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NUESTRA AMÉRICA

Páez, el incómodo caudillo

Páez, el incómodo caudillo

Homar Garcés

José Antonio Páez ha sido calificado, de un modo u otro, como el caudillo fundador de una forma de ejercicio del poder basado en el personalismo, el control del poder y la repetición de viejas mañas políticas. El Motín de Arichuna, ocurrido el 16 de septiembre de 1816, es una demostración del liderazgo ejercido por José Antonio Páez, un evento clave donde las tropas llaneras lideradas por el Taita se negaron a aceptar a Francisco de Paula Santander como su nuevo comandante y deja entrever cuál sería su conducta durante los años de guerra por la independencia venezolana y una vez constituida la República. Sin embargo, no se podrá negar el gran apoyo brindado al Libertador Simón Bolívar en los momentos en que se hacía dificultoso el triunfo de las armas patriotas hasta culminar en la Batalla de Carabobo y la toma de Puerto Cabello con lo que el dominio español quedaba eliminado en territorio venezolano. Ese mérito es innegable. La situación cambia y produce polémicas al referirse al modo como se desenvolverá en la escena política a partir de 1826, convirtiéndose en el eje principal del llamado movimiento de la Cosiata.

En relación con este movimiento, refiere el mismo Páez en su Autobiografía: «Nada tienen de común la teoría de las revoluciones y la delicada ciencia de la política con las sencillas ocupaciones del pastor”. También escribe una suerte de justificación sobre la decisión asumida: «En hora menguada para mí, reasumí el mando de que se me había suspendido tan injustamente y, ya dado el primer paso, era necesario ser consecuente con el error cometido». Adicionalmente, expresó: «El mando me lo habían arrancado mis enemigos individuales y hombres que nada han sacrificado por la patria». No obstante, en opinión de algunos historiadores, la Cosiata fue un motín descabellado, presidido por un militar inconsciente, ciego instrumento de apasionados manipuladores de la época, enfrentados a la burocracia de Bogotá. Y ése sería entonces el mayor pecado cometido por el general llanero, pero pocos hacen alusión al contexto en que se formó el futuro caudillo de Venezuela donde se tenía que domar, prácticamente, la vida en el llano y donde las formas republicanas no existían y había muy poco apego por las leyes coloniales. Ello, de algún modo, pervivió en Páez y caracterizó su actitud en dicho momento.

En torno a este tema, Eloy González, en 1907, escribió que «el General se dirigía... a los habitantes de Venezuela, titulándose Jefe Civil y Militar, denominación que se dio él mismo, porque la proclama es del 3 de mayo y la municipalidad de Valencia -pobre fuente de esa autoridad dictatorial,- no se la concedió sino el once del mismo mes». El 30 de abril de 1826, la municipalidad de Valencia desconoce el mandato de Bogotá y proclama a Páez como jefe supremo del departamento de Venezuela, a lo que se sumarán las demás municipalidades el 29 de junio del mismo año. Ante los hechos suscitados, Simón Bolívar no sólo cede ante el general Páez para evitar mayores males, sino que se empeña en hacerlo árbitro de Venezuela y llega hasta escribirle a su sobrino político el General Briceño Méndez: “Más vale estar con él que conmigo, porque yo tengo enemigos y Páez goza de opinión popular”, consejo que repite a muchos otros bajo formas análogas.

Para el vicepresidente de Colombia, el general Francisco de Paula Santander (a quien también se le responsabiliza por la desintegración de Colombia), en correspondencia a Bolívar del 9 de junio de 1826, la tensa situación con Páez se explica por el hecho de que «el doctor (Miguel) Peña y los antiguos facciosos de Caracas son los motores de este movimiento, en que Páez y Mariño hacen el papel de instrumento”. Por su parte, el general Rafael Urdaneta le hace a Páez un llamamiento a la sensatez y al honor: «¿Cómo sufre Ud., compañero, que hombres criminales llamados ante la ley. . . se asocien a Ud., para guiarle en una empresa cuyo mal resultado Ud. debió prever... ¿Cómo puede Ud. concebir que el pueblo de Venezuela se sacrifique, corra a las armas y se maten unos con otros para que el doctor Peña no satisfaga 25.000 pesos que defraudó al Estado...?». Y esto último era cierto. Desde Chuquisaca, el 12 de agosto de 1826, el Gran Mariscal Antonio José de Sucre le escribió al Libertador: «Yo no tengo suficientes datos para juzgar quién tenga verdaderamente la razón; pero veo que el general Páez ha procedido violentamente en el modo con que se ha conducido en el alboroto de Valencia. Si él tenía quejas del congreso, no debía tomar un partido para vengarse que dañaba el cré­dito y aun la existencia de la nación... Aun suponiendo que él haya querido aprovechar esta ocasión para descubrir y plantificar sus ideas de que se proclame un Imperio en Colombia, es peor todavía haber aceptado ninguna investidura de la municipalidad de Valencia. ¿Qué es la municipalidad de un cantón para conferir a nadie una autoridad, y menos una autoridad militar?...». De igual parecer son los generales José Tadeo Monagas, José Laurencio Silva y José Francisco Bermúdez.

En todo esto cabe incluir lo que Páez opinaba respecto de sí mismo y de la gente armada que comandó: «No tenía mucha fe en el patriotismo de aquellos hombres que sólo me acompañaban y habían tomado servicio por simpatías hacia mí». Es entendible que se creyera merecedor de ejercer el poder, idea que compartían otros militares surgidos del fragor de las batallas frente al ala civil que controlaba el gobierno desde Bogotá y que tendrá un episodio decisivo con la revolución de las reformas, al derrocarse al presidente José María Vargas, donde tendrá un papel protagónico el general José Antonio Páez. Así, a la ambición de poder y a la concepción regionalista de Páez se deben sumar y tomar en cuenta los diversos factores y personajes que le envolvieron para convertirlo en uno de los artífices principales del final de la República de Colombia, la grande, y el incómodo caudillo de la historia de la segunda mitad del siglo XIX venezolano.

 

Congreso Anfictiónico de Panamá. Una esperanza continental

Congreso Anfictiónico de Panamá. Una esperanza continental

(Obra: El Congreso de Panamá. Óleo sobre tela del artista polaco-ucraniano Iván Ch. Belsky, 1983. Biblioteca Bolivariana de Mérida) 

Homar Garcés 

 

En carta para el Excmo. Sr. Director Supremo de las Provincias Unidasdel Río de la Plata, don Juan Martín de Pueyrredón, con fecha 12 de junio de 1818, Simón Bolívar hace ver tempranamente su idea de la Confederación de Naciones Iberoamericanas: «Cuando el triunfo de las armas de Venezuela complete la obra de su independencia, o que circunstancias más favorables me permitan comunicaciones más frecuentes y relaciones más estrechas, nosotros nos apresuraremos, con el más vivo interés, a entablar por nuestra parte el "Pacto-Americano", que formando de todas las repúblicas un cuerpo político, presente laAmérica al mundo con un aspecto de majestad y grandeza, sin ejemplo en las naciones antiguas... La América unida, si el cielo nos concede este deseado voto, podrá llamarse la reina de las naciones y la madre de las repúblicas». Esta inquietud y propuesta del Libertador no era una cuestión improvisada ni descabellada. Tampoco algo idealista, difícil de concretar, como algunos historiadores y analistas han concluido al referirse a la trascendencia de tan magno hecho. Tanto Bolívar al igual que otros patriotas venezolanos habían anticipado la posibilidad de una unión continental que asegurara la independencia de las repúblicas nacientes de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina; teniendo en el general Francisco de Miranda el inspirador e ideólogo más reconocido de tan ambicioso proyecto. 

El gobierno de Cundinamarca propone crear una Confederación, a lo que se suma la Junta Suprema de Caracas, sugiriéndose a Cúcuta o Pamplona como capital. Dicho antecedente le permitió a Bolívar, a Rafael Urdaneta y a otros exiliados venezolanos sumarse al ejército neogranadino e iniciar lo que pasó a llamarse la Campaña Admirable. Posteriormente, el 17 de diciembre de 1819 se decreta la república de Colombia en la ciudad de Angostura mediante la unión de Nueva Granada y Venezuela, estableciendo un precedente político que facilitó la liberación de sus territorios y la Campaña del Sur hasta concluir con la batalla de Ayacucho y la creación de la República de Bolívar, luego Bolivia. En este lapso, Bolívar comprende la importancia de realizar el Congreso Anfictiónico de Panamá, enviando una convocatoria a los gobiernos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Chile, Perú, Bolivia, Centroamérica y México el 7 de diciembre de 1825, siendo llevado a cabo a partir del 22 de junio de 1826. Para Bolívar era un asunto vital que las naciones convocadas acordaran: 1) La unión política y militar de las colonias antes españolas, lo que serviría para defender conjuntamente la soberanía de las nuevas repúblicas. 2) Promover la cooperación entre las nuevas repúblicas del continente. 3) Consolidar la independencia de las nuevas naciones frente a posibles amenazas externas, en especial de la Santa Alianza que habían constituido las monarquías de Europa en respaldo del rey de España. El Libertador había excluido deliberadamente la participación de Estados Unidos en atención a la diferencia cultural y política existente con esta nación. Además, Bolívar estaba consciente de lo que los estadounidenses podrían hacer en contra de la libertad Sudamérica. Así se lo hace saber al vicepresidente de Colombia, el general Francisco de Paula Santander, en carta fechada el 23 de diciembre de 1822: «Cuando yo tiendo la vista sobre la América la encuentro rodeada de la fuerza marítima de Europa, quiero decir, circuida de fortalezas fluctuantes de extranjeros y, por consecuencia, de enemigos. Después hallo que está a la cabeza de su gran continente una poderosísima nación muy rica, muy belicosa y capaz de todo». Si a ello se añade su predicción respecto a que «Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad», se entenderán bien sus razones para no aceptar la asistencia de este país a la reunión de plenipotenciarios en el Itsmo.

Para el gobierno racista y burgués gringo, la mera posibilidad de que Simón Bolívar lograra sus objetivos de conformar una Patria en común conspiraba contra sus planes particulares de controlar los antiguos territorios españoles, sobre todo, al colocar el dominio de las islas de Puerto Rico y Cuba dentro de su estrategia imperialista, convirtiendo al Libertador en una figura incómoda para sus intereses. El Secretario de Estado norteamericano, Henry Clay, había impartido instrucciones a uno de sus enviados a Panamá «de no aceptar en nombre de Estados Unidos, la idea de un Consejo Anfictiónico investido con poderes para decidir las controversias entre los Estados americanos, o para regular en cualquier forma su conducta». La osadía de Bolívar en pretender la independencia de la península de la Florida, con la ocupación de la isla Amelia por parte de fuerzas patriotas, aparte de impulsar lo mismo en Puerto Rico y Cuba, constituyó motivo de recelo y animadversión hacia nuestro Libertador; lo que se agravó con la irrupción de la llamada doctrina Monroe, convertida en guía de la actuación gringa en nuestro continente en una abierta contraposición y confrontación de los propósitos soberanos y de unidad geopolítica de Bolívar, repercutiendo hasta nuestros días con una mayor locura, agresividad y prepotencia. Desde entonces, no por simple capricho chovinista, ni moda revolucionaria, el boliviarianismo se mantiene en una lucha ideológica y práctica contra el imperialismo gringo.

¿Qué necesitamos hoy? 1) Comprender seriamente que cada uno de nuestros países tiene una historia y una cultura que coinciden en mucho con las pertenecientes al resto de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, lo que sirve de base para construir un destino en común. 2) Emprender conjuntamente un amplio proceso de descolonización de la cultura y, por ende, del pensamiento, expresado en la formulación de nuevas propuestas de transformación estructural. 3) Difundir a nivel general los estudios en torno a los objetivos y los alcances del Congreso Anfictiónico de Panamá, desmarcándolo de la esfera del panamericanismo inspirado por el imperialismo gringo. 4) Organizar una verdadera resistencia antiimperialista en todos los campos posibles, como paso indispensable para asegurar la soberanía de nuestras naciones y la factibilidad de proyectos de transformación estructural de nuestras sociedades, acabando con los mitos de la dependencia y el subdesarrollo. 

LA UTOPÍA ANDINA Y LA COMUNIDAD DE LA VIDA

LA UTOPÍA ANDINA Y LA COMUNIDAD DE LA VIDA

Homar Garcés

 

Como se conoce, la modernidad hegemónica (impuesta por Europa occidental, valga la redundancia) está integrada por el racionalismo científico, la colonialidad y el capitalismo, siendo éste su elemento más destacado y, en cierto modo, el más atacado de todos, dadas las consecuencias negativas que ha tenido su implementación en cada una de las naciones periféricas de África, de Asia y de nuestra América. Frente a ella, a partir de las últimas décadas del siglo pasado, desde nuestra América, se erige la utopía andina, extraida del Sumak Kawsay y la Pachamama de los pueblos originarios que han hecho resistencia por largos siglos a la colonialidad eurocentrista iniciada con Cristóbal Colón y que, a pesar de las independencias proclamadas formalmente en el siglo XIX, continúa afectando la identidad cultural e histórica de todos nuestros países. Esta utopía andina representa una alternativa emancipatoria desafiante y radical que excede lo habitualmente establecido en lo que respecta a la teoría del Derecho y al sistema de conocimiento vigente, pues se basa en tradiciones, concepciones y prácticas ancestrales que han sido negadas, degradadas e invisibilizadas por los Estados nacionales actuales, del mismo modo que sucediera durante la época colonial. Dicha alternativa emancipatoria supone una ruptura con todo lo que ha significado hasta ahora el modelo de civilización en que vivimos. Plantea la interrelación armónica entre los seres humanos y la naturaleza que los sustenta, sin que se siga viendo a esta como simple proveedora de recursos que generan ganancias; el senti-pensar, diferente en muchos aspectos a lo que es el racionalismo científico; el valor de uso, completamente contrario al exclusivo valor de cambio que prevalece en el capitalismo y, finalmente, la concepción de la naturaleza como sujeto de derechos, siendo una reivindicación indígena de la Pachamama y un verdadero cambio revolucionario, como ya señaláramos, en cuanto a los principios del Derecho.

 

El trastorno que supuso para los pueblos originarios la concepción europea de la tierra como mercancía y heredad otorgada por el dios bíblico representó, en palabras de Carlos Rivas, profesor de la Universidad Politécnica Territorial del estado Mérida Kléber Ramírez (De la Cultura Comunera al Movimiento Comunero. Los Andes Venezolanos en su largo proceso histórico), «un proceso de re-ordenamiento, territorial, de un re-planteamiento cultural» que conducirá al despojo del territorio ocupado y a la desaparición de sus creencias y demás elementos que conformaban su cultura ancestral. Como reseña Rivas, «la propiedad de la tierra era una concepción absolutamente desconocida por las poblaciones indígenas en los Andes venezolanos, lo común formaba parte del devenir cotidiano, por tanto, el proceso posterior a la llegada del europeo, va a consistir, no sólo en desarrollar la noción de propiedad sobre la tierra y sobre los cuerpos, sino en implementar una cultura del robo y apropiación de la fuerza de trabajo del individuo en resguardo». Con este objetivo, una gran porción de pueblos originarios son desalojados de sus tierras, acusándolos de salvajes e idólatras que no aportan nada para el progreso de la nación, como ocurre con los mapuches en Chile y Argentina; continuándose la tradición etnocida y genocida de los conquistadores europeos.

 

El liberalismo (y con él, el sistema económico capitalista) ha hecho creer a mucha gente que existen leyes absolutas de evolución del orden, las cuales siempre existirían, independientemente de los distintos eventos que hacen la historia humana. Así, en lo que corresponde a esta realidad, Sally Burch explica que «el neoliberalismo, en lo que tiene de ideología, ha podido presentarse negando precisamente su condición ideológica. De ahí su eficacia, puesto que se trata de un proyecto de dominación que tiene serias dificultades para legitimarse por sí mismo, en razón de que uno de sus componentes intrínsecos es la exclusión. Y de hecho es fácil constatar que su accionar le aleja cada vez más de los objetivos que pretende alcanzar: la modernización y la democracia». Al respecto, solo basta constatar los bajos niveles de participación política de los sectores populares, condenados a ser simple comparsa de quienes se disputan el poder y a ser severamente reprimidos cuando reclaman sus derechos. Otro tanto sucede con el bienestar material, disfrutado a plenitud por aquellos que controlan el poder y la economía mientras que los generadores de sus riquezas se ahogan en problemas y necesidades que no pueden solventar con el exigüo salario que devengan. Con eso a cuestas, se le hace creer a muchos que no existen más alternativas y, por lo tanto, que es herético, irracional e inútil cualquier esfuerzo por alterar el orden establecido. 

 

Con José Carlos Mariátegui de precursor, en nuestra América nació lo que se conoce como socialismo indigenista, uniendo los aportes teóricos generados por Karl Marx y Friedrich Engels y los principios que guiaron la vida en comunidad de los pueblos originarios de Bolivia y Perú. Este tipo de conjugación de aportes teóricos diversos es lo que caracteriza en la actualidad a la mayoría de las luchas y propuestas emancipatorias generadas en el amplio territorio de nuestra América, con una pluralidad de valores que hace prevalecer al pueblo como sujeto capaz de organizar y de transformar estructuralmente todo lo existente hasta ahora, cambiando las reglas del juego para que el poder del Estado esté orientado a proteger los bienes comunes en vez de concentrarse (como lo ha hecho casi de manera exclusiva) en amparar los bienes particulares. Esto daría comienzo a las acciones de un nuevo constitucionalismo transformador donde, entre otras cosas importantes, se le daría rango constitucional a los derechos de la naturaleza como un ser vivo, en una vasta comprensión humanista, que merece igual respeto y defensa que las personas y los animales; en lo que es una exigencia histórica que no puede pasarse más tiempo por alto. 

 

En oposición a estas propuestas y luchas emancipatorias, la lógica de propiedad privada individual nos ha conducido, desde el arribo a estas tierras de los conquistadores europeos, a un determinismo pesimista que nos hace pensar que la especificidad histórica de nuestros países es la de ser una pieza subordinada a los intereses de los grandes consorcios capitalistas internacionales. Ante ello, será preciso generar una propuesta de sociedad donde no se reproduzcan las desigualdades sociales ni las desigualdades económicas que caracterizan el sistema-mundo actual, lo que equivale a darle prioridad a los más preciados valores del ser humano, como lo son la afectividad y la espiritualidad en la organización social y económica, reemplazando, en consecuencia, el consumismo alienante, el individualismo, el egoísmo, la competencia desleal entre las personas, la corrupción y la violencia que son promovidos, en uno u otro sentido, por el capitalismo dominante; lo que supone la tarea de desmercantilizar la vida y producir, por tanto, lo que sería una opción bio-comunitarista, definida por René Ramírez («Socialismo del sumak kawsay o biosocialismo republicano») como «un nuevo pacto de convivencia post-antropocéntrico y trans-estatal». En síntesis: el logro de un cambio cultural revolucionario y profundo; además del establecimiento de una relación armoniosa y de reciprocidad con la tierra.

TODAVÍA LOS LLAMAMOS INDIOS

TODAVÍA LOS LLAMAMOS INDIOS

Homar Garcés

 

El trastorno que supuso para los pueblos originarios la concepción europea de la tierra como mercancía y heredad otorgada por el Dios bíblico representó, en palabras de Carlos Rivas, profesor de la Universidad Politécnica Territorial del estado Mérida “Kléber Ramírez” (De la Cultura Comunera al Movimiento Comunero. Los Andes Venezolanos en su largo proceso histórico), “un proceso de re-ordenamiento, territorial, de un re-planteamiento cultural” que conducirá al despojo del territorio ocupado y a la desaparición de sus creencias y demás elementos que conformaban su cultura ancestral. Como reseña Rivas, “la propiedad de la tierra era una concepción absolutamente desconocida por las poblaciones indígenas en los Andes venezolanos, lo común formaba parte del devenir cotidiano, por tanto, el proceso posterior a la llegada del europeo, va a consistir, no sólo en desarrollar la noción de propiedad sobre la tierra y sobre los cuerpos, sino en implementar una cultura del robo y apropiación de la fuerza de trabajo del individuo en resguardo”. Por eso, a los ojos de los europeos y de quienes en el presente defienden esta postura, la tierra no debería ser una posesión colectiva o comunitaria ni, menos, estar ocupada por seres inferiores y poco interesados en explotarla a gran escala, contentos con una exigüa producción agrícola.

 

El nuevo modo de producción surgido en el amplio territorio de nuestra América gracias al saqueo y al robo, legitimado luego por la usurpación formalizada de la soberanía de los pueblos originarios, implicó la puesta en práctica de conceptos que eran, en gran parte, ajenos a su idiosincrasia, por lo que opusieron resistencia a los conquistadores europeos, ya de una forma activa, ya de una forma pasiva. Aferrándose a su creencia católica o protestante, muchos conquistadores europeos estaban convencidos de estar ejecutando los dictámenes de su dios al combatir y sojuzgar a quienes consideraron, indiferentemente, adoradores del diablo e infieles y, por tanto, merecedores de cualquier castigo o tortura que decidieran hasta producirles una muerte atroz, indistintamente de su edad o condición. Con el paso de los tiempos, esta concepción o visión racista respecto a las poblaciones indígenas apenas ha sufrido algún cambio, como lo demuestra el uso despectivo de la palabra indio para referirse a una persona inferior, de poco lustre o ignorante, en una clara demostración de endoracismo. Así, aún cuando se reconozca que han habido avances significativos en materia legislativa en pro del abordaje de la diversidad étnico-cultural que benefician a los pueblos originarios de nuestra América, también debe reconocerse que esto no ha sido obstáculo alguno para que subsista, de distintos modos, el racismo heredado de la sociedad colonial hispana; lo que obliga a preguntarse si realmente hay un cambio relevante, dada la desigualdad social estructural y la pobreza en que éstos se encuentran todavía. El racismo también se pone de manifiesto en la negación que se le hace a la historia de ciertos pueblos, desconociendo sus contribuciones al progreso general de la humanidad. Resulta algo común que se haga -en palabras de Gabriel García Márquez- «la interpretación de nuestra realidad con ojos ajenos», en este caso, pertenecientes a quienes, al otro lado del océano Atlántico, llegaron a dudar sobre si a los indígenas podrían considerárseles seres humanos, con alma incluida, por lo que sería razonable y legítimo que España y Portugal, en una primera etapa, y el resto de Europa, en una etapa posterior, emprendieran la conquista y la colonización del amplio territorio recién «descubierto», ignorándose adrede los derechos de aquellos pueblos que lo habitaban desde hacía miles de años.

 

Prueba de lo anterior, es la negativa sostenida de las autoridades de los países del continente en admitir como válidas las demandas indígenas de autonomía y de defensa de los recursos naturales existentes en el espacio geográfico que ocupan desde tiempos inmemoriales, lo que representa el colofón de la historia de despojo y desposesión que nuestros pueblos originarios han sufrido desde el momento que los conquistadores europeos plantaron sus banderas en este continente; hallándose interesados los Estados en atraer inversiones, tanto de origen nacional como extranjero, en una actitud de desprecio y superioridad semejante a la seguida hace dos siglos por sus antecesores hispanos, portugueses y anglosajones en el poder. Es lo que ocurre con el pueblo mapuche, cuyos derechos le son negados sistemáticamente por los diversos gobiernos de Chile, aplicándosele con arbitrariedad una legislación antiterrorista para hacerlo desistir de sus luchas. Igual pasa en Chiapas con los indígenas que conforman el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, cuyo enfrentamiento con las élites políticas y económicas de México ha representado un replanteamiento serio de la lucha social y política, cuyos efectos han sido adoptados por otros movimientos en contra del neoliberalismo económico. En igual sentido, podría incluirse al pueblo yukpa de la sierra de Perijá, en Venezuela, acosado por terratenientes en complicidad con autoridades regionales y nacionales hasta el punto de sufrir el asesinato de algunos de sus defensores más destacados, en completa impunidad. 

 

Quizás entre estas demandas, las de mayor trascendencia hayan sido las llevadas a cabo en Bolivia bajo el liderazgo de Evo Morales, gran parte de las cuales fueron plasmadas en la Constitución, dando nacimiento al Estado Plurinacional que, a pesar de la oposición de los grupos oligárquicos, rige dicha nación. Esto no obvia el hecho que se continúe hostigando a los indígenas de ese país, al igual que en Perú, padeciendo golpizas, humillaciones e insultos de parte de aquellos que pretenden secesionar la nación, escudándose con el pretexto de querer vivir bajo un régimen democrático y asumiendo una conducta y un lenguaje abiertamente supremacistas. Como bien lo refleja Ricardo Virhuez, "lo que empezó el siglo XVI continúa en el XXI. Todavía los llamamos indios, indígenas, amerindios y no reconocemos sus nombres propios. Todavía les arrebatamos las tierras para beneficio de mineras y petroleras. Todavía insultamos su rica cultura llamándola mitos, cosmovisión, rituales, sagrados. Todavía creemos que sus fiestas y alegrías son folclore, y su arte que viene desde el nacimiento de la humanidad es artesanía. Todavía no comprendemos su equilibrada visión y relación con la naturaleza y les inventamos religiones y dioses. Están ahí y no los vemos. Ellos son nosotros y no podemos vernos". Sin embargo, hay una realidad que no podrá ocultarse: los pueblos indígenas han irrumpido con voz propia en los escenarios políticos de nuestros países, apoyándose para ello en su cosmovisión y sus costumbres ancestrales, lo que ha permitido imprimirle un sello de originalidad a las propuestas de transformación estructural en oposición al actual modelo civilizatorio. Esto, por otra parte, incide en la percepción tradicional que se tiene respecto a la naturaleza y las demás personas, en lo que será, sin duda, una sucesión de cambios en el modo de entender la vida en sociedad, al margen de cuál sea la denominación que le demos.

 

NUESTRA AMÉRICA, TERRITORIO PERENNE DE LA UTOPÍA

NUESTRA AMÉRICA, TERRITORIO PERENNE DE LA UTOPÍA

Nos ha correspondido como continente (desde los albores de la invasión europea a estas tierras) el destino de ser el escenario propicio de la Utopía imaginada por el inglés Tomás Moro. Cuestión que fue recreada primeramente (con pocas variaciones) por los teóricos de la independencia de las colonias hispanoamericanas, y luego, bajo la influencia de Marx, Engels y Lenin, por quienes enarbolaran las banderas de la lucha por el socialismo revolucionario. Un elemento que ha dejado su huella en los pueblos de nuestra América, los cuales (a pesar de la gran influencia ejercida desde hace siglos por el eurocentrismo) no dejan de luchar por hacer realidad esta particular utopía. Así sea -en algunos casos- por simple instinto político, como acaeciera luego de la liberación política de la vieja España cuando un importante porcentaje de la población marginada acompañara a caudillos providenciales que prometieron cambios que sólo se plasmaron a nivel retórico.

Sin embargo, el esquematismo y el dogmatismo con que fuera abordada esta Utopía en la etapa histórica del siglo XX a través del socialismo revolucionario -siguiendo el patrón impuesto por el burocratismo soviético tras la desaparición física de Lenin- impidieron que la misma se desarrollara de una forma totalmente amplia, crítica y creadora. Las convergencias y las divergencias que esto produjera entre muchas organizaciones políticas de la izquierda no contribuyeron a disipar la desconfianza creada entre nuestros pueblos por los sectores dominantes, sobre todo cuando los debates no pasaban de ser meras adhesiones a uno u otro de los teóricos de la revolución socialista que poco tenían que ver con las necesidades y las condiciones específicas de estas naciones. La simple enunciación escolástica que se acostumbró entre varios de estos movimientos políticos (persistentes en la actualidad) entorpeció la realización práctica y coherente de un verdadero socialismo revolucionario, impulsado por una conciencia política revolucionaria que fuera capaz de superar las contradicciones socioeconómicas del orden establecido en vez de suavizarlas o de tratar de coexistir con ellas. Simultáneamente, se obstaculizó el disfrute y el acceso a los grandes y múltiples avances científicos y tecnológicos ocurridos en medio siglo, a la cultura y a los bienes materiales que podrían redundar en el desarrollo y la emancipación integral de los pueblos de nuestra América; dejando todo en manos de una minoría persistentemente insatisfecha con su avaricia.  A ello se agregó también la visión mecanicista de la historia -tan al gusto de sus representantes y apologistas-, así como la anulación de la individualidad y la disolución del individuo en la masa absorbida y alienada por el consumismo, según los patrones establecidos por el capitalismo.

En este contexto, la necesidad histórica de erigir una opción realmente revolucionaria no hace sino imponerse. La implantación del modelo económico neoliberal capitalista ayudó a crear un fermento favorable para crearla y hacerla viable. La realidad económica neoliberal de los últimos tiempos puso en evidencia la inexistencia de la mano invisible del mercado con que los economistas justificaran la usura, las desigualdades y la explotación sin cesar de los trabajadores que caracterizan al capitalismo. Hoy está más claro que esa mano invisible no es tan invisible como se pregonó desde mucho tiempo atrás. Ella pertenece a los grandes conglomerados que rigen el sistema capitalista global y a las clases gobernantes que respaldan, con sus medidas, conflictos bélicos y legislaciones, los intereses de tales conglomerados, en desmedro de los derechos y los intereses de la mayoría. 

Vale concluir que “esta vez no tenemos oportunidad de volver a equivocarnos, lo que antes fue ingenuidad o desconocimiento, hoy sería mera estupidez, que la historia no va a perdonarnos”, como afirmara Celia Hart Santamaría en el prólogo de la obra de Carlos Tablada, “El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara”. Nuestra América (vistas todas sus potencialidades, en especial aquellas que se derivan de su legado multiétnico) podría, entonces, cumplir con ese destino de ser el escenario propicio de la Utopía. Sería el  territorio perenne donde (sin pecar de ilusos) todo individuo hallaría, en definitiva, su verdadera emancipación, aquella que le restituya su condición humana, en armonía con sus semejantes y la naturaleza. -  

LA OTREDAD NUESTRA-AMERICANA

LA OTREDAD NUESTRA-AMERICANA

La especificidad de nuestra América, de lo que ésta es y ha sido como el amplio ámbito geográfico, cultural, sociológico, económico y político situado entre el sur del río Bravo y la Patagonia, donde se ha gestado una tradición ininterrumpida de luchas populares desde el instante que los europeos decidieron adueñarse de ella hasta la época actual, es una especificidad que ha ocupado a una gran porción de intelectuales tratando de explicarla y de darle alguna orientación que haga posible aflorar sus potencialidades como territorio de la emancipación integral humana. El Libertador Simón Bolívar al dirigirse a los diputados del Congreso de Angostura en 1819, destaca que se debe tener «presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del Norte, que más bien es un compuesto de África y de América, que una emanación de la Europa; pues que hasta la España misma deja de ser europea por su sangre africana, por sus instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado; el europeo se ha mezclado con el indio y con el africano. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros padres, diferentes en origen y en sangre, son extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis; esta desemejanza trae un reato de la mayor trascendencia». Esta conclusión de Bolívar será compartida, de uno u otro modo, por una amplia gama de pensadores, algunos bajo la influencia ideológica del eurocentrismo y otros guiados por la dialéctica y el materialismo histórico, lo que le convierte en un tema de discusión que no cesa, a pesar de los siglos transcurridos. Ahora muy especialmente cuando, desde las más recientes décadas, muchos acogen la propuesta de emprender y asentar un proceso de descolonialidad del pensamiento; lo que implica entender y aceptar la realidad de otros universos culturales, tan válidos o más que el representado por el eurocentrismo.

En su ensayo «Nuestra América», el Apóstol de la independencia cubana, José Martí, recomienda que «la historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria». Tiempo antes, el Maestro revolucionario Simón Rodríguez, con su singular estilo, hizo una acotación similar al señalar: « ¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original. Original han de ser sus instituciones y su Gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otro. O inventamos o erramos». Es decir, la otredad americana es una preocupación constante entre nosotros, los hijos y las hijas de nuestra América, presente en los llamados a la unidad e integración de nuestros países, especialmente frente a lo que éstos han sido bajo la hegemonía imperialista de Estados Unidos. Pero también es la comprensión (poco compartida con las clases dominantes) de cuáles podrían ser sus potencialidades en el campo económico, de forma totalmente independiente, sin aceptar tácita y sumisamente el papel de réplicas o sucursales de las metrópolis del sistema capitalista, convertidas -desde un primer momento- en simples proveedoras de materia prima y consumidoras de lo que produzcan las grandes corporaciones transnacionales.

Hace falta entender, junto con Karl Marx, que «el descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen, la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles-negras, caracterizan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria». Gracias a ello, la Europa y los Estados Unidos alcanzaron los niveles de desarrollo que, ilusamente, algunos esperan que algunos de nuestros países puedan tener en el futuro, sin detenerse a pensar que a aquellos no les conviene que esto ocurra, por muchas reformas legislativas y económicas que se hagan, ajustándose a los esquemas neoliberales.

La sumisión pasiva a la ley capitalista ha representado un escollo formidable contra el cual se han estrellado muchos de los objetivos de emancipación trazados por teóricos y movimientos populares, impidiendo que pueda así concretarse una verdadera revolución democrática y soberana, conducida y sustentada en toda circunstancia por los pueblos de nuestra América. En este caso, la multiplicidad y la unicidad de nuestra América representan la fortaleza y el espíritu con que nuestros pueblos puedan romper el estado de explotación y de dependencia en que aún se les desea mantener indefinidamente. Esto entraña, por otra parte, una ruptura radical con la concepción del Estado-nación a la cual nos habituamos y defendemos desde 1810, basándose más en los valores que preservan la vida en un sentido generalizado que aquellos que privilegian, por encima de todo, el lucro y el interés privado. 

DECOLONIALIDAD, DEMOCRACIA Y ANTIIMPERIALISMO EN NUESTRA AMÉRICA

DECOLONIALIDAD, DEMOCRACIA Y ANTIIMPERIALISMO EN NUESTRA AMÉRICA

Las luchas obreras, indígenas, campesinas, afrodescendientes, juveniles y de mujeres (entre las más notables) que se han producido en nuestra América desde comienzos de siglo se caracterizan por darle una mayor profundidad y un mejor sentido a la democracia, entendiéndola como algo más que la oportunidad de emitir un voto y elegir gobernantes. Y tales luchas tienen lugar en medio de represiones y del surgimiento de nuevas derechas y sectores ultrareaccionarios que, de una u otra manera, pretenden limitarlas y acabarlas, contando en muchos casos con la anuencia imperial de Washington. A todo esto se suma el papel injerencista de la Organización de Estados Americanos, cuyo secretario general no ha dudado en secundar los planes hegemónicos estadounidenses hasta el colmo de avalar el golpe de Estado propiciado al Presidente boliviano Evo Morales, argumentando un fraude electoral inexistente. 

Aún cuando la soberanía nacional, la autodeterminación de los pueblos y la intervención del Estado en la economía han estado bajo asedio por los intereses geopolíticos y económicos de Estados Unidos y las grandes corporaciones transnacionales, en la actualidad se ha intensificado dicho asedio. La pretensión de adueñarse de los mercados, de los territorios ocupados, en gran parte, por los pueblos originarios, y de los recursos naturales estratégicos de todo lo que comprende nuestra América, al sur del río Bravo, ahora combina diversos métodos, tanto los aplicados durante la Guerra Fría como los extraídos de las nuevas tecnologías de la informática y la comunicación. Esta realidad es aupada desde adentro de cada una de nuestras naciones por sectores derechistas, cuyos rasgos racistas, violentos, misóginos y antidemocráticos son más que evidentes y constituyen lo que podría calificarse su ideología; siguiendo las pautas marcadas por grupos y partidos políticos similares de Europa y Estados Unidos. La posición antiimperialista que esto originaría tendría, como consecuencia asociada, una posición antifacista, en defensa de los derechos nacionales, democráticos y humanos que están plasmados en cada Constitución; lo que exigiría adoptar de quienes los defienden una militancia permanente.

Vistas en conjunto, las diferentes luchas populares emprendidas a lo largo de nuestra América pueden enmarcarse igualmente en un proceso de descolonización frente a la permanencia de la colonialidad, representada por el pensamiento eurocentrista que perdura en los centros académicos y en muchos ámbitos de la vida social, lo que vendría a complementar (o a integrarse a) la lucha contra el racismo, el patriarcado y el capital. No podrían circunscribirse nada más a una conquista parcial o local cuando el sistema u orden establecido se mantiene inalterable en sus raíces, sin atacar decididamente las causas de los problemas estructurales que nos han agobiado desde mucho tiempo. La descolonización del pensamiento reivindicaría a las clases y sectores sociales preteridos y oprimidos que serían, así, reconocidos y considerados sujetos históricos del nuevo tipo de sociedad a construirse.

Por ello, para que la democracia sea realmente funcional, participativa y popular, es preciso “hacer - como lo expresa Enrique Dussel - que la gente pueda participar, que no sea sólo representativo, que no se reduzca a una cúpula burocrática que gobierna desde arriba hacia abajo. Hay que modificar las instituciones políticas desde la base para poner un límite a la representación. La participación no puede ser sólo eventual, a través de algún tipo de plebiscito o consulta: la participación debe ser orgánica, con la presencia constante del pueblo, con las instituciones construidas a tal efecto. Eso exige por supuesto un tipo radicalmente nuevo de Estado, de una revolución con la participación institucional del pueblo”. Dado este paso trascendental, se podrá afirmar que existirá realmente una revolución en nuestros países, sin que hayan obstáculos que no puedan superarse, gracias en gran medida, a esos movimientos de obreros, indígenas, campesinos, afrodescendientes, jóvenes y mujeres que se hicieron visibles y cuestionan abiertamente el injusto, desigual y excluyente régimen imperante.

LA OTREDAD NUESTRAAMERICANA

LA OTREDAD NUESTRAAMERICANA

 

La especificidad de nuestra América, de lo que ésta es y ha sido como el amplio ámbito geográfico, cultural, sociológico, económico y político situado entre el sur del río Bravo y la Patagonia, donde se ha gestado una tradición ininterrumpida de luchas populares desde el instante que los europeos decidieron adueñarse de ella hasta la época actual, es una especificidad que ha ocupado a una gran porción de intelectuales tratando de explicarla y de darle alguna orientación que haga posible aflorar sus potencialidades como territorio de la emancipación integral humana. El Libertador Simón Bolívar al dirigirse a los diputados del Congreso de Angostura en 1819, destaca que se debe tener «presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del Norte, que más bien es un compuesto de África y de América, que una emanación de la Europa; pues que hasta la España misma deja de ser europea por su sangre africana, por sus instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado; el europeo se ha mezclado con el indio y con el africano. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros padres, diferentes en origen y en sangre, son extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis; esta desemejanza trae un reato de la mayor trascendencia». Esta conclusión de Bolívar será compartida, de uno u otro modo, por una amplia gama de pensadores, algunos bajo la influencia ideológica del eurocentrismo y otros guiados por la dialéctica y el materialismo histórico, lo que le convierte en un tema de discusión que no cesa, a pesar de los siglos transcurridos. Ahora muy especialmente cuando, desde las más recientes décadas, muchos acogen la propuesta de emprender y asentar un proceso de descolonialidad del pensamiento; lo que implica entender y aceptar la realidad de otros universos culturales, tan válidos o más que el representado por el eurocentrismo.

 

En su ensayo «Nuestra América», el Apóstol de la independencia cubana, José Martí, recomienda que «la historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria». Tiempo antes, el Maestro revolucionario Simón Rodríguez, con su singular estilo, hizo una acotación similar al señalar: « ¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original. Original han de ser sus instituciones y su Gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otro. O inventamos o erramos». Es decir, la otredad americana es una preocupación constante entre nosotros, los hijos y las hijas de nuestra América, presente en los llamados a la unidad e integración de nuestros países, especialmente frente a lo que éstos han sido bajo la hegemonía imperialista de Estados Unidos. Pero también es la comprensión (poco compartida con las clases dominantes) de cuáles podrían ser sus potencialidades en el campo económico, de forma totalmente independiente, sin aceptar tácita y sumisamente el papel de réplicas o sucursales de las metrópolis del sistema capitalista, convertidas -desde un primer momento- en simples proveedoras de materia prima y consumidoras de lo que produzcan las grandes corporaciones transnacionales.

 

Hace falta entender, junto con Karl Marx, que «el descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen, la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles-negras, caracterizan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria». Gracias a ello, la Europa y los Estados Unidos alcanzaron los niveles de desarrollo que, ilusamente, algunos esperan que algunos de nuestros países puedan tener en el futuro, sin detenerse a pensar que a aquellos no les conviene que esto ocurra, por muchas reformas legislativas y económicas que se hagan, ajustándose a los esquemas neoliberales.

 

La sumisión pasiva a la ley capitalista ha representado un escollo formidable contra el cual se han estrellado muchos de los objetivos de emancipación trazados por teóricos y movimientos populares, impidiendo que pueda así concretarse una verdadera revolución democrática y soberana, conducida y sustentada en toda circunstancia por los pueblos de nuestra América. En este caso, la multiplicidad y la unicidad de nuestra América representan la fortaleza y el espíritu con que nuestros pueblos puedan romper el estado de explotación y de dependencia en que aún se les desea mantener indefinidamente. Esto entraña, por otra parte, una ruptura radical con la concepción del Estado-nación a la cual nos habituamos y defendemos desde 1810, basándose más en los valores que preservan la vida en un sentido generalizado que aquellos que privilegian, por encima de todo, el lucro y el interés privado. -