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TEMAS REVOLUCIONARIOS

LA AGENDA PRIMORDIAL DE CADA REVOLUCIONARIO

LA AGENDA PRIMORDIAL DE CADA REVOLUCIONARIO

La generalidad de las veces se obvia que la demanda de los sectores populares de mayores atribuciones estatales para la solución puntual de los problemas y necesidades que los agobian es una parte consustancial al modo como se constituyó el Estado moderno y cómo ha sido entendida y practicada la cultura política de los dos últimos siglos. Nada debiera extrañar entonces que el pueblo haga exigencias constantes al estamento político gobernante, en razón que éste también alimenta sus ilusiones al hacerle creer -y casi exclusivamente- que todo dependerá de las decisiones paternales de quienes ejercen el poder; correspondiéndole al pueblo un papel pasivo, sin mucha inherencia en lo que se haga o se deje de hacer a nivel gubernamental.

 

Ello dificulta que, al proponerse echar adelante una revolución socialista (con la instauración de unos nuevos paradigmas que marquen la diferencia respecto al sistema-mundo imperante, a través del ejercicio cotidiano de una democracia consejista, directa, participativa y protagónica) ésta llegue a reflejarse plenamente en la organización, la formación teórica y la movilización revolucionaria autónoma de los sectores populares. Tal dificultad sólo podrá superarse de existir, igualmente, la intención de descolonizar y emancipar la conciencia popular, ya sea por medio de la educación o de una revolución cultural que permita revelar a todos la realidad de las diferentes condiciones de dominación que, hasta ahora, han caracterizado sus vidas, mayormente sometidas al imperio de la lógica capitalista. Esto demanda una acción decidida de quienes intentan llevar a cabo la revolución socialista. Sus parámetros, por tanto, no pueden ni deben igualarse -hasta donde sea posible, sin considerarlo nunca irrealizable- a aquellos que le han facilitado a las clases dominantes conservar y ejercer su hegemonía. Hará falta, insoslayablemente, educar al pueblo (sin pretensiones mesiánicas) de modo que él por sí mismo empiece a generar sus propias expresiones organizativas (políticas, económicas, culturales, sociales y militares), haciendo suyo, realmente, el conocido concepto de la soberanía popular, pero esta vez sin el componente demagógico de la política tradicional.

 

Ciertamente, muchos revolucionarios, también adoctrinados con la ideología de las clases dominantes, quizás adolezcan de la creatividad y de la formación teórica que exige tal tarea, pero ello no sirve de excusa alguna para que sean indolentes y no se esfuercen en tratar de lograrlo. En esto consiste la Revolución (con mayúscula), como lo definió magistralmente el Comandante Fidel Castro Ruz: “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas”. Contentarse con logros parciales, rompiendo algunas barreras que signifiquen inclusión, justicia social y equidad económica para los sectores populares antes discriminados y explotados, podrá enmarcarse en lo que son cambios revolucionarios, innegablemente, pero no es suficiente para que comprenda una revolución de estirpe verdaderamente socialista.

 

Es decir, evitar el reformismo, utilizando las mismas armas melladas del capitalismo, como lo advirtiera en su momento el Che Guevara. Se debe precisar, en consecuencia, las desventajas que supone el mantenimiento de las viejas estructuras del Estado burgués liberal para el avance y la consolidación de un proyecto revolucionario, dirigido -nominalmente- a transformar radicalmente el orden establecido. En tal sentido, la agenda primordial de cada revolucionario no debe contemplar nada más que la toma del poder constituido, conservarlo y realizar una distribución más equitativa de la riqueza social. Como efecto inmediato del conocimiento de estas desventajas, se ha de trabajar denodadamente porque los sectores populares rescindan para siempre su condición de minusvalía a que fuera acostumbrado, dejando de ser sujetos subordinados para erigirse como sujetos históricos de su propia emancipación, solventando por sí mismos los problemas y las necesidades que los aquejan; dando origen, además, a nuevas relaciones de poder, lo que estaría orientado a la construcción de un modelo civilizatorio de nuevo tipo.-    

 

La práctica revolucionaria no es cualquier práctica

La práctica revolucionaria no es cualquier práctica

En correspondencia con lo escrito por Karl Marx en 1843 respecto a que «la teoría logra realizarse en un pueblo sólo en la medida en que es la realización de sus necesidades» habría que afirmar -revalidando lo señalado por Lenin en su tiempo- que la teoría revolucionaria no será posible ni verificable sin una adecuada práctica revolucionaria. Es decir, si no resulta complicado entenderlo, la práctica revolucionaria no podría circunscribirse estrictamente a lo que sería una gestión típica de gobierno y/o el reclamo constante de reivindicaciones de todo tipo (sin menoscabar su importancia), puesto que ello será actuar en el terreno movedizo del reformismo, sin proponerse mayores metas y, menos, avances que permitan hablar con propiedad de una revolución popular y socialista en marcha.

Esto es algo que comúnmente se pasa por alto a la hora de exigírseles a algunos revolucionarios destacados en el estudio, el debate, la difusión y la formación teórica que se dediquen a la práctica; desdeñándose el papel que ellos cumplen, habida cuenta de los efectos perdurables de la ideología de las clases dominantes que podrían aflorar a cada rato en la mentalidad de los sectores populares, haciendo dificultoso, por consiguiente, la construcción socialista.

Bajo este esquema, la práctica revolucionaria no es, ni podrá ser, cualquier tipo de práctica, sino aquella que, de un modo subversivo y constituyente, contribuya a demoler las viejas estructuras y subestructuras sobre las que se asienta el orden establecido. Es una práctica orientada a definir y a enriquecer las luchas tendentes a modificar radicalmente todo lo existente, no únicamente al ejercicio y fiel cumplimiento de las reglas de juego impuestas por las élites gobernantes y/o dominantes. Caer en esto autolimitaría enormemente la capacidad popular de impulsar y de protagonizar cambios revolucionarios en función de asegurar su propio destino y beneficio, como tendrá lugar en el desarrollo y la consolidación de una revolución verdadera. Al respecto, «es necesario -como lo refleja Ludovico Silva en su Teoría del Socialismo Humanista- guiarse por una teoría que sea expresión de la práctica social en la que vivimos». Este detalle es muy importante a la hora de determinar qué clase de teoría revolucionaria y qué clase de práctica revolucionaria es la que encaja con nuestro objetivo de llevar a cabo una revolución popular y socialista, diferenciándola en todos los aspectos a lo que distorsionada e históricamente se identifica como tal. Algo poco sencillo, ciertamente, pero que no se puede ni se debe eludir por razones diversas, aún las de Estado que suelen invocarse para eliminar cualquier eventual cuestionamiento a quienes conforman el estamento político gobernante. Volviendo a Ludovico Silva y su obra citada, «no se trata, digámoslo de una vez, de la idea simple de que la cátedra o el libro se conviertan en instrumentos subversivos, aunque en un momento dado pueda ser ello conveniente. Se trata, más bien, de que el hombre que enseña teorías a través de una tribuna pública, enseñe también la relación que hay entre sus teorías y la práctica social. Si se procede de acuerdo a este criterio, la enseñanza será forzosamente una actividad práctica revolucionaria, pues será la enseñanza de la verdad, y la verdad, como la belleza, es siempre revolucionaria, aunque sólo sea por el hecho de que no persigue el falseamiento ideológico, sino la denuncia científica, que es un modo de despertar a las conciencias».

Por eso, lo aseverado por Marx en relación a que «los filósofos no han hecho sino interpretar de diversas maneras el mundo, se trata ya de transformarlo» tiene que insertarse en esa búsqueda y compartir de saberes que debe propiciarse de forma constante a lo interno de las diferentes organizaciones que promueven la Revolución. Y al mencionar a los filósofos hay que entender que eso no excusa a todo aquel dotado con algún grado de conocimiento, académico o no. Pero, es pertinente aclarar, asimismo, que esta transformación del mundo no puede propiciarse bajo los mismos esquemas de desarrollo del llamado mundo moderno, dominado en gran parte por la lógica perversa del capitalismo. Esto no disminuye del todo los aportes que se pudieran extraer y utilizar del conocimiento general del cual somos todos receptores, cosa que se extiende, lógicamente, a lo propio en el campo revolucionario. La práctica revolucionaria, en tal caso, habría de comprenderse como aquella que se cuestiona, se enriquece y se revisa a la luz de los cambios revolucionarios que origina, logrando que éstos se hagan irreversibles y, por tanto, tengan repercusiones significativas en relación al modelo civilizatorio de nuevo tipo que se estaría erigiendo mediante un poder popular actuando de forma totalmente autónoma, subversiva y constituyente.-

EL CHE Y LOS BUENA GENTE “REVOLUCIONARIOS”

EL CHE Y LOS BUENA GENTE “REVOLUCIONARIOS”

Ángel Arcos Bergnes relata en el capítulo 15 del libro “Evocando al Che”, lo expresado en una reunión por el Comandante y entonces Ministro de Industrias, Ernesto Che Guevara, en relación a las cualidades a tomar en cuenta para ser militantes del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC): “Señores, los buena gente no son buenos revolucionarios. Los buena gente, señores, son los que dejan hacer y deshacer, los que no exigen, los que no discuten los problemas, los que no controlan, los que no depuran las responsabilidades, los que les importa lo mismo cumplir como no cumplir, los que no les duelen los problemas, los que no les duele el hígado cuando algo sale mal, los que no chocan con lo mal hecho; ésos, señores, son los buena gente. Y los revolucionarios son los que al revés de los buena gente, discuten, controlan, depuran, cumplen, tienen responsabilidad, sensibilidad, les duelen todos los problemas y cuando ven algo que no está bien hecho les duele el hígado, esos, señores son los revolucionarios”. Es raro que muchos de los nuevos revolucionarios tengan presente esta realidad en su accionar cotidiano y traten de no parecerse demasiado a lo que Che llamara “buena gente”, pero más paradójico aún es que esta “buena gente” sea la encargada de representar, definir y conducir una revolución desde las instancias de gobierno que ocupa.

 

Quizás por ello las múltiples advertencias del Che mantienen una vigencia plena en el mundo contemporáneo y llamen especialmente la atención de muchos jóvenes que asumen la revolución como una vocación de vida y no como un trampolín más para encumbrarse -política, económica y socialmente- por encima del resto de la gente. A ello contribuye, por supuesto, su desprendimiento personal, a tal punto de sumarse a la lucha revolucionaria en otras latitudes sin otro propósito que el de “luchar contra el imperialismo dondequiera que esté”, reafirmando así su condición de revolucionario internacionalista, tal como lo demostrara inicialmente en Guatemala y luego en Cuba junto con Fidel Castro.

Con esto exteriorizaba una unidad de pensamiento y práctica, de experiencias y reflexiones, de un modo muy distinto, por cierto, a los “buena gente” que él criticara y que creen hacer revolución únicamente con discursos que pocas veces saben explicar y, menos, comprenden. Por eso algunos prefieren al Che icónico, al reflejado en fotos, colocando sus afiches en sitios visibles, como una muestra de su filiación socialista, sin embargo, son incapaces de acercarse a sus escritos de modo acucioso para extraer de éstos alguna reflexión que les sirva de guía en algún momento, estimulándolos a madurar y a evolucionar como revolucionarios plenos, en vez de convertirse en figuras mediáticas que compiten en iguales términos con sus pares contrarrevolucionarios.

 

La ventaja que caracteriza al Che, por ende, respecto a la de otros luchadores y teóricos de la revolución socialista, es la de ubicarse fuera de todo dogma que pretenda limitarlo. Esto le otorga también una ventaja a quienes alcanzan a comprender y aplicar sus enseñanzas, propuestas y cuestionamientos sobre la manera de lograr el socialismo revolucionario, permitiéndoles abrir nuevas posibilidades por explorar y por labrar. Nadie dudaría, por tanto, de la intención revolucionaria implícita al especificar en qué sentido los “buena gente” serían lesivos a los intereses colectivos y a la revolución, por mucho carisma que ellos puedan revelar.-             

DE LA CULTURA BURGUESA A UNA REVOLUCIONARIA

DE LA CULTURA BURGUESA A UNA REVOLUCIONARIA

 

Para que se produzca y se consolide una auténtica revolución política, social, económica y cultural es preciso crear y expandir -hasta en sus mínimos detalles- las condiciones objetivas y subjetivas que la harán factible. Sin embargo, todo esto no será producto del azar, de una simple evolución de los acontecimientos o de la voluntad de algún líder carismático sino de una nueva cultura que tienda a diferenciarse radicalmente de aquella que ha estado en vigencia desde muchos siglos, la cual legitima el derecho casi sagrado de las clases dominantes a detentar el poder, del que se deriva la división jerárquica entre gobernantes y gobernados, así como también entre explotados y explotadores. Gracias a tal cultura, aceptaríamos sin chistar la subordinación neocolonial de muchas naciones respecto a las potencias hegemónicas del mundo, la discriminación en todas sus expresiones y el fatalismo inculcado entre las personas que les hace ver cualquier cambio como nocivo para sus vidas, llegando incluso a combatirlo fanáticamente. 
 
Recurriendo a lo manifestado por Marta Harnecker en 2014, “se requiere de una nueva cultura de izquierda: una cultura pluralista y tolerante, que ponga por encima lo que une y deje en segundo plano lo que divide; que promueva la unidad en torno a valores como la solidaridad, el humanismo, el respeto a las diferencias, la defensa de la naturaleza, rechazando el afán de lucro y las leyes del mercado como principios rectores de la actividad humana". En consecuencia, la revolución -siendo anticapitalista, antiburguesa y antiimperialista- tendrá que ser una realidad en construcción diametralmente opuesta al orden establecido. 
 
No obstante, aún cuando muchos lo piensen y lo quieran de un modo distinto, este proceso de construcción de una cultura revolucionaria de izquierda no podrá circunscribirse únicamente al país en que ésta se geste. Debería orientarse al logro y enriquecimiento de una visión incluyente, de aceptación de otras manifestaciones de la cultura humana en un sentido general, en pie de igualdad, sin discriminación alguna, todo en función de asegurar el respeto y la comprensión que merecen todos los pueblos del planeta; lo que supondrá, por consiguiente, un cambio profundo en relación a lo que es y ha sido el derecho internacional, ahora gravemente vulnerado por las apetencias e injerencismo imperialistas de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN. 
 
Esto exigirá adelantar acciones pedagógicas puntuales que contribuyan a ver en su verdadero contexto la realidad edificada según los patrones eurocentristas y cómo se nutrió el capitalismo desarrollado por Europa y Estados Unidos gracias a la dominación colonial y neocolonial, la explotación de recursos naturales y de mano de obra barata (esclavizada y/o semi esclavizada) y la complicidad cínica de grupos minoritarios de los países periféricos. Por ello, esta cultura de izquierda tiene que trascender lo meramente reivindicativo y local, convirtiéndose en uno de los ejes de la resistencia y de la formación de una conciencia revolucionaria con que contarán nuestros pueblos para defender y preservar su identidad y su derecho a la autodeterminación. De ella deberán surgir los paradigmas nuevos que caracterizarían en lo adelante el modelo civilizatorio que propiciará la emancipación integral de las personas, sin que esto pueda descalificarse desdeñosamente como utopía, ignorando la carga subversiva que la misma implica. 
 
Por demás, sería redundante aclarar que esta cultura de la izquierda revolucionaria abarca algo más que el ámbito intelectual, privilegiándose -en muchos casos- lo que otros mal señalarían de cultura popular como expresión visible de la lucha de resistencia sostenida a través del tiempo por nuestros pueblos frente a la uniformidad implícita que trae consigo la imposición de una única forma de actuar y pensar, en función de los objetivos perseguidos por los grandes centros de poder hegemónicos.

 

LA BATALLA REVOLUCIONARIA ANTICAPITALISTA

LA BATALLA REVOLUCIONARIA ANTICAPITALISTA

 

Respecto al capitalismo y al sistema jurídico, social y político erigido a su alrededor hay una verdad inequívoca: la generación de desigualdades de toda especie. Especialmente cuando este capitalismo es hiperconsumista, con un número creciente de consumidores altamente dependientes transformados en masas acríticas y esclavizadas que apenas se animan a conocer en profundidad la realidad que los envuelve a diario. 
 
En cierta medida, quienes controlan el capitalismo globalizado han implementado lo que podría denominarse colapso controlado, echando mano a métodos que en tiempos pasados se reducían a la opción única de la guerra. Hoy, el sistema capitalista cuenta con una industria ideológica influyente, más eficaz que en épocas anteriores, cuyas líneas maestras de manipulación son replicadas cotidianamente por los diversos medios de información a escala local e internacional, lo que sirve para implantar como cierta una realidad inexistente. 
 
Por eso, en la batalla revolucionaria contra el capitalismo no pueden obviarse los efectos causados por éste en la psiquis de una generalidad de seres humanos (incluidos aquellos que se considerarían de izquierda y/o revolucionarios), lo que dificulta enormemente una mejor comprensión de lo que debe hacerse a la hora de atacarlo, reducirlo y sustituirlo por otro más acorde con las aspiraciones y necesidades colectivas. En este caso, se tendría que revertir la convicción común respecto a que todo cambio es imposible y, de ser factible, termina por degenerarse, por lo que todo esfuerzo resultará inútil. De esta forma, el problema de la explotación capitalista y de la redistribución equitativa de la riqueza (producida entre todos, pero que favorece a una minoría) se mantiene latente; haciéndose, por tanto, necesario promover y emprender un proceso de análisis crítico de la realidad presente, aún cuando se choque con ataduras y posiciones sectarias que dificultarán su normal desarrollo, cosa que debiera plasmarse en una práctica auténticamente transformadora, protagonizada y sustentada directamente por los sectores populares, más allá de una concepción eminentemente reivindicativa y localista. 
 
Esto último -a grandes rasgos- implica la construcción colectiva de diferentes formas autónomas de democracia directa de base, a semejanza de lo preludiado, con sus diferencias, a finales del siglo XIX, por los revolucionarios y las revolucionarias de la Comuna de París; cuestión que -a la larga- de ampliarse, entrará en inevitable confrontación y contradicción con el Estado burgués liberal vigente. Así, como consecuencia de este proceso revolucionario en manos de un pueblo consciente y organizado, habría entonces el inicio de una transformación estructural extendida a todos los ámbitos del actual modelo civilizatorio, a pesar de que sus manifestaciones no tengan todavía lugar en un tiempo inmediato. 
 
Por consiguiente, la batalla revolucionaria contra el capitalismo no puede limitarse a la simple pretensión de lograr una hegemonía político-partidista (como se persigue habitualmente en las naciones de nuestra América), ya que ello provocará situaciones paradójicas contraproducentes en cuanto a lo que constituiría el cometido fundamental de todo proceso revolucionario de cambios: la construcción de un modelo civilizatorio alternativo, propiciándose las condiciones adecuadas para que esto sea posible por medio del ejercicio constituyente del poder, la auto organización, la autonomía y la autogestión económica del pueblo.-

 

LA REVOLUCIÓN FRENTE A LA ENAJENACIÓN MEDIÁTICA

LA REVOLUCIÓN FRENTE A LA ENAJENACIÓN MEDIÁTICA

 

Enajenadas por la industria ideológica al servicio de los grandes intereses hegemónicos a nivel mundial, muchas personas se hacen eco -de forma no pocas veces de manera involuntaria y/o automática- de las matrices de opinión que moldean a diario sus acciones, sus palabras y sus pensamientos, creyendo que lo hacen como respuesta de su libre albedrío. De ahí que las guerras y los conflictos internos de algunas naciones sean observados y calificados en atención a tales intereses, legitimándolos aún en contra de sus creencias más arraigadas. Gracias a esta habilidad manipuladora de la realidad, tienden a reducirse los grados de antagonismo existentes entre los sectores populares y los sectores acostumbrados a subyugarlos social, económica, cultural y políticamente, en un proceso reactivo subjetivo -previamente inducido- frente a cualquiera coyuntura que se viva, como acontece con la situación crítica de desabastecimiento y de bloqueo económico presente en Venezuela desde hace tres años.

 

Gracias al acceso a Internet, da lo mismo extasiarse y compartir fotografías o grabaciones de torturas y asesinatos de infortunados a manos de militares, policías, narcotraficantes, paramilitares o hampa común, que hacer lo mismo con alguna situación cómica. Este tipo de socialización de la comunicación ha terminado por banalizar cualquier tema de interés general, aceptándose incluso cualquier rumor o mentira como una verdad inapelable, lo que para algunas personas sonará desquiciado e inaceptable, a pesar de las muchas evidencias que se le presenten. En el peor de los casos, como ocurre en Estados Unidos y parte de Europa, el precio de la libertad es la vigilancia ejercida por los diversos organismos de inteligencia del Estado, obligando a los ciudadanos a sacrificar sus derechos más elementales en función de la seguridad que éste pueda brindarle ante un enemigo potencial, interno o externo.

 

Randolph Hearst, periodista, editor, publicista, empresario, inversionista, político y magnate de la prensa estadounidense, quien descubrió la importancia de la mentira para reforzar sus dividendos y resguardar intereses políticos, jamás encubrió el menosprecio que sentía por la población que consumía sus mentiras a través de su cadena de periódicos. Su máxima era simple y clara: "Nadie ha perdido dinero invirtiendo en la poca inteligencia de los lectores". El mundo contemporáneo ve sin mucho estupor cómo esta máxima de Hearst se extiende por todas partes, a tal grado que Paul Joseph Goebbels, el ministro para la ilustración pública y propaganda de la Alemania nazi, queda plenamente reivindicado por quienes en la actualidad se encargan de mantenernos bien “informados”.

 

En contraste, «la actividad ideológica revolucionaria no puede ser esquemática o dogmática -como lo señala Fabián Escalona en La guerra sicológica y la lucha ideológica- y debe conocer cuáles son los ejes de la guerra sicológica para, en consecuencia, tenerlas en cuenta en su accionar que, por supuesto, persigue objetivos más abarcadores, en tanto expone las ideas sociales más avanzadas de nuestra era. Para ello será necesario que se apoye en nuestros medios de comunicación, las organizaciones políticas y de masas, canales insustituibles para dialogar con el pueblo, persuadir y convencer acerca de nuestras verdades y razones».

 

Persuadidos de la importancia de la comunicación a todos los niveles para impulsar y orientar la lucha popular, los movimientos revolucionarios tienen ante sí la responsabilidad inmediata de neutralizar la guerra sicológica diseñada y puesta en práctica por los centros de poder hegemónicos, ya que -de no hacerlo- se corre el riesgo de perder toda posibilidad de vencer sus pretensiones, ya sea a corto o a largo plazo.

 

En su artículo «La falsificación de El Caracazo como nuevo método golpista», Bruno Sgarzini explica que «precisamente en América Latina es donde este modelo se encuentra en plena sofisticación para intentar darle el interesado carácter popular al golpe, ya no con la variante de manitos blancas sino con movimientos como en el que Brasil irrumpió en 2013 con una supuesta protesta espontánea contra la suba de pasajes, que terminó por ser el inicio de un complejo e imbricado proceso golpista contra Dilma Rousseff».

 

Precisamente, la derecha ha entendido que puede revertir el avance revolucionario de los pueblos con una tergiversación continuada de experiencias históricas y, últimamente, de conceptos que pudieran reforzar las posiciones de las fuerzas revolucionarias. Es por eso que existe una sincronización -casi perfecta- de la derecha para mantener a flote sus matrices de opinión, contando para ello con los avances en materia comunicacional; lo que exige de una mayor creatividad y asertividad de parte de los movimientos revolucionarios para defender sus propuestas y alterar a su favor la correlación de fuerzas existente, pero sobre todo develarle al pueblo la realidad que hará totalmente posible su verdadera emancipación.-   

UNA REVOLUCIÓN HECHA DE MUCHAS REVOLUCIONES

UNA REVOLUCIÓN HECHA DE MUCHAS REVOLUCIONES

Cuando quienes nos autocalificamos de revolucionarios buscamos definir qué tipo de Revolución pretendemos, muchas veces cometemos la torpeza de hacerlo con propuestas prestadas que, a la luz de nuestras acciones (individuales y/o grupales), resultan contradictorias y, generalmente, inconsistentes, al dar por sentado que son universales y, por tanto, realizables en donde quiera que nos desenvolvamos.

Olvidamos -quizás sin tener plena conciencia de ello- cuáles son los orígenes de la situación en particular que combatimos como revolucionarios, autolimitándonos y limitando a otros en la comprensión adecuada de lo que representaría llevar a cabo una verdadera revolución en bien de todos; especialmente cuando se cuestionan simultáneamente al modelo de democracia representativa (por ser excluyente y ajena a los intereses de las mayorías excluidas) y al capitalismo como sistema económico explotador y depredador que nos sitúa a todos al borde de una destrucción general.

Los movimientos revolucionarios populares de Nuestra América se hallan actualmente frente a la necesidad impostergable de reconstruir su fuerza, en articulación con todos los sectores sociales oprimidos y explotados, tanto fuera como dentro de las fronteras nacionales, y de recuperar el ímpetu combativo que caracterizó su insurgencia contra el avance del neoliberalismo capitalista. Hará falta asimilar y desarrollar un marco teórico, programático y orgánico similar a lo planteado desde 1994 por las mujeres y los hombres de Chiapas que conforman el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), enriqueciéndolo con aportes y acciones propias que hagan de la Revolución que promovamos una experiencia colectiva única.

Esto supone, apropiándonos de lo escrito por Marta Harnecker en su libro Reconstruyendo la izquierda, "superar el antigüo y arraigado error de pretender construir fuerza política -sea por las armas o las urnas- sin construir fuerza social "; lo que debiera hacerse de un modo inseparable. Para ello es vital insertarse en una revolución cultural profunda que no evite ni tenga miedo de deslegitimar todo lo heredado del modelo civilizatorio euroestadounidense bajo el cual nos hallamos inmersos por efecto de su dominación y de su industria ideológica.

Esta no será, por supuesto, una revolución cultural que sólo estaría dedicada a rescatar y a darle preeminencia a los valores culturales que forman parte intrínseca de la historia de nuestros pueblos (entendiendo, incluso, su rica diversidad, dentro y fuera de cada una de las naciones de Nuestra América), lo que debiera expresarse en el logro de unos nuevos paradigmas, orientados al máximo nivel de emancipación que se podría alcanzar, sin afectar nuestro entorno y al resto de nuestros semejantes. Algo utopista, pero nunca imposible de realizar. En tal caso, es preciso iniciar un proceso reivindicativo de nuestra realidad común (refiriéndonos a nuestra realidad como continente dominado, primero por las potencias europeas y, luego, por el imperialismo gringo; destinado a ser fuente de recursos estratégicos en ambos casos, prácticamente sin reciprocidad alguna, a excepción de las élites gobernantes), lo que implica adoptar una concepción integracionista que vaya más allá de lo estrictamente político y/o económico.

Esto exige, al mismo tiempo, crear espacios organizativos en los cuales el debate, la democracia directa, la autonomía y el respeto a las diferencias sean unas características esenciales; garantizadas, por tanto, por todos los revolucionarios y todas las revolucionarias. Será ésta, entonces, una revolución hecha por muchas revoluciones; dando forma a un modelo de sociedad alternativo al capitalismo y al Estado burgués-liberal imperantes, al mismo tiempo que se combate su eventual reproduccion en el futuro.-

 

LA URGENCIA DE UN PRESENTE REVOLUCIONARIO CREATIVO

LA URGENCIA DE UN PRESENTE REVOLUCIONARIO CREATIVO

Nuevos desafíos estratégicos se le imponen a las fuerzas revolucionarias ante el avance logrado por los sectores de la derecha en nuestra América. El triunfo derechista en las elecciones presidenciales y parlamentarias de Argentina y Venezuela, respectivamente, así como en el referéndum en Bolivia, tendrían que abordarse en el ámbito social, político, económico y cultural, con una participación efectiva de los sectores populares, los cuales podrían efectuar un mejor diagnóstico sobre sus verdaderas causas, sin la demagogia ni la autocomplacencia acostumbradas del reformismo.

Sin embargo, no será cosa fácil ni inmediata. Se debe considerar que desde siempre ha existido una transferencia de la ideología de los sectores dominantes, por lo que tendría que haber un desmontaje deliberado y continuado de todo aquello que legitima el orden establecido y lo hace aparecer como algo fatal e insustituible. Así, conceptos y acontecimientos enmarcados en lo que serían entonces rebelión, resistencia y revolución desde el punto de vista de los sectores populares, tendrían que manifestarse en acciones que cuestionen y tiendan a transformar radicalmente el tipo de Estado, de gobierno y de economía vigente; lo que implica hacerlo extensivo contra los diversos soportes del modelo civilizatorio actual.

En este punto, son pocos los dispuestos a entender y a propiciar verdaderos cambios revolucionarios en tal dirección, condicionados como están por la ideología dominante, lo cual les hace limitarse a impulsar simples reformas que alivien momentáneamente las condiciones de vida de la mayoría popular, le faciliten a ésta un mayor acceso a la participación en el escenario político y reduzcan, hasta donde sea posible, los altos niveles de desigualdad y de explotación de la clase asalariada.

Sin embargo, porfiadamente, a contracorriente, muchos de quienes ocupan cargos gubernamentales optan por simplemente tratar de hacerlo bien (en los casos de aquellos que mantienen intacta su integridad, a pesar de las tentaciones presentadas) mientras que otros únicamente se adaptan e imitan los patrones de comportamiento de aquellos que les antecedieron, incluyendo su demagogia y corrupción. Esto -de no corregirse a tiempo, mediante una real y eficaz participación popular- provocará a la larga un debilitamiento creciente de los lazos de identificación común existentes entre gobernantes y gobernados, sobre todo cuando estos últimos detectan y se convencen que no existen planes o programas sólidos y viables que satisfagan sus múltiples problemas y demandas, como ya ocurriera en Venezuela durante el mandato binario de AD y COPEI.

Todo ello plantea la urgencia de un presente revolucionario más creativo y menos autosuficiente, menos limitado y menos sectario. De este modo, la situación creada en nuestra América por el avance obtenido por los sectores de derecha debiera estimular la conformación de un amplio movimiento revolucionario -diversificado en el plano organizativo, teórico y político, pero accionado con propósitos comunes- capaz de generar verdaderos espacios de participación y protagonismo popular, no ya con el objetivo único de acceder electoralmente al poder constituido sino con el de fomentar decididamente el rearme ideológico del pueblo y establecer en consecuencia una hegemonía popular que haga irreversible la Revolución.-