Blogia
Homar_mandinga

EL MUNDO DEL CAPITALISMO

DE LA ÉTICA DEL MERCADO A LA ÉTICA DE LA SOLIDARIDAD

DE LA ÉTICA DEL MERCADO A LA ÉTICA DE LA SOLIDARIDAD

En términos generales, frente a la realidad convulsiva del mundo contemporáneo, habrá que imponerse como meta la abolición y la superación de la competencia fragmentadora del capitalismo, centrada en su lógica de obtención de exorbitantes e ilimitadas ganancias, con la finalidad de enfocarse en la construcción nada imposible de un nuevo modelo civilizatorio, en el cual tengan cabida -sin contradicción alguna- las diversas aspiraciones emancipatorias de la humanidad. Para ello es preciso que las personas dispuestas a emprender este camino de luchas comprendan que son parte esencial de una hegemonía popular en incesante construcción, sin mesianismos de por medio que desvíen sus objetivos fundamentales.

Esto requiere evitar que surjan multiparcelamientos -como sucede con muchas luchas sociales que podrían unificarse frente al mismo enemigo que enfrentan de manera aislada- producto de esa subjetividad fraccionada que le impide a muchos asimilar que sus esfuerzos tendrían que orientarse hacia el logro de un objetivo común, esto es, la emancipación integral de todos. ¿Que esto es algo difícil y llevará tiempo lograrlo? Sí. No se niega.

No obstante, los sectores populares (agrupados o individualizados) tienen ahora mejores oportunidades de liberación que sus antepasados. Sólo tendrían que recurrir a su memoria histórica de luchas, como también aprovechar en su beneficio colectivo las diversas ventajas materiales propiciadas por el sistema capitalista, haciendo realidad (aunque algunos no deseen admitirlo, por los prejuicios que albergan) lo anticipado por Karl Marx y Friedrich Engels a finales del siglo XIX, sólo que de una forma más amplia al afincarse en su propia realidad.

Hoy (como muchos lo sienten en carne propia), todos los pueblos del mundo, incluidos los de las naciones desarrolladas, enfrentan por igual la grave amenaza que representa para su supervivencia la ley del mercado capitalista. Esta ha llegado a ser -de cualquier manera- la medida de todas las cosas, a tal punto que los recursos naturales, lo mismo que las personas, son considerados como mercancías y, por tanto, susceptibles de comprarse y venderse, al margen de cualquier contemplación ética y moral; incluso, violando todo tipo de ley vigente.

El drama adquiere un mayor impacto si se miden los efectos del cambio climático y del incremento de los niveles de pobreza que impulsan a millones de personas a emigrar de sus naciones de origen, unos a Europa, otros a Estados Unidos, tras la ilusión de bienestar creada por las vidrieras del capitalismo. Ambos elementos -degradación ambiental y empobrecimiento crecientes- son las caras visibles de lo que es y significa la hegemonía del capitalismo globalizado. Algo en lo que muchos concuerdan a nivel mundial, pero no atinan aún en atacar y resolver de forma unánime, vistos los intereses que deben sortearse.

Referente a esto último, en su artículo “Globalización o globocolonizacón”, Frei Betto destaca que “no es la economía que se mundializa, es el mundo que se ‘economiza’, reduciendo todos los valores materiales y simbólicos al precio del mercado. Tal fenómeno somete a la cultura y la política a la ley de la oferta y la demanda. Como la teoría económica no fija ningún límite al imperio del mercado, todo lo que es objeto de deseo humano es reducido a las relaciones de intercambio, según las reglas del sistema: uno de los socios lleva más ventaja que el otro”.

Se hace imperioso, en consecuencia, oponer la ética de la solidaridad (engendrada y preservada por nuestros pueblos) a la ética del mercado; lo que exige el surgimiento de un sujeto histórico colectivo, activo y autoconsciente, capaz de promover y de consolidar un régimen socioecológico y profundamente diferenciado de lo que han sido las alternativas surgidas (hasta ahora), cuyas raíces se ubican, sustancialmente, en la vieja Europa.

Frente a esta eventualidad nada descartable, extrapolando lo escrito por Enrique Dussel en su libro “Un Proyecto Ético y Político para América Latina”, en relación con lo que el filósofo francés Jacques Maritain proponía, surge la necesidad histórica de construcción de un “comunitarismo (desde la primacía del bien común), un pluralismo (en cuanto a la distribución de los bienes producidos en común) y un personalismo (en cuanto a la realización concreta de cada persona particular)”. Razonando sobre tal materia, se tendría entonces a la mano una amplia posibilidad de diseñar y llevar a la práctica un programa de transformación revolucionaria que tienda a la edificación de un modelo civilizatorio radicalmente diferente al actualmente vigente.-           

EL SISTEMA Y LA PUJA DEMOCRATIZADORA DEL PUEBLO

EL SISTEMA Y LA PUJA DEMOCRATIZADORA DEL PUEBLO

La categorización del sociólogo alemán Max Weber, según la cual “el político por vocación está al servicio de ideales mientras que el político profesional hace de esta noble actividad una carrera para mejorar su status social mediante el dinero y el poder”, tiene -de una u otra manera- raíces en el modelo de Estado burgués liberal heredado de Europa y las relaciones jerarquizadas de poder derivadas de éste, limitando enormemente la existencia de una democracia ejercitada efectivamente y en tiempo real por el pueblo. Con muy reducidas excepciones, cabe aseverar que esta es una situación común en todas nuestras naciones a través de las diversas etapas de su historia, convirtiéndola en una fatalidad aparentemente inexorable. Sin embargo, han surgido métodos y líneas teóricas que tienen por objetivo la construcción de un género de democracia que responda verdaderamente a los intereses y las necesidades de las mayorías y no únicamente sirva de instrumento para satisfacer las ambiciones egoístas de una minoría.

Si bien es cierto que las crisis económicas producidas cíclicamente por el capitalismo afectan considerablemente a millones de personas en todo el planeta, obligándolas a sobrevivir de cualquier forma, en algunos casos, en condiciones extremas de explotación y de semi esclavitud, éstas han facilitado la elaboración de diversas propuestas que tienden, en un primer plano, a deslegitimar todo lo existente y, en un plano más profundo, a la sustitución absoluta del sistema múltiple de dominación engendrado por el capitalismo y su par, el Estado burgués liberal. Algunas de ellas, echando mano a las tesis del socialismo revolucionario mientras otras pretenden resultar más originales respecto a sus fuentes de inspiración (como el nacionalismo y la socialdemocracia); lo que dificulta -de alguna manera- la convergencia de voluntades y de esfuerzos contra dicho sistema, cayendo en sectarismo y dogmatismos que, en vez de dirigirse a su destrucción y reemplazo, conspiran contra sus propios objetivos; desenmascarándose, incluso, contradictoriamente, su carácter antidemocrático. En cuanto a este punto, vale citar a Oscar Enrique León, quien en su libro “Democracia burguesa, fascismo y revolución”, expone que “el papel de la revolución no es salvar a la democracia burguesa, mucho menos haciendo causa común a tales efectos con una derecha moderada. El papel histórico de la revolución es destruir la democracia burguesa, única forma real y realista de acceder a la democracia participativa y el poder popular que ella postula como forma política. En la medida que lo logre, y sólo en tal medida, habrá derrumbado el orden burgués”.   

Aun cuando ésta no sea la aspiración de los políticos profesionales (llámense de derecha o de izquierda), los sectores populares tendrán que entender que ya no es suficiente el voto ni el logro de ciertas reformas (económicas, políticas y sociales) mientras se mantengan inalterables las estructuras y subestructuras que sostienen y legitiman al Estado burgués liberal. Ellos tienen que vencer el condicionamiento ideológico que les hace desconfiar de sí mismos y depender de esta clase de políticos, proponiéndose actuar un modo autónomo en la concepción del poder popular soberano, así como de nuevos paradigmas que marquen el comienzo de un modelo civilizatorio diferente al existente. Ello representa una necesidad histórica impostergable. En especial, cuando el gobierno de Estados Unidos amenaza con arremeter contra los pueblos y los gobiernos que se muestren reacios a someterse a su estrategia de dominación imperial.

Para aquellos que lo dudan, o sencillamente no comparten tal punto de vista, les bastará tener presente (y comprender, si se empeñan un poco) que el mayor cuestionamiento a este sistema múltiple de dominación lo realizan, justamente, los sectores populares por la vía de los hechos. Por consiguiente, la confrontación que estos llevan a cabo -en su triple condición de oprimidos, explotados y excluidos- sin ser teórica (o teorizada), deja al descubierto la escasez de argumentos sólidos por parte de los defensores del sistema actual, ya que niega (en muchas situaciones, por medio de la fuerza) la posibilidad de hacer realidad los postulados democráticos, igualitarios y emancipatorios que suelen esgrimirse para perpetuarlo y presentarlo como la mejor opción. En el otro extremo, quienes se oponen obcecadamente a la transformación estructural, implícita en las demandas populares, se hallan al margen de una correcta interpretación de la realidad que tomara forma bajo el capitalismo globalizado en los últimos treinta años. Por ello, ante la inutilidad de su discurso político y de sus acciones violentas para contener la puja democratizadora de los sectores populares, optan por plegarse a los proyectos neoimperialistas estadounidenses, esperanzados en su eficacia para preservar el poder usufructuado. No obstante, la presente etapa de luchas por objetivos comunes constituye un fundamento sólido para impulsar y concretar, como debiera ser, el poder popular soberano y tender a la edificación dinámica de un nuevo modelo civilizatorio, en simbiosis armónica con la naturaleza y el resto de las personas.-    

LA CENSURA GLOBAL Y LA MANIPULACIÓN DE LOS PUEBLOS

LA CENSURA GLOBAL Y LA MANIPULACIÓN DE LOS PUEBLOS

La imposición de una cartelización global de la información, o de una censura corporativa mundial, tendría como resultado directo la manipulación más perfeccionada de la opinión pública, ya sea de una nación o de grupos sociales específicos, incluso en contra de sus propios intereses. De esto se encargarían las grandes cadenas informativas (principalmente, estadounidenses), cuyas fuentes, a pesar de no citarse en muchos casos, serían incuestionables y las únicas autorizadas para validar o no cualquier noticia difundida. Así, las operaciones mediáticas en contra de países, gobiernos y personas, además de movimientos sociales y políticos, que resulten contrarios a las agendas políticas y económicas de los grupos de poder mundiales podrán propagarse sin mucha dificultad, obstruyendo a su vez cualquier posibilidad de obtener una información más veraz y fidedigna.      

 

A ello se agregan diversos sitios en Internet que presuntamente censurarían la difusión de ‘noticias falsas’, o que induzcan odios étnicos, políticos y de otra índole, lo que estaría sujeto a la subjetividad de sus dueños o patrocinadores. De este modo, la verdad estará condicionada por lo que los sectores dominantes (locales y mundiales) juzguen como algo apropiado para toda la sociedad, independientemente de si existen elementos reales y cotidianos que la contradigan. Todo esto hace rememorar lo escrito en algunas obras distópicas, como “1984”, “Un mundo feliz” o “Fahrenheit 451”, entre las más conocidas, que dan cuenta del amplio control ejercido por gobiernos futuros sobre la población subordinada, restándole o anulándole la capacidad que puedan poseer para diferenciar la verdad de la mentira.

 

Ha surgido -como lo refieren en su artículo “Profetas del Odio”, Ava Gómez y Bárbara Ester- “una constelación de representaciones sociales de fuerte contenido político que se propaga con rapidez, va conformándose como sentido común y normalizando simbólicamente situaciones de violencia física y exclusión extrema. A este fenómeno se lo conoce como “aporofobia”, en alusión al rechazo, miedo y desprecio hacia el pobre, al desamparado, ese amplio segmento social que queda fuera del contrato tácito entre individuo y sociedad, en el que hay que dar para recibir. Ellos no dan, ergo, no merecen. Y, en consecuencia, hay que anular a sus líderes y derribar o impedir gobiernos que los incluyan”. Consecuentes con dicho propósito, quienes integran los poderes fácticos del planeta desencadenan campañas mediáticas dirigidas a incriminar dirigentes y regímenes diversos, de manera que se justifique, como en los casos de Iraq, Libia y Siria, cualquier acción militar, financiera, económica y/o diplomática que contribuya a su debilitamiento y destrucción.

 

Gracias al consumismo compulsivo -inculcado durante un largo tiempo en un amplio y cada vez creciente segmento de personas a nivel planetario por la gran industria ideológica a su total servicio- el capitalismo (ahora en su ciclo neoliberal y/o posneoliberal, como algunos analistas prefieren denominarlo) ha podido presentarse como la única alternativa existente para elevar las condiciones materiales de vida de todos. Herbert Marcuse, sociólogo y filósofo alemán, se refirió décadas antes a esta situación de manipulación de las personas por el capitalismo en su obra «El hombre unidimensional», publicada en 1964. En ella, Marcuse escribe que «la función básica de los medios es desarrollar seudo necesidades de bienes y servicios fabricados por las corporaciones gigantes, atando a los individuos al carro del consumo y la pasividad política». Con ello, logran la ocultación total de las causas que producen los diferentes acontecimientos y crisis que agobian, en mayor o menor proporción, a la humanidad entera, sin dar cabida a un análisis real y concreto de los mismos. En el fondo, lo que persiguen estos censores globales es la promoción y el reforzamiento de leyes y medidas liberticidas -al estilo de la Patriot Act estadounidense- y así imposibilitar cualquier disidencia o rebelión de parte de los sectores populares, aún las más justas, al mismo que impedir la posibilidad que estos últimos puedan construir por sí mismos todos los espacios potenciales de solidaridad económica y social.-

 

LA LUCHA POPULAR Y EL ENGRANAJE CAPITALISTA GLOBAL

LA LUCHA POPULAR Y EL ENGRANAJE CAPITALISTA GLOBAL

Como se sabe, el capitalismo euro-yanqui y, junto con él, todo sentido del modelo de sociedad occidental, se desarrolló a partir de 1492 a costa, principalmente, de la explotación de los ricos yacimientos minerales de nuestra Abya Yala, además de la mano de obra esclavizada y semi esclavizada, tanto de nuestros pueblos originarios como de los africanos secuestrados de su continente.

 

Este detalle histórico es importante enfatizarlo a la hora de determinar el por qué, pese a su diversidad de riquezas naturales, nuestras naciones acabaron siendo relegadas -luego de un proceso de recolonización que para muchos se hizo imperceptible y, en algunos casos, justificado- a la función de seguros proveedores de materias primas y mercados estables para la colocación de los productos manufacturados, primero en Europa occidental y posteriormente en territorio estadounidense; obteniendo sus empresarios fabulosos dividendos. Esto hizo que nuestras naciones -al conformar la periferia de este engranaje capitalista global- fueran regidas por elites sumisas a la voluntad e intereses de las grandes corporaciones europeas y estadounidenses, tras la fachada de una democracia "representativa", o "delegativa", supuestamente al servicio del pueblo, pero que -en la práctica- no escatimaba recurso alguno para aplacar y disolver cualquier intento por cambiar (por nimio que este fuera) el orden establecido y, de no lograrlo, siempre se contaría con una dictadura fascista siempre oportuna y hecha a la medida para lograr resultados más radicales, efectivos y expeditos. En el presente, el poder monopólico del capital es extensivo a toda la Tierra, independientemente de si existen regímenes que se proclamen contrarios a su hegemonía.

 

Para prolongar su existencia, el sistema capitalista global recurre a tres estrategias exitosas, según sus parámetros y objetivos: 1.- lograr que las personas centren sus vidas en el consumo, sin importar si el mismo es fundamental o no, haciéndolas aceptar sumisamente la realidad que las circunda; 2.- disminuir los salarios y causar desempleo, como reformas esenciales recomendadas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, de manera que a los trabajadores asalariados les intimide reclamar mayores beneficios y padezcan la incertidumbre de no disponer de suficientes recursos económicos para subsistir y, menos, de un empleo medianamente remunerado; y 3.- producir crisis, de manera cíclica, que serán solventadas mediante el otorgamiento de ventajas preferenciales de todo tipo a quienes controlan el mercado y la propiedad privada de los diferentes medios de producción. A todo lo anterior, habrá que agregar la guerra como la forma más eficaz utilizada para ejercer control sobre territorios ricos en recursos naturales de interés estratégico. Esta última -ante los roces entre las grandes potencias, o entre éstas y algunas naciones consideradas de la periferia, pudiera desencadenarse en cualquier instante, repitiéndose la desastrosa experiencia de las dos Guerras Mundiales del siglo pasado. Algo que pocos, aún aquellos desprovistos de una experiencia y unos conocimientos militares mínimos, no descartan del todo.

 

Todo esto apunta, en una perspectiva que algunos calificarán, sin duda, exagerada, a la eventual conformación de una nueva modalidad de Estado supranacional bajo la égida directa de Estados Unidos (cuyos antecedentes podrían representarlos Puerto Rico y, en alguna proporción, el ALCA); lo que podrá alcanzarse tras cooptar, derrotar y/o neutralizar a movimientos de liberación nacional (revolucionarios y socialistas), o de gobiernos nacionalistas, progresistas y/o populistas en cada país objeto de la atención del poder monopólico capitalista.

 

Según revela Ladislau Dowbor, economista brasileño, en una de sus obras- «el poder mundial realmente existente está en gran parte en manos de gigantes que nadie eligió, y sobre los cuales cada vez hay menos control. Son billones de dólares en manos de grupos privados cuyo campo de acción es el planeta, mientras que las capacidades de regulación global van a gatas. Investigaciones recientes muestran que 147 grupos controlan el 40% del sistema corporativo mundial, siendo el 75% de ellos, bancos. Cada uno de los 29 gigantes financieros genera un promedio de 1,8 billones de dólares, más que el PIB de Brasil, octava potencia económica mundial. El poder ahora se ha desplazado radicalmente». Esto es algo serio que debiera preocupar sobremanera a quienes, desde los diferentes movimientos políticos y populares, cuestionan y combaten la lógica capitalista, en vista que su sola factibilidad supone una verdadera amenaza para la vigencia de los derechos democráticos de todos los pueblos e individuos.

 

En la circunstancia definitoria por la que atraviesa gran parte del planeta -frente a un aparentemente irrefrenable capitalismo global neoliberal, el cual ha subyugado (y busca subyugar) en mayores niveles y modalidades la soberanía de nuestros pueblos, independientemente de las garantías establecidas en sus constituciones y el derecho internacional, es imperativo que los diversos movimientos sociales y políticos revolucionarios que lo confrontan, activa y conceptualmente, lleguen a comprender que ya no basta con proclamar una unidad que, muchas veces, nunca pasa de ser un elemento meramente retórico o simbólico.

 

Hará falta apelar a la construcción orgánica y sostenida -desde abajo y en todos los frentes de lucha posibles- de una estructura de coordinación colectiva, basada en procedimientos y actuaciones de carácter consejista que conlleven al logro efectivo de tal unidad, la cual tendría, asimismo, un carácter vinculante para cada gobierno que se sume a esta lucha. En función de ello, habrá que comprenderse, además, que bajo la lógica perversa del capitalismo, la estructura social -muy distinta a la observada hace más de cien años y, más recientemente, hace unos treinta años- tiende a una amplia diversificación, a tal punto que no resulta ninguna novedad «descubrir» categorías y subcategorías sociales existentes en el mundo contemporáneo. Esto, ya de por sí, representa un alto desafío.

 

Desconocer dicha realidad será continuar manejando los esquemas simplistas y legitimadores que moldearon el actual modelo civilizatorio, o sistema-mundo heredado de Europa, el cual -por su origen «universalista» o, mejor expresado, eurocentrista- desconoce la existencia de pueblos, comunidades y culturas autónomos, sometiéndolos, subliminal o forzadamente, al rigor de unas mismas leyes y a un único patrón de conducta; incluso al margen de éstas.

 

De ahí que adquiera un relieve especial la transformación estructural del Estado liberal burgués, vigente, con escasas variaciones, en gran parte del planeta, determinándose con ella un importante porcentaje de la lucha emprendida desde diversos ángulos por sectores políticos y populares, pero todos convergiendo en un mismo objetivo: alcanzar un mejor nivel de vida (o lo que llamamos Buen Vivir en nuestra Abya Yala). El otro porcentaje está relacionado con el ámbito espiritual y/o cultural donde la lucha será más profunda, prolongada y nada fácil, dado que la ideología de los sectores dominantes fueron moldeando -con diversos instrumentos a su entera disposición- la conciencia de nuestros pueblos, a tal punto de lograr que éstos llegaran a justificar su hegemonía y a confrontar a quienes se atrevieron a desafiarla, pretendiendo alterar el orden establecido en beneficio de los sectores populares.

 

La lucha tendrá entonces que orientarse en dos direcciones, ambas íntimamente conectadas aunque pocos lo crean y lo planteen de este modo. Una, la más generalmente admitida, en lo político y en lo económico. En el segundo caso, habrá que admitir que ésta se extiende más allá de cualquier manifestación artística-cultural e incluye lo religioso, en vista que gran parte de su vigencia se debe, primordialmente, al hecho de aliarse al poder constituido y ser un elemento altamente alienante, causando que muchos seres humanos se resignen a su suerte mientras se prodigan bendiciones a sus esquilmadores.-

 

LA LEGALIDAD TAMBIÉN SIRVE PARA SOCAVAR LA DEMOCRACIA

LA LEGALIDAD TAMBIÉN SIRVE PARA SOCAVAR LA DEMOCRACIA

La legalidad también sirve de instrumento para socavar y destruir los derechos democráticos de cualquier sociedad. Como sucediera a comienzos del siglo pasado en Italia y en Alemania bajo el nazi-fascismo, los ejemplos más emblemáticos de lo que puede hacer una élite usufructuaria del poder del Estado, al igual que en Sudáfrica, con su sistema de apartheid, e Israel con sus leyes arbitrarias en contra de los derechos y la existencia del pueblo ancestral de Palestina, el orden establecido se arropa de legalidad, aún cuando se haga evidente que vulnera e ignora los más elementales derechos ciudadanos, estén o no reflejados en las distintas leyes imperantes.

 

Algo semejante se presenta en diversas naciones del mundo, invocándose generalmente razones de seguridad del Estado, las cuales -tarde o temprano- le impondrán a los ciudadanos el sometimiento a un régimen policíaco-militar omnímodo y omnipresente que vigilará, de ser posible, hasta el más insignificante detalle de sus vidas; lo que pudiera percibirse sobre todo en Estados Unidos (recordemos la Ley Patriota) y Europa occidental, donde el terrorismo internacional es el leitmotiv que justifica las acciones emprendidas en este sentido por sus respectivos gobiernos.

 

Un primer paso en esta dirección es la instauración de medidas económicas que, supuestamente, tienen por objetivo recuperar la estabilidad del régimen económico y brindarle a toda la población mejoras en sus condiciones materiales de vida, por lo que ésta debiera resignarse a perder gran parte de sus derechos y beneficios disfrutados en función de los grandes intereses del sector financiero-empresarial, causante (¡vaya ironía!) de las crisis que mitigarían tales medidas.

 

De este modo, se induce a las personas (agobiadas por una cotidianidad sumamente difícil) a aceptar el manejo del poder por parte de las élites, inoculándoles la idea respecto a que los sectores populares son totalmente incapaces de ejercer exitosamente funciones de gobierno, por lo que sería recomendable dejar tan importante tarea en manos de quienes sí pueden lograrlo, a semejanza de Donald Trump y otros empresarios elegidos presidentes.

 

Cuando esto resulta infructuoso, entonces se recurre al bombardeo de falsas noticias que distorsionen la realidad de la nación, cuyo gobierno se trata de subordinar y derrocar; algo que ya probó su efectividad en naciones de Oriente Medio y que, pese a su intensidad creciente, no ha surtido los mismos efectos en nuestra Abya Yala, en los casos concretos de Bolivia, Ecuador y Venezuela, frenándose los propósitos desestabilizadores de los grupos oligárquicos que aspiran recuperar el control del poder constituido.

 

Sin embargo, en Paraguay, Honduras y Brasil los resultados fueron otros, utilizando recursos legales para destituir a sus presidentes, a pesar de las masivas manifestaciones en contra de lo que se ha denunciado, con mucha razón, como golpes parlamentarios; cuestión que se quiso repetir vanamente también en Venezuela. En todas estas circunstancias, con sus lógicas excepciones, los sectores populares conforman, básicamente, una masa pasiva y expectante, muchas veces objeto de manipulación, lo cual le permite a las clases dominantes alcanzar sus metas, alejándolas de cualquier posibilidad real de emprender y protagonizar una revolución de corte socialista o, por lo menos, de ampliar sus derechos democráticos.

 

No obstante, este panorama pudieran modificarlo sustancialmente los movimientos populares revolucionarios mediante una contraofensiva mediática que evite la propaganda y sirva para ilustrar al pueblo respecto a las intenciones ocultas de sus enemigos de clase, incluyendo a aquellos que, validos de una simbología y un discurso revolucionarios, terminan por ser más de lo mismo, convertidos -por obra y gracia del poder delegado por dicho pueblo- en unos nuevos burgueses, sólo interesados en preservar los privilegios obtenidos, nunca en hacer una verdadera revolución socialista, ssobre todo, si ésta supone invertir las relaciones de dominación habituales.-

 

PALABRAS Y ACTITUDES QUE NO CUADRAN

PALABRAS Y ACTITUDES QUE NO CUADRAN

En general, la gente suele considerarse solidaria, pero sólo con aquellos que pueden devolverle el favor recibido. «Cristianos» (lo mismo que otros creyentes) que dicen amar a su dios, a quien no ven, pero matan, odian, insultan o menosprecian a sus semejantes, a los cuales sí pueden ver cada día, dotado de un rostro diferente. Sacerdotes y pastores que olvidan adrede la crítica de Jesucristo a escribas y fariseos, arrodillados devotamente ante el becerro de oro que les induce a olvidar su principal función religiosa.

 

Gobernantes que afirman ejercer sus cargos en favor de la soberanía y los intereses de los sectores populares, pero sucumben sin ninguna resistencia ante las tentaciones y exigencias de las élites. «Demócratas» que se esfuerzan en planificar y en lograr, por cualquier vía extralegal, incluso mediante el uso de la violencia, la caída de un gobierno legalmente constituido. «Patriotas» que reconocen tácitamente la tutela extranjera del país que proclaman defender, olvidando, por conveniencias personales, lo que representa y significa la soberanía nacional.

 

«Socialistas» (por no decir «revolucionarios») que predican un comportamiento fanáticamente anticapitalista, pero exhiben sin pudor alguno los mismos símbolos, aficiones y afán de lucro de la burguesía que suelen condenar en sus discursos. Militares y policías que se presentan a sí mismos como lo más inmaculado de la sociedad, pero no tienen ningún empacho en utilizar el rango de autoridad que se les delega para delinquir impunemente en todas las modalidades posibles. Jueces y fiscales que continúan aplicando una justicia clasista, movida por intereses políticos y sociales antes que por el saludable deseo de corregir y sancionar los delitos cometidos.

 

«Maestros» que limitan la inteligencia de sus estudiantes, armados de catecismos con que les obligan a obedecer y a actuar mecánicamente, sin que se les reconozca su derecho a cuestionar todo aquello que se le «enseña». Médicos que ven en sus pacientes algo ajeno a su sensibilidad humana, por lo que no dudan en aprovechar la ocasión que se les presenta de obtener mejores dividendos, sin importar que puedan contribuir a la recuperación de su salud. Periodistas, opinadores de oficio y empresarios de la información, cuya distorsión de la verdad los equipara con criminales de guerra, promoviendo odios irracionales con el fin de lograr beneficios personales.

 

Empresarios y «sindicalistas» que ondean sus banderas de triunfo a costa de la plusvalía generada por una masa uniforme de trabajadores, condenados a vender su fuerza de trabajo a cambio de salarios con los cuales reproducen la miseria en que «viven». Mujeres y hombres «feministas» que en sus hogares dan vida -a veces, de modo inconsciente- a los mismos patrones patriarcales que combaten. Padres y madres que manifiestan amar a sus hijos, pero que los arrojan irresponsablemente a la vida, sin dotarlos de los suficientes valores éticos y morales con que puedan enfrentar exitosamente las vicisitudes que les surjan diario. Hijos que lloran a sus padres y madres desaparecidos, pero que, vivos, jamás o escasamente supieron honrar dignamente.

 

Son palabras y actitudes que no cuadran. Ellas reflejan, sin mucho análisis científico, la crisis invisible (o invisibilizada) que recorre todo el espectro de la civilización en que nos desenvolvemos; así como también la necesidad -compartida o no- de cuestionarla y de transformarla radicalmente. Por el bien de todos, así suene para algunos ilusorio, desfasado o utópico.-

 

CUANDO LA VERDAD YA NO IMPORTA

CUANDO LA VERDAD YA NO IMPORTA

En la era actual, a millones de personas a nivel mundial poco les importa constatar el origen y veracidad de las informaciones que conocen a diario por vía de la prensa escrita, la radio, la televisión o las redes sociales existentes en Internet, tampoco interpretar los hechos que estas difunden, aun las más increíbles o absurdas. Esto ha dado origen a lo que muchos llaman falsa información, des-información o post verdad, coincidiendo en que ésta se ha convertido en una herramienta muy eficaz a la hora de descalificar a cualquier movimiento (político o social), persona o gobierno, según el parecer de los agentes imperialistas.

 

En este caso, la falsa información, des-información o post verdad cumple un propósito abiertamente desestabilizador contra gobiernos y naciones que son foco de la atención de los poderes hegemónicos, encabezados por el imperialismo gringo y sus acólitos de Europa occidental (agrupados en la OTAN), interesados en lograr el control de estos y utilizarlos en beneficio de su conglomerado de corporaciones globales capitalistas. Iraq, Afganistán, Libia y Siria han sido pasto de esta des-información -al igual que ha ocurrido con los gobiernos de Bolivia, Ecuador y Venezuela-, señalándoseles de cometer toda clase de barbaridades, a fin de obtener el visto bueno de la opinión pública local e internacional para, luego, iniciar un ataque más frontal, esta vez de naturaleza militar. Mediante esta estrategia, se instigan coyunturas insostenibles y comportamientos completamente disociados que, pese a quitársele la máscara a las mentiras divulgadas, continuarán su curso, pues de lo que se trata es de justificar sus acciones, violentas o no, contra determinado régimen o país. 

 

Esto lo ha refrendado el nuevo gobierno de Estados Unidos al disponer la creación de un “Centro de Compromiso Global”, cuyo objetivo es tutelar, sincronizar y conjugar los esfuerzos del gobierno federal para reconocer, comprender, exponer y contrarrestar, en perfecta sincronización con sus aliados de la OTAN, toda la propaganda y desinformación emanada de parte de -potenciales o declarados- Estados enemigos, lo mismo que de actores sociales y políticos, que representen una amenaza a “sus intereses de seguridad nacional”. Con ello pretenden afectar a su favor la opinión y las emociones de los receptores de su mensaje, de una forma que Paul Joseph Goebbels, ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich nazi, o George Orwell, autor de la novela distópica “1984”, con su personaje del Big Brother (o Gran Hermano), jamás hubieran concebido en su momento la posibilidad de una perfeccionada y masiva manipulación mediática como la que se halla en curso.

 

Frente a ello, en su análisis “Homo Post-verdadero”, Rodrigo Fresán apunta que “las `masas silenciosas´ ya no hacen lo que se espera de ellas por lógica y tradición. Se actúa por reflejo y no por reflexión. Se dispara primero y se apunta después. Se comment(a) antes de informarse. Y el modo de informarse previamente pasa por lo no verificado ni autenticado, pero sí por lo más post-verdadero. Es decir: por lo más gracioso, ocurrente, loco, imprevisible. Por el rumor, el insulto, la descalificación, lo falso y lo chistoso y pesado antes que por lo certero y auténtico”. Dicha realidad, justamente, es un campo abonado para que los poderes fácticos logren -en distintos grados- sus objetivos de dominación y de manipulación, aun cuando muchos aleguen que sus decisiones y reacciones ante acontecimientos que apenas conocen sean independientes, no sujetas al control de ninguna industria ideológica. A ello se agrega el hecho que la plataforma tecnológica utilizada, en el caso específico de Internet, no se origina en las naciones que son blancos de esta manipulación, manteniendo al respecto una dependencia que constantemente conspira en su contra.-  

EL SOCIALISMO Y LOS VIEJOS VALORES IDEOLÓGICOS CAPITALISTAS

EL SOCIALISMO Y LOS VIEJOS VALORES IDEOLÓGICOS CAPITALISTAS

En un doble sentido, la preservación y procreación de la vida humana le son esenciales al régimen del capitalismo: en uno, obtiene la garantía de contar con una fuerza de trabajo que se renueve siempre y, en otro, dispone de una masa de consumidores para la gama de productos, necesarios o no para su existencia diaria, vertidos al mercado que, además, responde a sus intereses. Esto permite entender que al capitalismo se le debe contemplar de un modo más amplio y no únicamente desde un punto de vista económico estricto.

 

De ahí que pueda citarse a Lenin, al hablar de los estudios de Carlos Marx sobre el capitalismo, en su obra “Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo”, respecto a que “allí donde los economistas burgueses veían relaciones entre objetos (cambio de mercancías por otras), Marx descubrió relaciones entre personas”; es decir, entre una clase explotadora y otra explotada, lo que, al final, se traduce en una lucha de clases. Con ello en mano, se podrá entender igualmente la necesidad imprescindible de transformar totalmente las relaciones existentes entre los seres humanos en el tipo de sociedad en el cual viven, su modo de vida y el trabajo que desempeñan, abarcando aspectos que generalmente se pasan por alto o se dejan al azar, según se manifieste (o se deje manifestar) el libre albedrío de cada persona. No se podrá acceder a la construcción de una sociedad de nuevo tipo conservando intactos los rasgos capitalistas y representativos que caracterizan a la actualmente imperante, por lo que es menester extenderse a otros ámbitos substanciales de la vida humana.

 

Así, en “Nuevas perspectivas para la liberación de la mujer”, Stefan Engel y Monika Gärtner-Engel exponen que “la lucha de clases en el socialismo abarca tanto la transformación de las relaciones económicas y políticas como la superación de las viejas tradiciones, costumbres y conceptos morales. Es imposible remodelar las condiciones materiales de vida sin transformar el modo de pensar”. Los viejos valores ideológicos que legitiman el orden capitalista vigente serían entonces un serio obstáculo a vencer, ya que los mismos se revelarían, en algunos casos, de una forma inconsciente o imperceptible, en circunstancias que algunos califican sin importancia, pero que dejan mucho qué decir del carácter revolucionario que se pretende exhibir. Tales valores ideológicos se ponen en evidencia, por ejemplo, cuando comienza a instaurarse (y, por supuesto, a consolidarse) la hegemonía de una dirigencia de rasgos y comportamientos pequeñoburgueses que acaba por convertirse en una nueva clase burguesa que -corporativamente- asume el control del poder, ya sea éste político, económico o una combinación de ambos, en detrimento del protagonismo y la participación revolucionaria de los sectores populares.

 

Confrontar y derribar los viejos valores ideológicos capitalistas supone la adopción de una nueva ética y de una nueva moral, basada en la formación teórica y práctica del socialismo revolucionario, con un criterio de amplitud y de responsabilidad con el futuro del país en que moremos, incluso, de todo el mundo; además de mantener un combate frontal contra la corrupción administrativa en todas sus manifestaciones. Será, sin duda, una lucha contracorriente, sobre todo, en medio de la conformidad y el desconcierto que se apoderarían de algunos, haciéndolos abandonar sus ideales revolucionarios, frente a quienes ahora detentan el poder en nombre de los mismos.-