Blogia

Homar_mandinga

LA REALIDAD DEL PODER POPULAR, ESCENARIOS Y POTENCIALIDADES EN CIERNES

LA REALIDAD DEL PODER POPULAR, ESCENARIOS Y POTENCIALIDADES EN CIERNES

La experiencia iniciada en Venezuela con la conformación de los Consejos Comunales ha posibilitado explorar los alcances, las limitaciones y las potencialidades que éstos pudieran tener y/o representar en la definición y práctica del socialismo revolucionario, aunque el mismo siga siendo una incógnita para muchos de sus promotores. Esto, sin embargo, representa cierto avance en el ejercicio de la democracia participativa y protagónica, desarrollando el nivel político de los sectores populares, lo cual -de mantener una línea ascendente- allanaría el camino a un nuevo tipo de organización del poder, edificado desde abajo, que pueda modificar substancialmente las relaciones políticas tradicionalmente establecidas entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos; una cuestión que, tarde o temprano, tendría su incidencia en el funcionamiento y vigencia del viejo Estado burgués-liberal, transformándolo en muchos sentidos. No obstante, hay que admitir que lo hecho hasta ahora no significa que se haya logrado dotar de poder efectivo a los ciudadanos en todas las áreas de la vida social, sin que exista esa injerencia que estila todavía un grueso porcentaje de representantes de la administración pública, como sería lo ideal, y, menos, empezado a erradicar la dominación capitalista, lo mismo que la desigualdad social.

Para muchos de los gobernantes locales y regionales -todavía influidos por la vieja cultura política reformista- la realidad del poder popular sigue (o debiera estar) subordinada a las directrices trazadas por el Estado y las leyes vigentes, sin permitirse un escenario distinto, a pesar del discurso oficial de aceptación del socialismo como alternativa al capitalismo y a la democracia representativa habitual. La mayoría de ellos supone que basta con efectuar una gestión medianamente aceptable que no se salga de los parámetros legales y ampliar los debates sobre los presupuestos municipales con las comunidades organizadas, muchas veces integradas por militantes de su mismo partido político, cosa que no equivale a construir ningún poder popular. Se debe admitir igualmente que, en la práctica, prevalece un escaso control popular sobre la gestión pública, debido principalmente a la falta de una auténtica autonomía de los movimientos sociales, dependientes en su gran mayoría del Estado, lo cual se ha manifestado en la persistencia del clientelismo político y la demagogia que caracterizaron a la dirigencia partidista y a los gobernantes que, teóricamente, prevalecieron hasta 1999, reflejando una enorme contradicción al hablar de revolución y de socialismo, ya que se adolece de una verdadera formación teórica revolucionaria, necesaria y fundamental para la tarea histórica de hacer una revolución estructural, antiburocrática, igualitaria y popular, con el socialismo como bandera de lucha.

De ahí que los Consejos Comunales -limitados a un espacio territorial determinado- precisarían de una mayor comprensión de su papel para generar poder popular, permitiéndose, incluso, formar lo que denominamos Comunas Legislativas, cuyo ámbito de acción abarcaría las normas de convivencia y de respeto a la diversidad en las comunidades, así como el control ejercido sobre algunos tópicos puntuales que, en la actualidad, son cuota de las competencias del poder municipal. A ello habría que incorporarle, en pie de igualdad, toda iniciativa de organización popular, extendiéndose la misma a todos los sectores sociales (estudiantes, mujeres, campesinos, jóvenes, trabajadores, y cultores, además de otros) en forma de Consejos Sociales, forjándose una comunidad de intereses mediante la cual se concretarían algunas de las líneas de definición y de construcción del socialismo revolucionario, ampliándose -en consecuencia- los grados de participación, de protagonismo, de planificación, de gestión y de control que debería asumir el poder popular. Se instituiría una nueva instancia organizativa de base popular, amplia, democrática, inclusiva, abierta siempre al debate constructivo y a la participación y al protagonismo del pueblo en todos sus niveles y manifestaciones, capaz de impulsar la invención de nuevas formas de organización colectiva que acentúen la transformación del escenario político, así como el orden económico y social existente en beneficio de las grandes mayorías populares, en una sociedad sin explotadores ni explotados, donde todos los ciudadanos y todas las ciudadanas desplieguen libre e integralmente todas sus potencialidades, en un clima permanente de paz y justicia social.-

EL ANTIIMPERIALISMO DE AHORA Y LA REVOLUCIÓN CONTINENTAL

EL ANTIIMPERIALISMO DE AHORA Y LA REVOLUCIÓN CONTINENTAL

Al destacar el carácter antiimperialista que adquiriría cualquier iniciativa revolucionaria socialista en nuestra América, hay que advertir que no es simplemente porque éste sea parte de la tradición retórica de las diversas organizaciones de izquierda denunciando el pillaje y el poderío hegemónico ejercido por Estados Unidos sobre nuestros pueblos.

Esto va en correspondencia con el hecho que mucha gente está consciente de la grave amenaza que siempre ha representado del imperialismo yanqui para la soberanía y la autodeterminación de la América mestiza, algo que se ha incrementado en las últimas décadas, más de lo que pudo lograrse en el pasado. Ahora hay cierta identidad -no profundizada, por supuesto- con la lucha antiimperialista que ya a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX germinara en nuestra América, víctima de las apetencias territoriales y de recursos estratégicos, primeramente, por parte de Europa y, más tarde, de la potencia emergente del Tío Sam. Este último elemento de comprensión de nuestra historia común latinoamericana está reivindicando de modo acelerado, a lo largo y ancho del Continente, la gesta cumplida desde las guerras de independencia por nuestros pueblos, de modo que ya las nuevas generaciones latinoamericanas interpretan en qué línea de acción y motivaciones reales se inserta la lucha antiimperialista en nuestro tiempo y en qué medida podremos nutrirnos de los aportes de aquellos primeros luchadores antiimperialistas que enfrentaron el coloniaje español.

Es inevitable que esto sea así. La misma dinámica de la historia contemporánea, caracterizada por el abismo profundo que separa las naciones más poderosas económicamente del resto del planeta, impone una nueva visión humanista que nos haga entender que todas nuestras diferencias sociales y políticas tienen una raíz en común: el modo de producción capitalista y, con él, el imperialismo desarrollado por los países europeos y Estados Unidos, solos o conjuntamente. Ello contribuiría a entender el por qué nuestros mercados siguen dominados por las metrópolis y por qué, cuando se busca defender la soberanía nacional, somos víctimas de golpes de Estado, asesinatos o invasiones militares (algunas de ellas, legitimadas por gobiernos títeres cómplices y organismos internacionales como la OEA y la ONU).

Una revolución socialista a nivel continental, con sus rasgos particulares en cada país latinoamericano y caribeño, forzosamente tendrá que enfrentarse al hegemonismo capitalista, lo mismo que al imperialismo, definido por Lenin como su fase superior, lo cual no puede ignorarse, creyendo que ambos no tienen conexión alguna. Sería una seria contradicción que, a la larga, podría perjudicar la marcha de un proceso revolucionario simultáneo en nuestra América que sería ejemplo para el resto del planeta.

PALESTINA: UNA TRAGEDIA "OLVIDADA"

PALESTINA: UNA TRAGEDIA "OLVIDADA"

            La tragedia sempiterna que padece el pueblo de Palestina a manos de sus verdugos sionistas viene a incrementarse más con la decisión del gobierno de Egipto de construir una cerca de acero que les impida el acceso a los ciudadanos palestinos a alimentos y medicinas que no pueden obtener en su territorio, prácticamente encerrados por las fuerzas militares del estado de Israel, sin que haya una acción decidida y determinante de la comunidad internacional ante este hecho genocida, racista y fascista sin parangón en la historia humana.

 

            Para nadie es un secreto que tras la impunidad y la prepotencia mostradas por el gobierno israelita, está el apoyo cómplice e incondicional de su socio imperialista, Estados Unidos, el cual -en su loco empeño por configurar un Medio Oriente mejor plegado a sus intereses geopolíticos y económicos- no ha hecho sino estimular el desalojo salvaje de quienes vienen ocupando estas tierras desde hace siglos, siendo violentados todos sus derechos humanos, incluyendo la de su autodeterminación, mediante constantes operativos militares que causan zozobra y muertes a los palestinos.

 

            Ésta es una situación repudiable de la cual deben hacerse eco todos los pueblos del mundo en respaldo a Palestina, desestimando la campaña mediática orquestada por los diferentes medios de comunicación (incluido el cine) controlados por el capital israelita que presenta a los palestinos como furibundos terroristas que deben ser erradicados de la faz de la tierra, tergiversando así la realidad que allí se vive. Por ello, aunque tal realidad acontece muy lejos del territorio de nuestra América es preciso tomar conciencia plena de ello e insertarlo en una posición antiimperialista firme y solidaria, ya que el imperialismo gringo no ha desechado aplicar su política del caos constructor en cualquier región del planeta, ejecutando dispositivos militares para apuntalar su decadente hegemonía mundial, en especial sobre aquellas naciones cuyos gobiernos son catalogados de enemigos de la democracia y de los intereses capitalistas estadounidenses. No podríamos, por tanto, hacer de esta tragedia una tragedia “olvidada”, sin tratar de entender su origen y los intereses de todo tipo allí en juego.

 

            En tal sentido, lo que estaría ocurriendo actualmente en territorio palestino encaja en la estrategia de posicionamiento desarrollada por el gobierno de Barack Obama en la estratégica región de Oriente Medio, sumada a la advertencia hecha respecto a que Yemen estaría siendo convertida en un centro de operaciones terroristas dirigido por Al Qaeda; todo lo cual, visto en conjunto, vendría a crear las condiciones de inestabilidad necesarias para una eventual guerra con la República Islámica de Irán, pretendiendo inutilizar su programa nuclear y anexarse sus ricos yacimientos de gas y petróleo, al igual que ya se hiciera con Irak, cosa que no escapa del ajedrez geopolítico que estaría dispuesto a jugar Washington en este nuevo siglo, imponiendo su visión e intereses, así se condene a la humanidad entera a una destrucción sin igual.-     

UNA GUERRA A MUERTE CONTRA LA RESISTENCIA DE LOS PUEBLOS

UNA GUERRA A MUERTE CONTRA LA RESISTENCIA DE LOS PUEBLOS

                 Para muchos, la realidad del imperialismo yanqui sobre nuestra América forma parte del realismo mágico que caracteriza grandemente nuestra cotidianidad y nuestra esencia como continente. Esto ha logrado que el imperialismo yanqui sea percibido por algunos como la excusa recurrente de la gente de izquierda para explicar todos los males sufridos por nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños, sin molestarse en conocer a profundidad los elementos históricos que lo han hecho posible, contentándose con una visión simplista que no termina de explicar las causas del subdesarrollo al cual pareciéramos estar condenados sin redención alguna. Sin embargo, las acciones del imperialismo gringo se evidencian desde finales del siglo XIX y a todo lo largo del siglo XX, extendiéndose hasta hoy, con una secuela aparentemente interminable de intervenciones militares (directas e indirectas), golpes de Estado, bloqueos económicos, secuestros, asesinatos y desapariciones de dirigentes y luchadores populares, todo lo cual conforma una vasta gama de tácticas y estrategias dirigidas a asegurarle a Washington y sus grandes corporaciones transnacionales la hegemonía y el control de los mercados latino-caribeños, de los diversos recursos naturales indispensables y de las soberanías subordinadas de nuestras naciones, a las cuales sólo se les permite, hasta cierto nivel, algunos asomos de nacionalismo e independencia que no afecten el orden imperante.

 

            No obstante, la estrategia de mayor consecuencia puesta en práctica por la clase dominante de Estados Unidos, aquella que es menos visible, pese a todo el despliegue militar y las imposiciones políticas y económicas que suelen marcar la relación de éstos con nuestra América, está representada por la transculturización, en una guerra a muerte contra la resistencia de los pueblos, ya no únicamente a escala continental sino también mundial, valiéndose para ello del dominio monopólico y oligopólico de los diferentes medios de información, reduciendo todo a una única visión del mundo en que vivimos y a la adopción inducida del llamado “american way life”, en una especie de darwinismo cultural que desconoce (con la prepotencia que le es característico) la diversidad cultural existente.

 

            De esta forma, nuestras sociedades “subdesarrolladas” mantienen latente una paradoja entre la cultura “moderna” (léase, gringa) y la cultura autóctona (refiriéndonos con ello no únicamente a las expresiones de nuestras primeras naciones indígenas, sino además a la amalgama resultante de las mezclas étnicas y culturales producidas desde el momento de la invasión europea a estas tierras hasta los días actuales). De esta suerte, las víctimas de esta alienación constante terminan por avergonzarse de todo lo relacionado con la cultura popular y prefieren pasar por cultos, asumiendo como propios los patrones de conducta reinantes en el norte anglosajón, no importa que ello les haga ver como verdaderos ignorantes, al imitarlos torpemente.

 

            Según su concepción neoliberal de globalización económica, para el imperialismo yanqui toda expresión de independencia, autodeterminación e identidad cultural entre los pueblos de nuestra América y del resto del planeta constituye una grave amenaza para el éxito de sus planes hegemónicos, de control territorial de recursos básicos y mercados, en una guerra de baja intensidad que es secundada por la mayoría de los medios de comunicación controlados por empresarios nacionales que, por otra parte, están asociados a los grandes capitales estadounidenses; forjándose, en consecuencia, la degradación persistente de la autoestima y demás valores que resaltan su carácter nacional. De ello están muy conscientes los jerarcas de Washington, pues reconocen tácitamente que los movimientos culturales de nuestros pueblos son claras manifestaciones de resistencia ante su acción depredadora y avasalladora. Esto  impone la activación de tendencias culturales que promuevan en lo inmediato una mayor toma de conciencia, con profundo sentido revolucionario, de manera que contribuyan a una mejor comprensión, creadora y re-creadora, de la realidad circundante y a evitar que, en esta guerra a muerte contra la resistencia cultural de nuestros pueblos triunfe el más fuerte.-    

¡BOLÍVAR NO ESTABA MUERTO!

¡BOLÍVAR NO ESTABA MUERTO!

            Cuando las campanas piadosas de alguna iglesia anunciaron en 1830 el fallecimiento de uno de los tres majaderos más grandes del mundo, sus enemigos fraguaron la idea homicida de borrar para siempre su memoria y su legado histórico, de modo tal que los pueblos que encaminó hacia la libertad fueran presas fáciles de su rapiña insaciable. Confabulados luego con el incipiente imperialismo anglosajón, la nueva jauría de depredadores se dio a la tarea no alcanzada totalmente de utilizar la figura de aquel singular majadero como el ropaje de legitimidad que requería para el dominio eficaz y permanente de aquellos pueblos irredentos, disminuyendo así el significado fundamental y aleccionador de la gesta libertadora cumplida bajo su guía. De esta manera, al destierro que sufriera en vida, vino a agregársele el más ominoso destino al concedérsele una gloria estatuaria inocua, descontextualizada y vacía, emparentándolo -incluso- con un panamericanismo bajo la égida imperial de Washington jamás compartido por él, ya que su convocatoria a una gran reunión de plenipotenciarios en el Istmo de Panamá estaba dirigida esencialmente a las recién independizadas naciones americanas, excluyendo explícitamente a Haití y a las antiguas colonias británicas.

            En esta centuria, El Libertador Simón Bolívar es un pensamiento vivo, hecho carne y acción gracias a las luchas libradas por los pueblos de nuestra América, la cual ha comenzado a andar con pasos propios -para escándalo de los herederos de la doctrina Monroe-, en un camino no exento de dificultades ciertamente, pero con el ánimo y la esperanza suficientes para ocupar el digno sitial que le corresponde y le fuera arrebatado tempranamente por aquellos que siempre se han considerado a sí mismos superiores, tanto los de la vieja como de la nueva Europa. Esta feliz circunstancia histórica representa el despertar nerudiano de Bolívar, convirtiéndose así nuestra América en la vanguardia de las luchas populares a nivel mundial, cuestión que molesta y atemoriza sobremanera a los principales beneficiarios de un modelo de civilización capitalista ya agotado, aunque aún capaz de engullirnos en su loco empeño de destruir al planeta entero para satisfacer sus mezquinos intereses económicos. Por ello, el pensamiento, la acción y el ejemplo del insigne caraqueño se han convertido en un referente histórico altamente subversivo, aún para quienes le invocan, seguros de su nueva ortodoxia.

Pero, hay que resaltar que, así como las elites dominantes aspiraron inútilmente desterrarlo definitivamente de la memoria colectiva de nuestra América, Bolívar se ha hecho ícono irreemplazable en sus múltiples luchas políticas, económicas, sociales y culturales. De nada valió que se aplicara en estas naciones la doctrina de seguridad nacional concebida por el imperialismo yanqui, ni la sumisión vergonzosa de tales elites, asesinando, encarcelando, desapareciendo o exiliando a cientos de miles de mujeres y hombres de distintas edades, cuyo único pecado fue determinarse a hacer realidad los ideales de Simón Bolívar y de otros próceres latinoamericanos y caribeños de una sociedad libre y democrática. De ahí que pretendan cercenar una vez más los sueños y las luchas de los pueblos de nuestra América. Sin embargo, éstos no se detendrán. Hay un camino que comienza a despejarse y tiene en el Libertador la mejor guía para transitarlo exitosamente, sin olvidarse por ello de las acechanzas de los imperialistas del norte y de sus aliados europeos, así como de la necesidad estratégica de la integración continental bajo parámetros absolutamente distintos a los meramente económico-comerciales.

            De esta forma, Bolívar vive. ¡No estaba muerto! Su espada -como lo proclama la consigna voceada en todo el continente- recorre la América Latina en un despertar de pueblos que signará, sin duda, el siglo que recién iniciamos.-

UN NOBEL PARA LA "PAX NORTEAMERICANA"

UN NOBEL PARA LA "PAX NORTEAMERICANA"

            El otorgamiento del premio Nobel de la Paz al Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, aduciéndose que es merecedor del mismo por sus "extraordinarios esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos", aparte de inmerecido e injustificable (pese al criterio aparentemente favorable del Comandante Fidel Castro y Adolfo Pérez Esquivel), es una demostración de la aceptación -resignada o no- del papel hegemónico asumido y reafirmado por la potencia industrial-militar gringa, en momentos que se explota el miedo europeo a una nueva conflagración mundial, esta vez a propósito de la rebeldía de Irán al no someterse al arbitrio del llamado mundo occidental, al continuar adelante con su programa nuclear con fines pacíficos. Este reconocimiento tiene, por tanto, como otras veces en el pasado siglo, un innegable componente ideológico, puesto que Obama no ha ejecutado hasta ahora alguna acción realmente importante en aras de la paz del planeta; al contrario, de ello, ha buscado mantener la ocupación militar de Irak y Afganistán (aún a conciencia que dicha ocupación no le reporta sino pérdidas humanas y económicas a su país a la coalición internacional que encabeza), además del bloqueo inmisericorde y extemporáneo contra el pueblo de Cuba, y el respaldo irrestricto a la política expansionista, genocida y colonialista de Israel. Suficientes razones para que el Premio Nobel recayera en otras manos menos comprometidas con la guerra, pero que fueron ignoradas, quizás debido a los prejuicios eurocentristas más que al sentido común.

 

            De hecho, ésta no es la primera vez que ocurre algo similar, aunque quizás no con el mismo impacto, si recordamos lo propio con los representantes de Israel, Yitsjak Rabin y Simón Peres, responsables de dirigir y perpetrar campañas militares de cerco y exterminio contra los palestinos. Para atenuar el asunto, se incluyó el nombre de Yassir Arafat, olvidando que en los grandes medios de comunicación occidentales se le tildó de ser uno de los principales cabecillas del terrorismo internacional; obedeciendo a una estrategia para minimizar la combatividad y las ansias de autodeterminación del pueblo palestino. Este año, la concesión a Obama contiene, sin duda, un mensaje al mundo entero, en especial para aquellas naciones y gobiernos que tratan de hacer prevalecer el pluralismo en un orden internacional unipolar regido, precisamente, por el gran complejo militar-industrial de Estados Unidos. Quizás se piense ingenuamente que tal premio estimule en Barack Obama un cambio de rumbo y de propósitos en la política exterior y militar yanqui, sin embargo, todo apunta a que se le dará continuidad y acentuación a la estrategia contemplada en el Proyecto para un Nuevo Siglo Norteamericano, esto es, la imposición en escala planetaria de la “pax norteamericana”, sostenida a punta de marines y misiles para hacerse del control de las principales fuentes de energía y demás recursos naturales, sin importar para nada las resoluciones de la ONU y de otras instancias multilaterales del derecho internacional, en un despliegue de arrogancia fascista, sin parangón en la historia humana.

 

            Esta es una bofetada a la dignidad y al sufrimiento de millones de seres humanos que sufren las arremetidas del imperialismo yanqui, con intervenciones directas o por medio de guerras de baja y alta intensidad, libradas por sus socios comerciales y militares. En el caso de Obama, no ha habido de su parte un repudio a la doctrina de guerra preventiva adoptada por su país, tampoco ha manifestado una disposición tajante de devolverle plenamente a Cuba la soberanía del territorio usurpado de Guantánamo, así como la liberación de todos los prisioneros árabes allí encarcelados, acusados de terrorismo y envueltos en un limbo jurídico injustificable, aparte de los Cinco Héroes Cubanos, aislados desde hace diez años en cárceles de máxima seguridad en Estados Unidos, sin el beneficio de un juicio realmente imparcial. Si esto es parte de las acciones de Obama, estará reivindicado el Nobel de la Paz; de lo contrario, éste se diluirá en una ceremonia vacua, alejada de sus objetivos de ennoblecimiento y de reconocimiento universales que se fijara su creador, Alfred Nobel.-       

LUCES Y VIRTUDES SOCIALES, LA EDUCACIÓN EN SIMÓN RODRÍGUEZ

LUCES Y VIRTUDES SOCIALES, LA EDUCACIÓN EN SIMÓN RODRÍGUEZ

          En su afán liberador, el Maestro Simón Rodríguez concebía la educación como el instrumento más idóneo y a la mano con el cual se aseguraría definitivamente la independencia conquistada por las armas de nuestra América, al mismo tiempo que los nuevos ciudadanos adquirirían las nociones básicas que les permitirían asumir la construcción -sin calco ni copia- de las nuevas repúblicas, estableciendo sistemas de convivencia y moralidad democrática inexistentes en Europa y Estados Unidos. Sus reflexiones en torno a la educación, lo llevaron a expresar que “adquirir luces sociales significa rectificar las ideas inculcadas o malformadas mediante el trato con la realidad, en una conjugación inseparable de pensar y de actuar, bajo el conocimiento de los principios de interdependencia y de generalización absoluta. Adquirir virtudes sociales significa moderar con el amor propio, en una conjugación inseparable de sentir y pensar, sobre el suelo moral de la máxima ` piensa en todos para que todos piensen en tí ´ que persiguen simultáneamente el beneficio de toda la sociedad y de cada individuo”. Con ello en mente, la nueva educación a impartirse en las bisoñas naciones independientes tendría como uno de sus objetivos centrales propiciar la emancipación cultural integral de sus habitantes -indiferentemente de su rango social y/o económico-, además de dotarlos de una instrucción que los hiciera útiles a la sociedad y a sí mismos, con lo cual tendrían la independencia personal para enfrentarse a cualquier pretensión de tiranía y de manipulación por parte del estamento gobernante.

 

            Así, en la concepción rodrigueana de la educación para nuestra América, resaltan tres grandes rasgos particulares, nutridas por las experiencias, preocupaciones y reflexiones del rebelde maestro: 1) la ruptura creadora del discurso colonial que reafirmaba una visión del mundo obsoleta y conformista, ajena al nuevo mundo por engendrar bajo los auspicios de la libertad, la justicia y la igualdad; 2) la necesaria formación política e ideológica de los nuevos ciudadanos, de modo que el simple hecho de nacer bajo un sistema republicano fuera complementado por una vocación conscientemente adquirida que les facilitara consolidar y ampliar los valores y los principios republicanos, resultando -en consecuencia- verdaderos ciudadanos, sin los prejuicios, vicios y conveniencias de los grupos gobernantes; y 3) la búsqueda inacabada de lo siempre original, traducida en su celebérrima frase “O inventamos o erramos”, extrapolada de sus vivencias en Estados Unidos y Europa donde mucho de lo moderno estaba cobijado por lo viejo, manteniendo un hilo entre el pasado y el presente, sobre todo, en lo que respecta a las condiciones sociales y económicas y su manera de concebir el poder, reservado a una elite. Son estas, digamos, las líneas maestras de la educación, según el impenitente Samuel Robinson que fue Simón Rodríguez. Difundirlas y hacerlas comprender por los nuevos usufructuarios del poder le llevó gran parte de sus años finales de vida, enfrentando los prejuicios coloniales de las clases dominantes, más interesadas en la apariencia y en incrementar sus arcas que en brindarle al pueblo la oportunidad de una vida digna y libre, convertido en sujeto social activo de las transformaciones que, en general, deben acompañar la realidad de una Patria democrática y soberana.

 

            Hoy se impone retomar en nuestra América ese apostolado incesante e irreverente iniciado por Simón Rodríguez, en un momento histórico común que -con pocas variantes- es similar al de hace doscientos años, cuando nuestros pueblos allanaban su propio camino y tenían sobre sus cabezas (como ahora) la amenaza imperialista de Estados Unidos. El mismo nos debe motivar a utilizar la educación como esa herramienta esencial y única que le dará la ocasión a nuestros pueblos de adentrarse en el ejercicio cotidiano de la participación democrática, de un modo más amplio y profundo. Como bien lo expresara, “en el sistema republicano, las costumbres que forman una educación social producen una autoridad pública, no una autoridad personal; una autoridad sostenida por la voluntad de todos, no una voluntad de uno solo, convertida en autoridad… La fuerza de la autoridad republicana es puramente moral”, contrapuesta a lo que ha sido habitual mediante el uso de las fuerzas represivas. En este punto radica la diferencia fundamental de la educación propuesta por Rodríguez: una educación para la libertad y la democracia, sin exclusiones, ni privilegios antisociales, una educación, en fin, que eleve el nivel intelectual, moral y político de todos.-           

 

 

LA LUCHA DE CLASES EN EL CONTEXTO LATINOAMERICANO ACTUAL

LA LUCHA DE CLASES EN EL CONTEXTO LATINOAMERICANO ACTUAL

            A la luz de los diversos acontecimientos históricos suscitados en nuestra América desde las últimas dos décadas del siglo XX, planteándose una toma de conciencia generalizada que da cuenta inmediata de un profundo anhelo de liberación que se hace colectivo en todas nuestras naciones y presagia cambios radicales aún por definirse y por concretarse; es pertinente afirmar que la lucha de clases -como parte intrínseca del materialismo histórico- adquiere unos rasgos y unas connotaciones que no fueron anticipados por sus grandes teóricos (salvo el episodio de José Carlos Mariátegui y, más tarde, del Che Guevara), víctimas del eurocentrismo que impregnó sobremanera a la intelectualidad de antes y de ahora, el cual reservara a los países periféricos de África, Asia y América el simple rol de proveedores de materias primas, sin incidencia aparente en el desarrollo histórico de la humanidad, al mismo tiempo que de su emancipación futura y definitiva. Hoy, somos partícipes y testigos de fenómenos históricos que apuntalan el deseo de espacios de autonomía comunal, de independencia política y de afirmación y reproducción cultural de los pueblos, en un largo y accidentado proceso de luchas que incluye guerrillas (de viejo y nuevo formato, como las protagonizadas por las FARC y el ELN en Colombia, por un aparte, y el EZLN al sur de México, por la otra), elecciones (recordemos a Salvador Allende en Chile) e intentos de golpes de Estado, fuera del fascismo clásico, como los escenificados en Venezuela el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992. Todos, dirigidos a causar un cambio sustancial en las relaciones de dominación y de producción que privilegie y reivindique a las clases populares en medio de la vorágine del capitalismo neoliberal y el despliegue del poderío militar del imperialismo gringo y la aplicación de su doctrina de guerra preventiva.

 

         No obstante, hay que acusar la ausencia política de los trabajadores, lo cual tiende a imponer un tipo de democracia sin contenido clasista, confundiendo la lucha anticapitalista con un simple mejoramiento de las condiciones laborales y dándole un “rostro humano” al capitalismo, algo que causa el desarme político y moral de las conciencias revolucionarias de las masas explotadas cuando debieran adentrarse en su comprensión para trascenderlo mediante el socialismo. En tal dirección, como lo expresa Cristina Camusso, “la propuesta de humanizar el capitalismo y el intento de avanzar al socialismo por medio de reformas, desemboca, como lo ha demostrado la historia, en fracaso y abriendo la compuerta a la derecha. Distante de la postura que reafirma la idea de que es posible alcanzar un nuevo nivel de vida de la población, desarrollo y crecimiento en el marco del capitalismo, es el proceso complejo y caótico de la transición, que implica el combate entre la permanencia de mecanismos capitalistas, con la perspectiva de la socialización de los medios de producción, la cultura y la política”. Bajo esta perspectiva, la lucha de clases adquiere un sentido más amplio y no solamente economicista, algo que le otorga una mayor trascendencia a la alternativa del socialismo, como lo demuestra el auge de masas heterogéneo que tiene por escenario a nuestra América donde movimientos indígenas, campesinos, urbanos, ecologistas, feministas, culturales y estudiantiles, entre otros, se han encargado de remozar y de mantener viva su llama.

 

         Aún así, la lucha de clases provoca escozor y temor entre no pocos. Algunos, porque comprenden que ello atenta contra el sistema de dominación que -desde siempre- les ha favorecido pródigamente. Otros, por simple reflejo condicionado, obedeciendo a la ideología de ese mismo sistema, avalando los valores que lo sostienen. Lo que se requiere, entonces, es llevar la lucha de clases al plano ideológico y cultural, lo cual ha de conducir a una transformación de las conciencias (incluyendo lo espiritual) que haga posible -en algún momento- el surgimiento de nuevos actores sociales y políticos revolucionarios que, combinando sus acciones en pie de igualdad, le disputen la hegemonía a quienes usufructúan el poder, ocasionando, en consecuencia, una sacudida a la pirámide social. De este modo, la lucha de clases definirá los alcances, dimensiones y repercusiones del socialismo, más profundamente de lo que pudo pensarse en el pasado.-