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LA CONVERGENCIA CATASTRÓFICA DEL NEOLIBERALISMO CAPITALISTA

LA CONVERGENCIA CATASTRÓFICA DEL NEOLIBERALISMO CAPITALISTA

Una verdad irrefutable, de mucho tiempo establecida, es que el capitalismo necesita de sistemas políticos que no limiten sus movimientos internacionales de capitales. Es decir, que no le impongan restricciones legales y protejan la acumulación capitalista. Esto ha traído como consecuencia que se tolere a regímenes fascistas o totalitarios, como ya ocurriera durante el siglo pasado en Europa con Mussolini, Hitler o Franco, o la cadena de dictaduras que, bajo la tutela de Estados Unidos, caracterizó la historia de las naciones del cono sur de nuestra América, a pesar de sus desmanes en materia de derechos humanos. Otras consecuencias se reflejan en la desigualdad social y en la explotación irracional de recursos naturales, lo cual afecta principalmente a los países que suelen calificarse como en vías de desarrollo o subdesarrollados, siendo ésta una condición favorable para quienes controlan el sistema capitalista mundial.

Así, más allá de lo que se pudiera percibir a simple vista, David Barrios Rodríguez, en su Tesis sobre la militarización social en América Latina y el Caribe, expone que «los efectos devastadores del proyecto político, económico, cultural y social del neoliberalismo, se combinan con los de los cada vez más frecuentes desastres naturales, conformando lo que se ha caracterizado como una “convergencia catastrófica”, aquella en la que cada uno de sus componentes profundiza y se expresa en los otros. Esto se presentaría con mayor virulencia en el “Trópico del caos”, es decir, la franja del planeta entre los Trópicos de Cáncer y Capricornio, en los que poblaciones históricamente relacionadas con la agricultura y la pesca (casi 3 mil millones de personas) se ven enfrentadas a los efectos del cambio climático, lo que coloca en el panorama el incremento de distintas expresiones de conflictividad social, lo que incluye fenómenos de violencia armada y guerras». Como el mismo autor lo señala, son dimensiones de una crisis de carácter civilizatorio, una crisis que, por cierto, pocos quieren percibir sin escándalo y, menos, se plantean resolver de un modo que pueda, o deba, ser radical. Esto no sería una simple elucubración si en cada región del planeta, incluyendo aquellas en donde la presencia humana es un elemento mínimo o ausente, no hubiera registro de los efectos devastadores de la crisis climática que nos envuelve a todos, lo que ha sido planteado en las muchas cumbres convocadas para tratar este tema.

La universalización de los mercados de capitales a través de lo que se conoce en la actualidad como revolución 4.0 ha logrado, entre otras cosas tangibles, la alteración del orden mundial vigente. Cuestión que se maximizó a causa de la pandemia de la Covid-19, obligando a muchas personas a reprogramarse en un sentido productivo, lo que destapó en muchas de ellas sus potencialidades como emprendedoras, dándole un cariz diversificado a las economías de sus naciones. Al mismo tiempo, esta universalización de los mercados de capitales pone sobre la mesa la necesidad de conseguir una redistribución humanitaria que contribuya a moldear un nuevo tipo de sociedad, combinando la eficacia que se demanda de las instituciones del Estado, a través de una democracia efectivamente participativa y protagónica, y la igualdad social con la cual deje de existir el abismo tremendo que existe entre aquellos que poseen capitales que superan el presupuesto anual de algunos gobiernos y quienes apenas tendrían lo básico para sobrevivir.

Ahora, cuando nos hallamos cercados por un capitalismo de vigilancia (representado por las grandes corporaciones transnacionales tecnológicas), convertido en amo y guardián del mercado, de la comunicación y de su contenido, se observa cierta una incompatibilidad entre éste y la exigencia cada día creciente de representatividad y participación ciudadana de las mayorías. Acá es necesario acotar que, lejos de propiciarse una sociedad mundial que comparte el conocimiento y participa libremente en los espacios digitales de la comunicación, se han instaurado unos modelos de conducta, una unidireccionalidad del pensamiento y una abierta discriminación de aquellos que no respondan a los intereses del sistema actual y defienden su idiosincrasia y diferenciación. Es lo que resume Ignacio Ramonet como “la conquista mediática del planeta”, en lo que sería una tecnoutopía. En tal sentido, muchos analistas coinciden en señalar que las nuevas tecnologías no estarían contribuyendo al perfeccionamiento de la democracia sino todo lo contrario. Antes que resignarse a su concreción y continuar imitando el modelo productivista y destructivo de «desarrollo», habrá que buscar enfoques diferentes y modificar radicalmente, entre otros elementos, los modelos de consumo existentes. Con ello se podrá revertir la convergencia catastrófica a la cual nos ha conducido, prácticamente de modo inevitable, el neoliberalismo capitalista.

ACTUALIDAD Y SIGNIFICADO DEL IMPERIALISMO

ACTUALIDAD Y SIGNIFICADO DEL IMPERIALISMO

El sistema mundial capitalista se sigue caracterizando por la existencia de una jerarquía de países, esta vez con la participación de potencias que fueran concebidas bajo la ideología marxista-leninista (en el caso de Rusia, luego de la implosión de la Unión Soviética) o marxista-maoista (en el caso de China), que ahora le disputan la hegemonía a Estados Unidos en el terreno económico, tecnológico y militar. Las asimetrías económicas que ésto ha provocado se expresan en un desarrollo desigual en todos los continentes que obligan a uno u otro gobierno a tratar de llegar a acuerdos con los gobiernos de tales potencias que no impliquen la pérdida o la reducción de sus respectivas soberanías, especialmente en el ámbito económico. Sin embargo, éstas son afectadas por las transformaciones estructurales del capitalismo y por el dominio tradicionalmente ejercido sobre una economía mundial, sometida a la lógica de la valorización; lo que explica, en parte, el enfrentamiento actual de Estados Unidos contra China y Rusia.

Estos centros de poder geográficamente distinguibles no han impedido el surgimiento de otros, quizá con una influencia menos visible o determinante pero igualmente importante, ya que, en conjunto, podrían inclinar la balanza geopolítica hacia uno u otro polo, conformando áreas específicas en cada continente que trastocarían la historia de subdesarrollo económico a que fuera sometida la mayoría de las naciones. La expoliación del conjunto del planeta llevada a cabo por las empresas transnacionales y las finanzas globales tendría así su punto culminante. No obstante, todavía habrá que emprender una lucha revolucionaria contra el capitalismo y el imperialismo, si se aspira a un nuevo orden mundial centrado en el respeto a la soberanía de cada nación y demás derechos y garantías proclamadas desde hace casi cien años por la Organización de las Naciones Unidas. Y esto no es simple capricho ni una vuelta al pasado.

Cualquier ascenso de los sectores populares que cuestione y ponga en crisis los regímenes políticos de cualquier país dependiente tendrá que confrontar no solo a la clase dominante local y a las fuerzas represivas que integran el Estado, sino también enfrentar la estrategia militar, económica y financiera que pondrá en marcha el viejo imperialismo para conservar su hegemonía. En la actualidad, según el criterio de muchos analistas, estaríamos en presencia de avances hacia la conformación de una clase capitalista y un Estado transnacionales que terminarían por extender su dominio a todos los países del planeta. Algo que se deja ver a medida que la reorganización del sistema mundial capitalista impone nuevos paradigmas, por lo que, siguiendo lo iniciado por el capitalismo neoliberal a finales del siglo pasado, se requiere que exista una fuerza laboral más barata y con menos derechos que exigir, menores impuestos, y flexibilidad en requisitos en materia del cuidado de la naturaleza, entre los elementos más comunes al momento de ponerse en práctica cualquier programa económico.

Durante un siglo, EE. UU. no afrontó desafíos considerables a su poderío. La situación, desde el inicio del nuevo milenio, cambió. Ahora la disputa por áreas de influencia, hace que muchas personas anticipen una confrontación mayor con Rusia y China, lo que implicaría una destrucción que abarcaría un escenario más extenso que el de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Por ello mismo, la actualidad y el significado del imperialismo quizá no tengan la misma connotación de la otorgada en su momento por Marx, Lenin o Mao, por citar algunos de los teóricos del comunismo que se dedicaron a su estudio. Esto no significa que sus aportes teóricos estén en desuso pero sí pueden contribuir a la comprensión de lo que es la realidad presente.
 

LA FUNCIÓN DE LA GUERRA EN EL CAPITALISMO GLOBAL

LA FUNCIÓN DE LA GUERRA EN EL CAPITALISMO GLOBAL

Para el capitalismo (o liberalismo, como muchos también lo definen), los únicos balances válidos son los contables. Más allá de eso poco importa si la extracción intensiva de minerales, los desechos industriales vertidos en mares y ríos y la emanación descontrolada de dióxido y monóxido de carbono dañan el ecosistema y la salud de los seres humanos alrededor del planeta; además de otras desastrosas consecuencias sociales. Las mega corporaciones transnacionales, especialmente las financieras, están motivadas sólo por el logro ambicioso de grandes ganancias en el más corto plazo posible. No estará demás afirmar que las bases de tales ganancias son la plusvalía generada por los trabajadores asalariados  (indistintamente de su nivel profesional o no) y la desposesión de territorios ocupados ancestralmente por pueblos originarios y campesinos, contando para ello con la complicidad de gobiernos corruptos y complacientes. Entre las últimas décadas del siglo pasado y las primeras décadas del siglo presente, las grandes compañías europeas y norteamericanas han obtenido beneficios económicos que superan con creces el presupuesto anual de varias naciones, lo que ha incrementado la brecha existente entre ricos y pobres, tanto en lo que respecta a clases sociales como a la división Norte-Sur. 

En medio de esto, la guerra ha cumplido una función fundamental en el crecimiento y la vigencia del capitalismo. Ningún conflicto entre naciones, por muy justificado que parezca, está al margen de los intereses de los grandes consorcios que dominan el mercado capitalista. Son estos quienes están detrás de la carrera armamentista, generándoles pingües ganancias, armando por igual a gobiernos y grupos terroristas o irregulares, sin reparar en cuestiones éticas y morales. Además de esto, se benefician con la usurpación y explotación de los territorios que son escenarios de estas guerras, como sucedió con Iraq, Libia y algunas naciones africanas, ricas en recursos energéticos y minerales estratégicos; en muchas ocasiones, generadas por la industria ideológica a su servicio.

Las grandes corporaciones transnacionales tienen como objetivo regentar enclaves estratégicos en todo el mundo. Su pretensión de dominio absoluto contempla el monopolio de las nuevas tecnologías; de los flujos financieros; del acceso a los recursos naturales de cada continente; de los medios de comunicación, tradicionales y emergentes; y de las armas de destrucción masiva, las cuales son negadas al resto de los países, pero que se mantienen en manos de aquellos que sí han provocado guerras y destrucción para conservar su estatus imperial o hegemónico. Todo esto no sería, entonces, más que un totalitarismo global frente al cual cualquier derecho de los pueblos representaría una grave amenaza que tendría que ser erradicada, apelando a toda estrategia, sin importar la legalidad, la ética y la moral con que debiera actuarse. Al respecto, sobran los ejemplos. Ahora más cuando cuenta con un poder militar de alcance mundial, poseedora de adelantos tecnológicos que, salvo Rusia, China e Irán, no poseen las demás naciones: la OTAN. Además de la fuerza militar, se impone una extraterritorialidad de medidas que persiguen obligar a los gobiernos considerados hostiles o forajidos a ajustarse a sus intereses y a su concepción particular de «democracia».

Ana Esther Ceceña, coordinadora del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica, sostiene que, a pesar del nivel de guerra, opresión y de represión que se observa a escala global, surgen cada día nuevas y diversas formas de resistencia al capitalismo y su régimen disciplinador. «Es por esa obscena concentración de riqueza y poder que los desposeídos del mundo multiplican sus estrategias de escape y resistencia. Es decir, las condiciones actuales pueden ser percibidas como de guerra total contra la totalidad del mundo, pero simultáneamente como de insustentabilidad e ilegitimidad sistémica, de insubordinación». En tal contexto, la guerra es, actualmente, como lo fue en el siglo XX, uno de los soportes principales, de la economía globalizada. Ella garantiza que las grandes corporaciones transnacionales obtengan y conserven la acumulación y altos márgenes de ganancia, las posibilidades de inversión en cada nación y el necesario control de los mercados y materias primas; lo cual debe cuestionarse en todo momento, al margen de cualquier prejuicio o argumento que se esgrima para justificar sus acciones en contra de los pueblos del mundo. 

LA LIBERTAD HUMANA Y EL CAPITALISMO DE VIGILANCIA

LA LIBERTAD HUMANA Y EL CAPITALISMO DE VIGILANCIA

El auge y la extensión del capitalismo de vigilancia conforman una realidad totalizadora que no habría, prácticamente, ningún ser humano ajeno a ella. Éste explota un mercado donde las personas somos el producto a vender. La gran mayoría ignora, o prefiere ignorar, lo que es este capitalismo de vigilancia, envuelta en una nueva adicción que ha llamado la atención de quienes estudian el comportamiento individual y colectivo de la sociedad del siglo XXI. En la actualidad, las grandes corporaciones que controlan el internet son las que perciben ingresos cuantiosos que superan a los obtenidos por los sectores industriales y financieros. Pero esto quizá no causaría mayor alarma si solo se tratara de dinero porque eso es la lógica capitalista. Lo que advierten muchos analistas y expertos, varios ex empleados de alto rango de estas grandes corporaciones, es el control que ya se ejerce sobre segmentos importantes de la población mundial, amenazando su libertad.

 

Es conocido que todo lo que se hace en internet pasa a ser patrimonio de las empresas, siendo monitoreado cada vez que se accede a cualquier tipo de información o publicación, sin que los usuarios sepan a ciencia cierta qué es lo que se hace con ello y en qué medida podrá afectar la vida de cada quien. Lo que podría ser escalofriante es que todo esto lo hacen máquinas dotadas con algoritmos que funcionan para cotejar y anticipar estados de ánimo, preferencias, tendencias políticas o religiosas, y un sinfín de cosas que suministramos a diario gratuitamente a través de las llamadas redes sociales, pensando que ahora disponemos de un mayor grado de libertad y de objetividad al disfrutado por nuestros antepasados; incluyendo en ello lo que entendemos por democracia y libre expresión de nuestras opiniones. 

 

La desinformación (o fakes news, para quienes gusta el inglés) provee a las corporaciones del capitalismo de vigilancia el grueso de sus ganancias y su proliferación es, en gran medida, perjudicial y desestabilizadora en un vasto sentido. Mediante la difusión de desinformación tales corporaciones han convertido a las redes sociales en las mejores herramientas de persuasión que se hayan creado, con un efecto casi instantáneo, predecible y masivo. Aplicadas al ámbito político han desencadenado acciones de grupos extremistas y el desprestigio y derrumbamiento de regímenes de toda clase alrededor del planeta. Igual pasa con personas a las que se les atribuyen hechos y conductas reprobables, sin proponerse descubrir la verdad, con el saldo de crímenes de odio hacia un grupo étnico, religioso, social o nacional, como ocurre, por ejemplo, con los árabes musulmanes en Europa occidental y Estados Unidos o con los migrantes venezolanos en Sudamérica. 

 

Fidel Castro sentenció: “No es lo mismo estar desinformado que perder la capacidad de pensar”. Para evitar esta realidad catastrófica es necesario que exista y prolifere un pensamiento crítico colectivo que resulte suficientemente fuerte e influyente para que los gobiernos dicten medidas eficaces contra la mercantilización de los datos obtenidos de los usuarios de las distintas redes sociales. Para el capitalismo y sus modelos de hegemonía imperial es algo preeminente el control y moldeado de las subjetividades de quienes debe dominar y colonizar. Eso se ha hecho en cada continente desde hace más de quinientos años, borrándoles la identidad cultural a aquellos que subyuga y les impone su lógica y sus  valores. Cabe entender y comprender que, lejos del carácter inocente y gratuito de estas corporaciones, se halla una intención bien calculada de dominación que haría de los propagandistas nazis simples aficionados.

EL DESLINDE IDEOLÓGICO Y LAS GUERRAS DE LAS IDEAS Y DE LAS EMOCIONES

EL DESLINDE IDEOLÓGICO Y LAS GUERRAS DE LAS IDEAS Y DE LAS EMOCIONES

El siglo XXI representa un presente que no augura un futuro positivo. La tecnoutopía que muchos anticiparon como signo del progreso lineal de la humanidad ha servido, básicamente, para aislar a los seres humanos de sus congéneres, para anular su capacidad crítica y para envolverse en una realidad hedonista y consumista que atrofia su sentido de solidaridad y de lucha por un mejor nivel de bienestar colectivo y de armonía con el entorno natural. El mundo contemporáneo es un mundo regido por la lógica capitalista en su mayor expresión y eso es lo más peligroso a lo que se expone la humanidad, por mucho que no se quiera ver. «Una sociedad degradada por el capitalismo - asegura Vijay Prashad en "Diez tesis sobre marxismo y descolonización" - produce una vida social impregnada de atomización y alienación, desolación y miedo, rabia y odio, resentimiento y fracaso. Se trata de emociones desagradables que son moldeadas y promovidas por las industrias culturales (“tú también puedes tenerlo”), los establecimientos educativos (“la codicia es el motor principal”) y los neofascistas (“odia a los inmigrantes, a las minorías sexuales y a cualquiera que te niegue tus sueños”). El dominio de estas emociones en la sociedad es casi absoluto y el ascenso de los neofascistas se basa en este hecho. El significado se vacía, tal vez como resultado de una sociedad de espectáculos que ya se ha agotado». De esta manera conserva su vigencia el individualismo político occidental moderno, asentado tras la irrupción de la Revolución Francesa en 1789; algo que se ha extendido y estimulado en todo el planeta, gracias al auge imperialista y a las tecnologías de la informática que han puesto al día modas e ideas de cualquier signo, inyectando en las mentes de millares de personas la convicción de que sólo ellas importan y los demás que se las arreglen como puedan.  

 

Todo esto representa un importante reto para los grupos revolucionarios, a quienes les corresponde inducir o crear entre los sectores populares la certeza de la posibilidad de realizar y de consolidar los cambios que se requieren para acceder realmente a una revolución y, en consecuencia, a un cambio radical del modelo civilizatorio contemporáneo. No sólo serán las condiciones objetivas las que harán posible esa certeza sino también (quizá de un modo más importante) las condiciones subjetivas, puesto que éstas tenderían a ser más permanentes e influirán en las acciones colectivas que tengan lugar en cualquier momento, correspondiéndole al pueblo consciente y organizado la toma de decisiones. Tal tarea requiere la disposición nunca acabada de encararse a un proceso de desaprendizajes y aprendizajes colectivos mediante el cual puedan determinarse los avances, los retrocesos y las debilidades que presente el proyecto revolucionario; cuestión enmarcada en lo que muchos nombran como crítica y autocrítica, pero que suelen asumir como algo negativo que les afecta personalmente, olvidando su compromiso de hacer la Revolución en todos los niveles, incluídos la conciencia y el comportamiento individuales. Es muy importante que esto ocurra, de forma que haya un deslinde ideológico respecto a lo existente o vigente y la Revolución que se aspira conseguir, lo que será producto, a su vez, de una guerra de ideas y de una guerra de emociones que clarifiquen el ideario adoptado, contrastándolo siempre con la realidad. Una cosa también son las consideraciones de empatía y esperanza que deben guiar las acciones de los revolucionarios, sin comportarse como enviados del cielo que tienen la verdad única e incuestionable, a quienes se les debe agradecer todo.

 

No hay que olvidar a los oportunistas que suelen aparecer en todo ambiente que ofrezca algún beneficio. «El oportunista es un enemigo de la Revolución y florece en todos los lugares donde no hay control popular», como les decía el Che Guevara a los miembros del Departamento de Seguridad del Estado el 18 de mayo de 1962, a quienes les advirtió igualmente sobre la conducta del contrarrevolucionario: «Contrarrevolucionario es aquel que lucha contra la Revolución, pero también es contrarrevolucionario el señor que, valido de su influencia, consigue una casa, que después consigue dos carros, que después viola el racionamiento, que después tiene todo lo que no tiene el pueblo, y que lo ostenta o no lo ostenta, pero lo tiene. Ése es un contrarrevolucionario, a ése sí hay que denunciarlo enseguida, y al que utiliza sus influencias buenas o malas para su provecho personal o de sus amistades, ese es un contrarrevolucionario y hay que perseguirlo, pero con saña, perseguirlo y aniquilarlo». Para muchos militantes de la Revolución esta es una línea que debiera cumplirse, dado el sistema de corrupción que suele presentarse en toda la administración pública, con escasas excepciones. Sin embargo, es otro elemento que poco se precisa, desentendiéndose inconscientemente de cuáles son sus orígenes, porque esto no constituye ninguna novedad, si revisamos nuestra historia desde antes de conseguirse la independencia del poder español. Y las razones serán las mismas que revelen y expliquen el funcionamiento del Estado y del capitalismo en nuestra América. He ahí la importancia suprema de las condiciones subjetivas, creándose una conciencia verdaderamente revolucionaria con que se pueda detectar a oportunistas y contrarrevolucionarios, evitando las desviaciones y las debilidades constantemente denunciadas desde las bases, aún de aquellas que no comulgan para nada con cualquier atisbo de revolución.  

 

La combinación de la reflexión teórica y la experiencia práctica - necesaria e imprescindible - hará que este deslinde ideológico, la guerra de ideas y la guerra de emociones tengan resultados positivos. En su puesta en marcha, se requiere que la formación teórica y el debate se conviertan en elementos insoslayables de los distintos ámbitos políticos, económicos, sociales y culturales. Además, la organización de los sectores sociales revolucionarios tendrán por meta fundamental la conquista del poder constituido y no contentarse con simplemente delegar su soberanía en los dirigentes que asumirán la conducción del Estado. Como saldo de todas estas acciones para desplazar a las clases dominantes deben establecerse unos nuevos paradigmas que sirvan de soportes a la sociedad de nuevo tipo que surja por efecto de esta combinación efectiva de reflexión teórica y experiencia práctica que configura la Revolución popular, antiimperialista y anticapitalista. 

ECOTOPÍA: UNA PROPUESTA DE REVOLUCIÓN PARA EL MUNDO

ECOTOPÍA: UNA PROPUESTA DE REVOLUCIÓN PARA EL MUNDO

En palabras de Amy Goodman y Denis Moynihan «la perspectiva de un cambio climático catastrófico e irreversible y el posible declive de la democracia en el mundo son escenarios muy reales». Esto en coincidencia, si cabe entenderlo de esta manera, con los vaticinios de científicos y gente dedicada a la preservación del medio ambiente que, de medio, tal parece no quedaría mucho que ver, obligará a los seres humanos a emprender propuestas ecotópicas mediante las que será posible alterar las distintas estructuras sobre las que se sostiene el actual modelo civilizatorio capitalista mundial. Sin esta comprensión, será algo más que difícil disminuir los efectos cada día en ascenso de la crisis climática que, de no lograrse, representaría el fin de la humanidad y, con ella, de todo vestigio de vida en todo nuestro planeta. Por ello es fundamental que las concepciones conocidas desde hace unos siglos sean modificadas o eliminadas de raíz en función de los cambios revolucionarios que deben propiciarse, involucrando gobiernos, empresas, academias y pueblos de manera consciente y amalgamada; logrando los objetivos trazados para la sobrevivencia de todos. En este caso, habrá que hablar de ecología social, economía ecológica y ecología política, entendiendo que ninguna podría enfocarse de forma aislada sino de forma encadenada, puesto que cada una se enlaza con las otras, constituyendo una sola propuesta revolucionaria. La fragmentación y la disgregación propiciadas por los intereses y la lógica del capitalismo se verían rebasados por una nueva conciencia social, expresada ésta en la concepción, por ejemplo, de los bienes jurídicos ambientales como un patrimonio común e irrenunciable perteneciente a toda la humanidad y no únicamente a quienes tienen el poder del dinero, es decir, los grandes conglomerados transnacionales que ambicionan el control total de los recursos que nos brinda la naturaleza, lo que modificará y ampliará lo que se entiende por propiedad.

Así, todos los ámbitos vitales se entrecruzan en esta propuesta, haciendo obsoleta toda posibilidad de simple reforma del orden vigente, en lo que será una revolución radical, apuntando a la extinción consciente del modelo de civilización liberal y del capitalismo como su sistema económico hegemónico. Esto debe conducirnos a la construcción colectiva de un nuevo espacio vital que marque el inicio de un nuevo tiempo histórico en los cuales sea un rasgo destacado el respeto a la dignidad y la vida de todos, en una interrelación armoniosa con nuestro entorno. Podría argumentarse, recurriendo a los paradigmas tradicionales, que la crisis climática, la pérdida creciente de biodiversidad y los demás problemas socioambientales causados por la voracidad capitalista sólo requieren de una buena voluntad y alguna legislación al respecto para resolverlos, en algún futuro que se visualiza, cada vez, inexistente o imposible. Con una economía de base extractiva y, generalmente, monoproductora, las naciones de nuestra América, principalmente, están más expuestas a confiar en la ilusión del capitalismo como recurso para acceder al desarrollo de sus economías, lo que ya cumplió un ciclo de más de cien años, esperando acceder a los mismos estándares de vida de Estados Unidos y Europa occidental. Para cambiar los parámetros seguidos en nuestros países hará falta impulsar la ecología económica, gracias a la cual las personas y la naturaleza dejarán de verse como meras mercancías. En consecuencia, el proceso de producción material necesario para la existencia de la humanidad tendría un enfoque contrario al capitalista.

La ecología económica estimulará la conformación de sistemas de producción y de consumo local de alimentos, de ser posible, en las mismas comunidades, de finanzas solidarias que se diferencien totalmente de la banca tradicional y de comercialización colaborativa, con prosumidores ganados a la idea de generar beneficios colectivos y exclusivamente particulares; todo lo cual producirá la democratización de la economía y el desarrollo local o comunitario en un alto grado, sin la acostumbrada dependencia foránea. La autonomía y el empoderamiento que esto representa para nuestros pueblos es mayor al que pudieran aspirar bajo los sistemas existentes. Aquí adquiere un papel relevante la ecología política, cuya trascendencia se hallará orientada a la transformación estructural del Estado, con autonomías y asambleas locales que incidan positivamente en la ampliación del concepto y el ejercicio de la democracia, dando cabida al derecho ambiental, la gobernanza ambiental y la economía y la gestión ambiental que deben estar presentes en cada empresa. 

El respeto a la diversidad social, cultural, biológica, geográfica y territorial - aunada a unas nuevas relaciones políticas y económicas donde se privilegie la práctica emanciparadora de la democracia participativa y protagónica -, garantizada y contenida en la Ecotopía que comienza a tomar cuerpo en diferentes latitudes, debe ser el norte de todas las luchas de los movimientos populares en contra del capitalismo y del tipo de sociedad que este ha moldeado según sus intereses. Todo esto, a grandes rasgos, significa erigir una pluralidad de valores que, en el mundo contemporáneo, tiende a achicarse, dado que es parte intrínseca del capitalismo en su versión neoliberal. El propósito central de la ecología social, la ecología económica y la ecología política (vistas como partes de un todo) ha de ser la sustentabilidad de la vida de seres humanos y naturaleza por igual. No pueden ni deben separarse en función de uno de los órdenes en que se divide el modelo civilizatorio imperante. La toma de decisiones y la gestión pública estarán, por lo tanto, subordinadas al objetivo supremo de la transformación de este modelo civilizatorio, lo que exige la adopción de conductas, estructuras y medidas acordes con el mismo. En todos los renglones se toman en cuenta los límites biofísicos, compartiendo criterios similares a los de los pueblos originarios y campesinos, sin que esto sea interpretado del todo como un idealismo utópico más que alguien podría calificar de irrealizable. 

VIENTOS DE GUERRA SOPLAN SOBRE CHINA Y VENEZUELA

VIENTOS DE GUERRA SOPLAN SOBRE CHINA Y VENEZUELA

El conflicto inducido por el imperialismo gringo y sus subalternos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte entre Ucrania y Rusia, a pesar que apunta al desgaste militar, económico y político ruso (en búsqueda de controlar tan vasta región estratégica, así como sus recursos minerales), podrá verse como un punto de partida para hacer lo propio respecto al coloso asiático que es China, algo nada improbable en vista que en su geografía cercana se hallan Taiwán y Japón, dos aliados con los que cuentan aquellos del lado del océano Pacífico, a quienes dan la garantía de defenderlos, incluso apelando al uso de su arsenal nuclear; anticipando una destrucción de grandes proporciones. Teniendo esto como fondo, definir el estado de situación del imperialismo resulta, para quien se ubique en el lado de la Revolución, un asunto de primer orden. En una primera instancia, habría que revisar cuánto de los aportes teóricos históricos sobre este tema mantiene su vigencia. Luego está el hecho cierto que el imperialismo ya no se expresa únicamente por la vía de las armas u ordenando golpes de Estado, de lo cual nuestra América tiene un extenso historial. Ahora practica otros métodos con la misma finalidad: subordinar las soberanías nacionales a su influjo y normas. Sin embargo, el surgimiento de un mundo multipolar, con Rusia y China convertidas en indiscutibles potencias económicas rivales de Estados Unidos, requiere de algo más que una simple definición de lo que es y representa el imperialismo. Asociado a ello, debe considerarse el impacto causado por el capitalismo neoliberal en las diversas naciones donde actúa; sin que tal nomenclatura sea una exclusividad de Estados Unidos o Europa occidental, lo que podría aplicarse, con sus variantes, a China y Rusia. Así, la situación de guerra creada en Ucrania podría responder a estas dos realidades más que a una simple defensa de la soberanía de este país o de quienes se identifican cultural y étnicamente con los rusos. Hay que ver, en principio, un choque de potencias en que, cada una a su modo, buscan prevalecer en el escenario mundial. Y esto, en último caso, se relaciona con el afán capitalista de controlar territorios, mercados y economías, al igual que sucediera durante las primeras décadas del siglo pasado, desencadenándose los dos conocidos grandes conflictos bélicos que sacudieron a la humanidad de entonces.

 

La mistificación del imperialismo yanqui como paladín de las causas justas alrededor del mundo es tan similar a la creada por la cinematografía en torno a sus héroes metahumanos, defendiendo a la Tierra de cualquier agresión, dominación e intento de destrucción de parte de invasores alienígenas que, cosa curiosa, no arriban a otro lugar que no sea europeo o estadounidense, reafirmando lo impuesto ya por la modernidad hegemónica, es decir, la ideología eurocentrista y colonialista que los presenta como los únicos seres humanos civilizados de este mundo. Esto repercute, de una u otra manera, en la percepción que se pueda tener en relación con lo que ocurre en aquella lejana región de Europa, respaldando sin mucha base a uno u otro contendiente. Unos porque consideran que ya debiera cesar, por completo, el papel de gendarme mundial ejercido por voluntad propia por Estados Unidos; favoreciendo el establecimiento de un mundo multipolar y/o multicéntrico. Otros porque recuerdan a Rusia como el núcleo principal de lo que fuera la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, intimidados por un comunismo que nunca existió; lo que se hace extensivo a todo régimen (como el de Venezuela) que se identifique con dicha alternativa, así sea de una forma meramente nominal.  

 

Según lo referido por Boaventura de Sousa Santos en uno de sus más recientes análisis, a propósito del enfrentamiento ruso-ucraniano, «la dinámica del imperialismo estadounidense parece imparable, siempre alimentada por la creencia de que la destrucción que provoca o incita tendrá lugar lejos de sus fronteras protegidas por dos vastos océanos. Por lo tanto, tienen un desprecio casi genético por otros pueblos. Estados Unidos siempre dice que interviene por el bien de la democracia y sólo deja destrucción y dictadura o caos tras su paso». El sistema de alianzas subalternas que logró establecer Estados Unidos por más de cincuenta años está siendo sometido a prueba frente a Rusia, lo que también podría suceder frente a China y, en un caso hipotético, frente a Venezuela, el mayor aliado de ambas potencias en lo que corresponde al territorio de nuestra América. Las medidas comerciales, tecnológicas y monetarias, a las que se agregan las militares, están creando más problemas que soluciones. En tal sentido, los últimos gobiernos gringos dejan asomar sin disimulo sus planes de activar un ataque militar contra Venezuela, lo que es secundado por sus subalternos de la derecha opositora, en la esperanza de contar con un suministro seguro y exclusivo de hidrocarburos y todo mineral estratégico que se halle en el subsuelo venezolano; una amenaza potencial que luciría  cuesta arriba, en vista de la correlación de fuerzas existente ahora con algunos gobiernos, entre éstos los de Brasil y Colombia, aparentemente alejados de la órbita estadounidense. Sin embargo, se tiene a Guyana como el peón apropiado en este ajedrez geopolítico, azuzando a su gobierno para que se desconozca por completo los protocolos establecidos para determinar la soberanía sobre el territorio del Esequibo, en cuya plataforma marítima se hallan empresas estadounidenses explotando gas y petróleo, a pesar de la protesta venezolana; lo que detonaría un conflicto armado entre estas dos naciones.

 

Debido al empeño de los jerarcas políticos y militares gringos y europeos en atizar más el fuego entre Rusia y Ucrania, no resulta inverosímil que los vientos de guerra se propaguen a otras regiones de vital interés económico y geopolítico para Estados Unidos y sus fuerzas auxiliares de la OTAN. En los últimos años, el Pentágono (por medio del Comando Sur de EE. UU.) ha intensificado el nivel de intervención agresiva de Washington con el establecimiento de bases y ejercicios militares en distintos lugares de este continente; lo mismo que Francia e Inglaterra, ésta última al sur de las islas Malvinas, usurpadas a la República Argentina. La hipótesis de guerra que esto supone recuerda lo sucedido durante el inicio de las dos conflagraciones mundiales que tuvieron lugar en el siglo XX, de lo cual no estuvo ausente Venezuela por sus yacimientos petroleros. Cuando en la actualidad el imperialismo yanqui busca asegurar su hegemonía continental, enfrentando en una guerra asimétrica al gobierno chavista, tal hipótesis de guerra no deja de tener algún fundamento real, sino inmediato sí de una forma que no se debe descartar; lo que exige mantener una claridad de criterios respecto a los móviles de las guerras trazadas por el complejo industrial-militar que controla el poder en Estado Unidos y su brazo ejecutor, la OTAN, y no dejarse guiar simplemente por la propaganda difundida a través de todos los medios.

ESTADOS UNIDOS Y LAS MÁSCARAS NUEVAS DEL NEOFASCISMO

ESTADOS UNIDOS Y LAS MÁSCARAS NUEVAS DEL NEOFASCISMO

 

El asalto al Capitolio, sede del poder legislativo estadounidense, protagonizado sin oposición de los organismos de seguridad por grupos disfrazados de superhéroes y otros personajes que portaban banderas sudistas de la guerra de secesión, en lo que algunos analistas han calificado como un intento fallido de autogolpe incitado por Donald Trump para permanecer en la Casa Blanca, alegando ser víctima de un fraude electoral (gestado aparentemente desde Caracas por Hugo Chávez), da cuenta de la severa crisis política y social que, desde hace algunos años, se ha hecho presente en Estados Unidos y que los supremacistas blancos aprovechan para desacreditar y deslegitimar la democracia, acusando que su país es amenazado por una malévola conspiración comunista internacional.

Este tipo de conducta, según lo describe Orlando Ochoa en un artículo, fue denominado por Morris Lamar Keene como síndrome del verdadero creyente (o fanático sincero), «un desorden cognoscitivo que compele a un individuo, de otra manera normal, a creer lo increíble más allá de toda razón y que deviene enamorado de una fantasía, una ficción o una impostura que, mientras más se le demuestra su ausencia de fundamentos o de lógica, más se aferra a su creencia. Este autoengaño no significa mentirse a sí mismo, pues esto implicaría que sabe que es mentira. El “fanático sincero” está persuadido de que lo que cree es real, independientemente que abundantes hechos le demuestren lo contrario». Algo que, de una manera u otra, tiene sus manifestaciones ya no simplemente en el plano religioso sino que abarca lo político, como se ha visto en países disímiles entre sí como Venezuela y Estados Unidos.

Para el caso estadounidense, esto supone una prueba de fuerza para el nuevo gobierno que presidirá Joe Biden al no tener éste un consenso mayoritario de la población estadounidense en torno suyo, producto, básicamente, de la desvalorización moral que roe al sistema político vigente, evidenciada con el ascenso a la Casa Blanca de George W. Bush, Barack Obama y Donald Trump. Así, el auge alcanzado en Estados Unidos por grupos abiertamente violentos, xenófobos y racistas busca imponerse como la tendencia única que debe guiar el destino de este país, incluso al margen de la globalización neoliberal que éste lidera, en una mezcla discordante de preceptos bíblicos y políticos aparentemente democráticos que excluye a todos aquellos que no pertenezcan a lo que ellos definen y defienden como auténticamente estadounidense. Cuestión que no resulta nada novedosa y que podría rastrearse sin dificultad alguna hasta los orígenes de dicha nación, incluyendo su etapa como colonia británica, pero que ahora parece escandalizar a no pocos propios y extraños dada la contundencia con que actúan y la creciente influencia ejercida en el campo mediático y político. Sin embargo, hay que acotar -revisando la historia- que la imposición del nazi-fascismo no fue posible únicamente por la acción intimidante de sus fanatizados militantes sino también por el apoyo económico de los grupos oligárquicos que vieron en éste una barrera que le impidiera a los sectores populares avanzar hacia mayores conquistas económicas, políticas y sociales en detrimento de su hegemonía habitual.

Aunque ello quizá no ocurra del mismo modo que en Europa, sí es factible que el sistema gringo se haga cada vez menos permeable a los cambios y profundice sus raíces de dominio de élites capitalistas, imperialistas, excluyentes y racistas, con repercusiones negativas dentro y fuera de sus fronteras; lo que podría afectar también la paz mundial al señalar, entre otros, a China, Rusia e Irán (de paso, a Venezuela) como los enemigos que amenazan su seguridad nacional y, de este modo, reagrupar a su población bajo un mismo esquema de conducta y de pensamiento. Como ocurriera luego de la implosión de las Torres Gemelas de Nueva York.