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EL MUNDO DEL CAPITALISMO

LOS OTROS MUROS QUE NADIE VE

LOS OTROS MUROS QUE NADIE VE

Ahora la moda es repudiar la decisión del nuevo presidente gringo de construir un muro que separe a su nación de México, que es decir de todo el resto del continente, cuyos habitantes cruzan de cualquier modo la frontera en busca del anhelado «sueño americano». Sin embargo, poco se habla (quizás por ser menos conocidos o publicitados) de los demás muros existentes desde largo tiempo que cumplen igual intención, incluso con el objetivo deliberado de exterminar a todo un pueblo, como ocurre con Palestina, víctima del sionismo. En situaciones más locales, se pasa por alto los otros muros que dividen urbanizaciones y barrios (o zonas marginales), con los cuales se evidencia el contraste de las clases sociales y pone en el tapete la necesidad revolucionaria de la transformación estructural que requiere el modelo civilizatorio vigente en nuestra Abya Yala y el resto del planeta.
 
Escasamente se conoce algo respecto a los muros construidos en Uzbekistán o Belfast, Irlanda del Norte; en Chipre; en Melilla, a orillas del mar Mediterráneo, el cual separa Españadel norte de África, o el que erigiera Marruecos en el Sahara Occidental; Egipto en su frontera con la Franja de Gaza; entre Iraq y Kuwait; entre Iraq y Arabia Saudita; entre Turquía y Siria; entre Zimbabwe y Botswana; entre India y Pakistán; y la candente zona desmilitarizada establecida desde hace décadas entre Corea del norte y Corea del Sur. Cada uno de ellos bajo diferentes razones, pero con propósitos similares, es decir, servir de instrumentos visibles de la dominación, la xenofobia, el odio, el racismo y la discriminación, algunas revestidas con elementos religiosos prejuiciosos, practicadas por unas naciones sobre otras, lo mismo que por unas clases sociales sobre otras. Entre estos cabe incluir (aunque no se vea o palpe) el bloqueo económico cincuentenario desplegado por Estados Unidos contra Cuba a fin de someterla y recuperarla como parte de su dominio imperial.
 
A todos ellos se suman los muros creados por las grandes trasnacionales de la información y la comunicación (secundadas por los demás agentes de la industria ideológica imperial-capitalista) que le impiden a un amplio porcentaje de la población mundial enterarse de las verdaderas causas de los acontecimientos que -de una u otra forma- afectan su destino, siendo víctima de una manipulación mediática descarada que se ajusta a los intereses de quienes representan y dominan el sistema capitalista global.  
 
Por eso resulta válido lo afirmado por Fernando Buen Abad respecto a que el muro propuesto por Donald Trump no tapará “el drama del desempleo, la barbarie de la humillación, el infierno del hambre y la monstruosidad del despojo. Todo lo contrario. Deja a la vista la barbarie, la aberración y la bofetada auspiciadas por la burguesía que no tiene límites ni frenos en la fase depredadora en que se encuentra el imperio. El Muro es su espejo. Ellos ponen el Muro para callarnos y para acallar toda rebeldía, nosotros (todos) podemos poner el ejemplo y transformar al mundo. Que reviente el Muro con las luchas indígenas, campesinas y obreras... desde abajo y hasta el cielo. Que reviente el Muro antes, durante y después de que lo completen. Que reviente el Muro por obra y gracia de los trabajadores, de aquí́ de allá, inmigrantes y no inmigrantes... unidos esta vez para siempre” Los pueblos oprimidos, explotados y discriminados del mundo están obligados, por tanto, a derribar en conjunto los otros muros que nadie ve, incluso aquellos que -sin conciencia plena de lo que representan- justifican, incitados por la ideología dominante.-

TRUMP, ¿UN APOCALIPSIS MENOS DESTRUCTIVO?

TRUMP, ¿UN APOCALIPSIS MENOS DESTRUCTIVO?

A vuelo de pájaro, la elección del multimillonario Donald Trump como el sucesor de Barack Obama en la presidencia de Estados Unidos ha sido catalogada como una revuelta de la población “blanca, anglosajona y protestante” (en algunos casos, percibida como una minoría) contra las élites políticas, económicas y financieras identificadas con el capitalismo neoliberal, cansada de ser víctima constante de sus manipulaciones y demás acciones para asegurar sus patrimonios particulares y/o grupales en detrimento de los ingresos, necesidades e intereses de la amplia masa laboral estadounidense. En consecuencia, su discurso antiglobalización tuvo un primer efecto en el ánimo de esta población, pero no podría interpretarse, a priori, como algo totalmente en su contra.

 

Atendiendo a sus palabras durante la campaña electoral, con Donald Trump en la Casa Blanca, según lo vaticinan algunos estudiosos del tema, todos los proyectos de la restauración económica neoliberal a nivel global podrían desbaratarse en función de una política económica nacional más proteccionista y, por ende, aislacionista. Así, los tratados de libre comercio que promovieran y suscribieran los gobiernos posteriores a la era de Ronald Reagan fueron satanizados y culpados de suprimir una cantidad considerable de puestos de trabajo tuvo su eco efectivo en las áreas más empobrecidas de Estados Unidos, lo que -de algún modo- sirvió para apuntalar el ascenso de Trump a la presidencia estadounidense.

 

Adicionalmente, la postura conservadora del nuevo presidente ha hecho suponer el inicio de un período que hará retroceder y limitar muchos avances en materia de derechos humanos. Por ejemplo, Emilio Marín, en su artículo “Un ‘remedio’ peor que las enfermedades del imperio”, describe que “dentro y fuera de EE UU el resultado supone un espaldarazo a políticas de derecha y ultraderecha, de limitación de los derechos civiles y avances elementales en cuestiones como el aborto, cambio climático y matrimonio igualitario, exacerbación de la xenofobia, sobre todo contra los mexicanos y musulmanes (estos, ‘el último orejón del tarro’ para el magnate y sobre lo cual los medios mucho no hablan) y la vilipendiada mujer, tocable y violable”.

 

Claudio Katz, por su parte, hace notar que “el nuevo presidente exhibe con orgullo su condición de potentado y reforzó la idealización del capitalista que impera en Estados Unidos. Reavivó también la fábula que asimila el éxito en los negocios con la capacidad para dirigir un país”.  Sin embargo, como lo menciona Katz, “olvidó recordar cómo refutaron esa creencia los últimos millonarios que habitaron la Casa Blanca”. Esto, obviamente, tendrá sus repercusiones en el caldo de cultivo explosivo que representa la gigantesca crisis política y social que embarga desde hace varios años a los Estados Unidos y, más allá de sus fronteras nacionales, a todo el sistema imperialista mundial, envuelto en toda clase de acciones intervencionistas y agresiones militares contra gobiernos y naciones opuestos a sus designios hegemónicos.

 

No hay que olvidar que desde hace siglos, el imperialismo gringo ha explotado e inculcado el excepcionalismo o destino manifiesto que les concierne por la gracia divina para civilizar al mundo; lo que podría precipitar una situación quizás más extrema y belicista frente a las dos potencias que ahora le disputan la hegemonía global a Estados Unidos, Rusia y China, lo mismo que con aquellas naciones que han sido objeto de su constante atención, entre ellas algunas pertenecientes a nuestra Abya Yala.  Nada de esto significa que Trump sea un apocalipsis menos destructivo que el simbolizado por Hillary Clinton, incluyendo al saliente premio Nobel de la “paz”, Obama, con su estela de destrucción, violación de derechos humanos (dentro y fuera de suelo estadounidense) y guerras imperiales.-  

LA IDEOLOGÍA COMO FACTOR DE LA DOMINACIÓN

LA IDEOLOGÍA COMO FACTOR DE LA DOMINACIÓN

Generalmente, el pueblo siempre ha sido sugestionado -en un grado u otro- por las clases dominantes para que reproduzca una autoestima atrofiada y un endorracismo, de los cuales apenas tendría conciencia plena, generando en él un sentimiento extendido de impotencia y de incapacidad para enfrentar con éxito (así sea relativo) la realidad de injusticias, de desigualdades y de explotación en que éste se desenvuelve. De este modo, prosiguiendo las pautas impuestas por el colonialismo hispano en estas tierras de Abya Yala, las clases dominantes consiguieron que una gran mayoría (si no la totalidad) del pueblo se valorara a sí mismo como un elemento negativo -a pesar de sus cualidades, que las tiene, indudablemente-, induciendo en algunos individuos la preferencia por modos de pensar y estilos de vida foráneos; especialmente los provenientes de Estados Unidos, que dan cuenta de un tipo de sociedad moderna, mejor administrada, culta, pujante y donde se hallan a la mano (aparentemente) todas las oportunidades para superar la pobreza estructural de la que se es víctima y parte involuntaria.

 

Para ello, las elites dominantes recurrieron a la ideología, adoctrinando al pueblo según sus principios de clase, a través de la cultura, la instrucción, la religión y las leyes dictadas a su favor; todo lo cual convergió en la adopción de una visión fatalista de un mundo que jamás podría alterarse, por muchas rebeliones y revoluciones que se gestaran para lograrlo, persuadiendo a los sectores subordinados respecto al papel pasivo que les tocaría cumplir en éste. En referencia a este tema, explica Juan Carlos Barajas Martínez en “Las tres ideologías básicas del Homo Hispanicus”, que “la ideología, desde el punto de vista sociológico, no es simplemente que una persona sea socialdemócrata o liberal, esa sería una visión política. Para los sociólogos la ideología tiene que ver más con una visión del mundo, construida desde la infancia, sujeta a cambios a lo largo de la vida y con una clara influencia del entorno social y familiar. Pero se trata de una visión completa del mundo que rodea al individuo construida socialmente, al menos en parte. Si se trata de una visión completa convendremos en que la ideología contendrá a la ideología política, pero también una ética, formas culturales y económicas, hábitos o costumbres, leyes no escritas más o menos inquebrantables y formas religiosas y supersticiones más o menos asumibles”.

 

Adicionalmente, la realidad del mundo contemporáneo corrobora lo escrito puntualmente por Carlos Marx en "La ideología alemana" hace ya más de cien años: "Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante". Para conseguirlo, esta clase dominante no precisa de ejércitos exclusivamente para implantar su modelo político, económico y social. Ahora lo obtiene mediante el control desplegado sobre las redes sociales y los medios de entretenimiento y de información masivos, convirtiéndolos en elementos no convencionales de contienda, en lo que muchos concuerdan en designar guerra de cuarta generación, superando en mucho lo hecho por sus predecesores a través del tiempo. De este modo, se han asegurado que el control sobre los sectores dominados no dependa únicamente de agentes externos sino de la complicidad subconsciente de estos mismos, al hacerlos admitir la legitimidad e inevitabilidad del orden establecido, en un proceso de alienación que se reproduce de forma variada y permanente.

 

Por supuesto, para los beneficiarios directos de la globalización capitalista, lo ideal es lograr sin resistencia una uniformidad total de pensamiento, conciencia, lenguaje y patrones de vida de quienes habitamos este mundo, aceptándola como algo inevitable y altamente beneficioso para nosotros; claro está, incrementando día a día, sin restricción moral o legal alguna, su patrimonio particular. En contrapartida, cualquier afirmación de soberanía, de identidad cultural, de lucha anticapitalista y/o de libertad económica que lesione, contraríe e impugne los métodos, la lógica y los objetivos de la globalización capitalista será móvil para que el imperialismo gringo y sus asociados promuevan una estrategia en su contra, de forma que no exista nada fuera de su dominio. Es por eso que se requiere echar mano a un cuestionamiento generalizado del modelo civilizatorio actual y no contentarse con reformas que no eliminan del todo las causas de los diversos problemas que aquejan a la humanidad, solucionando parcialmente sus secuelas; lo que sería -aun cuando no lo desearan algunos de sus promotores- una revolución postcapitalista, sea que se le califique de socialista o no, pero revolución en un sentido bastante amplio y pluralista, a tal punto de incluir en ella a todos aquellos sectores sociales que combaten, desde sus trincheras particulares, las amenazas y la hegemonía devastadora de la globalización capitalista.-    

LA DERECHA Y SU IDEOLOGÍA DE LA BANALIZACIÓN

LA DERECHA Y SU IDEOLOGÍA DE LA BANALIZACIÓN

A nivel nacional e internacional, los políticos de la derecha (y, en algunos casos, también de la llamada izquierda tradicional) han optado por banalizar, prácticamente, todo aspecto de la vida social, restándole la importancia y la seriedad con que debería abordarse cada uno, en función de sus carreras políticas y apetencias particulares de poder. Se ve tanto en Estados Unidos como en Europa y, más cercanamente, en Venezuela donde sus adalides parecen enfrascarse en una competencia por sobresalir en cuanto a la falta de inteligencia y a la escasa, por no decir inexistente, trascendencia de sus actitudes y afirmaciones. Esto, de alguna manera u otra, ha marcado la percepción de algunas personas respecto a los problemas coyunturales y/o estructurales que estarían padeciendo, sin indagar mucho sobre cuáles son sus causas reales y dejándose llevar por lo que se entiende frecuentemente por opinión pública.

 

Así, los políticos de la derecha en Venezuela (calco y copia de sus pares en otras latitudes) muestran repetidamente muy poco respeto por la capacidad intelectual de los sectores populares al insistir en hacerles creer que su solicitud del referendo revocatorio contra Nicolás Maduro tiene un objetivo altruista (incongruente, por demás), como lo sería la defensa de la constitucionalidad y de la democracia, lo que -según indican- solucionaría, en definitiva y de una manera instantánea, todos los problemas existentes en el país. Incluso obligando a los diversos medios de información a instituir, prácticamente, una exclusión de la diferenciación, tanto de aquella que pudiera surgir en sus filas como de la que se hallaría presente en las filas del chavismo, substrayendo la atención sobre sus debilidades ideológicas y haciendo ver que existe una alta polarización de fuerzas, sin opciones igualmente válidas más allá de unas y de otras. Tal situación se extiende y se mantiene sin mucha discrepancia, forzando al chavismo gobernante a mantenerse en esta misma línea, contrapunteando mediáticamente, sin plantearse un debate más profundo y, por consiguiente, sin suscitar una mejor conciencia y un decidido avance revolucionario de los sectores populares.

 

Es por eso que resulta vital entender que la lucha revolucionaria (lo mismo en territorio venezolano que en otros de nuestra Abya Yala) implica crear no sólo mejores condiciones sociales de vida y de trabajo, necesarias desde todo punto de vista, sino -básicamente- despojar al discurso de la derecha de ese carácter de ilusión redentora con que aún atrae a un porcentaje no desdeñable de personas descontentas o que, sencillamente, ansían igualarse algún día con los sectores tradicionalmente dominantes, en vista que el mismo le causa un enorme daño al ejercicio crítico y protagónico de la democracia por parte del pueblo organizado, sobre todo, si se apela a sus mismos recursos, incluyendo el clientelismo político. Es importante entonces que se plantee entre los revolucionarios la construcción de un nuevo lenguaje político con el cual se rearme teóricamente al pueblo, teniendo como consecuencia esperada la revolución socialista en todos los órdenes, no únicamente en cuanto a las formalidades políticas, de manera que exista una verdadera transformación estructural del modelo civilizatorio actual y se logre la supresión de las distintas repercusiones que tendría la ideología de la banalización de los sectores dominantes en los modos de pensar y de vivir de los sectores subordinados, ahora emancipados o en proceso de emancipación.-

LA DERECHA Y LOS ALQUIMISTAS DE LA «REVOLUCIÓN»

LA DERECHA Y LOS ALQUIMISTAS DE LA «REVOLUCIÓN»

En coincidencia con Marcelo Colussi, escritor y politólogo de origen argentino, habría que admitir que «la derecha política se ha ido apropiando paulatinamente de lo que años atrás era el discurso de la izquierda. Eso es gatopardismo: cambiar algo para que no cambie nada. Hoy, sin ningún temor, los organismos financieros internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional pueden denunciar la situación económica del mundo y hablar de lucha contra la pobreza. Eso puede parecer loable; pero ¡cuidado! Luchar contra la pobreza no es lo mismo que luchar contra la injusticia, contra las verdaderas causas que producen la pobreza».

 

Mediante este mimetismo, la derecha explota a su favor el hecho innegable que todos los pueblos de Nuestra América (y de una vasta porción del planeta) han sido -en uno u otro sentido- permeados y adoctrinados secularmente por la creencia generalizada que el capitalismo y, con él, todo lo que conforma el orden social vigente, jamás podría modificarse, por muchos esfuerzos que se hagan para conseguirlo. Esto ha inducido la aparición de quienes se granjearían la denominación de “alquimistas de la revolución” (entendiendo ésta como algo que parece revolución, pero que no lo es, siendo más bien simple reformismo), distorsionando dicho concepto en función de una práctica totalmente ajena a lo que el mismo conlleva y debe entenderse, sobre todo, cuando éste se acompaña con un discurso de carácter socialista.

 

Además de lo anteriormente expuesto, podríamos agregar lo concluido por Marcos Roitman, sociólogo y ensayista chileno-español, en un análisis titulado “El triunfo cultural del neoliberalismo" respecto a que “el éxito cultural del neoliberalismo consiste en desvirtuar los proyectos sociales democráticos, emancipadores y de izquierda en una opción dependiente del mercado, los medios de disuasión y desinformación social y la telefonía móvil. Un mundo despolitizado y desideologizado es la mejor garantía para el gobierno de la derecha, que hace posible que proyectos considerados transformadores puedan declamar, como un dogma de fe, no ser ni de derecha ni de izquierda. Todo un éxito del neoliberalismo cultural".

 

Ello se puede percibir en la posición adoptada por muchas personas que piensan sólo en sí mismas, sin importarles la suerte corrida por los demás, lo que las hace estar predispuestas a aceptar cualquier régimen en tanto él no afecte sus intereses particulares y se les permita aprovecharse de la ocasión, así esto contribuya a agudizar las tensiones sociales, las desigualdades y la inestabilidad económica en un sentido general. Esto explica el por qué este tipo de personas son renuentes a reconocer lo que es y podría significar el pasado histórico en el impulso de las diversas transformaciones que se requieren en el presente, aduciendo (cuando cree que es necesario) que éste es algo obsoleto, sin nada práctico que aportar al mundo moderno donde lo meritorio es alcanzar el éxito individual, social, política y económicamente, así se carezca de una moral mínima que lo realce.

 

Para quienes promueven la imposición del neoliberalismo económico y el imperialismo corporativo a escala planetaria, este sería el estado ideal de la sociedad que aspiran regir indefinidamente y sin contratiempos de ninguna especie, esperando que sus integrantes -a pesar de las diversas destrezas y altos grados académicos que exhiban- actúen de una manera equivalente a la de unos zombis, absortos únicamente en su autocomplacencia e incapaces de ejercitar su libre albedrío frente a las realidades re-creadas y manipuladas a su antojo por los sectores dominantes, a través de sus cadenas informativas y la gran industria ideológica a su entero servicio.

 

Por eso, al plantearse la puesta en marcha de un necesario proyecto revolucionario en estos y otros países del mundo, inevitablemente se tendrá que lidiar sostenidamente con esta ideología inculcada a través de largos años por las clases dominantes, lo que exigirá de sus conductores emprender una revolución cultural que reivindique la idiosincrasia y la memoria histórica de sus pueblos.

 

No podría ser de otra manera, asumiendo que la revolución tiene como objetivo fundamental lograr la transformación estructural del actual modelo civilizatorio. No otra cosa podría acometerse en momentos que el discurso aparentemente incoloro y desprovisto de contenidos clasistas revolucionarios, tanto de los grupos de la derecha como de los “alquimistas de la revolución”, está enfilado a desarmar, básicamente, a los sectores populares, ilusionándolos con soluciones cortoplacistas en relación a la serie de problemas que confrontan a diario, sobre todo si éstos -como ocurre actualmente- son de género económico.-

LA CRISIS DEL MODELO CIVILIZATORIO OCCIDENTAL

LA CRISIS DEL MODELO CIVILIZATORIO OCCIDENTAL

Aminorar los efectos negativos de la pobreza, la violencia y el deterioro de la naturaleza se ha convertido en un objetivo primordial que se han trazado lograr por igual gobiernos y pueblos de todo el mundo. Unos porque es parte de sus funciones, en el caso de los gobiernos, y otros por simple instinto de supervivencia y deseos de preservar su cosmovisión y la vida en un sentido amplio, en el caso de los pueblos (especialmente los de Nuestra América). Los más conscientes de la situación crítica que asola al planeta, evidenciada en los desplomes económicos que han condenado a la miseria y al desempleo a millares de personas en muchas naciones, además del cambio climático que afecta y amenaza destruir el delicado equilibrio ecológico en todos los continentes, saben que todo ello es consecuencia directa del sistema de explotación, de desigualdad social y de depredación salvaje de los recursos naturales que define al capitalismo. Otros aún creen que solo bastaría con que los dueños del capital globalizado redujeran sus avideces de lucro y se preocuparan algo más por “humanizar” este sistema.    

 

El modelo civilizatorio occidental, por tanto,  se halla envuelto en una crisis que tiende a agudizarse, sin solución aparente a corto plazo. ¿Quién entonces podría refutar esta afirmación de manera concluyente, sin verse como alguien tocado por la irracionalidad y la autocomplacencia, además de la tradición positivista occidental impuesta por Europa y secundada por Estados Unidos, acostumbrados a pensar de una misma forma y en una misma orientación? Se hace imprescindible, por consiguiente, el surgimiento inaplazable de unos nuevos paradigmas culturales, sociales y económicos que tengan como rasgos destacados la interculturalidad, una filosofía de vida alejada de la lógica del capitalismo y un nuevo patrón de relaciones armónicas entre los seres humanos -y entre éstos y la naturaleza de la cual dependen- que sirvan como muro de contención a las ambiciones hegemónicas de los grandes centros de poder político y económico existentes.

 

El historiador de la Universidad de Harvard Niall Ferguson alega en el rotativo británico 'The Financial Times' que "el breve período de paz", tal como él describe al período entre 1991 y 2010, ha llegado a su fin. "Occidente obtuvo beneficios de la paz después de 1991. Los dilapidamos en una fiesta de dos décadas de consumo, estancamiento y especulación. Primero llegó la resaca financiera; ahora llega el ajuste de cuentas geopolítico. Lidiar con esta situación significará volver a aprender las artes de la gran estrategia y de la guerra", sostiene el ensayista en su columna. Esta circunstancia, un tanto imprevista o escasamente presagiada, ha conducido al mundo actual a un estado de guerra tácito, con posibilidades nada lejanas de recurrir al uso de armas nucleares, promovido principalmente por el imperialismo gringo en contra de todo país y de todo gobierno que considere es una amenaza a sus intereses geopolíticos y económicos. Por su parte, la Red Nuevo Paradigma señala que “desde 1492, el ‘desarrollo’ ha sido la más atractiva y ambigua idea galvanizando la atención de gobiernos, líderes y sociedades independiente de raza religión e ideología.  Su promesa de un progreso positivo, gradual, lineal y acumulativo se transformó en la fuente de esperanza de la humanidad en los últimos cinco siglos. Irónicamente, a pesar que las promesas hechas en su nombre nunca son cumplidas, los valores, conceptos, premisas, etc., creados para sostener dicha idea, todavía dominan el imaginario social de los pueblos, el repertorio semántico de los expertos y las estrategias retóricas de los discursos oficiales y alternativos en el Norte, Sur, Este y Oeste”.

 

En conjunto, ambos análisis dan cuenta de la crisis que atraviesa el modelo civilizatorio occidental. Los estallidos de protesta popular en diversas latitudes de la Tierra, enfrentando grupos variados la represión de los órganos de seguridad del Estado, así como la inestabilidad en el marco económico capitalista, son síntomas inequívocos de esta crisis a nivel general, lo que da pie para plantearse, con la debida seriedad y compromiso exigidos para lograrlo, el diseño de un amplio programa de contenido revolucionario que haga suyas las visiones de los distintos sectores sociales que confrontan, desde sus particulares trincheras de lucha, las acometidas del capital globalizado. No podrá, por tanto, suponerse que el Estado burgués liberal y el sistema capitalista resolverán los graves problemas brotados bajo su hegemonía, por lo que será necesario que los revolucionarios sepan asumir el nuevo desafío histórico que esto implica, dando nacimiento a un nuevo modelo civilizatorio centrado en las personas y el respeto a la naturaleza antes que en la satisfacción de la voracidad de las grandes corporaciones transnacionales del capitalismo neoliberal globalizado.-   

 

LA GENTE SABE

LA GENTE SABE

Durante siglos, la larga historia de la humanidad (con sus diferencias étnicas, culturales y/o religiosas) ha oscilado entre padecer las normas arbitrarias de un régimen opresivo o, en vez de ello, luchar por alcanzar una emancipación real; lo cual -al no estar al tanto exactamente respecto al contexto en que cada acontecimiento tiene lugar- impulsa a muchos a considerar todo esto como una fatalidad insuperable. Hoy, esta percepción es estimulada a diario desde los grandes centros de poder hegemónicos, los mismos que, dueños de la banca y de los grandes medios de producción a escala internacional, hacen caer los mercados bursátiles y someten las economías de muchas naciones, a fin de incrementar, salvaguardar e imponer sus propios beneficios. Algo que viene intensificándose desde los años 80, cuando se impusiera el modelo capitalista neoliberal, y con un mayor énfasis desde la última década, llegándose a utilizar la fuerza militar para garantizar tal propósito, al igual que la influencia ejercida en los organismos multilaterales, tipo Banco Mundial o Fondo Monetario Internacional; de forma que toda la economía del planeta gire a su alrededor.

 

«La gente sabe -como bien lo desglosa Umberto Mazzei en un artículo suyo  titulado Aurora en Europa- que, si bien la tecnología y la globalización facilitan la producción y el comercio, los beneficios no se comparten con los empleados, sino se usan para aumentar el desempleo, desestabilizar puestos de trabajo y que enriquecen a los ricos. La gente sabe que la deuda pública emitida para mantener burbujas en los mercados financieros, disminuye el valor de los salarios, las pensiones y los activos tangibles del 99%. La gente sabe que la desregulación financiera y la inversión alargan la mano de los carteles empresariales. La gente sabe que el 1% quiere privatizar los servicios públicos -como educación o justicia- cuya eficiencia se mide por cobertura, para sacar provecho de ellos. La gente sabe que esas malas políticas pueden afirmarse, irreversiblemente, con acuerdos económicos internacionales”. La gente sabe todo esto y lo enfrenta aunque el resultado de sus luchas pareciera evaporarse en medio de acuerdos al nivel de elites (gubernamentales y económicas) que, a la final, restauran la situación denunciada y combatida, desconociendo las miserias y el gran malestar causados a los sectores populares. 

 

Al capitalismo neoliberal globalizado le interesa sobremanera que exista y se consolide una nueva forma de subjetividad entre las personas que, independientemente de cuáles sean las normas jurídicas, religiosas y/o institucionales que regulen su cotidianidad, resulte un elemento común en cada nación y en cada continente. A fin que esto sea factible, incita a cada humano a absorber valores hedonistas e individualistas (gracias al influjo de su industria ideológica y demás instrumentos doctrinarios a su servicio) y a alcanzar su máximo rendimiento y grado competitivo, convenciéndolo de sus potencialidades particulares, las cuales lo convertirán en un empresario de sí mismo, tal como se promueve a través de seminarios y otros medios. Con base en esta premisa, la realidad del mundo contemporáneo corrobora lo escrito en "La ideología alemana" por Carlos Marx hace más de cien años: "Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante". De este modo, la clase dominante -transnacionalizada, puesto que ya no responde a los estereotipos conocidos- levanta muros visibles e invisibles que les impiden a las mayorías populares acceder a un mejor nivel de vida, muchas veces resignándose a la “mala suerte” que les ha correspondido sufrir e ilusionándose en cada proceso electoral con las ofertas oportunistas de los políticos de turno, ávidos de alcanzar y usufructuar el poder.

 

No obstante imperar esta circunstancia, estas mismas mayorías populares resisten, batallan y reclaman soluciones a sus problemas, lo que podría servir de punto de partida para que pasen a la ofensiva y asuman entonces un rol abiertamente revolucionario, planteándose -en consecuencia- una transformación estructural del modelo civilizatorio “occidental” vigente, como alternativa lógica frente al peligro inminente de destrucción masiva representado por el capitalismo globalizado, reemplazándolo subsiguientemente por uno más acorde con las aspiraciones comunes de un mayor grado de democracia, autodeterminación, soberanía, igualdad y redención social, en lugar de favorecer los intereses capitalistas de una minoría privilegiada; lo que tendría que verse entonces de una manera global y no de una manera únicamente aplicable fronteras adentro.-  

EL FASCISMO INEXISTENTE

EL FASCISMO INEXISTENTE

Se dice que la mayor habilidad de Satanás ha sido siempre la de hacerle creer a la mayoría de las personas que él no existe (complicando de alguna forma lo propio respecto al Dios de la cristiandad y del judaísmo). Esto mismo podría decirse de los grupos de la derecha que, con escasas diferencias, han surgido en los años recientes en la escena política de Nuestra América, conformando sin mucha dificultad lo que se ha dado en llamar, tomando en cuenta las características violentas, xenófobas y clasistas- como neofascismo, el cual -al igual que el emergido hace más de medio siglo en Italia y Alemania- tiende a mimetizarse mediante un discurso aparentemente democrático, pacifista y colmado de promesas de seguridad y de bienestar material para todos, pero que solo se orienta a la captación de la voluntad de las mayorías descontentas, ávidas éstas de disfrutar (sin mucho esfuerzo de su parte) de tales “bondades”. Tal como Arthur Rossemberg lo señalara en su obra El fascismo como movimiento de masas, “el fascismo no es más que una forma moderna de la contrarrevolución burguesa capitalista, disfrazada de movimiento popular”.

 

Así, aun cuando sean visibilizadas sus distintas atrocidades, el neofascismo (o fascismo) las endilgará a sus oponentes, a quienes responsabilizará en todo momento de las consecuencias de sus propias acciones, sean éstas represivas, de ser gobierno, o, de no serlo, como se estila en la actualidad política venezolana, implícitamente desestabilizadoras (siguiendo al pie del cañón el guión del golpe blando patrocinado por Estados Unidos). Este brote neofascista, por consiguiente, en Nuestra América no es casual. Coincide con la estrategia diseñada por los think tanks (o laboratorios de ideas) del Departamento de Estado, la CIA, el Pentágono y demás agencias u organismos de seguridad e inteligencia con que cuenta el imperialismo gringo, a los que se han sumado las cadenas empresariales de noticias y grupos de la derecha europea y latinoamericana; conjugados todos para combatir y derrotar los procesos emancipatorios surgidos al sur del río Bravo.

 

No obstante estos antecedentes, los gobiernos y los movimientos de tendencia revolucionaria poco han conseguido para evitar su avance, alterando la correlación de fuerzas a su favor. Unos, como en Argentina y Brasil, han dado paso a regímenes más inclinados a satisfacer los intereses del capitalismo neoliberal globalizado, abandonando los programas sociales que benefician a los sectores populares. Otros, como en Bolivia y Venezuela, han sufrido retrocesos favorables a los grupos conservadores; lo que hace que muchos anticipen una derrota inminente en cadena de todos estos procesos.

 

Pero ello no sería posible de no existir una ideología dominante que hace mella en la conciencia de quienes conforman las clases subordinadas, oprimidas y explotadas, ideología que es inculcada a través del tiempo por aquellas clases y fracciones de clases que son usufructuarias del orden establecido. “Los capitalistas no dominan el Estado sino por cuanto existen importantes sectores del pueblo que se consideran solidarios con su sistema y están dispuestos a trabajar para el capitalista, así como a votar y disparar a su favor, convencidos de que su propio interés exige el mantenimiento del orden económico capitalista”, nos dice el citado Rossemberg.

 

Esto vuelve la lucha revolucionaria en una empresa titánica y permanente que no solamente debe encauzarse a la conquista del poder político con intenciones de trascender el capitalismo, aplicando fórmulas reformistas que poco harán por transformar las distintas estructuras que soportan y caracterizan el modelo civilizatorio actual. Debe proyectarse igualmente a la consecución de una conciencia con nuevos valores, centrados en el bien común, el vivir bien y el respeto a la humanidad y a la naturaleza, incluso con una cosmogonía basada en la realidad histórica de nuestro continente hasta ahora subyugado; todo lo cual será producto de un esfuerzo colectivo y heterogéneo, de manera que sea posible la constitución de un modelo civilizatorio de nuevo tipo.-