Blogia
Homar_mandinga

LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA

¿CÓMO ORIENTAR EL EJERCICIO DEL PODER REVOLUCIONARIO?

¿CÓMO ORIENTAR EL EJERCICIO DEL PODER REVOLUCIONARIO?

Para muchos en el planeta, la revolución socialista representa un cambio radical de las relaciones de poder vigentes. No obstante, pocos son quienes asumen con convicción que tal revolución, al transformar las relaciones de poder, tendría que hacer lo propio respecto a la transformación radical de la sociedad en general. Generalmente, esto último se percibe como algo utópico, muy difícil de lograrse, dando por descontado que el pueblo no se hallará jamás preparado para ello, por lo que será preciso acometer algunas reformas bien intencionadas para satisfacer parcialmente las demandas y aspiraciones populares, lo cual implica reforzar las viejas estructuras del Estado que debiera abolirse para instaurar en su lugar otro con características completamente diferentes, tanto en lo que concierne a la soberanía como a la participación protagónica del pueblo. 

Así, el ejercicio del poder revolucionario tendría que orientarse en todo momento al desmontaje del Estado burgués vigente, facilitando las condiciones objetivas para que el poder popular se convierta en el motor fundamental de los diferentes cambios políticos, sociales, culturales y económicos que deben implantarse, de manera que éste reafirme su condición política y revolucionaria con atributos constituyentes, confrontando la lógica y estructuras que sustentan dicho Estado. Esto exige que no exista ausencia de autonomía y de rebeldía por parte de los diferentes colectivos revolucionarios, articulados entre sí, pero cada uno luchando por consolidar la revolución socialista según su ámbito y perspectivas de lucha. En tal sentido, la revolución socialista debiera constituirse desde diversos centros de dirección colectiva, sin la verticalidad que muchas veces se impone creyendo que, de esta forma, se hace más eficiente la lucha revolucionaria, ignorando el papel esencial que deben cumplir en todo momento las asambleas populares a la hora de las decisiones y de la planificación. Esto no puede verse como simple concesión sino que debe marcar la evolución de todo proceso revolucionario si se aspira a su profundización y continuidad, una vía insoslayable para lograr la erradicación definitiva de los valores y de la ideología capitalistas-representativos imperantes.

Sin embargo, hay que señalar que sin una apropiada formación teórica revolucionaria -en constante verificación frente a la realidad circundante- esta aspiración resultará nula, a pesar de ponerse en vigencia leyes de todo tipo que estén determinadas por un alto contenido reivindicativo que hagan pensar que ello es el socialismo revolucionario. Esta última tarea revolucionaria es algo permanente respecto al ejercicio del poder revolucionario. Además, exige mucha crítica y autocrítica de parte de los revolucionarios, de modo que se imposibilite cualquier especie de dogmatismo que termine por inmovilizar toda iniciativa revolucionaria, alejando la posibilidad de derrocar la realidad creada según los intereses del capitalismo.- 

4F-92, ¿REBELIÓN MILITAR O SACUDIDA POLÍTICA?

4F-92, ¿REBELIÓN MILITAR O SACUDIDA POLÍTICA?

Más que el típico golpe de Estado -de los muchos que han marcado y trastocado la historia de la mayoría de las naciones de nuestra América, dominadas tradicionalmente por  “elites” inmorales, parásitas y antisociales- la insurrección del 4 de febrero de 1992 en Venezuela merece catalogarse como un alzamiento patriótico que vino a develar el grave estado de desnacionalización neoliberal y de descomposición moral acelerada que se cernía sobre el pueblo venezolano. Este innegable hecho histórico parece perderse entre el anecdotario y la exaltación del entonces líder del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), el Teniente Coronel Hugo Chávez Frías, ahora convertido por obra y gracia de la voluntad popular en Presidente de la República Bolivariana de Venezuela; quedando siempre abierta la posibilidad de un análisis más exhaustivo y objetivo de las múltiples circunstancias que lo hicieron realidad, enriqueciendo así el pensamiento crítico revolucionario.

Ya antes, la espontánea protesta popular del 27 de febrero de 1989 había evidenciado de manera contundente cuál era la realidad que rodeaba a la partidocracia vigente en Venezuela desde 1958 cuando el estamento político-gubernamental se vio completamente deslegitimado por los sectores populares. A partir de tal fecha, sin un programa político revolucionario a la mano, el país estaba a la búsqueda de alternativas frente a la corrupción impune de quienes lo dirigían, situados en una realidad totalmente distinta a la vivida a diario por la mayoría de venezolanos excluidos.

Como lo refleja Kléber Ramírez Rojas en 1994, en el preámbulo de su libro Historia documental del 4 de febrero, “se produjo un deslinde en la sociedad venezolana entre los eternos usufructuarios del poder y la nación entera, la cual, al captar días después la esencia democrática que motivó esa gesta, le brindó su total solidaridad y apoyo. Esta acción elevó considerablemente el nivel político de la sociedad venezolana hasta alturas no vistas después del 4F. Hoy en día, independientemente del letargo en que se encuentre el pueblo, sabemos que allí hay ideas y sentimientos políticos más claros que antes del 4F-92”. Esto da cuenta de la dimensión política que comenzó a adoptar la rebelión militar, no obstante haber sido aplastada por las fuerzas leales al gobierno de Carlos Andrés Pérez, algo que aún siguen sin explicarse convincentemente algunos analistas e historiadores, lo cual confirma el abismo existente entre el pueblo empobrecido, a pesar de la riqueza petrolera, y quienes se erigieron como sus conductores iluminados.

Por ello es válido calificar de sacudida política lo realizado por los militares y civiles del MBR-200, dándole una estocada mortal al régimen instaurado bajo los lineamientos del Pacto de Punto Fijo, algo de lo que nunca pudo recuperarse y que, por supuesto, siguen sin aceptar sus principales beneficiarios, pero que -entre los sectores populares- tiene una connotación de renovación y de esperanza, otorgándose a sí mismos la oportunidad de protagonizar los cambios que harán más participativa la actividad política y más digna su propia vida. Esto, sin embargo, sigue siendo apenas uno de los muchos ángulos desde los cuales se pudiera caracterizar la rebelión cívico-militar del 4F, cuyo nuevo aniversario debiera estimular en todos los venezolanos una más amplia comprensión, dadas sus repercusiones en el presente y en el futuro del país.-

“NI CAPITAL NI BURÓCRATAS. MÁS SOCIALISMO Y MÁS REVOLUCIÓN”

“NI CAPITAL NI BURÓCRATAS. MÁS SOCIALISMO Y MÁS REVOLUCIÓN”

Entre 2010 y 2011 hubo marchas de trabajadores y agrupaciones de izquierda en algunas ciudades de Venezuela que, pancartas en mano, exigían del Presidente Hugo Chávez una mayor profundización de los cambios con orientación socialista fomentados por su gobierno. En una de tales pancartas se proclamaba “Ni capital ni burócratas. Más socialismo y más revolución”, lo cual resume la posición política e ideológica de amplios sectores populares que respaldan a Chávez y al proceso revolucionario bolivariano que lidera. Ésta ha sido una exigencia constante, puesta de manifiesto en cada foro organizado, incluso durante el debate de las Cinco Líneas Estratégicas de Acción Política del PSUV, resultando fuertemente cuestionados los dirigentes y gobernantes chavistas actuales en cada uno de estos escenarios; algo que, indudablemente, habla de la necesidad de una mayor reflexión, puesto que se palpa y evidencia una falta de sintonía entre lo que se predica y lo que hace en nombre de la revolución socialista. Esta situación -poco advertida por quienes ejercen cargos de gobierno- imposibilita la organización y actuación de un verdadero poder popular revolucionario en el país, dadas las prácticas clientelares y demagógicas que subordinan a sus voceros a los intereses de quienes usufructúan el poder.

Esto, sin embargo, no ha sido obstáculo para que un alto contingente de la población venezolana esté dispuesto a seguir respaldando a Chávez y los diversos cambios de corte revolucionario que viene propiciando. Por ello, los grupos de oposición han buscado concentrar su poder de fuego sobre las deficiencias y contradicciones evidentes de muchos gobiernos locales, a sabiendas que el pueblo mantiene hacia ellos una actitud de rechazo, muy diferente a la que tiene respecto al Presidente. Pero, más allá de ello, el grueso porcentaje de revolucionarios y chavistas progresistas cree indispensables mayores medidas de parte del gobierno nacional, regional y municipal que tiendan a fortalecer el poder popular y, junto al mismo, un cambio estructural del Estado vigente que consolide el socialismo revolucionario. De ahí que el requerimiento en contra del capital y de los burócratas tiene una justificación válida al notar que estos han frenado -en uno u otro sentido- el avance y la organización revolucionaria del pueblo, suscitándose realidades abiertamente incompatibles con el socialismo. En esto último influye enormemente el hecho que gran parte de la dirigencia del chavismo tiene una formación socialdemócrata, con resabios anticomunistas apenas disimulados. Frente a tal circunstancia, no le resta sino a los revolucionarios y chavistas progresistas trabajar a diario por elevar el nivel de conciencia revolucionaria de los sectores populares organizados, apelando a los instrumentos legales y extralegales que contribuyan a darles un perfil de verdadero poder popular, siendo capaz de influir en las decisiones del gobierno.  Con tal orientación, los revolucionarios y chavistas progresistas podrían acelerar la profundización del proceso de cambios revolucionarios, superando la actual transición pequeño-burguesa. Para lograrlo, es importante que tengan en claro que “el reto no es sólo ganar las elecciones. Es ganarlas organizando, educando, movilizando y actuando para que el pueblo sea poder. Podemos ganarlas en las urnas y perderlas en la conciencia y en el inconsciente popular, si las ideas que quedan reforzadas son ideas capitalistas, que fortalezcan las soluciones individuales y, en general, las soluciones que vienen desde poderes externos, como el Estado, alguna iglesia o algún monopolio empresarial con `responsabilidad social’,” como lo refiriera Julio Escalona en uno de sus artículos. En este caso, la participación de revolucionarios y chavistas progresistas en las elecciones presidenciales (y cualquier otra) no tendría otro objetivo que asegurar las condiciones objetivas y subjetivas que han permitido hablar de revolución y de socialismo en Venezuela, antes que considerarla como la estrategia única o principal para alcanzarlo, subestimando así la democracia participativa y los poderes creadores del pueblo.-

NI CABALLOS DE TROYA NI QUINTAS COLUMNAS

NI CABALLOS DE TROYA NI QUINTAS COLUMNAS

“Tomar el poder puede ser relativamente fácil, pero, mantenerse ahí, es extraordinariamente difícil”, afirmaba Vladimir Lenin. Esta es una realidad que ha vivido todo gobierno a través de la historia, sea cual sea el signo ideológico que lo identifique y los intereses que defiende. Por eso, su desgaste progresivo representa una de las mayores preocupaciones que tienen ante sí quienes han accedido al mismo, olvidando el origen o causa que los catapultara al nivel privilegiado que ocupan, secundados muchas veces por el fervor de las masas.

Generalmente, tal situación ocurre cuando la concepción del poder resulta similar a aquella que se pretende desplazar, sin que haya un cambio estructural -sustancial- que dé cuenta de las transformaciones políticas, económicas, sociales, culturales y militares que integrarían el nuevo proyecto de sociedad. Si ello no está marcado por esta característica primordial sólo existe entonces una vulgar ambición de poder por el poder, así tal ambición se encubra bajo una retórica aparentemente revolucionaria. De ahí que surjan las exigencias de una incondicionalidad absoluta, carente de cualquier asomo de crítica o denuncia, que haga posible la perpetuación en el poder de una minoría en nombre de una mayoría, haciéndole saber a esta última que ello es necesario, por el bien de la Patria, inserto en una ideología acomodadiza, demasiado conveniente para muchos “dirigentes” mediocres, oportunistas y demagogos que explotan la credulidad de los sectores populares.

Así, se llega al colmo de señalar que las deficiencias, errores y desviaciones, sumados a la corrupción de algunos funcionarios públicos, es parte de las embestidas de una quinta columna y, en algún caso, de caballos de Troya, representados por enemigos encubiertos del gobierno que se dedican a minar su gestión desde adentro, sirviéndoles de excusa casi de manera permanente cuando la realidad es completamente distinta a la que se denuncia. De esta manera, aquellos que arribaron al poder, revestidos de un aura de renovación y revolución, terminan por actuar igual que sus antecesores, apegados a una especie de manual que los hace alejarse de las expectativas y las necesidades populares, repitiendo las mismas inconsecuencias de los gobiernos del pasado.

A ello habría que agregarle la estructura centralista y vertical del Estado burgués vigente, el cual obstaculiza un mejor desenvolvimiento democrático e independiente de los diferentes movimientos sociales que pudieran organizarse en la búsqueda de una mejor calidad de vida y en la defensa de sus derechos humanos y constitucionales más elementales, cuestión que facilita la vigencia de un clientelismo político que restringe y daña el ejercicio de una democracia realmente participativa y protagónica. Por esto mismo, difícilmente podría hablarse de quintas columnas y de caballos de Troya, puesto que la lógica del poder en nuestros países, principalmente, sigue los mismos patrones que en otras latitudes.

De aceptarse como cierta tal afirmación, los agentes de dichas columnas y caballos de Troya serían entonces quienes demandan una mayor compenetración de los gobernantes de turno con los ideales democráticos que enarbolaran para conquistar el poder (a través de las armas o por el voto popular), resultando en consecuencia “extraños” a la trama de complicidades e intereses de éstos y de su entorno. Para aquellos que usufructúan el poder, sería cosa sencilla endilgarles tal acusación, convencidos de la grave amenaza que representan para sus intereses, en vista que expondrían al sol las garrafales contradicciones de su gestión pública.-

LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA, SI NO ES EL SOCIALISMO, ¿QUÉ ES, ENTONCES?

LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA, SI NO ES EL SOCIALISMO, ¿QUÉ ES, ENTONCES?

 

            En la instalación de la IV Cumbre de la Deuda Social celebrada en Caracas, Hugo Chávez planteó la necesidad de librar frente a la hegemonía del capital una batalla ideológica y de construir un nuevo mundo para la vida. Allí afirmó que bajo el capitalismo no habría posibilidades para el futuro de los pueblos siempre explotados por las potencias industrializadas del mundo y que el socialismo se imponía como la solución a los graves y profundos desequilibrios generados por este sistema económico. “Yo no tengo dudas, es el socialismo”, manifestó, sugiriendo que, ante tantos socialismos conocidos, se debería inventar el socialismo del siglo XXI.

            Quizás para algunos esta declaración de Chávez constituyó un alerta difícil de asimilar, habida cuenta de la alienación ideológica que arrastran consigo, haciéndoles ver como una aberración cualquier mención al socialismo o al comunismo. No obstante, para otros, formados en la línea ideológica de Marx, Engels y Lenin, sería una confirmación de que la revolución bolivariana iría derivando hacia los cánones clásicos de la revolución mundial. Sin embargo, tal parece que lo afirmado por Chávez no entra de manera irrefutable en ninguna de estas categorías. En el tiempo transcurrido, se ha visto una mezcolanza de ideas y frases que, a nivel de discurso, parecieran exteriorizar que el proyecto bolivariano venezolano se inserta en uno u otro rumbo, sin llegar a una definición más aproximada de lo que ocurre realmente en Venezuela.

           Por ello, cobra relevancia el hecho que Chávez haya planteado el debate, especialmente cuando muchos nos preguntamos cuál es la caracterización más acertada de este proceso revolucionario venezolano. Más aún, si consideramos como sus antecedentes históricos e ideológicos lo hecho por gente de izquierda, los cuales parten de la década de los sesenta cuando el país estaba sumido en la lucha guerrillera y, luego de 1989, cuando se empezó a manejar la hipótesis de la toma del poder mediante un golpe de Estado cívico-militar-religioso, tal como lo esbozaran en su tiempo Douglas Bravo y sus camaradas del Partido de la Revolución Venezolana (PRV) y del Movimiento Político Ruptura.

            Esto exige que haya una exhaustiva revisión de aquellos antecedentes y verificar cuáles elementos originales se conservan todavía y cuáles habrán cambiado a la luz de los nuevos tiempos. En tal sentido, las fuerzas revolucionarias y progresistas de este país debieran abocarse a discutir sus pormenores, puesto que de ello se desprendería una mejor definición ideológica de lo que es, y debiera ser, la revolución bolivariana. Sin embargo, poco se ha hecho al respecto, quedando todo en esporádicos debates que, prácticamente, denotan una completa ausencia de debate, por lo limitado de su convocatoria, influencia y participantes. Tal ausencia de debate favorece que mucha gente que se dice revolucionaria reproduzca, sin rubor y, en algunos casos, hasta, sin culpa, el mismo tipo de conducta observado bajo el anterior régimen puntofijista. Por eso, una iniciativa de esta naturaleza luce desenfocada, en opinión de gran parte de los dirigentes chavistas, al no controlar sus posibles e impredecibles consecuencias. Otros sencillamente la estiman innecesaria, ateniéndose sólo a la imagen de Chávez para todo. Otros creen que todo está reflejado en la Constitución de 1999. No obstante, cabe preguntarse, en este último caso: si todo el texto constitucional se cumpliera al pie de la letra, ¿cuál sería, entonces, el siguiente paso de la revolución bolivariana, enfrentada -en apariencia- a la vorágine de la globalización neoliberal? ¿Acaso no sería el socialismo, lo que implicaría una socialización del ejercicio del poder político y de la riqueza, en nada subordinada a las estructuras del Estado?

          Basta analizar el conjunto de acciones emprendidas por el Presidente Chávez para entrever de qué tipo de socialismo se trata, yendo más allá del simple discurso. Guiados por este espíritu, podríamos determinar hasta qué punto se estaría construyendo el socialismo en Venezuela y cuáles serían los pasos a seguir para que ello sea posible, sin caer en mero reformismo. Esto coincidiría con la iniciativa promovida recientemente por algunos colectivos revolucionarios, deseosos de ahondar en los cambios y la orientación socialista del proceso bolivariano en Venezuela.- 

           

 

EL RECLAMO DE LOS YUKPAS: PRUEBA DE FUEGO PARA LA "REVOLUCIÓN BOLIVARIANA"

EL RECLAMO DE LOS YUKPAS: PRUEBA DE FUEGO PARA LA "REVOLUCIÓN BOLIVARIANA"

 “El gobierno le teme al pueblo…por eso tiene tantos soldados y policías. Tiene un miedo muy grande. En consecuencia, es muy pequeño. Nosotros le tenemos miedo al olvido, al que hemos ido achicando a fuerza de dolor y sangre. Somos, por tanto, grandes.” Sub-Comandante Insurgente Marcos, EZLN.

El reconocimiento constitucional de los derechos de los pueblos indígenas de Venezuela en 1999 supuso un avance positivo en la historia de segregación, explotación, marginamiento y desprecio consuetudinario que éstos padecieran desde la invasión europea al extenso territorio de Abya Yala, nuestra América. Sin embargo, la ponencia del Tribunal Supremo de Venezuela del pasado 31 de julio, a través de la Sala Constitucional, que declaró inadmisible el amparo procurado por representantes del pueblo yukpa de la Sierra de Perijá, en el estado Zulia, en contra del cacique Sabino Romero, deja prácticamente convertida en letra muerta dicho reconocimiento.

Los yukpas solicitaron que se declarara sin lugar la decisión de la Corte de Apelaciones Número 2 de esta entidad federal respecto al juicio que se le sigue a Romero, además de a otros indígenas, acusados todos de homicidio calificado y lesiones por un problema de tenencia de tierras (las cuales comprenden, por cierto, una franja de explotación de minerales de carbón, fosfato y uranio, además de ser apetecidas por hacendados), acaecido el 13 de octubre de 2009, considerando que el artículo 260 de la Carta Magna venezolana establece que “las autoridades legítimas de los pueblos indígenas podrán aplicar en su hábitat instancias de justicia con base en sus tradiciones ancestrales y que sólo afecten a sus integrantes, según sus propias normas y procedimientos (…)”, algo que se podría ampliar con la interpretación y aplicación del artículo 119 del mismo texto, al hablar del reconocimiento de las instituciones del Estado de su organización social, política y económica, sus culturas, usos y costumbres, entre otros derechos inalienables. Según el reclamo de los yukpas, la justicia ordinaria penal es incompetente para juzgar este caso, basándose en lo enunciado en la Constitución y en los acuerdos internacionales suscritos y ratificados por Venezuela que le reconocen a los pueblos indígenas una jurisdicción especial, algo que ahora se pone a prueba con este amparo denegado por el TSJ.

En esta situación, los poderes del Estado venezolano estarían contradiciendo el espíritu de la máxima ley de los venezolanos, no obstante conocer que los hechos se suscitaron en un territorio indígena, siendo protagonizados por indígenas, lo cual -de aceptarse la legitimidad del reclamo yukpa- no choca con los demás derechos admitidos y garantizados constitucionalmente. Sin embargo, es innegable que aún existe un prurito clasista y conservador en las instituciones públicas de este país que les impide adecuarse a las corrientes del tiempo histórico que se vive en éste y resto de naciones de nuestra América, en especial con lo que corresponde a la total transformación de los poderes públicos, en concordancia, precisamente, con los postulados de la Constitución bolivariana.   

Como escribiera, a propósito de este tema, Francisco Sierra Corrales: “Más valor y posiciones de avanzada ha tenido la judicatura Colombiana, a pesar de reinar un régimen terrorista de ultraderecha, gobernado por el narco-paramilitarismo y una constitución de democracia representativa y no obstante han tomado decisiones, en donde magistrados y jueces han enjuiciados a connotados jefes del régimen, le negaron la segunda re-elección al capo mayor y ahora le han abierto averiguación al hijo de Uribe y han destapado el caso de la fosa de la Macarena, con paracos armados hasta los dientes y las tropas yanquis de respaldo, apuntándolos al corazón o a la cabeza”. En tiempos supuestamente revolucionarios y socialistas, ésta sería la mejor oportunidad de demostrar la disposición de cambiar sustancialmente el viejo modelo civilizatorio en que nos desenvolvemos, sin las contradicciones ni las injusticias que le son característicos.- 

COMUNAS: UN PROYECTO Y UNA EXPERIENCIA MULTIDIMENSIONALES

COMUNAS: UN PROYECTO Y UNA EXPERIENCIA MULTIDIMENSIONALES

 

 

Ahora  que se habla con tanto entusiasmo de comunas en Venezuela como una manera  organizativa de acceder al socialismo en un futuro no lejano, es preciso acotar que las mismas  debieran constituir siempre un proyecto y una experiencia multidimensional, dirigida -sobre todo- a que ese socialismo posible realmente trascienda los esquemas representativos de la democracia burguesa y de explotación capitalista, en un accionar constante y renovador del protagonismo y de la participación política de los sectores populares, sin que exista coacción alguna de parte de los poderes constituidos. Sería una suerte de ensayo de un nuevo tipo de civilización (o su punto de partida), basado en el principio ético y revolucionario antijerárquico de unidad en la diversidad, la autogestión y el apoyo mutuo, en oposición a los patrones de conducta egoísta, irracional y depredadora que han condicionado la vida de la humanidad desde hace, aproximadamente, dos últimos siglos.

Las Comunas, por consiguiente, no tendrían que decretarse oficialmente desde arriba, como es la tendencia aceptada, sino todo contrario, siendo ellas generadas y adecuadas desde abajo, como consecuencia lógica de las luchas, las necesidades, la voluntad y las perspectivas entrevistas por las mismas comunidades de construir un mejor nivel de vida, restableciendo -de ser posible aún- la armonía resquebrajada con la naturaleza y diferenciándose suficientemente de la sociedad consumista actual. Adicionalmente, las Comunas -como expresión genuina y primaria del poder popular por constituirse- habrían de echar mano a los distintos mecanismos legales y extralegales que permitirían realizar los cambios políticos, económicos, sociales, espirituales y militares que conformarán, a su vez, una revolución cultural definitiva, en la cual los entes públicos tendrán necesaria y forzosamente que transformarse en función de los intereses colectivos de las amplias mayorías.

Sin estas características básicas, las Comunas carecerían de sentido revolucionario y no abrirían cauce alguno para cimentar sólidamente la revolución socialista que se anuncia. De esta manera, las Comunas podrían cumplir un papel todavía mejor del que se cree comúnmente, asumiendo éstas unas funciones políticas y de autogobierno que harían absolutamente obsoletas las estructuras que componen el Estado burgués tradicional, ya que éstas últimas resultan totalmente incompatibles con el ejercicio del poder popular. En esta dirección, los movimientos revolucionarios populares debieran dar un paso adelante, siendo audaces en la formulación teórica de nuevos esquemas civilizatorios y organizativos, sin el lastre de los convencionalismos, prejuicios y certidumbres inculcados por la ideología de los sectores dominantes. De esta forma, podrían aprehender y explicar la realidad cambiante y caótica de nuestros tiempos, donde el concepto, la vigencia y la efectividad del Estado-nación estarían siendo seriamente erosionados, con una escasa asertividad de parte de aquellos que pretenden su reajuste, sea cual sea la dirección escogida.

Sin embargo, existiría siempre el riesgo no descartado que las Comunas reproduzcan en su seno justamente los elementos burocrático-representativos que desviarían y desvirtuarían su carácter revolucionario, lo cual exigiría de sus promotores e integrantes una revisión constante, además de debates reiterativos, no exentos de polémicas, culpas y responsabilidades.-                 

LA REALIDAD DEL PODER POPULAR, ESCENARIOS Y POTENCIALIDADES EN CIERNES

LA REALIDAD DEL PODER POPULAR, ESCENARIOS Y POTENCIALIDADES EN CIERNES

La experiencia iniciada en Venezuela con la conformación de los Consejos Comunales ha posibilitado explorar los alcances, las limitaciones y las potencialidades que éstos pudieran tener y/o representar en la definición y práctica del socialismo revolucionario, aunque el mismo siga siendo una incógnita para muchos de sus promotores. Esto, sin embargo, representa cierto avance en el ejercicio de la democracia participativa y protagónica, desarrollando el nivel político de los sectores populares, lo cual -de mantener una línea ascendente- allanaría el camino a un nuevo tipo de organización del poder, edificado desde abajo, que pueda modificar substancialmente las relaciones políticas tradicionalmente establecidas entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos; una cuestión que, tarde o temprano, tendría su incidencia en el funcionamiento y vigencia del viejo Estado burgués-liberal, transformándolo en muchos sentidos. No obstante, hay que admitir que lo hecho hasta ahora no significa que se haya logrado dotar de poder efectivo a los ciudadanos en todas las áreas de la vida social, sin que exista esa injerencia que estila todavía un grueso porcentaje de representantes de la administración pública, como sería lo ideal, y, menos, empezado a erradicar la dominación capitalista, lo mismo que la desigualdad social.

Para muchos de los gobernantes locales y regionales -todavía influidos por la vieja cultura política reformista- la realidad del poder popular sigue (o debiera estar) subordinada a las directrices trazadas por el Estado y las leyes vigentes, sin permitirse un escenario distinto, a pesar del discurso oficial de aceptación del socialismo como alternativa al capitalismo y a la democracia representativa habitual. La mayoría de ellos supone que basta con efectuar una gestión medianamente aceptable que no se salga de los parámetros legales y ampliar los debates sobre los presupuestos municipales con las comunidades organizadas, muchas veces integradas por militantes de su mismo partido político, cosa que no equivale a construir ningún poder popular. Se debe admitir igualmente que, en la práctica, prevalece un escaso control popular sobre la gestión pública, debido principalmente a la falta de una auténtica autonomía de los movimientos sociales, dependientes en su gran mayoría del Estado, lo cual se ha manifestado en la persistencia del clientelismo político y la demagogia que caracterizaron a la dirigencia partidista y a los gobernantes que, teóricamente, prevalecieron hasta 1999, reflejando una enorme contradicción al hablar de revolución y de socialismo, ya que se adolece de una verdadera formación teórica revolucionaria, necesaria y fundamental para la tarea histórica de hacer una revolución estructural, antiburocrática, igualitaria y popular, con el socialismo como bandera de lucha.

De ahí que los Consejos Comunales -limitados a un espacio territorial determinado- precisarían de una mayor comprensión de su papel para generar poder popular, permitiéndose, incluso, formar lo que denominamos Comunas Legislativas, cuyo ámbito de acción abarcaría las normas de convivencia y de respeto a la diversidad en las comunidades, así como el control ejercido sobre algunos tópicos puntuales que, en la actualidad, son cuota de las competencias del poder municipal. A ello habría que incorporarle, en pie de igualdad, toda iniciativa de organización popular, extendiéndose la misma a todos los sectores sociales (estudiantes, mujeres, campesinos, jóvenes, trabajadores, y cultores, además de otros) en forma de Consejos Sociales, forjándose una comunidad de intereses mediante la cual se concretarían algunas de las líneas de definición y de construcción del socialismo revolucionario, ampliándose -en consecuencia- los grados de participación, de protagonismo, de planificación, de gestión y de control que debería asumir el poder popular. Se instituiría una nueva instancia organizativa de base popular, amplia, democrática, inclusiva, abierta siempre al debate constructivo y a la participación y al protagonismo del pueblo en todos sus niveles y manifestaciones, capaz de impulsar la invención de nuevas formas de organización colectiva que acentúen la transformación del escenario político, así como el orden económico y social existente en beneficio de las grandes mayorías populares, en una sociedad sin explotadores ni explotados, donde todos los ciudadanos y todas las ciudadanas desplieguen libre e integralmente todas sus potencialidades, en un clima permanente de paz y justicia social.-