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Se muestran los artículos pertenecientes al tema NUESTRA AMÉRICA.

ABYA YALA Y LA CONSPIRACIÓN PERMANENTE

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Los pueblos de nuestra Abya Yala -desde la época colonial hasta el presente- han estado sometidos a una situación histórica concreta que se manifiesta a través de las diversas estructuras políticas, económicas, sociales y culturales que han prevalecido en medio de golpes de Estado, elecciones representativas, intervencionismo gringo, revueltas y revoluciones, acabando por institucionalizarse. Dicha situación conspira permanentemente contra la posibilidad de alcanzar nuestros pueblos una emancipación integral que les permita acceder a algo más que el mejoramiento de sus actuales condiciones materiales de vida. Trascenderla exige construir una opción auténticamente emancipadora -tanto en lo práctico como en lo teórico-, partiendo de lo existente como realidad en cada uno de ellos aunque concurran similitudes que hagan presuponer que tal opción es aplicable indiferentemente en los mismos, obviando sus peculiaridades; de modo que la estrategia a utilizar para ello cumpla sus objetivos.

 

Con el objetivo de preservar su hegemonía, los sectores (o clases) dominantes -tanto externas como internas- siempre han apelado a los recursos que generen división y confusión entre los sectores (o clases) subordinados. Cuando su eficacia disminuye, originando dudas y protestas entre estos últimos, entonces recurren a las amenazas, la represión y la guerra sucia, de modo que lleguen a aceptar la fatalidad de su destino, es decir, se resignen a no traspasar y, menos, a cambiar el marco de referencia que el que se fundan sus condiciones de vida. En contra de tal situación, quienes promuevan un verdadero cambio revolucionario del modelo civilizatorio vigente tendrán que comprender -aun cuando resulte un proceso lento y, en algunos casos, extenuante, frustrante y prolongado- que la dirección, la organización y la estrategia que apunten a crear el contexto objetivo y subjetivo de la revolución deben contener rasgos inéditos que diferencien sus postulados de todo aquello que se busca transformar.

 

En este caso, siendo la labor de los revolucionarios una labor primordialmente subversiva, orientada a demoler y a sustituir las viejas estructuras del orden establecido, ella debiera ayudar a conseguir que exista una unidad concreta de los diferentes movimientos que los aglutinan -sin perder ninguno de ellos su autonomía, pero todos guiados por planes comunes-, derivada de la claridad teórica y política que tengan sus militantes y/o integrantes para explicarse y explicar el momento histórico que se vive. Con ello, dicha unidad contribuirá a elevar la conciencia y el nivel organizativo de lucha de los sectores populares, pasando a una etapa más avanzada respecto a sus esperanzas y reivindicaciones, plateándose, en consecuencia, la toma del poder.     

 

En palabras de Juan Carlos Scannone, en Filosofía de la Liberación y Sabiduría Popular, «en América Latina son los pobres y empobrecidos -exteriores al sistema de dominación- quienes condensan mejor (junto a quienes, sin ser pobres, optan por los pobres) el éthos cultural, la memoria, la conciencia y el proyecto históricos latinoamericanos, centrados en la solidaridad y la justicia» Algo que supera la voluntad de poder que ha caracterizado (y caracteriza) generalmente el activismo político -sea éste tradicional o insurgente- en nuestra Abya Yala. De ello habrá que extraerse las nociones básicas -sin exclusión ortodoxa de aportes provenientes de luchadores y pensadores de otros lares y tiempos- que le darán forma y contenido a esta opción emancipadora nacida en nuestro continente, venciendo la conspiración permanente del imperialismo gringo, las grandes corporaciones transnacionales y las clases dominantes.-

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23/01/2017 13:52 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

OTAN-COLOMBIA, ¿UN PELIGRO INMINENTE?

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No resulta ninguna novedad el anuncio hecho por el presidente José Manuel Santos respecto al acercamiento o acuerdo que adelantaría oficialmente su gobierno con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), ya que tal cosa él lo había dado a conocer tiempo atrás. Según lo afirmado por el ministro de defensa, Colombia no pretendería formar parte de la OTAN, pero sí lograr que sus Fuerzas Armadas sean más modernas, transparentes y entrenadas en tecnologías, en «lucha contra el crimen organizado y acceso a la información». Este es el argumento que se esgrime.

 

Pero, para algunos gobiernos de la región, esta decisión del presidente Santos representa una seria amenaza a la paz continental, a la que se agrega el hecho que las fuerzas armadas de Estados Unidos se hallan presentes -con inmunidad incluida- en territorio colombiano. Al respecto, se debe advertir que la OTAN -como ha sido evidente en los últimos tiempos- tiene como puntos elementales de su agenda de seguridad la lucha contra el terrorismo internacional, la proliferación de armas de destrucción masiva, la piratería y la ciberdefensa; algo que amplía enormemente su teatro de operaciones, más allá de lo que sería, estrictamente, el océano Atlántico norte, abarcando la totalidad del planeta.

 

Como se sabe, ahora el papel de la OTAN se orienta a obviar las diferencias regionales y a establecer vínculos y/o mecanismos de consulta y operaciones combinadas con gobiernos con los que compartan intereses comunes. En el caso del convenio militar suscrito entre Estados Unidos y Colombia muchos analistas anticipan la posibilidad que el Comando Sur de EE.UU. (SOUTHCOM) decida utilizar, por ejemplo, Palanquero –una base colombiana a la que tienen acceso las tropas gringas– como un corredor aéreo de la OTAN para su desplazamiento desde América del Sur a África, considerando que las estructuras militares de un Estado miembro y las de la OTAN estarán siempre interrelacionadas, por lo que una base de EE.UU. en cualquier país del mundo también lo sería de la OTAN.

 

Visto en un amplio espectro de eventuales escenarios, la decisión colombiana le abriría las puertas a una injerencia militar imperialista en cualquier parte de nuestra Abya Yala, convirtiendo el Atlántico Sur en una nueva zona de guerra, en defensa de los intereses capitalistas y geopolíticos de los poderes hegemónicos que integran su comando, tal como ocurrió con la disputa entre Inglaterra y Argentina por la soberanía de las islas Malvinas durante la cual el gobierno gringo desconoció la aplicación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), parcializándose con su par inglés. Lo cierto es que la dupla Colombia-OTAN no deja de ser una realidad, justamente en un momento histórico donde los pueblos de nuestra Abya Yala luchan por acceder a niveles democráticos, sociales y económicos que les faciliten vivir de mejor manera.

 

Un momento histórico que también se caracteriza por la reacción victoriosa de la derecha en varias naciones, recuperando el poder constituido. Además, queda pendiente lo que será el nuevo gobierno de Estados Unidos presidido por Donald Trump, sin que se descarte la posibilidad que éste continúe la política injerencista de sus antecesores en la Casa Blanca.

 

Ante ello, los movimientos populares y revolucionarios de nuestro continente tendrán que articular acciones en defensa de la soberanía de cada una de nuestras naciones; incluso, independientemente del signo ideológico de sus gobiernos. Esto abarcaría, necesariamente, la constitución de redes informativas alternativas e independientes que revelen la verdadera realidad de los diversos acontecimientos que ocurren en toda la extensión de nuestra Abya Yala, de modo que nuestros pueblos lleguen a entender sus causas y sus consecuencias, creando sus propios discursos y realidades, desechando todo lo impuesto durante siglos por las élites dominantes. Quizás entonces situaciones como la creada por la intención del gobierno colombiano de establecer vínculos con la OTAN dejen de ser decisiones de gobiernos dedicados a preservar los intereses de las clases dominantes y sea posible la realidad de un continente libre de guerra y de hegemonía imperialista.-

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23/01/2017 13:22 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

UNA DE DOS: O CAPITULAMOS O RECAPITULAMOS

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Es necesario que los revolucionarios de nuestra Abya Yala sean capaces de luchar por crear un mundo posible donde quepan muchos otros mundos (al decir de los zapatistas y de otros demandantes de la alteridad) no puramente el que ahora habitamos, donde sólo es permitido y estimulado el ‘american way life’ como muestra avanzada de civilización y de modernidad. Uno de los objetivos que debiera imponerse, por tanto, cualquier proyecto de emancipación revolucionaria es refutar y derrotar la hegemonía euro-yanqui que ha pretendido, desde hace cinco siglos, representar a todo el mundo mediante una universalidad y una modernidad que sólo se ajustan a los patrones emanados de Europa y Estados Unidos, gracias a los cuales a estos les correspondería la misión de civilizar al mundo bárbaro que no conoce lo que es la libertad, la libre economía y la democracia, permitiéndose reconfigurar, incluso, sus fronteras nacionales en función de optimizar sus supremos intereses geopolíticos y económicos. De allí que sea inaplazable fraguar -hasta donde ello sea factible, siendo conscientes, por supuesto, de las múltiples dificultades y de las limitaciones que la misma implicaría- la construcción de una fundamentación teórica de una nueva lógica (anticapitalista y antipatriarcal), de unos nuevos paradigmas y, en general, de una nueva cultura social, económica y política; extraídos de la realidad específica de las naciones nuestraamericanas, pero que no por eso suprimiría completamente la realidad experimentada en común con los demás pueblos periféricos del planeta.    

 

En tal sentido, es fundamental entender que “en América latina nos encontramos -tal como lo describe Juan José Bautista Segalés en su obra ¿Qué significa pensar desde América Latina? Hacia una racionalidad transmoderna y postoccidental- en una coyuntura histórica sin igual en la cual estamos empezando a producir no sólo otra idea de economía, política y sociedad, sino también el conocimiento con el que esta otra idea de vida, distinta de la forma de vida que los modernos nos han impuesto durante 500 años, sea posible. Ya no basta con producir los conceptos y categorías con los cuales hacer inteligible, pensable y posible este otro proyecto. El problema no está en cuestionar solamente el capitalismo, el modelo neoliberal o, si se quiere, el socialismo real del siglo XX, sino en problematizar y criticar la racionalidad que los presupone y les da sentido, para no recaer en lo que siempre criticamos y que queremos superar”.

 

Tal cuestión impone no escasos desafíos conceptuales, además de prácticas que evidencien la posibilidad real de concretarlos. Es importante comprender, además, que una revolución que se plantee reemplazar el sistema capitalista por uno más enfocado hacia los seres humanos y la naturaleza, estableciendo una simbiosis beneficiosa para ambos, lo cual no podría lograrse si aún se apela a la racionalidad que lo engendró y justifica, aun cuando se diga que es parte del cambio sugerido y anhelado por muchos a nivel mundial. Ante tamaño reto no sería extraño que algunos claudicaran mientras otros, quizás, sencillamente recapitulen y retomen la lucha bajo unos nuevos parámetros, esta vez mejor compenetrados con la realidad particular de cada pueblo y/o nación. Ello resulta más urgente cuando se observa la arremetida de los grupos y gobiernos conservadores de derecha, incluyendo triunfos electorales y los denominados golpes blandos -en lo que se considera el final del denominado ciclo progresista, tomando en cuenta lo ocurrido en Argentina y Brasil, buscando extenderse a Bolivia, Ecuador y Venezuela- en contra de las reivindicaciones de los sectores populares, restaurando y reelaborando el esquema neoliberal capitalista que tutelaba, hace tres décadas atrás, la economía mundial, sobre todo en los países de nuestra Abya Yala.

 

Este último escenario (que algunos perciben irreversible) obliga a los revolucionarios a definir posiciones. Una de dos: o capitulamos o recapitulamos. No podría confiarse en algo intermedio al respecto, si no existen criterios precisos que permitan ahondar y darle continuidad a un proyecto de transformación estructural que abarque la totalidad del modelo civilizatorio vigente. Tal cosa exige, obviamente, determinar los cambios que se harán en el campo político y su reflejo inmediato en lo económico, de manera que exista una compatibilidad entre ambos, trascendiendo el marco reformista tradicional. Pero ello requiere en todo momento que los sectores populares adquieran plena conciencia del rol histórico que les tocará cumplir para alcanzar sus aspiraciones de emancipación integral, organizándose de forma independiente en relación al Estado, con sus propias normativas y liderazgos, sin que esto signifique caer en un idealismo que, luego, al no producir resultados tangibles, haga que muchos se decepcionen y abandonen la lucha, reflejándose en la desmovilización social y el abstencionismo electoral que asegurarían -eventualmente- la restauración de las clases oligárquicas y proimperialistas.-      

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16/11/2016 12:26 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

BANDERA BLANCA PARA COLOMBIA

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Con unos antecedentes de lucha armada que ya suma 68 años, con secuelas de todo tipo que afecta a la mayoría de su población, especialmente rural, Colombia se apresta -después de cuatro años de conversaciones- a decidir la aprobación o no de los acuerdos de paz discutidos y suscritos por el gobierno de Juan Manuel Santos y el directorio de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Colombia - Ejército Popular (FARC-EP). Temas cruciales como la amnistía de los guerrilleros, su futura participación política y reincorporación a la vida civil, al igual que la violencia en campos y ciudades que ha producido miles de asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos, de desplazados, de desaparecidos, de víctimas muchas veces ajenas al conflicto armado, y la realidad macabra impuesta por el narcotráfico y el paramilitarismo amparados por las clases dominantes; fueron debatidos en La Habana a fin de cristalizar las negociaciones de paz.

 

Sin embargo, tales negociaciones no transcurrieron sin tropiezos, destacándose la hostilidad mostrada por el ex presidente Álvaro Uribe y sus partidarios, tratando de impedir que el gobierno de Santos y las FARC-EP arribaran a consensos definitivos. Para los guerrilleros de las FARC-EP habrá la oportunidad de participar civilmente en el escenario político colombiano, organizando y movilizando a los sectores populares, de manera que exista la posibilidad concreta de arrebatarles el poder político a los sectores dominantes tradicionales, con un riesgo no descartado de correr una igual suerte que sus compatriotas de la Unión Patriótica; lo que exigiría derechos y garantías efectivas de parte del Estado para que esto no ocurra. Por su parte, Santos conseguiría, con la victoria del Sí en el plebiscito convocado, legitimar políticamente los diálogos sostenidos en Cuba, logrando cimentar su imagen como mandatario y líder político, sin que ello signifique un cambio de mentalidad de su parte respecto al orden existente.

 

En su análisis “La Guerra y la Paz en Colombia”, el periodista y filósofo Eduardo Rothe indica que “el largo proceso de desmantelar la guerra civil y sus causas, es para hoy y para mañana, trabajo para las jóvenes generaciones de militares y guerrilleros, para la juventud que trabaja y estudia, que hereda una paz difícil y una reconstrucción compleja. Pero el paso principal está dado porque el fin de la guerra ya no es un sueño inalcanzable. La idea y la voluntad de una paz posible forma parte del nuevo imaginario colectivo y es, por lo tanto, una realidad política que nace con dinámica propia”. Esto, entendiéndolo en un mayor contexto, representa una seria amenaza para quienes, desde el momento inmediato a la disolución de la República de Colombia, conformada por Nueva Granada, Quito y Venezuela bajo los auspicios unionistas del Libertador Simón Bolívar, han detentado habitualmente la hegemonía política y económica en este país, sometiendo a la explotación, la pobreza y la marginación a millones de sus conciudadanos.

 

“El problema de Colombia -escribe Gabriel Ángel, escritor y analista insurgente, en artículo titulado Los silencios de los verdaderos enemigos de la paz- es que hay una casta enquistada en el poder, ligada a los más sucios negocios y la más descarada corrupción, con redes nefastas en todas las instituciones, acostumbrada a solucionar todos los problemas por medio de la violencia, la guerra y el crimen”. Resulta, por tanto, complicado anticipar un cambio inmediato en la manera como estos grupos entienden que debe ser el funcionamiento de la política y del Estado, es decir, en beneficio de los intereses de una minoría y no de una amplia mayoría, como lo demanda la población colombiana en general. En el plano regional, el final del conflicto colombiano podría derivar en un incremento de la ofensiva imperialista gringa y sus aliados contra el gobierno de Venezuela, asegurada en cierta forma la paz social del vecino país y habida cuenta que algunos grupos paramilitares serían utilizados para promover violencia, terrorismo y desestabilización de este lado de la frontera, buscando completar -obtenido el éxito de la derecha local en naciones como Argentina y Brasil- el arrinconamiento y la liquidación de los gobiernos progresistas y/o de izquierda que surgieran entre finales del siglo 20 e inicios del presente siglo, lo que representó para las elites dominantes de Estados Unidos un revés que disminuyó considerablemente su papel hegemónico en esta parte del continente americano y que ahora procura revertir de un modo definitivo.-   

   

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24/08/2016 14:47 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

ERRORES REVOLUCIONARIOS, GANANCIA DERECHISTA

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     Al analizar Álvaro García Linera, Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, en un reciente foro internacional las causas que le facilitaron a la derecha recuperar fuerzas, derrotar y poner en jaque a los distintos gobiernos progresistas y/o izquierdistas surgidos durante las dos últimas décadas en Nuestra América, admitió: "Nuestro error fue que enfrentamos la redistribución de la riqueza sin politización social". Es decir, se hizo una gestión de justicia social hacia los sectores populares largamente postergados de la inclusión en términos sociales, políticos y económicos, pero se obvió la necesidad de conducirlos a un nivel de comprensión de la realidad para trascenderla y reemplazarla radicalmente, además de ayudarlos a convertirse en sujetos históricos de su propia emancipación.

 

     Aunque algo a destiempo, pero no innecesario, esta autocrítica no deja de ser bastante interesante. Máxime al saber que quien la emite es uno de los sociólogos que ha estudiado de cerca la actualidad de nuestro continente, comprometiéndose con su vida a gestar el cambio estructural en su nación, al lado del Presidente Evo Morales y los movimientos campesinos y aborígenes que insurgieran contra los remanentes del colonialismo hispano y el imperialismo gringo. Ella es, además, la aceptación de un error muy común entre quienes asumen la revolución -en especial, la socialista- como un proceso de transformaciones que, como se está desarrollando, o trata de desarrollarse, en el marco legal vigente, será íntegramente respetado por las clases sociales y sectores políticos despojados del control del poder estatal y económico; olvidándose de la ingrata experiencia padecida por el Presidente Salvador Allende y el pueblo de Chile.

 

     Hubo entre éstos, por decirlo de algún modo, cierta ingenuidad de su parte, quizás por no entender cabalmente que toda revolución verdadera apunta a una transformación estructural permanente que debe ser protagonizada, en un primer nivel, por un pueblo realmente consciente y organizado. Sin embargo, no sería algo del todo exacto. Muchos de éstos, posiblemente de buena fe, estaban convencidos de que lo que hacían desde el gobierno y partidos políticos era parte determinante de la acción revolucionaria, bastando nada más con seguir asegurándose el voto de las mayorías para disponer del poder y satisfacer cada cierto tiempo las demandas que éstas les presentaran; repitiéndose un ciclo que ya se había vivido bajo los gobiernos reformistas tradicionales (salvo durante la etapa dictatorial, auspiciada por Washington).

 

     De esta forma se podría explicar, someramente, cómo teniendo un amplio respaldo popular ahora estén tales gobiernos sometidos a los embates de la derecha, sin hallar una fórmula efectiva que pueda contenerlos exitosamente, si no es alguna apegada a las establecidas por las leyes y la Constitución; lo que aumenta las posibilidades de la derecha de lograr su único y mayor objetivo: el poder constituido. Esto reduce enormemente el grado de maniobrabilidad de cada gobierno izquierdista y/o progresista mientras sus enemigos hacen acopio de todos los recursos disponibles para hostigarlos y vencerlos, así ello implique colocarse al margen de la democracia y de las leyes, como se evidencia a diario en Venezuela, secundados por una campaña mediática abiertamente injerencista, cuyos núcleos se ubican en Bogotá, Madrid y Miami, distorsionando desvergonzadamente la realidad de cada una de nuestras naciones.

 

     De ahí que sea imperativo que la dirigencia de estos procesos de cambios revolucionarios sepa entender e implementar a tiempo las medidas que se requieren para conjurar las amenazas crecientes y nada disimuladas de la derecha fascistoide y, por supuesto, del imperialismo gringo, ansioso por ejercer un control exclusivo y directo de los diversos recursos estratégicos que se hallan en Nuestra América; medidas que únicamente resultarán eficaces si los sectores populares se organizan, actúan y crean sus propios espacios autogestionarios, dando nacimiento a unas nuevas relaciones de poder y, en consecuencia, a un modelo civilizatorio de nuevo tipo (aunque suene utopista).

 

     En resumen, entretanto se mantenga sin afectación alguna el viejo régimen burgués liberal -no obstante la existencia de leyes que harían factible su transformación de raíz mediante la activación contínua del poder popular constituyente- jamás se podrá consolidar ninguna revolución (sobre todo, de carácter socialista) en Nuestra América. Es aún necesario, como lo reconoce García Linera, que al gobierno con pretensiones revolucionarias lo acompañe un vasto movimiento social organizado, sin cooptación o dependencia de por medio que invalide su accionar revolucionario y constituyente; lo que permitiría vencer efectivamente (ojalá para siempre) los planes desestabilizadores y neocolonialistas del imperialismo yanqui y de sus acólitos locales.-

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15/06/2016 11:56 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

TODO POR TEMERLE AL PUEBLO

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Con Atilio Borón, de su obra escrita «Aristóteles en Macondo: notas sobre el fetichismo democrático en América Latina», decimos que «la cuestión que se plantea con más y más frecuencia en Latinoamérica es: ¿hasta qué punto es posible hablar de soberanía popular -esencial para una democracia- sin soberanía nacional? ¿Soberanía popular para qué? ¿Puede un pueblo sometido al dominio imperialista llegar a tener ciudadanos autónomos que decidan sobre su propio destino?» A la luz de los diversos acontecimientos que han marcado la historia reciente de los pueblos de Nuestra América -sacudidos por la intervención militar del imperialismo gringo, abierta en algunos casos y, en otros, arropada por una supuesta lucha antiterrorista y antidrogas; la destitución anticonstitucional de presidentes progresistas y/o progresistas, inaceptables para la Casa Blanca y sus camarillas de súbditos neocoloniales; bloqueos y sabotajes económicos; asesinatos de líderes políticos y populares destacados; amenazas a la estabilidad democrática de la región, y repunte de los sectores de la derecha internacional, «renovada» en algunos aspectos- es previsible concluir que las respuestas a tales interrogantes tendrían que plasmarse (gústenos o no) en un cambio estructural generalizado; es decir, en una revolución de nuevo tipo que abarque al mismo tiempo lo político, lo económico, lo social y lo cultural, de un modo permanente y creativo.

Nunca podrá emprenderse una revolución con estas características mientras subsistan -sin una modificación profunda que corresponda al espíritu de la revolución que se pretende impulsar- las mismas leyes, los mismos procedimientos administrativos, la misma burocracia y las mismas instituciones del Estado burgués liberal que son, a grandes rasgos, opuestos a la existencia y a la organización del poder popular mediante el ejercicio de la democracia participativa o directa. Ello explica por qué, a pesar del amplio respaldo brindado por los sectores populares a los gobiernos de Brasil y de Venezuela (al igual que otros similares) éstos siguen siendo víctimas del acoso ordenado desde Estados Unidos, sin impedirse de forma definitiva las acciones abiertamente desestabilizadoras de los grupos de la derecha.

Esto también nos remite a la vieja enseñanza leninista respecto a que sólo los revolucionarios hacen las revoluciones, algo que se ha obviado tercamente; en algunas situaciones, invocando que todo debe hacerse sin precipitaciones, paulatinamente. Quienes así lo piensan olvidan que, eventualmente, si la correlación de fuerzas amenaza su hegemonía, los sectores dominantes podrán hacer algunas concesiones que recreen la ilusión de armonía entre éstos y los sectores populares, incluso aceptando la elección de un presidente «revolucionario» o renovador, pero que estarán siempre dispuestos a obstaculizar y a combatir todo intento de modificar el orden establecido, así esto represente abandonar su aparente talante democrático y apoyar la imposición de una dictadura fascistoide, violatoria de todo derecho humano, contando con el beneplácito (como sucede desde principios del siglo pasado) del régimen imperialista de Washington. No basta con vocear y exigir el respeto a la legalidad y las reglas del juego a sectores que, de antemano, jamás aceptarán la idea de perder privilegios prácticamente heredados de generación en generación desde la época colonial y que han conservado a través del tiempo gracias a la corrupción y la complicidad de gobernantes inescrupulosos, arrodillados ante el poder económico y militar estadounidense.

Contrariamente a esa posición, si se quiere estúpida e ingenua, se impone realizar un reforzamiento del carácter rebelde de los pueblos de Nuestra América, puesta manifiesto en toda su historia y la cual les hizo elegir presidentes, cuyos programas políticos incluirían parte de sus aspiraciones. Sin embargo, hará falta confiar en la capacidad de estos mismos pueblos para crear mejores niveles de participación política y de toma de decisiones que impliquen transformar las diferentes estructuras que caracterizan al actual modelo civilizatorio. Si los nuevos gobernantes surgidos de estas rebeliones populares no hacen un mínimo esfuerzo por lograr esta última meta y sencillamente se limitan a confiar en el establecimiento de pactos que garanticen la gobernabilidad y que nada podrá ocurrir fuera del marco legal que les afecte, estarán dando ánimos a los sectores de la derecha para que actúen y alcancen su objetivo: la recuperación del poder perdido. Todo por temerle a la revolución popular.-

 

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26/05/2016 12:28 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

LOS VOTOS NO SON SUFICIENTES

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Conocida la situación creada en contra de la Presidenta Dilma Roussef y lo ocurrido electoralmente en menos de un año en Argentina, Venezuela y Bolivia, podría afirmarse que el aparente avance derechista en éstos y otros países de nuestra América tiene su principal punto de apoyo en la aceptación de las reglas de juego burguesas y el descuido respecto a la constitución e independencia de un verdadero poder popular; además del mantenimiento de las estructuras y del marco legal del antigüo régimen. 

Frente a esta realidad incómoda, se debe entender que mientras subsista el antigüo régimen -a través de la representatividad, la verticalidad jerárquica, el burocratismo y los procedimientos administrativos que lo legitiman- ningún esfuerzo hará posible la Revolución. Las estructuras del viejo Estado burgués-liberal acaban por convertirse en una gran camisa de fuerza que limita y ahoga toda aspiración revolucionaria de los sectores populares, dado que ellas están diseñadas básicamente para responder a los intereses de las clases dominantes y escasamente a favor de las mayorías.

En el caso reciente de Brasil, la primera lección que se puede extraer es que por muchos votos que se obtengan en cada proceso electoral victorioso, éstos no resultarán suficientes para lograr y consolidar una revolución de cualquier tipo, si éstos no se acompañan con la conformación y la movilización de un poder popular autónomo que oriente sus acciones fundamentales a la transformación estructural efectiva del Estado y del sistema económico capitalista, extendiéndose a todo el conjunto de la sociedad.  Más aún si se tiene pleno conocimiento respecto a las pretensiones nunca negadas o encubiertas de los grupos contrarrevolucionarios de adueñarse del poder a cualquier precio y sin importar cuáles serían los medios violentos y/o "pacíficos" a emplearse para alcanzarlo; contando siempre con el respaldo "desinteresado" del imperialismo gringo. 

Los reveses sufridos por los gobiernos izquierdistas y/o progresistas de la región, gran parte de los cuales han contado con un importante caudal de votos desde un primer momento, se explican así a la luz de su comportamiento frente a la vigencia del Estado burgués-liberal, apenas afectado por sus planteamientos de cambio; dedicándose, la mayoría de las veces, sencillamente a conservar sus cuotas de poder, apelando, incluso, al clientelismo político practicado en el pasado por los partidos políticos tradicionales. Ciertamente, mucho de lo hecho por cada uno de estos permitió saldar la deuda social acumulada durante más de medio siglo, mejorando enormemente las condiciones materiales de vida de los sectores populares pobres o empobrecidos, lo que es sólo negado a ultranza por quienes están interesados en su eventual derrocamiento, pero se obvió que ello se estaba llevando a cabo en el marco de actuación de un Estado adaptado a los requerimientos de una democracia representativa, no participativa ni protagónica y, por consiguiente, sin espacios abiertos a la influencia y las acciones de un poder popular  organizado. Éste último, condiciones apropiadas, habría servido para contrarrestar el activismo opositor y la injerencia poco disimulada del imperialismo gringo, sirviendo de freno al mismo tiempo a cualquier intención anticonstitucional y antidemocrática que osare mostrar el sector militar.

Ahora quedará esperar que las movilizaciones populares impidan que sigan suscitándose mayores arremetidas del imperialismo yanqui y de los grupos conservadores que acatan sus directrices incondicionalmente. Sin embargo, los distintos gobiernos a ser defendidos por medio de estas masivas movilizaciones populares tendrían que recapacitar seriamente sobre sus procederes y replantearse los objetivos revolucionarios que facilitaron su ascensión al poder; actuando en consecuencia para que la soberanía popular sea una realidad efectiva y no simplemente retórica para captar votos.

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26/05/2016 11:20 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

CHE, MÁS ALLÁ DEL MITO

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El 11 de octubre de 1967, Walt Rostow, asesor del presidente estadounidense Lyndon Johnson, le envía a éste un memorando donde analiza las implicaciones del ajusticiamiento de Ernesto Che Guevara: "Su muerte marca la desaparición de otro de los agresivos revolucionarios románticos... En el contexto latinoamericano, tendrá un gran impacto en descorazonar futuros guerrilleros”. A pesar de la sensación de triunfo que embargó a los sectores dominantes estadounidenses y latino-caribeños del momento, la desaparición física del Comandante Guevara no impidió que se mantuviera latente la lucha de resistencia de los pueblos de nuestra América por su liberación nacional.

 

Médico de profesión, pero revolucionario internacionalista de convicción, más allá del mito, el Che representa un ejemplo permanente de pensamiento y de acción en pos de la construcción de un modelo de civilización de nuevo tipo, como lo demostrara en diversos momentos de su vida, reivindicando una tradición de lucha revolucionaria que diera comienzo con el proceso independentista de las naciones de nuestro continente. En él no tenían cabida los prejuicios chovinistas exhibidos por algunos seudo revolucionarios para quienes la revolución es un proceso a desarrollarse fronteras adentro de sus países, sin llegar a comprender a cabalidad la dimensión de la lucha anticapitalista y antiimperialista al lado de todos los demás pueblos del planeta.

 

Esa visión internacionalista de la revolución le llevó a dejar Cuba, donde fácilmente pudo quedarse con su familia y ejercer funciones importantes de gobierno. Sin embargo, en vez de ello decidió incorporarse a las guerrillas que combatían el colonialismo belga en África. Incluso, tuvo la idea de unirse a la lucha guerrillera en Venezuela, pero por diferencias con quienes estaban al frente de la misma no pudo concretarse, teniendo que esperar su momento para ir a Bolivia y, desde allí, crear las condiciones necesarias para que la América nuestra insurgiera en masa contra el imperialismo gringo y sus lacayos tradicionales. Todo esto en un contexto generalizado de lucha antiimperialista, cuyos símbolos más resaltantes entonces eran Vietnam y Cuba, enfrentados en una guerra asimétrica contra el poderío militar y económico de Washington.

 

Pero, al margen de sus experiencias militares conocidas, el Che demostró sus dotes como teórico original del socialismo revolucionario, de modo que se pudiera contar con las herramientas ideológicas adecuadas a la realidad cubana, en un primer lugar, y que éstas, en un segundo plano, sirvieran para orientar lo propio en otras latitudes a fin de destruir el orden imperante de explotación y alienación creado por el sistema capitalista hegemónico. Esto lo condujo a teorizar sobre el hombre y la mujer nuevos, dejando a la posteridad un conjunto de reflexiones fundamentales para emprender la transición hacia el socialismo.

 

Como lo recordara el Comandante Fidel Castro el 15 de octubre de 1967 durante la velada en su memoria, el Che “no es que reuniera esa doble característica de ser hombre de ideas, y de ideas profundas, la de ser hombre de acción sino que Che reunía como revolucionario las virtudes de un revolucionario: hombre íntegro a carta cabal, hombre de honradez suprema, de sinceridad absoluta, hombre de vida estoica y espartana, hombre a quien prácticamente en su conducta no se le puede encontrar una sola mancha. Constituyó, por sus virtudes, lo que puede llamarse un verdadero modelo de revolucionario”.

 

Para el Che Guevara, la conciencia revolucionaria mediante el trabajo voluntario, sin percibir remuneración material alguna, como es habitual bajo la lógica del capitalismo, era un modo apropiado de formar y elevar la conciencia socialista de los revolucionarios y convertirla en fuerza vital para alcanzar los cambios estructurales que debiera impulsar y consolidar la Revolución en todo momento. Por ello, no elude la polémica (todavía vigente) frente al dogmatismo soviético, el cual contradecía los postulados ideológicos del materialismo científico y que, décadas después, confirmaría lo que ya anticipaba el Che respecto al verdadero carácter contrarrevolucionario y reformista del Estado y de la burocracia imperantes en la extinta Unión Soviética.

 

Del mismo modo que el Che lo alertara en su Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, en abril de 1967, “todo parece indicar que la paz, esa paz precaria a la que se ha dado tal nombre, sólo porque no se ha producido ninguna conflagración de carácter mundial, está otra vez en peligro de romperse ante cualquier paso irreversible e inaceptable, dado por los norteamericanos. Y, a nosotros, explotados del mundo, ¿cuál es el papel que nos corresponde? Los pueblos de tres continentes observan y aprenden su lección en Vietnam. Ya que, con la amenaza de guerra, los imperialistas ejercen su chantaje sobre la humanidad, no temer la guerra es la respuesta justa. Atacar dura e ininterrumpidamente en cada punto de confrontación, debe ser la táctica general de los pueblos. Pero, en los lugares en que esta mísera paz que sufrimos no ha sido rota, ¿cuál será nuestra tarea? Liberarnos a cualquier precio”. En la actualidad, su legado revolucionario conserva toda una vigencia plena, fuera de todo dogma que pretenda limitarlo y siempre abierto a las nuevas generaciones de revolucionarios a profundizar en sus enseñanzas para la construcción definitiva y verdadera de la revolución socialista.-

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07/10/2015 18:16 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

VIGENCIA BOLIVARIANA DE LA CARTA DE JAMAICA

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En su “Contestación de un Americano Meridional a un caballero de esta isla”, mejor conocida en la historia como la Carta de Jamaica, dirigida al súbdito británico Henry Cullen, residenciado en la costa norte de Jamaica, el Libertador Simón Bolívar traza lo que será su visión respecto a la lucha por la independencia de Venezuela y del resto del continente americano, en momentos que España aspira reconquistar sus antiguas colonias tras enfrentar -junto con las demás monarquías europeas de la época- a la maquinaria bélica de Napoleón Bonaparte, quien traicionara los ideales de la Revolución de 1789 para convertirse en el emperador de los franceses.


Como lo resaltara el historiador Peter Mendoza en un foro organizado en fecha reciente por la Asamblea Nacional de Venezuela, “la Carta de Jamaica es un documento vigente, un documento más lleno de presente y de futuro, que de pasado”.


De hecho, en ella Bolívar adelanta que “la Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una república central, cuya capital sea Maracaibo, o una nueva ciudad que, con el nombre de Las Casas, en honor de este héroe de la filantropía, se funde entre los confines de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía-honda”. Sin embargo, él está consciente, al mismo tiempo, de lo que esto implicaría, por lo que también anticipa que “es muy posible que la Nueva Granada no convenga en el reconocimiento de un gobierno central, porque es en extremo adicta a la federación; y entonces formará, por sí sola, un Estado que, si subsiste, podrá ser muy dichoso por sus grandes recursos de todo género”.

 

Algo que se concretó con la creación y la posterior disolución de lo que hoy todos conocemos como la Gran Colombia, un brillante y ambicioso esfuerzo unificador que, salvando las distancias y los tiempos, se expresa en la actualidad en las organizaciones integracionistas de la ALBA-TCP, CELAC y UNASUR, las cuales han servido para contrarrestar la hegemonía que tradicionalmente ejerciera Estados Unidos sobre la totalidad de nuestra América, impulsada básicamente por los pueblos y gobiernos de Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela; contribuyendo con ello a erigir un mundo multicéntrico y pluripolar, tal como lo potenciara vehementemente el Comandante Hugo Chávez, en momentos que la soberbia imperial gringa se hacía sentir impunemente en diversas latitudes del planeta con imposiciones, invasiones y saqueos.


Bolívar continúa diciendo: “Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración. Sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos: conservadores y reformadores. Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las potestades establecidas; los últimos son siempre menos numerosos, aunque más vehementes e ilustrados. De este modo la masa física se equilibra con la fuerza moral, y la contienda se prolonga siendo sus resultados muy inciertos. Por fortuna, entre nosotros, la masa ha seguido a la inteligencia”.

Esto último, ciertamente, se ha visto torpeado desde distintos ángulos, tanto internos como externos, tratando de mantener intacto el viejo orden establecido, en contra de las necesidades y las aspiraciones de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños. Algunas veces, recurriendo a fórmulas retrógradas como los golpes de Estado, paros empresariales y asesinatos políticos. Otras, mediante la alteración del orden público, las manipulaciones del tipo de cambio, las campañas mediáticas que refuercen la sensación de estar inmersos en un total estado de ingobernabilidad y el asedio económico que se expresa a través de la especulación, la desaparición artificial y el contrabando de diferentes productos de primera necesidad.

 

No obstante, el mismo hecho que los sectores reaccionarios estadounidenses y sus partidarios en nuestra América y el Caribe estén fraguando estrategias comunes que eviten, en lo posible, cualquier insurgencia popular que precipite una variación profunda de la realidad vivida por nuestras naciones desde que decidieran ser independientes de la corona española. En tal sentido, la Carta de Jamaica nos da cuenta de la vigencia bolivariana sobre la necesidad histórica de abordar la defensa de la soberanía política, económica y cultural de las naciones de este continente no puede ser abordada de un modo aislado, facilitándole oportunidades a sus enemigos de truncar su camino hacia su independencia integral y definitiva, como lo ansiaron los próceres de nuestra Patria Grande.-

 



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03/09/2015 18:08 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

LA INDEPENDENCIA Y LA REVOLUCIÓN POPULAR DE 1814

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Para los grupos dominantes de la Colonia significó un hecho terrible y escandaloso que las clases subordinadas (pardos, blancos de orilla y negros esclavizados) ahora —luego de proclamada la independencia de Venezuela y derrotada la primera República— pudieran ejercer el poder, comportándose como sus iguales y trastocando el orden «natural» de las cosas. Algo con lo que no contaron al momento de adherirse al movimiento independentista y a los ideales de igualdad, fraternidad y libertad que copiaran de la Revolución Francesa, algunos sin mucho entusiasmo de su parte y otros con un febril fanatismo.

Esto último lo resalta Caracciolo Parra Pérez, en su obra Historia de la primera República de Venezuela, al decir: «De la casta de los criollos saldrán los aristócratas revolucionarios, pero no todas las gentes de ella (la Colonia) abrazarán las ideas nuevas, porque la dominación de los mantuanos se temía por quienes no lo eran». Esto hará que el grueso de la población de entonces, los pardos, terminen enlistándose en las tropas realistas, dando rienda suelta a sus ansias de justicia social.

Para el bando realista había llegado el momento de saldar viejas cuentas con los mantuanos, acostumbrados como estaban éstos a imponer sus prerrogativas aristocráticas, justificadas por ser descendientes directos de los primeros aventureros españoles que conquistaron a sangre y fuego el actual territorio venezolano, y a ejercer, por cierto, su dominio de un modo totalmente despótico.

Por eso sus representantes, tanto los ubicados del lado de la Revolución independentista como también aquellos que aspiraban a la restauración del régimen colonial, coinciden en el temor que les inspiran las gentes que conforman el ejército que sigue a José Tomás Boves, convertido en caudillo popular; acicateados por sus deseos de justicia y de igualación sociales, negados en la práctica, mas no en el discurso, por las nuevas autoridades republicanas que reemplazan la antigua Capitanía General de Venezuela.

Ello obliga a muchos a abandonar sus hogares en busca de salvación ante el avance implacable de quienes fueran víctimas de su explotación y odio de clase. Incluso El Libertador Simón Bolívar llega a plantearle al régimen monárquico de la Gran Bretaña el auxilio para evitar que se repitan en Venezuela, al igual que en las posesiones coloniales inglesas en el mar Caribe, los mismos sucesos que en Haití al obtener su independencia y formar el primer gobierno revolucionario con ex esclavizados. Existían, entonces, intereses comunes en contra de la rebelión popular que se había desencadenado en territorio venezolano tras los acontecimientos de 1811, la cual —finalmente— habría de acabar con las estructuras sobre las que se mantenía el sistema colonial, aunque mucho de su ideología sería perpetuado por los nuevos representantes de los sectores desplazados por la guerra.-

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09/07/2015 17:43 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

¿REFORMISTAS DE PRIMERA, REVOLUCIONARIOS DE SEGUNDA?

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Ciertamente, las múltiples trabas y ataques que sufriría cualquier experiencia revolucionaria tendrían que provenir, obviamente, de parte de los sectores dominantes y conservadores desplazados del poder. Lo duro y lo decepcionante es que esto lo protagonicen aquellos que, de una u otra manera, ocupan cargos de gobierno y de dirección política cuando lo lógico es que cada uno de ellos debería contribuir efectivamente con el avance revolucionario y la construcción socialista de una nueva sociedad. De persistir tal situación, la experiencia revolucionaria correría el riesgo de ser secuestrada por el reformismo que, en este caso, es lo mismo que la contrarrevolución, suscitándose entonces la paradoja de ver reformistas reconociéndose a sí mismos como personas de primera mientras que a los revolucionarios (sobre todo, a aquellos con una formación político-ideológica forjada a través del estudio y la lucha permanentes) se les ve y confina a un segundo plano, desestimando de antemano sus posibles aportes en la misión de transformar radicalmente el modelo de sociedad y Estado actualmente imperante, diseñado éste según los intereses capitalistas.

En nuestra América desde largo tiempo se ha reaccionado en contra del modelo civilizatorio impuesto por Europa y reforzado (para satisfacción de sus intereses) por el imperialismo gringo, lo que supuso el desarrollo de una gama de protestas e insurrecciones populares que sólo han cesado parcialmente en l actualidad gracias al surgimiento de gobiernos de inspiración izquierdista y/o centroizquierdista que buscan diferenciarse de sus antecesores conservadores y neoliberales. Esto ha llevado a plantearse seriamente la erradicación del viejo sistema político que excluyó por más de un siglo a los sectores populares y favoreció ampliamente a unas elites oligárquicas enlazadas descaradamente con los grandes centros de poder hegemónicos, especialmente de Estados Unidos, lo que convirtió a nuestras repúblicas en semicolonias de éstos, con una alta dependencia respecto a los mismos. Esta convicción comenzó a extenderse en las últimas décadas entre nuestros pueblos, a tal grado que hoy resultaría prácticamente imposible volver a las situaciones del pasado sin que esto llegue a provocar una sublevación popular incontenible. De ahí que, en correspondencia con ese estado de ánimo generalizado de nuestra América, tal como lo señala Marta Harnecker en su laureado libro Un mundo a Construir (nuevos caminos), “tenemos que crear un sistema político de representación, o delegación, pero éste debe ser muy diferente al sistema democrático burgués. Este último concibe a sus representantes como profesionales de la política y, por lo tanto, considera que deben recibir una remuneración por su desempeño y, una vez electos, su mandato es exclusivamente unipersonal, alejado de sus electores a los que sólo vuelven a contactar en un periodo electoral. El sistema de delegación o vocería que se propone como alternativa es la antítesis de estas concepciones y prácticas: las personas electas como representantes, delegados o delegados, voceros o voceras, deben mantenerse ligadas a sus bases, las que, a su vez, deben supervisar y guiar su trabajo y prevenir su burocratización. No un mandato libre por un cierto tiempo como los representantes burgueses, sino que deben guiarse por las decisiones y orientaciones de sus electores quienes deben evaluar su desempeño de acuerdo a las tareas que le van asignando. Esto es lo que los zapatistas han querido significar al plantear que hay que mandar obedeciendo”.

Por ello, al suscitarse una situación propiamente revolucionaria, con signos evidentes de querer construir realmente una nueva sociedad bajo los ideales socialistas en nuestra América, afloran en lo inmediato las contradicciones, las debilidades y las inconsistencias ideológicas, siendo todas ellas producto del tipo de cultura heredado, por lo que muchas veces el hecho revolucionario sólo se refleja en el discurso, mas no en la práctica. Indudablemente, tal circunstancia ocasiona un choque de visiones e intereses que termina por confundir a los sectores populares, dada su escasa o nula conciencia político-ideológica que los lleva a preferir a quienes le aseguren (aunque luego incumplan) la satisfacción de alguna pronta necesidad material, cuestión que acaba por brindarle oportunidades al bando contrarrevolucionario, cuando el compromiso debiera ser transcender la vieja práctica política burguesa y sus reglas de juego mediante un programa de contenido revolucionario, en articulación con los niveles de organización y de conciencia alcanzados por los sectores populares, manteniéndose en el tiempo y sirviendo de brújula para la acción revolucionaria permanente, lo que evitaría el reformismo y haría posible, en consecuencia, el surgimiento de una sociedad socialista de nuevo tipo.-

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06/09/2014 14:10 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

NUESTRA AMÉRICA Y LA CORRESPONSABILIDAD PLANETARIA

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En la reciente cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) celebrada en Cuba, el Presidente de Uruguay José “Pepe” Mujica expresó de una forma sencilla y, si se quiere, filosófica, la gran preocupación que embarga en la actualidad a los pueblos de la Tierra en su conjunto ante la hegemonía militar, económica y cultural de un imperio combinado de gobiernos y corporaciones transnacionales capitalistas (con Estados Unidos a la cabeza), cuya característica principal es la de no importarle para nada la suerte (o la muerte) de aquellos que tienen la desgracia de padecer sus embestidas arbitrarias. Y no es casual que esto haya ocurrido en nuestra América, el antiguo patio trasero de Estados Unidos, un amplio territorio donde los pueblos se han pronunciado en las últimas décadas por recuperar su dignidad, su identidad cultural y su total soberanía frente al despotismo de unas minorías gobernantes que sólo usufructuaron el poder y se contentaron con seguir, de forma estricta y sumisa, todos los dictados de Washington.

“Hay una corresponsabilidad planetaria, - expuso el primer mandatario uruguayo a sus pares de nuestra América y del Caribe- y esta es la batalla más dura, más larga; porque si no hay cambios culturales, no existe la fortaleza para la semejante tarea que tenemos por delante. Creo que el Hombre tiene que luchar por la felicidad concreta, y eso es tener tiempo para vivir. Para ser libre hay que tener tiempo, un poco de tiempo para vivir, para poder cultivar las 3, 4, 5 cosas inapelables, fundamentales, unidas a la vida; y después de eso, lo demás es bulla y lamento. Pero, para que las masas puedan tener ese tiempo hay que cuidar los recursos, y hay que cuidar la política, la imagen de la política. Nuestra vida, nuestra conducta, nuestra vidriera, precisamente, son las formas más directas de comunicación con nuestros pueblos. Y si perdemos la confianza de nuestros pueblos, si nuestros pueblos no entienden, y no entienden por nuestras gestualidades, a veces inútiles, porque también nosotros pertenecemos a una cultura invasora, agresiva”. Con ello compendió lo que le correspondería asumir a los diversos regímenes progresistas y revolucionarios, además de los distintos movimientos populares, que han emergido en este continente, ya que el colapso del sistema capitalista mundial, unido a la emergencia que padece el planeta entero debido a los cambios climáticos que nos afectan a todos, ha logrado que las luchas y los planteamientos revolucionarios de nuestros países sean hoy una referencia para el resto del mundo; cuestión que exige mucha claridad y mucha madurez político-ideológica de nuestra parte, sobre todo cuando se le ha dado nuevos ímpetus y una nueva interpretación a los ideales del socialismo revolucionario.

Así, nuestra América -con ese ejemplo integracionista dado en La Habana, a pesar de las evidentes disparidades existentes entre sus pueblos y sus gobiernos- podría adjudicarse un papel fundamental en la construcción de un nuevo orden social, político y cultural que sea reflejo de las aspiraciones y de las potencialidades creadoras de toda la Humanidad. Con todo, hay que estar conscientes que, como lo dijo el Presidente Mujica, “esta es la batalla más dura, más larga; porque si no hay cambios culturales, no existe la fortaleza para la semejante tarea que tenemos por delante”. Tales cambios son importantes y necesarios. Sin ellos cualquier tentativa por transformar las estructuras que sostienen el orden establecido sería inútil y nos conduciría a nuevos y trágicos callejones sin salida que sabrían aprovechar el imperio capitalista mundial y sus colaboradores de siempre, imponiéndonos un yugo mayor y más difícil de arrojar.- 

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10/02/2014 18:06 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

¡BOLÍVAR VIVE, NUESTRA LUCHA SIGUE!

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Para asegurar la independencia de medio continente, Simón Bolívar no escatimó esfuerzo alguno. A su innegable condición de conductor y estratega militar exitoso, se unían una férrea voluntad y una personalidad política fraguadas a través de su formación ideológica autodidacta, sus lecturas selectas, su reflexión acertada y su contacto directo con personas que pudieran ampliar y enriquecer su visión del mundo, incluyendo a aquellas que fueran sistemáticamente segregadas por el injusto sistema de castas impuesto por el régimen colonial español, cuyos brazos y corazones ansiosos de libertad hicieron posible la Patria nueva de América. En este esfuerzo interminable por construir un modelo de sociedad republicana que sirviera de luz a los pueblos de la Tierra, El Libertador visualizó que ello sería posible librando más batallas contra el colonialismo heredado, implementando una nueva concepción educativa, cuyos fundamentos básicos exaltaran los valores que constituirían siempre la conciencia republicana y/o ciudadana de todos y todas, de modo que ya no existiera ninguna desigualdad ni privilegios basados en el color de la piel, la condición económica ni el lugar de origen.

 Todo esto, a la larga, tendría que materializarse en la conformación de una gran nación que -a diferencia de las ex colonias británicas al norte de nuestro continente, lo mismo que de Europa, pese a lo iniciado por los franceses en 1789- se destacara más por sus virtudes cívicas y demócratas que por la extensión de su territorio y sus grandes riquezas materiales, en donde cualquier hombre y mujer vivieran realmente en libertad, “buscando sólo el mérito”, según lo expresara el mismo Libertador. En tal sentido, a esto último habría que agregar lo que afirmara el Maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa de este insigne caraqueño respecto a que éste “pensó en un hombre moral, capaz de hacer justicia y de pedirla para los otros, soldado de la libertad, respetuoso de la ley y amante de la Patria, es decir, el ciudadano completo”. Con ello siempre en mente, Bolívar veía en una educación popular ampliamente extendida y sustentada en la idiosincrasia del pueblo la vía más que adecuada para alcanzar realmente la independencia integral de nuestra América.

 Por eso mismo, “ese Bolívar ilustrado, librepensador, activo, fecundo, curioso, insatisfecho, inagotable -al decir del poeta Gustavo Pereira en su obra “Simón Bolívar, escritos anticolonialistas”- no había asumido la lucha emancipadora suramericana cual simple y pura rebelión para cambiar las formas. A diferencia de los aristócratas mantuanos a los que por orígenes pertenecía, su compromiso es de transformación total, no sólo de la realidad política. Su postura ante el mundo es la de quien se sabe instrumento no de un deber -deber, más que mandato expreso de las masas populares desposeídas, incorporadas en gran medida durante los primeros años de la guerra a los ejércitos realistas- sino de acendrados ideales de ruptura de un orden, de sed de gloria justiciera, de aquel fuego sagrado que impulsaba su voluntad a contrapelo de decepciones y descalabros”. En esto radica su vigencia y su grandeza, por lo que Bolívar, el hombre diáfano y de las dificultades a quien tanto temen las oligarquías internas y externas de siempre, seguirá viviendo en nuestras luchas y nuestras esperanzas revolucionarias de construir un mundo cada vez mejor que el actualmente existente.-  

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23/07/2013 16:29 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

ALLENDE Y LA VÍA CHILENA AL SOCIALISMO

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Treinta y nueve años luego de acaecido el sangriento golpe de Estado perpetrado en Chile por las fuerzas armadas capitaneadas por el General Augusto Pinochet, aún se discute si el gobierno del Presidente Salvador Allende habría derivado o no hacia un gobierno eminentemente popular y radical que facilitara la construcción del socialismo revolucionario en dicho país. En tal sentido, mucho se ha afirmado -a veces sin una base argumental sólida- que todo ello fue causado por las pugnas y los fraccionalismos de los diversos factores políticos de izquierda que conformaran la Unidad Popular mediante la cual ganara Allende la presidencia de la república, aparte de las intrigas y el intervencionismo del imperialismo yanqui, como se comprobara después.

Sin embrago, frente a esta opinión generalizada, se levanta otra que establece que una gran cuota de responsabilidad recae en el martirizado Allende y su gobierno al intentar una vía al socialismo utilizando las herramientas de la democracia representativa, buscando apoyarse en una alianza con sectores de la burguesía chilena, obviando lo que la historia siempre ha puesto al descubierto: la imposibilidad de contar con la burguesía para hacer una revolución socialista que termine afectando sus privilegios e intereses capitalistas, en una hibridación ilusoria que nada más ha favorecido a los sectores burgueses desde que éstos empezaran a dominar la escena política al producirse la Revolución Francesa en 1789 y, mucho antes, cuando Oliver Cromwell hiciera lo propio en Inglaterra.

Desde entonces -y a la luz de lo que tiene lugar actualmente en naciones como Ecuador, Bolivia o Venezuela- se ha planteado y creído que la vía chilena al socialismo sería algo posible y permanente si se conquistan los mismos mecanismos legalizados utilizados por los sectores dominantes, esperando que algún día se concreten las condiciones subjetivas y objetivas que hagan del proletariado -en términos clásicos- el sujeto histórico de la revolución socialista. Esto ha supuesto diferentes modos de entender la realidad nacional en cada país, con el error común de quererlos aplicar como ley universal, sin atender a las peculiaridades de cada uno. Así, se recurre a formulaciones automáticas de aportes teóricos que pudieron servir coyunturalmente de guía de acción revolucionaria en algún tiempo y latitud, pero que hoy requieren redefinirse sin que se interprete como una negación -también automática- de su posible vigencia.

Por ello, la experiencia impulsada por Salvador Allende no puede simplificarse así nomás y terminar en el terreno común de señalar que la misma sólo hubiera sido consolidada mediante las armas, negando con esto las perspectivas que crearía un mejor nivel de organización, de movilización y de formación revolucionaria de los sectores populares, liderados por una vanguardia revolucionaria debidamente formada y consciente de la necesidad histórica de demoler radicalmente las estructuras políticas, sociales, culturales y económicas que han legitimado la explotación, las injusticias y la hegemonía capitalistas.

Basta ver cómo la correlación de fuerzas favorece en la actualidad a los sectores populares de nuestra América, conformando un abanico de opciones que, aun siendo diferentes en su concepción e intereses, coinciden en la necesidad urgente de trascender al capitalismo y de remover desde sus cimientos las relaciones perniciosas que éste ha generado para reproducirse en contra de los valores esenciales de la humanidad; todo lo cual podría concretarse de tomarse en cuenta los pormenores de la experiencia transformadora de Allende en Chile, de manera que esto sirva para cuidarse de los errores entonces cometidos.-        

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12/09/2012 06:44 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

VENEZUELA Y CUBA, EJEMPLO DE SOLIDARIDAD EN EL MUNDO

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Al hablar de los vínculos de solidaridad que unen a Cuba y a Venezuela en el presente siglo estamos obligados a hablar también de aquellos vínculos que hermanan a cubanos y venezolanos desde el momento de nuestra independencia cuando el abogado Francisco Javier Yánez, nacido en Camagüey, firma como diputado de la provincia de Araure el Acta mediante el cual Venezuela proclamó al mundo su voluntad irrevocable de ser libre. Desde aquel entonces han sido múltiples los lazos existentes entre Cuba y Venezuela. Acá tuvo un refugio José Martí cuando su empeño por ver independizada su Cuba natal se le hizo un peregrinaje y un objetivo fundamental en su vida, siguiendo la senda del Libertador Simón Bolívar, el cual -en su momento- también ideó enviar a la isla antillana (lo mismo que a Puerto Rico) una flota que comandaría el General en Jefe José Antonio Páez con el objetivo revolucionario de luchar por la libertad del pueblo cubano.

Estos antecedentes debemos tenerlos siempre presentes porque ellos nos señalan que no existen nacionalidades que dividan a los revolucionarios cuando los ideales por un mundo mejor son comunes y guían nuestros pasos, especialmente cuando los mismos se basan en el socialismo, siendo el internacionalismo y la solidaridad dos de sus elementos primordiales. Por ello, al ser Cuba un bastión de la construcción del socialismo revolucionario en nuestro América ha hecho gala de estos dos elementos en cualquier parte del mundo donde se necesite esa ayuda que no está apuntalada por el afán de ganancias económicas, como sucede en la sociedad capitalista, sino que está guiada por grandes sentimientos de amor a la humanidad, evocando lo dicho por el Che en algún instante de su vida.

Es así que hoy en Venezuela, bajo la iniciativa conjunta de Fidel Castro y Hugo Chávez, se han visto en marcha diversidad de misiones de contenido social que buscan promover una emancipación integral de la población, sobre todo de aquella que por muchísimas décadas fue marginada social y económicamente, a pesar de hablarse de igualdad, libertad y democracia durante los gobiernos del pasado. Esto ha sido un modo de saldar la deuda social acumulada por más de medio siglo y cuenta con la participación de cubanas y cubanos que vinieron a suelo venezolano con ese compromiso internacionalista que siempre ha caracterizado a Cuba. Esto causó, indudablemente, un gran impacto en las comunidades de Venezuela, dándosele una acogida entusiasta, al mismo tiempo que los grupos opuestos a la política socialista del Presidente Chávez comenzaron a satanizar la presencia de nuestros hermanos cubanos a través de todos los medios de información, echando mano a los argumentos trasnochados de quienes siempre adversaron la revolución cubana, hasta el punto de intentar saquear y destruir la embajada cubana durante el golpe de Estado del 11 de abril de 2002.

De ahí que nos quepa decir igualmente que cuando defendemos a Cuba, defendemos las Misiones sociales y al proceso de cambios en Venezuela, puesto que ambas naciones enfrentan a un enemigo común y peligroso, capaz de cometer cualquier tipo de atropello y de violaciones con tal de imponer su dominio a todo el planeta: el imperialismo yanqui. El mismo que hoy, violentando toda normativa legal y sin evidencias contundentes, condenó injustamente a prisión a cinco ciudadanos cubanos, simplemente por prevenir atentados que iban a cometerse contra su pueblo y su gobierno.

Esta situación común de confrontación con el principal enemigo de la libertad de nuestros pueblos nos obliga a compartir espacios y a asumir el compromiso de extenderlos a otras naciones de nuestro continente, con la misma visión estratégica de la integración promovida hace ya doscientos años por Bolívar y secundada luego por José Martí, teniendo ella una mayor vigencia que antes. Este ejemplo de solidaridad, por supuesto, incomoda grandemente a las cúpulas de poder mundial, fundamentalmente de Estados Unidos, dado que el mismo se propicia bajo una concepción integracionista y sin los compromisos abusivos de los tratados comerciales habituales. Con ello estamos definiendo nuestras potencialidades, actuando colectivamente como pueblo en la defensa permanente de nuestra independencia, compensando, además, la grandeza, el esfuerzo y el sacrificio de nuestros antepasados por hacerla posible.-

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A LA CARRERA, ACABARON CON LUGO Y CON LA VOLUNTAD POPULAR PARAGUAYA

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Ningún revolucionario -o quien pretenda serlo- puede confiar ciegamente en las estructuras verticalistas y burocratizadas del Estado, las cuales han sido moldeadas -desde siempre- por los designios de las clases dominantes, aun cuando éstas se guíen  por principios y procedimientos aparentemente democráticos. En este sentido, Marx y Engels expresaron: “Hoy, el poder público viene a ser, pura y simplemente, el consejo de administración que rige los intereses de la clase burguesa”. Por ello no debe asombrar a nadie lo acontecido en Paraguay con la destitución del presidente Fernando Lugo por parte de sus opositores en el Parlamento. Los contrarrevolucionarios ya lo hicieron antes con el Presidente Salvador Allende en Chile, torpedeando su gestión de gobierno desde el poder legislativo hasta consumar el golpe de Estado en su contra y, más cercanamente en el tiempo, con el Presidente Manuel Zelaya en Honduras, aplicándole una formula leguleya similar a la sufrida por Lugo; sin dejar de mencionar la exoneración por parte del Tribunal Superior de Justicia de los responsables del derrocamiento militar del Presidente Hugo Chávez y las muertes causadas el 11 de abril de 2002 al dictaminar que hubo un “vacío de poder”, un absurdo jurídico jamás visto en el mundo entero.

Por eso no resultará suficiente que cualquier gobierno tildado de revolucionario o de progresista muestre un apego estricto y notorio a la institucionalidad ni haga concesiones permanentes u ocasionales a la contrarrevolución, creyendo que así podrá ganarse su buena voluntad y cumplir con su plan de gestión en favor de los sectores populares. Nada más alejado de la realidad. Es lo que acaeció en Paraguay y, así, a la carrera, los grupos conservadores acabaron con Lugo y con la voluntad popular paraguaya. Otra hubiera sido la conducta del Presidente, pero no supo o no quiso responder a las expectativas puestas en su mandato. La derecha sí supo y sí quiso responder a sus propios intereses. Como bien lo apuntara Atilio Borón, este acontecimiento es “una lección para el pueblo paraguayo y para todos los pueblos de América Latina y el Caribe: sólo la movilización y organización popular sostiene gobiernos que quieran impulsar un proyecto de transformación social, por más moderado que sea, como ha sido el caso de Lugo”. Algo que se ha evidenciado en los casos de Ecuador, Bolivia y Venezuela, por citar los países más emblemáticos de nuestra América donde los grupos derechistas -pese a su poder económico y al respaldo indiscutible de Washington- han fracasado en sus planes de desestabilización.

Sin embargo, es necesario aclarar que hace falta llevar a mayores niveles dicha movilización y organización popular mediante la formación crítica y permanente de una conciencia indudablemente revolucionaria, capaz de impulsar los diferentes cambios que se requieren en los campos político, económico, social, militar y cultural para consolidar la revolución, más aun si ésta se define como socialista. Esto es algo que no debe obviar jamás ningún revolucionario, a menos que esté dispuesto a claudicar ante la clase dominante y defraudar la voluntad popular, olvidando así su compromiso histórico de hacer la revolución.-

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24/06/2012 10:40 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

EL DESAFÍO HISTÓRICO DE NUESTRA AMÉRICA

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Las debilidades estructurales y funcionales del socialismo real en las naciones de Europa Oriental y Asia, que acarrearon posteriormente su declive y eclosión, abonaron las condiciones para que el capitalismo en su versión neoliberal llegara a proclamarse vencedor, a tal punto que muchos creyeron llegado el fin de la historia y, con ella, de toda ideología contraria. Desde entonces, Estados Unidos y sus socios de Europa Occidental -sin rivales que pudieran cuestionar y enfrentar su afán de hegemonía- comenzaron a configurar un mundo unipolar según sus intereses geopolíticos, echando a un lado el respeto de fronteras y límites jurídicos y éticos que obstaculizaran su objetivo primordial de dominio mundial.

 

No obstante, el predominio del mercado capitalista produjo otras consecuencias que se han mantenido y ampliado con el tiempo, abarcando la totalidad del planeta. Uno de tales frutos es el actual cuestionamiento a su validez, en vista de los resultados desastrosos obtenidos en la aplicación de medidas económicas neoliberales para superar las continuas crisis que se han originado en las dos últimas décadas, causando mayores niveles de pobreza, de desempleo, de desigualdad social, de desastres ecológicos, de inestabilidad familiar y de limitación de derechos constitucionales al combatir supuestamente los gobiernos las amenazas de un terrorismo internacional convenientemente ubicuo; todo lo cual se ha propagado gracias a las nuevas tecnologías en comunicación. Sin embargo, esta nueva realidad surgida en Europa y Estados Unidos todavía carece de elementos teóricos y políticos que oriente la lucha y le confiera coherencia, sistematicidad y perspectiva para transformarse en revolución. En este contexto, surgen protestas y experiencias comunitarias en las naciones de nuestra América que resitúan al socialismo revolucionario como la alternativa a construir frente a la lógica irracional del capital y de la democracia burguesa que lo ampara y legitima, justamente cuando los ejes históricos del socialismo ya han dejado de existir-salvo Cuba que enfrenta con dignidad revolucionaria un embargo económico de medio siglo por parte de los gobiernos gringos-, lo que supone para los defensores del status quo una contradicción que todavía no han sabido explicarse, incluso muchos de los llamados intelectuales de izquierda, sorprendidos todos por el ímpetu de las mayorías populares excluidas que desmoronó gobiernos en Argentina, Ecuador y Bolivia e impuso a Hugo Chávez como presidente de Venezuela.

Así, la última década del siglo XX es escenario de la rebeldía de los pueblos de nuestra América. En Venezuela había tenido lugar una revuelta popular contra el paquete de medidas económicas del Fondo Monetario Internacional, a la cual se sumaron dos insurrecciones cívico-militares en 1992. En México hubo la insurrección armada de indígenas y campesinos pertenecientes al Ejército Zapatista de Liberación en momentos que entraba en vigencia el Tratado de Libre Comercio que el gobierno de ese país suscribiera con Canadá y Estados Unidos. Con una realidad social, política, cultural, militar y económica de dependencia respecto al imperialismo yanqui, nuestra América comienza a transitar un camino propio, a contracorriente de lo sucedido a escala planetaria. Sus nuevos gobiernos se enmarcan en una política de izquierda aunque sin cambios estructurales significativos. Todo ello obligará al imperialismo yanqui a redefinir algunas estrategias, buscando minimizar el impacto de los cambios producidos que representan una correlación de fuerzas negativa a sus intereses hegemónicos. A pesar de promover durante mucho tiempo el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) como el remedio eficaz para superar el subdesarrollo, éste fue repudiado por los gobiernos y pueblos del continente, lo que significó un serio revés para la política imperialista estadounidense. En la actualidad, nuestra América se constituye en faro de las luchas de los pueblos del mundo contra el sistema capitalista globalizado, sosteniendo como principal bandera de acción la construcción del socialismo revolucionario. Esto ha servido de motivación para que gran parte del legado teórico de Karl Marx, Friedrich Engels, Vladimir Lenin, León Trotsky, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, José Carlos Mariátegui, Ernesto Che Guevara y muchos otros socialistas sea reivindicado y revalorado al calor de las luchas y experiencias populares en un vasto esfuerzo que fusiona el nacionalismo y el deseo secular de libertad, identidad cultural, soberanía, justicia social, independencia y de felicidad general que han caracterizado sus venturas y desventuras bajo el régimen capitalista. Queda por verse aún si esta amalgama se transforma en un instrumento ideológico y político bien definido, capaz de formar una sociedad de nuevo tipo que aventaje y remplace el orden imperante; cuestión ésta que supone un desafío histórico de nuestros pueblos frente a la realidad de crisis y barbarie impuestas por las potencias capitalistas al resto del planeta.-

06/05/2012 14:43 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

LOS 5: TRECE AÑOS DE INJUSTA PRISIÓN

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Antonio Guerrero, Fernando González, Gerardo Hernández, Ramón Labañino y René González son nombres de cinco ciudadanos cubanos que se han dado a conocer a nivel mundial, generando masivas expresiones de solidaridad al conocerse en detalle la situación de injusta prisión a la cual han sido sometidos por las autoridades de Estados Unidos por descubrir acciones terroristas en ese país contra Cuba. A pesar de la falta de pruebas respecto a la serie de delitos que se les imputa, los tribunales estadounidenses decidieron condenar a Gerardo Hernández a dos cadenas perpetuas, al igual que Antonio Guerrero y Ramón Labañino, mientras que Fernando González y René González fueron condenados a 19 y 15 años, respectivamente; siendo éstas las máximas sentencias en todos los casos, acusándolos de cometer actos de espionaje, conspiración, conspiración para cometer actos de espionaje y de ser agentes extranjeros, todo lo cual ha quedado en entredicho en vista que el FBI (Buró Federal de Investigaciones) actuó de manera prejuiciosa, favoreciendo la opinión de organizaciones anticastristas radicadas en Miami. El 9 de agosto de 2005 el XI Circuito de Apelaciones de Atlanta abolió sus sentencias y decidió la realización de un nuevo juicio, pero los cinco continuaron en prisión. Posteriormente, la misma corte que los enjuiciara rechazó por mayoría tal dictamen, reiterando las condenas y rechazando la realización de un nuevo juicio.

A mediados de 1998, funcionarios de la Seguridad del Estado cubano, en un intercambio con el FBI, le entregan 230 páginas sobre las actividades terroristas contra Cuba, cinco videocasetes con conversaciones e informaciones transmitidas por las cadenas de televisión sobre acciones terroristas contra Cuba y ocho casetes de audio, ascendentes a dos horas y 40 minutos, sobre llamadas telefónicas de terroristas centroamericanos que estaban arrestados con sus tutores en el extranjero. Sin embargo, el FBI -contrariamente a lo que se pensaba- procedió a la detención de los ciudadanos cubanos el 12 de septiembre de 1998, iniciándose un verdadero vía crucis para ellos y sus familiares, obteniendo un trato totalmente violatorio de los derechos humanos, a tal punto que no se les permite visita alguna de sus familiares y se les expone a un completo aislamiento. Esta situación ha revelado al mundo el doble rasero con que actúa Estados Unidos al erigirse como paladín de la lucha antiterrorista, pero permitiendo en cambio la libre circulación por su territorio de connotados terroristas, como el funestamente célebre Luis Posada Carriles, declarado terrorista por los gobiernos de Venezuela y Cuba, acusado de ser el autor intelectual del atentado perpetrado contra una aeronave cubana en 1976 donde perecieron 76 personas a bordo y fugitivo de la justicia venezolana, sin que las autoridades gringas hayan cedido a la solicitud de deportación de tal personaje, desconociendo descaradamente los convenios internacionales existentes contra la piratería aérea y, en el caso de Venezuela, un acuerdo bilateral suscrito en 1922.

Como en otros casos en el pasado, el gobierno de Estados Unidos ha procedido según los intereses particulares de quienes lo conforman y no ajustado a las leyes de su país, menos a aquellas referidas al respeto de los derechos humanos, todo lo cual es una burla a sus propios ciudadanos y, por supuesto, a todo el mundo. No obstante, la solidaridad internacional -sumada a la nación cubana- se incrementa cada vez más, exigiendo la liberación inmediata de quienes, con justicia, son llamados los cinco héroes cubanos presos del Imperio, cuestión que no podría seguir ignorando olímpicamente el gobierno estadounidense sin exponerse al repudio de la opinión pública mundial.-

29/03/2012 07:55 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

LA ÉTICA REPUBLICANA DE SIMÓN BOLÍVAR, SU VIGENCIA PERDURABLE

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La vigencia del pensamiento y la obra del Libertador Simón Bolívar se manifiestan de distintas maneras. En el campo político, Bolívar se encamina hacia la autonomía de cualquier poder imperial; en lo jurídico hacia la unidad latinoamericana; en lo económico hacia la justicia agraria y en lo social hacia la igualdad de todos los ciudadanos. Para él, la Independencia no es un fenómeno político aislado, producto de las elucubraciones y la buena fe de algunos: es justicia económica, autonomía política, unidad latinoamericana, libertad de espíritu, igualdad social, perfección ética, progreso cultural y educativo. Todo lo cual implica darle nacimiento a una nueva sociedad, distinta en todo a las existentes en la vieja Europa y al coloso que emergía en aquel entonces al norte del continente: Estados Unidos.

En Simón Bolívar, el factor ético se expresa en la intransigencia patriótica, la condena al despotismo colonial, el odio a los que oprimen a la nación, la valentía política y la honradez a toda prueba; lo que servirá de estímulo para que exista una conciencia nacional sólida entre quienes harán posible la vida de las nuevas repúblicas americanas. Esta posición ética se debe asumir en la lucha por la independencia, en especial, en lo relativo al sacrificio personal, la satisfacción por el deber cumplido, el anteponer los intereses colectivos por encima de los propios y trabajar activamente por la independencia y la democracia. “Es preciso -afirmará en Carta dirigida al Cnel. Antonio Morales el 25 de febrero de 1820- el último rigor con los malvados, sean  godos o sean patriotas, porque la República tanto gana con la destrucción de un buen realista como de un mal ciudadano. El crimen en todos los partidos es igualmente odioso y condenable: hagamos triunfar la justicia y triunfará la libertad”.

Igualmente, para el Libertador la soberanía no es algo ajeno al pueblo, reservado para las elites gobernantes. Para Bolívar, ella es la única autoridad legítima de las naciones, por ello insiste en la necesidad de educar a los nuevos republicanos, inculcándole valores morales que les permitan ejercer cargos gubernamentales, elegir y ser electos, dado que conocían sus deberes y podrían reclamar con propiedad sus derechos. Al respecto, su posición es diáfana:Al proponeros la división de los ciudadanos en activos y pasivos, he pretendido excitar la prosperidad nacional por las dos más grandes palancas de la industria: el trabajo y el saber. Estimulando estos dos poderosos resortes de la sociedad, se alcanza lo más difícil entre los hombres: hacerlos honrados y felices. Poniendo restricciones justas y prudentes en las asambleas primarias y electorales, ponemos el primer dique a la licencia popular, evitando la concurrencia tumultuaria y ciega que en todos tiempos ha imprimido el desacierto en las elecciones y ha ligado por consiguiente, el desacierto a los Magistrados y a la marcha del Gobierno; pues este acto primordial es el acto generativo de la libertad o de la esclavitud de un pueblo”.

Si bien es cierto que Bolívar estimulaba el respeto a la soberanía popular, no menos es cierto que buscaba que la misma descansara sobre los ciudadanos de un modo consciente, alejada de la demagogia de quienes sólo lisonjean al pueblo para usufructuar el poder. Esto lo dejará plasmado admirablemente en su Discurso al Congreso de Angostura, al proponer un cuarto poder: el moral. Con él, buscaba estimular y premiar la conducta cívica de los ciudadanos, con la finalidad de que éstos sirvieran de ejemplo al resto de la sociedad. Para su mantenimiento, Bolívar consideraba importante la responsabilidad de los empleados públicos en la organización y funcionamiento del gobierno, el respeto a la propiedad por parte del Estado, el respeto de la opinión pública y de la prensa, ésta última como medio de información y de orientación de la opinión pública, no como su manipuladora. De ahí que esta ética republicana tenga una vigencia perdurable en nuestra América, del mismo modo que su visión integracionista y antiimperialista, siendo referencia obligada de todas las luchas del presente.-

28/07/2011 16:34 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

LA CELAC Y LA RUPTURA DEL MUNDO UNIPOLAR

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     La creación oficial de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) -planteada inicialmente para el 5 de julio de este año en Caracas- viene a rubricar los nuevos procesos sociales y políticos que se han originado en las naciones de nuestra América en la búsqueda de mayores niveles de democracia e independencia respecto a la hegemonía del imperialismo estadounidense. En este contexto, las experiencias previas de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) y la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), están enmarcadas en los principios de cooperación pacífica entre las naciones e impulso y consolidación de la integración latinoamericana de acuerdo con el principio de no intervención y autodeterminación de los pueblos que debe regir el Derecho internacional.

     De esta manera, el surgimiento de este nuevo bloque regional se acopla al proceso de luchas sociales, económicas y políticas libradas por nuestros pueblos desde finales del siglo pasado, las cuales han determinado, a su vez, que haya gobiernos de tendencia progresista y/o revolucionaria abocados a reivindicar la soberanía popular y demás derechos democráticos. Por ello mismo, las latinoamericanas y los latinoamericanos debemos comprender y compartir la trascendencia de este hecho indudablemente histórico, ya que nos permite ocupar un lugar propio en el amplio escenario mundial; ahora controlado por las apetencias de recursos y de territorios estratégicos por parte de Washington.

     En síntesis, la creación de la CELAC contribuye enormemente a romper con esa concepción de un mundo unipolar que ha provocado intervenciones y guerras de carácter neocolonial, ahora legitimadas por la ONU, una cuestión que han enfrentado los pueblos del mundo de una forma espontánea, pero que podrían asumir en conjunto los gobiernos de los países que se sumen a esta iniciativa integracionista, dando así un ejemplo a los demás bloques regionales existentes, dominados básicamente por intereses económicos.

     No obstante, es vital que a tal iniciativa se incorporen de manera activa y protagónica los movimientos populares, tal como lo han hecho con la ALBA-TCP, haciendo de la integración latinoamericana y caribeña un elemento fundamental de la lucha común que se libra contra la hegemonía capitalista, la explotación sin una compensación válida de trabajadores y de recursos naturales, y el ordenamiento imperialista de Estados Unidos. En la medida que esto sea posible, la integración de nuestra América podrá emprender exitosamente la consolidación de uno de sus sueños más caros y largamente postergados: su pleno desarrollo económico. Para ello requerirá de un amplio abanico de acciones e iniciativas colectivas que logre la ruptura de un mundo unipolar donde el acceso a los mercados de crédito, tecnología y comercio se halla dominado por las grandes transnacionales estadounidenses, europeas y japonesas; algo que no pueden obviar jamás los gobiernos de la región.-

12/07/2011 17:32 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

LA LUCHA DEL PUEBLO MAPUCHE: IDENTIDAD Y RESISTENCIA DE SIGLOS

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La publicación “Mundo Indígena 2010”, informe anual auspiciado por el Grupo Internacional de Trabajo Sobre Asuntos Indígenas (conocido como IWGIA por sus siglas en inglés) da cuenta del progreso de las reivindicaciones de los pueblos indígenas a nivel mundial, en especial lo relativo al respeto de su identidad cultural y sus derechos sobre las tierras que han ocupado secularmente y que hoy son ambicionadas por las corporaciones transnacionales debido a las diversas riquezas naturales que contienen, contando para ello con la complicidad de algunos gobiernos que secundan el neoliberalismo económico. Esto hace realidad parte de lo establecido en la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas aunque se observa todavía un abismo entre las Constituciones y las leyes aprobadas y su puesta en práctica, puesto que el derecho de los pueblos indígenas es echado a un lado en función de los intereses económicos de los no indígenas, sean estos criollos o extranjeros, sobre todo cuando se requiere la aprobación indígena para explotar los ricos yacimientos existentes en su territorio.

En la realidad actual latinoamericana resaltan las luchas y denuncias de los pueblos originarios de Chile y Venezuela, los mapuches y los yukpas, los cuales han tenido que enfrentar de forma asimétrica la institucionalidad y la legislación de sus respectivas naciones, a pesar de tener a su favor todos los derechos inherentes a un sistema democrático. A ello habría que agregarle la lucha emprendida en 1994 por los indígenas de Chiapas, en México, pertenecientes al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), al igual que la de sus hermanos de Guatemala, Ecuador y Bolivia, quienes han tenido un papel de importancia en procesos políticos que delinean -de una u otra forma- situaciones nuevas en dichos países, gracias a los cuales han alcanzado el reconocimiento de algunos de sus derechos ancestrales.

En el caso de los mapuches, el Estado chileno les ha conculcado tales derechos desde hace mucho tiempo. De ahí que ellos exijan la restitución de sus tierras, el control de las deforestaciones por parte de algunas empresas hidroeléctricas y forestales, además, de la ratificación del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Todo lo cual le da características únicas a sus luchas, tomando en cuenta que el reino de España habría reconocido el 6 de enero de 1641 la independencia del territorio conocido como Wellmapu, perteneciente al pueblo mapuche, mediante el Tratado Killin (o Quillin), siendo el río Bio-Bio la frontera natural entre ambos; sin embargo, los gobiernos republicanos han desconocido su vigencia.

Como antes frente a España, los mapuches mantienen hoy frente a las autoridades chilenas la lucha por el respeto a su identidad cultural y autodeterminación, siendo ésta una demanda histórica y permanente. Al mismo tiempo, demandan no se les aplique una ley antiterrorista legada por la dictadura pinochetista, la cual permite que se les someta simultáneamente a la justicia militar y a la civil. 

Para los mapuches ("la gente de la tierra"), al igual que para otros de los pueblos originarios de nuestra América, la tierra es la base fundamental de su cultura. Aunque una mayoría de ellos vive hoy en ciudades, empujados por las diferentes medidas gubernamentales en su contra, mantienen una resistencia tenaz contra quienes promueven su desaparición a través de la transculturización, el hostigamiento estatal y el desalojo forzoso de sus tierras.

Siendo acusados de terrorismo por actos de protesta o demanda social, los mapuches son víctimas también del uso de una violencia institucionalizada que incluye la tortura, en una abierta violación de los derechos humanos, todo lo cual constituye una absoluta injusticia contra quienes son considerados como ciudadanos de segunda clase en el seno de la sociedad chilena, tan preciada de ser democrática y moderna.-

21/09/2010 18:34 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

EL TAITA BOVES Y LA IGUALACIÓN DEMOCRÁTICA DE VENEZUELA

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            Para comprender el rol histórico cumplido por José Tomás Boves durante dieciocho meses en los acontecimientos que abaten la novicia República de Venezuela en 1814, habría que esculcar la vida colonial hasta entonces vigente, basada la misma en una diversidad de  prejuicios raciales, religiosos y de casta provenientes de España, los cuales marcaron diferenciaciones profundas entre sus habitantes hasta el punto que los mantuanos -quienes se estimaban a sí mismos como una nobleza criolla impoluta, heredera directa de los conquistadores- desconocieran, incluso, algunas disposiciones de la Corona en beneficio de las castas consideradas inferiores, sobre todo, pardos y canarios, ya que los indígenas apenas si eran tomados en cuenta. En este ambiente de ostentación, de censura al libre pensamiento y convencionalismos, irrumpen los ideales de la igualdad, la libertad y de la fraternidad, trayendo como consecuencia inmediata la declaratoria de independencia respecto a la metrópoli hispana y, junto con ella, el trastrocamiento de toda la estructura colonial, cosa que no fue prevista inicialmente por los mantuanos, puesto que su interés principal era el de apropiarse del mando, dejando todo intacto, en una jugada gatopardiana, según sus intereses de clase.

            Refiere Manuel Pérez Vila que los pardos y mestizos “dan rienda suelta a sus legítimas ambiciones de mejoramiento político y económico. Vehículo de ese ascenso social será el ejército, tanto el patriota como el realista, que vendrá a ser el gran crisol en el cual se funden las diferencias sociales de la Colonia”. En un primer momento, las contradicciones de casta afloran y desembocan en alzamientos de negros esclavizados y blancos de orilla que son reprimidos por los ahora representantes de la libertad, del mismo modo como lo hicieran los españoles durante siglos; evidenciándose que “el mando político -en palabras de Juan Vicente González- de los que eran sus señores naturales no era para el pueblo la libertad, sino una argolla más añadida a la cadena” que los sometía y discriminaba. Sin duda, tales contradicciones y acciones, sumadas al odio racial largamente incubado, dieron paso a una guerra cruenta y sin cuartel, confundiéndose todos en una masa armada que apenas diferenciaba entre la independencia del territorio venezolano y la subordinación a España. En tal escenario, según lo analizara Arturo Uslar Pietri, “José Tomás Boves representa en un momento lo que El Libertador ni los criollos se han atrevido a hacer, viene y promete al campesinado las tierras que sus libertadores les niegan”, lo que explica -en parte- ese ascendiente que hace de él un caudillo popular, capaz de levantar ejércitos de la nada, a pesar de las derrotas sufridas, infundiendo un gran temor entre las familias mantuanas, incluyendo a las realistas.

            Esto, aunado a su valor personal, llaneza, intrepidez, el escaso apego por la disciplina, la pompa y la adulación, el ser accesible a sus subordinados, la crueldad de la cual hacía gala y el halo de misticismo que le rodeaba, lo mismo que el ser agradecido y consecuente con sus amistades, hacen de Boves el verdadero destructor del orden colonial y, por consiguiente, el primer caudillo de la igualación democrática de Venezuela, no obstante su oscuro designio histórico, escasamente entrevisto.-  

04/09/2010 12:31 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

FRANCISCO DE MIRANDA, VIGENCIA DE UN EMPEÑO LIBERADOR

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            Pese a la diversidad de hechos insurreccionales que se suscitaron en la América colonizada durante los trescientos años de duro dominio español, le corresponde a Francisco de Miranda idear la emancipación de nuestro continente como un todo, asignándole, incluso, un nuevo nombre: Colombia, nombre que sería reivindicado por los patriotas, tanto al norte como al sur de este amplio y variopinto territorio.

            Ciertamente, Miranda muestra un mejor nivel teórico respecto a la causa de la independencia de la América meridional, lo cual le convierte -más que en un precursor- en el protolíder, como le llamara Alfonso Rumazo González, ya que éste “no anunció a nadie; promovió y organizó una revolución americana, como creación suya auténtica, diseñada en forma magistral, haciéndose el líder de su propia forja y luego actuando dentro de ella al momento de la acción militar”. Aunado a ello, es de reconocerse en Francisco de Miranda el empeño de tantas décadas en dotar de sólidos argumentos a los americanos colonizados que anularan la ideología de la dominación, con sus prejuicios y supersticiones inculcadas, sobre todo, por la religión. Para lograrlo, apelará a la diferenciación existente (mas no constatada) entre “el ser español” y “el ser americano”, clarificando el asunto de la identidad de los pobladores de nuestro continente, en “la afirmación constante de América frente a Europa y, en particular, frente a España”, como lo resume la historiadora Carmen L. Bohórquez-Morán, quien indica adicionalmente que “esta diferenciación constituye, además, el punto de partida en la construcción de una noción de pertenencia a una entidad cuya existencia no solamente puede ser disociada de la de España, sino que, más importante aún, es anterior a la presencia española en América”.

            Miranda cuestiona los razonamientos que terminaron por legitimar el imperio de España en nuestra América, tales como el derecho que le asistía al Papa Alejandro VI de “donar” estas vastas regiones a los llamados “Reyes Católicos”, en virtud de ser él “heredero o vicario de Jesucristo en La Tierra”, y, también, el derecho de conquista de los españoles, según el cual podrían adueñarse de las mismas, ya que se hallaban despobladas o, en todo caso, pobladas por salvajes incultos e infieles que era preciso catequizar, esclavizar y, si se resistían, simplemente exterminarlos en nombre de la civilización (como ocurre en la actualidad con Estados Unidos e Israel en Oriente Medio, a la vista de todos, en contra de los musulmanes). Pero, aparte de esto, Miranda opone a la falta de libertad civil, política y económica padecida por los americanos, su necesidad vital y legítima de emanciparse e instaurar un sistema republicano distinto al experimentado en Estados Unidos y en la Francia revolucionaria; una cuestión que ha merecido poca atención de los estudiosos, limitando la trascendencia del prócer caraqueño a su relevante actuación militar en la independencia estadounidense y americana, como en la Revolución Francesa, ignorando o subestimando la reivindicación que hace de la indianidad como paradigma de la libertad.

            No obstante la incomprensión de sus contemporáneos, a Francisco de Miranda no se le puede escatimar su dedicación al proyecto de liberación de nuestra América, así como su condición incuestionable de revolucionario, al margen de las anécdotas galantes que rodean su vida. Como nadie antes, percibió y desarrolló la posibilidad que América se sacudiera exitosamente el yugo ibérico, abriéndole nuevas perspectivas a las propuestas republicanas y de regeneración humana que ya eran conocidas en su tiempo y que, a partir de entonces, animarían las luchas de los pueblos en todo el mundo por alcanzar una libertad integral.-

 

 

18/04/2010 13:49 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

¡BOLÍVAR NO ESTABA MUERTO!

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            Cuando las campanas piadosas de alguna iglesia anunciaron en 1830 el fallecimiento de uno de los tres majaderos más grandes del mundo, sus enemigos fraguaron la idea homicida de borrar para siempre su memoria y su legado histórico, de modo tal que los pueblos que encaminó hacia la libertad fueran presas fáciles de su rapiña insaciable. Confabulados luego con el incipiente imperialismo anglosajón, la nueva jauría de depredadores se dio a la tarea no alcanzada totalmente de utilizar la figura de aquel singular majadero como el ropaje de legitimidad que requería para el dominio eficaz y permanente de aquellos pueblos irredentos, disminuyendo así el significado fundamental y aleccionador de la gesta libertadora cumplida bajo su guía. De esta manera, al destierro que sufriera en vida, vino a agregársele el más ominoso destino al concedérsele una gloria estatuaria inocua, descontextualizada y vacía, emparentándolo -incluso- con un panamericanismo bajo la égida imperial de Washington jamás compartido por él, ya que su convocatoria a una gran reunión de plenipotenciarios en el Istmo de Panamá estaba dirigida esencialmente a las recién independizadas naciones americanas, excluyendo explícitamente a Haití y a las antiguas colonias británicas.

            En esta centuria, El Libertador Simón Bolívar es un pensamiento vivo, hecho carne y acción gracias a las luchas libradas por los pueblos de nuestra América, la cual ha comenzado a andar con pasos propios -para escándalo de los herederos de la doctrina Monroe-, en un camino no exento de dificultades ciertamente, pero con el ánimo y la esperanza suficientes para ocupar el digno sitial que le corresponde y le fuera arrebatado tempranamente por aquellos que siempre se han considerado a sí mismos superiores, tanto los de la vieja como de la nueva Europa. Esta feliz circunstancia histórica representa el despertar nerudiano de Bolívar, convirtiéndose así nuestra América en la vanguardia de las luchas populares a nivel mundial, cuestión que molesta y atemoriza sobremanera a los principales beneficiarios de un modelo de civilización capitalista ya agotado, aunque aún capaz de engullirnos en su loco empeño de destruir al planeta entero para satisfacer sus mezquinos intereses económicos. Por ello, el pensamiento, la acción y el ejemplo del insigne caraqueño se han convertido en un referente histórico altamente subversivo, aún para quienes le invocan, seguros de su nueva ortodoxia.

Pero, hay que resaltar que, así como las elites dominantes aspiraron inútilmente desterrarlo definitivamente de la memoria colectiva de nuestra América, Bolívar se ha hecho ícono irreemplazable en sus múltiples luchas políticas, económicas, sociales y culturales. De nada valió que se aplicara en estas naciones la doctrina de seguridad nacional concebida por el imperialismo yanqui, ni la sumisión vergonzosa de tales elites, asesinando, encarcelando, desapareciendo o exiliando a cientos de miles de mujeres y hombres de distintas edades, cuyo único pecado fue determinarse a hacer realidad los ideales de Simón Bolívar y de otros próceres latinoamericanos y caribeños de una sociedad libre y democrática. De ahí que pretendan cercenar una vez más los sueños y las luchas de los pueblos de nuestra América. Sin embargo, éstos no se detendrán. Hay un camino que comienza a despejarse y tiene en el Libertador la mejor guía para transitarlo exitosamente, sin olvidarse por ello de las acechanzas de los imperialistas del norte y de sus aliados europeos, así como de la necesidad estratégica de la integración continental bajo parámetros absolutamente distintos a los meramente económico-comerciales.

            De esta forma, Bolívar vive. ¡No estaba muerto! Su espada -como lo proclama la consigna voceada en todo el continente- recorre la América Latina en un despertar de pueblos que signará, sin duda, el siglo que recién iniciamos.-

LUCES Y VIRTUDES SOCIALES, LA EDUCACIÓN EN SIMÓN RODRÍGUEZ

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          En su afán liberador, el Maestro Simón Rodríguez concebía la educación como el instrumento más idóneo y a la mano con el cual se aseguraría definitivamente la independencia conquistada por las armas de nuestra América, al mismo tiempo que los nuevos ciudadanos adquirirían las nociones básicas que les permitirían asumir la construcción -sin calco ni copia- de las nuevas repúblicas, estableciendo sistemas de convivencia y moralidad democrática inexistentes en Europa y Estados Unidos. Sus reflexiones en torno a la educación, lo llevaron a expresar que “adquirir luces sociales significa rectificar las ideas inculcadas o malformadas mediante el trato con la realidad, en una conjugación inseparable de pensar y de actuar, bajo el conocimiento de los principios de interdependencia y de generalización absoluta. Adquirir virtudes sociales significa moderar con el amor propio, en una conjugación inseparable de sentir y pensar, sobre el suelo moral de la máxima ` piensa en todos para que todos piensen en tí ´ que persiguen simultáneamente el beneficio de toda la sociedad y de cada individuo”. Con ello en mente, la nueva educación a impartirse en las bisoñas naciones independientes tendría como uno de sus objetivos centrales propiciar la emancipación cultural integral de sus habitantes -indiferentemente de su rango social y/o económico-, además de dotarlos de una instrucción que los hiciera útiles a la sociedad y a sí mismos, con lo cual tendrían la independencia personal para enfrentarse a cualquier pretensión de tiranía y de manipulación por parte del estamento gobernante.

 

            Así, en la concepción rodrigueana de la educación para nuestra América, resaltan tres grandes rasgos particulares, nutridas por las experiencias, preocupaciones y reflexiones del rebelde maestro: 1) la ruptura creadora del discurso colonial que reafirmaba una visión del mundo obsoleta y conformista, ajena al nuevo mundo por engendrar bajo los auspicios de la libertad, la justicia y la igualdad; 2) la necesaria formación política e ideológica de los nuevos ciudadanos, de modo que el simple hecho de nacer bajo un sistema republicano fuera complementado por una vocación conscientemente adquirida que les facilitara consolidar y ampliar los valores y los principios republicanos, resultando -en consecuencia- verdaderos ciudadanos, sin los prejuicios, vicios y conveniencias de los grupos gobernantes; y 3) la búsqueda inacabada de lo siempre original, traducida en su celebérrima frase “O inventamos o erramos”, extrapolada de sus vivencias en Estados Unidos y Europa donde mucho de lo moderno estaba cobijado por lo viejo, manteniendo un hilo entre el pasado y el presente, sobre todo, en lo que respecta a las condiciones sociales y económicas y su manera de concebir el poder, reservado a una elite. Son estas, digamos, las líneas maestras de la educación, según el impenitente Samuel Robinson que fue Simón Rodríguez. Difundirlas y hacerlas comprender por los nuevos usufructuarios del poder le llevó gran parte de sus años finales de vida, enfrentando los prejuicios coloniales de las clases dominantes, más interesadas en la apariencia y en incrementar sus arcas que en brindarle al pueblo la oportunidad de una vida digna y libre, convertido en sujeto social activo de las transformaciones que, en general, deben acompañar la realidad de una Patria democrática y soberana.

 

            Hoy se impone retomar en nuestra América ese apostolado incesante e irreverente iniciado por Simón Rodríguez, en un momento histórico común que -con pocas variantes- es similar al de hace doscientos años, cuando nuestros pueblos allanaban su propio camino y tenían sobre sus cabezas (como ahora) la amenaza imperialista de Estados Unidos. El mismo nos debe motivar a utilizar la educación como esa herramienta esencial y única que le dará la ocasión a nuestros pueblos de adentrarse en el ejercicio cotidiano de la participación democrática, de un modo más amplio y profundo. Como bien lo expresara, “en el sistema republicano, las costumbres que forman una educación social producen una autoridad pública, no una autoridad personal; una autoridad sostenida por la voluntad de todos, no una voluntad de uno solo, convertida en autoridad… La fuerza de la autoridad republicana es puramente moral”, contrapuesta a lo que ha sido habitual mediante el uso de las fuerzas represivas. En este punto radica la diferencia fundamental de la educación propuesta por Rodríguez: una educación para la libertad y la democracia, sin exclusiones, ni privilegios antisociales, una educación, en fin, que eleve el nivel intelectual, moral y político de todos.-           

 

 

09/10/2009 13:16 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

LA LUCHA DE CLASES EN EL CONTEXTO LATINOAMERICANO ACTUAL

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            A la luz de los diversos acontecimientos históricos suscitados en nuestra América desde las últimas dos décadas del siglo XX, planteándose una toma de conciencia generalizada que da cuenta inmediata de un profundo anhelo de liberación que se hace colectivo en todas nuestras naciones y presagia cambios radicales aún por definirse y por concretarse; es pertinente afirmar que la lucha de clases -como parte intrínseca del materialismo histórico- adquiere unos rasgos y unas connotaciones que no fueron anticipados por sus grandes teóricos (salvo el episodio de José Carlos Mariátegui y, más tarde, del Che Guevara), víctimas del eurocentrismo que impregnó sobremanera a la intelectualidad de antes y de ahora, el cual reservara a los países periféricos de África, Asia y América el simple rol de proveedores de materias primas, sin incidencia aparente en el desarrollo histórico de la humanidad, al mismo tiempo que de su emancipación futura y definitiva. Hoy, somos partícipes y testigos de fenómenos históricos que apuntalan el deseo de espacios de autonomía comunal, de independencia política y de afirmación y reproducción cultural de los pueblos, en un largo y accidentado proceso de luchas que incluye guerrillas (de viejo y nuevo formato, como las protagonizadas por las FARC y el ELN en Colombia, por un aparte, y el EZLN al sur de México, por la otra), elecciones (recordemos a Salvador Allende en Chile) e intentos de golpes de Estado, fuera del fascismo clásico, como los escenificados en Venezuela el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992. Todos, dirigidos a causar un cambio sustancial en las relaciones de dominación y de producción que privilegie y reivindique a las clases populares en medio de la vorágine del capitalismo neoliberal y el despliegue del poderío militar del imperialismo gringo y la aplicación de su doctrina de guerra preventiva.

 

         No obstante, hay que acusar la ausencia política de los trabajadores, lo cual tiende a imponer un tipo de democracia sin contenido clasista, confundiendo la lucha anticapitalista con un simple mejoramiento de las condiciones laborales y dándole un “rostro humano” al capitalismo, algo que causa el desarme político y moral de las conciencias revolucionarias de las masas explotadas cuando debieran adentrarse en su comprensión para trascenderlo mediante el socialismo. En tal dirección, como lo expresa Cristina Camusso, “la propuesta de humanizar el capitalismo y el intento de avanzar al socialismo por medio de reformas, desemboca, como lo ha demostrado la historia, en fracaso y abriendo la compuerta a la derecha. Distante de la postura que reafirma la idea de que es posible alcanzar un nuevo nivel de vida de la población, desarrollo y crecimiento en el marco del capitalismo, es el proceso complejo y caótico de la transición, que implica el combate entre la permanencia de mecanismos capitalistas, con la perspectiva de la socialización de los medios de producción, la cultura y la política”. Bajo esta perspectiva, la lucha de clases adquiere un sentido más amplio y no solamente economicista, algo que le otorga una mayor trascendencia a la alternativa del socialismo, como lo demuestra el auge de masas heterogéneo que tiene por escenario a nuestra América donde movimientos indígenas, campesinos, urbanos, ecologistas, feministas, culturales y estudiantiles, entre otros, se han encargado de remozar y de mantener viva su llama.

 

         Aún así, la lucha de clases provoca escozor y temor entre no pocos. Algunos, porque comprenden que ello atenta contra el sistema de dominación que -desde siempre- les ha favorecido pródigamente. Otros, por simple reflejo condicionado, obedeciendo a la ideología de ese mismo sistema, avalando los valores que lo sostienen. Lo que se requiere, entonces, es llevar la lucha de clases al plano ideológico y cultural, lo cual ha de conducir a una transformación de las conciencias (incluyendo lo espiritual) que haga posible -en algún momento- el surgimiento de nuevos actores sociales y políticos revolucionarios que, combinando sus acciones en pie de igualdad, le disputen la hegemonía a quienes usufructúan el poder, ocasionando, en consecuencia, una sacudida a la pirámide social. De este modo, la lucha de clases definirá los alcances, dimensiones y repercusiones del socialismo, más profundamente de lo que pudo pensarse en el pasado.- 

 

09/10/2009 12:35 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

12 DE OCTUBRE, ¿DÍA DE LA RESISTENCIA INDÍGENA?

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            Convertido por “obra y gracia” del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, en Día de la Resistencia Indígena, el 12 de octubre parte de un equívoco que pocos se han atrevido a refutar, aún a sabiendas que ese día de 1492 no se produjo -al menos, así lo registra la historia legada, precisamente, por los primeros “visitantes” europeos que arribaron a estas tierras hasta entonces desconocidas para ellos, no así para sus pobladores originarios- un enfrentamiento de civilizaciones o, en el caso que nos motiva, una resistencia indígena a la llegada de Cristóbal Colón y su avanzada mercantilista y conquistadora a la isla caribeña de Guanahaní.

 

         Inicialmente se puede creer que este primer encuentro entre los pobladores de la vieja Europa y los pobladores de Abya Yala, nuestra América, produjo un asombro mutuo ante gentes de habla, fisonomía y costumbres diametralmente diferentes. Aunque esto pase desapercibido para algunas personas de buena fe que desean reivindicar románticamente la existencia, la dignidad y las culturas de los pueblos precolombinos y de aquellos que han sobrevivido a la vorágine capitalista, pasada y presente; es necesario puntualizar que la resistencia indígena ante la invasión y el saqueo de los primeros europeos no pudo producirse en tal fecha, sino posteriormente, siendo el primer combate contra la guarnición dejada por el Almirante en la isla de Guanahaní, como lo señaló alguna vez el historiador venezolano Wladimir Acosta, sin que ello minimice la intención de revisar, en su verdadero contexto, lo ocurrido en este continente a partir de ese momento.

 

         Por lo tanto, no podemos caer en el simplismo que a veces marcan las fechas, sin profundizar realmente en la compresión y análisis desprejuiciados de los acontecimientos históricos desarrollados en ellas y creyendo en una linealidad que nos induce a creer en la fatalidad inexorable del destino. Ocurriría entonces que, vengadores de nuestros ancestros aborígenes, pretendamos ignorar y deslegitimar la herencia común de la cual hacemos gala cotidianamente y que tiene su origen en la vieja Europa: idioma, religión, leyes, nombres y apellidos, estructuras de poder, economía y política, entre otros ingredientes o rasgos de la civilización Europa que nos distancia, pese al sentimiento que nos embargue, de nuestros congéneres indígenas, manteniendo viva una polémica histórica y hasta racista que no nos ayuda a explicarnos como continente. Esto ha hecho de Colón una figura odiada en muchos casos y, en otras, justificada, quizás ateniéndose a su error al juzgar que había llegado a las tierras y riquezas descritas por Marco Polo. Sin embargo, no hay que desconocer lo que describe Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, su libro más emblemático: “Tres años después del descubrimiento, Cristóbal Colón dirigió en persona la campaña militar contra los indios de la Dominicana. Un puñado de caballeros, doscientos infantes y unos cuantos perros especialmente adiestrados para el ataque diezmaron a los indios. Más de quinientos, enviados a España, fueron vendidos como esclavos en Sevilla y murieron miserablemente. Pero algunos teólogos protestaron y la esclavización de los indios fue formalmente prohibida al nacer el siglo XVI. En realidad, no fue prohibida sino bendita: antes de cada entrada militar, los capitanes de conquista debían leer a los indios, ante escribano público, un extenso y retórico Requerimiento que los exhortaba a convertirse a la santa fe católica”. Ante su negativa, se le autorizaba al invasor a hacerles todo tipo de “males y daños que pudiere”.

 

         De este modo, la Corona española le dio potestad a los conquistadores, mediante Real Cédula emitida el 23 de agosto de 1503, para esclavizar a los indígenas caribes bajo el pretexto de ser caníbales. Cosa semejante ocurre con el acto dictado por el Juez de Vara y Justicia Mayor de la isla La Española, del 5 de noviembre de 1510, que declara a la provincia de Uriapari (la Guayana) región de caribes, autorizando a sus huestes a cazarlos y venderlos como esclavos. Bastaba entonces acusar a cualquier indígena rebelde de ser caribe para aplicarle esta norma y, en caso de persistir en su rebeldía, matarlo impunemente, dado que no era considerado persona al carecer de alma, según lo dictaminara la arrogancia católica europea, cosa que posteriormente fuera enmendada. A partir de esta realidad salvaje es cuando podemos hablar propiamente de resistencia indígena al afán depredador del incipiente capitalismo europeo en nuestra América, Abya Yala, y no como se ha querido ver en el momento que tropiezan las tres naos capitaneadas por Colón con estas tierras ya descubiertas por sus habitantes originarios.-         

09/10/2009 12:21 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

NUESTRA AMÉRICA: REVOLUCIÓN DESDE EL SUBSUELO DE LA HISTORIA

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Hija del buen salvaje, esposa del buen revolucionario y madre predestinada de la nueva humanidad, nuestra América vive en el presente siglo uno de los momentos más estelares de su historia común al irse concatenando acontecimientos que, al originarse, parecieron marchar de forma aislada, pero que -a medida que pasa el tiempo y se van extendiendo- han venido a conformar un vasto proyecto de liberación continental, aún por definirse y concretarse. Esto ha supuesto -con escasas variaciones en cada país- una rebelión popular generalizada que inquieta y atemoriza, no sólo a los grupos oligárquicos nacionales, sino también (y muy especialmente) al sempiterno imperialismo yanqui, puesto que ello significa el fin de su dominio secular y de la dependencia neocolonial de nuestras naciones subdesarrolladas, aunque es de reconocerse que esto mismo no se ha traducido en un antiimperialismo firme, militante y contundente, tanto de parte de los gobiernos de tendencia progresista y/o izquierdista como de los mismos pueblos que ahora se levantan, no obstante la retórica revolucionaria utilizada.

            Asimismo, todas estas experiencias de cambios enfrentan el mismo dilema representado por la legalidad del orden establecido, siendo un factor determinante la movilización espontánea de las masas, como ocurriera en Argentina, Ecuador, Bolivia y Venezuela, donde éstas decidieron sin armas la suerte de algunos gobiernos, incluyendo al gobierno de facto instaurado en 2002 en el caso venezolano. Todos estos hechos -desde las rebeliones populares producidas en plena efervescencia de la onda neoliberal capitalista que arropara a la totalidad de nuestra América (a excepción de Cuba), producto de la carga de la deuda externa y de la complicidad cipaya de los gobiernos latinoamericanos de turno, hasta las insurgencias armadas de civiles y militares en Venezuela, en 1992, y de los indígenas y campesinos del Ejército Zapatista de liberación Nacional (EZLN) en Chiapas, México, el 1º de enero de 1994- representan una situación histórica que podría influir significativamente en el resto de la humanidad, haciendo factible, al mismo tiempo, fundar un nuevo tipo de sociedad bajo el socialismo, inédita en muchos aspectos y capaz de trascender los moldes del llamado socialismo real que rigiera a la URSS y demás naciones del Este europeo, cuestión que reivindica aún más la vigencia de la teoría revolucionaria que ayudaran a articular Marx, Engels, Lenin, el Che Guevara y muchos otros revolucionarios, sin excluir a los libertarios como Proudhom, Bakunin y Malatesta.

            Así, lejos de ser el escenario del fin de la historia proclamado bajo la “era” reaganiana, a nuestra América le ha correspondido el privilegio, digámoslo así, de abrir el telón para que el socialismo tenga su mejor expresión creadora, en momentos en los cuales las secuelas de una crisis global del capitalismo mantiene en ascuas a las grandes potencias del mundo, buscando en conjunto una solución inmediata que minimice y supere los embates de la misma, pidiendo socializar las pérdidas ocasionadas por la ambición irresponsable y sin límites de una minoría.

            En conjunto, esta revolución desde el subsuelo de la historia latinoamericana y caribeña  nos otorga la oportunidad de contribuir efectivamente a la autodeterminación de los pueblos, a lograr un mundo multipolar sin hegemonías imperialistas y neocolonialistas, lo mismo que un mejor sistema de integración a todos los niveles, no únicamente económico, capaz de romper las ataduras que le impiden a nuestra América equipararse con los países del “Primer Mundo”, pero todo ello manteniendo una cosmovisión completamente diferente, extraída de nuestras raíces históricas, y preparada para abrir los espacios autónomos, participativos y protagónicos que ocuparán los sectores sociales hasta ahora excluidos.

            Aunque tal revolución no se desarrolla bajo los mismos parámetros, teniendo que sortear los múltiples obstáculos y ataques de los grupos reaccionarios internos y externos y, muchas veces, la escasez de criterios y formulaciones teóricas que ayuden a darle un mejor puntal ideológico y práctico al socialismo que se anuncia (lo que incide en el comportamiento reformista de muchos gobernantes y dirigentes de partidos políticos), es evidente que ella marcha de manera inexorable e irreversible. Quizás resulte muy temprano el vaticinio, pero la historia de luchas populares reprimidas en el pasado a sangre y fuego, le imprime el aliento suficiente para que no desmaye en su marcha.-           

08/06/2009 15:40 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

FRANCISCO DE MIRANDA, UN QUIJOTE SIN LOCURA

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A Francisco de Miranda se le reconoce  el mérito de haber participado -armas en mano- en las tres grandes convulsiones revolucionarias ocurridas entre finales del siglo XVIII e inicios del XIX, a saber, la independencia de las Trece Colonias inglesas que dieron origen a Estados Unidos, la Revolución Francesa y la gesta independentista de la América del Sur. Sin embargo, esta particularidad heroica no es suficiente para que se conozca en profundidad su pensamiento político y su resolución inquebrantable de luchar por la libertad, impregnados de un espíritu republicano y de una cultura universal sin iguales, lo cual le mereciera el reconocimiento -entre burlón y sincero- de Napoleón Bonaparte al decir de él que era “un Quijote que no está loco”. Semejante desconocimiento apenas se resarce al atribuirle la condición honrosa de Precursor de la Independencia sudamericana y la creación del estandarte tricolor que identifica a Venezuela como nación soberana, cuestión que no contribuye mucho para comprender quien fue Francisco de Miranda, la dimensión de su obra y pensamiento y, en especial, el contexto contradictorio de la época que le tocó en suerte vivir y padecer.           

Su proyecto emancipador, por ejemplo, producto de años de lecturas de filósofos de la Ilustración, de sus observaciones personales, hechas en cada uno de sus viajes (seguido de cerca por la red de espionaje de la corona española, considerándolo un hombre peligroso en extremo para sus intereses de ultramar); además de las contactos directos y epistolares con algunos de los personajes de importancia de entonces, no es conocido en su justa dimensión, a pesar de abarcar la totalidad geográfica del imperio español en suelo americano. En lugar de ello, se ha impuesto el anecdotario de sus múltiples aventuras amorosas y su vinculación (puesta en duda) con la francmasonería, aparte de la designación un tanto afortunada de nuestra América como Colombia, antorcha que recogiera posteriormente Simón Bolívar al plantearse el proyecto de integración de las antiguas colonias españolas. Quizás en todo ello influyera el hecho de haber sido execrado, junto con su familia, de la excluyente sociedad de castas imperante en su Caracas natal y los cuarenta años de ausencia física a que se vio obligado debido, principalmente, a sus convicciones revolucionarias, cuestiones que pesarán mucho a la hora de iniciar el camino de la independencia venezolana y su defensa mediante las armas. En este sentido, Miranda ha sido víctima de cierta incomprensión histórica, cosa  que todavía se mantiene latente. Como lo refiere Carmen Bohórquez Morán, en su obra Francisco de Miranda, Precursor de las Independencias de la América Latina: “El drama de un precursor es el de ser un incomprendido: sus contemporáneos no entienden su mensaje. En cuanto a sus lejanos descendientes, estos terminan por olvidar al hombre cuyas ideas forman ya parte del patrimonio común”. Como Juan, el Bautista, eclipsado por el mensaje y la personalidad de Jesús, el Mesías, Miranda lo será en su momento por Bolívar, resultando que al primero se le cuentan sus fracasos mientras que al segundo sus victorias y, aún, sus sueños, heredados fundamentalmente del Precursor.

            Aún cuando se magnifique su figura como el primer criollo de dimensión histórica mundial, la valoración de su contribución al proceso de constitución de una identidad americana propiamente dicha ha sido soslayada en algunos casos. Siendo un ferviente y activo promotor de la unidad hispanoamericana, inspiró a no pocos prohombres del Continente a dar los pasos decisivos para producir la ruptura con el yugo ibérico. Para él, la emancipación de la América subyugada debía asumirse como una empresa común, sin los fraccionamientos regionalistas originados e impuestos por la administración colonial. Al  plantearse que Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos ayudaran con esta magna tarea lo hace sólo a cambio de algunas ventajas comerciales, pero nunca a cambio de un tutelaje imperial más moderno que el impuesto a la fuerza por los españoles. Por ello se ocupó por años a la elaboración de esbozos constitucionales para la extensa república continental que ya proyectaba, al igual que las estrategias militares que se implementarían en caso de agresión. Puede aseverarse que nadie antes que Miranda reconoció la necesidad de la independencia absoluta de estas tierras, sin localismos y con plena conciencia del motivo que asumió y marcó su existencia. Es el primero cuyo fundamento político está íntimamente relacionado con una identidad integracionista a nivel continental. Su vida y su plan general están inscritos en ello de un modo persistente, lo cual explica su participación en la Francia revolucionaria, antes del golpe de Estado de Napoleón, convencido de que allí hallaría la ayuda requerida, al igual que lo supuso de parte de la Zarina Catalina de Rusia y del Primer Ministro inglés Pitt.

        

            Para este Quijote sin locura, la independencia y la integración americana era una exigencia histórica a la cual debían sumarse entusiastas todos los americanos. Por ello su legado es interesante conocerlo de manera cabal, sobre todo en el presente cuando se asoman en el horizonte de nuestra América algunas realidades indefectiblemente ligados a su obra y esfuerzos libertadores.-  

23/08/2007 22:33 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

EN NUESTRA AMÉRICA, LA LUCHA ES UNA SOLA

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 Sólo una práctica revolucionaria determina una conducta revolucionaria y ésta se deriva, básicamente, de los valores y de los conocimientos que delinean una conciencia social distinta a aquella que es aceptada tradicionalmente como normal en la sociedad, pero que responde a unos patrones de dominación imperceptibles. Nada diferente a ello podrá dar cuenta de la condición revolucionaria que exhiba alguna gente, aún la mejor intencionada,  creyendo que es suficiente afirmarlo, adoptando incluso cierta simbología, sin tocar fondo. Si no existe esta convicción, acrisolada en la lucha diaria por lograr una emancipación superior al logro de algunas conquistas parciales, será difícil que haya algo cercano a la revolución.

Esta es, justamente, la realidad que ha arropado y caracterizado comúnmente la historia latinoamericana y caribeña desde las gestas independentistas, signada principalmente por el reformismo, aunque algunos hechos acaben revestidos de revolución (sin serlo) gracias a los historiadores, manteniéndose las mismas estructuras de dominación y de dependencia coloniales, ahora con ribetes nuevos. Todo esto ha representado un flujo y reflujo en las luchas sostenidas por los pueblos de nuestra América por una democracia más real y menos discursiva, con sus momentos estelares y sus momentos de agonía, pero de modo decidido y tenaz, a tal grado que las mismas capas dominantes de la sociedad tienen que ceder para conservar sus privilegios mientras logran la reconquista del poder, mimetizando las victorias populares. Tal realidad ocurre, en parte, por la misma tradición histórica de las luchas populares de nuestra América al depender demasiado de líderes carismáticos, sin alcanzar un grado óptimo de organización y menos de madurez política e ideológica, con los cuales crear una situación revolucionaria única, autogestionaria y de auténtico contenido popular. En la actualidad, se ha extendido por todo el Continente una corriente común de luchas sociales, germinada a través del tiempo, que presagia un cambio radical en los órdenes político, económico y social, con masas movilizadas en demanda de sus más sentidas reivindicaciones, pero con los elementos adicionales del antiimperialismo, la antiglobalización y la defensa de los recursos naturales de cada nación, evidenciando con ello una postura diferente a la observada en décadas pasadas.

Frente a tal corriente, el imperialismo yanqui y sus asociados latinoamericanos se hallan desarmados. Ya no pueden recurrir a las mismas fórmulas represivas, intervencionistas y golpistas del pasado de manera descarada e impune, sin levantar un revuelo mundial contraproducente. Quizás la experiencia más resaltante en este sentido sea la de Venezuela, donde se han estrellado las distintas variaciones desestabilizadoras del intervencionismo gringo frente a la voluntad soberana de todo un pueblo, cosa que angustia y desespera a la clase gobernante neoconservadora de Estados Unidos, ya que intuyen su declive hegemónico, de persistir el “mal ejemplo” de los venezolanos. Por eso reviven los viejos recursos mediáticos propagandísticos, inoculándole el miedo al comunismo a los sectores conservadores de la misma forma como se hiciera durante la Guerra Fría, explotando a su favor el “fracaso soviético” y escondiendo la verdad de los hechos. Ahora más cuando se dan cuenta que el fenómeno tiende a masificarse, a internacionalizarse y a diversificarse, sin tener que depender exclusivamente de sus dirigentes actuales, planteándose entonces mayores avances. De ahí que no descarten el fascismo como instrumento extremo para impedir ese auge prerrevolucionario que se palpa indeclinable en cada una de las naciones de nuestra América, comenzando por Venezuela, tal como se quiso con el golpe de Estado de 2002, en especial por los estrechos vínculos existentes con Cuba, una dupla incómoda para Washington.

Sin embargo, a pesar de los rasgos comunes que caracterizan las luchas populares latinoamericanas, cada una responde a la especificidad e idiosincrasia de sus países. Esto ha permitido -gracias a los encuentros internacionales celebrados desde hace algún tiempo- un enriquecimiento de sus posiciones particulares, llegándose a entender que la lucha es una sola y tiene un enemigo de clase común: el capitalismo. La comprensión de ello revivió la propuesta socialista, desmintiendo de esta manera la proclamada victoria del liberalismo y el fin de la historia, dándole en nuestro hemisferio una connotación diferente o aparentemente novedosa, más cercana a los contextos de nuestros pueblos y a las ideas expuestas por Simón Rodríguez, Mariátegui y el Che Guevara. De todos modos, esto no significa que el socialismo que se está enarbolando en este siglo XXI tenga una definición única y exacta, siendo  ésta -quizás- su mejor fortaleza, entendiéndolo sin dogmatismo alguno como lo hicieran en su momento Carlos Marx y todos los luchadores socialistas auténticos del mundo. Todavía falta un largo trecho por andar para que haya conclusiones más acertadas al respecto. Lo trascendente es que vivimos una era de grandes transformaciones donde los pueblos son los protagonistas, como siempre se quiso a través de toda la historia.-                

08/08/2007 00:45 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

EL IMPENITENTE FABRICANTE DE VELAS, ANUNCIADOR DE UTOPÍAS

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            Inabarcable en su proyección de redención social, inagotable en su devenir andariego, insoportable a la tradición castradora, interesante al afán civilizatorio y libertario, insobornable frente a la mediocridad de las castas ufanas de privilegios e instituciones antisociales e iconoclasta ante la verdad metafísica que niega el imperio de la razón; Simón Rodríguez, el impenitente de nuestra historia Latinoamérica, intransigente e irreductible en sus convicciones propias, es la influencia más cercana a nuestros pueblos irredentos en su secular anhelo por disfrutar de un orden republicano menos restringido y más abierto a todos. No es menos casual, por tanto, que aún represente la vigencia de un pensamiento por consolidar, el cual le permita a nuestra América transitar un camino propio, con una identidad propia extraída de sus raíces ancestrales, y proyectada al futuro como un crisol de justicia y emancipación en el cual puedan reflejarse todos los pueblos de La Tierra.

             De tal pensamiento, podríamos extraer tres grandes rasgos singulares, alimentados por las vivencias, las observaciones y las preocupaciones que el inefable Simón Rodríguez, trocado en Samuel Robinson, supo darle a lo largo de toda su vida de andariego caballero de la educación republicana: 1) la ruptura creadora del discurso colonial tradicionalmente aceptado en nuestras repúblicas acabadas de nacer; 29 la imposición de la búsqueda de lo original (“O inventamos o erramos”); y 3) la formación político-ideológica del ciudadano republicano. Sobre estas bases fundamentales descansa la prédica robinsoniana de construir la América antes española, sin imitar servilmente a la vieja Europa o a Estados Unidos. En síntesis, toda la obra y el accionar sin pausa de Simón Rodríguez apunta a crear las condiciones necesarias y urgentes para que nuestra América irrumpiera con una conciencia republicana y libre, inédita en sus formas y prácticas, pero no por ello imposible de lograr, de manera que a la par de la independencia política, primero, y la independencia económica, después, se plasmara también una independencia del pensamiento americano, vivo y múltiple, que caracterizara el momento histórico de entonces y de ahora.

            Como lo resalta Juan Calzadilla Arreaza, Simón Rodríguez “considera que el sujeto humano –no sólo sujeto psicológico y jurídico sino sujeto de la acción social en general- se conforma y se constituye política e históricamente”. Sin duda, subversivo, ya que se asienta en la convicción de disponer de herramientas nuevas que modifiquen radicalmente el tipo de conciencia que heredaron los individuos del antiguo régimen de dominación, de forma que el nuevo edificio social tenga como bases firmes los valores inherentes a la libertad y a la democracia, sin que ello signifique inmovilidad alguna sino constante movimiento creativo. Con ello, el irreverente Samuel Robinson buscó romper los paradigmas imperantes, haciendo posible una subjetividad nueva que reemplace por completo la alienación en que se mantienen algunos individuos, sin que puedan explicarse racionalmente las causas y las condiciones que hacen de ellos unos seres humanos dominados, a pesar de la aparente libertad en que viven y mueren.-   

           

08/03/2007 19:09 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

BOLÍVAR, MARX Y LOS MARXISTAS LATINOAMERICANOS

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Al escribir Carlos Marx su polémico ensayo biográfico sobre Simón Bolívar para la New American Cyclopaedia, aparecida en 1858, volcó una visión que contradice todo lo que se conoce del Libertador, sus campañas militares y sus verdaderos propósitos políticos, una vez que se lograse la completa emancipación del territorio americano respecto al decadente imperio español. Un mes después de publicada esta enciclopedia, Marx le confesaría a su camarada Federico Engels que “en lo que toca al estilo prejuiciado, ciertamente me he salido algo del tono enciclopédico, pero hubiera sido pasarse de la raya querer presentar como Napoleón I al canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque” (dictador haitiano que cometió desmanes en contra de su propio pueblo). Según tal apreciación, Bolívar resultaría ser un dictadorzuelo oportunista y demagogo que tuvo algunos golpes de suerte en medio del escenario de ignorancias, miseria y rivalidades durante la guerra independentista que lo erigieron en lo que conocemos de él hoy en día. Tanto así que Marx llega a calificarlo de “Napoleón de las retiradas” y recuerda el capítulo oscuro de la detención del Generalísimo Francisco de Miranda por parte del Libertador y otros oficiales patriotas, lo que hizo del Precursor un prisionero de por vida en manos de España. 

Semejantes comentarios representaron un trago amargo y difícil de explicar para los marxistas latinoamericanos y, peor todavía, para los marxistas venezolanos. Según lo reseña Inés Quintero en su ensayo “Bolívar de izquierda. Bolívar de derecha”, esto “les dificultaba apropiarse limpiamente de un personaje sobre el cual su principal ideólogo había hecho juicios tan severos y contundentes, enajenándoles cualquier posibilidad de incorporarlo al panteón de verdaderos revolucionarios. Incluso, para complicar aún más el asunto, había algunos latinoamericanos marxistas que secundaban fielmente las opiniones de Marx”. Quienes reivindicaban a Bolívar, argumentaron que el camarada Marx simplemente se había equivocado, sobre todo, al confiar en lo escrito por enemigos declarados del Libertador, como el alemán Ducoudray Holstein, quien escribiera en 1829 un libro sobre su participación en la gesta independentista. 

Gilberto Viera, Secretario General del Partido Comunista de Colombia, a finales de los años 30 del siglo pasado, publicó un tratado en el cual ubicó a Simón Bolívar en su condición de revolucionario al llevar adelante la Independencia y destruir los cimientos coloniales en nuestra América. En igual dirección se pronunciaría Carlos Irazábal con su obra “Hacia la democracia”, el primer análisis marxista de la historia venezolana, resaltando el apego bolivariano por la democracia sin eludir su propuesta de disponer de un Poder Ejecutivo fuerte, centralista y vitalicio, dadas las circunstancias difíciles que rodearon el nacimiento de las nuevas repúblicas. En esa onda reivindicadora se anotaron el cubano Julio Antonio Mella, en 1923, y el peruano José Carlos Mariátegui. Otro tanto haría la guerrilla venezolana de las décadas de los 60 y de los 70 al plantearse, con Douglas Bravo y Pedro Duno, la tesis de un marxismo-leninismo-bolivarianismo, con lo que Bolívar pasaba a tutelar la lucha por la liberación nacional y el socialismo en Venezuela, lo que, posteriormente, serviría de base para las insurgencias cívico-militares de 1992. Asimismo, Francisco Pividal, autor de “Bolívar: Pensamiento precursor del antiimperialismo”, determina con Bolívar el inicio de la lucha latinoamericana y caribeña contra el imperialismo yanqui. 

Con todos estos esfuerzos valorativos de la personalidad y legado bolivarianos quedaba superado el equívoco ensayístico de Carlos Marx. Aunque éste se dejara llevar por su animadversión hacia El Libertador, producto de su radicalismo revolucionario respecto a la lucha de clases, viendo en Bolívar a un aristócrata ávido de fama y de poder, lo cierto es que esto no disminuye su estatura intelectual a favor de la humanidad oprimida. No obstante el criterio sesgado de Marx es indudable que Simón Bolívar simboliza –en la opinión y el sentimiento integracionista de una inmensa legión de luchadores revolucionarios, incluidos, por supuesto, los marxistas, que lo rescataran de las garras de la derecha conservadora- la manifestación más relevante de las luchas populares continentales, con sus errores y sus aciertos, tomando en cuenta, fundamentalmente, la creatividad con que supo enfrentar su circunstancia histórica, cuestión que Carlos Marx, a pesar de su sapiencia, no supo asimilar en su momento.-

VISIÓN Y ÉTICA REPUBLICANA DE SIMÓN BOLÍVAR

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          En Simón Bolívar, El Libertador de medio continente americano, el factor ético de la lucha revolucionaria por la Independencia de nuestros pueblos se expresa en la intransigencia patriótica, la condena al despotismo colonial, el odio a quienes oprimen a la nación americana, la valentía política y la honradez a toda prueba; lo que servirá de estímulo para que exista y perdure, además, una conciencia nacional sólida. Esta posición ética se ha de asumir en la lucha por la liberación nacional, en especial, en lo relativo al sacrificio personal, la satisfacción por el deber cumplido (aunque no sea reconocido), el anteponer a los intereses particulares los intereses del pueblo y trabajar activamente cada día por consolidar la democracia y la independencia nacional.        

En todo ello juega un papel trascendental la educación, una educación dirigida a la emancipación de los ciudadanos y a su formación como republicanos honestos, responsables y productivos; ciudadanos que pudieren acometer la importante tarea de construir una sociedad republicana y democrática, sirviendo de modelo al resto de las naciones. Por eso, llega a asegurar que “la educación e instrucción pública son el principio más seguro de la felicidad general y la más sólida base de la libertad de los pueblos”. Ello es requisito insoslayable para que las virtudes republicanas dominen todos los aspectos de la vida en sociedad, permitiendo que cada persona sea capaz de ejercer el gobierno de la República o, al menos, saber escoger a los mejores para dicha función, sin ser víctima de la demagogia acostumbrada. Esto haría que todos los ciudadanos participaran, en pie de igualdad, en el desarrollo de las instituciones democráticas, de modo que las leyes fueran accesorias.        

Sin embargo, Bolívar era consciente de la necesidad de la disciplina revolucionaria a fin de evitar las desviaciones del proceso emancipador. “Es preciso –afirmaría en uno de sus escritos- el último rigor con los malvados, sean godos o sean patriotas, porque la república tanto gana con la destrucción de un buen realista como de un mal ciudadano. El crimen en todos los partidos es igualmente odioso y condenable: hagamos triunfar la justicia y triunfará la libertad”. A estos efectos, impuso la condena a muerte, de modo sumario, de todos aquellos funcionarios de gobierno que, abusando de la confianza general depositada en ellos, se roban los dineros públicos; igual pena sufrirían los jueces que, conociendo las denuncias en contra de aquellos, no las procesaran y, en consecuencia, no castigaban a los culpables de dichos delitos.        

En el campo político, El Libertador se encamina hacia la autonomía, en lo jurídico hacia la unidad latinoamericana, en lo económico hacia la justicia agraria y en lo social hacia la igualdad. Para Bolívar, la liberación de nuestra América no es un fenómeno político aislado, es justicia económica, autonomía política, unidad latinoamericana, libertad de espíritu, igualdad social, perfección ética, y progreso cultural y educativo. Todo ello en constante construcción hasta dar nacimiento a sucesivas generaciones de líderes republicanos que se encargarían de enrumbar debidamente a las nuevas naciones americanas, generaciones capaces de inmolarse por defender a su Patria de las acechanzas de cualquier poder extranjero. En esto, salvando las distancias y el contexto en que cada uno vivió, Bolívar se adelanta a la propuesta del hombre nuevo que formulara el Che Guevara y que coincide plenamente con la que elabora, a su vez, su Maestro Simón Rodríguez, el inquieto e irreverente Samuel Robinson.        

Consciente de la trascendental empresa de producir una revolución original, sin ser copia burda de otras en el pasado, Bolívar es un convencido de que ello será realidad si se atiende a la formación de los nuevos republicanos, despojándolos de las viejas costumbres heredadas del pasado colonial, cuestión que debe acompañarse de una ética y de una moral plenamente blindadas para que nunca sucumban a las tentaciones generadas en torno al ejercicio del poder, desde los niveles más humildes hasta los más encumbrados.-       

06/07/2006 16:07 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

EL RENACIMIENTO DE LA UTOPÍA

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           Para algunas personas, el siglo XXI, lejos de presentarse como la época de las realizaciones utopistas previstas en algunos libros, ensayos y películas de anticipación que auguraban paz, realización personal y bienestar material para todo el mundo, ha devenido en una época de guerras imperialistas, insurrecciones populares, conquistas neocolonialistas y resistencia de toda índole que pareciera, más bien, ser el preludio de una hecatombe mucho mayor de las que hubo en el pasado.
           
Todo este sombrío panorama, sin embargo, no ha impedido que se produzca un despertar globalizado de la conciencia de mucha gente en todo el orbe, animándola a emprender una lucha, heterogénea y un tanto desigual, pero urgente, contra los grandes centros de poder mundial porque en ella está implícito el futuro de la humanidad misma. Este despertar preocupa enormemente a estos grandes centros de poder mundial y les obliga a trazarse estrategias que resguarden sus intereses, incluyendo la opción militar, tal como fuera puesta en práctica en Afganistán, Irak o Haití.
           
En el caso del hemisferio latinoamericano, esta lucha heterogénea se manifiesta contraria al imperialista yanqui, según lo define James Petras, “por los efectos que este tiene sobre nuestra vida aquí, nuestro empleo, nuestra salud, nuestra educación y directamente vinculado con las exportaciones de capital y las subvenciones militares que hace el gobierno y esta forma de desarrollo, buscando una combinación de grandes movilizaciones con las luchas de los precarios, los desocupados y los maltratados en los hospitales”. Para el Presidente Hugo Chávez, “este siglo es el de la verdad para nosotros, en este siglo tendremos patria y la patria es la América Latino-caribeña; nuestra América. Es tiempo de pensar y de hacer, la batalla es hoy y no mañana, no perdamos tiempo, aprovechemos el tiempo. Nosotros estamos llamados a inventarla, a crearla libre, a liberarla definitivamente para bien de nuestros pueblos”. Bajo estas premisas, numerosos grupos y movimientos de todas las categorías se han dado a la tarea de emprender un debate de altura en torno a cuáles son las perspectivas reales que tienen nuestros pueblos para deslastrarse del proceso de dominación neocolonialista incluido en la globalización capitalista.
           
Todo esto entraña enfrentar al imperialismo yanqui, punta de lanza visible de ese proceso de dominación neocolonialista que tiene su epicentro en la imposición del modelo capitalista neoliberal, desde una óptica totalmente novedosa, sin acudir a los viejos clichés de la izquierda tradicional que, si bien es cierto, integran un aporte importante, no son determinantes a la hora de confrontar el momento crucial; lo que nos lleva a plantear su superación, algo que nos entronca con aquella exigencia de “inventamos o erramos” del Maestro Simón Rodríguez. Esto nos impele a comprender, por ejemplo, que la desigualdad en todo nuestro Continente aborda dimensiones sociales, políticas, históricas, culturales y éticas, que van más allá del enfoque tradicional y entender que esta desigualdad se originó en el largo plazo a través de identidades y categorías tales como raza, género, región y clase. Los que nos plantea una revisión exhaustiva de lo que ha sido la historia de las luchas populares en toda América Latina y nos conduce a echar mano a la utopía como una manera de reinventar la realidad en que nos desenvolvemos cotidianamente y que es necesario transformar, si se quiere acceder a un estadio superior de organización. Es así que la posibilidad de la utopía, como nunca antes en la historia, se muestra tan cercana y conlleva a asumir un reto de imaginación y sustitución de valores, tanto en la forma de pensar como de actuar de nuestros pueblos, lo que supondrá su emancipación definitiva.
            Nuestra América siempre ha sido destinada desde hace siglos a ser escenario del cumplimiento de la Utopía imaginada por Tomás Moro, pero también de aquella que, enraizada en la idiosincrasia latinoamericana, busca establecer las bases de una sociedad verdaderamente democrática, en la cual tenga nacimiento ese hombre nuevo del que hablara el Che Guevara, capaz de asumir a plenitud y con toda conciencia la construcción de un mundo en el cual impere efectivamente la justicia, la libertad y la igualdad. Esa Utopía imaginada es la que está naciendo actualmente en las conciencias de muchos de nuestros pueblos, protagonistas postergados de un sueño interrumpido por las apetencias de poder de minorías apátridas, entregadas a satisfacer los intereses transnacionales, especialmente de Washington. Afortunadamente, esa misma Utopía, enriquecida con las luchas emprendidas casi simultáneamente por los pueblos de nuestra América, rememorando hasta cierto punto lo hecho durante la gesta continental independentista, es la que hoy en día le da una identidad propia al destino americano. Por primera vez en mucho tiempo, se ha desatado entre nuestros pueblos una pasión por ser protagonistas de un cambio realmente democrático y soberano. Esto, indudablemente, implica una confrontación con las diferentes cúpulas que rigieron durante tanto tiempo tales países, lo que redundará en situaciones novedosas en todas las estructuras que los componen.
           
Sin embargo, hay que acotar que este renacimiento utópico requiere de una mayor compenetración con lo que es la historia común de nuestros pueblos; de ahí que se requiera de una producción intelectual e ideológica que la reafirme y sustente. En esta orientación existen algunos ensayos, dados a conocer en encuentros internacionales; por ejemplo, en Venezuela y Brasil. Cada uno según la óptica particular de sus países de origen. Esto, lejos de ser un impedimento, contribuye a elevar la comprensión de lo que hemos sido, somos y queremos ser. Todo, visto de una manera global, entendiendo que la Utopía americana, tal como lo advirtieron nuestros Libertadores, sólo se hará factible a medida que logremos la integración no sólo política, sino también cultural, política, jurídica, militar y social.-    
              
           
               

21/03/2006 22:49 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

EL SOCIALISMO SEGÚN EL CHE GUEVARA

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“Yo no soy un libertador, los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”. Ernesto Che Guevara.

 

            Icono de la revolución mundial y hombre de acción y de palabra, el Che Guevara conjugó en sí mismo las cualidades éticas y morales que debe resaltar en todo revolucionario verdadero, siempre en función de la emancipación integral de la humanidad oprimida. Esto lo impulsó, en todo momento, a no contentarse con hacer posible la revolución en un solo país, Cuba, ocupando diversos cargos de responsabilidad en el gobierno revolucionario sino que amplió sus horizontes, asumiendo la importante tarea de estudiar y difundir la teoría revolucionaria del socialismo, sin que ello significara una aceptación tácita, carente de alguna crítica objetiva, de lo que observara –por ejemplo- en su periplo por los países bajo la órbita de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
            En texto dirigido a Carlos Quijano, del semanario Marcha, de Montevideo, en 1965, Guevara destaca la importancia del individuo, en su doble condición de ser único y miembro de la comunidad, en la construcción del socialismo, reconociendo –de paso- la existencia de las taras del pasado, lo cual hace que la nueva sociedad en formación tenga que competir con éste de modo fuerte y constante. “Esto –dice el Che- se hace sentir no sólo en la conciencia individual, en la que pesan los residuos de una educación sistemáticamente orientada al aislamiento del individuo, sino también por el carácter mismo de este período de transición con persistencia de las relaciones mercantiles”. Más adelante, afirmará: “Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida”. De ahí que sea imperativo el nacimiento del hombre nuevo, siendo necesario, a su vez, “el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas. La sociedad, en su conjunto, debe convertirse en una gigantesca escuela”. Sobre este punto, el Che insistirá una y otra vez, siendo él mismo ejemplo de sus ideas al instaurar el trabajo voluntario sin más remuneración que la del deber cumplido.
            Para el Che, la revolución (y, con ella, el socialismo) es algo que debe sentirse y vivirse a plenitud, superando cada estadio alcanzado, en un proceso inacabado hasta arribar a una sociedad de nuevo tipo, la comunista, en la cual desaparezcan para siempre las desigualdades económicas y sociales, lo mismo que el viejo Estado, y se establezca un poder eminentemente popular. Aún así, el Che estaba consciente de los difíciles escollos que se le presentarían a la revolución cubana. En la misma misiva a Quijano, Che acepta que “se han hecho algunas experiencias dedicadas a crear paulatinamente la institucionalización de la Revolución, pero sin demasiada prisa. El freno mayor que hemos tenido ha sido el miedo a que cualquier aspecto formal nos separe de las masas y del individuo, nos haga perder de vista la última y más importante ambición revolucionaria, que es ver al hombre liberado de su enajenación”.

            Consciente de los baches que presentaban las experiencias socialistas en boga entonces, Che denuncia “el escolasticismo que ha frenado el desarrollo de la filosofía marxista e impedido el tratamiento sistemático del período (de transición), cuya economía política no se ha desarrollado, debemos convenir en que todavía estamos en pañales y es preciso dedicarse a investigar todas las características primordiales del mismo antes de elaborar una teoría económica y política de mayor alcance”. Por ello, trata de trascender el estrecho marco en que se hallaba la teoría socialista, enfocando su análisis sobre las particularidades específicas de la revolución cubana y de cómo ésta había desembocado en el socialismo, sin ser –por ello- imitación mecánica de otros procesos revolucionarios. A fin de evitar una dependencia del proceso revolucionario cubano en relación a sus aliados soviéticos (cuestión que se hizo evidente durante la crisis de los misiles en octubre de 1962), Che se planteó luchar contra el imperialismo yanqui en otras latitudes, de modo que la solidaridad internacionalista se basara en parámetros distintos a la subordinación a un nuevo imperialismo y las relaciones económicas socialistas dejaran a un lado, a su vez, los parámetros del capitalismo, en un intercambio de igualdad y de complementación tecno-científica, industrial y de materias primas.

            Che nunca eludió la crítica ni la autocrítica. Su praxis siempre se enlazó con sus ideales socialistas. Para él, la condición de revolucionario representa el máximo escalón al cual podría aspirar cualquier ser humano. Ése era parte de su credo revolucionario y socialista y, por ello mismo, mantiene plena su vigencia como el revolucionario que siempre fue.-   
                 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

21/03/2006 22:41 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

CONVIDADOS AL BANQUETE PARA SER COMIDOS. LA LUCHA DE NUESTRA AMÉRICA CONTRA LA VORÁGINE NEOLIBERAL

20060318183642-pueblo-de-ecuador-contra-el-tlc.jpg “Bombas contra la gente, bombas contra la naturaleza, ¿y las bombas de dinero? ¿Qué sería de este modelo de mundo enemigo del mundo sin sus guerras financieras? Eduardo Galeano.

Las últimas protestas originadas en las calles de varias ciudades de Ecuador en contra del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos dan cuenta de la enorme separación existente entre la clase gobernante y las clases populares en esta nación y, por extensión, en toda nuestra América, al interpretar como nacionales sus propios intereses y aceptar, además, como inevitable y necesario el tutelaje yanqui. Lo significativo del caso es que estos Tratados bilaterales –en sustitución del fracasado ALCA que se suponía entrara en vigencia a nivel continental en 2005- no han podido imponerse sin que haya una matriz de opinión totalmente desfavorable y opositora de parte de los pueblos latinoamericanos. Esto hace que los gobiernos seducidos por los cantos de sirena de la globalización económica neoliberal tengan que recurrir a los viejos métodos de represión para acallar las voces de descontento de las masas populares, las cuales han comprendido que tales tratados sólo traerán más miseria, explotación y dominación neocolonial mientras las clases dominantes, junto a las grandes corporaciones transnacionales, verán incrementadas aún más sus cuentas bancarias.


Según Diego Delgado Jara, ecuatoriano, “se busca retacear nuestros países para brindar bocados más digeribles a las grandes multinacionales empeñadas en depredar más todavía nuestros recursos naturales, de tal modo que castas dominantes provinciales, departamentales o regionales, en forma directa, entreguen esos recursos, cerrando el paso a eventuales decisiones positivas de gobiernos soberanos futuros, que representen los intereses del conjunto de los sectores sociales más pobres y excluidos de todo un país”. En este caso, el neoliberalismo económico no es la alternativa más idónea para que los sectores populares empobrecidos logren superar su condición de exclusión social, como tampoco lo es para mantener la integridad territorial ni la soberanía de nuestros países. Uno de los casos más emblemáticos es México, cuya clase política celebró con bombos y platillos el Tratado de Libre Comercio suscrito con Canadá y Estados Unidos en términos de igualdad, esperando alcanzar los mismos niveles de desarrollo de sus socios norteamericanos; sin embargo, desde que entrara en vigencia en 1994, dicho tratado ha significado todo, menos el esperado beneficio para México, traduciéndose en un mayor éxodo de inmigrantes ilegales hacia Estados Unidos y el empobrecimiento acelerado y continuo de los campesinos mexicanos ante la introducción de productos agrícolas subsidiados de su vecino del norte.


No obstante, a pesar de esta realidad evidente las clases dominantes porfían en aferrarse a la ilusión que les brinda Estados Unidos de disfrutar de los beneficios del libre mercado, ignorando a propósito que su desarrollo capitalista tiene sus fundamentos en la expoliación sostenida de los inmensos recursos naturales de nuestro Continente, la cual se iniciara con el arribo de los primeros europeos a estas tierras, en plena expansión del capitalismo mundial. Por lo que es admisible afirmar que este desarrollo capitalista pretendido por nuestras clases gobernantes y empresariales sólo ensanchará aún más la profunda brecha que divide a los pobres de los ricos, tanto en el orden nacional como en el internacional, siendo características del capitalismo la explotación sistemática de los trabajadores y la desigual distribución de la riqueza, justamente lo que genera el descontento de las mayorías. Para quienes rigen la política y la economía, al interior de nuestras naciones, es una alternativa recurrente y secular que, desde la segunda mitad del siglo pasado, impuso la tesis desarrollista y la sustitución de importaciones, pero manteniendo intactas la dependencia respecto al capitalismo internacional y la condición de naciones monoproductoras en lo que se llamó la división internacional del trabajo, sin trascender ni someramente dicha situación debido a la seducción de su “inevitabilidad histórica”.


Para el capitalismo globalizado es una cuestión de vida o muerte que las economías de nuestros países sigan girando –como hasta ahora- a su alrededor, imponiendo un pensamiento único y un nuevo orden mundial, dominado por las transnacionales, que ejerza dominio directo de territorios y de recursos naturales estratégicos, entretanto se logra un reacomodo menos traumático y más permanente, a pesar de la crisis que pudiera causar un conflicto mayor entre Irán y el binomio imperialista Estados Unidos/Gran Bretaña. Para nuestros pueblos de América, África y Asia también es una cuestión de vida o muerte, ya que significa evitar ser comidos en un banquete servido por lobos disfrazados de ovejas.-


18/03/2006 18:36 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.


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