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LA REVOLUCIÓN NO ES UN IMPOSIBLE

LA REVOLUCIÓN NO ES UN IMPOSIBLE

Ya Hugo Chávez tuvo ocasión de advertirlo el 19 de septiembre de 2005: “No habrá jamás socialismo verdadero si no tenemos moral socialista (…), hay que cambiar la mente, hacer el trabajo ideológico. A mí me ha pasado, de repente, creo que alguien es revolucionario de los más embraguetados y uno lo coloca en un cargo y, de repente, se vuelve loco, como se dice vulgarmente, no aguanta dos pedidas para embolsillarse unos millones y cambiar de estilo de vida”. Esta realidad innegable hace que alguna gente, consciente o no, sienta que la revolución es algo imposible de lograr en Venezuela, a pesar de los signos que evidencian que la misma tiende a afianzarse cada día más. Son pocos los chavistas (o chavecistas) que llegan a comprender que, si no se procede en lo inmediato a forjar una convicción revolucionaria acérrima, capaz de enfrentar y superar con éxito cualquier desviación ideológica reformista y cualquier tentación monetaria, de modo que se evite que la revolución bolivariana sea simple caricatura de revolución. Para hacerla posible, es necesario trascender el marco electoralista a que se nos está acostumbrando, repitiendo las mismas prácticas representativas y clientelares que caracterizaron y sustentaron a los partidos tradicionales de AD y COPEI.
Se requiere, por tanto, darle al proceso revolucionario bolivariano una debida orientación de carácter verdaderamente revolucionario, fomentando la formación ideológica, la movilización y la organización de las fuerzas populares, de manera que la democracia revolucionaria germine y se concrete, dándosele un sentido más práctico y menos discursivo. Es primordial que se entienda que el proceso revolucionario en Venezuela corre el riesgo de degenerar y revertirse, al igual que otros procesos que tuvieron lugar en el pasado en otras regiones del planeta, al dejarse a un lado la formación de una conciencia social y revolucionaria. A esta deficiencia crucial, contribuye enormemente el hecho de que algunas de las principales organizaciones partidistas que apoyan al Presidente Chávez repiten el sectarismo y la prepotencia de sus viejos antecesores en el poder, aparte de la exclusión sistemática practicada de sus bases militantes en la toma de decisiones, imposibilitando el aprendizaje y el ejercicio de la democracia participativa y protagónica entre las mismas. Con ello se ha perpetuado una cogollocracia que, finalmente, reaccionará contra el mismo Chávez y el proceso revolucionario que dicen defender, una vez que sientan peligrar sus nuevos privilegios cuando las masas populares exijan el espacio que les corresponde ocupar por mandato constitucional. En este caso, coincidiendo con Eduardo Galeano, vale decir que “el ejercicio democrático ha estado muy limitado a las ceremonias formales de la democracia. Cuesta mucho identificarse con esto, entender que el voto implica algo más que el momento en el que se deposita un papelito en una urna, entender que ésta no es una misa sin Dios, que la democracia tiene un contenido. Y ese contenido se lo da la gente, se lo da el pueblo que participa. Y si el pueblo no está, no hay democracia. Y ése es un proceso difícil, complejo”.
Así, se termina por usurpar la soberanía popular y, aunque se hable de revolución, se cae en el reformismo que es la negación de toda revolución, puesto que desconoce el papel fundamental a cumplir por las masas populares y el cambio estructural, profundo y definitivo, que debe producirse. Esto facilita, por otra parte, que haya una proliferación exagerada de organizaciones nominalmente revolucionarias enfrentadas entre sí por una cuota de poder, pero casi ninguna ocupada en constituir una vanguardia efectivamente popular y revolucionaria, lo cual representa, a la larga, un obstáculo, ya que impone el sectarismo y reduce una visión unitaria del proceso bolivariano. Aún así, la revolución no es una cuestión imposible de hacer. El hecho mismo que, desde el 27 de febrero de 1989, por citar una fecha específica, el pueblo de Venezuela se mantenga en lucha ascendente, queriendo construir su propio porvenir, en una acumulación de fuerzas similar, pero con mayor determinación, a la vivida durante los años sesenta y parte de los setenta en el siglo pasado; es prueba irrefutable de que ello es así. La presente coyuntura electoral presidencial puede representar la oportunidad de oro para que se desaten esos poderes creadores del pueblo de los que hablara el poeta Aquiles Nazoa, los cuales, en conjunción con la visión estratégica manejada por Chávez, harán irreversible la revolución venezolana, propiciándose, al mismo tiempo, las condiciones ideales para que la propuesta del socialismo en el siglo XXI sea una alternativa revolucionaria viable frente al capitalismo enajenante y depredador.-

LA AGRESIÓN SIONISTA AL LÍBANO DEMOSTRÓ SER OTRA ESTRATEGIA DEL IMPERIALISMO YANQUI

LA AGRESIÓN SIONISTA AL LÍBANO DEMOSTRÓ SER OTRA ESTRATEGIA DEL IMPERIALISMO YANQUI

             
          La arremetida, el hostigamiento y el ensañamiento con que Israel agredió al pueblo árabe del Líbano demostró al mundo que la misma responde a la estrategia orquestada por el imperialismo yanqui y sus aliados europeos para configurar una nueva realidad geopolítica en el Medio Oriente favorable a sus intereses económicos, especialmente en lo que atañe a las reservas de petróleo allí existentes. Aparte de la brutal y desigual acometida bélica israelí, sin  parangón alguno en la historia común de la humanidad, el interés de los neoconservadores de Estados Unidos refleja su disposición por ignorar el Derecho internacional y desacatar cualquier resolución de la ONU que afecte sus decisiones unilaterales. Basta ver cómo Estados Unidos quiere ejercer el control imperial en toda la región del Medio Oriente, partiendo de la invasión aún no concluida con éxito de Afganistán y de Irak, como asimismo sus amenazas nada disimuladas a la República Islámica de Irán y a Siria. Las razones alegadas para desatar  esta acción genocida sin precedentes ocultan los verdaderos objetivos que se tienen para hacer del Medio Oriente y una parte del Asia Central un polvorín que consolide la posición hegemonista e indiscutible del imperialismo binario de Estados Unidos e Inglaterra; siendo su ariete el sionismo israelí.
De igual modo, la resistencia del Hezbollah hace que el imperialismo yanqui se imponga una revisión de su estrategia de guerra preventiva, ya que no bastó el desproporcionado arsenal militar suministrado a Israel para dominarlo. En esto, la visión sesgada y prejuiciada de la camarilla neoconservadora que gobierna a Estados Unidos se mostró equivocada, representando un duro revés a su política exterior fundamentalista, la cual ha impuesto la caracterización de algunos gobiernos y naciones como pertenecientes a un “eje del mal”, acusándolos de fomentar el terrorismo internacional, a quienes se impone reducir y a exterminar a sangre y fuego en nombre de la humanidad, cumpliendo un propósito divino.
Se creyó repetir la Guerra de los Seis Días cuando Israel atacó a Egipto y a Siria, arrebatándoles los territorios del Sinaí y las alturas del Golam, respectivamente, contando con el visto bueno –como ahora- de los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña. Esta tríada (Estados Unidos-Gran Bretaña-Israel) comparte propósitos comunes de dominación y, para lograrlo, requieren disminuir y eliminar la idiosincrasia árabe e imponer el laicismo, más acorde con el modelo de pensamiento único que se pretende implantar en el mundo gracias la globalización económica neoliberal.
Es importante que se comprenda que, como lo escribiera Alejandro Teitelbaum,  “después de la invasión a Panamá y las guerras del Golfo, contra Yugoslavia, contra Afganistán y contra Irak, la sexta guerra neocolonial en poco más de dieciséis años, desatadas con distintos pretextos humanitarios o de seguridad, pero con evidentes objetivos geopolíticos expansionistas y con el fin de reanimar la economía estadounidense a través de la industria de armamentos funcionando a pleno régimen”. La guerra desatada por el sionismo entra en los planes de supremacía mundial que el imperialismo yanqui se ha impuesto a sí mismo, partiendo de la ambiciosa idea de hacer del siglo XXI el “siglo (norte) americano”, es decir, un siglo en el que todo gire alrededor de Washington, sin oposición alguna. Esto debe alcanzarlo en estos primeros veinte años de siglo, ya que requieren asegurar sus reservas energéticas, de lo contrario, eclosionaría su economía; de ahí que no pueda augurarse ninguna paz duradera, tanto en el Medio Oriente como en otra región del globo terráqueo, incluyendo la América nuestra. Por ello mismo, no puede obviarse el espíritu guerrerista que anima al régimen estadounidense, dispuesto a la siniestra utilización de armas nucleares, sin importarle para nada la reacción antiimperialista que podría suscitar en todos los pueblos del planeta y que representaría su hundimiento final como potencia hegemónica.- 

BOLÍVAR, MARX Y LOS MARXISTAS LATINOAMERICANOS

BOLÍVAR, MARX Y LOS MARXISTAS LATINOAMERICANOS

Al escribir Carlos Marx su polémico ensayo biográfico sobre Simón Bolívar para la New American Cyclopaedia, aparecida en 1858, volcó una visión que contradice todo lo que se conoce del Libertador, sus campañas militares y sus verdaderos propósitos políticos, una vez que se lograse la completa emancipación del territorio americano respecto al decadente imperio español. Un mes después de publicada esta enciclopedia, Marx le confesaría a su camarada Federico Engels que “en lo que toca al estilo prejuiciado, ciertamente me he salido algo del tono enciclopédico, pero hubiera sido pasarse de la raya querer presentar como Napoleón I al canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque” (dictador haitiano que cometió desmanes en contra de su propio pueblo). Según tal apreciación, Bolívar resultaría ser un dictadorzuelo oportunista y demagogo que tuvo algunos golpes de suerte en medio del escenario de ignorancias, miseria y rivalidades durante la guerra independentista que lo erigieron en lo que conocemos de él hoy en día. Tanto así que Marx llega a calificarlo de “Napoleón de las retiradas” y recuerda el capítulo oscuro de la detención del Generalísimo Francisco de Miranda por parte del Libertador y otros oficiales patriotas, lo que hizo del Precursor un prisionero de por vida en manos de España. 

Semejantes comentarios representaron un trago amargo y difícil de explicar para los marxistas latinoamericanos y, peor todavía, para los marxistas venezolanos. Según lo reseña Inés Quintero en su ensayo “Bolívar de izquierda. Bolívar de derecha”, esto “les dificultaba apropiarse limpiamente de un personaje sobre el cual su principal ideólogo había hecho juicios tan severos y contundentes, enajenándoles cualquier posibilidad de incorporarlo al panteón de verdaderos revolucionarios. Incluso, para complicar aún más el asunto, había algunos latinoamericanos marxistas que secundaban fielmente las opiniones de Marx”. Quienes reivindicaban a Bolívar, argumentaron que el camarada Marx simplemente se había equivocado, sobre todo, al confiar en lo escrito por enemigos declarados del Libertador, como el alemán Ducoudray Holstein, quien escribiera en 1829 un libro sobre su participación en la gesta independentista. 

Gilberto Viera, Secretario General del Partido Comunista de Colombia, a finales de los años 30 del siglo pasado, publicó un tratado en el cual ubicó a Simón Bolívar en su condición de revolucionario al llevar adelante la Independencia y destruir los cimientos coloniales en nuestra América. En igual dirección se pronunciaría Carlos Irazábal con su obra “Hacia la democracia”, el primer análisis marxista de la historia venezolana, resaltando el apego bolivariano por la democracia sin eludir su propuesta de disponer de un Poder Ejecutivo fuerte, centralista y vitalicio, dadas las circunstancias difíciles que rodearon el nacimiento de las nuevas repúblicas. En esa onda reivindicadora se anotaron el cubano Julio Antonio Mella, en 1923, y el peruano José Carlos Mariátegui. Otro tanto haría la guerrilla venezolana de las décadas de los 60 y de los 70 al plantearse, con Douglas Bravo y Pedro Duno, la tesis de un marxismo-leninismo-bolivarianismo, con lo que Bolívar pasaba a tutelar la lucha por la liberación nacional y el socialismo en Venezuela, lo que, posteriormente, serviría de base para las insurgencias cívico-militares de 1992. Asimismo, Francisco Pividal, autor de “Bolívar: Pensamiento precursor del antiimperialismo”, determina con Bolívar el inicio de la lucha latinoamericana y caribeña contra el imperialismo yanqui. 

Con todos estos esfuerzos valorativos de la personalidad y legado bolivarianos quedaba superado el equívoco ensayístico de Carlos Marx. Aunque éste se dejara llevar por su animadversión hacia El Libertador, producto de su radicalismo revolucionario respecto a la lucha de clases, viendo en Bolívar a un aristócrata ávido de fama y de poder, lo cierto es que esto no disminuye su estatura intelectual a favor de la humanidad oprimida. No obstante el criterio sesgado de Marx es indudable que Simón Bolívar simboliza –en la opinión y el sentimiento integracionista de una inmensa legión de luchadores revolucionarios, incluidos, por supuesto, los marxistas, que lo rescataran de las garras de la derecha conservadora- la manifestación más relevante de las luchas populares continentales, con sus errores y sus aciertos, tomando en cuenta, fundamentalmente, la creatividad con que supo enfrentar su circunstancia histórica, cuestión que Carlos Marx, a pesar de su sapiencia, no supo asimilar en su momento.-

VISIÓN Y ÉTICA REPUBLICANA DE SIMÓN BOLÍVAR

VISIÓN Y ÉTICA REPUBLICANA DE SIMÓN BOLÍVAR

          En Simón Bolívar, El Libertador de medio continente americano, el factor ético de la lucha revolucionaria por la Independencia de nuestros pueblos se expresa en la intransigencia patriótica, la condena al despotismo colonial, el odio a quienes oprimen a la nación americana, la valentía política y la honradez a toda prueba; lo que servirá de estímulo para que exista y perdure, además, una conciencia nacional sólida. Esta posición ética se ha de asumir en la lucha por la liberación nacional, en especial, en lo relativo al sacrificio personal, la satisfacción por el deber cumplido (aunque no sea reconocido), el anteponer a los intereses particulares los intereses del pueblo y trabajar activamente cada día por consolidar la democracia y la independencia nacional.        

En todo ello juega un papel trascendental la educación, una educación dirigida a la emancipación de los ciudadanos y a su formación como republicanos honestos, responsables y productivos; ciudadanos que pudieren acometer la importante tarea de construir una sociedad republicana y democrática, sirviendo de modelo al resto de las naciones. Por eso, llega a asegurar que “la educación e instrucción pública son el principio más seguro de la felicidad general y la más sólida base de la libertad de los pueblos”. Ello es requisito insoslayable para que las virtudes republicanas dominen todos los aspectos de la vida en sociedad, permitiendo que cada persona sea capaz de ejercer el gobierno de la República o, al menos, saber escoger a los mejores para dicha función, sin ser víctima de la demagogia acostumbrada. Esto haría que todos los ciudadanos participaran, en pie de igualdad, en el desarrollo de las instituciones democráticas, de modo que las leyes fueran accesorias.        

Sin embargo, Bolívar era consciente de la necesidad de la disciplina revolucionaria a fin de evitar las desviaciones del proceso emancipador. “Es preciso –afirmaría en uno de sus escritos- el último rigor con los malvados, sean godos o sean patriotas, porque la república tanto gana con la destrucción de un buen realista como de un mal ciudadano. El crimen en todos los partidos es igualmente odioso y condenable: hagamos triunfar la justicia y triunfará la libertad”. A estos efectos, impuso la condena a muerte, de modo sumario, de todos aquellos funcionarios de gobierno que, abusando de la confianza general depositada en ellos, se roban los dineros públicos; igual pena sufrirían los jueces que, conociendo las denuncias en contra de aquellos, no las procesaran y, en consecuencia, no castigaban a los culpables de dichos delitos.        

En el campo político, El Libertador se encamina hacia la autonomía, en lo jurídico hacia la unidad latinoamericana, en lo económico hacia la justicia agraria y en lo social hacia la igualdad. Para Bolívar, la liberación de nuestra América no es un fenómeno político aislado, es justicia económica, autonomía política, unidad latinoamericana, libertad de espíritu, igualdad social, perfección ética, y progreso cultural y educativo. Todo ello en constante construcción hasta dar nacimiento a sucesivas generaciones de líderes republicanos que se encargarían de enrumbar debidamente a las nuevas naciones americanas, generaciones capaces de inmolarse por defender a su Patria de las acechanzas de cualquier poder extranjero. En esto, salvando las distancias y el contexto en que cada uno vivió, Bolívar se adelanta a la propuesta del hombre nuevo que formulara el Che Guevara y que coincide plenamente con la que elabora, a su vez, su Maestro Simón Rodríguez, el inquieto e irreverente Samuel Robinson.        

Consciente de la trascendental empresa de producir una revolución original, sin ser copia burda de otras en el pasado, Bolívar es un convencido de que ello será realidad si se atiende a la formación de los nuevos republicanos, despojándolos de las viejas costumbres heredadas del pasado colonial, cuestión que debe acompañarse de una ética y de una moral plenamente blindadas para que nunca sucumban a las tentaciones generadas en torno al ejercicio del poder, desde los niveles más humildes hasta los más encumbrados.-       

REVOLUCIÓN Y REVOLUCIONARISMO

             En términos generales, existe en Venezuela la presunción –legítima, por demás- que el proceso revolucionario bolivariano es una realidad consolidada. Su origen parte de la idea, común en muchos, que sólo basta con que Hugo Chávez siga ejerciendo la Presidencia de la República y se aumenten los diversos beneficios socio-económicos patrocinados por su gobierno en pro de los sectores populares secularmente excluidos. Esto facilita que se presenten algunas grietas en el ánimo de algunas personas que bien pudieran ser aprovechados por los grupos minoritarios oposicionistas en su empeño permanente por acabar con el proceso bolivariano. En esta dirección, mucha gente (habituada a recoger los frutos del clientelismo político practicado durante las cuatro décadas de hegemonismo adeco-copeyano) se ve frustrada y resentida porque los nuevos jerifaltes políticos siguen utilizándola en época electoral y, más tarde, los relegan, dejándolos a la intemperie.   

         Tal situación hace que, tanto el concepto como la práctica revolucionaria, permanezcan en un prolongado estado larvario, apenas boceteados. Muy pocos alcanzan a comprender, al decir de Kléber Ramírez en su libro Venezuela: La IV República, que “no se trata de tomar el poder, se trata de hacer poder desde ya, ahora, contrahegemónicamente como estrategia y ello es una estrategia práctica política nueva, diversa, creadora y activadora”. Para una porción de los muchísimos seguidores de Chávez esto es algo muy complicado y, hasta, estéril, con escasos resultados, aunque admiten que podrá lograrse en un tiempo futuro, no inmediato, lo cual es un contrasentido si hablamos de revolución. En su lugar, ganados por el pragmatismo reformista, trabajan por mejoras parciales, pero sin que ello signifique cercanamente una revolución popular y, menos, una revolución socialista, ya que su interés primordial descansa en satisfacer las demandas populares largamente postergadas. Es lo que podríamos catalogar de revolucionarismo: revolucionarios en el discurso, conservadores en la acción. Esto, más que el imperialismo gringo y las manipulaciones mediáticas de los grupos reaccionarios internos, representa una verdadera amenaza para el proceso revolucionario, ya que es producto o manifestación de la vieja conciencia política desideologizada inducida e impuesta por los sectores dominantes del pasado puntofijista, y que no deja de aflorar en las diferentes instancias gubernamentales así se llamen bolivarianas o revolucionarias, haciendo más difícil (por no decir que imposible) el tránsito a la sociedad de nuevo tipo que se pretende erigir en Venezuela.     

       Al mismo tiempo, se observa que otros se afanan (aunque sea en tertulias que no tienen su contrapartida práctica) en que el proceso revolucionario venezolano sea paradigma de la revolución mundial. Cuestionan que éste viva una particularidad inédita y esté caracterizado por una heterogeneidad ideológica perjudicial, que no ayuda a definirlo conceptualmente. “Aquellos que esperan ver una revolución social “pura” –diría Lenin- nunca vivirán para verla. Esas personas prestan un flaco servicio a la Revolución al no comprender qué es una revolución”. A pesar de ello, otros se preocupan de tratar de cimentar lo alcanzado hasta ahora, seguros de la inevitabilidad de la revolución en Venezuela, no obstante hallarse en desventaja respecto a quienes ocupan puestos de dirección y a quienes les disputan tales puestos, sin que ello sea indicio alguno de tratar de trascender el marco reformista en que se halla el proceso bolivariano. Su desventaja se produce, entre tantas otras causas, gracias a la dispersión y a la falta de organización de muchos de los revolucionarios, al no saber ocupar los espacios que aquellos han descuidado por su interés en usufructuar, nada más, el poder y en no elaborar una teoría revolucionaria sustentable que le dé vida a sus planteamientos entre las masas populares. Si se consiguiera disminuir esta desventaja cada día, es inevitable que el revolucionarismo ahora dominante termine por ser desplazado, definitivamente, por la Revolución.-                 

LA LECCIÓN DE FABRICIO

LA LECCIÓN DE FABRICIO

Maestro, periodista y guerrillero, Fabricio Ojeda representa uno de los mayores iconos de la lucha revolucionaria venezolana. Su asesinato (presentado como suicidio por el gobierno de AD) en los calabozos del Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA) el 21 de junio de 1966, evidencia el desprecio a la vida y a la pluralidad democrática que caracterizó a quienes ejercían el poder entonces. Presidente de la Junta Patriótica, ente integrador, por encima de intereses particulares e ideológicos, de las diversas fuerzas opositoras al régimen del General Marcos Pérez Jiménez, y electo Diputado al Congreso Nacional, representando a la Unión Republicana Democrática (URD); decide emprender la lucha guerrillera, siendo uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), constituidas formalmente el 1º de enero de 1963 (al agruparse el “Frente José Leonardo Chirinos” –con Douglas Bravo y Elías Manuitt Camero–, el “Movimiento 2 de Junio” –con el Comandante Manuel Ponte Rodríguez y el Capitán Pedro Medina Silva–, la “Unión Cívico Militar” –con el Teniente Coronel Juan de Dios Moncada Vidal y el Comandante Manuel Azuaje–, el “Movimiento 4 de Mayo” –con el Capitán Jesús Teodoro Molina y el Comandante Pedro Vargas Castellón– y el “Comando Nacional de Guerrilla”). En las guerrillas alcanza el grado de Comandante y preside el Frente de Liberación Nacional (FLN) en el “distrito Argimiro Gabaldón”. Como justificación, escribe en su carta de renuncia al Congreso del 30 de junio de 1962: “Nuestra decisión de incorporarnos a los estudiantes, obreros y campesinos que hacen la guerra de guerrillas en Falcón, Portuguesa, Mérida, Zulia, Yaracuy, obligados por la brutal represión del gobierno que amenaza con la muerte, la tortura y la cárcel a quienes se oponen a sus designios, obedece a la firme convicción de que la política de las camarillas que ejercen hoy el Poder no muestran ningún ánimo para dar soluciones a la crisis política venezolana a través del dialogo y la senda electoral”. Dejaba a un lado la vida de comodidades y de complicidades que le brindaba ser uno de los personajes de relevancia política del país para asumir la azarosa vida del guerrillero. Algo que pocos harían en la vida, a excepción del Che Guevara y otros de no menor importancia.
Estaba en plena vigencia el Pacto de Punto Fijo, suscrito inicialmente en Nueva York el 20 de enero de 1958 (en presencia de Maurice Bergbaum, Jefe de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado de los Estados Unidos) por Rómulo Betancourt (AD), Rafael Caldera (COPEI) y Jóvito Villalba (URD), mediante el cual estos tres partidos sellaban su solidaridad frente a la dictadura, pero excluyendo, de paso, al Partido Comunista de Venezuela que también la combatiera activamente; este pacto fue reafirmado el 31 de octubre de 1958 en la residencia de Rafael Caldera (llamada Punto Fijo), comprometiéndose todos a respetar el resultado electoral y a establecer un gobierno de unidad nacional. Con tales antecedentes, se implanta en Venezuela un sistema en el que las mayorías populares son sometidas sistemáticamente a condiciones de dependencia, pobreza y represión, siendo usurpados sus derechos democráticos, en connivencia con el imperialismo yanqui, quien les ayudaría solícitamente a perfeccionar los métodos represivos y de desaparición de dirigentes populares considerados inconvenientes o, simplemente, enemigos del sistema democrático. En este marco, Fabricio Ojeda es cuando presenta su renuncia a la curul ocupada en el Congreso. “Estoy consciente –expresa- de lo que esta decisión implica, de los riesgos, peligros y sacrificios que ella conlleva; pero no otro puede ser el camino de un revolucionario verdadero. (…) Si muero no importa, otros vendrán detrás que recogerán nuestro fusil y nuestra bandera para continuar con dignidad lo que es ideal y saber de nuestro pueblo. ¡Abajo las cadenas! ¡Muera la opresión! ¡Por la Patria y por el Pueblo! ¡Viva la Revolución!”. 
Fabricio Ojeda no eludió nunca su responsabilidad combatiente. Para él,  revolucionario comprometido, “Cada combatiente de la Guerra del Pueblo debe estar imbuido de esta idea: sólo la lucha diaria, constante y sistemática en todos los terrenos, podrá conducir a la victoria." Su vida constituye parte de una lección por aprender para quienes luchan por hacer la revolución en Venezuela y en cualquier otro país del mundo, sin pretender mayor reconocimiento que el del deber histórico cumplido.-
De su autoria, extraemos de "La revolución verdadera, la violencia y el fatalismo geo-político, 1966: “El combate revolucionario no puede llevarse a cabo sin pleno dominio de la teoría revolucionaria, de sus métodos, de su organización, de su ética. Hay necesidad, en todo momento, de profundas batallas ideológicas que permitan ganar gradualmente las masas para la lucha. Se requiere usar de gran iniciativa para ahondar la conciencia revolucionaria del pueblo y las clases progresistas. La propaganda y la agitación constante, por diferentes medios, son armas indispensables. Para que su utilización sea provechosa y efectiva, los revolucionarios de vanguardia deben estar lo suficientemente preparado en lo físico y mental. La Guerra del Pueblo y la incorporación a ella no significa la actividad puramente militar o el abandono de los campos específicos de trabajo para dedicarse en forma exclusiva, a un solo medio de lucha. Ella es una unidad político-militar que va desde la más elemental protesta, el mitin relámpago o la huelga, hasta el sabotaje, la captura de armas, el hostigamiento o aniquilamiento de una fuerza enemiga, la toma de una plaza militar y la conquista del gobierno. Nada que incida en la precipitación de las contradicciones en el campo adverso, que contribuya a minar la moral y reducir la capacidad de combate del enemigo, puede ser desestimado; no debe ser eludida ninguna tarea que permita ganar todo lo ganable y neutralizar todo lo neutralizable”.



 

DESAPARECIDOS EN VENEZUELA: EL LEGADO IMPUNE DE LA CUARTA REPÚBLICA

DESAPARECIDOS EN VENEZUELA: EL LEGADO IMPUNE DE LA CUARTA REPÚBLICA

            Primero fue la orden “disparen y averigüen después” formulada por Rómulo Betancourt en 1961, la que inauguró la cadena de asesinatos selectivos de dirigentes populares e izquierdistas que caracterizarán por siempre al régimen puntofijista hasta 1998. En esta etapa de la vida republicana venezolana, agitada por sentimientos de liberación nacional y mayores demandas reivindicativas en favor de los sectores populares, comienza a ser parte de la realidad cotidiana la represión sistemática contra quienes se atrevieron a exigir la instauración de una sociedad realmente democrática y soberana. Para entonces, la actividad política desarrollada encubiertamente bajo la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez permitió que un grueso segmento de la población venezolana adquiriera conciencia de su papel en los hechos de trascendencia que comenzaban a tener lugar en el país. Pero, el hecho que la dirigencia de Acción Democrática (AD) y del Partido Comunista de Venezuela (PCV) que había combatido activamente en la clandestinidad a la dictadura perezjimenista, incluso armas en mano, fuera desplazada por la dirigencia política venida del exilio, más las condiciones impuestas por el Pacto de Punto Fijo; hizo que esta agitación de las masas populares tuviera un tinte claramente insurreccional, como quedó plasmado en Caracas al desconocerse los resultados electorales que dieron la Presidencia a Rómulo Betancourt y cuando grupos de estudiantes atacaron la caravana del Vice-presidente Richard Nixon.            

El segundo gobierno de AD, con Raúl Leoni de Presidente (1964-1969), vino a desarrollar nuevos mecanismos de represión contra el movimiento popular. A la par de los ataques perpetrados por las bandas armadas adecas, el Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA) y la Dirección General de Policía (DIGEPOL) se encargaron de torturar, asesinar y desaparecer a una gran cantidad de personas por causas políticas, aun cuando se hablaba de la instauración de un régimen aparentemente democrático y se suscribieran tres tratados internacionales que prohíben la desaparición forzosa de personas, así como la tortura y tratos crueles e inhumanos a los prisioneros. Durante este período se hicieron públicas las primeras denuncias de desapariciones de dirigentes políticos de oposición, sin que hubiera ningún poder que diera cuenta de ello. Campesinos, estudiantes, trabajadores, amas de familia y guerrilleros fueron pasto de la doctrina de Seguridad Nacional inculcada por Estados Unidos en la Escuela de las Américas, ubicada en Panamá, a los efectivos militares y policiales venezolanos. Era la época de los Teatros de Operaciones (TO), bases militares bajo asesoramiento del Pentágono estadounidense para luchar contra las guerrillas de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), buscando impedir la reedición de una Cuba revolucionaria en nuestro Continente.

Durante las décadas siguientes, los cuerpos represivos continuarán aplicando los mismos métodos, arropados por un silencio cómplice, extensivo –incluso- a los diferentes medios de comunicación que apenas reseñaron los hechos. A los asesinatos cometidos durante la década de los sesenta, una vez finalizada la guerra de guerrillas, se sumaron las masacres de Yumare, Cantaura, El Amparo y el Caracazo. A éstas podríamos agregarles también los cometidos entre el 11 y el 13 de abril de 2002 al ocurrir el golpe de Estado contra el gobierno de Hugo Chávez, lo cual pone en evidencia una vieja práctica heredada de aquellos años. Hoy, se impone que la labor investigativa de la Comisión Especial nombrada por la Asamblea Nacional hace ya un tiempo para seguir la pista de todos estos asesinatos y desapariciones impunes arroje resultados positivos, de manera que se castigue a los culpables materiales e intelectuales de los mismos. Esto es especialmente necesario, ya que muchos de ellos siguen falseando la verdad y aparentan ser unos verdaderos demócratas y defensores de los Derechos Humanos, incluso, ubicados del lado del proceso revolucionario bolivariano, seguros de que la justicia humana no los alcanzará nunca. Sin embargo, las fuerzas revolucionarias tienen un deber ineludible que cumplir, más que nadie, en memoria de aquellos caídos de la revolución venezolana, por lo que deberían exigirles a las actuales autoridades venezolanas el total esclarecimiento de estos casos, como su debido enjuiciamiento y condena.-    

EL SILENCIO SOBRE GUANTÁNAMO

EL SILENCIO SOBRE GUANTÁNAMO

En artículo reciente, el afamado autor de Las Venas Abiertas de América Latina, Eduardo Galeano, escribió sobre lo que ocurre, a los ojos del mundo civilizado, en el territorio usurpado por Estados Unidos en Guantánamo.  Según sus palabras, “no debe continuar la tolerancia del mundo, ni el secreto ni el silencio. Al iniciarse el Tribunal de Nuremberg el fiscal norteamericano, el juez Robert Jackson, declaró que para evitar esos crímenes había que hacer responsables de ellos a los gobernantes. Digo que lo mismo debe hacerse con Bush, Condoleezza Rice, Donald Rumsfeld, Paul Bremen, y otros. Pienso también que deben ser juzgados en Nuremberg”. Han pasado los años y se han denunciado los abusos y torturas allí cometidos contra prisioneros de Afganistán y de otras nacionalidades, a los cuales se les niega arbitrariamente el estatuto de prisioneros de guerra e, incluso, de seres humanos. Todo porque así lo determinó la camarilla fascista y totalitaria que rige actualmente a Estados Unidos, quien se niega a acatar cualquier disposición legal en el ámbito internacional que sea contraria a sus objetivos y convicciones intolerantes.Tal situación, no obstante, ha sido sistemáticamente ignorada por una infinidad de gobiernos y organizaciones políticas, sociales, académicas, religiosas y de defensa de los Derechos Humanos que se han visto parcializadas, con su silencio, con la política supuestamente antiterrorista estadounidense y se niegan a enfrentarla, asumiendo una posición de sumisión colonial e, incluso, de complacencia por el hecho de que Estados Unidos trate de implantar un sistema unipolar de dominación mundial, ejerciendo el rol de gendarme imperialista en todos los continentes. En este sentido, se entiende la posición de los gobiernos de Europa, con Inglaterra a la cabeza, que respaldan activamente la política de guerra preventiva aplicada por la administración Bush, tanto en Irak como en Afganistán, además de las que procura emprender en Irán, Siria, Corea del Norte, Cuba y Venezuela, alegando proteger la democracia y combatir el terrorismo internacional. Todos unidos en un mismo afán: adueñarse de los mercados y de los recursos naturales de todos los países del planeta, reeditando el colonialismo, sin pretender entender siquiera, volviendo a lo escrito por Galeano, que “la guerra es la mayor amenaza de este planeta del sistema solar. Y la especie humana es una especie en peligro de extinción”.Por eso, situaciones como las suscitadas en Guantánamo, Abu Grhaib y las cárceles clandestinas montadas por la CIA en algunas naciones europeas para eludir la jurisdicción de las mismas leyes de Estados Unidos y las reconocidas a nivel internacional, debe motivar a una acción de conciencia de todos los pueblos de La Tierra en contra de la práctica guerrerista y, hasta, racista del gobierno de George Walker Bush. Pero implica desafiar el poder aparentemente omnímodo yanqui, sobre todo, en los diversos organismos multilaterales, como la ONU, controlados o influidos por Estados Unidos y sus socios comerciales. Esto significa, entonces, asumir una posición y una conciencia abiertamente antiimperialista, capaz de desarmar la campaña mediática orquestada por el gobierno de Bush para convencer al mundo de sus “buenas intenciones”, utilizando la mentira sistemática, como ocurriera con las armas de destrucción masiva atribuidas al régimen de Saddam Hussein, además de descalificar unilateralmente a los gobiernos que evalúe como sus enemigos, sean éstos potenciales o declarados, como en el caso Venezuela. De ahí que el silencio que envuelve a Guantánamo debe ser roto con estridencia e indignación por todos aquellos que se consideren a sí mismos como demócratas y personas civilizadas. La humanidad es una sola y ésta debe ser la principal bandera que se debe enarbolar, en todo tiempo y espacio, en la lucha contra la barbarie gringa que busca protagonizar apocalípticamente el nuevo Fuhrer, George W. Bush.-