Cyberfascismo y alienación digital
Homar Garcés
En un artículo, El poder de hackear las mentes, escrito por Sally Burch éste señala: «vale recordar que, a fines de los años ‘80, el Consejo para la Seguridad Interamericana adoptó el Informe Santa Fe II titulado: “Una estrategia para América Latina en los 90”, que, con miras a contrarrestar lo que llamaba el “estatismo”, establece como necesario combatir a aquellas agrupaciones e iniciativas que promueven la concientización, con un sentido solidario y crítico a los poderes establecidos (hacen referencia al Gramsci-comunismo, a la Teología de la Liberación, incluso a la educación y comunicación popular). Para ello, plantea una política de conflictos de baja intensidad (CBI), cuyo componente básico es una estrategia militar que –más allá del aniquilamiento físico– busca doblegar al enemigo ganándose la “mente y los corazones” de la población; y cuando ello no es posible, quebrándole lo último que le puede quedar: la esperanza. Una fórmula que apunta a conjugar la fuerza y el consenso para dominar, con las consecuencias nefastas que hemos vivido». En muchos aspectos, para asegurar esta situación (que se ha perpetuado a través del tiempo con pocas variaciones) son indispensables el control económico continuo, la división interna de los pueblos y la colonización de sus mentes; en este último caso, a través de la desinformación que llevan a cabo granjas de troles, bots y cuentas automatizadas que saturan el debate público desde distintos puntos, al mismo tiempo. Se quiera creer o no, esta es la realidad que se está haciendo cada vez más evidente en cada uno de nuestros países, dominados en la distancia por grandes corporaciones capitalistas, asentadas principalmente en Estados Unidos, en un proceso acelerado de neocolonización y de extractivismo digital.
Para conseguir este propósito, explota lo que puede retener la atención de las personas que acceden, de una u otra forma, a las distintas redes de internet existentes, ocasionando que muchas de estas personas canalicen sus rabias, sus impotencias, sus vacíos existenciales y sus frustraciones contra determinados individuos o grupos sociales, políticos y étnicos; lo mismo que en sentido contrario, con sus ídolos y tendencias de moda. Para el sistema capitalista, caracterizado, en líneas generales, por relaciones de dominio y de explotación, es vital moldear la conciencia, el lenguaje, el conocimiento y la conducta de los individuos, convirtiéndolos en seguros consumidores y haciendo que su subjetividad esté centrada en sí mismos, con poco o ningún apego a cualquier rasgo o sentido de humanidad, de solidaridad y/o de comunidad; justamente el tipo de individuo que requiere el neoliberalismo capitalista para su reproducción y vigencia. En este sentido, dichas corporaciones se hallan enlazadas con los centros de poder hegemónicos y participan en el diseño de sus estrategias de guerra y dominio, como lo admitió públicamente la empresa de software y análisis de datos Palantir Technologies, declarando la muerte de la democracia liberal y el auge del tecnofascismo como nuevo orden mundial, proponiendo para ello la «República Tecnológica», todo con el objetivo de mantener y ampliar el poderío global del imperialismo yanqui, resaltando a Estados Unidos como el único promotor de valores progresistas, suprimiendo u ocultando su largo historial de violencia, discriminación, asesinatos selectivos, guerras y millares de víctimas alrededor del planeta. Tal como se pretende lograr con la imagen del Estado sionista de Israel, el cual ha desarrollado un programa cibernético que identifica blancos potenciales entre la población palestina y los ejecuta automáticamente.
El cyberfascismo (que algunos denominan también tecnofascismo) es la más pura manifestación del capitalismo. Fusiona peligrosamente el poder tecnológico-corporativo con el poder estatal (como ocurre en Estados Unidos). Esto podría tener consecuencias nefastas para que siga funcionando debidamente la democracia, imponiéndose un control y una violencia extremados, invocando asuntos de seguridad nacionales. Así, no es nada descartable que la arquitectura de toma de decisiones e infraestructura digital, acabe por automatizar la represión; lo que podría hacerse de una manera individual o colectiva, dada la enorme cantidad de datos suministrados gratuita e ingenuamente por los millones de usuarios de internet, lo que facilita conocer la ubicación y el perfil psicológico de aquellos que serían perseguidos de manifestar algún tipo de descontento con el sistema imperante. Nos encontramos, en consecuencia, en una fase histórica donde el consumo y la distracción tecnológica son las principales herramientas de la infraestructura digital con que el capital se ha dado a la tarea de recolonizar la conciencia humana, amenazando la libertad de todos.
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