Cultura y revolución en Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina
Homar Garcés
En su Cuaderno 11, correspondiente a los «Cuadernos de la cárcel», Antonio Gramsci expresó que «crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos ‘originales’, significa también, y especialmente, difundir críticamente las verdades ya descubiertas, ‘socializarlas’, por así decir, y, por tanto, hacerlas devenir en base de acciones vitales, elemento de coordinación y de orden intelectual y moral. Que una masa de hombres sea llevada a pensar coherentemente y de forma unitaria la realidad presente es un hecho ‘filosófico’ mucho más importante y ‘original’ que el descubrimiento por parte de un ‘genio’ filosófico de una nueva verdad que permanece como patrimonio de pequeños grupos intelectuales». Otro tanto aportaría Rosa Luxemburgo (1871-1919) al escribir una síntesis bien sencilla de lo que sería el socialismo revolucionario: «El socialismo no es, precisamente, un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo». Aún más, desde Perú, José Carlos Mariátegui (1894-1930), trazaría una línea teórica y de acción novedosa y revolucionaria (bastante citada) que mantiene plena vigencia: «No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva». Cada uno, con diferentes palabras, pero con una misma intención, establecieron lo que debiera constituir materia prioritaria para todo proyecto de cambio que pretenda ser, además de revolucionario, socialista: fomentar una nueva conciencia y, por tanto, una nueva hegemonía; ambas ajustadas u orientadas al logro permanente y siempre renovado de emancipación de la revolución socialista. Lo que se traduce en una lucha contra los residuos del orden colonial en nuestros países, notorios tanto en la concepción como en la práctica cotidiana del poder constituido; así como en el conocimiento generalizado.
Empero, esto supone comprender, además, en un sentido más amplio lo que serían algunas de sus conceptualizaciones. Habrá que comprender que la colonialidad del poder contiene, a su vez, una colonialidad del ser (representada por la violación del sentido de la alteridad humana), una colonialidad del saber (representada por el eurocentrismo en correspondencia con el proyecto de la Modernidad) y una colonialidad del género (abarcando lo que implican los conceptos de raza, clase, género y sexo); en lo que serían las herencias coloniales de los países de nuestra América, Abya Yala, Améfrica Ladina o Patria Grande. En algo que busca definir mejor este aspecto de nuestra realidad se habla de la conquistualidad del poder. Así, en un tipo de sociedad prefabricada de prejuicios y de opiniones preconcebidas que facilitan ejercer una socialización disciplinaria sobre los individuos que los hace adoptar una subjetividad que no cuestione totalmente el orden establecido, no ha resultado difícil implantar los mensajes propagandísticos de la ultraderecha contemporánea, aún aquellos que, por su mismo contenido, desafían toda lógica y toda realidad; lo que, de cualquier manera, influye en el debilitamiento de los vínculos humanos, como se podrá verificar nada más analizando el contenido y los objetivos de los discursos de odio propagados por los dirigentes y seguidores de esta ultraderecha.
Por ello es importante que el arte, como expresión y experiencia de la nueva cultura socialista, contenga una potencialidad social y cultural creadora permanente, con la cual se esté en capacidad de sacudir los cimientos de la sociedad actual en vez de convertirse en un objeto más, en otra mercancía más a consumir, de la cultura de masas. Pero este arte se halla, ahora, a merced de lo que se ha llegado a entender como inteligencia artificial, planteándose la duda respecto a si lo que «produce» se puede calificar también como arte. En esta situación, la inteligencia artificial no solo pone de manifiesto la intersección de la tecnología y el arte, sino que también plantea cuestiones éticas, morales y legales que aún no se han profundizado. Es un dilema que va más allá de la simple generación de imágenes; toca temas como la originalidad, la propiedad intelectual y la esencia misma del material que reproduce. Esto también es parte de lo que debe abarcarse en los nuevos tiempos, comprendiendo cuáles podrían ser sus implicaciones en la transformación cultural de la sociedad y cómo podría ésta contribuir a gestar y a lograr una revolución que tenga por objetivos principales la liberación y la soberanía de los sectores populares.
Las raíces históricas y culturales de nuestros pueblos son las bases fundamentales de la cultura y la revolución socialista en nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina. Esto significa que deben despojarse de esa condición impuesta hace más de quinientos años de ser los beneficiarios de la «piedad» y la «sapiencia» civilizatoria colonial europea (enlazada, o extendida, ahora con el imperialismo yanqui-sionista) y plantearse, en consecuencia, la asunción de un rol histórico distinto al asumido hasta ahora, con su carga de dependencia en todo sentido y de vulneración de sus soberanías nacionales. Frente a la ilusión de vivir en libertad (pervertida en algunas naciones por gobiernos de índole derechista y prosionistas) se impone iniciar una gran batalla cultural, extensiva a todos los campos de la vida social, que contrarreste los efectos de la ideología de las minorías dominantes en nuestros países; especialmente cuando los grupos hegemónicos globales -comandados, en apariencia, por Donald Trump desde la Casa Blanca- quieren desconocer por completo la soberanía de los pueblos en su provecho. Como bien lo estableció Gramsci, no habrá ningún cambio radical o revolucionario que pueda perdurar sin que se logre instaurar una hegemonía política y cultural diferente a la secularmente existente. Ésa es, básicamente, la tarea que debieran emprender en nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina todos los movimientos y los sujetos revolucionarios para evitar que la oleada derechista que tiene lugar en el mundo termine por acorralar a nuestros pueblos, despojándolos de su libertad, de sus riquezas minerales y de sus derechos democráticos.
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