de comunicación, las organizaciones políticas y de masas, canales insustituibles para dialogar con el pueblo, persuadir y convencer acerca de nuestras verdades y razones».

 

Persuadidos de la importancia de la comunicación a todos los niveles para impulsar y orientar la lucha popular, los movimientos revolucionarios tienen ante sí la responsabilidad inmediata de neutralizar la guerra sicológica diseñada y puesta en práctica por los centros de poder hegemónicos, ya que -de no hacerlo- se corre el riesgo de perder toda posibilidad de vencer sus pretensiones, ya sea a corto o a largo plazo.

 

En su artículo «La falsificación de El Caracazo como nuevo método golpista», Bruno Sgarzini explica que «precisamente en América Latina es donde este modelo se encuentra en plena sofisticación para intentar darle el interesado carácter popular al golpe, ya no con la variante de manitos blancas sino con movimientos como en el que Brasil irrumpió en 2013 con una supuesta protesta espontánea contra la suba de pasajes, que terminó por ser el inicio de un complejo e imbricado proceso golpista contra Dilma Rousseff».

 

Precisamente, la derecha ha entendido que puede revertir el avance revolucionario de los pueblos con una tergiversación continuada de experiencias históricas y, últimamente, de conceptos que pudieran reforzar las posiciones de las fuerzas revolucionarias. Es por eso que existe una sincronización -casi perfecta- de la derecha para mantener a flote sus matrices de opinión, contando para ello con los avances en materia comunicacional; lo que exige de una mayor creatividad y asertividad de parte de los movimientos revolucionarios para defender sus propuestas y alterar a su favor la correlación de fuerzas existente, pero sobre todo develarle al pueblo la realidad que hará totalmente posible su verdadera emancipación.-   

LA RECOMPOSICIÓN IMPERIAL SOBRE NUESTRA AMÉRICA

LA RECOMPOSICIÓN IMPERIAL SOBRE NUESTRA AMÉRICA

 

Al margen de todo razonamiento ideológico que lo justifique a plenitud, Estados Unidos inició y mantiene una militarización generalizada en todo el continente americano bajo la excusa, primero, de la guerra contra las drogas y, posteriormente, contra el terrorismo internacional. No obstante, la propaganda a su favor no ha podido evitar establecer una relación entre la guerra contra las drogas y la escalada de violencia que se vive en cada país involucrado en la misma, además del alto consumo de drogas que se produce en el mismo territorio estadounidense.

 

Con ello, el imperialismo gringo ha ido conformando en Nuestra América un colonialismo sin territorialidad, contando con el beneplácito de algunos gobiernos confabulados con sus intereses económicos, ideológicos y geopolíticos. Además, en la actualidad, se observa cómo Estados Unidos -en un ejercicio de malabarismo legal para eludir cualquier tipo de acusación respecto a la violación de sus propias leyes, especialmente en materia de derechos humanos- le ha permitido a sus grandes corporaciones transnacionales contar con ejércitos privados, autorizados para supervisar y perpetrar operaciones militares en reemplazo de sus tropas regulares; todo lo cual procura minimizar el impacto que esto podría causar entre la opinión pública interna.

 

Este sería el gran paso a dar por el imperialismo gringo para ejercer un dominio indiscutible en toda Nuestra América, salvada las situaciones planteadas por los gobiernos progresistas y/o izquierdistas surgidos, principalmente, en Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y Venezuela, los cuales dieran muestras de independencia y, de uno u otro modo, deshicieron los propósitos hegemonistas estadounidenses contemplados en el ALCA, formulando en su lugar la creación de organismos multilaterales (ALBA-TCP, CELAC, UNASUR) que incluyeran sólo a naciones caribeñas y latinoamericanas.

 

Controlado nuestro continente, Estados Unidos extendería su autoridad imperial al resto de los continentes, utilizando todos los recursos a su disposición, sean éstos militares, diplomáticos o económicos, como ya lo ha hecho y aspira hacerlo exitosamente respecto a China y Rusia; integrando con sus aliados europeos de la OTAN lo que ya algunos denominan un imperialismo colectivo, destinado a gobernar el planeta entero, sin la existencia de mecanismos arbitrales independientes que cuestionen y sancionen sus actuaciones en contra de gobiernos y pueblos, como ocurre con la ONU y, más cercanamente, la OEA.   

 

En este sentido, como lo reseña Juan Pérez Ventura, “la idea de un gobierno mundial controlado por una pequeña élite financiera y económica es cada vez más aceptada por la sociedad. Con la última crisis económica se ha puesto en evidencia que no son los gobiernos los que controlan los países, sino organismos de rango superior a los propios ministros y presidentes. Las decisiones que se toman en cualquier país parecen estar continuamente influenciadas (directa o indirectamente) por entidades como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial del Comercio (OMC)… etc. Entidades cuyos líderes no han sido elegidos por la ciudadanía y, por lo tanto, están tomando decisiones decisivas sin legitimidad democrática”. Para ello, explotan en su provecho el estado de incertidumbre y de indefensión en que se encuentra un porcentaje creciente de la población -ocasionado, entre otras cosas, por el ciclo de militarización (interna y externa), de ofensiva contra diversas regiones del mundo y las crisis económico-financieras protagonizadas y estimuladas periódicamente por las grandes corporaciones transnacionales- induciendo de esa manera la necesidad de elegir gobiernos más identificados con sus líneas económicas neoliberales y conformados, esencialmente, por funcionarios extraídos de sus nóminas; asegurándose de esta manera que sus inversiones no corran ningún riesgo a manos de gobernantes progresistas, nacionalistas y/o izquierdistas, respaldados por los sectores populares.

 

En el caso de la recomposición imperial proyectada por Estados Unidos sobre Nuestra América, hará falta que se comprenda la necesidad perentoria de configurar amplios movimientos sociales y políticos revolucionarios decididos a luchar por el establecimiento de un nuevo modelo civilizatorio, a articular acciones de integración efectivas y a frenar, colectivamente, los procesos contra-revolucionarios actuales.-

  

EL MAYOR ESCOLLO DE LOS REVOLUCIONARIOS

EL MAYOR ESCOLLO DE LOS REVOLUCIONARIOS

 

La influencia ejercida por la industria ideológica, el monopolio del saber, y la propiedad privada de los grandes medios de producción constituye, básicamente, el mayor escollo estructural con el que se tropezarán los revolucionarios para la realización y la consolidación de un nuevo modelo civilizatorio, cuyo eje central sea la emancipación integral de todas las personas. A fin de demoler esta difícil realidad, será preciso que las nuevas formas asociativas de producción que surjan (llámense mutualistas, colectivistas y/o comunistas), como también aquellas de origen particular, tiendan a romper -de raíz- la división jerárquica del trabajo y la concepción económica individualista impuestas por el sistema capitalista; todo lo cual tendría que ser acompañado, necesariamente, por la adopción de una nueva conciencia, (individual y colectiva) que se refleje también en el establecimiento de nuevas relaciones de poder que reduzcan la dicotomía entre gobernantes y gobernados, e impongan, por tanto, la práctica de una democracia consejista y directa. Esto obliga, por supuesto, sin concesiones ni excusas que la impidan o posterguen, a una redefinición de algunos conceptos relacionados con las nuevas realidades por conformar.

 

Así, el poder, la política y el Estado (lo mismo que la espiritualidad, la cultura, la economía y otros elementos que podrían abarcarse sin menoscabar el propósito central trazado) tendrían que observarse y comprenderse bajo la luz de nuevos paradigmas, todos ellos como resultado de la acción y de la revisión constante de organizaciones políticas revolucionarias de nuevo tipo. No se trataría de recurrir (como algunos proponen y muchos siguen mecánicamente) al uso de fórmulas desgastadas, cuyo objetivo es paliar la crisis por la que atraviesan el capitalismo y el Estado burgués liberal vigentes, todas ellas transitorias, que no erradicarían, por muchos esfuerzos que se hagan, las verdaderas causas que la originan, dando lugar -por ende- a su eventual resurgimiento; crisis que además, vale decirlo, es expresión visible de una profunda crisis civilizatoria.

 

Bajo este entendimiento, René Zavaleta nos dice en su libro «La autodeterminación de las masas», siguiendo a Carlos Marx, que «el modo de producción de la vida material determina (Bedingen) el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de éstos, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. […] Se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, todo el inmenso edificio erigido sobre ella».

 

Por ello, conceptos como la "selección natural" y la "lucha por la vida", convertidos ahora en dogmas económicos por obra y gracia de la dictadura corporativa que trata de dominar todo el escenario económico mundial, conspiran contra la posibilidad cierta de transformar radicalmente el modelo de civilización actual, según la visión de los sectores populares explotados, oprimidos y marginados de todo nuestro planeta. Esto evidencia el alto grado de manipulación ideológica desarrollado por los centros hegemónicos corporativos, de lo cual da cuenta Juan Pérez Ventura, Director de la web ‘El Orden Mundial en el S.XXI’, en su artículo ‘El club Bilderberg’, al afirmar que "la idea de un gobierno mundial controlado por una pequeña élite financiera y económica es cada vez más aceptada por la sociedad. Con la última crisis económica se ha puesto en evidencia que no son los gobiernos los que controlan los países, sino organismos de rango superior a los propios ministros y presidentes. Las decisiones que se toman en cualquier país parecen estar continuamente influenciadas (directa o indirectamente) por entidades como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial del Comercio (OMC)… etc. Entidades cuyos líderes no han sido elegidos por la ciudadanía, y por lo tanto están tomando decisiones decisivas sin legitimidad democrática".

 

Esto obliga a los revolucionarios a producir alternativas que oscilen entre lo electoral y el ejercicio de poder territorial y hegemónico a manos de los sectores populares organizados, esto último sin que haya dependencia alguna respecto al Estado, dada su configuración burgués liberal, lo que se combatirá y erradicará, de modo que resulte factible la democracia consejista y directa. Por eso, cabe esperar que los revolucionarios usen su arsenal teórico, ausculten debidamente la realidad social y elaboren, lo más comprensiblemente posible, propuestas viables a ser asumidas y concretadas de manera constituyente por los sectores populares organizados, superando los límites, las contradicciones y los obstáculos que cercenan sus aspiraciones largamente excluidas y postergadas; además del escollo estructural, para lograr la revolución.-