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LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA

COMUNAS: UN PROYECTO Y UNA EXPERIENCIA MULTIDIMENSIONALES

COMUNAS: UN PROYECTO Y UNA EXPERIENCIA MULTIDIMENSIONALES

 

 

Ahora  que se habla con tanto entusiasmo de comunas en Venezuela como una manera  organizativa de acceder al socialismo en un futuro no lejano, es preciso acotar que las mismas  debieran constituir siempre un proyecto y una experiencia multidimensional, dirigida -sobre todo- a que ese socialismo posible realmente trascienda los esquemas representativos de la democracia burguesa y de explotación capitalista, en un accionar constante y renovador del protagonismo y de la participación política de los sectores populares, sin que exista coacción alguna de parte de los poderes constituidos. Sería una suerte de ensayo de un nuevo tipo de civilización (o su punto de partida), basado en el principio ético y revolucionario antijerárquico de unidad en la diversidad, la autogestión y el apoyo mutuo, en oposición a los patrones de conducta egoísta, irracional y depredadora que han condicionado la vida de la humanidad desde hace, aproximadamente, dos últimos siglos.

Las Comunas, por consiguiente, no tendrían que decretarse oficialmente desde arriba, como es la tendencia aceptada, sino todo contrario, siendo ellas generadas y adecuadas desde abajo, como consecuencia lógica de las luchas, las necesidades, la voluntad y las perspectivas entrevistas por las mismas comunidades de construir un mejor nivel de vida, restableciendo -de ser posible aún- la armonía resquebrajada con la naturaleza y diferenciándose suficientemente de la sociedad consumista actual. Adicionalmente, las Comunas -como expresión genuina y primaria del poder popular por constituirse- habrían de echar mano a los distintos mecanismos legales y extralegales que permitirían realizar los cambios políticos, económicos, sociales, espirituales y militares que conformarán, a su vez, una revolución cultural definitiva, en la cual los entes públicos tendrán necesaria y forzosamente que transformarse en función de los intereses colectivos de las amplias mayorías.

Sin estas características básicas, las Comunas carecerían de sentido revolucionario y no abrirían cauce alguno para cimentar sólidamente la revolución socialista que se anuncia. De esta manera, las Comunas podrían cumplir un papel todavía mejor del que se cree comúnmente, asumiendo éstas unas funciones políticas y de autogobierno que harían absolutamente obsoletas las estructuras que componen el Estado burgués tradicional, ya que éstas últimas resultan totalmente incompatibles con el ejercicio del poder popular. En esta dirección, los movimientos revolucionarios populares debieran dar un paso adelante, siendo audaces en la formulación teórica de nuevos esquemas civilizatorios y organizativos, sin el lastre de los convencionalismos, prejuicios y certidumbres inculcados por la ideología de los sectores dominantes. De esta forma, podrían aprehender y explicar la realidad cambiante y caótica de nuestros tiempos, donde el concepto, la vigencia y la efectividad del Estado-nación estarían siendo seriamente erosionados, con una escasa asertividad de parte de aquellos que pretenden su reajuste, sea cual sea la dirección escogida.

Sin embargo, existiría siempre el riesgo no descartado que las Comunas reproduzcan en su seno justamente los elementos burocrático-representativos que desviarían y desvirtuarían su carácter revolucionario, lo cual exigiría de sus promotores e integrantes una revisión constante, además de debates reiterativos, no exentos de polémicas, culpas y responsabilidades.-                 

LA REALIDAD DEL PODER POPULAR, ESCENARIOS Y POTENCIALIDADES EN CIERNES

LA REALIDAD DEL PODER POPULAR, ESCENARIOS Y POTENCIALIDADES EN CIERNES

La experiencia iniciada en Venezuela con la conformación de los Consejos Comunales ha posibilitado explorar los alcances, las limitaciones y las potencialidades que éstos pudieran tener y/o representar en la definición y práctica del socialismo revolucionario, aunque el mismo siga siendo una incógnita para muchos de sus promotores. Esto, sin embargo, representa cierto avance en el ejercicio de la democracia participativa y protagónica, desarrollando el nivel político de los sectores populares, lo cual -de mantener una línea ascendente- allanaría el camino a un nuevo tipo de organización del poder, edificado desde abajo, que pueda modificar substancialmente las relaciones políticas tradicionalmente establecidas entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos; una cuestión que, tarde o temprano, tendría su incidencia en el funcionamiento y vigencia del viejo Estado burgués-liberal, transformándolo en muchos sentidos. No obstante, hay que admitir que lo hecho hasta ahora no significa que se haya logrado dotar de poder efectivo a los ciudadanos en todas las áreas de la vida social, sin que exista esa injerencia que estila todavía un grueso porcentaje de representantes de la administración pública, como sería lo ideal, y, menos, empezado a erradicar la dominación capitalista, lo mismo que la desigualdad social.

Para muchos de los gobernantes locales y regionales -todavía influidos por la vieja cultura política reformista- la realidad del poder popular sigue (o debiera estar) subordinada a las directrices trazadas por el Estado y las leyes vigentes, sin permitirse un escenario distinto, a pesar del discurso oficial de aceptación del socialismo como alternativa al capitalismo y a la democracia representativa habitual. La mayoría de ellos supone que basta con efectuar una gestión medianamente aceptable que no se salga de los parámetros legales y ampliar los debates sobre los presupuestos municipales con las comunidades organizadas, muchas veces integradas por militantes de su mismo partido político, cosa que no equivale a construir ningún poder popular. Se debe admitir igualmente que, en la práctica, prevalece un escaso control popular sobre la gestión pública, debido principalmente a la falta de una auténtica autonomía de los movimientos sociales, dependientes en su gran mayoría del Estado, lo cual se ha manifestado en la persistencia del clientelismo político y la demagogia que caracterizaron a la dirigencia partidista y a los gobernantes que, teóricamente, prevalecieron hasta 1999, reflejando una enorme contradicción al hablar de revolución y de socialismo, ya que se adolece de una verdadera formación teórica revolucionaria, necesaria y fundamental para la tarea histórica de hacer una revolución estructural, antiburocrática, igualitaria y popular, con el socialismo como bandera de lucha.

De ahí que los Consejos Comunales -limitados a un espacio territorial determinado- precisarían de una mayor comprensión de su papel para generar poder popular, permitiéndose, incluso, formar lo que denominamos Comunas Legislativas, cuyo ámbito de acción abarcaría las normas de convivencia y de respeto a la diversidad en las comunidades, así como el control ejercido sobre algunos tópicos puntuales que, en la actualidad, son cuota de las competencias del poder municipal. A ello habría que incorporarle, en pie de igualdad, toda iniciativa de organización popular, extendiéndose la misma a todos los sectores sociales (estudiantes, mujeres, campesinos, jóvenes, trabajadores, y cultores, además de otros) en forma de Consejos Sociales, forjándose una comunidad de intereses mediante la cual se concretarían algunas de las líneas de definición y de construcción del socialismo revolucionario, ampliándose -en consecuencia- los grados de participación, de protagonismo, de planificación, de gestión y de control que debería asumir el poder popular. Se instituiría una nueva instancia organizativa de base popular, amplia, democrática, inclusiva, abierta siempre al debate constructivo y a la participación y al protagonismo del pueblo en todos sus niveles y manifestaciones, capaz de impulsar la invención de nuevas formas de organización colectiva que acentúen la transformación del escenario político, así como el orden económico y social existente en beneficio de las grandes mayorías populares, en una sociedad sin explotadores ni explotados, donde todos los ciudadanos y todas las ciudadanas desplieguen libre e integralmente todas sus potencialidades, en un clima permanente de paz y justicia social.-

LA REVOLUCIÓN POPULAR Y EL ARRAIGO DE LA DEMOCRACIA PARTICIPATIVA

LA REVOLUCIÓN POPULAR Y EL ARRAIGO DE LA DEMOCRACIA PARTICIPATIVA

Para la consolidación de la democracia participativa y protagónica siempre será  propicia la ocasión para que el poder popular se exprese espontáneamente, tenga asideros reales y no esté circunscrita a una simple consigna sin fundamento alguno. Quienes ocupen cargos de elección popular en nombre de dicha democracia participativa y protagónica, arrogándose la condición única de revolucionarios y de socialistas, están más que llamados a respetar y a cumplir al pie de la letra todas las promesas hechas al calor de la campaña electoral, en lugar de creer que la cuota de votos obtenidos les otorga una patente de corso para usufructuar el poder y desvalijar impunemente las arcas del Estado, como signo político característico de cualquier régimen de democracia representativa.

 

Esta es una condición a priori que deben observar aquellos que pretenden convencernos de hallarnos en un verdadero proceso revolucionario, camino del socialismo, por cuanto tienen que marcar una diferenciación clara respecto al pasado reformista que se aspira desechar y liquidar definitivamente. Semejante diferenciación debe establecerse en lo social, en lo político, en lo económico y, sobre todo, en lo moral, junto con una acción decidida de los sectores populares, los cuales le imprimirán a la misma el carácter popular y revolucionario que amerita, cambiando la manera antisocial actual de entender y practicar  la política. En ese sentido, es hora de impulsar decididamente el cambio estructural y, junto con éste, el poder popular que tendrá una incidencia directa en el desarrollo y en la consolidación de un proceso revolucionario inédito y, por consiguiente, abierto a todas las posibilidades y vertientes.

 

Esta misma tarea y propósito revolucionario compromete aún más a los  revolucionarios a no declinar jamás ante los elementos de derecha que quieran hacer de la  revolución una plataforma para complacer sus apetencias personales, desviando y desvirtuando por completo los ideales que le dieron origen, con la clara intención de dejar todo igual como en el pasado, sin permitir jamás la existencia de un Estado socialista y, menos aún, de un poder popular que les sirva a los sectores populares de instrumentos de transformación social e individual.

 

Por eso mismo, la revolución requiere de definiciones prácticas y teóricas que vayan más allá de cualquier coyuntura, electoral o no, aunque exista la convicción o resignación respecto a que es suficiente conquistar algunos espacios de participación y de protagonismo, pero sin plantearse seriamente acelerar y profundizar dichos espacios con el objetivo especifico de modificar radicalmente las relaciones de poder y de producir, en consecuencia, una verdadera revolución socialista y popular, sin que ello venga a significar erradamente que se deba aferrar interesada y fanáticamente a unas organizaciones partidistas, las cuales solo debieran verse como instrumentos del protagonismo, la inclusión, la formación y la participación popular y no de escalera de una minoría o cogollo partidista reformista, como se ha acostumbrado hasta ahora en toda Nuestra América.

 

Para lograr estos propósitos, la revolución socialista tiene que ser, ineludiblemente, subversiva, de lo contrario, toda iniciativa de cambio se limitará a una reforma sin consistencia que afianzará aún más la presencia de los elementos de derecha o reformistas, tanto en el gobierno como en las diversas organizaciones políticas y sociales que, hasta ahora, pudieran identificarse como socialistas y revolucionarias, pero que -a la larga- no estarán nunca dispuestas a construir un verdadero socialismo y un verdadero poder popular. Más que una “revolución” burocrática, lo que se debe impulsar es una revolución popular, sustentada en la gestión directa que desarrollen las masas y jamás tutelada por las instituciones del Estado, ya que constituiría una negación de sí misma y la apertura a un nuevo reformismo, marcado por el clientelismo político e incapaz de dar el salto cualitativo que requiere todo proceso revolucionario auténtico.-

 

 

 

 

LA REVOLUCIÓN ES UN ASUNTO DE CONCIENCIA

LA REVOLUCIÓN ES UN ASUNTO DE CONCIENCIA

           Generalmente aceptamos que una revolución trastoca, afecta y sustituye radicalmente el orden establecido; sin embargo, olvidamos a veces que esto debe tener su contrapartida en la conciencia de quienes auspiciamos, defendemos y sustentamos los ideales revolucionarios, en especial de aquellos que tienen su base teórica en el socialismo revolucionario. Esto es algo fundamental, ya que de ello depende en gran parte el éxito, la continuidad y la consolidación de un proceso revolucionario auténtico, más que de la derogación y la promulgación de las leyes que se requieren para dar cuenta de los diversos cambios políticos, económicos, sociales, culturales y morales que se pudieran gestar en un momento determinado, gracias a la acción decidida de las masas. Dicha conciencia -formada sistemática, crítica y continuamente- le facilitaría a la revolución un mayor y más eficaz blindaje, más que todo el arsenal moderno a su disposición, evitándose así que la misma naufrague a manos de caudillos y minorías cupulares que sólo buscan usufructuar el poder, como ya ha ocurrido en diferentes episodios del devenir humano. “Sin ese cambio -escribe Antonio Aponte en su columna Grano de Maíz- no hay revolución, todos los cambios materiales quedan sin efecto, son atrapados por el viejo sistema”.

         Esto último constituye una amenaza latente que es imperativo conjurar en todo tiempo, de modo que la revolución socialista pueda cumplir su cometido de erradicar finalmente el capitalismo. Volviendo a lo escrito por Aponte, “al trascender el capitalismo se dejan atrás todos los sistemas basados en la explotación del hombre por el hombre, todos los sistemas egoístas; de esta manera, la humanidad, según palabras de los clásicos, pasa de la prehistoria a la historia. Significa la realización del humano, el encuentro del humano consigo. Y este cambio requiere como ningún otro una alta dosis de conciencia, no es un simple cambio material, es el cambio más profundo, radical, que el espíritu humano ha experimentado”. Por eso resulta harto contradictorio que se predique el socialismo sin aludir para nada a la estructura económica que sostiene al capitalismo y la sociedad tradicionalmente aceptada. Sin este elemento de importancia, la noción del socialismo acabaría por ser una mera caricatura y no una verdadera  alternativa revolucionaria frente al capitalismo, terminando por remozarlo en lugar de liquidarlo.

El socialismo, para simplificarlo, es “la sociedad del ser que se sobrepone a la sociedad del tener”. Esto será posible siempre y cuando se fortalezcan sus logros materiales en ese nivel de conciencia revolucionaria que se hace necesidad impostergable entre el pueblo. De nada valdrán tales logros, si los cambios no se expresan también en lo interno de cada individuo, en su espíritu y en su cultura, en vista de que el mismo responde a esquemas ideológicos impuestos y preestablecidos por las elites dominantes a través de la alienación, la cual -a su vez- tiene sus nutrientes en la división del trabajo, la propiedad privada y la producción mercantil. Hace falta, por tanto, que la conciencia revolucionaria del pueblo sea algo primordial siempre para impulsar sin pausa la construcción del socialismo y de la revolución, sin olvidar -por supuesto- la solución satisfactoria y total de sus problemas.

Como lo sentenciara Carlos Marx, “la teoría logra realizarse en un pueblo sólo en la medida en que la realización de sus necesidades”, lo cual está íntimamente ligado a su nivel de conciencia revolucionaria, puesto que la revolución es un asunto de conciencia que no se puede dejar al azar ni soslayar jamás al hacer la revolución.-

EL PROPÓSITO QUE DEBIERA GUIAR A LOS REVOLUCIONARIOS

EL PROPÓSITO QUE DEBIERA GUIAR A LOS REVOLUCIONARIOS

La principal tarea de los movimientos sociales revolucionarios es llevar la iniciativa y pasar de la resistencia a la ofensiva frente a quienes adversan declarada o encubiertamente a la revolución, resultando un mecanismo eficaz y necesario para frenar sus tentativas de conspiración y desestabilización, desconociendo la voluntad general del pueblo. Con el manejo de una visión política acertada en torno a las oportunidades, las fortalezas y las debilidades del proceso revolucionario se podría detectar a tiempo las desviaciones y corrupciones que éste podría sufrir, especialmente si ya se ha accedido, de una u otra forma, al poder. Para ello, si bien es necesario el accionar de un partido revolucionario sólidamente blindado y disciplinado, es requisito insoslayable que exista la suficiente madurez política y un alto nivel de conciencia revolucionaria por parte de los sectores populares, de manera que el cambio estructural en ciernes se haga realidad desde abajo, contando con su participación efectiva en la toma de decisiones y asuntos de Estado.

 

En este caso, el propósito que debiera guiar a todos los revolucionarios por igual es que las comunidades adquieran rasgos socialistas y tengan una herramienta para articular sus luchas en forma soberana, permitiendo que la misma gente defina sus objetivos, delinee sus estrategias y defina sus planes de acción, sin que medie la tutoría de burócratas gubernamentales ni la manipulación reformista de maquinarias electorales aparentemente revolucionarias. Por lo mismo, es preciso que los revolucionarios -independientemente de su relación con el poder constituido- deben plantearse desde ya una plataforma que contraste radicalmente la realidad existente con las promesas demagógicas de aquellos que acceden a los diferentes cargos de elección popular, resultando de utilidad a la hora de  hacerle seguimiento y contraloría social a la gestión cumplida por éstos.

 

De ahí que sea vital que el pueblo mismo adquiera un espacio propio en el cual desarrolle y afiance su conciencia política, su capacidad combativa y el horizonte de visibilidad de un modelo de Estado y de sociedad distinto al heredado de las elites gobernantes. Para esto se requerirá vencer la extrema diversidad y las luchas sectoriales que originan divisiones en el campo revolucionario, las cuales siempre terminan favoreciendo a la dirigencia reformista que busca dejar las cosas al mismo nivel que en el pasado. Esto exigirá de los revolucionarios una mayor claridad ideológica para hacer de la revolución socialista y popular una realidad tangible e inmediata, a fin de no confundir los avances parciales que se pudieran lograr en determinado momento con la implantación definitiva de una sociedad socialista, confiando -quizás- en una evolución pacífica e ineludible de los esquemas tradicionales del capitalismo y de la democracia representativa, los cuales deben ser abolidos por la acción decidida de los sectores populares revolucionarios y no por simples decretos o modas.

 

          Lo fundamental es que los revolucionarios se adhieran resueltamente a promover la constitución y funcionalidad del poder popular como un elemento primordial de la democracia participativa y protagónica que es inherente al socialismo, la cual debe ejercer influencia directa en los cambios que transformen de modo radical al Estado burgués vigente en un Estado verdaderamente popular y socialista. Esto pasa también por entablar un serio cuestionamiento de las estructuras que tradicionalmente han caracterizado al capitalismo y a la democracia representativa, resolviendo la cuestión nacional y el papel antiimperialista a adoptar por la revolución socialista que se impulsa, porque resultaría harto contradictorio hablar de revolución y de socialismo manteniendo intactas dichas estructuras, cercenando u obstaculizando la concreción del poder popular en manos del pueblo.-

 

EL PARASITISMO BURÓCRATA Y LA REVOLUCIÓN POSIBLE

EL PARASITISMO BURÓCRATA Y LA REVOLUCIÓN POSIBLE

            Desde siempre, todo burócrata es mirado con recelo por el pueblo, al cual -por obligación de sus funciones públicas- debe servir; sin embargo, imbuido de una arrogancia que le hace olvidar sus mismos orígenes, invierte los papeles y le hace sentir al ciudadano común que es un afortunado al recibir su atención, como si fuera Dios concediendo milagros a la sufrida humanidad. Si a ello aunamos la vieja práctica de la corrupción administrativa (cobro ilegal de comisiones o tráfico de influencias) tendremos suficientes razones para entender el por qué de ese recelo popular, expresado de manera despectiva.

 

            Mao Tse-Tung distinguía distintos tipos de burocracia: la burocracia autoritaria, presuntuosa, integrada por “personas de `sí, señor´ para sus superiores y de tratos déspotas con sus `inferiores´, no tratan a la gente igualitariamente; la burocracia sin honra, la cual le atribuye sus errores a los demás y miente a quienes están por encima de ella y se burla de quienes están más abajo; le sigue la burocracia oportunista y egoísta, abocada a la satisfacción de intereses particulares con los recursos públicos y a la conformación de grupos o pandillas institucionalizadas; la burocracia que lucha por el poder y el dinero, por su parte, busca escalar en la jerarquía del Partido y presta gran atención a los salarios, se “porta agradablemente con sus camaradas si llega la ocasión, pero no se ocupa en absoluta de las masas”; la burocracia perezosa, afanada en hacer solo lo mínimo necesario y en dejar los asuntos a un lado; y, finalmente, la burocracia del formalismo, conformada por aquellos que “preparan muchas tablas y gráficos, comunicaciones; las reuniones son numerosas y de ellas nada sale, no se mueve sin una comunicación que lo diga, no tiene iniciativa ni valor”. Aunque es de reconocerse que todas pudieran engendrarse simultáneamente, con características comunes de uno y otro tipo, siendo las más recurrentes la lentitud, el exceso de trámites y la poca disposición a la toma de decisiones oportunas, lo que bien vale en cualquier Estado, sea éste reformista tradicional o revolucionario. La actitud siempre es la misma.

 

            Para el Che Guevara, “el burocratismo es la cadena del tipo de funcionario que quiere resolver de cualquier manera sus problemas, chocando una y otra vez contra el orden establecido, sin dar con la solución. Es frecuente observar cómo la única salida encontrada por un buen número de funcionarios es el solicitar más personal para realizar un tarea, cuya fácil solución sólo exige un poco de lógica, creando nuevas causas para el papeleo innecesario”. Con semejante traba, se haría muy difícil emprender exitosamente “la construcción profunda, lenta, estructural de un Estado democrático, de Derecho y de justicia, en palabras de Juan Carlos Monedero. Pero no es solo en este contexto que pudiéramos ubicar al burocratismo. También se halla en los partidos políticos, empresas y sindicatos. “Trasladados al partido revolucionario, los métodos burocráticos de dirección y gestión representan la sustitución del pueblo dentro y fuera del partido por cúpulas que deciden en su nombre. El estilo burocrático, en ese sentido, es la negación de la democracia o su desnaturalización. Allí donde se instala el burocratismo, el partido revolucionario pierde vivacidad, se instaura la rutina, el partido se distancia de las masas y se hace sectario”, a decir de Francisco Javier Velazco.

 

            De ahí que el burocratismo sea uno de los principales elementos a vencer y a erradicar en cualquier proceso revolucionario auténtico, ya que es absolutamente contrario a la iniciativa, la participación, el protagonismo y la creatividad que deben acompañar siempre el accionar revolucionario de las masas; de lo contario, solo se acentuará el estilo de gestión individualista, cargado de memorandos y medidas puramente administrativas que no conducen a nada y subestiman la capacidad creadora, revolucionaria y democrática del pueblo. Por ello, siguiendo lo afirmado por el Che, se debe “desarrollar con empeño un trabajo político para liquidar las faltas de motivaciones internas, es decir, la falta de claridad política, que se traduce en una falta de ejecutividad. Los caminos son: la educación continuada mediante la explicación concreta de las tareas, mediante la inculcación del interés a los empleados administrativos por su trabajo concreto, mediante el trabajo de los trabajadores de vanguardia, por una parte, y las medidas drásticas de eliminar al parásito, ya sea el que se esconde en su actitud una enemistad profunda hacia la sociedad socialista o al que está irremediablemente reñido con el trabajo”. Bajo tales premisas, pudiera erradicarse el parasitismo burócrata, así como el abandono de responsabilidades de los ciudadanos, y hacer la revolución posible.-         

SE BUSCAN REVOLUCIONARIOS (AS)

SE BUSCAN REVOLUCIONARIOS (AS)

            A dieciséis años de producirse la insurrección cívico-militar del 4 de febrero que comandara Hugo Chávez y ante la nueva encrucijada que se le presenta al proceso revolucionario bolivariano a fin de demostrar la viabilidad, eficacia, justicia y conveniencia de sus propuestas fundamentales, es preciso que en su seno se articulen esfuerzos teórico-prácticos tendentes a lograr su consolidación definitiva, en especial, en lo referente a la definición y la implementación del socialismo del siglo XXI. Esto ha sido una constante a lo largo de estos últimos años, a tal grado que ello ha incidido -de una u otra manera- para que existan aún las deficiencias administrativas a nivel de las diferentes instancias del Estado, el sectarismo exhibido por las organizaciones partidistas y la frustración que digieren de mala gana los sectores populares al organizarse y echar a andar los lineamientos estratégicos anunciados por el Presidente Chávez. De hecho, el comportamiento de la nueva clase política es, quizás, el factor de mayor influencia para que persista esta situación, puesto que el mismo es expresión de la cultura política reformista heredada de los partidos políticos tradicionales que gobernaron al país desde 1959 hasta 1998, año en que resultara electo Chávez, así como también de la escasa o nula formación teórica existente en lo que respecta al socialismo, dado el antiizquierdismo o anticomunismo inculcado durante el mismo período entre una vasta porción de la población venezolana.            

Si a lo anterior unimos la tradición de exclusión, sectarismo, atomización y dependencia ideológica que llegó a caracterizar por décadas a lo que se denominó como izquierda en Venezuela (entendiendo como tal a las organizaciones que se adherían al socialismo basado en las enseñanzas de Marx, Engels y Lenin), lo cual determinó también que se produjera un dilatado reflujo de las luchas populares, se tendrá un cuadro de cosas que conspira contra la vigencia y la profundización del proyecto bolivariano. Justamente en este aspecto se percibe en  quienes provienen de algunas de estas organizaciones un déficit a la hora de contribuir a definir teóricamente al proceso revolucionario actual, contentándose algunos con ser leales a Chávez, pero sin asumir el rol crítico y autocrítico que pudieran ejercer en algún momento ante cualquier desviación detectada, cuestión que entra en contradicción con su condición de revolucionarios. Por ello mismo, se hace necesario acelerar y sostener, de algún modo, la preparación de cuadros revolucionarios que estén dedicados a desarrollar nuevas estructuras organizativas y nuevos paradigmas que ayuden a generar y a afianzar la revolución socialista bolivariana en Venezuela.            

Esto supondrá desligarse, en cierto modo, del poder constituido y construir sin ambages ni tutelajes oficiales el poder popular que tanto se proclama, pero que es torpedeado y distorsionado desde los diferentes niveles que constituyen el Estado por burócratas de toda laya, aún por aquellos que ponen a la vista de todos su identificación con la revolución mediante alguna imagen del Che Guevara, ignorando acaso su combate tenaz contra el burocratismo en los años iniciales de la revolución cubana. Para esta importante tarea, los revolucionarios tendrían que promover la autogestión, la independencia política, la formación teórica (sin eludir el debate) y el poder constituyente de los sectores populares con lo cual se avanzaría en la consecución del cambio estructural, el bien común y, por supuesto, de una democracia más directa e identificada con sus expectativas no satisfechas. En consecuencia, los revolucionarios tendrían que diferenciarse absolutamente de los reformistas que sólo aspiran usufructuar el poder, sin pretender variar en lo más mínimo las relaciones habituales entre gobernantes y gobernados, a favor de quienes ejercen intransferiblemente la soberanía.           

De ahí que sea ineludible la convocatoria a todos los revolucionarios a crear las condiciones objetivas y subjetivas que allanarían el camino de la revolución socialista en contraposición al reformismo que ya estaría copando en Venezuela todos los escenarios políticos, económicos, culturales y sociales, impidiendo así que esto sea posible, a pesar del decidido respaldo de las amplias mayorías populares. Es decir, se buscan revolucionarios y revolucionarias cuyo máximo interés esté centrado en la transferencia del poder al pueblo y no en su interés personal, sin que se malentienda por esto que los mismos estarían sometidos a un ascetismo anacrónico y, menos, a un estado de gracia fanático, como fueran dibujados por la gente conservadora en todos los tiempos, incluyendo el nuestro.-

SIN CAMBIO ESTRUCTURAL NO HAY REVOLUCIÓN SOCIALISTA POSIBLE

SIN CAMBIO ESTRUCTURAL NO HAY REVOLUCIÓN SOCIALISTA POSIBLE

            Al mantenerse incólumes las estructuras y mecanismos del viejo modelo de Estado representativo en Venezuela, la revolución seguirá siendo un anhelo frustrante al creerse que nada podría cambiar más allá de los cambios políticos, sociales y económicos producidos hasta ahora, limitados a las iniciativas adoptadas al respecto por el Presidente Chávez. Quizás se alegue en descargo que el proceso revolucionario venezolano es pacífico, producto de la vocación democrática del pueblo, y, por lo tanto, debe evolucionar de modo gradual. Sin embargo, las expectativas populares parecen rebasar esta apreciación, aunque se adolezca de una conciencia plenamente revolucionaria, surgida de unos conocimientos conscientemente adquiridos. Cuestión ésta que constituye el punto más débil de todo el proceso bolivariano y sobre el cual poco se ha hecho, a excepción del empeño puesto por William Izarra y de otros destacados revolucionarios de todo el país de promover una instancia generadora de teorías revolucionarias harto necesarias, cumpliendo con tres objetivos primordiales, como lo son la difusión, la formación y la investigación que debiera comprender la misma, de manera que los adherentes al proyecto revolucionario aseguren el cambio estructural, el bien común y la democracia directa en todo momento, a pesar de todos los obstáculos culturales que persisten todavía.            

 Por lo mismo, se hace imperativo que los mismos sectores sociales revolucionarios comiencen a apropiarse de los distintos espacios donde puedan poner en práctica estas últimas ideas, de forma que el cambio estructural inherente al proceso revolucionario, basado en el ideario socialista del siglo 21, tenga una base de sustentación popular más real y efectiva que la generada desde el poder constituido. Esto tendrá que avivarse necesariamente desde abajo, venciendo la pertinaz acción reformista, la desconfianza y cierto menosprecio exhibidos por algunos dirigentes del chavismo que obstruyen (a veces de modo deliberado y otras de modo irreflexivo) la capacidad política y creadora del pueblo respecto al rol de sujeto revolucionario que le compete ejercer y cuya existencia se explica por el vacío teórico y el pragmatismo que se impuso desde posiciones de poder, amparándose en el liderazgo y la  imagen de Chávez. Esto expone la necesidad forzosa de una confrontación ideológica, tanto a lo interno como a lo externo del proceso bolivariano, facilitándose así que la lucha, el compromiso, la convicción, la disciplina y la organización de los sectores revolucionarios y progresistas se conviertan en murallas infranqueables ante los embates reiterados de la contrarrevolución, teniendo como consecuencia visible la superación de la transición en que se halla sumido este proceso; lo que implicará asumir frontalmente la alternativa del socialismo, sin que haya lugar a dudas o retrocesos. Esto contribuiría en mucho a reforzar la gestión de gobierno, principalmente en lo atinente al mejoramiento de las condiciones socioeconómicas de la población, con la participación y el protagonismo populares como una condición primaria insoslayable -cambio estructural de por medio- para hacer verdaderamente la revolución integral que se promueve en esta nación bolivariana.   

           La encrucijada crítica que se le presenta al proceso revolucionario venezolano debe generar en el mismo la adopción de medidas más radicales y evitar la conciliación que promueven, incluso, algunos de sus connotados dirigentes, convencidos de su eficacia para contrarrestar los constantes ataques opositores, pero acompañadas de la resolución de los diversos movimientos políticos y sociales que lo acompañan para redefinir los rumbos a transitar para la conquista del socialismo y el cambio estructural. Esto requiere de un efectivo debate democrático, crítico y autocrítico, que se extienda desde el mismo Presidente Chávez hasta el más humilde de sus seguidores, capaz de estimular una acción revolucionaria sostenida de ruptura de paradigmas y creación de otros que estén más en sintonía con lo que significa el socialismo del siglo 21. 

            Sin cambio estructural no hay revolución socialista posible, al igual que sin una ideología revolucionaria, como lo dijera Lenin, para escarnio de los reformistas que se exasperan de oírlo o leerlo. El viejo Estado burgués, lo mismo que la cultura dominante y las relaciones sociales, de poder y de producción, tienen que erradicarse definitivamente en función de consolidar la revolución socialista que se pretende. Esto supone darle plena cabida a los poderes creadores del pueblo que glosara el poeta venezolano Aquiles Nazoa, manifestándose mediante una conciencia revolucionaria indudable y un poder constituyente en permanente movimiento.-