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EL ESTADO, LA PARTICIPACIÓN POPULAR Y LA RENOVACIÓN DE LA POLÍTICA

EL ESTADO, LA PARTICIPACIÓN POPULAR Y LA RENOVACIÓN DE LA POLÍTICA

            En tiempos en los cuales han sido afectados -de una u otra manera- los paradigmas dominantes de la sociedad contemporánea, todos los acontecimientos suscitados en el mundo durante las dos últimas décadas tienen un común denominador en la acción y la vigencia del Estado. Aún de un modo imperceptible y apolítico, las masas populares lo enfrentan y cuestionan, exigiendo cambios y participación en la toma de decisiones que les afectan como entidad colectiva, lo cual ha originado la caída de algunos gobiernos, gracias a su acción decidida, sin armas y sólo esgrimiendo su soberanía como derecho inalienable que les asiste por encima de cualquier conveniencia jurídica o política. Esta simultaneidad escasamente diferenciada de cuestionamiento e ilegitimidad del Estado coincide con la crisis generalizada que padece el sistema capitalista, cosa que atenta gravemente contra el mismo, en vista de su incapacidad para responder oportuna y satisfactoriamente a las demandas crecientes de la población o, en el caso contrario, para reprimirlas abiertamente, como se acostumbraba antes, alegando combatir al comunismo internacional.

Ello explicaría, aunque no de forma suficiente, el resurgimiento de la alternativa socialista -con sus variaciones y matices particulares, sin que la arrope la uniformidad que prevaleciera en el siglo XX, cuestión que la hace más interesante- frente a los diferentes problemas estructurales y coyunturales que nos envuelven en el presente. Esto ha obligado a replantearse (de modo extremo, a veces, y otras, un tanto sutil) el cambio estructural del Estado, ya que su misma concepción y funciones responden habitualmente a los intereses y al orden deseado por las elites dominantes; de ahí que apenas se permita algunos resquicios de participación popular, pero sin mayores concesiones (ganados en la calle, con sus secuelas de represión, asesinatos, encarcelamientos y exilios de aquellos dirigentes populares, considerados como una amenaza para el Estado).

Sin embargo, la transformación efectiva del viejo Estado burgués-liberal en una entidad entendida, sustentada y desarrollada -tanto cualitativa como cuantitativamente- mediante la participación ciudadana en todos sus niveles supone trascender diversos obstáculos hasta ahora considerados insalvables, entre ellos, la resistencia al cambio que manifiestan no únicamente las elites dominantes sino también las mentalidades jerarquizadas de algunos sectores populares, lo que exigiría el desmontaje continuo de los esquemas culturales preponderantes, a través de una práctica insurgente cotidiana de los nuevos valores y principios que los sustituirán y que regirán en lo adelante a la nueva sociedad por construirse bajo el socialismo. Así, la democracia participativa y protagónica -en contraposición a la antigua democracia representativa-cupular- supone el ejercicio creador, amplio y soberano del poder constituyente del pueblo, preestableciendo su total autonomía frente a los entes diversos del Estado, evitando su cooptación y el riesgo siempre latente de desvirtuarse en función de los intereses mezquinos de la casta gobernante, aún cuando ésta exista a nombre del socialismo y la revolución popular.

Esto ocurrirá en la medida que el pueblo adquiera plena conciencia de su rol histórico. Por ello, la transformación del Estado elitesco actual por uno realmente popular y revolucionario pasa por la renovación constante de la política. Ésta tiene que gestarse al calor de la participación popular, cosa que requerirá de las organizaciones partidistas una adecuación inevitable, dada su práctica coyuntural y meramente electoral que las hace extrañas a las expectativas y luchas del pueblo; quedando fuera de todo ello las elites políticas, económicas, sindicales, eclesiásticas, intelectuales y militares tradicionales. De manera tal que todo parece centrarse (sin resultar algo único) en la representatividad o delegación del poder popular, ya que es uno de los elementos claves del deterioro irreversible de la confianza de lo político y, por extensión, del Estado en sentido general, aunque su superación no determine un rumbo que nos conduzca la conquista de la Utopía, podría acercarnos a una comprensión más profunda de su necesidad histórica.           

12 DE OCTUBRE, ¿DÍA DE LA RESISTENCIA INDÍGENA?

12 DE OCTUBRE, ¿DÍA DE LA RESISTENCIA INDÍGENA?

            Convertido por “obra y gracia” del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, en Día de la Resistencia Indígena, el 12 de octubre parte de un equívoco que pocos se han atrevido a refutar, aún a sabiendas que ese día de 1492 no se produjo -al menos, así lo registra la historia legada, precisamente, por los primeros “visitantes” europeos que arribaron a estas tierras hasta entonces desconocidas para ellos, no así para sus pobladores originarios- un enfrentamiento de civilizaciones o, en el caso que nos motiva, una resistencia indígena a la llegada de Cristóbal Colón y su avanzada mercantilista y conquistadora a la isla caribeña de Guanahaní.

 

         Inicialmente se puede creer que este primer encuentro entre los pobladores de la vieja Europa y los pobladores de Abya Yala, nuestra América, produjo un asombro mutuo ante gentes de habla, fisonomía y costumbres diametralmente diferentes. Aunque esto pase desapercibido para algunas personas de buena fe que desean reivindicar románticamente la existencia, la dignidad y las culturas de los pueblos precolombinos y de aquellos que han sobrevivido a la vorágine capitalista, pasada y presente; es necesario puntualizar que la resistencia indígena ante la invasión y el saqueo de los primeros europeos no pudo producirse en tal fecha, sino posteriormente, siendo el primer combate contra la guarnición dejada por el Almirante en la isla de Guanahaní, como lo señaló alguna vez el historiador venezolano Wladimir Acosta, sin que ello minimice la intención de revisar, en su verdadero contexto, lo ocurrido en este continente a partir de ese momento.

 

         Por lo tanto, no podemos caer en el simplismo que a veces marcan las fechas, sin profundizar realmente en la compresión y análisis desprejuiciados de los acontecimientos históricos desarrollados en ellas y creyendo en una linealidad que nos induce a creer en la fatalidad inexorable del destino. Ocurriría entonces que, vengadores de nuestros ancestros aborígenes, pretendamos ignorar y deslegitimar la herencia común de la cual hacemos gala cotidianamente y que tiene su origen en la vieja Europa: idioma, religión, leyes, nombres y apellidos, estructuras de poder, economía y política, entre otros ingredientes o rasgos de la civilización Europa que nos distancia, pese al sentimiento que nos embargue, de nuestros congéneres indígenas, manteniendo viva una polémica histórica y hasta racista que no nos ayuda a explicarnos como continente. Esto ha hecho de Colón una figura odiada en muchos casos y, en otras, justificada, quizás ateniéndose a su error al juzgar que había llegado a las tierras y riquezas descritas por Marco Polo. Sin embargo, no hay que desconocer lo que describe Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, su libro más emblemático: “Tres años después del descubrimiento, Cristóbal Colón dirigió en persona la campaña militar contra los indios de la Dominicana. Un puñado de caballeros, doscientos infantes y unos cuantos perros especialmente adiestrados para el ataque diezmaron a los indios. Más de quinientos, enviados a España, fueron vendidos como esclavos en Sevilla y murieron miserablemente. Pero algunos teólogos protestaron y la esclavización de los indios fue formalmente prohibida al nacer el siglo XVI. En realidad, no fue prohibida sino bendita: antes de cada entrada militar, los capitanes de conquista debían leer a los indios, ante escribano público, un extenso y retórico Requerimiento que los exhortaba a convertirse a la santa fe católica”. Ante su negativa, se le autorizaba al invasor a hacerles todo tipo de “males y daños que pudiere”.

 

         De este modo, la Corona española le dio potestad a los conquistadores, mediante Real Cédula emitida el 23 de agosto de 1503, para esclavizar a los indígenas caribes bajo el pretexto de ser caníbales. Cosa semejante ocurre con el acto dictado por el Juez de Vara y Justicia Mayor de la isla La Española, del 5 de noviembre de 1510, que declara a la provincia de Uriapari (la Guayana) región de caribes, autorizando a sus huestes a cazarlos y venderlos como esclavos. Bastaba entonces acusar a cualquier indígena rebelde de ser caribe para aplicarle esta norma y, en caso de persistir en su rebeldía, matarlo impunemente, dado que no era considerado persona al carecer de alma, según lo dictaminara la arrogancia católica europea, cosa que posteriormente fuera enmendada. A partir de esta realidad salvaje es cuando podemos hablar propiamente de resistencia indígena al afán depredador del incipiente capitalismo europeo en nuestra América, Abya Yala, y no como se ha querido ver en el momento que tropiezan las tres naos capitaneadas por Colón con estas tierras ya descubiertas por sus habitantes originarios.-         

EL DESAFÍO DEL HEGEMONISMO GRINGO A NUESTRA AMÉRICA

EL DESAFÍO DEL HEGEMONISMO GRINGO A NUESTRA AMÉRICA

           Bien lo advirtió El Libertador Simón Bolívar en 1829: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias en nombre de la libertad”. Más tarde, José Martí ratificaría tal vaticinio: “Jamás hubo en América de la independencia a acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder”, según lo escribiera diciembre de 1889, a propósito de la realización en Washington de una “Primera Conferencia Internacional Americana”, patrocinada por Estados Unidos, ignorando el antecedente histórico del Congreso Anfictiónico de Panamá del 22 de junio de 1826, convocado por Bolívar para asegurar la libertad absoluta de nuestra América. Desde entonces, las invasiones, secesiones de territorios, asesinatos de dirigentes nacionalistas, golpes de Estado, bloqueos y dependencia económica han confirmado la advertencia bolivariana y martiana -amén de otros hombres y mujeres igualmente preocupados por el destino de nuestros pueblos- sobre las apetencias imperialistas y neocolonialistas de Estados Unidos, algo que se mantiene con mayor vigencia cuando su elite gobernante se adhiere entusiasta a un Proyecto para un nuevo siglo (norte) americano, el cual contempla sin ambages “redibujar el orden de seguridad internacional de acuerdo con los principios e intereses norteamericanos”, imponiendo bajo cualquier mecanismo -comercial o militar- la hegemonía indiscutible de su país en todo el mundo.

 

            Así, el derecho natural o destino manifiesto que le corresponde a Estados Unidos adquiere una nueva connotación, llevándole a ignorar cualquier consideración de los organismos multilaterales y el derecho internacional que contradiga sus intereses y lineamientos geo-estratégicos, puesta de manifiesto en estas últimas décadas mediante sus ataques e intervenciones militares en Panamá, Haití, Iraq y Afganistán, sin dejar de amenazar a otras naciones y gobiernos en rebeldía que no aceptan su tutoría imperial. Esto ha hecho que Washington reformulara su doctrina militar, adoptando la estrategia de la guerra preventiva puesta en práctica por el Estado racista de Israel en Oriente Medio, además de plantearse la necesidad de extender su dominio territorial a través del establecimiento de más guarniciones y planes militares, sobre todo en nuestra América. Según lo reveló el periodista uruguayo Raúl Zibachi en 2005, “el Comando Sur (yanqui) se ha convertido en el principal interlocutor de los gobiernos latinoamericanos y el articulador de la política exterior y de defensa estadounidense en la región. (…) La presencia militar directa en la región se ha incrementado desde la desactivación de la base Howard en Panamá, en 1999. El Comando Sur tiene ahora responsabilidad sobre las bases de Guantánamo (Cuba), Fort Buchanan y Roosevelt Roads (Puerto Rico), Soto Cano (Honduras) y Comalapa (El Salvador); y las bases aéreas (…) de Manta (Ecuador), Reina Beatriz (Aruba) y Hato Rey (Curazao). Además maneja una red de diecisiete guarniciones terrestres de radares: tres fijos en Perú, cuatro fijos en Colombia, y el resto móviles y secretos en países andinos y del Caribe. Colombia es el cuarto receptor de la ayuda militar de Estados Unidos en el mundo, detrás de Israel, Egipto e Irak; y la embajada en Bogotá es la segunda más grande en el mundo, luego de la de Irak”. Ahora se le sumarán las bases militares en Colombia, acordadas por los presidentes Obama y Uribe, en lo que representa la ampliación de un vasto dispositivo bélico con mando estadounidense sembrado en el corazón del continente americano, cuyo objetivo substancial está más allá de un sencillo combate al narcotráfico, apuntando más bien a la contención de los nacionalismos radicales en nuestros países, algo que siempre fue catalogado por el Departamento de Estado, el Pentágono y la CIA, entre otros organismos oficiales estadounidenses, como la amenaza más fuerte a enfrentar por su nación, luego de la implosión de la URSS; especialmente cuando ella  requiere controlar directamente las fuentes energéticas, la biodiversidad y el agua dulce existentes en nuestra América.

 

Todas las señales apuntan hacia una intensificación del conflicto de baja intensidad que el imperialismo yanqui sostendría en la región en contra de los movimientos populares revolucionarios y de los gobiernos nacionalistas y de tendencia progresista surgidos últimamente, con una Colombia convertida en la punta de lanza de las agresiones imperialistas, de un modo muy similar al papel cumplido por Israel en el Oriente Medio, para beneplácito de las grandes corporaciones transnacionales gringas y de sus acólitos latinoamericanos, teniendo como meta central el aseguramiento de su hegemonismo, como siempre fue su ambición desde la Doctrina Monroe.-

                      

UNA REVOLUCIÓN EN LA REVOLUCIÓN PARA LLEGAR AL SOCIALISMO

UNA REVOLUCIÓN EN LA REVOLUCIÓN PARA LLEGAR AL SOCIALISMO

 

            “…los procesos de unidad más genuinos responden siempre a las iniciativas de las bases y no de las superestructuras”. Miguel Mazzeo, El sueño de una cosa (Introducción al Poder Popular).

 

            Una preocupación constante de los revolucionarios a escala mundial es hallar la manera de enrumbar al pueblo hacia cambios radicales que impliquen el abandono definitivo de los patrones de conducta que rigieron su vida hasta entonces, máxime si tales cambios suponen la puesta en práctica del socialismo, por lo que comúnmente ocurre que, ante las necesidades materiales inmediatas de este mismo pueblo, se adopten medidas que prolongarán la vigencia del viejo Estado y las relaciones de producción capitalistas que debieran abolirse en un tiempo perentorio. Aún admitiendo esta última realidad, es preciso que la dirigencia revolucionaria -convertida en vanguardia legitimada por los sectores populares- más que quienes detenten los diferentes cargos de gobierno, articulen esfuerzos dirigidos a impulsar y a fortalecer las instancias organizativas del poder popular, de modo que éste pase a asumir -sin ningún tipo de dependencia estatal- funciones de autogobierno, con lo cual el desmontaje y la deslegitimación de las estructuras seculares del capitalismo y de su sistema político representativo sean una situación sin vuelta atrás, generándose nuevas relaciones sociales y un modelo civilizatorio de otro tipo.

            Es de comprenderse que, bajo el ordenamiento jurídico burgués actual, cualquier gobierno progresista o decididamente revolucionario estará siempre cercado por un cúmulo de amenazas de desestabilización (externas e internas) y de limitaciones que sólo la movilización, la organización y la toma de conciencia por parte del pueblo, hechas permanentes en un proceso inacabable de aprendizaje y desaprendizaje, podrá romper; facilitando así la transición que se desea, es decir, el socialismo, aunque se recurra todavía a los mecanismos permitidos por el antiguo régimen. Lo importante es evitar esa tendencia, digamos, tradicional que hace pensar a mucha gente de inclinaciones revolucionarias que sólo basta copar todas las instancias gubernamentales para hablar de revolución, olvidando que -al mantenerse intacto el viejo Estado burgués-liberal, aún en sus expresiones más “inocentes”- esto no será posible, teniendo en cuenta que la participación popular es marginalizada por el mismo, a pesar de la nueva nomenclatura aparentemente socialista. En este caso, esta participación popular tiene que resultar vinculante, ubicada por encima del mismo poder constituido e influyendo decisivamente en cada cambio promovido. Como lo refiere Miguel Mazzeo, “para evitar que un proceso de autoinstitución popular sea confiscado y profanado por una elite política, como para permitir que un gobierno popular se deslice por la senda de la radicalización y no impida el despliegue de la sociedad nueva que late en la vieja, se deben borrar las diferencias entre las funciones políticas y las administrativas. Esto significa que el poder popular, en su semántica más fuerte, implica el ejercicio de funciones políticas”.

            De esta manera, el poder popular podrá ir derribando las fronteras existentes entre el Estado y la sociedad, evidenciándose su esencia popular y llegándose a comprender cabalmente que el socialismo no es nada más que una concepción revolucionaria, teniendo que replantearse de una forma diferente el problema del poder, así como la vigencia y pertinencia de los partidos políticos, en razón que sería el pueblo -mediante el aseguramiento de sus formas organizativas autónomas- quien lo ejerza, pero ya no en un sentido tradicional, sino construyendo uno radicalmente nuevo, producto de la interacción y de la toma de decisiones de las amplias mayorías, profundamente democrático, pluralista y popular, por supuesto. Sería algo similar a lo planteado por los zapatistas respecto a la concepción del propio término revolución, haciendo posible la revolución, lo que equivaldría a una revolución en la revolución para llegar al socialismo.-     

MUJER Y SOCIALISMO

MUJER Y SOCIALISMO

            La inserción de la mujer en los diferentes campos de la vida social contemporánea a escala planetaria ya no sorprende, prácticamente, a nadie, aunque -producto de esa visión etnocéntrica inculcada durante siglos por la llamada civilización cristiana y occidental- todavía se vea relegada y discriminada en muchos de los países asiáticos y africanos, sin excluir algunos pertenecientes a nuestra América. Sin embargo, los avances en este sentido no han sido producto del azar ni menos de la indulgencia o comprensión de los hombres, sino el resultado de una larga lucha emprendida por las mujeres; unas, en el ámbito laboral; otras, en lo político y en lo social. Todas enlazadas en la lucha común contra lo que podríamos denominar machismo de Estado, respaldado por las jerarquizaciones establecidas, la supremacía económica, el miedo religioso, el autoritarismo, el sexismo, el racismo y la simple negación de la libertad que han padecido -de una u otra forma- las mujeres a través del tiempo.

 

            De la preponderancia femenina absoluta (ginecocracia), expresada en las múltiples imágenes de diosas (Venus) se llegó a una de carácter masculino (patriarcado) generalizado, llegándose al colmo de negarle cualquier derecho a la mujer, incluso el de ser portadora de conocimientos, acusándosele de bruja y sometiéndosele a la hoguera, cuestión que cumplió diligentemente la Iglesia católica. Aún así hubo valiosos intentos por revertir esta situación, como cuando ocurrió la Revolución Francesa, siendo Olympe de Gouge quien escribiera la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en 1791. El alemán August Bebel, un destacado propagandista y teórico del marxismo, fijaría a finales del siglo XIX  la consigna básica del feminismo socialista: "no puede haber ninguna liberación de la humanidad sin la independencia social y equiparación de los sexos". Para Marx y Engels, la igualdad política entre la mujer y el hombre era una condición necesaria para la plena emancipación de la sociedad. Además, los fundadores del socialismo científico entendían que la base fundamental de la emancipación femenina era su independencia económica frente al hombre. No obstante, muchos socialistas hombres no compartían en la práctica lo sustentado en la teoría, de ahí que mujeres como Louise Michel, Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo se vieran obligadas a rebatir y a combatir las posiciones machistas de sus camaradas. Todo esto ayudó a darle fisonomía propia al feminismo y a las luchas de las mujeres en procura de sus derechos plenos.                                               

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   

            El socialismo revolucionario, sustentado en las tesis teóricas de Marx y Engels, puso al descubierto las raíces del avasallamiento de la mujer, así como su relación con un sistema de producción basado en la propiedad privada y con una sociedad dividida entre una clase rica, poseedora de riquezas, y otra pobre, productora de riquezas. Más que eso: explicó igualmente cómo la abolición de la propiedad privada suministraría las bases materiales para traspasar a la sociedad todas las responsabilidades sociales que hoy recaen sobre la familia individual, como el cuidado de los niños, de los ancianos, de los enfermos; la alimentación, el vestuario y la educación. De este modo, las mujeres romperían con la servidumbre doméstica y cultivarían colmadamente sus potencialidades como integrantes creativos y productivos de la sociedad, y no sólo destinados a la reproducción humana. Las relaciones humanas, en consecuencia, se transformarían en relaciones libres de personas libres, en estado de igualdad. Esto comenzó a ser posible en la Unión Soviética, establecida en 1917, la cual legisló a favor de la mujer en relación al salario (equiparado al del hombre), al divorcio, a los hijos naturales y a la pensión alimenticia, también fueron suprimidos todos las prerrogativas ligadas a la propiedad que se mantenían en provecho del hombre en el derecho familiar.

 

            Ahora que se habla de socialismo, especialmente en nuestra América, es importante acotar que aún se requiere de una crítica al sistema de explotación económica y ambiental que supone el capitalismo, incluyendo las expresiones del feminismo indígena, afrolatinoamericano, lésbico y analítico. Hoy los derechos de la mujer se extienden a su derecho a no sufrir violencia doméstica (de cualquier nivel) ni a ser objeto de juicios morales y religiosos excluyentes por exigir la legalización del aborto, el reconocimiento de las disidencias sexuales y el prevención de métodos anticonceptivos. Sin embargo, no se limitan a éstos nada más, sino que abarcan, incluso, una propuesta política de la autonomía femenina que comienza a generarse en medio de la lucha multitudinaria de nuestros pueblos.-   

       

EL SOCIALISMO EN LA AGENDA DEL SIGLO XXI

EL SOCIALISMO EN LA AGENDA DEL SIGLO XXI

             La ausencia de organización y de dirección genuina desde una perspectiva revolucionaria, así como de un proceso de movilización popular, de desburocratiozación efectiva de las funciones de la administración pública y de participación plena y vinculante de los sectores populares frente a la gobernabilidad burguesa vigente, representan gran parte de los escollos que han de atacarse y conquistarse para hacer posible la revolución socialista. Todo ello, sustentado en una confrontación de ideas permanente que permita armar una teoría revolucionaria verdaderamente socialista y popular, gestada desde abajo y concebida de acuerdo a las realidades y a las necesidades particulares de nuestros pueblos. Eso sería reinventar el socialismo (al uso del momento histórico actual), dándosele la connotación original que tuvo desde sus pasos iniciales, a la par del fortalecimiento y expansión del capitalismo como sistema económico dominante. Pero, al mismo tiempo, sería incluir en él los aportes derivados de las múltiples experiencias de luchas populares habidas en los últimos años, resultando el socialismo en algo más que en un cambio meramente político.

 

            “No basta -como lo afirmara Aurelio Alonso, director de la Casa de las Américas- que el proletariado tome el poder ni que la burguesía sea expropiada ni que se derogue la legalidad del ancien régime  ni que se barra con sus instituciones y se desechen sus fundamentos ideológicos. El dato clave es, a nuestro juicio, que reinventar el socialismo supone parejamente reinventar la democracia, y viceversa, y éste es un paquete completo en la agenda del siglo XXI”.  En el marco del sistema burgués-liberal imperante, ésta es una cuestión que no puede circunscribirse únicamente al acto de votar como una concesión benévola de las clases dominantes, sino que debe orientarse a generar instancias de confluencias de los diversos grupos y movimientos sociales, cuya meta sea la conquista del poder popular como expresión definitoria del socialismo.

 

            No hay que creer que la revolución sea una fuerza marginal y simbólica, sin trascender el dilema de la lucha de clases y todo aquello que caracteriza la civilización reinante en un sentido general, en medio de una debacle económica mundial y de fenómenos climáticos devastadores que amenazan la vida de toda la humanidad. Al contrario de ello, resulta insoslayable cuestionar el socialismo light que algunos promueven y desean, simplemente porque les otorga la oportunidad de mejorar considerablemente sus condiciones de vida, especialmente en lo que tiene que ver con sus ingresos económicos, hablando de una igualdad, de una democracia participativa y de una justicia para todos, pero que no afecte el orden establecido. Esto nos conduce, forzosamente, al reformismo, nunca al socialismo, por muchos argumentos que se presenten, resultando el más irrelevante el de estarse construyendo un nuevo socialismo, algo que no pocos estudiosos serios del tema han hecho, principalmente cuando resaltan los contribuciones teóricas de muchos socialistas, con Marx a la cabeza.

 

            Valdría la pena responder las interrogantes formuladas por David Laibman en su “Siete tesis para un socialismo pujante en el siglo XXI” para comprender cabalmente la necesidad histórica del socialismo: “¿Qué cosa que no sea la participación democrática, guiada por principios, de millones de personas cultas, altamente individualizadas, ofrece siquiera la posibilidad de solución a las crisis que enfrentamos? ¿Cómo se puede lograr esa participación sin una igualdad básica, de un tipo y un grado nuevos? ¿Podemos siquiera concebir esa igualdad sin la derrota definitiva del poder y el privilegio de una clase dominante asentada sobre una riqueza privada, valorizada? ¿Cómo puede hacerse realidad las potencialidades de la tecnología moderna sin la democracia social y económica? No le deis más vueltas: ¡llamadlo socialismo! Cuando lo hagamos, y además nos sumemos a todas las luchas actuales en pro de la defensa de nuestros derechos y de las reformas que ansiamos, le estaremos dando un nuevo prestigio a la idea socialista. Pero también le estaremos brindando un nuevo apoyo a los movimientos militantes del presente al esgrimir la promesa de una visión alternativa que evoluciona y se enriquece sin cesar”. Quizás así se podría guiar el esfuerzo incesante en la construcción del socialismo como alternativa revolucionaria real al capitalismo, alcanzándose la emancipación anhelada de la humanidad.-    

 

NUESTRA AMÉRICA: REVOLUCIÓN DESDE EL SUBSUELO DE LA HISTORIA

NUESTRA AMÉRICA: REVOLUCIÓN DESDE EL SUBSUELO DE LA HISTORIA

      

Hija del buen salvaje, esposa del buen revolucionario y madre predestinada de la nueva humanidad, nuestra América vive en el presente siglo uno de los momentos más estelares de su historia común al irse concatenando acontecimientos que, al originarse, parecieron marchar de forma aislada, pero que -a medida que pasa el tiempo y se van extendiendo- han venido a conformar un vasto proyecto de liberación continental, aún por definirse y concretarse. Esto ha supuesto -con escasas variaciones en cada país- una rebelión popular generalizada que inquieta y atemoriza, no sólo a los grupos oligárquicos nacionales, sino también (y muy especialmente) al sempiterno imperialismo yanqui, puesto que ello significa el fin de su dominio secular y de la dependencia neocolonial de nuestras naciones subdesarrolladas, aunque es de reconocerse que esto mismo no se ha traducido en un antiimperialismo firme, militante y contundente, tanto de parte de los gobiernos de tendencia progresista y/o izquierdista como de los mismos pueblos que ahora se levantan, no obstante la retórica revolucionaria utilizada.

            Asimismo, todas estas experiencias de cambios enfrentan el mismo dilema representado por la legalidad del orden establecido, siendo un factor determinante la movilización espontánea de las masas, como ocurriera en Argentina, Ecuador, Bolivia y Venezuela, donde éstas decidieron sin armas la suerte de algunos gobiernos, incluyendo al gobierno de facto instaurado en 2002 en el caso venezolano. Todos estos hechos -desde las rebeliones populares producidas en plena efervescencia de la onda neoliberal capitalista que arropara a la totalidad de nuestra América (a excepción de Cuba), producto de la carga de la deuda externa y de la complicidad cipaya de los gobiernos latinoamericanos de turno, hasta las insurgencias armadas de civiles y militares en Venezuela, en 1992, y de los indígenas y campesinos del Ejército Zapatista de liberación Nacional (EZLN) en Chiapas, México, el 1º de enero de 1994- representan una situación histórica que podría influir significativamente en el resto de la humanidad, haciendo factible, al mismo tiempo, fundar un nuevo tipo de sociedad bajo el socialismo, inédita en muchos aspectos y capaz de trascender los moldes del llamado socialismo real que rigiera a la URSS y demás naciones del Este europeo, cuestión que reivindica aún más la vigencia de la teoría revolucionaria que ayudaran a articular Marx, Engels, Lenin, el Che Guevara y muchos otros revolucionarios, sin excluir a los libertarios como Proudhom, Bakunin y Malatesta.

            Así, lejos de ser el escenario del fin de la historia proclamado bajo la “era” reaganiana, a nuestra América le ha correspondido el privilegio, digámoslo así, de abrir el telón para que el socialismo tenga su mejor expresión creadora, en momentos en los cuales las secuelas de una crisis global del capitalismo mantiene en ascuas a las grandes potencias del mundo, buscando en conjunto una solución inmediata que minimice y supere los embates de la misma, pidiendo socializar las pérdidas ocasionadas por la ambición irresponsable y sin límites de una minoría.

            En conjunto, esta revolución desde el subsuelo de la historia latinoamericana y caribeña  nos otorga la oportunidad de contribuir efectivamente a la autodeterminación de los pueblos, a lograr un mundo multipolar sin hegemonías imperialistas y neocolonialistas, lo mismo que un mejor sistema de integración a todos los niveles, no únicamente económico, capaz de romper las ataduras que le impiden a nuestra América equipararse con los países del “Primer Mundo”, pero todo ello manteniendo una cosmovisión completamente diferente, extraída de nuestras raíces históricas, y preparada para abrir los espacios autónomos, participativos y protagónicos que ocuparán los sectores sociales hasta ahora excluidos.

            Aunque tal revolución no se desarrolla bajo los mismos parámetros, teniendo que sortear los múltiples obstáculos y ataques de los grupos reaccionarios internos y externos y, muchas veces, la escasez de criterios y formulaciones teóricas que ayuden a darle un mejor puntal ideológico y práctico al socialismo que se anuncia (lo que incide en el comportamiento reformista de muchos gobernantes y dirigentes de partidos políticos), es evidente que ella marcha de manera inexorable e irreversible. Quizás resulte muy temprano el vaticinio, pero la historia de luchas populares reprimidas en el pasado a sangre y fuego, le imprime el aliento suficiente para que no desmaye en su marcha.-           

EL PODER POPULAR, LA UNIDAD REVOLUCIONARIA Y LA INSURGENCIA NECESARIA

EL PODER POPULAR, LA UNIDAD REVOLUCIONARIA Y LA INSURGENCIA NECESARIA

           La revolución bolivariana requiere con sentido de urgencia de una diversidad integrada que contribuya a definir y a poner en el centro del combate diario la propuesta del poder popular, tanto en el plano teórico como en el práctico, de manera que se construya junto con el pueblo las condiciones que harán posible el socialismo. Sin esa visión compartida y esa voluntad política sincera de los revolucionarios resultará muy difícil allanar los caminos de la unidad revolucionaria (una unidad que trascienda lo meramente electoral, por supuesto), permitiéndose que praxis y teoría se confronten y sirvan para ir consolidando de modo irreversible y profundo las diferentes conquistas populares.

 

            Es así que la idea de conformar amplios frente de lucha revolucionaria se convierte en la orden del día para todos aquellos grupos, sectores, movimientos y/o partidos políticos identificados con la revolución popular, la liberación nacional y el socialismo, los cuales están llamados a coordinar y a articular esfuerzos en función del poder popular, abandonando de paso ese accionar electoralista y sectario que tan bien caracteriza a los partidos políticos tradicionales, contribuyendo de esta forma a superar las diferencias que los separan. Este es un planteamiento a ser tomado en cuenta también por quienes ejercen cargos de elección popular, puesto que toda su gestión gubernamental debe orientarse a producir el cambio estructural y, por ende, a establecer instituciones públicas realmente participativas, populares y socialistas, con lo cual comenzarían a eliminarse las obsoletas estructuras burocrático-representativas que han subyugado a nuestros pueblos. Esto, no obstante, exige confiar absolutamente en la madurez política y en la capacidad creadora del pueblo para asumir de forma protagónica los cambios que propicien en lo político, lo cultural, lo económico y lo social, sin descuidar ningún aspecto de la vida diaria (incluso, la estructura, la doctrina y la misión de las Fuerzas Armadas Nacionales, entendidas como parte fundamental del Estado burgués). Para alcanzar dicho estadio, es necesario comprender que no puede -ni debe- darse una coexistencia medianamente prolongada con los paradigmas del viejo régimen burgués, aún aquellos percibidos como inevitables o normales, ya que resultaría algo paradójico y conspiraría abiertamente contra nuestro deseo de levantar en su lugar otros, adecuados a esa nueva civilización, emancipada y emancipatoria, alejada en todo al sistema de dominación y de explotación del capitalismo.

 

            Es un enorme reto, sin duda, pero es ineludible y, por supuesto, harto necesario. La correlación de fuerzas en el transcurso de la lucha librada contra los sectores conservadores dominadores aún no se ha decidido entera y definitivamente favorable a los sectores populares y, menos, ha facilitado la creación y funcionamiento a plenitud de órganos de poder popular que reviertan la situación actual, pasando a una fase de ofensiva popular con una alta incidencia en las decisiones de gobierno, cualquiera sea su instancia. Con ello se avanzaría más firmemente hacia la consolidación de ese poder popular surgido desde abajo, con características propias, inéditas, autónomas y diversificadas, evitando que haya alguna desviación del proceso revolucionario de parte de elementos de derecha, o reformistas, instalados en las butacas del poder, sin la suficiente convicción, el sentimiento y la conducta derivadas de un conocimiento profundo de lo que significa el socialismo y el momento histórico que vivimos. Hacia esto es que deben enfocar su mirada y sus luchas los revolucionarios de izquierda y no esperar a que el socialismo caiga del cielo, prefabricado, o suponer que, sin un cargo de gobierno en mano, es inútil adentrarse en esta magnífica aventura. El dilema siempre lo constituirá si todo lo que se realice servirá de algo en la construcción segura del socialismo y habría que responderse afirmativamente, en el caso de hacerlo sin ningún tipo de intereses subalternos y quebrantando los patrones de conducta habitualmente aceptados por todos, como una manera de insurgir permanentemente contra el injusto modelo de sociedad imperante. Ella sería una insurgencia necesaria para que el poder popular sea sustento real y auténtico del socialismo y de la revolución que se anhela.-