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EL APREMIO DE UNA DEMOCRACIA REAL Y DE UNA NUEVA CIVILIZACIÓN

EL APREMIO DE UNA DEMOCRACIA REAL Y DE UNA NUEVA CIVILIZACIÓN

Cuando se trata de analizar lo que ocurre en muchos países frente a la vigencia (para algunos, moribunda) del sistema capitalista se debe tener presente que este genera a lo interno de cada país una multiplicidad de resistencias populares que no encajan (ni debieran encajar, como generalmente se acostumbra) en una clasificación única o universal. Esta heterogeneidad de resistencias, vale afirmar, se ajusta a la realidad creada bajo el influjo del capitalismo neoliberal durante las últimas tres décadas, una realidad que, por otra parte, ha influido notablemente en el desplazamiento masivo de migrantes hacia las naciones más desarrolladas en búsqueda de oportunidades de una vida mejor, sin obviar el agotamiento acelerado de recursos naturales y el estallido de frecuentes protestas callejeras en muchos países frente a la sumisión y la complicidad mostrada por sus gobiernos respecto a los grupos hegemónicos capitalistas.

Esto ha desembocado en la generación y debate de diversas propuestas con que se pudieran resolver los problemas que agobian a un grueso porcentaje de la población mundial. Así, en la perspectiva de Noam Chomsky, «la única esperanza del ser humano de escapar de su extinción es a través de la construcción de una democracia real, en la que una ciudadanía bien informada participe plenamente en el debate del rumbo que han de mantener las políticas que se apliquen, y la acción directa». Este apremio comienza a ser entendido por los sectores populares, algunas veces sin disponer de una base teórica única y detallada con qué crear un nuevo modelo de lo que debiera ser la sociedad. No obstante, sus reclamos y sus iniciativas organizativas, tanto en lo económico como en lo social, definen su objetivo de cambiar de una manera radical el orden vigente, asumiendo al mismo tiempo una posición de mayor beligerancia en el ámbito político tradicional, como ocurre en varias partes de nuestra América desde algún tiempo atrás.

Por eso, visto el neoliberalismo económico como modo de poder, de dominación y desposesión se hace necesario oponer la conformación de redes económicas informales que, de algún modo, siendo gestadas desde abajo por los productores y consumidores, sean ajenas a la lógica y a las relaciones de producción capitalistas. Éstas suponen dar un paso importante en la dirección de acabar con la depredación de la naturaleza (vista equivocadamente como una fuente inagotable de recursos) y la explotación de quienes solo cuentan con su fuerza de trabajo para vivir, habitualmente sumidos en condiciones de sobrevivencia, sin los elementos materiales básicos que requieren; además de permitir crear espacios organizativos populares en los cuales prevalezca la práctica de una democracia participativa, protagónica y directa. Con esto último se impone la transformación estructural del Estado, orientada a lograr una mayor soberanía del pueblo en lugar de privilegiar los intereses de una minoría dominante, cuestión que sólo se plantea, superficialmente, para garantizar las inversiones e intereses de las grandes corporaciones transnacionales y de sus asociados locales.

Aunque no se crea posible, la humanidad estará obligada a construir alternativas que profundicen la práctica democrática. Junto con esta, es imperativo transformar de raíz las relaciones de producción, manteniendo el cuidado de no repetir la historia de explotación que hasta ahora ha caracterizado al sistema capitalista. La meta principal de todas estas alternativas no podría ser otro que la emancipación integral de todos. - 

 

EL "SACROSANTO" DERECHO DE PROPIEDAD PRIVADA

EL "SACROSANTO" DERECHO DE PROPIEDAD PRIVADA

Es harto revelador que el nombre de Caín, cuya acción más recordada, según lo recoge la Biblia, haya sido asesinar a su hermano Abel, esté asociado a los términos adquisición o posesión, en lo que éste sería el primer propietario conocido sobre la faz de la Tierra. En esta línea, la propiedad privada tendría un trasfondo delictuoso, con lo que quedaría corroborada la clásica afirmación de Pierre Joseph Proudhom respecto a que “la propiedad es un robo”. De esta forma, tanto el sistema jurídico como los valores que lo avalan terminan por darle al sistema de propiedad privada visos de legalidad y de moral en lo que constituiría un delito contra la sociedad.

En la actualidad, el sacrosanto derecho de la propiedad privada que sustenta al sistema capitalista (ahora neoliberal) se ha convertido -gracias a la complicidad de gobiernos solícitos y motivados, aparentemente, por el común deseo de conseguir el progreso material de sus respectivas naciones- en una privatización masiva de recursos colectivos, independientemente del derecho consuetudinario que podrían invocar pueblos y comunidades, principalmente indígenas y campesinos. Vista la historia de nuestro continente, la expropiación de la tierra a los pueblos originarios colonizados sirvió para enriquecer a la metrópoli española. Desde entonces, la lucha por la tierra ha seguido un curso invariable, apenas disminuido por el asesinato sistemático de sus dirigentes más emblemáticos o combativos.

Karl Marx condensó las lecciones de los pueblos sobre el problema de la tierra al escribir: “Al igual que en la industria urbana, en la moderna agricultura la intensificación de la fuerza productiva y la más rápida movilización del trabajo se consiguen a costa de devastar y agotar la fuerza de trabajo del obrero. Además, todo progreso, realizado en la agricultura capitalista, no es solamente un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra, y cada paso que se da en la intensificación de su fertilidad dentro de un período de tiempo determinado, es a la vez un paso dado en el agotamiento de las fuentes perennes que alimentan dicha fertilidad. Este proceso de aniquilación es tanto más rápido cuanto más se apoya en un país, como ocurre por ejemplo con los Estados Unidos de América, sobre la gran industria, como base de su desarrollo. Por tanto, la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre”.

La predisposición al control total de las principales esferas de la coexistencia social -expresada, por ejemplo, en el manejo autocrático del Estado mediante el fascismo- no es un asunto extraño al darwinismo social que muchos promulgan como solución única a los diferentes problemas existentes en sus países, obstaculizando así cualquier espacio a la pluralidad democrática, a la tolerancia y a la interculturalidad que debiera definir al mundo contemporáneo. Ella ha llevado a los sectores dominantes conservadores a imponer entre personas de disímiles condiciones sociales y económicas una visión sumamente personalista y sesgada del mundo, gracias a la hegemonía ideológica ejercida desde sus grandes emporios de información y de entretenimiento; asegurando de esta manera la estabilidad del espacio privilegiado que ocupan en la pirámide de la sociedad. A pesar de esta circunstancia, no puede pasarse por alto la crisis de hegemonía que corroe al Estado burgués liberal desde hace largo tiempo, gracias, en gran medida, a las luchas protagonizadas por una amplia gama de grupos que cuestionan sus estructuras, lo mismo que al capitalismo global, responsabilizándolos a ambos de las desigualdades, de las injusticias y del cambio climático sufridos por la mayoría de la humanidad. 

Esto último conforma la simiente necesaria de nuevos horizontes históricos que podrían contribuir a la desacralización del poder (el mismo que consagra el derecho de dominio que tendrían unos individuos sobre sus semejantes; generalmente vistos como seres inferiores) y la desacralización de las relaciones mercantiles (el cual consagra el derecho de explotación de unos sobre otros; legitimándolo como algo natural e inalterable), lo que ya sería el preludio de un nuevo tipo de civilización, esta vez marcado por verdaderos valores humanos que incluyan el respeto a la naturaleza que nos sustenta a todos. -

 

REPLANTEAR EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO FRENTE AL CAOS CAPITALISTA

REPLANTEAR EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO FRENTE AL CAOS CAPITALISTA

 

Las posibilidades de construcción de una sociedad socialista como alternativa revolucionaria a la hegemonía del capitalismo siempre han sido combatidas acérrimamente por los sectores conservadores dominantes. Sin importar los costos que ello signifique en vidas humanas ni los medios legales e ilegales utilizados para lograr su supresión definitiva. Como ya aconteciera en Chile (con Salvador Allende), Nicaragua (al triunfo de la Revolución Sandinista) y Bolivia (con Evo Morales), manteniéndose un paréntesis aún abierto en los casos de Cuba y Venezuela, gracias al comportamiento obtuso de la clase gobernante gringa de querer cumplir -por encima de la lógica- con su auto atribuido- «destino manifiesto». Sin olvidar que en el cono sur de nuestra América se produjo una cadena de golpes de Estado que precipitaron persecuciones, encarcelamientos, torturas, ejecuciones y desapariciones forzosas de militantes de izquierda, en un proceso sistemático de exterminio total que, adicionalmente, contó con el beneplácito, el apoyo económico y la asesoría de los distintos gobiernos de Estados Unidos.
Esto no se diferencia mucho de lo ocurrido en Europa -consolidada la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas- cuando los sectores conservadores se ampararon bajo el nazismo y el fascismo como fórmulas de contención frente al auge de masas obreras y campesinas que, inspiradas en los ideales marxistas leninistas, esperaban darle un vuelco completo a las condiciones de explotación, de desigualdad y de miseria en que se hallaban sumidas. Todo este historial de crímenes de lesa humanidad no le ha servido a los sectores conservadores para alcanzar todavía la meta anhelada desde hace siglos. Como tampoco el vasto y continuo proceso de ideologización que, a través de la religión, la educación, la industria del entretenimiento, la moda y los medios de información masivos, entre otros elementos no menos importantes, contribuye a que gran parte de la gente perciba con sentido de fatalidad y de autoconvencimiento que el orden establecido es el mejor posible, por lo que cualquier intento por transformarlo radicalmente les resulta antihistórico y, por consiguiente, algo que redundará en mayores perjuicios que beneficios para la población en general.
Ahora que los avances tecnológicos en materia de comunicaciones le permiten a la humanidad enterarse de lo que ocurre en cualquier latitud de la Tierra de un modo directo e instantáneo, la lucha en contra de las propuestas socialistas revolucionarias abarca la difusión e imposición de falsas noticias, así como el régimen de George W. Bush hizo creer a muchos que el régimen de Iraq poseía armas de destrucción masiva, algunas de las cuales habrían sido utilizadas para masacrar a la población iraquí, por lo que se justificaba desatar una guerra que acabara con la situación allí creada. Esto mismo pero con herramientas de mayor sofisticación, tiende a ser parte esencial de la estrategia de desestabilización aplicada por Washington para garantizar su hegemonía unipolar, lo que crea dudas en cuanto a la veracidad de las noticias divulgadas a través de sus medios aunque algunos lleguen a aceptarlas como verdades inapelables, generándose así todo tipo de opiniones intolerantes que, en algunos casos, causarán hechos de violencia y muertes. Tal estrategia ayuda a que el caos y la posibilidad que éste pueda incrementarse en algún grado sirvan para que los ciudadanos opten por políticos que ofrezcan mayores controles y seguridad en vez de arriesgarse a revolucionar lo existente, llegando a sacrificar sus derechos a cambio de unas ofertas electorales abiertamente reaccionarias.
Aún con un enorme historial propagandístico en su contra, las múltiples condiciones contradictorias que abruman al mundo contemporáneo imponen la necesidad de reemplazar el modelo civilizatorio existente, lo que replantea echar mano a lo que, de una manera general, se deriva de los ideales socialistas revolucionarios; ahora con una visión más amplia y menos eurocentrista de lo que fue desde sus inicios al nutrirse en la actualidad de elementos pertenecientes a otros pueblos, culturas y grupos sociales. Más todavía cuando estos mismos pueblos, culturas y grupos sociales mantienen una lucha de resistencia prolongada en contra de la exclusión, la explotación, la desigualdad y la miseria a que han sido condenados desde siempre por el sistema capitalista, no importa cual sea el rostro con que éste pretenda presentarse. 

LOS POBRES NO SON POBRES PORQUE QUIEREN

LOS POBRES NO SON POBRES PORQUE QUIEREN

 

Básicamente, la falta de oportunidades sería la causa principal de la pobreza en cualquier latitud del mundo. Sin embargo, suele pasarse por alto la existencia de las grandes disparidades económicas, culturales, sociales y, hasta, políticas que separan a ricos y pobres, lo que tiende a crear el mito que le atribuye a estos últimos la responsabilidad total de su vida menesterosa o, cuando menos, a un designio inapelable de la Providencia, salvando así cualquier cuestionamiento que pudiera hacerse en contra del orden establecido.

Aferradas a esta convicción, muchas personas -sin admitirlo abiertamente- justifican el hecho que haya  una división de clases en nuestro modelo de sociedad. Como mantra, repiten que la igualdad de oportunidades nos permite a todos, si trabajamos con ahínco, escalar hasta la cúspide mientras los fracasados (empobrecidos) sólo son víctimas de su propia incapacidad y flojera. Olvidan el detalle de que los exitosos económicamente alcanzan este nivel gracias a la plusvalía obtenida de la explotación de quienes trabajan a diario para ellos, incluso indirectamente, obteniendo a cambio una remuneración que apenas cubre sus necesidades básicas para vivir junto con sus familias. Bajo la óptica del capitalismo, los pobres encarnan, por otra parte, a los enemigos de la población -considerándoseles, incluso, simples delincuentes contra quienes no resultaría suficiente la aplicación rigurosa de las leyes- por lo que debieran excluirse del radar de atención moral del Estado y, en consecuencia, de toda la sociedad, en lo que sería una práctica de darwinismo social convertida, ahora, en una doctrina económica en beneficio de la preservación del mercado. A los pobres se les acusa de ser pobres porque quieren y de no pensar en el futuro, de solo buscar satisfacciones lúdicas diarias e inmediatas, lo que traba el normal desenvolvimiento y la consolidación del progreso económico de las naciones en que residen. Este aspecto criticable entre los pobres es, sin embargo, destacado y reforzado entre aquellos que mejor se adaptan a la lógica capitalista, preocupándose por vivir, también, el presente y por convertirse en herramientas eficaces de su propia esclavitud al procurar ser unos emprendedores altamente competitivos y productivos.

Como parte de una estrategia que pueda contribuir efectivamente a la reducción y la erradicación de la pobreza, algunos estudiosos de esta realidad social proponen que debe estimularse entre la gente pobre, o empobrecida, la convicción de la autosuficiencia, lo que equivale a emprender la eliminación de los hábitos de dependencia que les impiden darse cuenta de cuáles son sus potencialidades. Equivale igualmente a desprenderse de los viejos prejuicios existentes en torno suyo. En la situación específica de Venezuela estos han sido creados y reforzados ideológicamente por los sectores dominantes, imponiendo lo que Franco Vielma llama una “cultura de elite extrapolada a la sociedad en su conjunto, que da cuenta de nuestras relaciones culturales parasitarias y dependientes de la renta petrolera. Es la explicación de la inconformidad venezolana que empuja a los pobres a aspirar a ser clase media y los clases medias a aspirar a ser ricos de manera fácil y rápida”. Esta es, dicho sea de paso, una cultura heredada de cuando la España monárquica dominaba este ancho territorio, que, en muchos aspectos, sobrevivió a la era republicana y terminó por expandirse hasta el sol de hoy, gracias, precisamente, a los ingentes dividendos obtenidos desde hace cien años del extractivismo petrolero. La fatalidad que ella transmite no estaría representada, no tanto en la falta de disciplina para el trabajo (algo que muchos vienen haciendo desde su más temprana edad y en condiciones inhumanas de explotación) o de aspiraciones personales sino en los antivalores de dicha cultura, los que les facilitan a unos cuantos disfrutar, al margen de cualquier miramiento legal y moral, del bienestar derivado del capitalismo.  Por ello, la opción es obvia: la construcción necesaria de una identidad sociocultural propia que estimule la autoestima y la autogestión entre quienes se hallan en el rango oprobioso de la pobreza. Ella representa, asimismo, la ruptura de la dependencia en relación con quienes controlan el poder y, de profundizarse, la constitución de un nuevo orden civilizatorio, más justo, democrático y emancipatorio. -   

 

EMANCIPACIÓN SOCIAL, SOBERANÍA POPULAR Y TRANSFORMACIÓN DEL ESTADO

EMANCIPACIÓN SOCIAL, SOBERANÍA POPULAR Y TRANSFORMACIÓN  DEL ESTADO

Todo proyecto revolucionario que procure el logro de unos mayores niveles de democracia real y unos derechos más efectivos en beneficio del bienestar e intereses de las mayorías populares tendrá que contemplar entre sus proposiciones cardinales la emancipación social, la soberanía popular y la transformación estructural del Estado. De esta manera, la democracia podrá ser realmente integral, efectiva e invariable. Esto haría de la democracia el peldaño insoslayable que hará posible (sin ser una fantasía) el autogobierno de quienes son productores y consumidores, desmantelando el marco capitalista contemporáneo y, simultáneamente, lo que es y representa el Estado burgués liberal.

 

Siendo ello así, la autogestión e independencia de los sectores populares, tendría que basarse en una nueva concepción del mundo, diferente a la habitual, lo que exige una desideologización profunda, o cambio de conciencia, de parte de estos. Para lograrlo, es necesario que los mismos cotejen sus necesidades, formas organizativas e intereses con aquellos que constituyen las bases de legitimación de los sectores dominantes, lo que les permitirá acceder a un nuevo tipo de sociedad. Sin embargo, hay que acotar que no basta con realizar una simple permuta del discurso político si no se crean efectivamente las condiciones subjetivas y objetivas para que se produzca, ciertamente, una amplia revolución de carácter popular, por lo que no se puede descuidar, en tal sentido, la transformación de los medios y de las relaciones de producción.          

 

Como se sabe, la «libertad de comercio» y la acumulación originaria del capital fueron los principales elementos de destrucción de las redes comunales y del derecho consuetudinario que caracterizaron durante bastantes siglos a los pueblos originarios de cada continente, avasallados desde entonces por las potencias colonialistas e imperialistas europeas. Para el capitalismo, la existencia de la pequeña agricultura, de la industria doméstica y de la propiedad comunal representa un obstáculo a su expansión e intereses, por lo que -en la medida que las condiciones internas lo permitan- no escatima esfuerzos ni recursos para liquidar moral y físicamente a quienes lideran las luchas populares (como ocurre en México, Colombia y gran parte de nuestra América), buscando consolidar su hegemonía, implantando los postulados económicos neoliberales.

 

De ahí que también vea con poca simpatía el surgimiento y la vigencia de organizaciones populares de base que luchen contra la explotación, la injusticia y la desigualdad que el mismo genera y simboliza, entre las cuales se incluyen las cooperativas, las cajas de ahorros, los consejos comunales, las ligas campesinas, los consejos de trabajadores y los sindicatos, cada uno de ellos apuntando al derecho de autodeterminación de los trabajadores y, de manera general, de los sectores populares. Por consiguiente, su masificación e influencia atentarían contra el predominio del sistema capitalista como nervio rector que es del modelo de civilización vigente. La suma de tales organizaciones constituiría, sin duda, la conformación de un amplio movimiento de transformación, lo que sería el punto de partida de una revolución en todos los órdenes en la cual, alegamos, una vez más, sean sus bases fundamentales la emancipación social, la soberanía popular y la transformación estructural del Estado. -

 

EL PAPEL DE JOB NO CUADRA CON EL DE UN REVOLUCIONARIO

EL PAPEL DE JOB NO CUADRA CON EL DE UN REVOLUCIONARIO

Entre los dogmas revolucionarios heredados del pensamiento eurocentrista se halla el creer, casi como un acto ciego de fe, que la historia fluye de un modo determinado y, además, autónomo de la voluntad de las personas. Esto hizo que muchos cuestionaran las iniciativas y los aportes teóricos de quienes, como José Carlos Mariátegui, Antonio Gramsci o Ernesto Che Guevara, se apartaran de la ortodoxia soviética y renovaran (o recuperaran) los conceptos primordiales expuestos por Carlos Marx y Federico Engels; consiguiendo una fisonomía propia, en algunos casos, como ocurriera en el amplio territorio de nuestra América, con el añadido de elementos provenientes de la historia de luchas y de la cosmogonía ancestral de nuestros pueblos mestizos. Gracias a ello, la noción de revolución adquirió de este lado del Atlántico una cualidad más integral que aquella gestada o percibida en Europa; sin negar la variedad característica de los movimientos populares (o sociales) adheridos a ella, con el protagonismo de un sujeto histórico diversificado, más complejo y distinto al postulado desde siempre por los marxistas-leninistas.  

Como bien lo señalara la Segunda Declaración de La Habana, en febrero de 1962: "El deber de todo revolucionario es hacer la Revolución. Se sabe que en América y en el mundo la revolución vencerá, pero no es de revolucionarios sentarse a la puerta de su casa para ver pasar el cadáver del imperialismo. El papel de Job no cuadra con el de un revolucionario". Basados en esta categórica afirmación, no cabría imaginar que un revolucionario sencillamente se pondría a esperar a que las condiciones subjetivas y objetivas maduraran en un cien por ciento para producir, en consecuencia, la revolución política, social, cultural y económica que se requiere para transformar radicalmente el actual modelo de sociedad regido por la lógica capitalista. Tampoco sería admisible que, en nombre de tal revolución, quienes accedan al poder constituido se limiten a autocomplacerse con los privilegios que éste les otorga mientras la población espera compartir un destino mejor que el del presente, sin contribuir efectivamente al logro de los cambios estructurales prometidos.              

Para muchos, todavía es una fantasía suponer que bajo el socialismo revolucionario pueda producirse, eventualmente, la desaparición de las relaciones de poder, de las relaciones mercantiles y, principalmente, del dinero. Sobre todo, a la luz de lo acontecido en las últimas décadas en lo que fuera la Unión Soviética, así como en China y Vietnam. Esto refuerza, de una forma u otra, la sempiterna tesis capitalista que postula el derecho a la propiedad privada de los grandes medios de producción como intrínseco al sostenimiento de la democracia y, subsiguientemente, como única garantía de su vigencia.  Bajo su influjo, no pocos de los autodenominados revolucionarios de la actualidad proclaman la necesidad de concederle vida al capitalismo, recurriendo a las viejas fórmulas reformistas de una redistribución algo más equilibrada de las riquezas generadas entre todos (empresarios, trabajadores y consumidores), pero sin mucho ánimo para emprender su total transformación, lo que equivaldría a desprenderse definitivamente del estatus de vida disfrutado.

Lo que comúnmente se pasa por alto es el hecho que una revolución -si busca o pretende ser radical y verdadera- puede perderse y negarse a sí misma a través del ejercicio del poder; fundamentalmente, al excluirse la participación y el protagonismo de los sectores populares revolucionarios organizados. “Una revolución en marcha -como lo determinara Rodolfo González Pacheco a mediados del siglo pasado- no puede ser juzgada desde la inmovilidad de una teoría política”. Bajo esta premisa, habría que tomar en cuenta que la reacción de los sectores populares en contra de una realidad considerada injusta, no responde, generalmente, a un programa revolucionario preestablecido. Son las circunstancias las que marcan la necesidad de definir y explicar lo que está aconteciendo y hacia dónde podría encauzarse finalmente, a fin de consolidar y desarrollar la revolución; lo que no significa que a ésta se le coloque una camisa de fuerza, forzándola a marchar del mismo modo que lo escrito por los ideólogos. En el caso de nuestra América, esta situación se repite constantemente desde 1810 cuando las antiguas colonias españolas proclamaran su independencia política, envolviéndose en debates y guerras civiles muchas veces estériles que dejaban al margen las aspiraciones primordiales del pueblo y se concentraban en la satisfacción de los intereses de las clases dominantes. Esto no impide que los revolucionarios deban esperar pacientemente que todo les caiga del cielo y no se afanen por crear las condiciones objetivas y subjetivas que abran paso, definitivamente, a la revolución que impulsan, ejerciendo constantemente la crítica y la autocrítica, de modo que el pluralismo sea uno de sus elementos constitutivos. - 

 

EL ESCLAVISMO, PRIMER PELDAÑO DEL CAPITALISMO

EL ESCLAVISMO,  PRIMER PELDAÑO DEL CAPITALISMO


Según lo explica Eric Williams en su obra Capitalismo y esclavitud, «sin las riquezas de América y sin los esclavos y el comercio africanos, el crecimiento económico, político y militar de los Estados europeos hubiese quedado limitado, sin duda, a una escala menor; quizá definitivamente menor. Con ellos, el primer capitalismo se hizo mundial y con toda razón, en Liverpool y en Bristol se decía que ‘no hay un solo ladrillo en la ciudad que no esté mezclado con la sangre de un esclavo’». Con ello queda establecido, de modo inequívoco, el origen del capitalismo o, por lo menos, su expansión inicial, a costa del despojo de las riquezas existentes en el amplio territorio americano que conquistara y colonizara España, junto con el tráfico inhumano de africanos esclavizados. No es como lo han divulgado los apologistas e ideólogos del sistema capitalista algo que surgió del simple deseo de superación de algunas cuantas personas, de su capacidad de trabajo o de su intelecto; o como se legitimó a través de la religión protestante, el calvinismo, producto de la predestinación. Desafortunadamente, la historia construida desde los grandes centros hegemónicos nos trasmite una versión edulcorada del capitalismo, la que sería unida al patrocinio de grandes avances técnicos y científicos que fueran largamente frenados y condenados por la tradición fanática del medioevo europeo como una prueba irrefutable de su carácter manumisor.


La tragedia social, económica y política de lo que por mucho tiempo se llegó a conocer como el «tercer mundo» tiene así su génesis en el proceso de conquista, colonización, filibusterismo, esclavitud y explotación llevado a cabo por las potencias de Europa, escudándose en la ideología de la raza superior que creó divisiones raciales o étnicas de todo calibre, azuzó persecuciones y asesinatos en nombre de su credo, y que, posteriormente a la independencia política alcanzada en nuestra América, África y Asia, excitó el espíritu nacionalista entre ellos, de manera que existiera un mercado seguro para la adquisición de armas, reservándose para sí su producción y tecnologías. Así que gran parte de las quejas de Europa y Estados Unidos en relación con lo que ocurre a lo interno de nuestras naciones “tercermundistas” se debe en gran parte a esta situación histórica. Los altos niveles de vida material de Europa y Estados Unidos han sido señuelo para atraer a millares de migrantes a sus fronteras, impidiéndoseles continuar su camino ante el temor inculcado entre europeos y estadounidenses de ser desplazados de sus puestos de trabajo, de sufrir el colapso de sus servicios médicos y/o de perder hasta su propia identidad cultural. En ningún momento se han puesto a pensar en cuáles serían las reales causas de esta migración incesante. En vez de ello, atribuyen todo, simplemente, a la corrupción y la indolencia de los gobiernos de este lado (en lo que no estarían alejados de parte de la verdad). Nadie saca cuentas de cómo fue que Europa y Estados Unidos pudieron lograr las enormes cotas de desarrollo que exhiben en la actualidad, lo que constituye un triunfo de su industria ideológica al suprimir de las mentes de sus ciudadanos (como en gran parte del mundo) esta importante circunstancia histórica.


Ciertamente, como lo registrara Adam Smith, el descubrimiento de América y la ruta por el Cabo de Buena Esperanza hacia la India «son los dos acontecimientos más grandes y más importantes registrados en la historia de la humanidad», puesto que ellos facilitaron, no sólo nuevas rutas para la expansión capitalista, sino también la oportunidad de obtener los recursos y los mercados que asegurarían su auge durante los próximos siglos. El comercio triangular establecido así entre Europa, África y América, teniendo a la esclavitud como su principal pivote, dio paso al establecimiento de la división internacional del trabajo, con naciones periféricas, dependientes de los centros hegemónicos, encargadas del suministro de materias primas, mientras que, desde éstos, se importaban productos terminados y se fijaban las normas que regirían durante los últimos cuatros siglos y de forma general al sistema capitalista mundial.


La utopía alternativa que supone erigir un nuevo orden civilizatorio que reemplace el actualmente dominado por el sistema capitalista debe ser producto de una lucha de resistencia integral de los pueblos. Ella incluye, entre otras cosas, conocer sus orígenes históricos y reivindicar y darle su justo valor al tipo de socialismo comunal que los mismos venían practicando desde tiempos ancestrales, el cual sobrevive hasta el presente, expresado en variadas modalidades; de tal modo que haya la suficiente subjetividad subversiva para iniciar, nutrir y consolidar esta utopía alternativa. -    

EN HONOR A LA MEDIA Y LA FALSA VERDAD

EN HONOR A LA MEDIA Y LA FALSA VERDAD

 

La situación creada con el encarcelamiento en Inglaterra de Julian Assange a pedido de Estados Unidos -acusado de cometer presuntamente 18 delitos estipulados en una ley de dicho país contra el espionaje que data de 1917- pone en la palestra lo que hoy en día representa la vigencia de la libertad de expresión frente a los crímenes de guerra perpetrados por las grandes potencias hegemónicas y sus aliados regionales a nivel mundial. Como es de todos conocido, el fundador de Wikileaks reveló al mundo la existencia de programas destinados a conseguir y analizar información suministrada gratuitamente por los usuarios de internet, a través de Google, Facebook o Apple, en lo que constituye un amplio imperio de vigilancia que haría empalidecer al Big Brother descrito en “1984" por George Orwell. Esto hizo que Estados Unidos y algunos gobiernos europeos emprendieran acciones en su contra al exponer a la opinión pública el carácter inmoral e inhumano de sus guerras humanitarias, lo que ha traído como consecuencia para Assange, en el peor escenario imaginable, el sometimiento a torturas sicológicas y aislamiento total, lo que ha hecho temer a muchos por su vida.

 

Este amplio imperio de vigilancia denunciado por Assange no es otra cosa que la mundialización del miedo y la sumisión, ya anticipado en décadas pasadas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, de México, cuyo objetivo prioritario es asentar, propagar y defender la ideología y los intereses de los sectores dominantes yanqui-europeos en detrimento de la soberanía, la cultura, la biodiversidad y los intereses de los demás pueblos de la Tierra. En términos simples, esto es la construcción de un poder corporativo global, cuyos intereses y decisiones afectan la vida de millones de seres humanos sin saberse a ciencia cierta quiénes lo constituyen aunque sí a quienes beneficia.

 

En palabras de Juan Pérez Ventura (al referirse al Club Bilderberg), “la idea de un gobierno mundial controlado por una pequeña élite financiera y económica es cada vez más aceptada por la sociedad. Con la última crisis económica se ha puesto en evidencia que no son los gobiernos los que controlan los países, sino organismos de rango superior a los propios ministros y presidentes. Las decisiones que se toman en cualquier país parecen estar continuamente influenciadas (directa o indirectamente) por entidades como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de Comercio, etc. Entidades cuyos líderes no han sido elegidos por la ciudadanía y, por lo tanto, están tomando decisiones decisivas sin legitimidad democrática".

 

A Assange se agregan los nombres de Chelsea Manning y Edward Snowden, acusados por el gobierno estadounidense de delitos similares, lo cual evidencia hasta qué punto el poder oscuro que rige a la nación norteña es capaz de manejar a su antojo el sistema judicial para evitar la erosión de su hegemonía. Mediante su manipulación, la clase hegemónica gringa se ha encargado de silenciar las voces que estima peligrosas, acusándolas de amenazar la seguridad de la nación, lo que se complementa con la acción racista de sus órganos policiales, generalmente dirigida contra la población negra e inmigrante de habla hispana. Para ello, suele recurrir a la difusión de medias y falsas verdades, tanto en lo que respecta al orden interno como también en lo que constituye su política exterior imperialista y neocolonialista cuando se pretende subordinar a sus particulares intereses la soberanía de otros países. -