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TEMAS REVOLUCIONARIOS

UNA REVOLUCIÓN HECHA DE MUCHAS REVOLUCIONES

UNA REVOLUCIÓN HECHA DE MUCHAS REVOLUCIONES

Cuando quienes nos autocalificamos de revolucionarios buscamos definir qué tipo de Revolución pretendemos, muchas veces cometemos la torpeza de hacerlo con propuestas prestadas que, a la luz de nuestras acciones (individuales y/o grupales), resultan contradictorias y, generalmente, inconsistentes, al dar por sentado que son universales y, por tanto, realizables en donde quiera que nos desenvolvamos.

Olvidamos -quizás sin tener plena conciencia de ello- cuáles son los orígenes de la situación en particular que combatimos como revolucionarios, autolimitándonos y limitando a otros en la comprensión adecuada de lo que representaría llevar a cabo una verdadera revolución en bien de todos; especialmente cuando se cuestionan simultáneamente al modelo de democracia representativa (por ser excluyente y ajena a los intereses de las mayorías excluidas) y al capitalismo como sistema económico explotador y depredador que nos sitúa a todos al borde de una destrucción general.

Los movimientos revolucionarios populares de Nuestra América se hallan actualmente frente a la necesidad impostergable de reconstruir su fuerza, en articulación con todos los sectores sociales oprimidos y explotados, tanto fuera como dentro de las fronteras nacionales, y de recuperar el ímpetu combativo que caracterizó su insurgencia contra el avance del neoliberalismo capitalista. Hará falta asimilar y desarrollar un marco teórico, programático y orgánico similar a lo planteado desde 1994 por las mujeres y los hombres de Chiapas que conforman el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), enriqueciéndolo con aportes y acciones propias que hagan de la Revolución que promovamos una experiencia colectiva única.

Esto supone, apropiándonos de lo escrito por Marta Harnecker en su libro Reconstruyendo la izquierda, "superar el antigüo y arraigado error de pretender construir fuerza política -sea por las armas o las urnas- sin construir fuerza social "; lo que debiera hacerse de un modo inseparable. Para ello es vital insertarse en una revolución cultural profunda que no evite ni tenga miedo de deslegitimar todo lo heredado del modelo civilizatorio euroestadounidense bajo el cual nos hallamos inmersos por efecto de su dominación y de su industria ideológica.

Esta no será, por supuesto, una revolución cultural que sólo estaría dedicada a rescatar y a darle preeminencia a los valores culturales que forman parte intrínseca de la historia de nuestros pueblos (entendiendo, incluso, su rica diversidad, dentro y fuera de cada una de las naciones de Nuestra América), lo que debiera expresarse en el logro de unos nuevos paradigmas, orientados al máximo nivel de emancipación que se podría alcanzar, sin afectar nuestro entorno y al resto de nuestros semejantes. Algo utopista, pero nunca imposible de realizar. En tal caso, es preciso iniciar un proceso reivindicativo de nuestra realidad común (refiriéndonos a nuestra realidad como continente dominado, primero por las potencias europeas y, luego, por el imperialismo gringo; destinado a ser fuente de recursos estratégicos en ambos casos, prácticamente sin reciprocidad alguna, a excepción de las élites gobernantes), lo que implica adoptar una concepción integracionista que vaya más allá de lo estrictamente político y/o económico.

Esto exige, al mismo tiempo, crear espacios organizativos en los cuales el debate, la democracia directa, la autonomía y el respeto a las diferencias sean unas características esenciales; garantizadas, por tanto, por todos los revolucionarios y todas las revolucionarias. Será ésta, entonces, una revolución hecha por muchas revoluciones; dando forma a un modelo de sociedad alternativo al capitalismo y al Estado burgués-liberal imperantes, al mismo tiempo que se combate su eventual reproduccion en el futuro.-

 

LA URGENCIA DE UN PRESENTE REVOLUCIONARIO CREATIVO

LA URGENCIA DE UN PRESENTE REVOLUCIONARIO CREATIVO

Nuevos desafíos estratégicos se le imponen a las fuerzas revolucionarias ante el avance logrado por los sectores de la derecha en nuestra América. El triunfo derechista en las elecciones presidenciales y parlamentarias de Argentina y Venezuela, respectivamente, así como en el referéndum en Bolivia, tendrían que abordarse en el ámbito social, político, económico y cultural, con una participación efectiva de los sectores populares, los cuales podrían efectuar un mejor diagnóstico sobre sus verdaderas causas, sin la demagogia ni la autocomplacencia acostumbradas del reformismo.

Sin embargo, no será cosa fácil ni inmediata. Se debe considerar que desde siempre ha existido una transferencia de la ideología de los sectores dominantes, por lo que tendría que haber un desmontaje deliberado y continuado de todo aquello que legitima el orden establecido y lo hace aparecer como algo fatal e insustituible. Así, conceptos y acontecimientos enmarcados en lo que serían entonces rebelión, resistencia y revolución desde el punto de vista de los sectores populares, tendrían que manifestarse en acciones que cuestionen y tiendan a transformar radicalmente el tipo de Estado, de gobierno y de economía vigente; lo que implica hacerlo extensivo contra los diversos soportes del modelo civilizatorio actual.

En este punto, son pocos los dispuestos a entender y a propiciar verdaderos cambios revolucionarios en tal dirección, condicionados como están por la ideología dominante, lo cual les hace limitarse a impulsar simples reformas que alivien momentáneamente las condiciones de vida de la mayoría popular, le faciliten a ésta un mayor acceso a la participación en el escenario político y reduzcan, hasta donde sea posible, los altos niveles de desigualdad y de explotación de la clase asalariada.

Sin embargo, porfiadamente, a contracorriente, muchos de quienes ocupan cargos gubernamentales optan por simplemente tratar de hacerlo bien (en los casos de aquellos que mantienen intacta su integridad, a pesar de las tentaciones presentadas) mientras que otros únicamente se adaptan e imitan los patrones de comportamiento de aquellos que les antecedieron, incluyendo su demagogia y corrupción. Esto -de no corregirse a tiempo, mediante una real y eficaz participación popular- provocará a la larga un debilitamiento creciente de los lazos de identificación común existentes entre gobernantes y gobernados, sobre todo cuando estos últimos detectan y se convencen que no existen planes o programas sólidos y viables que satisfagan sus múltiples problemas y demandas, como ya ocurriera en Venezuela durante el mandato binario de AD y COPEI.

Todo ello plantea la urgencia de un presente revolucionario más creativo y menos autosuficiente, menos limitado y menos sectario. De este modo, la situación creada en nuestra América por el avance obtenido por los sectores de derecha debiera estimular la conformación de un amplio movimiento revolucionario -diversificado en el plano organizativo, teórico y político, pero accionado con propósitos comunes- capaz de generar verdaderos espacios de participación y protagonismo popular, no ya con el objetivo único de acceder electoralmente al poder constituido sino con el de fomentar decididamente el rearme ideológico del pueblo y establecer en consecuencia una hegemonía popular que haga irreversible la Revolución.-        

EL PROBLEMA DE LA TRANSICIÓN AL SOCIALISMO

EL PROBLEMA DE LA TRANSICIÓN AL SOCIALISMO

No obstante seguir siendo el socialismo un viejo sueño aún por construir, el momento histórico que se vive en Venezuela y gran parte de las naciones de nuestra América nos hace creer que éste se definirá -tarde o temprano- al calor de las luchas sociales. Ello supondrá, al mismo tiempo, la tarea de resolver las contradicciones inherentes a la cultura dependiente, las relaciones de poder y las relaciones de producción que persisten en nuestros territorios; traduciéndose, por consiguiente, en un esfuerzo colectivo carente de liderazgos mesiánicos que puedan desviar y truncar sus objetivos, de modo que haya la posibilidad real de crear estructuras novedosas donde no predomine la influencia de una dirigencia y un funcionariado burocrático-cupular situados de espaldas al pueblo.

Así, la construcción socialista de una sociedad de nuevo tipo impone la necesidad de una serie de etapas transitorias previas, las cuales debieran estar impregnadas, primeramente, de las experiencias de lucha de nuestros pueblos en contra del colonialismo, la explotación capitalista y la hegemonía imperialista, dándole cabida plena al protagonismo y a la participación de las sectores populares en la toma de decisiones y el ejercicio del poder.

El problema de la transición al socialismo hace necesario, por tanto, un debate con toda la audacia, el espíritu crítico y el rigor científico que exige el plantearse la transformación estructural del Estado, de la economía y del modelo de sociedad (tanto en su aspecto cultural como espiritual). No puede limitarse a un simple cambio de nombres y de gobierno, como algunos pretenden. Tiene que ser algo integral.

Es lo que hace algún tiempo planteara Douglas Bravo en su libro “Utopía del Tercer Milenio” respecto a que un proyecto alternativo de nueva civilización “desarrollará un nuevo modo de producción, no capitalista, no industrializado, (…) no depredador. Será una manera de producir que también tiene mucho que ver con la reconstrucción de la memoria histórico-cultural que contiene las formas de alimentación, distribución y consumo que quedaron sepultadas en el proceso de occidentalización. Si la forma de producir no es alternativa al capitalismo, quedará atrapada finalmente como ocurrió con la economía del socialismo (…) Esa forma de producir caribeña reivindicará nuevamente las relaciones hombre-naturaleza en este espacio geográfico, político, social, religioso, cultural, tecnológico, económico”. En algo similar coinciden, entre otros, el General Francisco Visconti, líder de la segunda insurrección cívico-militar de 1992 en Venezuela y Álvaro García Linera, actual Vicepresidente de Bolivia, cada uno con un enfoque particular, pero animados del mismo espíritu de revolución de las ideas que debiera prevalecer en nuestra América toda para alcanzar la emancipación largamente anhelada por nuestros pueblos, prácticamente desde el momento mismo en que comenzara la lucha contra el modelo de civilización impuesto desde Europa. Más aun cuando se observa -pese a Estados Unidos y sus aliados europeos- el declive creciente y, al parecer, irreversible del sistema financiero y de la geopolítica resultante de la Segunda Guerra Mundial. La compleja situación que esto representa justifica que los nuevos desafíos a vencer no podrán acometerse con las melladas fórmulas del pasado, recurriendo al Che, lo que hará posible rearmar ideológica y políticamente a nuestro pueblo y, en general, al propio movimiento revolucionario-  

¿CUÁL SERÍA EL MODELO DE DEMOCRACIA A CONSTRUIR ENTRE LOS REVOLUCIONARIOS?

¿CUÁL SERÍA EL MODELO DE DEMOCRACIA A CONSTRUIR ENTRE LOS REVOLUCIONARIOS?

La democracia que debe prevalecer entre los revolucionarios tiene que nutrirse, en todo momento y espacio, de la participación, de la influencia y del protagonismo que le corresponde al pueblo, tanto en la construcción como en la consolidación de la sociedad de nuevo tipo, no únicamente en el orden político sino en todos los demás órdenes, de manera que exista verdaderamente una revolución en lo estructural. Sin este rasgo característico, la democracia constituiría un fraude y, por consiguiente, sería completamente contraria al concepto de revolución.

"La democracia es el poder del pueblo y no el poder de un sustituto del pueblo", sentenciaba Muammar El Gadhafi en El Libro Verde. En tal caso, la democracia sería un proceso desde abajo hacia arriba, trascendiendo y haciendo obsoleto el concepto de la democracia representativa, lo mismo que sus relaciones jerárquicas de poder. Como consecuencia, la representación política tendría que ser trascendida ya que ésta siempre ha sido un medio de usurpación del poder del pueblo, a pesar de los postulados constitucionales tan comunes a nivel mundial, los cuales establecen que la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo.

Esto, por supuesto, exige de los revolucionarios redefinir de modo crítico y creativo el concepto y el ejercicio de la democracia, bajo parámetros totalmente diferentes, con toda la carga de novedad y de subversión que ello implica. De modo tal que, desde abajo, se ataque simultáneamente al régimen político representativo y al capitalismo, explicando adecuadamente las injusticias sociales que se derivan de ambos. Sin embargo, la carencia de una clara orientación socialista impide comprender las muchas contradicciones de la realidad imperante, deficiencia ésta que ha sido aprovechada por oportunistas, demagogos y reformistas de toda laya en su propio interés.

Hay que tomar en consideración que las diversas rebeldías populares ocurridas en las últimas tres décadas en nuestra América tienen como característica común la exigencia de acceso directo al poder, algo con lo que la clase dominante nunca estará de acuerdo. Por ello mismo, la construcción de un nuevo tipo de socialismo, ésta deberá enmarcarse en un proceso continuo de socialización y de renovación generacional del poder, evitándose en todo instante la imposición del verticalismo generado por las relaciones clásicas de poder. Ello implica crear espacios permanentes y suficientemente amplios, abiertos a la horizontalidad, de forma que se produzca realmente un cambio estructural, no una simple reforma, que afiancen el secular anhelo humano de justicia social, igualdad, democracia y libertad.-

LA REDEFINICIÓN DE LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA Y EL VIVIR BIEN EN NUESTRA AMÉRICA

LA REDEFINICIÓN DE LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA Y EL VIVIR BIEN EN NUESTRA AMÉRICA

 

Para los grupos de la derecha no existen más mecanismos para resolver los problemas que aquejan a la sociedad que aquellos sugeridos y aplicados por los organismos económicos capitalistas, tales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Para ellos, cualquier medida gubernamental que atente contra la lógica capitalista debe ser satanizada y extirpada en función de los intereses de los grandes capitales; así esta medida represente alguna reivindicación favorable a los sectores populares mayoritarios.

 

Es la misma fórmula neoliberal que se aplicó a rajatabla en Argentina, Brasil, Ecuador, Perú y Chile, éste último con la dictadura fascista de Pinochet, y que quiso imponer Carlos Andrés Pérez al pueblo venezolano en 1989, cuando sucediera el Caracazo: privatizaciones de la salud, el agua, la elctricidad y la educación, entre otros, además de una congelación general de salarios, liberación de precios, divisas e intereses; elevación de los impuestos y una disminución significativa de lo que los capitalistas llaman "gastos" sociales. En el caso de Venezuela, dicha fórmula afectaría la continuidad de las distintas misiones sociales que iniciara el Comandante Chávez y que han sido sostenidas por Nicolás Maduro en beneficio de los sectores populares, a pesar de los contratiempos representados por el asedio económico orquestado desde el sector privado (buscando generar malestar entre la población afectada, culpándose al gobierno de ello) y por la disminución continuada de los precios petroleros.

 

Este panorama pareciera ganar terreno en algunas naciones de nuestra América (al menos, mediáticamente), sobre todo en aquellas donde la estrategia opositora a los gobiernos de tendencia izquierdista, populista y/o reformista se ha manifestado con mayor fuerza en el ámbito económico, dando por sentada la derrota (o el derrocamiento) de los mismos, gracias al supuesto fracaso de sus políticas económicas. Frente a ello, algunos de tales gobiernos han tratado de maniobrar, manteniendo su enfoque principal en lograr una mejor redistribución de la renta pública, pero sin plantearse ni alcanzar avances significativos en la transformación estructural del actual sistema económico (común a la generalidad de nuestros países nuestroamericanos); lo que incide, de una u otra manera, en la propagación de los problemas usuales provocados por la explotación, la corrupción y la desigualdad del capitalismo. Sin embargo, el amplio respaldo popular que aún les rodea pudiera permitirles obtener mejores y duraderos resultados, haciendo que estos tengan en el protagonismo y la participación popular como su sustento principal, de manera que se hagan totalmente irreversibles y permitan construir la transición hacia un modelo diferente al existente.

 

"Tenemos que poner en marcha un nuevo modelo civilizatorio que valore la cultura de la vida y la cultura de la paz, que es el Vivir Bien -dice la Declaración de la Conferencia Mundial de los Pueblos Sobre Cambio Climático y Defensa de la Vida, celebrada en Tiquipaya, Bolivia, del 10 al 12 de octubre de 2015-. El mundo precisa transitar hacia la visión holística del Vivir Bien, profundizando la complementariedad entre los derechos de los pueblos y los derechos de la Madre Tierra, que implica construir una relación de equilibrio entre los seres humanos con la naturaleza para restablecer la armonía con la Madre Tierra. El Vivir Bien en armonía con la Madre Tierra es el nuevo modelo de civilización para preservar la comunidad de vida, donde la Madre Tierra es un ser vivo sagrado y no un objeto para la explotación de los seres humanos".

 

Esta visión o concepción de un nuevo modelo civilizatorio precisa abolir la lógica, las clases sociales y las relaciones de producción originadas por el capitalismo. Si se preservan las viejas estructuras del capitalismo y, junto con él, las que dan forma a la democracia representativa, no podría profundizarse el ejercicio de la democracia ni la búsqueda de una mayor igualdad social, por mucho apoyo popular que exista.

 

Por tanto, la lucha por trascender el modelo civilizatorio vigente exige despojarse de los elementos práctico-teórico-filosóficos que lo legitiman, como si este fuera una fatalidad insalvable. Esto pasa por asimilar la idea revolucionaria de impulsar en todo momento una acción transformadora de la realidad del mundo que nos rodea, lo cual no será sencillo, pero que forzosamente debe nutrir ese deseo con propuestas enraizadas en la tradición de lucha e idiosincrasia de los pueblos de nuestra América, abandonando la vieja visión eurocentrista impuesta desde 1492, la cual los condenara durante siglos a la servidumbre y al desprecio de sus propios orígenes culturales. A través de ellas se podría acceder a una mejor redefinición de la revolución socialista que habría de derribar definitivamente al sistema capitalista, estableciendo un modelo civilizatorio más acorde con los anhelos de libertad, democracia y justicia social de nuestros pueblos.-

LA IMAGINACIÓN SUBVERSIVA Y EL CONSERVADURISMO “NEOLIBERAL”

LA IMAGINACIÓN SUBVERSIVA Y EL CONSERVADURISMO “NEOLIBERAL”

Si “el conservador rechaza toda idea de cambio por una especie de incapacidad mental para concebirla y para aceptarla”, como lo expusiera José Carlos Mariátegui en su artículo La imaginación y el progreso, escrito en 1924; en contraparte, el revolucionario tendría que diferenciarse de éste haciendo uso de su imaginación para cambiar la realidad imperfecta contra la cual le toca insurgir.

 

Es decir, mientras que los conservadores sólo están opuestos a cualquier posibilidad de cambio o revolución, por muy minúscula que esta sea, dada su limitación espiritual para imaginar algo mejor a lo ya existente y que represente, por consiguiente, un desarrollo integral de la humanidad, además de hallarse saturados de rutinas predecibles y de prejuicios heredados de todo tipo; a los revolucionarios les corresponde imaginar, promover y aceptar tal posibilidad, revolucionando, por tanto, la conciencia de sus semejantes o, como lo diría Paulo Freire, problematizando su conciencia, a riesgo de terminar adoptando las mismas posiciones reaccionarias de sus contrarios.

 

En tal caso, la imaginación sería subversiva a los ojos de un modelo de civilización, cuyos valores en decadencia pasan a ser los fundamentos sobre los que se erigirán aquellos que, tarde o temprano, acabarán por reemplazarlos.

 

Anquilosados orgullosamente en una beatitud rígida, antihistórica, sectaria y con pretensiones de superioridad racial, social, cultural y/o intelectual que, sin embargo, los equipara a quienes más odian, producto de la angustia y el terror irracionales ante la nueva realidad que se supone construirá la revolución, los sectores conservadores estarán siempre dispuestos a destruir cualquier tentativa por modificar el orden establecido, así ello suponga transgredir las mismas leyes que aducen defender; tal como ha ocurrido en gran parte de nuestra América donde sus mejores ejemplos se hallan en Bolivia, Ecuador y Venezuela, contando con el apoyo político y financiero de sus mentores de Washington.

 

Así, la negación del conservadurismo “neoliberal” en reconocer la existencia, la dignidad y los derechos de sectores populares que han comenzado a prefigurar un tipo de civilización más humanizada y realmente democrática tendría que ser contrarrestada activa y efectivamente por esa imaginación subversiva que deben exhibir los revolucionarios para generar nuevas esperanzas y crear, en consecuencia, una nueva realidad, totalmente contraria a la existente.

 

En oposición a dicho conservadurismo, se pudiera insistir -desde la ortodoxia comunista- en la constitución de un modelo civilizatorio carente de propiedad privada, con una planificación económica, donde los trabajadores, en general, sean quienes controlen, administren y socialicen la producción y la distribución de la riqueza. Sin embargo, ello no significa desconocer la idiosincrasia y los modos solidarios de nuestros pueblos, trasplantando automáticamente experiencias revolucionarias de otras latitudes. Tampoco significa que sea posible instituir, contradictoriamente, de una forma duradera y orgánica, tal como ocurriera en la extinta Unión Soviética, una sociedad en donde haya una elite dominante en la estructura económica mientras que en el plano político haya otra; incapaces ambas de trascender al régimen de dominación que se pretende reemplazar y sepultar en nombre de la revolución.

 

Por eso, hay que situar las luchas que caracterizan el momento histórico en un contexto mucho más amplio de lo que pudiera ser. Como lo refleja John K. Galbraith en su obra La sociedad opulenta, “el primer requisito para la comprensión de la vida económica y social contemporánea es lograr una visión clara de la relación existente entre los hechos y las ideas que los interpretan. Ya que cada una de éstas posee vida propia y, por muy contradictorio que pueda parecer, cada una de ellas es capaz de seguir un curso independiente durante mucho tiempo”.

 

Como es natural, algunos entenderán esto bajo un punto de vista bastante particular, sin plantearse un estudio más profundo de lo que ocurre, lo cual ayuda, precisamente, a quienes se combate, en este caso, a las llamadas burguesías “nacionales” que, apoyadas por el imperialismo gringo, sabrán aprovechar inmediatamente cualquier duda y contradicción. Otros lo harán quizás de un modo más avanzado, pero sin entender ni tener en cuenta las peculiaridades del pueblo que buscan emancipar, contribuyendo también -de manera inconsciente- a fortalecer a los enemigos ideológicos de la revolución popular. En este sentido, la imaginación subversiva de los revolucionarios tendría que extenderse a todo lo que integra y caracteriza al modelo civilizatorio vigente, de forma que sea capaz de desmantelar la ideología, los rasgos y las relaciones de poder que legitiman, o podrían legitimar, al conservadurismo, ahora “neoliberal”.-

LA NUEVA REALIDAD DEL MUNDO Y LA NECESIDAD DE NUEVOS PARADIGMAS

LA NUEVA REALIDAD DEL MUNDO Y LA NECESIDAD DE NUEVOS PARADIGMAS

 

La humanidad enfrenta en la actualidad retos comunes, por lo tanto, ella ha de plantearse soluciones también comunes, sin que ello represente ignorar las particularidades.

 

Teatros de operaciones paralelos, ejércitos con consolas de destrucción masiva que semejan videojuegos que despersonalizan cualquier sentimiento de culpa entre quienes pulsan sus botones y élites supranacionales que están por encima de todo rasgo de soberanía nacional que se les oponga, más la imposición de la cultura basura, específicamente gringa, entre las generaciones de menos edad. Todo eso viene a configurar una nueva realidad. Una realidad completamente ajena a los esquemas de estudio mediante los cuales se podían determinar las singularidades de cada situación presentada en el pasado.

 

En el caso de nuestra América, como lo expuso Atilio Borón al Congreso Internacional “Comunicación e Integración Latinoamericana desde y para el Sur en el Décimo Aniversario de TeleSUR”, celebrado en Quito durante los días 22 y 23 de Julio de 2015, ésta "viene protagonizando, desde finales del siglo pasado, una tremenda batalla por construir una democracia digna de ese nombre. Esto quiere decir, algo que vaya más allá de la sola alusión a la mecánica electoral y que se sintetiza en la tentativa de fundar sociedades más justas en este, el continente más desigual e injusto del planeta. En otras palabras, completar el tránsito entre una democracia eleccionaria a otra de carácter sustantiva y fundamental".

 

Esto cambió sustancialmente el panorama habitual de la lucha política en nuestra América. Grandes contingentes de personas otrora excluidos comenzaron a irrumpir con fuerza telúrica en el escenario político, utilizando los mismos mecanismos legales que le proporcionaron el control del poder constituido a las élites dominantes y, de esta forma, pasaron a ocupar espacios a los que antes no tenían acceso alguno, con gobiernos afines a sus expectativas de redención social.

 

Ahora se hace necesario establecer nuevos paradigmas que le permitan a las diferentes organizaciones y sectores sociales explicarse y enfrentar esta nueva realidad, teniendo en cuenta que su origen está en el capitalismo, sea cual sea su signo distintivo.

 

Pero ello no quiere decir que se deba abjurar a rajatabla de los aportes teóricos y de las experiencias revolucionarias originados en otros tiempos y otras latitudes, como algunos lo plantean sin detenerse a considerar con objetividad las causas que provocan la realidad a ser transformada de raíz. Esta última situación da lugar a confusiones entre los sectores populares y facilita que demagogos y oportunistas de toda laya se apropien del discurso revolucionario socialista y constituyan una corporación político-burocrática desde sus posiciones de poder, opuesta en intereses y en comportamiento a lo que espera de ellos el pueblo.

 

Por eso, los acontecimientos que tienen lugar en Venezuela, a pesar de las contradicciones detectadas a lo interno del proceso de cambios iniciado por Chávez, deben examinarse a profundidad y no verse superficialmente, respondiendo a una percepción y a unos prejuicios particulares. La misma situación creada por la acción opositora ha coadyuvado al sostenimiento de una nueva casta política que, en una apreciación general, podría calificarse de reformista, con una visión socialdemócrata difícilmente desmentible. Pero, de igual forma, en descargo de esta misma casta, es justo reconocer que pocos revolucionarios han podido desarrollar y proponer una opción revolucionaria que atraiga la atención y el entusiasmo de los sectores populares, pues toda iniciativa se dejó en manos de Hugo Chávez y ahora, ausente físicamente éste, cuando se observa que el impulso revolucionario de los años iniciales ha amainado en uno u otro modo, dejando que todo, o prácticamente todo, gire en torno de lo que haga o deje de hacer la oposición.

 

Esto podría obligar a muchos a claudicar, pensando que, posterior a Chávez, no habrá un liderazgo igual. Y en esto tienen toda la razón. No obstante, quien tenga esta sensación o estado de ánimo olvida que todo el proceso revolucionario encarnado en Chávez tuvo su génesis y enriquecimiento programático en la historia de las luchas protagonizadas por el pueblo venezolano desde hace poco más de dos siglos atrás; por lo que sería pertinente acotar que la guía para la acción revolucionaria en lo adelante se ubica en muchos de los planteamientos hechos, precisamente, por el Presidente Hugo Chávez tomando como referencia esta historia militante.-

LA REVOLUCIÓN DEL VIEJO ORDEN Y LA EXIGENCIA DE UN NUEVO MODELO DEMOCRÁTICO

LA REVOLUCIÓN DEL VIEJO ORDEN Y LA EXIGENCIA DE UN NUEVO MODELO  DEMOCRÁTICO

El Estado-Nación -convertido desde hace siglos en una inmensa entidad corporativa-burocrática autosostenida, con sus redes de beneficiarios, colaboradores y testaferros- es un reflejo directo de la profundización de la crisis financiera, económica, energética, alimentaria, ecológica-ambiental, ética, social, ideológica, cultural, en definitiva, política y civilizatoria que, en conjunto, determina la naturaleza heterogénea de la crisis que, desde la última década del siglo pasado, atraviesa el sistema capitalista.


Siendo entonces el capitalismo un elemento relacionado al Estado-Nación, no resulta extraño que en la actualidad éste sufra un cuestionamiento generalizado, extendido por igual a todos los continentes de la Tierra. Por ello se hace imprescindible que sea totalmente erradicado, proponiéndose en consecuencia una revolución del viejo orden establecido, pero conscientes que sin cambios profundos en las áreas de la vida social que aquellos dominan, tal revolución se hará cosa difícil de alcanzar, por no decir imposible, incrementando los niveles de ingobernabilidad que caracterizan la época actual.


Partiendo del entendimiento que toda forma de Estado es opresora, ello supone también atacar y demoler sus bases ideológicas y jurídico-legales, reemplazándolas de raíz por otras que respondan más apropiadamente a las exigencias de un nuevo modelo de democracia, esta vez más directa, que tienda en todo momento a la eliminación de las redes de sumisión y de expoliación propiciadas por el poder corporativo-burocrático capitalista mundial en su desmedido afán de asegurarse el monopolio exclusivo de la producción y el mercado. Esto, a su vez, implica adoptar un nuevo tipo de conciencia, capaz de traspasar los límites impuestos por la ideología de los sectores dominantes e imponer nuevos paradigmas.


Para evitar que esto ocurra, el capitalismo requiere incrementar los niveles de anomia o insensibilidad entre los seres humanos, lo que haría que cada quien únicamente se preocupe de defender su puesto de trabajo, pensando en sí mismo, contribuyendo así inconscientemente a elevar la productividad y, por ende, las ganancias empresariales, quedando prácticamente desprotegidos, a merced de la explotación de los dueños de los medios de producción. Tal cosa tiende a ser aún más dramática en el caso de los migrantes que arriesgan sus vidas al cruzar ilegalmente las fronteras de Europa y de Estados Unidos, siendo sometidos (sin discriminación de edad ni sexo) a un régimen de servidumbre, de semi-esclavitud e, incluso (de mayor gravedad), de total esclavitud. De ahí que se observe la necesidad revolucionaria de un cambio estructural profundo, que apunte simultáneamente al desmantelamiento del Estado-nación y el sistema económico imperantes en función de lograr una dignificación y una emancipación integral de las personas.


Por eso es fundamental que los mismos sectores populares organizados, fundamentalmente aquellos inspirados en los ideales del socialismo revolucionario, dispongan de herramientas propias de expresión y participación social, de modo que -a pesar de la resistencia que le opondrán en cualquier momento los grupos hegemónicos y burocráticos que controlan el Estado- puedan avanzar resueltamente en la construcción consciente de un nuevo modelo de civilización, armados de conceptos endógenos que se desarrollen y revisen continuamente. Bastará, igualmente, su disposición en crear circuitos económicos productivos autónomos, ajenos a la red global del capitalismo, aunque su radio de acción resulte limitado. Todo esto, expresado y concretado en una nueva práctica política que deje atrás todo aquello que represente y recuerde al Estado-nación y al sistema capitalista.-