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LA UTOPÍA ALTERNATIVA DEL ANTI-ESTADO

LA UTOPÍA ALTERNATIVA DEL ANTI-ESTADO

Numerosas voces en todo el planeta coinciden en la necesidad imperiosa que se le presenta a la humanidad de crear un nuevo orden civilizatorio. Muchas de ellas tomando como referencia los postulados que definen el materialismo histórico y otros que nos presentan la propuesta de una ecología social mediante la cual armonicen seres humanos y naturaleza. En uno y otro caso surge la figura del anti-Estado, distinto al Estado prevaleciente, producto de la transformación estructural con que serían eliminadas las barreras que separan a gobernantes y gobernados, es decir, a las minorías dominantes de las mayorías subordinadas.
Tal propuesta choca, indefectiblemente, con la ideología hegemónica. Especialmente, contra lo que ésta ha logrado en un amplio segmento de la población cuando se le inculca una despreocupación deliberada, lo que le hace desligarse de todo asunto que, en cualquier grado, afecte a la sociedad; limitándose, generalmente, a emitir una crítica amargada pero sin proponer alternativa alguna que palie o elimine la situación cuestionada. Esto requiere que se planteé una lucha de resistencia integral, protagonizada y sustentada de un modo totalmente distinto por los sectores populares; lo que exige, además, un contexto teórico global con qué explicar todo cambio revolucionario y con qué guiarse al momento de realizar las rectificaciones necesarias.
Para muchas personas, la oportunidad de crear un modelo civilizatorio ajeno a los cánones tradicionales implica algo remoto de lograr. Y esto no debe sorprender, dada la carga ideológica que llevan a cuestas. Por ello, al hablar de un anti-Estado, resaltan aquellos rasgos, procedimientos y acciones que caracterizan al Estado liberal burgués (al margen de la denominación con que se le conozca), ya que gran porcentaje de ellos son, justamente, los que generan los cuestionamientos de la población, pudiendo ser un punto de partida para la elaboración de dicha propuesta. Ésta, por demás, ha de contemplar, entre otros objetivos, la configuración y fortalecimiento de instancias organizativas populares autónomas de decisión, así como de instituciones y de estructuras políticas y sociales capaces de asegurar en todo momento el ejercicio democrático de los sectores populares. Sin tales elementos, la propuesta que se presente sería una propuesta más, sin nada semejante a lo que serían (o representarían) una amplitud de visión y una voluntad de transformación verdaderas.
Como es percibido por mucha gente a nivel mundial, los actuales Estados ejercen a medias su soberanía, sometidos como están a la influencia inequívoca de los grupos que manejan los grandes capitales del planeta, los cuales no se contentan con solo controlar los mercados financieros sino que aspiran hacerlo también con los recursos naturales y los territorios de los diversos continentes, sin obviar la conducta y el pensamiento de toda la humanidad. Dichos Estados, según afirmación de Álvaro García Linera, «se encargan de privatizar los recursos, de disciplinar la fuerza laboral al interior de cada Estado territorialmente constituido, de asumir con los recursos públicos del Estado los costos, los fracasos o el enriquecimiento de unas pocas personas»; en correspondencia con los dictados e intereses del capitalismo neoliberal. Por eso es importante que la materialización de una correlación de fuerzas sociales y políticas revolucionarias debe ser capaz de superar tal influencia y/o hegemonía y apuntar a la estructuración de un gobierno de movimientos sociales antes que de cualquier minoría. Esto pasa también por un proceso de descolonización del pensamiento, elemento de un valor fundamental para emprender los cambios revolucionarios que exige la coyuntura presentada.
Lo que queda entender de este anti-Estado es lo referente a la definición de poder de Estado y aparato de Estado, de modo que uno y otro puedan funcionar en correspondencia con los intereses y las necesidades de los sectores populares, lo que debe traducirse, a su vez, en la realidad de una nueva práctica de la política. 

EL PODER Y LA UTILIDAD DE LOS REBELDES

EL PODER Y LA UTILIDAD DE LOS REBELDES

 

El modelo de Estado burgués liberal (extendido sin mucha variación a todos los continentes) constituye un Leviatán burocrático que induce a ciudadanos y ciudadanas a una obediencia conformista y, en muchos aspectos, acrítica. Siendo ello un hecho comprobado, la aceptación del contexto social general creado por la lógica del capitalismo que sustenta este modelo de Estado ha implicado la renuncia tácita a la libertad de quienes experimentan dicha lógica a diario, por lo cual toda rebeldía ante la misma resulta inaceptable y, por demás, peligrosa para sus principales beneficiarios, si no es contenida desde su inicio.

Es una situación que no deja de repetirse. El flujo y reflujo del conflicto existente desde hace siglos entre la libertad y la autoridad ha tenido por efecto absurdo que la política de la sinrazón y el consenso servil impuestos por las clases dominantes sean unos rasgos característicos del nuevo siglo, lo que comenzó como una excentricidad y una reacción frente al ineficiente y corrupto desempeño de algunos gobiernos a nivel mundial. El ejemplo de ello ya no se limita a lo que es Estados Unidos o Brasil, viéndose en grados más o menos similares en otras latitudes, dando espacio a expresiones de absoluta intolerancia que niegan el talante democrático de quienes las reproducen sin siquiera en lo mínimo posible las graves consecuencias que esto tendría para la sociedad en que viven.

En este caso, como se ha comprobado a través de la historia común de la humanidad, la utilidad de los rebeldes vuelve a ponerse de manifiesto de dos maneras. Por una parte, sirve para reforzar el miedo a la novedad de las masas inculcado por quienes las controlan en beneficio de sus particulares intereses de clase, haciéndoles ver que las cosas sólo pueden funcionar de la forma como han funcionado siempre, sin alteración alguna. Por otra, al ser anatematizado cuanto rasgo de rebeldía que pueda aflorar en cualquier momento (siendo perseguidos, encarcelados y, en el peor escenario, asesinados sus promotores), se le señala a los sectores populares cuál sería su destino de continuar insistentemente con ello. 

Para aquellos que representan el poder constituido toda utopía alternativa es una amenaza que suelen destruir por todos los medios a su alcance, apelando, en una primera instancia, a la manipulación de la conciencia de las masas, al llamado sentido común que no es otra cosa que el  pensamiento dócil y conservador que legitima la hegemonía de la minoría corporativa dominante. De este modo, se degrada todo asomo de rebeldía y de revolución a un trastorno y, por tanto, a una situación que alteraría perjudicialmente el «orden natural» que todos debieran respetar, en beneficio de todos.

Por tal motivo, la subjetividad subversiva implícita en cada acción rebelde tendría que expresarse en una tenaz lucha de resistencia integral que consolide la posibilidad real de un nuevo orden civilizatorio, en el cual la vida en general sea el principal centro de atención y no, como hasta ahora, los grandes capitales transnacionales. Sería darle un vuelco radical a lo que han sido tradicionalmente las relaciones de poder, erradicando así las divisiones y las desigualdades padecidas por las mayorías populares, y un sentido práctico a la rebeldía que éstas manifiestan toda vez y de forma diversa contra las acciones de un orden injusto que las niega y las excluye. -

 

LA REVOLUCION DE LO REAL ALTERNATIVO

LA REVOLUCION DE LO REAL ALTERNATIVO

La aceptación (inducida o no) del contexto general creado -desde hace siglos- por la lógica del capitalismo implica una renuncia tácita a la libertad por parte de quienes experimentan dicha lógica a diario. Lo que se extiende a una falta de responsabilidad en relación con las acciones que estos generan -como individuos-; comisionándosela a Dios, al destino, a un líder carismático o al Estado (representado por el gobierno de turno), en vez de asumirla como expresión axiomática de su propia libertad. Los trabajadores (profesionales, técnicos y obreros no calificados) terminan por convertirse en otro tipo de mercancías al vender sus conocimientos y su fuerza de trabajo al capital, buscando asegurar así sus esperanzas de vida; llegando esto a convertirse  en una cierta manera modernizada de esclavitud consensuada que deja ver, a grandes rasgos, una relación asimétrica de clases que muchos aún se niegan en admitir, llevados por la influencia de la ideología hegemónica. Sus múltiples efectos se hacen sentir en cada aspecto de la vida cotidiana y, generalmente, empujan a muchas personas a un callejón sin salida y ocasionan disturbios constantes que ponen en evidencia la fragilidad del sistema vigente.

Frente a este escenario, numerosas voces en todo el planeta hablan de la necesidad imperiosa de crear un nuevo orden civilizatorio. Especialmente cuando está comprobado que el actual, dominado por los intereses capitalistas, ha expuesto a la humanidad y, junto con ella, a la naturaleza que le sirve de soporte de vida, a una extinción inminente si no se cambian radicalmente los paradigmas que lo legitiman y sostienen. Para lograrlo, es fundamental que haya una subjetividad subversiva capaz de imaginar y de concretar ese nuevo orden civilizatorio, evitando repetir o conservar todo aquello que dificulte o desvíe su realización. Ello requiere la suma de voluntades para alcanzar y profundizar un nuevo tipo de democracia, ajena a minorías dirigentes que, de forma habitual, son escasamente receptivas a las demandas populares; cuestión que tendrá que repercutir, también, en la configuración de un nuevo Estado donde la burocracia -incluyendo los más altos niveles- esté efectivamente al servicio de los ciudadanos, haciéndolo así más funcional y menos oneroso.
 
Sería entonces una revolución de lo real alternativo, con expresiones organizativas populares inéditas que supriman las barreras existentes entre gobernantes y gobernados. En ella, cada uno de los movimientos ciudadanos o sociales deben tener su voz y espacio, en función de sus necesidades e intereses particulares, en una manifestación pluralista, multiétnica y multicultural mediante la cual se haga realidad permanente la soberanía popular. Esto plantea la comprensión de una lucha de resistencia integral de los sectores populares. Mujeres, jóvenes, adultos mayores, campesinos, obreros, profesionales, ecologistas y pueblos originarios tienen ante sí el reto de asumir una lucha en común con la cual puedan trascender el orden establecido, gracias a lo cual tendrán la oportunidad de solventar los diversos problemas que los aquejan y de no permitir que sigan siendo invisibilizados y excluidos por quienes mantienen en sus manos las riendas del poder.
  
Lo real alternativo en este caso no puede verse como simple utopía. Debiera superar lo existente no solo en los aspectos políticos y económicos, sin limitarse a una eventual reforma que poco contribuirá a eliminar la conflictividad y las diversas contradicciones sociales. Esto implica llevar a cabo una transformación estructural que influya en el pensamiento y la conducta (como en otros elementos) de las personas. Es importante que en ello resalte -como componente esencial- una concepción distinta de la vida que armonice, entre otras cosas no menos importantes, el deseo común de la paz y del bienestar material con el respeto a las diferencias y a la autodeterminación de los pueblos del mundo. No sería, en consecuencia, una revolución ceñida a los esquemas tradicionales sino el preámbulo y la realización de la emancipación integral a que han aspirado siempre nuestros pueblos a lo largo de toda su historia de exclusión, explotación y desigualdades. -

LA MUJER Y EL LARGO CAMINO HACIA SU EMANCIPACIÓN

LA MUJER Y EL LARGO CAMINO HACIA SU EMANCIPACIÓN

En el largo camino hacia su  emancipación, las mujeres han tenido que confrontar siempre el mito extendido de la superioridad que tendrían los hombres sobre ellas. «Superioridad» que es refrendada por distintos credos y tradiciones que no reconocen más que culpas y deberes de las mujeres, por lo que, en consecuencia, según esto, debieran solo dedicarse a la reproducción, a la atención de sus cónyuges y a los quehaceres domésticos. Esto también sirvió para que a la mujer se le negara por mucho tiempo la posibilidad de ser propietaria, de divorciarse, de votar o de acceder al sistema educativo formal, convertida así en una paria hasta avanzado el siglo XX. En la actualidad, al margen de varios de sus derechos alcanzados, muchas mujeres son víctimas de la  violencia doméstica, cuyos casos apenas logran ser condenados en los tribunales, muchas veces desestimados por algún tecnicismo legal, que no contribuyen a disminuir la cifra creciente de tal violencia y los feminicidios que se producen a escala mundial, en especial en algunos países de nuestra América.

En este marco, en su artículo "Patriarcado", Marcelo Colussi hace referencia al hecho que «propiedad privada, familia, dominación y patriarcado son elementos de un mismo conjunto. Es imposible -quimérico, podría agregarse- pretender establecer un orden cronológico en todo ello. Lo cierto es que, desde sus orígenes hasta la fecha, funcionan indisolublemente. El pensamiento dominante de una época, la ideología -también las religiones, con la importancia toral que han tenido y continúan teniendo en la actualidad en todos los asuntos que podrían llamarse sociales, o éticos-, certifican esta unión entre los elementos mencionados. Nuestras sociedades se basan indistinta e indisolublemente en todo eso. Por tanto propiedad privada, su defensa violenta (léase: guerras, entre otras cosas, represión de toda protesta social, de todo intento de cambio), y patriarcado son una misma cosa».

Tal aseveración iguala lo que generalmente es atacado de forma aislada, sin relacionarlo con otras situaciones que son generadas por la misma causa, cuestión que ha permitido, además, que cada una sea combatida de modo particular y sea aprovechada por los sectores dominantes para explotarla en su propio beneficio, haciendo creer a muchas que si son aceptadas es consecuencia de su vocación democrática y no de la lucha librada por las mujeres a favor de sus derechos. Sin embargo, aún se sigue ignorando (muy a propósito, dado el efecto subversivo que ello tendría) la ligazón o conexión existente entre dichos elementos, pese a que el cuestionamiento de uno conduciría inexorablemente al cuestionamiento de los otros; teniendo en puerta una revolución de mayor trascendencia.

Es por eso que la posición de los diferentes movimientos feministas no podría centrarse en la satisfacción de una sola demanda, teniendo que abarcar otros aspectos igualmente importantes en los planos políticos, económicos y sociales donde la condición femenina sigue estando en minusvalía, a pesar de los distintos códigos vigentes. Y esto pasa por desarraigar la cultura de sumisión en que ha crecido la mayoría de las mujeres, haciéndoles trabajadoras sin remuneración y objetos sexuales sin dignidad propia, reproduciéndose ésta, así, de un modo ininterrumpido, sirviendo -pese a sí mismas- de vehículos de transmisión de los paradigmas que las degradan. Algo que no deja de ser polémico pero que exige más que análisis someros, de manera que se perciba la emancipación de la mujer como parte esencial de la transformación estructural del tipo de civilización existente, dando espacio y posibilidades al logro de una emancipación integral -sin discriminación- para todas y todos. 

 

EL FUNDAMENTALISMO RELIGIOSO COMO RASGO DEL ESTILO DE VIDA GRINGO

EL FUNDAMENTALISMO RELIGIOSO COMO RASGO DEL ESTILO DE VIDA GRINGO

La mayoría, si no todos, los fundamentalistas religiosos de Estados Unidos coinciden en algo: unas mismas ideas xenófobas, racistas y anticomunistas, las cuales, por cierto, marcan -indiferentemente de quien esté ocupando la Casa Blanca-  la conducta imperialista de sus gobernantes. Tales ideas impregnan cada aspecto de su sociedad y le da la razón de ser a todas las acciones llevadas a cabo en cada rincón del planeta, todo en nombre de la libertad y la democracia; es decir, de su libertad y de su democracia, las que sostienen la libertad de empresa sin límites, la propiedad privada y, en consecuencia, la hegemonía del capitalismo.

Al considerarse un nuevo pueblo en alianza con el Dios bíblico (al modo del antiguo Israel), Estados Unidos asume para sí la titánica labor de «civilizar» al mundo entero, transmitiéndole e imponiéndole sus valores, valores que tienen su génesis en territorio europeo y son vistos como universales, independientemente de cuál sea la cosmogonía y la cultura que caractericen a los demás pueblos. Esto le permitió a sus pobladores iniciales desestimar cualquier derecho preexistente de los pueblos originarios sobre las tierras por ellos ocupadas desde tiempos inmemoriales, al igual que lo hecho respecto a los hombres y las mujeres que fueran secuestrados en África para esclavizarlos, sin reconocérseles bajo ninguna circunstancia su condición humana, lo que explica en buena parte la permanente actitud racista de la policía estadounidense y, por ende, de las demás instituciones del Estado. Esto, al margen de la historia transcurrida y de los derechos alcanzados por la población negra y amerindia (a quienes habría que agregar los inmigrantes provenientes de distintas latitudes) es lo más característico del ser estadounidense. Porque hay que entender que lo que en Estados Unidos se pregona como libertad y democracia no son otra cosa que el disfrute del poder y de un cúmulo de privilegios por parte de una clase dominante que, de acuerdo a la lógica calvinista heredada de los denominados padres fundadores, se juzga a si misma siempre bendecida y protegida por la providencia, lo que es evidenciado por el alto éxito económico que le acompaña.

Con esta ideología dominando su existencia, es difícil que la mayoría de los ciudadanos estadounidenses lleguen a aceptar como algo natural que existan otras culturas y otros dioses tan legítimos y verdaderos como los suyos; cuestión que los empuja a entablar guerras y confrontaciones con aquellos que consideran inferiores culturalmente y cuyas religiones no son más que productos de Satanás, el eterno oponente de su dios al cual deben ayudar a derrotar, en un escenario apocalíptico, impidiendo a sus seguidores cualquier posibilidad de divulgar y consolidar sus creencias. Con tal convicción, etiquetan de comunistas a sus «enemigos», siendo éstos parte de lo que el presidente Ronald Reagan catalogó de eje del mal, correspondiéndole al país del norte la defensa del bien, sin importar los métodos empleados para lograrlo ni el saldo de muertes que esto causare en vista que sólo a Dios le compete juzgarlo, otorgándoles a sus ciudadanos el Paraíso como morada definitiva. Este plan «sagrado» ha dado por resultado la conformación de un imperio amplio que se extiende a todos los continentes, subyugando diversidad de naciones mediante el poder militar y el poder económico (sin obviar su influencia ideológica a través de la industria cinematográfica y del entretenimiento) y que, en el presente siglo, les empuja a mantener una peligrosa confrontación con Rusia y China al verse desplazado en su condición de potencia unipolar.

Estados Unidos es manifestación innegable de una estructura de clases en la que una minoría corporativa, basándose en su insaciable poder económico, impone sus intereses a una mayoría excluida, lo que deja ver una sociedad donde imperan la injusticia social y la discriminación racial y no precisamente una democracia real, al modo como se le presenta al mundo. Luego de tanto tiempo y del paréntesis retrógrado que significó la presidencia de Donald Trump, a Estados Unidos se le augura un mayor resquebrajamiento de sus estructuras internas, lo que, sin duda, tendrá sus repercusiones en el ámbito externo, debilitando el fundamentalismo religioso con que fuera arropado su nacimiento como república hace más de doscientos años. -

LA OTREDAD NUESTRAAMERICANA

LA OTREDAD NUESTRAAMERICANA

 

La especificidad de nuestra América, de lo que ésta es y ha sido como el amplio ámbito geográfico, cultural, sociológico, económico y político situado entre el sur del río Bravo y la Patagonia, donde se ha gestado una tradición ininterrumpida de luchas populares desde el instante que los europeos decidieron adueñarse de ella hasta la época actual, es una especificidad que ha ocupado a una gran porción de intelectuales tratando de explicarla y de darle alguna orientación que haga posible aflorar sus potencialidades como territorio de la emancipación integral humana. El Libertador Simón Bolívar al dirigirse a los diputados del Congreso de Angostura en 1819, destaca que se debe tener «presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del Norte, que más bien es un compuesto de África y de América, que una emanación de la Europa; pues que hasta la España misma deja de ser europea por su sangre africana, por sus instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado; el europeo se ha mezclado con el indio y con el africano. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros padres, diferentes en origen y en sangre, son extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis; esta desemejanza trae un reato de la mayor trascendencia». Esta conclusión de Bolívar será compartida, de uno u otro modo, por una amplia gama de pensadores, algunos bajo la influencia ideológica del eurocentrismo y otros guiados por la dialéctica y el materialismo histórico, lo que le convierte en un tema de discusión que no cesa, a pesar de los siglos transcurridos. Ahora muy especialmente cuando, desde las más recientes décadas, muchos acogen la propuesta de emprender y asentar un proceso de descolonialidad del pensamiento; lo que implica entender y aceptar la realidad de otros universos culturales, tan válidos o más que el representado por el eurocentrismo.

 

En su ensayo «Nuestra América», el Apóstol de la independencia cubana, José Martí, recomienda que «la historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria». Tiempo antes, el Maestro revolucionario Simón Rodríguez, con su singular estilo, hizo una acotación similar al señalar: « ¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original. Original han de ser sus instituciones y su Gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otro. O inventamos o erramos». Es decir, la otredad americana es una preocupación constante entre nosotros, los hijos y las hijas de nuestra América, presente en los llamados a la unidad e integración de nuestros países, especialmente frente a lo que éstos han sido bajo la hegemonía imperialista de Estados Unidos. Pero también es la comprensión (poco compartida con las clases dominantes) de cuáles podrían ser sus potencialidades en el campo económico, de forma totalmente independiente, sin aceptar tácita y sumisamente el papel de réplicas o sucursales de las metrópolis del sistema capitalista, convertidas -desde un primer momento- en simples proveedoras de materia prima y consumidoras de lo que produzcan las grandes corporaciones transnacionales.

 

Hace falta entender, junto con Karl Marx, que «el descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen, la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles-negras, caracterizan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria». Gracias a ello, la Europa y los Estados Unidos alcanzaron los niveles de desarrollo que, ilusamente, algunos esperan que algunos de nuestros países puedan tener en el futuro, sin detenerse a pensar que a aquellos no les conviene que esto ocurra, por muchas reformas legislativas y económicas que se hagan, ajustándose a los esquemas neoliberales.

 

La sumisión pasiva a la ley capitalista ha representado un escollo formidable contra el cual se han estrellado muchos de los objetivos de emancipación trazados por teóricos y movimientos populares, impidiendo que pueda así concretarse una verdadera revolución democrática y soberana, conducida y sustentada en toda circunstancia por los pueblos de nuestra América. En este caso, la multiplicidad y la unicidad de nuestra América representan la fortaleza y el espíritu con que nuestros pueblos puedan romper el estado de explotación y de dependencia en que aún se les desea mantener indefinidamente. Esto entraña, por otra parte, una ruptura radical con la concepción del Estado-nación a la cual nos habituamos y defendemos desde 1810, basándose más en los valores que preservan la vida en un sentido generalizado que aquellos que privilegian, por encima de todo, el lucro y el interés privado. -

 

EL MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA Y LA NUEVA «NORMALIDAD» DEL MUNDO

EL  MODO  DE PRODUCCIÓN  CAPITALISTA Y LA NUEVA «NORMALIDAD» DEL MUNDO

Es harto llamativo que la aparición de la pandemia del  Covid-19 haya coincidido con el auge de una diversidad de movilizaciones sociales como las protagonizadas por los chalecos  amarillos en Francia o aquellas que tuvieron en jaque al gobierno derechista de Chile.  El  desconcierto y el temor provocados por las cientos de muertes reportadas en todos los continentes hizo que las nuevas  formas de resistencia contra el Estado burgués liberal y el sistema capitalista se redujeran a su mínima expresión y cedieran ante el confinamiento ordenado por los gobiernos aunque tiempo después terminaran  autoconvocándose, tal como se vió en Colombia con la minga indígena dirigiéndose hacia Bogotá.

«El problema -señala Víctor M. Toledo en su análisis "Caminando hacia una nueva civilización"- es que estas protestas y resistencias se enfocan en objetivos parciales o secundarios y no llegan a detectar y reconocer las causas profundas de la crisis: la doble explotación, del trabajo de la naturaleza y del trabajo de los seres humanos, que una minoría de minorías realiza cada vez con más amplitud y encono. Se requiere entonces de una doble liberación y emancipación: ecológica y social. Deben, pues, surgir rebeliones ambientales, igualitarias, anticapitalistas, antipatriarcales y capaces de construir una sociedad sustentable y de reformular las relaciones entre los individuos, y entre éstos y la naturaleza. Estamos, por tanto, en un fin de época, en la fase terminal de la civilización moderna, pero aún sin poder visualizar la que la sustituirá». El Covid-19, en este caso, vendría a ser la comprobación de un hecho que ha estado siempre a la vista pero del cual pocos han querido percatarse: la crisis que padece cada nación en el mundo tiene su origen en el tipo de civilización existente, regida en cada uno de sus aspectos fundamentales por la lógica capitalista. La pandemia «reveló» la brecha profunda -derivada del capitalismo neoliberal- entre ricos y pobres (lo que se aplica también a países) al verse obligados estos últimos a la exposición del coronavirus mientras los primeros tendrían la opción de autoprotegerse permaneciendo en sus propiedades. Además de eso, quedó plasmado el desinterés mostrado por gobiernos afines al neoliberalismo capitalista hacia el sistema de salud pública, dando espacio a un sistema de salud privada en el cual no tienen cabida las personas pobres o con escasos recursos económicos.

La nueva «normalidad» del mundo que algunos anuncian como un hecho inminente, descartando la extensión y la posible mutación del Covid-19, así como el estado de explotación al que se halla sometido un grueso porcentaje de la población trabajadora, implicaría un cierto cambio del modo de producción  capitalista, lo que poco afectará su esencia. Sin embargo, sí se prevé que este cambio aumentaría aún más las brechas existentes desde hace ya tres décadas, siendo la mayoría trabajadora, como otras veces a través de la historia, la que sufra las peores consecuencias al verse despojada de muchos de sus derechos en aras de la preservación del mercado.

Ante este eventual panorama, una exigencia que no debería pasarse por alto es entender la realidad en la cual le ha tocado a la humanidad vivir y transformarla de un modo raizal y definitivo. No se puede aspirar a que el modo de producción capitalista cambie por sí mismo, en una operación filantrópica imposible, cuando éste ha demostrado ser opuesto a los intereses de la mayoría, tanto en lo que respecta a la explotación de los trabajadores (independientemente de cuál sea su rango) como en lo que éste representa para la conservación de la vida en general sobre la Tierra al extraerse sus recursos naturales sin ningún tipo de consideración por su agotamiento y los nocivos efectos contaminantes que ello acarrea. En consecuencia, la nueva «normalidad» tendría que ser producto de la acción consciente de los pueblos en lucha por sus derechos e intereses y no el acomodamiento de las grandes corporaciones transnacionales que solo anhelan controlar al mundo a su antojo, todo esto en función de la satisfacción de una insaciable y depredadora sed de ganancias que resulta totalmente incompatible con la autodeterminación y la democracia a que aspiran nuestros pueblos. -

EL HARTAZGO PANDÉMICO Y LA «NUEVA REALIDAD»

EL HARTAZGO PANDÉMICO Y LA «NUEVA REALIDAD»

 

Si hay algo que ha revelado (si es que cabe el término, dado que existe desde hace bastante tiempo) el brote y la expansión de la pandemia del Covid-19 a nivel mundial, aparte de la evidente fragilidad de la salud humana y de las deficiencias del sistema público que debiera funcionar adecuadamente en cada nación para garantizar este derecho a todos sus ciudadanos por igual, es la profunda brecha económica y social que divide a ricos y pobres. Una cuestión que es reconocida por economistas y legos en la materia, ya que la misma constituye el resultado visible e inmediato de lo que ha sido, desde finales del siglo XX hasta ahora, la imposición del capitalismo neoliberal.

Para muchos analistas, lo que mucha gente llama la nueva normalidad, en el caso que acabe la pandemia del Covid-19, no será una vuelta atrás sino el establecimiento de nuevas realidades al servicio de los grandes capitales, teniendo como fondo la supresión de los niveles de democracia existentes y, como secuela de ello, la minimización y/o eliminación del Estado de bienestar tradicional. Por lo pronto, estas nuevas realidades han hecho despuntar el trabajo online a distancia (incluyendo la educación formal), lo que se traduce en un enorme ahorro de costos laborales para las grandes empresas al liberarse de la cobertura de protección social a que tienen derecho sus trabajadores. A esto se suma la incidencia grave que produce en las nuevas generaciones las medidas adoptadas en cada nación contra la propagación del coronavirus.  

 
«Los datos -escribe el periodista uruguayo Eduardo Camin en su artículo “COVID-19, el virus del capitalismo y la explosión histórica del desempleo”- van demostrando que serán las y los jóvenes entre 15 y 24 años, quienes serán uno de los rangos etarios más golpeados por el desempleo y la precarización laboral. Ya se comienza a hablar de “generación de confinamiento”, principalmente porque son quienes han visto interrumpidos sus procesos de educación, formación y capacitación, pérdidas de empleo, reducciones de jornadas y remuneración y además tienen mayor dificultad para conseguir un nuevo empleo. Este sector además es el que ha mantenido altas tasas históricas y estructurales de desempleo, previo a la pandemia». Esto último es una cuestión que ha sido escasamente abordada, obviando los cambios que ella entraña, pero que, de una u otra manera, tendrá sus repercusiones históricas en la «nueva normalidad» de la que se habla actualmente.

Las cifras en ascenso de trabajo informal y/o empleo por cuenta propia, sin dejar de mencionar la explotación de miles de trabajadores carentes de derechos laborales en procura de mantener un mínimo de condiciones de vida junto con sus familias, condena a la mayoría de los países a mantenerse en un grado de subdesarrollo quizá mayor al experimentado en el siglo pasado; sin resultados positivos significativos en materia de crecimiento económico y menos aún en la reducción de la desigualdad social. 

Para otros, la «nueva normalidad» post pandemia podría desmontar todo el ensamble de la globalización capitalista al promoverse la tendencia -adelantada por Israel y Estados Unidos- de países amurallados, con restricciones fronterizas estrictas que dejan ver un sesgo xenófobo y racista, lo que implica que el Norte global se encerraría fronteras adentro, limitando incluso su intercambio comercial con el resto del mundo. En otra perspectiva, esta misma situación podría crear condiciones para que haya un autogobierno social, lo que equivaldría asegurar para todos la integralidad y la sostenibilidad de la vida. La presencia cada vez masiva de pueblos y nacionalidades indígenas, de movimientos feministas, de comunidades campesinas y disidentes, y de diversos movimientos populares y ecoambientales en la escena pública hace presagiar que esto último sea factible y no simple utopía. Será preciso que la organización y la autoridad  comunitaria, la reciprocidad, la ayuda mutua y el trabajo colectivo que, vistas y practicadas, son acciones colectivas que cuestionan los valores legitimadores de los sectores dominantes, se conviertan -casi nada- en los pilares de un nuevo tipo de civilización. El hartazgo pandémico de millares de personas en la actualidad sería entonces la señal del comienzo de una «nueva normalidad», no la que importa al mercado capitalista sino la que todos debiéramos anticipar y crear en nuestro común beneficio.-