El «fracaso» del desarrollo en Nuestra América/Abya Yala/ Améfrica Ladina
Homar Garcés
Bajo las advocaciones de desarrollo económico, desarrollo social, desarrollo local, desarrollo global, desarrollo rural, desarrollo sostenible, desarrollo sustentable, ecodesarrollo, etnodesarrollo, desarrollo a escala humana, desarrollo local, desarrollo endógeno, desarrollo con equidad de género, codesarrollo y desarrollo transformador; el desarrollo ha sido como el Santo Grial al cual buscan acceder políticos y economistas de las naciones periféricas del capitalismo, en un ilusorio esfuerzo por dejar atrás las taras que lo impiden. Superar el subdesarrollo y generar desarrollo ha sido, quizá, el principal leit motiv de los discursos académicos y políticos que han caracterizado, desde la década de los años 50 del siglo XX hasta el tiempo presente, la historia de las naciones de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, extensiva también a otras naciones del mundo que se han fijado como meta colocarse al mismo nivel de los países desarrollados, es decir, de Europa occidental y Estados Unidos. Categorías como pobreza, desempleo, subempleo y desigualdad fueron «descubiertas» como las causas por las cuales nuestros países no accedían al desarrollo anhelado, a pesar de las diversas potencialidades y condiciones que cada uno posee para lograrlo. Esto hizo que algunos economistas autóctonos fijaran algunos criterios en torno a si tales categorías eran, verdaderamente, las causas de nuestro atraso, lo que hizo extender la mirada hacia otros elementos igualmente importantes, entre éstos, la dependencia respecto a los grandes centros de poder, representados, sin casualidad, por los países de Europa occidental y Estados Unidos. Ya no se trataba únicamente de disminuir y erradicar los niveles de pobreza, analfabetismo, falta de salubridad, desnutrición, desempleo, subempleo y desigualdad existentes sino también (y primordialmente) de romper los lazos de dependencia y transculturización con aquellos países. A la par de ello, surgió en nuestro continente, a finales de los 70, una corriente ecodesarrollista que se enfocó en el impacto causado por el agotamiento paulatino de recursos naturales, la pérdida de biodiversidad, los desequilibrios ecológicos locales y globales, y las alteraciones graves observadas en el clima en general.
Es bastante significativo que en 1992 se haya dado a conocer públicamente un histórico manifiesto refrendado por más de 1500 científicos –incluyendo entre éstos a cien ganadores del premio Nobel– en el cual se advertía sobre las consecuencias irreversibles del modelo actual de desarrollo. Tiempo después, la Declaración del Milenio de las Naciones Unidas (2000), señalaría que «no debemos escatimar esfuerzos para liberar a toda la humanidad, y sobre todo a nuestra descendencia, de la amenaza de vivir en un planeta irremediablemente echado a perder por las actividades humanas, y cuyos recursos ya no serán suficientes para sus necesidades». Y ésto no podría atribuirse a individuos o grupos ideológicamente identificados con la izquierda revolucionaria. No. Había una compresión de las diferentes consecuencias de la existencia y funcionamiento del sistema capitalista a nivel global, lo que se incrementó durante las décadas finales del siglo XX cuando el neoliberalismo económico comenzó su acción depredadora en la mayoría de los países del continente americano; de lo cual no escapó Venezuela, a pesar de la contundencia de la rebelión popular del 27 de febrero de 1989.
Visto bajo un prisma más realista y objetivo, el desarrollo se convirtió en un fenómeno capaz de empobrecer a personas y a sociedades alrededor del planeta, de causarles pérdidas (de capacidades, de identidad étnica y cultural, de recursos naturales), de restringirles derechos y libertades públicas, y de generar unos nuevos desequilibrios y desigualdades que terminarán por hacer más difícil la vida material de las personas, especialmente, de aquellas que se hallan en el umbral de la pobreza o ya lo han traspasado. En definitiva, el modelo de desarrollo hasta ahora conocido y seguido representa, en gran medida, un fracaso visible. Además, a dicho modelo habrá que endilgarle también su contribución a establecer un sistema mundial basado en profundas asimetrías entre unas y otras regiones del planeta, y en un balance de poder claramente favorable a los países comúnmente denominados desarrollados. Respecto a esta realidad, el economista estadounidense John Kenneth Galbraith (1967) advertía sobre la evolución adoptada por el capitalismo contemporáneo, indicando que «si seguimos creyendo que los objetivos del sistema industrial –la expansión del producto, el aumento concomitante del consumo, el progreso tecnológico, las imágenes públicas que lo sostienen– coinciden con la vida misma, entonces todas nuestras vidas seguirán al servicio de esos objetivos (...) Nuestros deseos y nuestras necesidades se manipularán de acuerdo con las necesidades del sistema industrial (…). Al final se tendrá el resultado global de una benigna esclavitud… no será la esclavitud del siervo de la gleba, pero no será la libertad». Y eso sin ser de izquierda, con cuánta más razón para quienes propugnan una alternativa revolucionaria al capitalismo.
Como complemento del cuestionamiento del sistema capitalista globalizado, en las últimas décadas las propuestas del Buen Vivir contenidas en el concepto de los pueblos andinos de América del sur de Sumak Kawsay (en su versión quichua) o Suma Qamaña (en su versión aymara) vienen a enriquecer la búsqueda y puesta en práctica de desarrollos alternativos que se alejen y se diferencien significativamente de lo que representa la lógica del capitalismo; siendo éstas, en consecuencia, propuestas radicalizadas de transformación social, de indudable influencia en lo político, lo económico, lo social, lo cultural y lo espiritual; y, por consiguiente, son propuestas de alto calibre subversivo frente a las posiciones económicas, políticas, sociales, culturales y espirituales tradicionalmente seguidas, de acuerdo a la visión colonialista del eurocentrismo o Modernidad. En este punto, es preciso tener presente que el desarrollo alcanzado por los países de Europa occidental y Estados Unidos se debió, en gran parte, gracias, en primer lugar, a la condición de colonias de nuestras naciones y, en segundo lugar, luego de sus independencias formales respecto a la metrópoli española, a la condición de neocolonias, esta vez bajo la hegemonía yanqui. A esto contribuye, indudablemente, la corrupción y el comportamiento servil y antinacional de las minorías privilegiadas que nos gobiernan. Por lo mismo, es absurdo e ilusorio creer que el soñado desarrollo de los países que integran Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina se podría lograr repitiendo los mismos esquemas utilizados por aquellos países; más aún cuando éstos hacen todo lo posible para que se mantengan vigentes las asimetrías establecidas entre unos y otros.
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