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TEMAS REVOLUCIONARIOS

LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA Y LA REDEFINICIÓN DEL ESTADO BURGUÉS

LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA Y LA REDEFINICIÓN DEL ESTADO BURGUÉS

La estructura del Estado liberal-burgués y la lógica capitalista han logrado convencer a una gran parte de la población mundial que todos los problemas generados hasta ahora -económicos, políticos, étnicos, sociales y otros- jamás podrían resolverse fuera de los parámetros impuestos por ambos. Para los más "audaces", sólo bastaría con un cambio nominal de gobierno y, acaso, con la redacción y aprobación de algunas nuevas leyes, sin plantearse nada más allá de esto. Por tal motivo, la idea de una revolución transformadora de la realidad circundante choca inmediatamente contra quienes meramente aspiran mejorar su situación material personal, habituados como están a una vida predecible, moldeada por las formas de dominación (coercitivas y hegemónicas) de las elites gobernantes o predominantes.


Se impone así la necesidad de hacer la revolución socialista acompañada de un proceso de cambios, esencialmente culturales, que tengan una incidencia directa en el tipo de conciencia a ser asumido ahora por las personas que construyen el nuevo orden revolucionario. Lo más natural sería entonces que la revolución socialista -observando el caso venezolano y nuestroamericano- tenga raíces propias, alejadas en lo que más se pueda de los cánones impuestos por el eurocentrismo, visto y asimilado como "gesta civilizatoria", extendida a todos los continentes y expresión, por consiguiente, de la llamada "supremacía blanca".


En tal sentido, en algunas de las naciones del continente americano se han estado creando importantes escenarios políticos, sociales y culturales de resistencia ante la hegemonía capitalista que podrían estimular una redefinición bastante significativa y cercana a la idiosincrasia nuestraamericana en relación al concepto y al ejercicio pleno de la democracia, cuestión que -por ahora- se ha enmarcado en lo que debiera ser el socialismo revolucionario del siglo 21, ya no como algo abstracto, reducido a dogmas irreductibles, sino como realidad tangible e inmediata. Esto, por supuesto, exige igualmente una reconfiguración del marco jurídico-político sobre el cual descansa el Estado actual, estando más orientado a la legitimación del viejo orden establecido (dominado por las elites capitalistas y su desmedida apetencia de ganancias) que a la concreción de un verdadero ideal democrático. Esta reconfiguración es, por demás, necesaria. Tanto la estructura representativa del Estado liberal-burgués como la lógica capitalista, son opuestas a la noción de una democracia participativa y protagónica, más si se pretende avanzar hacia una democracia directa, sin que existan los tradicionales agentes intermediarios que terminan por distorsionar la voluntad y las expectativas populares.


La idea de una revolución transformadora es, además, esencialmente subversiva. De ahí que sea severamente torpedeada desde los grandes centros de poder hegemónicos del mundo, aun cuando ella esté limitada a un solo país, dado el temor justificado que su ejemplo irradie hasta otros, multiplicándose y haciendo tambalear el dominio uniformista del capitalismo global. Por ello es crucial que el avance revolucionario de nuestros pueblos esté sustentado en la preservación de su identidad cultural, en vista que la globalización capitalista tiene como uno de sus objetivos básicos -por medio de la transculturización constante- derribar las barreras que dificultan su control, primero sobre nuestros diversos recursos estratégicos y economías, para luego extenderse sobre la vigencia y el respeto de la soberanía de los mismos pueblos que aspiran dominar.-

LA REVOLUCIÓN Y LA DESCOLONIZACIÓN CULTURAL DE NUESTROS PUEBLOS

LA REVOLUCIÓN Y LA DESCOLONIZACIÓN CULTURAL DE NUESTROS PUEBLOS

 

Para la construcción definitiva de un modelo de sociedad de nuevo tipo, basado en los ideales del socialismo revolucionario, se impone revisar y transformar radicalmente la herencia histórica de nuestros pueblos, entroncada ésta con modelos de dominación provenientes de la vieja Europa e impuestos a sangre y fuego durante la época colonial, y que supone la aceptación fatalista de unas relaciones de poder que dejan al descubierto la existencia de dos clases sociales antagónicas, que se hace ineludible trascender en favor de conquistar mayores espacios de participación democrática y de justicia social por parte de las mayorías.


Esto -de antemano- representa un proceso de descolonización cultural que, al mismo tiempo, debiera motivar un cambio sustantivo en los modos de dirigir el Estado liberal-burgués imperante, siendo éste un reflejo del modelo de dominación que excluye a las mayorías populares, por lo que tal cambio tendría que manifestarse a nivel estructural, a fin de permitir un ejercicio pleno y directo de la democracia que se plasme en todos los aspectos de la vida en sociedad.


No cabe aceptar, por tanto, cualquier medida que esté orientada a mantener inalterable el viejo orden establecido, así la maquillen de revolucionaria o de socialista. Mucho menos ha de aceptarse la práctica clientelar y demagógica, gracias a la cual los sectores populares son convertidos en trampolines para el ascenso social y económico de aquellos que sólo se interesan en su propio bienestar. Esto hace que el avance revolucionario, en general, resulte una tarea ardua y desalentadora para muchos, en especial cuando éstos carecen del entusiasmo, la constancia, la originalidad y el compromiso suficientes o mínimos que les hagan comprender la misión de forjar realmente una conciencia revolucionaria y, junto con la misma, de las acciones que definirán el curso final de una Revolución autóctona, enlazada con la memoria histórica de nuestros pueblos.


De ahí que resulte pertinente recordar a Lenin al señalar la importancia fundamental de la teoría revolucionaria para hacer la Revolución Socialista. Sin ella, la Revolución Socialista continuará siendo, indefinidamente, una quimera, un estado ideal de humanidad extremadamente difícil de alcanzar. Por eso, la Revolución Socialista no puede afianzarse solamente a través de medidas populistas, aunque persigan mitigar y solventar las necesidades materiales inmediatas de los sectores populares mayoritarios; cuestión que podría degenerar, eventualmente, en un asistencialismo pragmático permanente que terminaría por castrar las potencialidades revolucionarias del pueblo.


Si ello está orientado por un deseo particular por obtener y conservar dividendos electorales, la Revolución Socialista tendrá unos soportes bastantes endebles que harían que esta colapsara en cualquier momento, inclinando la balanza a favor del bando de la contrarrevolución. En este sentido, habría que esperar, con los pies en la tierra, que la teoría revolucionaria (sin llegar a ser dogmática) se haga sustancia viva entre el pueblo revolucionario organizado, extraída de ese proceso de descolonización cultural que debe mantenerse a través del tiempo, de modo que este mismo pueblo ya no dependa de seudos líderes revolucionarios sino de sí mismo, nutriendo con sus experiencias diarias de empoderamiento y de autogestión lo que sería entonces la Revolución Socialista en este nuevo siglo.-

RENOVAR EL SOCIALISMO AL CALOR DE LA LUCHA POPULAR

RENOVAR EL SOCIALISMO AL CALOR DE LA LUCHA POPULAR

Iñaki Gil de San Vicente, en artículo publicado en www.rebelión.org, titulado "Origen y presente del socialismo", da cuenta que "el socialismo está siempre en adecuación y adaptación porque el capitalismo, su enemigo mortal, se adapta y adecúa permanentemente. La lucha de clases es movimiento continuo a partir de las contradicciones sustanciales del capitalismo, lo que hace que la teoría socialista deba (re)crearse, descubrir e integrar los brotes que emergen de las raíces y las vivifican. Por esto, está condenada al fracaso cualquier definición cerrada, fija, dogmática del socialismo. La lucha de clases es la que impulsa con sus lecciones prácticas el enriquecimiento teórico del socialismo". Esto que, a simple vista, pudiera calificarse de esencial, resulta para algunos una cuestión casi indescifrable, carente de importancia y, por consiguiente, nada atractivo, a pesar de estar -aparentemente- comprometidos en la lucha por el socialismo revolucionario y por la construcción de una sociedad (post-capitalista) de nuevo tipo.

La actual situación que se está viviendo a nivel mundial con el reposicionamiento del capitalismo neoliberal (con sus secuelas de guerras, invasiones, amenazas a la soberanía de naciones, cuyos gobiernos buscan transitar un camino propio, y el resurgimiento del fascismo como opción preferente para imponer regímenes más adecuados a sus propósitos hegemonistas y de explotación, además de los trabajadores, de recursos naturales estratégicos), requiere que la teoría del socialismo esté renovándose al calor de las diferentes luchas populares esparcidas a lo largo y ancho de nuestro planeta. No puede concebirse, por tanto, que se crea obsoleto al socialismo sin antes intentar adecuarlo debidamente a las nuevas realidades que confrontamos actualmente, dispersándonos en disgregaciones que no resultan nada prácticas, imposibilitando que los sectores populares alcancen a tener herramientas apropiadas para derrumbar el orden social vigente.

Esto nos conduce a renovar lo expuesto por José Carlos Mariátegui respecto a que el socialismo en nuestra América no debía copia ni calco, algo que también buscó lograr el Comandante Che Guevara y, en los tiempos más recientes, el Presidente Hugo Chávez, tratando de edificar un modelo endógeno, diferenciado del existente en su momento en la extinta URSS. Sin embargo, hay que mencionar que la labor intelectual de teóricos del socialismo -aunque esté más ajustada a la realidad de su época y a sus países de origen- no es del todo desdeñable, como algunos pretenden, invocando cierta autonomía, pero sin desprenderse mucho del cúmulo de conocimientos adquiridos gracias a la ideologización capitalista. Una contradicción que exige solventarse, si realmente se quiere trascender el sistema dominante del capitalismo. Por ahora, lo que queda entender es que si al socialismo revolucionario no se le inyecta la comprensión y definición de las diversas luchas sociales del presente (no sólo las protagonizadas por los trabajadores contra la hegemonía del capital), obtenida de un serio debate, actualizado de forma permanente y que no de pie a dogmas rígidos que no puedan cuestionarse bajo ningún concepto; podrían algunos llegar a pensar que éste (al igual que durante el colapso del bloque soviético) que éste ya no tendría ninguna esperanza qué ofrecerle a la humanidad entera.-

“LA REVOLUCIÓN NO SE LLEVA EN LOS LABIOS”

“LA REVOLUCIÓN NO SE LLEVA EN LOS LABIOS”

El Che siempre resulta adecuado cuando se trata de hablar de la revolución socialista. Sus escritos son resultado de sus propias experiencias y reflexiones, sobre todo de aquellas que compartiera con Fidel y el pueblo de Cuba -en la Sierra Maestra y luego al conformarse el nuevo gobierno revolucionario que sacudió las conciencias adormecidas de nuestra América-, enfrentando al más poderoso imperio que la historia haya jamás conocido: Estados Unidos. A la par de ello, su ejemplo de combatiente guerrillero, internacionalista y antiimperialista, sigue más vigente que nunca, cuestión que no han podido minimizar ni deslucir las más enconadas campañas mediáticas orquestadas desde la contrarrevolución para hacer del Che Guevara una imagen inocua que bien puede lucirse en una camiseta sin alterar nunca el statu quo.

Pese a los años, Che enriquece esa búsqueda constante por acceder a un mejor modo de vida bajo los ideales revolucionarios del socialismo. Lo que escribiera en su época sirve de brújula para sortear algunos obstáculos que puedan presentarse en cualquier latitud del planeta durante el período de la construcción de la transición hacia el socialismo, tomando en cuenta que algunas de sus advertencias respecto al mismo (negadas desde la ortodoxia marxista-leninista) se verificaron una vez producida la implosión de la Unión Soviética y del bloque de repúblicas bajo su hegemonía política. De ahí el interés desatado por muchos revolucionarios en torno a sus observaciones críticas en relación al modelo económico implantado en la URSS y el que debía construirse en Cuba considerando sus especificidades, sin calcos automáticos que hicieran de camisas de fuerzas.  

Pero lo más relevante del Che Guevara quizás sea su posición en cuanto a la nueva moral de la cual debían ser modelos los revolucionarios. Según él, “La revolución no se lleva en los labios para vivir de ella, se lleva en el corazón para morir por ella”. Frase ésta que ha tenido una gran difusión hasta ahora en todo el mundo, sobre todo en nuestra América, sirviendo para descubrir a los oportunistas y reformistas que desnaturalizan los objetivos primordiales de la revolución a su favor, traicionando la confianza puesta en ellos por los sectores populares. Además de esto, también ha servido para concitar a muchos revolucionarios a mantenerse firmes en sus convicciones, independientemente de las circunstancias amargas que pudieran vivir en medio de la lucha revolucionaria por la conquista del poder y la emancipación integral de nuestros pueblos. Con esta ideología hecha carne y hueso en sí mismo, el Che Guevara es uno de los revolucionarios teóricos más auténticos y completos de quien pudiéramos obtener enseñanzas permanentes. Como complemento, igualmente pudiéramos citar de él: “nosotros no podemos ser hijos de la práctica absoluta, hay una teoría; que nosotros tengamos algunas fallas, algunos motivos de discusión de algunos de los aspectos de la teoría, bueno, pues, perfecto, para poder hacer eso hay que conocer aunque sea un poquito de teoría. Ahora, inventar la teoría totalmente a base de la acción, solamente eso, es un disparate, con eso no se llega a nada…”  No podría ser menos el Che: hombre de acción y de pensamiento en función de la construcción de la sociedad socialista y de la humanidad nueva.-

EL USO Y ABUSO DEL SOCIALISMO Y LA PROPAGANDA CAPITALISTA

EL USO Y ABUSO DEL SOCIALISMO Y LA PROPAGANDA CAPITALISTA

Sin necesidad de ser contrarrevolucionario, no sería difícil inferir que el uso y abuso del término socialismo, al igual que el de revolución, muchas veces funciona como cortina de humo para no hacer nada que trastoque (aún en lo más mínimo o básico) el sistema de democracia burguesa imperante, sirviendo de justificativo para esconder una simple ambición de poder y el deseo mezquino de conservarlo a toda costa. Esto, en momentos que los grandes centros del capitalismo mundial busca convertir al planeta entero en parte fundamental de su propiedad particular (en una combinación poco estudiada de alianzas, estrategias, tácticas y características que requeriría de un nuevo Karl Marx y un nuevo Friedrich Engels que la desentrañe con criterio científico), hace falta comprender que el tránsito al socialismo implica, incluso, su trascendencia histórica, lo cual no debe ni puede limitarse únicamente a la perspectiva electoral, haciéndole el juego, por consiguiente, a la democracia burguesa que se pretende superar y erradicar de raíz. Tal cosa ha hecho que mucha gente (incluso ilustrada) lo considere algo inútil de enfrentar, entendiéndolo como inevitable, casi que predestinado por fuerzas extrañas a la naturaleza humana. Así, en palabras de Oscar Enrique León en su libro Democracia burguesa, fascismo y revolución, “lo que el neoliberalismo hacía, y aún hace, era sustituir la idea de que el mundo mejor estaba por venir por la de que ya había llegado. Sólo que era uno un poco más estrecho de lo que todos habían supuesto, en éste no cabrían todos y no era tan mejor como lo habríamos deseado. Habría que luchar por él, claro, pero no en el terreno de la historia, sino en el de la economía y la democracia burguesa, y hacerlo como manda la naturaleza, comiéndose los unos a los otros. Con esta estética caníbal, no ya de corte darwinista, sino más bien de usurero shakesperiano, esperaba el neoliberalismo pasar por científico; trocar la noción política y moral de explotación y la injusticia en evidencia de sabiduría”.

Ciertamente, en ello ha influido bastante la maquinaria propagandística del capitalismo, la cual induce a un grueso sector de la población a aspirar, a esforzarse y a competir casi salvajemente a fin de poder gozar y merecer un modo de vida fácil, plena de abundancia y de comodidades materiales, haciéndole creer que ésa ha de ser su máxima y única meta por alcanzar, así esto signifique ser víctima de la más aberrante alienación, mercantilización y esclavitud bajo la lógica del capital. Sin embargo, hay esperanzas concretas que tienden a multiplicarse gracias, precisamente, a la avidez insaciable del capitalismo, especialmente financiero, de apoderarse de todo y colocarle un precio que a las grandes mayorías les resulta cada vez más difícil de cubrir, menos cuando se les exige despojarse de derechos sociales, políticos, económicos y culturales que tienen tras de sí una larga lucha acumulada por conquistarlos y que les garantizaba -al menos, en teoría- un nivel de existencia soportable.

Al respecto, habría que recordar también que la indignación de grandes contingentes de seres humanos en oposición a las pretensiones fascistoides de las grandes corporaciones capitalistas mundiales poco ha incidido en una toma de conciencia colectiva que deslegitime por completo, de un modo radical, las bases legales, culturales e ideológicas que sostienen todavía al capitalismo, cosa que dificulta una acción revolucionaria contundente y sostenida contra el mismo que permita pensar que algún día será posible su eliminación. Nuestra América, en este caso, ya está abriendo brechas en este sentido, lo que habla de una revuelta generalizada contra el hegemonismo capitalista que ya dura más de veinte años en nuestros países, rompiendo los moldes de lo que ha sido hasta ahora el camino de la revolución emancipatoria de la humanidad, mal que le pese a muchos de sus detractores, antiguos y recientes, quienes -quizás sin saberlo- se hallan imbuidos de una visión ahistórica, estática y, por ende, desmemoriada que posibilita combatirlos con mayor facilidad al no disponer de un proyecto histórico propio.

LA EXIGENCIA DE UNA REFLEXIÓN REVOLUCIONARIA MENOS SIMPLISTA

LA EXIGENCIA DE UNA REFLEXIÓN REVOLUCIONARIA MENOS SIMPLISTA

El hecho que se pueda ampliar y consolidar eventualmente la participación democrática de las grandes mayorías (aquellas que invariablemente son excluidas sistemáticamente por los sectores dominantes de la sociedad) tendría que abarcar la posibilidad cierta que éstas accedan a un mayor nivel de igualdad social y de igualdad económica. Algo que, siendo utilizado como señuelo en muchos casos para atraer a las masas populares, le ha permitido -en primer lugar- a tales sectores revestirse de legitimidad, incluso con el tácito asentimiento de quienes, en algún momento, les han adversado desde un punto de vista clasista e ideológico; es decir, revolucionario. Para lograrlo, dichos sectores han contado siempre con recursos de adoctrinamiento (algunos subliminales y otros más abiertos) mediante los cuales buscan inculcar permanentemente en la gente una visión ahistórica, estática y desmemoriada. De este modo, se aseguran de sustraerle la conciencia histórica sobre lo que han sido a través del tiempo las luchas de resistencia y la conquista de sus derechos civiles y de sus más sentidas reivindicaciones. Algo que, indudablemente, exige de mayores análisis y proyecciones por parte de los sectores revolucionarios, contrariando así la idea -en algunos ingenua o indolente- en relación con la supuesta ausencia de propuestas realizables que tengan por norte la emancipación integral de la humanidad.

Más aún, ello exige descubrir y difundir todas las trampas ideológicas que encubren el mismo modelo de dominación, pero que ahora busca reajustarse bajo unos ropajes aparentemente más democráticos, incluso, revolucionarios y progresistas. A esto habría que agregar, por otra parte, la necesidad de una reflexión menos simplista respecto a lo que representa actualmente el imperialismo gringo en el mundo (ahora en su fase globalizada y más guerrerista), como asimismo la lucha de clases (minimizada y hasta ignorada adrede por aquellos que gobernarían en nombre de la revolución socialista, en lo que constituye un vacío ideológico que terminaría por favorecer, indudablemente, los intereses de quienes debieran ser completamente desplazados por las luchas populares en curso); especialmente en el contexto caribeño y latinoamericano. Es importante que se comprenda el momento histórico que nos está tocando vivir, no sólo en cuanto a lo local o nacional sino en el ámbito internacional, puesto que nuestras luchas particulares deben englobarse en una sola contra los grandes centros de poder imperialista que tratan de cercenar nuestras soberanías y derechos.

Ahora, dicha reflexión tiene que contribuir efectivamente a un rearme ideológico de nuestros pueblos en lucha, de manera que éstos dispongan de las herramientas básicas que les permitan emprender, evaluar y conquistar el destino de emancipación integral que tanto anhelan y tanto merecen. Esto pasa, ineludiblemente, por plantearse la sustitución (gradual o inmediata) de toda la armazón estructural y supra-estructural del tipo de civilización en que nos desenvolvemos en vez de creer que el mismo sólo requeriría de algunas reformas puntuales y de la buena voluntad de los sectores dominantes para hacerlo menos depredador de la naturaleza, menos excluyente y menos injusto de lo que es y ha sido éste siempre.-      

 

SOCIALISMO CON CARÁCTER DE URGENCIA

SOCIALISMO CON CARÁCTER DE URGENCIA

A la puesta en marcha de una especie de imperialismo corporativo liderado por Estados Unidos, el cual ha impuesto -prácticamente sin mayores oposiciones- un régimen de soberanía supranacional que, por supuesto, sólo busca favorecer sus intereses en particular, los pueblos del mundo le han opuesto una resistencia expresada en la implementación de iniciativas integracionistas, como las desarrolladas en nuestra América, como ALBA, UNASUR, CELAC, entre otras, que han servido para contrarrestar el inagotable y voraz afán neocolonial gringo de las recientes décadas. Esto ha obligado a Washington a echar mano, cuando no a la amenaza y la agresión directa, a procedimientos algo más sutiles para asegurar así su hegemonía, tales como los tratados de libre comercio con los cuales ha intentado restituir su propuesta anexionista del ALCA. A dichas iniciativas se agrega la propuesta de un nuevo socialismo, extraído éste de la peculiaridad histórica de nuestros pueblos y que -como lo refiere Atilio Borón en su obra “América Latina en la geopolítica del imperialismo”-  surge “como alternativa ante un sistema cuyos daños son irreparables dentro de sus propios parámetros y cuyas contradicciones son insolubles”.

Pese a los buenos augurios respecto a las condiciones que resultan favorables para la instauración de este socialismo del siglo XXI, lo cierto es que el mismo tiene ante sí un enorme desafío histórico, puesto que de él dependerá si la humanidad podrá evitar la catástrofe a que nos conduce de modo inexorable el sistema capitalista, lo que impondría -forzosamente- la necesidad de revisar bajo qué parámetros podría elevarse este nuevo socialismo como alternativa, parámetros que han de diferenciarse radicalmente de aquellos que caracterizan al capitalismo en general. En consecuencia, tal socialismo no tendría que ser una versión amable del capitalismo sino más bien ser su definitivo sepulturero. Sin embargo, todavía pueblos y gobiernos persisten -de una manera tenazmente absurda- en mantener con vida un modelo civilizatorio que, gracias a su actividad extractiva y consumista exagerada, terminará por condenar a la extinción entera la vida en nuestro planeta.

Tal como lo expone Atilio Borón en su libro, “el capitalismo actual conforma un mundo crecientemente violento, militarizado, excluyente, polarizado, inestable, cruel y predatorio: en suma, la barbarie en toda su expresión. No hace falta demasiada imaginación para comprobar en él los rasgos definitorios de un sistema que se encamina, demencial e irresponsablemente, hacia su propia destrucción. La gran pregunta, que sólo la historia resolverá, es si la única alternativa posible, el socialismo, reúne las condiciones objetivas y subjetivas requeridas para, como decía Marx, acabar con la prehistoria de la humanidad y comenzar a escribir la historia de la emancipación humana. Por supuesto, para esta crucial interrogante no hay respuesta posible desde la teoría. La respuesta la dará la praxis histórica de los pueblos en su lucha por la autodeterminación”.  Una cuestión que está sobre el tapete y exige del campo revolucionario, con sentido de urgencia y suficiente conciencia histórica, toda la disposición para hacerlo realidad, sin que ello suponga la adopción perniciosa de nuevos dogmas que terminarían por abortar su posibilidad cierta.-     

NO BASTA CON EL DISCURSO PARA HACER EL SOCIALISMO

NO BASTA CON EL DISCURSO PARA HACER EL SOCIALISMO

Al proponerse la posibilidad inexorable de construir un nuevo tipo de sociedad bajo los ideales del socialismo revolucionario, capaz de trascender y de eliminar la lógica capitalista, se suele confundir que sólo bastaría con el discurso y el logro hegemónico de los diferentes niveles de gobierno, olvidándose (o ignorándose) la mayoría de las veces que a todo cambio social debe corresponder, igualmente, un cambio político de envergadura que, básicamente, se  sustente en la participación y en el protagonismo populares. De otro modo, se correría el riesgo que todo lo hecho en función de promover y de conquistar realmente espacios de participación y de protagonismo de los sectores populares que prefiguren la transformación radical de la sociedad vigente -dominada por la lógica del capital-, se perdería en manos de una dirigencia político-económica de corte corporativo, tal como sucede en Estados Unidos, amparada en la dispersión y en la carencia de un mayor nivel de conciencia revolucionaria del pueblo que gobiernan. En tal sentido, se requiere ser perspicaces y en no caer en lugares comunes que, en vez de dilucidar las cosas, producen una mayor confusión, sobre todo, cuando se apela a lo que debe ser el poder revolucionario, el Estado de carácter socialista y el sistema económico que acompañe a ambos elementos y sirva para reemplazar al capitalismo como tal.

El meollo de esta situación que, a la luz de la historia, se hace perpetua, como parte de un fatalismo difícil de superar y conjurar, decepcionando a muchos, está en la puesta en discusión de lo que esté plasmado en el programa revolucionario que se adopte y lo que se esté ejecutando para hacerlo una realidad palpable y, por supuesto, cotidiana. Eludir tal discusión no contribuirá, en modo alguno, en alejar las inconsistencias, las debilidades, las contradicciones y las amenazas que estén acechando, en cualquier momento, a toda revolución socialista en marcha. Al hacerlo de este último modo, quienes se arroguen la condición de vanguardia se ubicarían en el mismo papel que el de los sectores dominantes tradicionales, por lo cual estarían perdiendo –desde ya-  una gran cuota de legitimidad entre aquellos que dirigen, abriéndole puertas a la reacción.

A la par de semejante debate, es insoslayable que exista una pluraridad de sujetos históricos organizados que converjan en el diseño, control, ejecución y revisión de un programa revolucionario con bases en común. Como lo apuntara Miguel Mazzeo en su libro ¿Qué (no) hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios, “las nuevas condiciones exigen formas originales de intervención política que den cuenta de la diversidad y del carácter plural de los nuevos sujetos (de la clase)”. Habría, por consiguiente, que estimular una vinculación dialéctica, concretando de forma simultánea tanto el cambio político revolucionario como el cambio social revolucionario; esto le daría consistencia y plena vigencia al desarrollo y la consolidación de toda revolución que se proclame socialista.