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TEMAS REVOLUCIONARIOS

AUTOGÉNESIS DEL PODER POPULAR SOBERANO

AUTOGÉNESIS DEL PODER POPULAR SOBERANO

El desprenderse de la historia, haciendo abstracción absoluta de las luchas populares -y esterilizando, por tanto, la conciencia revolucionaria que debieran mostrar los sectores populares respecto a su tiempo pasado, presente y futuro, como lo hace el pragmatismo político que poco, o nada, se esfuerza en este sentido- ha tenido por consecuencia la adopción y la legitimación por parte de éstos de la ideología de los sectores oligárquicos dominantes, lo cual frustrará, tarde o temprano, de un modo perceptible o no, cualquier rasgo de rebelión surgido en contra del poder establecido. Este comportamiento particular y, en numerosas ocasiones, colectivo, contribuye bastante a reforzar la visión sesgada que se tiene de la realidad circundante, lo que a su vez origina una fragmentación de las luchas populares al no compartir una misma identidad histórica y, por efecto adicional, impide que exista una perspectiva política radical, en una totalidad integradora, que reemplace el orden vigente por otro completamente diferente, algo que habrá de traducirse en la toma del poder y en la conformación sistemática (sin eludir su espontaneidad) de un poder popular revolucionario y soberano. Sin tales elementos, será inviable todo proyecto emancipatorio. Esto pasa por entender igualmente que la igualdad sustantiva de la que se hable tiene que abarcar una totalidad mayor a lo que pueda concretarse y permitirse en el ámbito estrictamente político.

 

En atención a esto último, en su reflexión «Reimaginar la revolución», Amador Fernández Savater formula que «el primer paso es eliminar los viejos errores, las viejas supersticiones, los viejos tabúes. Sólo así puede edificarse un mundo enteramente purificado, en todos sus detalles. “Hay que destruir el pasado hasta en sus últimos vestigios…”. No se trata de unos cuantos cambios, de un puñado de reformas. Por cualquier mínima rendija puede colarse el viejo mundo de nuevo, con su lote de ignorancias y opresiones. De hecho, los revolucionarios nunca dejaron de achacar el “fracaso” de sus aspiraciones al complot siempre renovado de lo viejo (que justificaba el recurso terrorista a la guillotina como pedagoga suprema)». Sin ello pendiente, la organización, el esfuerzo y el sacrificio de los sectores populares carecerán de sentido, restituyéndose -en su contra- el viejo orden al cual desplazaran, en esta oportunidad, mediante unos nuevos actores políticos, económicos y sociales.

 

¿Qué podría hacer entonces el poder popular soberano en la construcción de un nuevo modelo civilizatorio? Lograr a corto y mediano plazo, sosteniéndose como política pública permanente, una democratización real de la economía, lo que deberá tener por resultado la disminución y la eliminación progresiva (y definitiva, en algún momento, ése debiera ser uno de los objetivos primordiales) de la hegemonía de aquellos poderes económicos que, por ahora, han controlado la propiedad privada de la gran mayoría de los medios de producción existentes en cada país. Para alcanzar dicho propósito es esencial modificar radicalmente las relaciones de producción y la lógica capitalista, imponiendo en su lugar la desmercantilización de los derechos sociales; creándose en su lugar una economía humanista donde prevalezca el valor de uso frente al valor de cambio habitual.

 

Simultáneamente, sin olvidar su significación histórica, tiene que implementarse un vasto proyecto nacional dotado de puntos de identificación y de cohesión que sirvan, al mismo tiempo, de nuevos paradigmas, resaltando los valores y las virtudes con que habrá de edificarse el nuevo modelo civilizatorio; de modo que la formación, la construcción y la consolidación de una nueva ciudadanía esté consustanciada con el ejercicio de la democracia participativa y protagónica, teniendo ésta, por tanto, como su soporte básico una misma identidad colectiva.

 

A los sectores populares organizados les corresponde, entonces, desprenderse de su condición de agentes inconscientes de la reproducción del sistema de valores de su propia dominación, discriminación y explotación; evitando, por tanto, la disciplina que los obliga (o induce) a vivir en un estado de resignación permanente. Logrado este fundamental cometido, la autogénesis del poder popular soberano podrá sellar el quiebre mortal del sistema imperante, en un proceso permanente de finales y comienzos históricos que amplíen los derechos y las condiciones de vida de todos y todas.-

¿EXISTE TAMBIÉN UN FASCISMO DE «IZQUIERDA»?

¿EXISTE TAMBIÉN UN FASCISMO DE «IZQUIERDA»?


Siempre se ha señalado, históricamente, que el fascismo es la expresión política de la ultraderecha y el recurso al cual recurren los sectores oligárquicos dominantes para preservar sus intereses frente al auge prerrevolucionario de los sectores populares insubordinados. Hasta allí nada sería complicado de explicar. Sin embargo, ante el comportamiento observado entre gobernantes y dirigentes políticos que se autocalifican de revolucionarios, socialistas y/o izquierdistas, cabe admitir que existe la posibilidad innegable de un fascismo que bien podrá llamarse de izquierda, aunque suene contradictorio y genere alguna polémica. Algo que ya se identificara como estalinismo en la extinta Unión Soviética. Lo importante es considerar que el fascismo de derecha no es nada diferente de aquel que pretendería (sin serlo, habrá que advertirlo de antemano) distinguirse como progresista, revolucionario y socialista, puesto que ambos requieren de la subordinación incondicional de quienes conforman la mayoría, es decir, de los sectores populares subalternos, haciendo de la democracia una simple referencia, carente de alguna base real que le permita a éstos convertirse en sujetos históricos activos de su propia emancipación y, por consiguiente, creadores de un nuevo modelo civilizatorio, más equitativo y democrático. Serían expresiones de un mismo tipo de comportamiento político, enraizado en las relaciones de poder engendradas por el Estado burgués liberal, las cuales comprenden una jerarquización básica: gobernantes y gobernados, o con más precisión, clases dominantes y clases dominadas.

 

Benito Mussolini, en Italia, y Adolf Hitler, en Alemania, tuvieron la oportunidad de liderar partidos políticos que encarnarían (nominalmente hablando) la idiosincrasia, las aspiraciones y los ideales de sus respectivos pueblos; partidos cuyas orientaciones y decisiones, por añadidura, ningún sujeto podría objetar. Aquel que se atreviera a hacerlo, cometería, por consiguiente, un grave delito de traición, condenándosele, en el más benévolo de los casos, al ostracismo y la segregación. Igual ocurrió en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas con Josef Stalin como el «líder esclarecido» de un conjunto multicultural de naciones donde se llevaría a efecto la primera experiencia de un Estado regido por los consejos de trabajadores y campesinos, en lo que se proclamó como dictadura del proletariado, siguiendo la teoría política revolucionaria impulsada por Karl Marx y Friedrich Engels a finales del siglo XIX. Ambos extremos aparentemente diferenciados en personajes, propósitos y procedimientos comparten, no obstante, los mismos resultados. Sin embargo, los regímenes democráticos representativos, pese a todo el discurso de respeto a los derechos humanos, a la voluntad y a la soberanía populares que se opondría a estas experiencias históricas, no distan mucho de parecerse, ya que se observan iguales situaciones. En el caso de las dictaduras militares que plenaron durante décadas el sur de nuestra América, éstas alegaban actuar en defensa de los valores de la cristiandad y de la Patria frente a ideologías extranjeras como el comunismo, algo que fue estimulado sistemáticamente desde el norte de nuestro continente, Estados Unidos, y que fuera compartido por los grupos económicos y la jerarquía eclesiástica católica sin mucho remilgo, lo que produjo a la par del exilio de millares de personas un genocidio combinado, ejecutado por los cuerpos represivos del Estado mediante la implementación del Plan Cóndor.

 

Arthur Rosenberg escribió en «El fascismo como movimiento de masas» que «el fascismo no es más que una forma moderna de la contrarrevolución burguesa capitalista, disfrazada de movimiento popular». En el caso concreto de Nuestra América, la derecha tradicional (y su versión emergente) comenzó a hacerse subversiva frente a las normas y el sistema que ella misma, de una u otra manera, erigiera, a partir de su comprensión de la realidad que venía suscitándose ante sus ojos con la elección de gobiernos de tendencias antineoliberales, progresistas y/o izquierdistas; precipitándose un avance sostenido de los sectores populares en sus demandas por acceder a mejores perspectivas materiales de vida, vistos ambos como una seria amenaza a sus intereses clasistas. Amenaza que también fuera percibida desde Washington, generándose la implementación de planes de todo tipo que facilitaran revertir la situación creada.

 

Así, se le dio alas a un «nuevo» fascismo, despojado de eufemismos que ocultaran su naturaleza, como la opinión pública internacional pudo apreciar en Bolivia, Ecuador y Venezuela, naciones sacudidas por las acciones extremistas (vale decir, terroristas) de los grupos conservadores con la deliberada intención de provocar el caos que precipitaría, finalmente, la caída de los gobiernos de estas naciones.

 

Ahora, ¿qué distingue y pretende este fascismo «nuevo», delineado en un sentido general por el imperialismo gringo? A simple vista, lo distingue la brutalidad y la intolerancia extrema con que se ha hecho visible, ubicándose sus instigadores por encima de las vidas del resto de las personas, las cuales -según su visión supremacista- debieran estar subordinadas a sus intereses y sus propósitos particulares. En cuanto a su pretensión hay un trazo ideológico (si es que cabe el término) bastante concreto: la dependencia y la sumisión incondicional respecto al capitalismo global, representado y regido por las grandes corporaciones transnacionales asentadas mayormente en territorio estadounidense y europeo. Por ello mismo, el guión seguido por la derecha en Argentina no difiere mucho de lo hecho por sus pares en Brasil; lo que dejan entrever los dirigentes opositores en el caso que lograran acceder al poder constituido en Venezuela, observando su actuación en la Asamblea Nacional. No es simple casualidad que sus organizaciones reciban adoctrinamiento y financiamiento estadounidense a través de la NED y la USAID, contando asimismo con el respaldo de la industria comunicacional a su entero servicio, la que se encargará de exaltar sus virtudes y su «lucha» en defensa de la democracia, mientras les endosa a sus contrarios todo lo que se pueda para desacreditarlos, silenciarlos y destruirlos, moral y políticamente.

 

Carlo Frabetti, en su artículo El fascismo del siglo XXI, resume que «puesto que el capitalismo es la matriz del fascismo y el fascismo es la última ratio del capitalismo, cualquier persona que asuma las normas y valores del sistema se convertirá en un fascista en potencia, cuando no en acto». Frente a ello se necesitan espacios y movimientos autonómicos que sean la expresión de la diversidad ideológica que conforma en el mundo contemporáneo la gama de la contestación anticapitalista, antiautoritaria, antipatriarcal y de defensa de la naturaleza; espacios de convergencia y discusión político-ideológica que impidan toda clase de exclusión, discriminación y dogmatismo, en lo que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) propone como «un mundo donde quepan muchos mundos». No sería una fórmula única y definitiva, pero sí contribuirá a disminuir el riesgo de la implantación de un fascismo a escala mayor, legitimado además por la expectativa estabilizada de satisfacción de necesidades materiales de la población. Sobre esta base, habría que impulsar y concretar iniciativas autogestionarias con lo que el pueblo organizado y consciente se mantendría a salvo de los tentáculos cooptadores y clientelares del burocratismo corporativo del Estado, teniendo como elementos fundamentales nuevas modalidades organizativas colectivas y de participación social y política que den paso al autogobierno de los sectores populares, expandiendo el concepto y la praxis de la democracia más allá de lo habitualmente permitido.-

LA SOCIALIZACIÓN DEL PODER Y LA EMANCIPACIÓN POPULAR

LA SOCIALIZACIÓN DEL PODER Y LA EMANCIPACIÓN POPULAR

El control absoluto del Estado no garantiza el éxito y la trascendencia (o dimensión) histórica de una revolución. De ello da cuenta una variedad de experiencias suscitadas en el transcurso de la historia humana, olvidando, en muchos casos, lo que determinara el Che Guevara respecto a que “para la Revolución se necesita pasión y audacia en gran dosis”. Pasión y audacia que contribuyan, cuando están guiadas por ideales firmemente establecidos, en hacer realidad la evolución y la consolidación -en gran medida, de manera sostenida- de los propósitos democráticos e igualitarios enarbolados.


Ambos elementos son, por tanto, harto necesarios para que tenga lugar una transformación estructural real del Estado, en un primer y decisivo momento, y posteriormente, el establecimiento de unos nuevos paradigmas sociales y políticos que den nacimiento, a su vez, a una conciencia y a una conducta que resulten efectivamente revolucionarias y nuevas. Ello no sucederá producto del voluntarismo y del pragmatismo, como alguna gente aún lo sigue creyendo, confiando en que esto será suficiente para la conformación de un bloque histórico, integrado básicamente por los sectores populares y que tenga por objetivo, en consecuencia, el reemplazo radical del modelo civilizatorio imperante. Se obvia -por interés o simple ignorancia- la cotidianidad creada entre las clases subordinadas por siglos de alienación, aculturación y dependencia inducida, la cual configura, por así decirlo, el primer elemento conspirativo contra todo cambio revolucionario que se pretenda al responder a la ideología de los sectores dominantes tradicionales.


Por consiguiente, la socialización del poder político entraña conquistar también la democracia en el orden económico. Sin ella, sería trunca la emancipación de los sectores populares. Mientras se viva esta transición entre el viejo modelo de Estado y de sociedad y aquel que lo reemplazará de forma definitiva, será preciso combinar la coacción y el consenso a favor de los intereses, las aspiraciones y las necesidades de las grandes mayorías, sin que esto suponga el aniquilamiento o la restricción de las libertades individuales, ya que instituiría la negación del carácter emancipatorio de cualquier proceso de transformación realmente democrático.

 

De esta forma, la influencia y los intereses populares prevalecerán tanto en lo que atañe al funcionamiento estricto de las diferentes instituciones del Estado que surjan (o se reformen) como en lo que atañe al régimen de propiedad y de producción capitalista se refiere. Algo que no se puede, ni se debe, acometer por separado, del mismo modo como ocurre en la actualidad bajo la hegemonía de los sectores oligárquicos. Es, pues, lógico e inevitable que toda transformación estructural (o radical, como algunos lo prefieren) deba manifestarse en el orden político y en lo económico, sin dejar de lado lo social y lo cultural, alterando -en este último caso- su vigencia, dada su función (o efectos) de disciplinamiento y adoctrinamiento colectivos que se expresa, generalmente, a favor de las clases dominantes.

 

Como lo resume Javier Biardeau en su escrito “Democracia socialista o socialismo burocrático”, publicado en 2010, “pensar la revolución implica revolucionar el pensamiento desde nuevas hipótesis estratégicas, apertura a lo intempestivo en el pensamiento, desorden instituyente contra las falsas seguridades, en fin ruptura de dogmas sacrosantos, de creencias ciegamente establecidas. Se trata de ideas revolucionarias, no de creencias revolucionarias. La revolución no avanza desde un marxismo religioso sino desde la demolición de viejas estructuras y construcción de nuevos espacios de liberación.” Semejante ruptura no debe ser condicionada ni acomodada por una minoría, aun cuando ella se muestre como representante del pueblo.

 

En momentos en que las demandas sociales exceden la capacidad de respuestas por parte del Estado, el esfuerzo creativo, instituyente y constituyente (o soberano) de las personas (colectiva e individualmente) deben orientarse a la búsqueda de caminos propios en materia de organización política y de eficacia social. Tiene que recurrirse, por ejemplo, a lo predicado durante más de diez años en Venezuela en relación con el papel determinante que debe cumplir el poder popular organizado para profundizar el ejercicio de la democracia participativa y producir, en consecuencia, los cambios revolucionarios todavía pendientes; cuestión que exige, además, adjudicarse el compromiso con un proyecto creíble de país y una claridad política para llegar a comprender que se impone la obligación de trascender cuanto antes, gústenos o no, el marco de civilización predominante.-  

 

 

A CIEN AÑOS DE UN «FRACASO» QUE ILUMINÓ AL MUNDO

A CIEN AÑOS DE UN «FRACASO» QUE ILUMINÓ AL MUNDO

Muchos ignoran (a veces por gusto propio) lo que pocos quieren que se sepa y se divulgue entre los sectores populares (detalles, desarrollo y consecuencias históricas) respecto al mayor acontecimiento de repercusión mundial que tuvo lugar en la antigua y semifeudal Rusia de los Zares a comienzos del siglo XX: la Revolución Bolchevique y el surgimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas bajo el liderazgo de Vladimir Illich Uliánov, mejor conocido como Lenin.

 

Posición que es compartida, de un modo u otro, por algunos (aunque el porcentaje resulte todavía mayor) que se reconocen a sí mismos como revolucionarios, marxista-leninistas o, sencillamente, socialistas. Y todo por un simple motivo: la Revolución Bolchevique -tras la fallida experiencia revolucionaria de la Comuna de París- elevó la potencialidad que los sectores populares tienen la suficiente capacidad de ejercer autónomamente el poder y de suprimir radicalmente toda estructura política, social y económica que legitimara la explotación capitalista de los trabajadores y la diferenciación de clases sociales.

 

En lo que se ha catalogado como su Testamento político. Lenin, en una nota del 26 de diciembre de 1922, enunció: “es imposible modificar un aparato, en una medida suficiente, en cinco años, dadas, sobre todo, las condiciones en que se realizó entre nosotros la revolución”. En este mismo tenor, en otra nota escrita el 30 de diciembre, se refiere a la situación creada con el control del Estado: “Se afirma que era necesaria la unidad del aparato. ¿De dónde emanaban esas afirmaciones? ¿No provenían acaso del mismo aparato de Rusia que […] tomamos del zarismo, limitándonos a recubrirlo ligeramente con un barniz soviético?....” Unas líneas más adelante agregaba: “denominamos nuestro a un aparato fundamentalmente extraño y que represente una mezcolanza de supervivencia burguesas y zaristas; que nos fue en absoluto imposible transformarlo en cinco años”.

 

De una manera similar a la conclusión a que llegara tempranamente Alexandra Kollontai (destacada revolucionaria feminista electa Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública del nuevo gobierno socialista soviético) sobre este tema, Lenin reconocía la imposibilidad de transformar radicalmente -de la noche a la mañana- el conjunto de la sociedad y del anticuado régimen zarista y acceder en un periodo relativamente corto al Estado y al nuevo orden que sobrevendría con la construcción colectiva del comunismo.

 

Pese a ello, la  dirección del gobierno y del partido comunista de la Unión Soviética reflejaron todo lo contrario, lo que se reforzara con la situación de guerra interna y externa que ésta hubo de enfrentar, propiciada por los sectores dominantes del capitalismo, incluida la agresión del nazismo alemán y la confrontación política, económica y militar sostenida con el imperialismo gringo y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte durante la Guerra Fría.

 

Suele atribuírsele de forma exclusiva a Stalin (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili) la responsabilidad de los errores, las desviaciones y las contradicciones que, siete décadas después, bajo el liderazgo de Mijaíl Gorbachov, darían al traste con el desarrollo y consolidación de esta experiencia revolucionaria que serviría de base de la Revolución Proletaria Mundial.

 

Sin embargo, se pasa por alto el hecho la influencia ejercida por la socialdemocracia en muchos de los militantes y dirigentes del Partido Comunista, lo que permitió el ascenso de una burocracia (integrada por individuos en los puestos de dirección del aparato administrativo, productivo y distributivo del Estado) que, según León Trotsky, era el “grupo dirigente” en la URSS que, a la postre, terminaría por usurpar la soberanía del pueblo. Stalin estaba consciente respecto a la posibilidad de restauración del capitalismo, por ello apuntará: “no hemos extirpado las raíces del capitalismo. ¿Dónde anidan estas raíces? Anidan en la producción mercantil, en la pequeña producción de la ciudad y, sobre todo, del campo”. Sin embargo, no se previó que dicha restauración se daría de la mano de la nueva clase burguesa que surgió y se expandió al calor de la edificación socialista, apropiándose de la plusvalía creada por los obreros manuales; además por el detalle que aún pervivía la división social del trabajo y el trabajo asalariado.   

 

A cien años de producirse la Revolución Bolchevique, los propagandistas anticomunistas siguen (y seguirán) difundiendo la matriz que ésta fue un total fracaso, que su modelo económico sólo serviría para hundir a los pueblos en la más extrema miseria y su régimen político es todo lo contrario a un régimen de libertades públicas. Todo esto se ha repetido incesantemente, sin ubicarse en el contexto de los acontecimientos que marcaron su historia y los factores reales que la condujeron a su eclosión en 1991.

 

Se busca disminuir de este modo su posible influencia (no obstante sus distorsiones y corrupción por parte de la burocracia corporativa que la rigiera) en las luchas populares de la actualidad, especialmente en aquellas naciones donde algunos gobiernos se presentan a sí mismos como revolucionarios y socialistas, pasando éstos por algunas situaciones parecidas a las experimentadas en su tiempo por los soviéticos.

 

Podrá decirse, en consecuencia, que este «fracaso» de hace cien años continúa iluminando al mundo, esta vez con el conocimiento exacto de lo que pudo ser y de los errores cometidos, en función de alcanzar la verdadera emancipación de la especie humana; despojada de toda pretensión mesiánica y de todo tipo de control por parte de una minoría dominante. Este sería otro legado de la Revolución de Octubre para los pueblos que ahora confrontan al capitalismo neoliberal globalizado y sus planes de dominación mundial.-

NUEVA DEMOCRACIA, NUEVA CIUDADANÍA

NUEVA DEMOCRACIA, NUEVA CIUDADANÍA

La sumisión y el fatalismo que suelen adoptar los sectores populares frente a los grupos oligárquicos dominantes no es un proceso surgido de la noche a la mañana. Éste se fue cimentando paulatinamente a través del tiempo mediante una diversidad de mecanismos de adoctrinamiento y/o alienación (en su mayoría, invisibilizados) que, de un modo reiterativo, convence a un amplio número de personas de lo irremediable (y hasta deseable) que son las circunstancias negativas en que viven. Sobre esta base se legitimó el estado de cosas imperante, convirtiendo la posibilidad de su transformación en algo dificil y, en muchos casos, imposible de lograr. Por ello, el cuestionamiento profundo de las estructuras sobre las cuales se erige este orden exige derribar esta falsa conciencia de los sectores populares, animándolos a comprender la verdadera naturaleza de su soberanía y el papel histórico que les correspondería cumplir.

 

En tal contexto, es imprescindible que quienes impulsen este cuestionamiento y aspiren que el mismo sirva de fundamento para concretar una revolución realmente emancipatoria e integral, deban hacer acopio de toda una creatividad teórica, aún cuando su originalidad esté condicionada por la formación recibida. Entre éstos ha de manifestarse de un modo siempre constante el compromiso teórico-práctico para transformar realmente la realidad política, económica, social, y cultural -elevando, simultáneamente, su propia conciencia- sin la interferencia de dogma alguno; lo que deberá conducir a la construcción de unos nuevos paradigmas. Por consiguiente, ha de haber espacios para que se exprese la conciencia crítica -más la acción revolucionaria, por supuesto- de los sectores populares, de forma que entre ellos se fomente la cultura del debate como un rasgo distintivo de la nueva democracia y la nueva ciudadanía por crearse; sin reducirla al ámbito meramente reivindicativo, como suelen hacerlo los demagogos y oportunistas.

 

Producir una revolución social, política, económica y cultural de un nuevo tipo -desde las raíces mismas de las luchas populares- es sostener de manera contíinua el cuestionamiento a lo ahora existente, no sólo en lo simplemente discursivo. Caso contrario, sólo habrá el entronizamiento de una nueva casta gobernante (con los mismos vicios y prejuicios de su predecesora), las mismas relaciones de poder denunciadas y cierta frustración y/o decepción por los limitados resultados alcanzados Como diría el prócer cubano José Martí, “con Guaicaipuro, Paramaconi, los desnudos y heroicos Caracas hemos de estar y no con las llamas que los quemaron, ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los aceros que los degollaron, ni con los perros que los mordieron”. Esto nos lleva a citar también, con su peculiar forma de escribir, al inquieto pensador Simón Rodríguez cuando plantea: “¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original= ORIGINALES han de ser sus instituciones y su Gobierno= y ORIGINALES los medios de fundar uno y otro. O Inventamos o Erramos”.

 

Obviamente, un proceso de transformación de este estilo supone la cimentación de un nuevo sistema de valores como también de un nuevo sistema de relaciones de producción sobre el cual prive la satisfacción de las necesidades primordiales de la población y no la lógica egoista del capital. Ello exige, por consecuencia, la puesta en marcha de innovaciones en el plano de la producción y la propiedad. No es reeditar la Tercera Vía con la que el Primer ministro Tony Blair, junto al economista Anthony Giddens, combinó los postulados del neoliberalismo capitalista ortodoxo con un espíriti “socialista” de bienestar colectivo, concebida para el contexto específico de Gran Bretaña. Al respecto, se debe entender que la construcción del poder popular tiene que enlazarse -necesaria e ineludiblemente- la construcción de nuevas relaciones sociales y economicas alternativas a las generadas por el regimen capitalista. Para su concreción real vital la autonomía del poder popular, de forma que la practica de la democracia sea autenticamente participativa y protagonica, manifestándose de un modo directo y soberano.-   

EL ESTADO COMO ELEMENTO DEL PODER POPULAR

EL ESTADO COMO ELEMENTO DEL PODER POPULAR

Para muchos burócratas (incluyendo a aquellos que suelen presentarse como revolucionarios, de los cuales cabría un comportamiento de conformidad con los ideales expresados) lo que más importa es rendir cuentas a sus superiores, olvidando -adrede- que le deben lealtad al pueblo que (directa e indirectamente) les delega su soberanía. Ello no sería nada extraño, de estar conscientes que el funcionamiento del Estado es, en términos amplios, contrario a los postulados democráticos y, en especial, respecto a las demandas ciudadanas de mayores controles, transparencia, efectividad y, más recientemente, de protagonismo y de participación populares.

 

El Estado, por tanto, tendrá que convertirse en foco de la atención, la reflexión y la acción de todo movimiento popular democrático dispuesto a cambiar radicalmente las estructuras sobre las que existe el modelo civilizatorio (dominado por la lógica capitalista) en el cual se desenvuelve una gran parte de la población global. El Estado burgués liberal -tal como lo concebimos en su forma actual- sólo ha servido para empoderar elites que, en general, se mantienen abismalmente separadas de la gran masa de gobernados que constituye la mayoría; asumiendo éstas que todas sus decisiones son (y serán) incuestionablemente correctas y, en consecuencia, harto beneficiosas para todos, cosa que la clase subordinada ha de aceptar resignadamente por su propio bienestar.  

 

En relación a éste, habrá que aprender a ser radicalmente innovador y revolucionario, sobre todo, en lo que concierne al ejercicio de la democracia por parte de los sectores populares organizados. De igual forma, es de esperarse (y de estimularse en su grado máximo posible) una comprensión crítica cabal de la realidad histórica que le ha correspondido en suerte vivir a los pueblos bajo las estructuras que legitiman el sistema de Estado burgués liberal, aún en sus modalidades o expresiones más “democráticas” y “revolucionarias”.  Para las personas habituadas a percibir y a entender el poder desde una óptica altamente jerarquizada, resulta infructuoso cualquier intento por alterar (aunque sea en su mínimo aspecto) el sistema establecido. En tal caso, mostrarles y demostrarles que la soberanía les es algo completamente inherente en vez de observarla como potestad plena del Estado y de tales elites implica, de por sí, una acción revolucionaria y subversiva.

 

Sobre esta percepción y convicción generalizadas se legitima la hegemonía de los sectores dominantes, por lo cual ha de cuestionarse, en un primer momento, su vigencia, develando su origen histórico. Logrado este propósito, nada raro sería (como ocurriera en el pasado) que, a la par de dicho cuestionamiento, surjan y se impongan posiciones que acaben por repetir los mismos esquemas que dieran nacimiento a esta hegemonía, solo que esta vez se hará en nombre de una presunta revolución y de los derechos del pueblo. Frente a ello, se debe resaltar la potencialidad del carácter asociativo de toda comunidad, tanto en sus distintos grados de convivencia diaria como en la lucha por sus reivindicaciones, cuestión que estaría amenazada por el nuevo Leviatán que comienza a erigirse en algunas naciones bajo el argumento de garantizarles a los ciudadanos un nivel mayor de seguridad y de vida tranquila.

 

Dado este paso, podrá afirmarse -sin mucho análisis- que esto derivaría, tarde o temprano, en una negación total del tipo de poder que nos ha regido (y rige) a lo largo de la historia, independientemente de cual sea, o haya sido, su categorización u origen. Así, al contrario de lo hecho por el poder institucionalizado y usufructuado por las oligarquías y los modernos feudos político-empresariales, cabe abarcar y darle espacios de autonomía a las diferentes expresiones plurales y heterogéneas que identifican a los sectores populares, partiendo del compromiso y/o programa compartido para lograr una verdadera emancipación, individual y colectiva. Todo aquello que configura el sistema de dominación imperante debe, por consiguiente, cuestionarse y abolirse en función de la autodeterminación de los pueblos; lo que exige “crear y recrear -según Amedeo Bertolo, colaborador de la prensa anarquista italiana,- sociabilidad, inventando, transmitiendo y modificando normas”; institucionalizando un poder popular, o colectivo, en lugar de uno simplemente personalista u oligárquico.-     

LA REVOLUCIÓN Y LA REALIDAD DE UNA SOCIEDAD ASUSTADA

LA REVOLUCIÓN Y LA REALIDAD DE UNA SOCIEDAD ASUSTADA

El capitalismo euro-yanqui y, junto con él, todo sentido del modelo de sociedad occidental, se desarrolló a costa, principalmente, de los ricos yacimientos minerales de nuestra Abya Yala, relegando luego a esta extensa región a la función de proveedora de materias primas y mercados estables para la colocación de sus productos manufacturados; enriqueciéndose y obteniendo grandes dividendos. Tal circunstancia histórica hizo que las naciones de este continente -al ser parte de este engranaje capitalista- fueran luego regidas, sobre todo a partir de las primeras décadas del siglo 20, por elites sumisas a la voluntad e intereses de las grandes corporaciones estadounidenses, lo que se escudó tras la fachada de una democracia “representativa”, o “delegativa”, teóricamente al servicio del pueblo, que no escatimaba recurso alguno (legal o represivo) para aplacar cualquier intento por cambiar (por menudo que fuera) el orden establecido.

 

Apoyado en las estrategias de manipulación diseñadas por los grandes conglomerados del entretenimiento y de las comunicaciones al servicio de sus intereses, el imperio global (representado, principalmente, por Estados Unidos, y en un segundo plano, sin dejar de ser importante su cuota de participación, sus aliados de Europa occidental) paulatinamente impusieron en nuestras naciones la realidad de una sociedad asustada, víctima del miedo generado por un terrorismo de Estado, carente de rostro, el cual podrá ser identificado -en cualquier momento y en cualquier latitud- con el rostro de quien decidan los poderes hegemónicos. Todo esto supone un gran desafío para quienes proclaman la necesidad de una verdadera revolución en nuestras naciones.

 

A ello se suma el clima creciente de inestabilidad interna y externa, patrocinado por las potencias occidentales, con Estados Unidos al frente, que obligaría a poblaciones enteras a preferir regímenes de derecha que ofrezcan aparentemente una mayor seguridad ciudadana, pese a la restricción tácita o expresa que esto supondría respecto a las garantías constitucionales de las libertades colectivas e individuales. Tal realidad obliga a promover -desde ya- un serio cuestionamiento y una demolición substancial de las estructuras que sirven de base al sistema de cosas imperante y formular, en consecuencia, una propuesta de transformación integral del mismo, privilegiando en todo aspecto y en todo momento la soberanía de los sectores populares, evitando de esta manera que sean presas fáciles de oportunistas, demagogos y empresarios ávidos de grandes ganancias.-

 

LA MUJER Y LA LUCHA POR SU AUTODETERMINACIÓN INTEGRAL

LA MUJER Y LA LUCHA POR SU AUTODETERMINACIÓN INTEGRAL

Un rasgo (o conclusión) constante respecto al tema de la liberación de las mujeres es la convicción que esta no resulta suficiente con la obtención de algunos planos de igualdad -en lo laboral, lo académico, lo político y lo jurídico, entre otros también importantes- frente a su contraparte masculina. Esto podrá ampliarse aún más si consideramos que muchas veces esta lucha por la liberación de las mujeres no cuestiona en profundidad los fundamentos mismos del sistema que las oprime, no simplemente el machismo o patriarcado, lo que en las naciones periféricas del capitalismo se plasma en un contexto de miseria, de explotación laboral y de desigualdad social donde éstas llevan la peor parte, habitualmente convertidas -por diversidad de circunstancias- en sostenes de sus familias.

 

Dentro de esta perspectiva, durante los debates del Tercer Congreso de la Internacional Comunista, Lenin expone que “el derecho electoral no suprime la causa primordial de la servidumbre de la mujer en la familia y en la sociedad y no soluciona el problema de las relaciones entre ambos sexos. La igualdad no formal sino real de la mujer solo es posible bajo un régimen donde la mujer de la clase obrera sea la poseedora de sus instrumentos de producción y distribución, participe en su administración y tenga la obligación de trabajar en las mismas condiciones que todos los miembros de la sociedad trabajadora. En otros términos, esta igualdad sólo es realizable luego de la derrota del sistema capitalista y su reemplazo por las formas comunistas”. Algo que se concretará sin que surjan en el camino distintas dificultades y prejuicios, dada la enorme carga ideológica (reforzada en mayor o menor medida por los preceptos religiosos usuales) que dan cuenta de la minoridad de la mujer, situándola en un plano de subordinación e inferioridad respecto al hombre.

 

La lucha por la autodeterminación integral femenina adquiere de esta forma una perspectiva de clase, transformándose en parte esencial e insoslayable de la revolución socialista (o postcapitalista), apuntando a una ruptura con todos los paradigmas, usos y costumbres que sustentan el estado de sumisión al cual se ha condenado a la mujer a través de los siglos, incluso el comportamiento al que se han visto obligadas, de una u otra manera, a asumir en funciones que antes eran exclusividad de los hombres.

 

Ello pasa -y así habrá que entenderlo, sobre todo bajo la inspiración de los ideales revolucionarios socialistas- por cambiar el modo de pensar, lo mismo que la división de roles de acuerdo al sexo de cada quien, puesto que todo esto no es otra cosa que la reproducción inducida de las relaciones de poder existentes en el orden social burgués establecido, algo que muchas veces se obvia, pensando que todo dependerá automáticamente del mejoramiento de las condiciones materiales en que se viva.-