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LA DERECHA Y LOS ALQUIMISTAS DE LA «REVOLUCIÓN»

LA DERECHA Y LOS ALQUIMISTAS DE LA «REVOLUCIÓN»

En coincidencia con Marcelo Colussi, escritor y politólogo de origen argentino, habría que admitir que «la derecha política se ha ido apropiando paulatinamente de lo que años atrás era el discurso de la izquierda. Eso es gatopardismo: cambiar algo para que no cambie nada. Hoy, sin ningún temor, los organismos financieros internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional pueden denunciar la situación económica del mundo y hablar de lucha contra la pobreza. Eso puede parecer loable; pero ¡cuidado! Luchar contra la pobreza no es lo mismo que luchar contra la injusticia, contra las verdaderas causas que producen la pobreza».

 

Mediante este mimetismo, la derecha explota a su favor el hecho innegable que todos los pueblos de Nuestra América (y de una vasta porción del planeta) han sido -en uno u otro sentido- permeados y adoctrinados secularmente por la creencia generalizada que el capitalismo y, con él, todo lo que conforma el orden social vigente, jamás podría modificarse, por muchos esfuerzos que se hagan para conseguirlo. Esto ha inducido la aparición de quienes se granjearían la denominación de “alquimistas de la revolución” (entendiendo ésta como algo que parece revolución, pero que no lo es, siendo más bien simple reformismo), distorsionando dicho concepto en función de una práctica totalmente ajena a lo que el mismo conlleva y debe entenderse, sobre todo, cuando éste se acompaña con un discurso de carácter socialista.

 

Además de lo anteriormente expuesto, podríamos agregar lo concluido por Marcos Roitman, sociólogo y ensayista chileno-español, en un análisis titulado “El triunfo cultural del neoliberalismo" respecto a que “el éxito cultural del neoliberalismo consiste en desvirtuar los proyectos sociales democráticos, emancipadores y de izquierda en una opción dependiente del mercado, los medios de disuasión y desinformación social y la telefonía móvil. Un mundo despolitizado y desideologizado es la mejor garantía para el gobierno de la derecha, que hace posible que proyectos considerados transformadores puedan declamar, como un dogma de fe, no ser ni de derecha ni de izquierda. Todo un éxito del neoliberalismo cultural".

 

Ello se puede percibir en la posición adoptada por muchas personas que piensan sólo en sí mismas, sin importarles la suerte corrida por los demás, lo que las hace estar predispuestas a aceptar cualquier régimen en tanto él no afecte sus intereses particulares y se les permita aprovecharse de la ocasión, así esto contribuya a agudizar las tensiones sociales, las desigualdades y la inestabilidad económica en un sentido general. Esto explica el por qué este tipo de personas son renuentes a reconocer lo que es y podría significar el pasado histórico en el impulso de las diversas transformaciones que se requieren en el presente, aduciendo (cuando cree que es necesario) que éste es algo obsoleto, sin nada práctico que aportar al mundo moderno donde lo meritorio es alcanzar el éxito individual, social, política y económicamente, así se carezca de una moral mínima que lo realce.

 

Para quienes promueven la imposición del neoliberalismo económico y el imperialismo corporativo a escala planetaria, este sería el estado ideal de la sociedad que aspiran regir indefinidamente y sin contratiempos de ninguna especie, esperando que sus integrantes -a pesar de las diversas destrezas y altos grados académicos que exhiban- actúen de una manera equivalente a la de unos zombis, absortos únicamente en su autocomplacencia e incapaces de ejercitar su libre albedrío frente a las realidades re-creadas y manipuladas a su antojo por los sectores dominantes, a través de sus cadenas informativas y la gran industria ideológica a su entero servicio.

 

Por eso, al plantearse la puesta en marcha de un necesario proyecto revolucionario en estos y otros países del mundo, inevitablemente se tendrá que lidiar sostenidamente con esta ideología inculcada a través de largos años por las clases dominantes, lo que exigirá de sus conductores emprender una revolución cultural que reivindique la idiosincrasia y la memoria histórica de sus pueblos.

 

No podría ser de otra manera, asumiendo que la revolución tiene como objetivo fundamental lograr la transformación estructural del actual modelo civilizatorio. No otra cosa podría acometerse en momentos que el discurso aparentemente incoloro y desprovisto de contenidos clasistas revolucionarios, tanto de los grupos de la derecha como de los “alquimistas de la revolución”, está enfilado a desarmar, básicamente, a los sectores populares, ilusionándolos con soluciones cortoplacistas en relación a la serie de problemas que confrontan a diario, sobre todo si éstos -como ocurre actualmente- son de género económico.-

DE LA CULTURA BURGUESA A UNA REVOLUCIONARIA

DE LA CULTURA BURGUESA A UNA REVOLUCIONARIA

 

Para que se produzca y se consolide una auténtica revolución política, social, económica y cultural es preciso crear y expandir -hasta en sus mínimos detalles- las condiciones objetivas y subjetivas que la harán factible. Sin embargo, todo esto no será producto del azar, de una simple evolución de los acontecimientos o de la voluntad de algún líder carismático sino de una nueva cultura que tienda a diferenciarse radicalmente de aquella que ha estado en vigencia desde muchos siglos, la cual legitima el derecho casi sagrado de las clases dominantes a detentar el poder, del que se deriva la división jerárquica entre gobernantes y gobernados, así como también entre explotados y explotadores. Gracias a tal cultura, aceptaríamos sin chistar la subordinación neocolonial de muchas naciones respecto a las potencias hegemónicas del mundo, la discriminación en todas sus expresiones y el fatalismo inculcado entre las personas que les hace ver cualquier cambio como nocivo para sus vidas, llegando incluso a combatirlo fanáticamente. 
 
Recurriendo a lo manifestado por Marta Harnecker en 2014, “se requiere de una nueva cultura de izquierda: una cultura pluralista y tolerante, que ponga por encima lo que une y deje en segundo plano lo que divide; que promueva la unidad en torno a valores como la solidaridad, el humanismo, el respeto a las diferencias, la defensa de la naturaleza, rechazando el afán de lucro y las leyes del mercado como principios rectores de la actividad humana". En consecuencia, la revolución -siendo anticapitalista, antiburguesa y antiimperialista- tendrá que ser una realidad en construcción diametralmente opuesta al orden establecido. 
 
No obstante, aún cuando muchos lo piensen y lo quieran de un modo distinto, este proceso de construcción de una cultura revolucionaria de izquierda no podrá circunscribirse únicamente al país en que ésta se geste. Debería orientarse al logro y enriquecimiento de una visión incluyente, de aceptación de otras manifestaciones de la cultura humana en un sentido general, en pie de igualdad, sin discriminación alguna, todo en función de asegurar el respeto y la comprensión que merecen todos los pueblos del planeta; lo que supondrá, por consiguiente, un cambio profundo en relación a lo que es y ha sido el derecho internacional, ahora gravemente vulnerado por las apetencias e injerencismo imperialistas de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN. 
 
Esto exigirá adelantar acciones pedagógicas puntuales que contribuyan a ver en su verdadero contexto la realidad edificada según los patrones eurocentristas y cómo se nutrió el capitalismo desarrollado por Europa y Estados Unidos gracias a la dominación colonial y neocolonial, la explotación de recursos naturales y de mano de obra barata (esclavizada y/o semi esclavizada) y la complicidad cínica de grupos minoritarios de los países periféricos. Por ello, esta cultura de izquierda tiene que trascender lo meramente reivindicativo y local, convirtiéndose en uno de los ejes de la resistencia y de la formación de una conciencia revolucionaria con que contarán nuestros pueblos para defender y preservar su identidad y su derecho a la autodeterminación. De ella deberán surgir los paradigmas nuevos que caracterizarían en lo adelante el modelo civilizatorio que propiciará la emancipación integral de las personas, sin que esto pueda descalificarse desdeñosamente como utopía, ignorando la carga subversiva que la misma implica. 
 
Por demás, sería redundante aclarar que esta cultura de la izquierda revolucionaria abarca algo más que el ámbito intelectual, privilegiándose -en muchos casos- lo que otros mal señalarían de cultura popular como expresión visible de la lucha de resistencia sostenida a través del tiempo por nuestros pueblos frente a la uniformidad implícita que trae consigo la imposición de una única forma de actuar y pensar, en función de los objetivos perseguidos por los grandes centros de poder hegemónicos.

 

LA BATALLA REVOLUCIONARIA ANTICAPITALISTA

LA BATALLA REVOLUCIONARIA ANTICAPITALISTA

 

Respecto al capitalismo y al sistema jurídico, social y político erigido a su alrededor hay una verdad inequívoca: la generación de desigualdades de toda especie. Especialmente cuando este capitalismo es hiperconsumista, con un número creciente de consumidores altamente dependientes transformados en masas acríticas y esclavizadas que apenas se animan a conocer en profundidad la realidad que los envuelve a diario. 
 
En cierta medida, quienes controlan el capitalismo globalizado han implementado lo que podría denominarse colapso controlado, echando mano a métodos que en tiempos pasados se reducían a la opción única de la guerra. Hoy, el sistema capitalista cuenta con una industria ideológica influyente, más eficaz que en épocas anteriores, cuyas líneas maestras de manipulación son replicadas cotidianamente por los diversos medios de información a escala local e internacional, lo que sirve para implantar como cierta una realidad inexistente. 
 
Por eso, en la batalla revolucionaria contra el capitalismo no pueden obviarse los efectos causados por éste en la psiquis de una generalidad de seres humanos (incluidos aquellos que se considerarían de izquierda y/o revolucionarios), lo que dificulta enormemente una mejor comprensión de lo que debe hacerse a la hora de atacarlo, reducirlo y sustituirlo por otro más acorde con las aspiraciones y necesidades colectivas. En este caso, se tendría que revertir la convicción común respecto a que todo cambio es imposible y, de ser factible, termina por degenerarse, por lo que todo esfuerzo resultará inútil. De esta forma, el problema de la explotación capitalista y de la redistribución equitativa de la riqueza (producida entre todos, pero que favorece a una minoría) se mantiene latente; haciéndose, por tanto, necesario promover y emprender un proceso de análisis crítico de la realidad presente, aún cuando se choque con ataduras y posiciones sectarias que dificultarán su normal desarrollo, cosa que debiera plasmarse en una práctica auténticamente transformadora, protagonizada y sustentada directamente por los sectores populares, más allá de una concepción eminentemente reivindicativa y localista. 
 
Esto último -a grandes rasgos- implica la construcción colectiva de diferentes formas autónomas de democracia directa de base, a semejanza de lo preludiado, con sus diferencias, a finales del siglo XIX, por los revolucionarios y las revolucionarias de la Comuna de París; cuestión que -a la larga- de ampliarse, entrará en inevitable confrontación y contradicción con el Estado burgués liberal vigente. Así, como consecuencia de este proceso revolucionario en manos de un pueblo consciente y organizado, habría entonces el inicio de una transformación estructural extendida a todos los ámbitos del actual modelo civilizatorio, a pesar de que sus manifestaciones no tengan todavía lugar en un tiempo inmediato. 
 
Por consiguiente, la batalla revolucionaria contra el capitalismo no puede limitarse a la simple pretensión de lograr una hegemonía político-partidista (como se persigue habitualmente en las naciones de nuestra América), ya que ello provocará situaciones paradójicas contraproducentes en cuanto a lo que constituiría el cometido fundamental de todo proceso revolucionario de cambios: la construcción de un modelo civilizatorio alternativo, propiciándose las condiciones adecuadas para que esto sea posible por medio del ejercicio constituyente del poder, la auto organización, la autonomía y la autogestión económica del pueblo.-

 

CHÁVEZ, EL SOCIALISMO Y LA DIGNIFICACIÓN DE LOS EXCLUIDOS

CHÁVEZ, EL SOCIALISMO Y LA DIGNIFICACIÓN DE LOS EXCLUIDOS

Durante los diversos regímenes adecos y copeyanos -a su modo, demócratas de altos quilates y fieles representantes de la soberanía popular- hubo en Venezuela una deuda social (y moral) que fue en aumento a medida que transcurría el tiempo, tapada en discursos de ocasión que únicamente servían para disfrazar la realidad del país ante los ojos del mundo, pero que se hacía evidente por doquier.

 

Trabajadoras y trabajadores, sobre todo de áreas rurales, que no gozaban de mejoras socioeconómicas, ni del derecho a la libre sindicalización; niños y jóvenes sin mayores posibilidades ni estímulos para proseguir sus estudios y superar la pobreza en que se encontraban; familias hacinadas en casuchas, o ranchos, olvidados en zonas marginales desprovistas de los más elementales servicios públicos; pueblos aborígenes utilizados como recreación de turistas y objeto de estudio de antropólogos y otros científicos sociales para sus publicaciones y tesis de grado, aplicando, por cierto, patrones aprendidos en universidades del extranjero; cultores y tradiciones populares que, por su extracción popular, no eran valorados a la par de manifestaciones artístico-culturales de la llamada civilización occidental, siendo relegados a un segundo plano, a tal punto que se consideró inaceptable e inconcebible que el Teatro Teresa Carreño sirviera de escenario para alguna de sus presentaciones al público.

 

Todo esto contrastaba con el mito creado alrededor del Pacto de Punto Fijo y de la ilusión de armonía nutrida generosamente por el rentismo petrolero que le daba existencia al clientelismo político ejercido indistintamente por AD y COPEI hasta, aparentemente, 1998 cuando el Comandante Hugo Chávez es electo presidente de la república. Sin embargo, todavía el diagnóstico de la fenecida era puntofijista resultará incompleto si no se menciona la situación de exclusión, vulnerabilidad y abandono padecida por miles y/o millones de venezolanos y venezolanas con algún tipo de discapacidad o con diversidad funcional, algunos encerrados en sus casas, sin derecho a vivir con la dignidad que todo ser humano se merece siempre, lo que repercutía negativamente en su autoestima y en la de sus familiares, mientras otros se hallaban en la indigencia, a la merced de la buena voluntad de instituciones benéficas y de quienes se cruzaran por su camino, en muchas ocasiones de modo esporádico.

 

Gracias a la comprensión de su papel histórico como líder popular, a su sensibilidad humana y a su empeño por construir una alternativa socialista de nuevo tipo en Venezuela, el Presidente Chávez comenzó a liquidar esa vieja deuda social (y moral) largamente acumulada, dando nacimiento a Misiones sociales dirigidas a atender a cada grupo poblacional y cada situación que requiriese la atención puntual del Estado.

 

En este marco, dándosele cumplimiento al artículo 81 de la Carta Magna, aquellas personas con alguna clase de discapacidad o necesidades especiales comienzan a experimentar un proceso continuo de dignificación, desde la sustitución de términos que ya de por sí les imponían una condición de sub-humanos o en segundo grado como, por ejemplo, el de inválidas, luego, el de minusválidas e incapacitadas hasta llegar a definirlas como personas con discapacidad, cambiándose la concepción que se tenía respecto a las mismas. Este mismo proceso -que se busca profundizar a través de la Misión José Gregorio Hernández- ha logrado la visibilización, la equiparación de oportunidades, la inclusión en el sistema educativo, las condiciones laborales apropiadas y la promoción de una formación acorde con las capacidades particulares de cada una de estas personas.

 

En la actualidad, una gran porción de este importante sector de la población ha sido dignificado, tiene presencia social, económica y política, es protagonista de su propio desarrollo integral y mantiene activo su respaldo permanente al proyecto de la Revolución Bolivariana, como lo viene demostrando desde hace años atrás hasta el presente.

 

Todo esto dado que el propósito del socialismo bolivariano está encuadrado en una visión humanista, totalmente distinta a la comúnmente subrayada bajo el régimen capitalista, la cual excluye, explota y degrada a las personas, independientemente de si les amparan o no derechos inalienables, establecidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos o en la Constitución del país.-   

LA CRISIS DEL MODELO CIVILIZATORIO OCCIDENTAL

LA CRISIS DEL MODELO CIVILIZATORIO OCCIDENTAL

Aminorar los efectos negativos de la pobreza, la violencia y el deterioro de la naturaleza se ha convertido en un objetivo primordial que se han trazado lograr por igual gobiernos y pueblos de todo el mundo. Unos porque es parte de sus funciones, en el caso de los gobiernos, y otros por simple instinto de supervivencia y deseos de preservar su cosmovisión y la vida en un sentido amplio, en el caso de los pueblos (especialmente los de Nuestra América). Los más conscientes de la situación crítica que asola al planeta, evidenciada en los desplomes económicos que han condenado a la miseria y al desempleo a millares de personas en muchas naciones, además del cambio climático que afecta y amenaza destruir el delicado equilibrio ecológico en todos los continentes, saben que todo ello es consecuencia directa del sistema de explotación, de desigualdad social y de depredación salvaje de los recursos naturales que define al capitalismo. Otros aún creen que solo bastaría con que los dueños del capital globalizado redujeran sus avideces de lucro y se preocuparan algo más por “humanizar” este sistema.    

 

El modelo civilizatorio occidental, por tanto,  se halla envuelto en una crisis que tiende a agudizarse, sin solución aparente a corto plazo. ¿Quién entonces podría refutar esta afirmación de manera concluyente, sin verse como alguien tocado por la irracionalidad y la autocomplacencia, además de la tradición positivista occidental impuesta por Europa y secundada por Estados Unidos, acostumbrados a pensar de una misma forma y en una misma orientación? Se hace imprescindible, por consiguiente, el surgimiento inaplazable de unos nuevos paradigmas culturales, sociales y económicos que tengan como rasgos destacados la interculturalidad, una filosofía de vida alejada de la lógica del capitalismo y un nuevo patrón de relaciones armónicas entre los seres humanos -y entre éstos y la naturaleza de la cual dependen- que sirvan como muro de contención a las ambiciones hegemónicas de los grandes centros de poder político y económico existentes.

 

El historiador de la Universidad de Harvard Niall Ferguson alega en el rotativo británico 'The Financial Times' que "el breve período de paz", tal como él describe al período entre 1991 y 2010, ha llegado a su fin. "Occidente obtuvo beneficios de la paz después de 1991. Los dilapidamos en una fiesta de dos décadas de consumo, estancamiento y especulación. Primero llegó la resaca financiera; ahora llega el ajuste de cuentas geopolítico. Lidiar con esta situación significará volver a aprender las artes de la gran estrategia y de la guerra", sostiene el ensayista en su columna. Esta circunstancia, un tanto imprevista o escasamente presagiada, ha conducido al mundo actual a un estado de guerra tácito, con posibilidades nada lejanas de recurrir al uso de armas nucleares, promovido principalmente por el imperialismo gringo en contra de todo país y de todo gobierno que considere es una amenaza a sus intereses geopolíticos y económicos. Por su parte, la Red Nuevo Paradigma señala que “desde 1492, el ‘desarrollo’ ha sido la más atractiva y ambigua idea galvanizando la atención de gobiernos, líderes y sociedades independiente de raza religión e ideología.  Su promesa de un progreso positivo, gradual, lineal y acumulativo se transformó en la fuente de esperanza de la humanidad en los últimos cinco siglos. Irónicamente, a pesar que las promesas hechas en su nombre nunca son cumplidas, los valores, conceptos, premisas, etc., creados para sostener dicha idea, todavía dominan el imaginario social de los pueblos, el repertorio semántico de los expertos y las estrategias retóricas de los discursos oficiales y alternativos en el Norte, Sur, Este y Oeste”.

 

En conjunto, ambos análisis dan cuenta de la crisis que atraviesa el modelo civilizatorio occidental. Los estallidos de protesta popular en diversas latitudes de la Tierra, enfrentando grupos variados la represión de los órganos de seguridad del Estado, así como la inestabilidad en el marco económico capitalista, son síntomas inequívocos de esta crisis a nivel general, lo que da pie para plantearse, con la debida seriedad y compromiso exigidos para lograrlo, el diseño de un amplio programa de contenido revolucionario que haga suyas las visiones de los distintos sectores sociales que confrontan, desde sus particulares trincheras de lucha, las acometidas del capital globalizado. No podrá, por tanto, suponerse que el Estado burgués liberal y el sistema capitalista resolverán los graves problemas brotados bajo su hegemonía, por lo que será necesario que los revolucionarios sepan asumir el nuevo desafío histórico que esto implica, dando nacimiento a un nuevo modelo civilizatorio centrado en las personas y el respeto a la naturaleza antes que en la satisfacción de la voracidad de las grandes corporaciones transnacionales del capitalismo neoliberal globalizado.-   

 

LA GENTE SABE

LA GENTE SABE

Durante siglos, la larga historia de la humanidad (con sus diferencias étnicas, culturales y/o religiosas) ha oscilado entre padecer las normas arbitrarias de un régimen opresivo o, en vez de ello, luchar por alcanzar una emancipación real; lo cual -al no estar al tanto exactamente respecto al contexto en que cada acontecimiento tiene lugar- impulsa a muchos a considerar todo esto como una fatalidad insuperable. Hoy, esta percepción es estimulada a diario desde los grandes centros de poder hegemónicos, los mismos que, dueños de la banca y de los grandes medios de producción a escala internacional, hacen caer los mercados bursátiles y someten las economías de muchas naciones, a fin de incrementar, salvaguardar e imponer sus propios beneficios. Algo que viene intensificándose desde los años 80, cuando se impusiera el modelo capitalista neoliberal, y con un mayor énfasis desde la última década, llegándose a utilizar la fuerza militar para garantizar tal propósito, al igual que la influencia ejercida en los organismos multilaterales, tipo Banco Mundial o Fondo Monetario Internacional; de forma que toda la economía del planeta gire a su alrededor.

 

«La gente sabe -como bien lo desglosa Umberto Mazzei en un artículo suyo  titulado Aurora en Europa- que, si bien la tecnología y la globalización facilitan la producción y el comercio, los beneficios no se comparten con los empleados, sino se usan para aumentar el desempleo, desestabilizar puestos de trabajo y que enriquecen a los ricos. La gente sabe que la deuda pública emitida para mantener burbujas en los mercados financieros, disminuye el valor de los salarios, las pensiones y los activos tangibles del 99%. La gente sabe que la desregulación financiera y la inversión alargan la mano de los carteles empresariales. La gente sabe que el 1% quiere privatizar los servicios públicos -como educación o justicia- cuya eficiencia se mide por cobertura, para sacar provecho de ellos. La gente sabe que esas malas políticas pueden afirmarse, irreversiblemente, con acuerdos económicos internacionales”. La gente sabe todo esto y lo enfrenta aunque el resultado de sus luchas pareciera evaporarse en medio de acuerdos al nivel de elites (gubernamentales y económicas) que, a la final, restauran la situación denunciada y combatida, desconociendo las miserias y el gran malestar causados a los sectores populares. 

 

Al capitalismo neoliberal globalizado le interesa sobremanera que exista y se consolide una nueva forma de subjetividad entre las personas que, independientemente de cuáles sean las normas jurídicas, religiosas y/o institucionales que regulen su cotidianidad, resulte un elemento común en cada nación y en cada continente. A fin que esto sea factible, incita a cada humano a absorber valores hedonistas e individualistas (gracias al influjo de su industria ideológica y demás instrumentos doctrinarios a su servicio) y a alcanzar su máximo rendimiento y grado competitivo, convenciéndolo de sus potencialidades particulares, las cuales lo convertirán en un empresario de sí mismo, tal como se promueve a través de seminarios y otros medios. Con base en esta premisa, la realidad del mundo contemporáneo corrobora lo escrito en "La ideología alemana" por Carlos Marx hace más de cien años: "Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante". De este modo, la clase dominante -transnacionalizada, puesto que ya no responde a los estereotipos conocidos- levanta muros visibles e invisibles que les impiden a las mayorías populares acceder a un mejor nivel de vida, muchas veces resignándose a la “mala suerte” que les ha correspondido sufrir e ilusionándose en cada proceso electoral con las ofertas oportunistas de los políticos de turno, ávidos de alcanzar y usufructuar el poder.

 

No obstante imperar esta circunstancia, estas mismas mayorías populares resisten, batallan y reclaman soluciones a sus problemas, lo que podría servir de punto de partida para que pasen a la ofensiva y asuman entonces un rol abiertamente revolucionario, planteándose -en consecuencia- una transformación estructural del modelo civilizatorio “occidental” vigente, como alternativa lógica frente al peligro inminente de destrucción masiva representado por el capitalismo globalizado, reemplazándolo subsiguientemente por uno más acorde con las aspiraciones comunes de un mayor grado de democracia, autodeterminación, soberanía, igualdad y redención social, en lugar de favorecer los intereses capitalistas de una minoría privilegiada; lo que tendría que verse entonces de una manera global y no de una manera únicamente aplicable fronteras adentro.-  

LOS OLVIDADOS DE LA HUMANIDAD

LOS OLVIDADOS DE LA HUMANIDAD

Víctima indirecta del antisemitismo y de cierto sesgo informativo a nivel mundial, sin justicia de parte de los organismos internacionales que, caso de la ONU, sólo de vez en cuando, esporádicamente, pareciera que sí les preocupara en algo, de verdad, la situación creada para luego voltear la mirada como si nada escandaloso ocurriera; sin leyes que les protejan como seres humanos, sin empatía y sin muestra alguna de humanidad de parte de sus agresores permanentes (por lo menos, hacia niños, adultos mayores y mujeres), y con la arbitrariedad perenne exhibida en su máximo grado, como lo atestiguan las detenciones de menores de edad y los asesinatos en masa perpetrados, desde hace más de medio siglo, mediante actos de guerra desproporcionados el Estado de Israel mantiene martirizado al pueblo de Palestina.

 

Dos elementos tergiversados afloran en esta realidad inhumana: por una parte, la negación sistemática de la igualdad de derechos que pesa sobre el pueblo palestino (equiparable a todo pueblo existente sobre la Tierra) y, por la otra, el rechazo legítimo de este mismo pueblo al colonialismo sionista, promovido y sostenido por las grandes potencias occidentales, particularmente por Estados Unidos.

 

Esto le ha permitido al régimen de Israel ignorar olímpicamente todas las resoluciones emanadas de la ONU en las cuales se proyecten el cese de toda violencia en los territorios ancestralmente ocupados por los palestinos, así como la devolución de aquellos territorios que, producto de las operaciones militares desplegadas desde 1948, viene ocupando Israel ilegalmente, desalojando brutalmente a familias enteras, sin disponer de una reubicación.

 

De esta manera, bajo la excusa propiciada a su medida por un tácito antisemitismo (o antijudaísmo), los sionistas más radicalizados del Estado de Israel han podido valerse del poderío de sus ejércitos para degradar la subsistencia de los palestinos. Contrario a esta percepción errada y manipulada por quienes favorecen el subimperialismo y expansionismo sionista en el Medio Oriente, Palestina y quienes respaldan su posición a nivel internacional sólo tratan de defender el derecho inalienable de los palestinos a existir como pueblo soberano, con respeto pleno a su integridad territorial y a su legado histórico-cultural; incluso, aceptando la existencia de Israel como Estado soberano.

 

Por ello, es importante hacer esta última acotación, dados los prejuicios divulgados y explotados por el sionismo a través de la gran industria ideológica asentada en Hollywood y replicados sin restricciones por las corporaciones televisivas y otros medios de información; justificando el derecho de conquista y la “autodefensa” que le asistiría, dadas las perversidades racistas que dispusiera el nazismo alemán en contra de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, lo que induce a subrayar que Israel no existiría entonces sino acaece el genocidio decretado por el régimen imperialista de Adolf Hitler.

 

En relación a esta temática, en su ensayo “Sionismo y antisemitismo, dos corrientes que se alimentan mutuamente”, Pierre Stambul refiere que “tanto los de izquierda como los de derecha propagan la misma fábula sobre la historia del judaísmo, olvidando incluso decir que una buena parte de las víctimas del genocidio no tenían nada que ver con su ideología y eran, a menudo, no creyentes. Para los sionistas, los judíos han sido, son y serán víctimas. Como resultado, son totalmente insensibles al dolor del otro o a la situación en la que se encuentra”.

 

Dicha fábula, sin embargo, ha tenido su costo reiterado en destrucción de poblaciones palestinas y vidas humanas, convirtiendo a los palestinos en los olvidados de la humanidad o, en el peor de los casos, en subhumanos o ciudadanos de segunda clase, despojados de todo derecho; algo en lo cual todos los revolucionarios, los pueblos y los gobiernos del mundo tendrían que coincidir en una misma causa de lucha y de solidaridad humana, emprendiendo acciones contundentes en favor de la vida, de la soberanía y de los derechos humanos del pueblo ancestral de Palestina.-

 

EL FASCISMO INEXISTENTE

EL FASCISMO INEXISTENTE

Se dice que la mayor habilidad de Satanás ha sido siempre la de hacerle creer a la mayoría de las personas que él no existe (complicando de alguna forma lo propio respecto al Dios de la cristiandad y del judaísmo). Esto mismo podría decirse de los grupos de la derecha que, con escasas diferencias, han surgido en los años recientes en la escena política de Nuestra América, conformando sin mucha dificultad lo que se ha dado en llamar, tomando en cuenta las características violentas, xenófobas y clasistas- como neofascismo, el cual -al igual que el emergido hace más de medio siglo en Italia y Alemania- tiende a mimetizarse mediante un discurso aparentemente democrático, pacifista y colmado de promesas de seguridad y de bienestar material para todos, pero que solo se orienta a la captación de la voluntad de las mayorías descontentas, ávidas éstas de disfrutar (sin mucho esfuerzo de su parte) de tales “bondades”. Tal como Arthur Rossemberg lo señalara en su obra El fascismo como movimiento de masas, “el fascismo no es más que una forma moderna de la contrarrevolución burguesa capitalista, disfrazada de movimiento popular”.

 

Así, aun cuando sean visibilizadas sus distintas atrocidades, el neofascismo (o fascismo) las endilgará a sus oponentes, a quienes responsabilizará en todo momento de las consecuencias de sus propias acciones, sean éstas represivas, de ser gobierno, o, de no serlo, como se estila en la actualidad política venezolana, implícitamente desestabilizadoras (siguiendo al pie del cañón el guión del golpe blando patrocinado por Estados Unidos). Este brote neofascista, por consiguiente, en Nuestra América no es casual. Coincide con la estrategia diseñada por los think tanks (o laboratorios de ideas) del Departamento de Estado, la CIA, el Pentágono y demás agencias u organismos de seguridad e inteligencia con que cuenta el imperialismo gringo, a los que se han sumado las cadenas empresariales de noticias y grupos de la derecha europea y latinoamericana; conjugados todos para combatir y derrotar los procesos emancipatorios surgidos al sur del río Bravo.

 

No obstante estos antecedentes, los gobiernos y los movimientos de tendencia revolucionaria poco han conseguido para evitar su avance, alterando la correlación de fuerzas a su favor. Unos, como en Argentina y Brasil, han dado paso a regímenes más inclinados a satisfacer los intereses del capitalismo neoliberal globalizado, abandonando los programas sociales que benefician a los sectores populares. Otros, como en Bolivia y Venezuela, han sufrido retrocesos favorables a los grupos conservadores; lo que hace que muchos anticipen una derrota inminente en cadena de todos estos procesos.

 

Pero ello no sería posible de no existir una ideología dominante que hace mella en la conciencia de quienes conforman las clases subordinadas, oprimidas y explotadas, ideología que es inculcada a través del tiempo por aquellas clases y fracciones de clases que son usufructuarias del orden establecido. “Los capitalistas no dominan el Estado sino por cuanto existen importantes sectores del pueblo que se consideran solidarios con su sistema y están dispuestos a trabajar para el capitalista, así como a votar y disparar a su favor, convencidos de que su propio interés exige el mantenimiento del orden económico capitalista”, nos dice el citado Rossemberg.

 

Esto vuelve la lucha revolucionaria en una empresa titánica y permanente que no solamente debe encauzarse a la conquista del poder político con intenciones de trascender el capitalismo, aplicando fórmulas reformistas que poco harán por transformar las distintas estructuras que soportan y caracterizan el modelo civilizatorio actual. Debe proyectarse igualmente a la consecución de una conciencia con nuevos valores, centrados en el bien común, el vivir bien y el respeto a la humanidad y a la naturaleza, incluso con una cosmogonía basada en la realidad histórica de nuestro continente hasta ahora subyugado; todo lo cual será producto de un esfuerzo colectivo y heterogéneo, de manera que sea posible la constitución de un modelo civilizatorio de nuevo tipo.-