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EL MUNDO DEL CAPITALISMO

LA GENTE SABE

LA GENTE SABE

Durante siglos, la larga historia de la humanidad (con sus diferencias étnicas, culturales y/o religiosas) ha oscilado entre padecer las normas arbitrarias de un régimen opresivo o, en vez de ello, luchar por alcanzar una emancipación real; lo cual -al no estar al tanto exactamente respecto al contexto en que cada acontecimiento tiene lugar- impulsa a muchos a considerar todo esto como una fatalidad insuperable. Hoy, esta percepción es estimulada a diario desde los grandes centros de poder hegemónicos, los mismos que, dueños de la banca y de los grandes medios de producción a escala internacional, hacen caer los mercados bursátiles y someten las economías de muchas naciones, a fin de incrementar, salvaguardar e imponer sus propios beneficios. Algo que viene intensificándose desde los años 80, cuando se impusiera el modelo capitalista neoliberal, y con un mayor énfasis desde la última década, llegándose a utilizar la fuerza militar para garantizar tal propósito, al igual que la influencia ejercida en los organismos multilaterales, tipo Banco Mundial o Fondo Monetario Internacional; de forma que toda la economía del planeta gire a su alrededor.

 

«La gente sabe -como bien lo desglosa Umberto Mazzei en un artículo suyo  titulado Aurora en Europa- que, si bien la tecnología y la globalización facilitan la producción y el comercio, los beneficios no se comparten con los empleados, sino se usan para aumentar el desempleo, desestabilizar puestos de trabajo y que enriquecen a los ricos. La gente sabe que la deuda pública emitida para mantener burbujas en los mercados financieros, disminuye el valor de los salarios, las pensiones y los activos tangibles del 99%. La gente sabe que la desregulación financiera y la inversión alargan la mano de los carteles empresariales. La gente sabe que el 1% quiere privatizar los servicios públicos -como educación o justicia- cuya eficiencia se mide por cobertura, para sacar provecho de ellos. La gente sabe que esas malas políticas pueden afirmarse, irreversiblemente, con acuerdos económicos internacionales”. La gente sabe todo esto y lo enfrenta aunque el resultado de sus luchas pareciera evaporarse en medio de acuerdos al nivel de elites (gubernamentales y económicas) que, a la final, restauran la situación denunciada y combatida, desconociendo las miserias y el gran malestar causados a los sectores populares. 

 

Al capitalismo neoliberal globalizado le interesa sobremanera que exista y se consolide una nueva forma de subjetividad entre las personas que, independientemente de cuáles sean las normas jurídicas, religiosas y/o institucionales que regulen su cotidianidad, resulte un elemento común en cada nación y en cada continente. A fin que esto sea factible, incita a cada humano a absorber valores hedonistas e individualistas (gracias al influjo de su industria ideológica y demás instrumentos doctrinarios a su servicio) y a alcanzar su máximo rendimiento y grado competitivo, convenciéndolo de sus potencialidades particulares, las cuales lo convertirán en un empresario de sí mismo, tal como se promueve a través de seminarios y otros medios. Con base en esta premisa, la realidad del mundo contemporáneo corrobora lo escrito en "La ideología alemana" por Carlos Marx hace más de cien años: "Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante". De este modo, la clase dominante -transnacionalizada, puesto que ya no responde a los estereotipos conocidos- levanta muros visibles e invisibles que les impiden a las mayorías populares acceder a un mejor nivel de vida, muchas veces resignándose a la “mala suerte” que les ha correspondido sufrir e ilusionándose en cada proceso electoral con las ofertas oportunistas de los políticos de turno, ávidos de alcanzar y usufructuar el poder.

 

No obstante imperar esta circunstancia, estas mismas mayorías populares resisten, batallan y reclaman soluciones a sus problemas, lo que podría servir de punto de partida para que pasen a la ofensiva y asuman entonces un rol abiertamente revolucionario, planteándose -en consecuencia- una transformación estructural del modelo civilizatorio “occidental” vigente, como alternativa lógica frente al peligro inminente de destrucción masiva representado por el capitalismo globalizado, reemplazándolo subsiguientemente por uno más acorde con las aspiraciones comunes de un mayor grado de democracia, autodeterminación, soberanía, igualdad y redención social, en lugar de favorecer los intereses capitalistas de una minoría privilegiada; lo que tendría que verse entonces de una manera global y no de una manera únicamente aplicable fronteras adentro.-  

EL FASCISMO INEXISTENTE

EL FASCISMO INEXISTENTE

Se dice que la mayor habilidad de Satanás ha sido siempre la de hacerle creer a la mayoría de las personas que él no existe (complicando de alguna forma lo propio respecto al Dios de la cristiandad y del judaísmo). Esto mismo podría decirse de los grupos de la derecha que, con escasas diferencias, han surgido en los años recientes en la escena política de Nuestra América, conformando sin mucha dificultad lo que se ha dado en llamar, tomando en cuenta las características violentas, xenófobas y clasistas- como neofascismo, el cual -al igual que el emergido hace más de medio siglo en Italia y Alemania- tiende a mimetizarse mediante un discurso aparentemente democrático, pacifista y colmado de promesas de seguridad y de bienestar material para todos, pero que solo se orienta a la captación de la voluntad de las mayorías descontentas, ávidas éstas de disfrutar (sin mucho esfuerzo de su parte) de tales “bondades”. Tal como Arthur Rossemberg lo señalara en su obra El fascismo como movimiento de masas, “el fascismo no es más que una forma moderna de la contrarrevolución burguesa capitalista, disfrazada de movimiento popular”.

 

Así, aun cuando sean visibilizadas sus distintas atrocidades, el neofascismo (o fascismo) las endilgará a sus oponentes, a quienes responsabilizará en todo momento de las consecuencias de sus propias acciones, sean éstas represivas, de ser gobierno, o, de no serlo, como se estila en la actualidad política venezolana, implícitamente desestabilizadoras (siguiendo al pie del cañón el guión del golpe blando patrocinado por Estados Unidos). Este brote neofascista, por consiguiente, en Nuestra América no es casual. Coincide con la estrategia diseñada por los think tanks (o laboratorios de ideas) del Departamento de Estado, la CIA, el Pentágono y demás agencias u organismos de seguridad e inteligencia con que cuenta el imperialismo gringo, a los que se han sumado las cadenas empresariales de noticias y grupos de la derecha europea y latinoamericana; conjugados todos para combatir y derrotar los procesos emancipatorios surgidos al sur del río Bravo.

 

No obstante estos antecedentes, los gobiernos y los movimientos de tendencia revolucionaria poco han conseguido para evitar su avance, alterando la correlación de fuerzas a su favor. Unos, como en Argentina y Brasil, han dado paso a regímenes más inclinados a satisfacer los intereses del capitalismo neoliberal globalizado, abandonando los programas sociales que benefician a los sectores populares. Otros, como en Bolivia y Venezuela, han sufrido retrocesos favorables a los grupos conservadores; lo que hace que muchos anticipen una derrota inminente en cadena de todos estos procesos.

 

Pero ello no sería posible de no existir una ideología dominante que hace mella en la conciencia de quienes conforman las clases subordinadas, oprimidas y explotadas, ideología que es inculcada a través del tiempo por aquellas clases y fracciones de clases que son usufructuarias del orden establecido. “Los capitalistas no dominan el Estado sino por cuanto existen importantes sectores del pueblo que se consideran solidarios con su sistema y están dispuestos a trabajar para el capitalista, así como a votar y disparar a su favor, convencidos de que su propio interés exige el mantenimiento del orden económico capitalista”, nos dice el citado Rossemberg.

 

Esto vuelve la lucha revolucionaria en una empresa titánica y permanente que no solamente debe encauzarse a la conquista del poder político con intenciones de trascender el capitalismo, aplicando fórmulas reformistas que poco harán por transformar las distintas estructuras que soportan y caracterizan el modelo civilizatorio actual. Debe proyectarse igualmente a la consecución de una conciencia con nuevos valores, centrados en el bien común, el vivir bien y el respeto a la humanidad y a la naturaleza, incluso con una cosmogonía basada en la realidad histórica de nuestro continente hasta ahora subyugado; todo lo cual será producto de un esfuerzo colectivo y heterogéneo, de manera que sea posible la constitución de un modelo civilizatorio de nuevo tipo.-      

CUANDO LA DERECHA SE HACE SUBVERSIVA

CUANDO LA DERECHA SE HACE SUBVERSIVA

 

La derecha comenzó a hacerse subversiva -si le es aplicable el término- a partir de su tardía comprensión de la realidad que venía suscitando mediante la hegemonía creada, sustentada y legalizada por sus gobiernos representativos, de acuerdo a la lógica capitalista y las estructuras vigentes del Estado burgués liberal.

 

Al ocurrir el ascenso de gobiernos antineoliberales de signo progresista y/o izquierdista, cundió el espanto entre muchos miembros de las clases dominantes -antes apátridas o indiferentes a participar directamente en el escenario político, pero ahora animadas a defender a cualquier costo sus privilegios, sobre todo de tipo económico, ante el avance sostenido de los sectores populares por acceder a mejores niveles de vida- lo cual coincidió con las preocupaciones tempranas de Washington (estancado en su guerra contra Iraq y Afganistán) frente a las muestras crecientes de independencia y de antiimperialismo de tales gobiernos, respaldados, por si fuera poco, por un amplio porcentaje de la población. Todo esto comenzó a configurar una situación transformadora que los más optimistas entrevieron como una situación revolucionaria de corte socialista.

 

Esto último hizo que diferentes organizaciones e individualidades de izquierda se adhirieran de inmediato a dichos gobiernos, quizás confiando demasiado en orientarlos e influir en sus decisiones, pasando por alto que mucho de lo logrado, o por lograrse, estaría limitado por el Estado burgués liberal vigente, en un primer momento, y por el régimen económico capitalista, aun cuando se respetase éste en esencia. Algo que luego (algunos) advirtieron como irreal e ingenuo, dado su carácter reformista, a pesar del discurso “revolucionario” de sus nuevos representantes.

 

Sin embargo, otros continuaron junto a los mismos, conformándose con únicamente compartir, de algún modo, cualquier cuota de poder que se les permitiera. Ahora que la realidad económica y política se halla aparentemente en reversa, ampliando las perspectivas de restauración de los sectores de la derecha, muchos revolucionarios están reevaluando, con criterios más objetivos, la experiencia común vivida por los pueblos de Nuestra América, especialmente en Venezuela, tendiendo puentes con organizaciones e individualidades dispuestas a reimpulsar el auge logrado por las luchas populares durante las dos últimas décadas, pero esta vez buscando alejarse -sin excluir del todo su posibilidad- de los parámetros electorales habituales (campo éste propicio para que los reformistas y los aprovechadores de oficio desvirtúen cualquiera intención revolucionaria).

 

Incluso, en este mismo proceso de reevaluación, destaca la propuesta de racionalizar la revolución y el socialismo sin los dogmatismos dados a luz en otras latitudes y épocas, sin que ello signifique desechar absolutamente los aportes teóricos de sus principales representantes, ya que muchos podrían servir para el despeje de algunas interrogantes respecto a cómo sería su implementación y consolidación.

 

El problema a resolver sería el hecho que una mayoría de los sectores populares todavía responde a una cultura política basada, principalmente, en la demagogia y el clientelismo representados por muchos dirigentes, algo que, en vez de superarse, fue reforzado por algunos gobiernos de la región (fundamentalmente, locales), dejándose a un lado un necesario proceso de politización social, como lo reconociera de manera autocrítica el Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Álvaro García Linera; dedicándose a preservar los espacios del poder constituido logrados.

 

Resolverlo será una cuestión de vital importancia para el futuro de la revolución, lo que implicará disponer de una alta capacidad para el debate ideológico y político, para aceptar el ejercicio ineludible de la crítica y de la autocrítica, además de recurrir y poner en práctica una teoría creadora que se esparza desde lo macro hasta lo micro de la cotidianidad que vivamos y queramos todos vivir; lo que supondrá -sin duda- un salto cualitativo respecto a la concepción que se tiene de la revolución en términos socialistas.

 

Ello contribuiría a que el socialismo sea la alternativa con que se pueda trascender al socialismo, en oposición al capitalismo, a sus patrones de desigualdad y de discriminación sociales, de dependencia económica, de explotación y de otros aspectos negativos derivados del mismo (en lo político, lo cultural, lo espiritual, lo geopolítico, lo ecológico) que caracterizan al mundo contemporáneo.- 

 

 

LA MUTACIÓN "REVOLUCIONARIA" DEL CAPITALISMO

LA MUTACIÓN "REVOLUCIONARIA" DEL CAPITALISMO

Ciertamente, es la hora de aullar -como lo expresara José Saramago-, denunciando y confrontando las intenciones y los intereses de quienes, de manera corporativa, buscan controlar los destinos de nuestros pueblos, fingiendo hacerlo -en nombre de los derechos humanos, de la libertad y de la democracia-, pero que, en realidad, lo hacen para satisfacer su gula capitalista.

En la actualidad, muchos analistas observan una mutación en el discurso y la praxis capitalistas (entendiéndolos como discurso y praxis de los sectores tradicionalmente dominantes, internos y externos) al reflejarse en éstos las acciones y las fórmulas contraculturales que fueron conocidas durante las décadas de los sesenta y los setenta del siglo pasado. Así, se ha enaltecido una libertad individual y una crítica al sistema imperante (generalmente violenta) dirigida, básicamente, por los amos del capital a través de su industria ideológica; enmascarando -en consecuencia- las intenciones escondidas tras esta estrategia de manipulación, sobre todo de los estamentos juveniles, donde se evidencia con mayor fuerza. Ello ha conformado una nueva subjetividad, asociada a los intereses materiales del capitalismo, haciendo que muchas personas piensen de una forma mezquina más que en cualquier expresión de solidaridad con los demás seres humanos, a tal grado de insensibilizarse frente a la tragedia, las necesidades y el dolor ajenos. Esto ha servido para desvirtuar los procesos de cambios iniciados en gran parte del continente americano (como sucede, con un mayor énfasis, en Venezuela), notándose grandes antagonismos y/o contradicciones en los argumentos y los conflictos generados por aquellos que se amotinan abiertamente a los mismos, en comparsa con los objetivos fijados por el imperialismo gringo y sus aliados para recuperar la hegemonía perdida en los últimos veinte años.

A pesar de la percepción negativa que parece apoderarse de mucha gente respecto a la posibilidad real de hacer la revolución popular y socialista en Nuestra América, dado el avance logrado por los sectores de la derecha en Argentina, Bolivia y Venezuela (sin obviar que puedan lograr lo mismo en Brasil y Ecuador), es imperativo que los revolucionarios sigan enarbolando las banderas de lucha que han caracterizado nuestra historia común, las mismas que frenaron las apetencias insaciables del capitalismo neoliberal e imperialista cuando casi todo el mundo suponía que ya no habría más alternativas con qué oponérsele. Se requiere, por supuesto, de una subversión y de una descolonización sostenida del pensamiento tradicional y de la cultura en que se sustenta el capitalismo para producir una verdadera transformación revolucionaria que se manifieste, en un primer término, en la ética que debe caracterizar la conducta de quienes asuman la responsabilidad de encaminar este proceso re-creativo y, en un segundo e igualmente importante término, la conquista de una emancipación integral, compartida por todos.

La realidad actual del capitalismo global impone la urgencia de una redefinición de las luchas emprendidas y de las propuestas teóricas que buscan explicarlas y orientarlas; cuestión que requiere de mucha audacia de parte de los sectores populares y revolucionarios para soñar con los pies sobre la tierra, con raíces propias, cortando así el cordón umbilical que nos pudiera atar a las realidades importadas de Europa y de Estados Unidos, cuyas clases dominantes (sobre todo, estadounidenses) hacen todo lo posible por mantener a nuestros países subyugados, convertidos en simples suministradores de materias primas para incrementar sus ganancias y mantener su estilo de vida.

Esto significa el surgimiento de nuevos desafíos estratégicos que se le impone resolver -con criterios amplios y propios- a las fuerzas revolucionarias, lo que se alcanzará si se cuenta en todo momento con la participación efectiva de los sectores populares.-

LA GUERRA IMPERIAL DE DOBLE PROPÓSITO

LA GUERRA IMPERIAL DE DOBLE PROPÓSITO

La guerra, desde finales del pasado siglo, ha sido utilizada por el complejo financiero-industrial-militar gringo (junto a sus aliados de la OTAN) como elemento disuasivo de doble propósito. Mediante ella, el derecho internacional -lo mismo que las acciones e influencia de la ONU y de otros organismos multilaterales- fueron puestos a la orden de los requerimientos de los grandes capitales corporativos transnacionales; situación que es disfrazada (gracias a la industria ideológica a su servicio) bajo argumentos contradictorios de defender la libertad, la democracia y los derechos humanos, pero cuyo saldo visible resulta completamente lo contrario. Pero, la guerra ya no es la típica guerra, presente a lo largo de la historia humana. Es una guerra sin fronteras territoriales, siendo perfeccionada en muchos campos, a los cuales se extiende sin que los ciudadanos, en su gran mayoría, lo admitan y se percaten de ello.

Con esto, el complejo financiero-industrial-militar gringo (como adalid del capitalismo global) obtiene una ventaja significativa de alcance mundial, a tal punto de consolidar lo que muchos señalan como dictadura o imperio a escala planetaria, permitiéndose la decisión arbitraria de desestabilizar cualquier nación y/o gobierno que ose ir en contra de sus intereses; entablándose una lucha desigual entre quienes defienden su soberanía y aquellos que pretenden arrebatársela.

Esta lucha desigual, sin embargo, podría reforzar (de haber la suficiente madurez y voluntad política para hacerlo, sin desmayar en el esfuerzo)  la necesidad de una organización y de una conciencia populares orientadas a romper, por un lado, la dependencia tradicionalmente aceptada respecto a Estados Unidos (“la nación indispensable”) y, por otro, emprender un vasto movimiento emancipatorio capaz de trascender el marco capitalista y crear, en su lugar, uno de características colectivas o comunistas, donde se deje de cosificar a la naturaleza y a los seres humanos. No obstante, para que esto llegue a suceder es ineludible que haya un proceso revolucionario que agrupe en igualdad de importancia, sin que se aísle uno de otro, tres grandes objetivos: 1.- justicia social, 2.- independencia económica, y 3.- soberanía política. Cada uno protagonizado e influenciado en todo momento por los sectores populares. Sabiendo de antemano que la conquista de mercados y de recursos naturales estratégicos, a fin de asegurar e incrementar sus ganancias multimillonarias (sin importar para nada el bienestar de los pueblos) constituye la razón principal por la que el capitalismo global recurre a la guerra, no podría hallarse otra forma de confrontarlo y vencerlo que el impulso de este proceso, oponiéndose frontalmente al esquema de especialización de la producción por parte de regiones y países que pretende imponerse desde los centros de poder hegemónicos.

Hay que rememorar que el imperialismo gringo ya había perfilado su remozado papel dominante en el documento “Proyecto para un nuevo siglo (norte) americano” que, tras los sucesos del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, debía comportarse, como nunca antes lo hiciera potencia alguna en el pasado, “como imperio mundial de pleno derecho, poseedor único de la responsabilidad y la autoridad como policía planetario”, al decir de Miguel Ángel Contreras Natera en su obra “Geopolítica del Espíritu”. Para los ideólogos del imperio yanqui, “la gran estrategia de Estados Unidos -según lo reflejan en el antemencionado documento- debe perseguir la preservación y la extensión de esta ventajosa posición durante tanto tiempo como sea posible. Nuevos métodos de ataque electrónicos, no letales, biológicos serán más extensamente posibles; los combates igualmente tendrán lugar en nuevas dimensiones por el espacio, por el ciber-espacio y quizás a través del mundo de los microbios; formas avanzadas de guerra biológica que puedan atacar a genotipos concretos, pueden hacer del terror de la guerra biológica una herramienta políticamente útil”.

Con todo esto en mente, los apologistas obviaron, no obstante, dos obstáculos que -de una u otra manera- limitarían y cambiarían su meta (aunque sólo fuera momentáneamente): la resistencia de los pueblos, básicamente de nuestra América, y el progreso tecno-científico, económico y militar logrado por Rusia y China, dos rivales de cuidado en el actual escenario internacional.

¿Qué queda entonces por hacer?

La lucha de resistencia ejemplificada por los pueblos de nuestra América, tanto antes como después del paréntesis neoliberal de las décadas de los 80 y los 90, podría servir de clave para interpretar el momento histórico actual y prefigurar la estrategia a seguir frente a la guerra imperial de doble propósito de los grandes centros de poder; así como la posibilidad de delinear nuevas formas organizativas de vida, justicia y reivindicación cultural que le den una nueva significación a la democracia como práctica cotidiana emancipatoria.-     

LA ARREMETIDA DEL CAPITAL CONTRA LOS PUEBLOS

LA ARREMETIDA DEL CAPITAL CONTRA LOS PUEBLOS

Hay -sin duda alguna- un choque tácito entre la realidad del capitalismo y la realidad de la democracia, siendo comprobable en todo momento y en cualquiera nación. Esto se ve reflejado en la multiplicidad de acontecimientos que han derivado en crisis económicas sufridas en diversidad de naciones (incluido el paladín universal del capitalismo, Estados Unidos), algunas apenas paliadas por los gobernantes de turno, las mismas que han causado una depreciación significativa del poder adquisitivo de las personas mientras se incrementan los niveles de protestas populares, desempleo, pobreza y desigualdad social en cada nación afectada.

Los usufructuarios de los grandes capitales asociados buscan acelerar la reconfiguración de un mundo totalmente ajustado a sus intereses. Así, desde la era en que Ronald Reagan y Margaret Thatcher impusieron su visión política neoconservadora, políticos y empresarios forjaron una dupla encargada de establecer gobiernos y políticas públicas que beneficiaran altamente el modelo capitalista neoliberal a nivel mundial a costa de los recursos, bienes y los logros de los pueblos, tal como ocurriera en gran parte de nuestra América bajo gobiernos y dictaduras al servicio, primordialmente, de Estados Unidos.

Para alcanzar sus propósitos, las grandes corporaciones multinacionales (a través de la OTAN, el Pentágono y el Departamento de Estado gringo) han promovido la desestabilización y derrocamiento de regímenes considerados como hostiles a los mismos, así como guerras imperialistas bajo la excusa de defender la democracia y los derechos humanos, pero que tienen un objetivo bien claro: apoderarse de las riquezas existentes en sus países.

Durante tres décadas consecutivas, el capitalismo globalizado se ha dirigido a conseguir el control de la población mundial por medio de una estrategia de propaganda, caos y terror que induzca a las personas a sacrificar sus derechos democráticos por un clima de seguridad, así esto produzca la criminalización de los reclamos populares, la aplicación de leyes como la Ley Patriota, la guerra antiterrorista y aberraciones como la detención arbitraria de supuestos extremistas islámicos en la base naval de Guantánamo, ocupada ilegítimamente por Estados Unidos. Esto se refuerza a diario gracias a la industria ideológica, la cual contribuye a afianzar los valores que distinguen el modelo civilizatorio estadounidense-europeo mientras se empequeñecen, desvirtúan y ridiculizan aquellos pertenecientes a culturas y pueblos periféricos; desconociendo frontalmente cualquier tentativa por instaurar un mundo pluricéntrico y pluripolar, respetuoso del derecho internacional y toda soberanía.

Por tanto, la columna vertebral de la arremetida del capital contra los pueblos está conformada, principalmente, por esta industria ideológica, cuyas expresiones más visibles son la industria cinematográfica y de entretenimiento general, que influyen notablemente en la imposición de modas y consumo de drogas de todo tipo, sobre todo al nivel juvenil. Además de ello, las corporaciones cuentan con ejércitos privados, facultados para fiscalizar y ejecutar operaciones militares que normalmente estarían a cargo de los ejércitos regulares, una cuestión adecuada a los gobiernos que actúan a su favor para eludir las normas que restringen y penan la violación de los derechos humanos (casos de Afganistán e Iraq).   

En palabras de Michael Löwy y Samuel González (El capitalismo contra la democracia en Europa y América Latina, revista Memoria, México), “hay una necesidad apremiante de profundizar la democracia mediante la construcción de poder popular; un ejemplo muy significativo al respecto son las comunas generadas en Venezuela desde 2009. Es importante remodelar los Estados desde una visión que sobrepase y rompa con los designios de la democracia liberal y los dictados del gran capital. Las experiencias conquistadas en las asambleas constituyentes resultan fundamentales, sin perder de vista la necesidad de construir poder popular más allá de sus formas estatales, generando un puente y vínculo entre lo democrático y lo comunitario, como demuestran diversas experiencias en la actualidad, para repensar los horizontes anticapitalistas y comunistas de nuestro siglo”.

Esto nos coloca a los seres humanos en una disyuntiva muy importante para la sobrevivencia, la paz y la libertad de toda la humanidad. Ello implica emprender movilizaciones, nuevas formas de organización popular y una lucha sostenida contra las pretensiones del capital corporativo, echando mano al mismo desarrollo tecnológico e informático que éste ha promovido, de forma que exista una democratización comunicacional que trascienda las fronteras nacionales y permita el desenmascaramiento de la estrategia utilizada por los capitalistas en contra de los intereses de los sectores populares.

La principal línea de combate sería, entonces, en el rango ideológico-cultural, precisando modos nuevos de comprensión, desalienación y educación que fomenten, en primera instancia, un sentido de pertenencia en las personas y, en una segunda instancia, la firme convicción de poder resistir y vencer las ambiciones del capital corporativo de apoderarse de todo.-    

LA GUERRA MULTIDIMENSIONAL DEL CAPITALISMO IMPERIAL

LA GUERRA MULTIDIMENSIONAL DEL CAPITALISMO IMPERIAL

El sistema capitalista mundial podría enfrentar la posibilidad inminente de una desaceleración económica, lo que plantearía consecuencias graves para las naciones periféricas, además de las principales naciones desarrolladas capitalistas (entre ellas, Francia y Alemania) que padecen en el presente los costos sociales de las recomendaciones neoliberales del FMI y del Banco Mundial para superar sus crisis internas; afectando también la estabilidad democrática y la garantía de respeto a las soberanías y los derechos humanos.

Es evidente que la economía global -centrada en el dólar- se duplicó durante los últimos 30 años, sin embargo, esto no significa que la riqueza se haya distribuido de un modo equitativo entre trabajadores y dueños de capital, lo que se traduce en mayores niveles de desigualdad económica y social, reflejándose en la situación desigual de un 1% que acumula diariamente más riquezas que el resto del 99% de la población mundial; lo cual supone la redefinición de la correlación de fuerzas, aparte de una situación signada de luchas y retos a asumir por los sectores populares empobrecidos, tomando en cuenta que la mayoría de los gobiernos favorecen políticas que le dan prioridad a las reglas del mercado, incluyendo aquellos que podrían señalarse de progresistas.

Esto obliga al diseño y debate de novedosas propuestas políticas y económicas que tengan, desde una óptica particular, pero sin obviar lo que acontece fronteras afuera, como eje central deslegitimar, enfrentar y derrotar a quienes pretenden controlar al sistema económico mundial, pasando por alto el respeto a los derechos humanos y la soberanía de los países víctimas de su apetencia de grandes ganancias. De ahí que no sean casuales situaciones como la disminución de los precios de productos primarios, como el petróleo en el caso venezolano, la aplicación estricta de planes de ajustes de gasto público y las solicitudes de préstamos de algunos gobiernos a las instituciones de crédito subrogadas del Departamento del Tesoro de Estados Unidos; todo esto orientado a mantener la hegemonía de las grandes corporaciones transnacionales y a frenar el avance de las economías emergentes, además del potencial de preeminencia que China y Rusia representan en un futuro inmediato.

Todos conocemos que la expansión incesante del mercado capitalista requiere de territorios, de recursos naturales y de mano de obra barata que le aseguren la obtención segura de ganancias, lo que ha colocado a la humanidad (junto con toda otra forma de vida) al borde de un colapso total. Sin embargo, poco se ha hecho para contener esta apetencia desbocada de los grupos capitalistas corporativos y para eliminar, por parte de las economías periféricas, la dependencia primario-exportadora tradicional a que parecen estar condenadas indefinidamente, en lo que muchos califican de subdesarrollo; lo que representa un serio problema para todo régimen que aspire saltarse tal realidad.

En consecuencia, se ha ido desarrollando a la vista de todo el mundo una guerra multidimensional -con dispositivos de manipulación y de agresión de toda clase que lesionan gravemente la vigencia del derecho a la autodeterminación de los pueblos- por parte del capitalismo imperial. Para justificarla, cualquier argumento es válido: combate al narcotráfico y al terrorismo, ayuda humanitaria o, simplemente, la amenaza inusual y extraordinaria de un gobierno catalogado de dictatorial y violador de los derechos humanos fundamentales. Todo en función de defender, asegurar y reproducir la hegemonía del capitalismo. Por ello, todo gobierno de izquierda, centro-izquierda y/o progresista que quiera abandonar el redil, estará siendo condenado a sufrir las consecuencias. A fin de lograr sus propósitos, este capitalismo imperial dispondrá, sin rubor alguno, de los organismos multilaterales existentes, llámense FMI, Banco Mundial, ONU o, su brazo armado, la OTAN; lo que importa es el sometimiento incondicional de los gobiernos y pueblos a sus intereses económicos y geopolíticos, así esto cause un genocidio irreversible a escala planetaria.-

 

LA ACULTURACIÓN Y LA REVOLUCIÓN ESPIRITUAL PERMANENTE

LA ACULTURACIÓN Y LA REVOLUCIÓN ESPIRITUAL PERMANENTE

A fin de ganar una legitimidad indeleble e incuestionable, el capitalismo requiere una cultura estandarizada que le facilite presentarse ante el mundo como una realidad irrevocable, por lo que sus agentes mantendrán activado, bajo distintos procederes (algunos perceptibles, otros no) un proceso de aculturación, en un manejo de códigos de manipulación, con la finalidad de imponer una sola visión o pensamiento a escala mundial, lo que convierte a los valores culturales de los pueblos originarios en algo prescindible y arcaico.

Quizás resulte vano y necio afirmarlo, pero es una imperiosa necesidad confrontar la subjetividad estructural que conforma la cultura del pillaje capitalista para asegurar el avance revolucionario de los sectores populares, que se genere una reflexión crítica respecto a este tema y se pueda reescribir la historia de nuestros pueblos bajo una perspectiva propia, sin el toque positivista, evolucionista, eurocentrista y/o estadounidense con que se reviste tradicionalmente el conocimiento adquirido en los centros educativos o académicos (externos y locales), tomando en cuenta que gran parte del mismo conduce a posiciones de corte racista y desvalorizadoras de las culturas autóctonas, en función de los intereses económicos y políticos de las clases dominantes.  

Según lo determinara el sociólogo mexicano Pablo González Casanova, los pueblos de nuestra América  vieron alterada su propia percepción en función de las ideologías, las utopías y las creencias culturales europeas, lo cual hizo que su identidad e historia no fueran explicadas a partir de la realidad vivida y sufrida por ellos, sino que se extrapolaban las ideas de la civilización europea, “cargando su visión de errores, prejuicios y carencia de análisis críticos”.

También, en este caso, bien se podrá compartir con Ludovico Silva, hablando de la plusvalía ideológica, “que la forma como el capitalismo suministra esa ideología es pocas veces la de mensajes explícitos doctrinales, en comparación con la abrumadora mayoría de mensajes ocultos, disfrazados de miles de apariencias y ante los cuales sólo puede reaccionar en contra, con plena conciencia, la mente lúcidamente entrenada para la revolución espiritual permanente. Y no sólo el hombre medio, sin conciencia revolucionaria, vive inconscientemente infiltrado de ideología, sino también todos aquellos revolucionarios que, como decía Lenin, se quedan en las consignas o en el activismo irracional, pues tienen falsa conciencia, están entregados ideológicamente al capitalismo, sin saber que lo están; la razón por la cual todos estos revolucionarios se precipitan en el dogmatismo es precisamente su falta de entrenamiento teórico para la revolución interior permanente”.

Con esto, la acción transformadora de la realidad del mundo en que vivimos tendría que revelarse, en un primer plano, en lo que querríamos ser como personas y naciones, es decir, convertirnos en reflejo de esta acción transformadora; en lo que sería entonces una revolución espiritual permanente. Esta visión o concepción de un nuevo modelo civilizatorio requiere, por tanto, de un esfuerzo constante, dirigido a evitar y a descubrir la aculturación inducida desde los grandes centros hegemónicos, centrándolo en la revalorización de los elementos culturales característicos de nuestros pueblos. Ello contribuiría a la abolición de la lógica, de las clases sociales y de las relaciones de producción originadas por el capitalismo por medio de su industria ideológica. En consecuencia, el desarrollo de las fuerzas productivas, la conversión de las relaciones de producción capitalistas, la revolución cultural antiburocrática y el nuevo sistema político (invirtiendo radicalmente la pirámide de las relaciones de poder tradicionales) tendrían que ser el resultado de una voluntad colectiva que se manifieste en lo creativo y no se limite a un reparto algo más equitativo de la riqueza social o a retribuir, desde el Estado, a un pueblo demandante de derechos.-