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LOS DESAFÍOS HISTÓRICOS DEL NUEVO SOCIALISMO

LOS DESAFÍOS HISTÓRICOS DEL NUEVO SOCIALISMO

Uno de los tantos desafíos históricos que debe enfrentar el socialismo en este siglo es el relacionado con el ejercicio del poder, la cuestión nacional y la eliminación radical de las relaciones de producción y de aquellas que, a su vez, se derivan de ellas en lo social. Estos son elementos primordiales que, al resolverse, le darían consistencia sólida a los ideales socialistas, pero que -si se mantienen bajo cualquier argumento- los negaría por completo, siendo simple reformismo populista, a pesar de la retórica y de la propaganda revolucionaria.

 

Muchos todavía se aferran a la común idea de que el nuevo socialismo debe alejarse de las fuentes que lo han nutrido justificado en el tiempo, como Carlos Marx, de quien dicen hay que trascenderlo, pero utilizando la mayoría los mismos alegatos prejuiciados esgrimidos siempre por los sectores de la derecha; de ahí que consideren su invaluable contribución a la comprensión de esta alternativa revolucionaria al capitalismo como algo desdeñable y poco menos que intrascendente. Para respaldar esto último, exhiben lo hecho por China, Vietnam y, en una menor medida, por Cuba en materia económica, sin mayores pretensiones de producir un debate serio sobre tan importante tema.

 

Así, el socialismo requiere, hoy más que nunca, de definiciones más cercanas a las realidades que confrontan los pueblos del mundo, abarcando con mayores detalles los aspectos que fueran inicialmente abordados, estudiados y adelantados por Marx y Engels, sin menospreciar lo propio de Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Gramsci, el Che Guevara y otros no menos importantes luchadores socialistas, incluyendo a los ácratas; pues, este socialismo que se pretende nuevo no tiene una sola vía posible, sino varias, como lo demostrara en su momento la Revolución Cubana. Tal legado, en su conjunto, representa un punto de partida para la construcción del socialismo, más aún cuando presenciamos la catastrófica crisis global padecida por el capitalismo, la cual -por cierto- se antoja profunda y duradera, a pesar de las iniciativas multilaterales adoptadas por los gobernantes de las grandes potencias industrializadas. A ello habría que agregarle los estudios recientes realizados por una gama de teóricos socialistas a la luz de los múltiples acontecimientos que sacuden al mundo desde finales del siglo pasado, especialmente a nuestra América, que bien podrían ampliar los horizontes abiertos por el socialismo, dado que es harto necesario que se entienda, al menos, que éste -muy contrariamente a la imposición de un pensamiento único por parte del capitalismo- tiende más a la preservación de la diversidad en todas sus manifestaciones, cosa que olvidaron muchos durante las diferentes experiencias revolucionarias del pasado, obligados por los avatares de la Guerra Fría , siendo un elemento manipulado hasta la saciedad por los sectores contrarrevolucionarios a nivel planetario para infundirles terror y desconfianza a los pueblos que anhelan su liberación.

 

Esto no es, ni debe serlo jamás, obstáculo que impida cubrir la necesidad urgente de una teoría y de una praxis genuinamente humanistas, emancipatorias y pluralistas que plasmen y profundicen el socialismo (sin más etiquetas), teniendo en los sectores populares su principal base de sustentación, sin cúpulas “iluminadas” ni líderes “carismáticos” que secuestren y usurpen la voluntad general, tal como sucede tradicionalmente bajo el sistema representativo que tanto gusta a Estados Unidos. Sin embargo, todavía los revolucionarios habrán de enfrentar las acciones y las voces de quienes, desde sus trincheras de autoridad partidista y/o gubernamental, aspiran acallar y segregar el espíritu rebelde y subversivo de la revolución socialista. En esta lucha constante, se deben promover, acompañar y precisar los objetivos revolucionarios del pueblo, haciendo posible -en consecuencia- el verdadero socialismo.-   

SOCIALISMO Y PRÁCTICA REVOLUCIONARIA

SOCIALISMO Y PRÁCTICA REVOLUCIONARIA

Siempre se ha afirmado que sin teoría revolucionaria no habrá jamás revolución socialista. Muchos lo dicen y repiten en diversas ocasiones, sin profundizar mucho en su verdadero sentido, haciendo del socialismo un cúmulo de citas de autores o teóricos socialistas sin conexión alguna con la realidad que se busca transformar. Por ello, el socialismo vive una carencia de debates en torno a lo que representa en la actualidad y a la necesidad de llevarlo a la práctica, despojándonos del viejo recetario político que heredamos, el cual nos impide construir el cambio estructural de un modo audaz, innovador y realmente revolucionario, de tal forma que -al mismo tiempo- se destruya el antiguo orden y se construya el nuevo, con participación del pueblo.  

Cuando la revolución rusa del 7 de noviembre de 1917 hizo realidad la consigna “Todo el poder a los Soviets”, proclamada por Lenin y sus compañeros bolcheviques, se pensó que la teoría socialista al fin comenzaba a concretarse en hechos reales, sin el idealismo del cual fuera revestido en algún tiempo. Sin embargo, la titánica tarea enfrentó diversas dificultades, entre ellas la guerra interna que desataron sus enemigos, sumada a la agresión imperialista de las potencias de entonces, cuestiones que terminaron por frenar la experiencia democratizadora iniciada por los obreros, campesinos y soldados de la naciente Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), con la consabida usurpación de la voluntad popular por parte de una burocracia partidista que, a la final, revirtió toda la situación revolucionaria que se había creado inicialmente. A dicha experiencia, se le agregarían las vividas en China, Cuba, Yugoeslavia, Vietnam y Europa del Este, cada una a su manera, adaptándose a las condiciones reales de cada país y buscando un camino propio hacia el socialismo. No obstante, la práctica revolucionaria que supone la implementación del socialismo aún quedaba pendiente, una cuestión que podría interpretarse exitosamente en nuestra América, si los revolucionarios empiezan a despojarse de los paradigmas dominantes y comienzan a construir otros en su lugar. Habría que repetir (sin dogmatismo) lo que ya declararan Marx y Engels en “La ideología alemana”, en el sentido de que “es necesaria una transformación en masa de los hombres que sólo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución; y que, por consiguiente, la revolución no solo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del fango en que está hundida y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases”.

En consecuencia, “debemos aprender a construir poder popular (u obrero-popular) para poder hacer la revolución”, como lo sentencia Aldo A. Casas en “Actualidad de la Revolución y Poder Popular”. No hay otra fórmula diferente. Ambas cosas tienen que producirse simultáneamente, sin descuido de ninguna en función de la otra y en abierta contradicción con el Estado del capital, sin maquillajes que conviertan a la revolución socialista en simple expresión del reformismo. Los sectores populares tendrían que crear sus espacios, de manera autogestionaria, soberana y revolucionaria, sin esperar a que todo esté plenamente considerado en las leyes, sino ejerciendo la democracia directa mediante un impulso emancipador que termine por abarcar todas las áreas de la vida en sociedad. Tal cosa no puede represarse invocando razones de Estado y, menos, la falta de madurez política del pueblo, como acostumbran algunos “revolucionarios”. Es preciso que el socialismo sea producto de una práctica revolucionaria constante, autogenerada, capaz de asegurar la continuidad, solidez y profundización de la revolución, sin perder nunca -también- la capacidad de revisarse, en función de la realidad creada por nuestros pueblos cada día.-   

 

¿HACIA DÓNDE ORIENTAR EL DEBATE SOBRE EL SOCIALISMO?

¿HACIA DÓNDE ORIENTAR EL DEBATE SOBRE EL SOCIALISMO?

 

           Con un vasto y diversificado movimiento de masas a nivel continental y mundial favorable al socialismo, se hace importante y necesario orientar el debate sobre su definición y su puesta en práctica, de modo que el mismo sirva de marco y de sustento ideológico a las diferentes luchas populares por una sociedad y un mundo mejores. Esto implicaría adoptar criterios de amplitud, a fin de evitar el dogmatismo izquierdista del pasado que, de paso, impidió que se caracterizara correctamente la revolución socialista que, en algún momento, tendría lugar en los países de Nuestra América. Con ello, se haría del socialismo una verdadera alternativa revolucionaria no solo vigente o actualizada sino también válida y factible en un mundo dominado por la globalización económica capitalista.

 

            Sin embargo, es preciso “delimitar ideológicamente el campo revolucionario de diversos reformismos, algunos antiguos y otros de reciente formulación”, como lo indica Norberto Bacher, “en tanto se unifique la unidad política de las fuerzas revolucionarias para que el rumbo hacia el socialismo planteado como horizonte cercano de nuestra revolución no se quede en una simple retórica ni se transforme en factor de confusión, desmovilización y, en última instancia, de división para las grandes masas”. Tal delimitación se hace imperativa por cuanto se ha erigido cierta tendencia generalizada –tanto en Venezuela como en otras naciones de nuestro continente- que niega y soslaya las experiencias y los aportes teóricos del socialismo revolucionario en el pasado, alegando que el socialismo debe resultar nuevo y, por lo tanto, se permite obviar algunos aspectos medulares del mismo, como la lucha de clases, planteándose en consecuencia una posición revisionista un tanto ingenua que pretende convivir con el capitalismo, tratando de darle un rostro más humano.

             Como lo refiriera Rosa Luxemburgo en Reforma o revolución, “quien se pronuncia por el camino reformista en lugar de y en oposición a la conquista del poder político y a la revolución social no elige en realidad un camino más tranquilo, seguro y lento hacia el mismo objetivo, sino un objetivo diferente: en lugar de la implantación de una nueva sociedad, elige unas modificaciones insustanciales de la antigua. De este modo, siguiendo las concepciones políticas del revisionismo se llega a la misma conclusión que estudiando sus teorías económicas: no busca la realización del socialismo, sino la reforma del capitalismo, no busca la supresión del sistema de trabajo asalariado, sino la disminución de la explotación. En resumen, no busca la supresión del capitalismo, sino la atenuación de sus abusos. ¿Cabe pensar que lo dicho anteriormente sobre la función de la reforma o de la revolución sólo sea aplicable a la lucha de clases del pasado? ¿Es posible que de ahora en adelante, gracias al perfeccionamiento del sistema jurídico burgués, las reformas legislativas sean la vía para que la sociedad pase de una fase histórica a otra y que, por tanto, la conquista del poder del Estado por parte del proletariado se haya convertido en "una frase sin sentido”…? De este modo, las vías económicas, políticas, sociales y culturales que podrían determinar la construcción socialista de la nueva sociedad acaban secuestradas y distorsionadas al interpretarse que solo basta con intentar reducir la brecha existente entre ricos y pobres, impulsando el desarrollo capitalista de cada país.

 

            El debate, por consiguiente, tiene que orientarse hacia formulaciones vinculadas con la historia, las luchas y la idiosincrasia de nuestros pueblos, sin negar su carácter universal e histórico. Esta es una cuestión fundamental para que el socialismo revolucionario pueda tener esa vigencia que los nuevos tiempos le han renovado al calor de las luchas políticas y sociales emprendidas por nuestros pueblos en contra de los abusos, la explotación y la depredación continua del capitalismo a escala mundial. De esta forma, el socialismo será definitivamente una realidad y no simple ilusión.-

 

PALESTINA: UN GENOCIDIO A LA VISTA DE TODOS

PALESTINA: UN GENOCIDIO A LA VISTA DE TODOS

Desde su creación, el Estado de Israel representa un caso único en la historia mundial contemporánea: no posee un pueblo unificado en la historia, en el idioma, en la cultura y en las costumbres y, no obstante, reclama su “derecho legítimo y divino” de ocupar el suelo de Palestina, en una pretensión de recrear el reino del bíblico rey David. Su población proviene originariamente de diversas latitudes del planeta y, gracias a la Resolución 181 de la ONU, comenzó a usurpar el espacio que, por siglos, venía ocupando históricamente el pueblo palestino, aplicando la tesis que Palestina era un territorio sin gente y los judios un pueblo sin territorio. De esa manera, el Estado de Israel llegó a apoderarse del 78 por ciento del territorio nacional palestino, siendo el resto Cisjordania y la Franja de Gaza. Desde entonces, el Estado de Israel ha mantenido un acoso permanente y una política militar agresiva en contra del pueblo palestino, siendo éste obligado a sobrevivir en condiciones materiales infrahumanas en lo que constituye un genocidio a la vista de todos, pero que escasamente logra conmover a la opinión pública internacional, dada la manipulación mediática y los intereses geopolíticos que presentan a los árabes como terroristas y fanáticos religiosos.

         En la actualidad, los palestinos son víctimas no sólo de una agresión militar desproporcionada y criminal por parte del Estado de Israel, sino que ello se complementa con un cúmulo de limitaciones administrativas y jurídicas que les niega su condición inalienable de ciudadanos y, un poco más, sin exageración alguna, de seres humanos, tal como lo pretendieron en su tiempo los nazis-fascistas en Europa con los judíos. De este modo, los palestinos han sido forzados a abandonar la tierra de sus ancestros, convirtiéndose en desplazados y refugiados, cuyo destino incierto pareciera no importarles a los diferentes gobiernos del planeta, así como el reconocimiento de sus derechos nacionales y su legítimo retorno. Tal política de segregación, agresión, etnocidio y genocidio -condenada como sionismo- es, sin embargo, incondicionalmente respaldada por la clase dirigente de Estados Unidos y de sus socios más cercanos, entre ellos, Gran Bretaña, cuyo poder de veto en el seno de la ONU impide acciones más enérgicas e inmediatas de parte de la comunidad internacional. Para Estados Unidos es vital mantener el estado de inestabilidad política en el Medio Oriente, con el Estado de Israel como su punta de lanza, sobre todo, ahora que busca asegurarse el control directo de las fuentes de energía allí existentes y, de paso, la eliminación de la revolución islámica de Irán, principal reducto de resistencia antiimperialista en aquellas latitudes.

         Esto último le ha servido de garantía al Estado de Israel para perpetrar sus crímenes de lesa humanidad contra el pueblo de Palestina, rechazando consuetudinariamente todas las resoluciones condenatorias de la ONU y violando descaradamente el derecho internacional con la implementación de su doctrina militar de guerra preventiva contra sus vecinos árabes, sin que haya sufrido una sanción efectiva. Lo que siempre ha omitido la propaganda sionista (con un gran poder de penetración a escala mundial), es que los palestinos vienen muriendo en silencio, privados de comida, de servicios públicos esenciales y de medicinas por culpa del bloqueo a que son sometidos por el Estado de Israel, haciendo de los territorios palestinos verdaderas cárceles (o ghettos)  al aire libre. Por ello mismo, debe activarse en todas las naciones un repudio general al terrorismo de Estado aplicado por la dirigencia sionista, de forma que se le impida el genocidio cometido contra los palestinos, lo mismo que descubrir sus verdaderos propósitos anexionistas y desestabilizadores en la región del Medio Oriente. De igual manera, debe permitírsele a los palestinos a existir como nación libre, exigiendo el fiel cumplimiento de las distintas resoluciones promovidas y aprobadas por la ONU, puesto que ésta sería una manera de compensar el sufrimiento secular que vienen arrastrando los palestinos desde 1947.  

Gaza es -como alguien lo expresara recientemente en un portal de Internet- la herida que tiene la humanidad, una herida que no parará de sangrar si la indolencia y la complicidad humana siguen manifestándose a favor de la fuerza. Los argumentos esgrimidos por el Estado de Israel en nombre de “la seguridad y contra el terrorismo” no justifican algo semejante, ni antes ni ahora. Para ello es necesario, en palabras de Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nóbel de la Paz, “desarmar la razón armada para romper el círculo que los atrapa de la violencia, la destrucción y la muerte”. Algo difícil, pero no imposible.-

LA REVOLUCIÓN POPULAR Y EL ARRAIGO DE LA DEMOCRACIA PARTICIPATIVA

LA REVOLUCIÓN POPULAR Y EL ARRAIGO DE LA DEMOCRACIA PARTICIPATIVA

Para la consolidación de la democracia participativa y protagónica siempre será  propicia la ocasión para que el poder popular se exprese espontáneamente, tenga asideros reales y no esté circunscrita a una simple consigna sin fundamento alguno. Quienes ocupen cargos de elección popular en nombre de dicha democracia participativa y protagónica, arrogándose la condición única de revolucionarios y de socialistas, están más que llamados a respetar y a cumplir al pie de la letra todas las promesas hechas al calor de la campaña electoral, en lugar de creer que la cuota de votos obtenidos les otorga una patente de corso para usufructuar el poder y desvalijar impunemente las arcas del Estado, como signo político característico de cualquier régimen de democracia representativa.

 

Esta es una condición a priori que deben observar aquellos que pretenden convencernos de hallarnos en un verdadero proceso revolucionario, camino del socialismo, por cuanto tienen que marcar una diferenciación clara respecto al pasado reformista que se aspira desechar y liquidar definitivamente. Semejante diferenciación debe establecerse en lo social, en lo político, en lo económico y, sobre todo, en lo moral, junto con una acción decidida de los sectores populares, los cuales le imprimirán a la misma el carácter popular y revolucionario que amerita, cambiando la manera antisocial actual de entender y practicar  la política. En ese sentido, es hora de impulsar decididamente el cambio estructural y, junto con éste, el poder popular que tendrá una incidencia directa en el desarrollo y en la consolidación de un proceso revolucionario inédito y, por consiguiente, abierto a todas las posibilidades y vertientes.

 

Esta misma tarea y propósito revolucionario compromete aún más a los  revolucionarios a no declinar jamás ante los elementos de derecha que quieran hacer de la  revolución una plataforma para complacer sus apetencias personales, desviando y desvirtuando por completo los ideales que le dieron origen, con la clara intención de dejar todo igual como en el pasado, sin permitir jamás la existencia de un Estado socialista y, menos aún, de un poder popular que les sirva a los sectores populares de instrumentos de transformación social e individual.

 

Por eso mismo, la revolución requiere de definiciones prácticas y teóricas que vayan más allá de cualquier coyuntura, electoral o no, aunque exista la convicción o resignación respecto a que es suficiente conquistar algunos espacios de participación y de protagonismo, pero sin plantearse seriamente acelerar y profundizar dichos espacios con el objetivo especifico de modificar radicalmente las relaciones de poder y de producir, en consecuencia, una verdadera revolución socialista y popular, sin que ello venga a significar erradamente que se deba aferrar interesada y fanáticamente a unas organizaciones partidistas, las cuales solo debieran verse como instrumentos del protagonismo, la inclusión, la formación y la participación popular y no de escalera de una minoría o cogollo partidista reformista, como se ha acostumbrado hasta ahora en toda Nuestra América.

 

Para lograr estos propósitos, la revolución socialista tiene que ser, ineludiblemente, subversiva, de lo contrario, toda iniciativa de cambio se limitará a una reforma sin consistencia que afianzará aún más la presencia de los elementos de derecha o reformistas, tanto en el gobierno como en las diversas organizaciones políticas y sociales que, hasta ahora, pudieran identificarse como socialistas y revolucionarias, pero que -a la larga- no estarán nunca dispuestas a construir un verdadero socialismo y un verdadero poder popular. Más que una “revolución” burocrática, lo que se debe impulsar es una revolución popular, sustentada en la gestión directa que desarrollen las masas y jamás tutelada por las instituciones del Estado, ya que constituiría una negación de sí misma y la apertura a un nuevo reformismo, marcado por el clientelismo político e incapaz de dar el salto cualitativo que requiere todo proceso revolucionario auténtico.-

 

 

 

 

LA REVOLUCIÓN ES UN ASUNTO DE CONCIENCIA

LA REVOLUCIÓN ES UN ASUNTO DE CONCIENCIA

           Generalmente aceptamos que una revolución trastoca, afecta y sustituye radicalmente el orden establecido; sin embargo, olvidamos a veces que esto debe tener su contrapartida en la conciencia de quienes auspiciamos, defendemos y sustentamos los ideales revolucionarios, en especial de aquellos que tienen su base teórica en el socialismo revolucionario. Esto es algo fundamental, ya que de ello depende en gran parte el éxito, la continuidad y la consolidación de un proceso revolucionario auténtico, más que de la derogación y la promulgación de las leyes que se requieren para dar cuenta de los diversos cambios políticos, económicos, sociales, culturales y morales que se pudieran gestar en un momento determinado, gracias a la acción decidida de las masas. Dicha conciencia -formada sistemática, crítica y continuamente- le facilitaría a la revolución un mayor y más eficaz blindaje, más que todo el arsenal moderno a su disposición, evitándose así que la misma naufrague a manos de caudillos y minorías cupulares que sólo buscan usufructuar el poder, como ya ha ocurrido en diferentes episodios del devenir humano. “Sin ese cambio -escribe Antonio Aponte en su columna Grano de Maíz- no hay revolución, todos los cambios materiales quedan sin efecto, son atrapados por el viejo sistema”.

         Esto último constituye una amenaza latente que es imperativo conjurar en todo tiempo, de modo que la revolución socialista pueda cumplir su cometido de erradicar finalmente el capitalismo. Volviendo a lo escrito por Aponte, “al trascender el capitalismo se dejan atrás todos los sistemas basados en la explotación del hombre por el hombre, todos los sistemas egoístas; de esta manera, la humanidad, según palabras de los clásicos, pasa de la prehistoria a la historia. Significa la realización del humano, el encuentro del humano consigo. Y este cambio requiere como ningún otro una alta dosis de conciencia, no es un simple cambio material, es el cambio más profundo, radical, que el espíritu humano ha experimentado”. Por eso resulta harto contradictorio que se predique el socialismo sin aludir para nada a la estructura económica que sostiene al capitalismo y la sociedad tradicionalmente aceptada. Sin este elemento de importancia, la noción del socialismo acabaría por ser una mera caricatura y no una verdadera  alternativa revolucionaria frente al capitalismo, terminando por remozarlo en lugar de liquidarlo.

El socialismo, para simplificarlo, es “la sociedad del ser que se sobrepone a la sociedad del tener”. Esto será posible siempre y cuando se fortalezcan sus logros materiales en ese nivel de conciencia revolucionaria que se hace necesidad impostergable entre el pueblo. De nada valdrán tales logros, si los cambios no se expresan también en lo interno de cada individuo, en su espíritu y en su cultura, en vista de que el mismo responde a esquemas ideológicos impuestos y preestablecidos por las elites dominantes a través de la alienación, la cual -a su vez- tiene sus nutrientes en la división del trabajo, la propiedad privada y la producción mercantil. Hace falta, por tanto, que la conciencia revolucionaria del pueblo sea algo primordial siempre para impulsar sin pausa la construcción del socialismo y de la revolución, sin olvidar -por supuesto- la solución satisfactoria y total de sus problemas.

Como lo sentenciara Carlos Marx, “la teoría logra realizarse en un pueblo sólo en la medida en que la realización de sus necesidades”, lo cual está íntimamente ligado a su nivel de conciencia revolucionaria, puesto que la revolución es un asunto de conciencia que no se puede dejar al azar ni soslayar jamás al hacer la revolución.-

EL COLAPSO CAPITALISTA Y LAS NUEVAS REALIDADES

EL COLAPSO CAPITALISTA Y LAS NUEVAS REALIDADES

             La más reciente crisis del mundo capitalista -con Estados Unidos a la cabeza- augura un panorama mundial sombrío en el cual serán rasgos constantes los aumentos de inflación, las salidas de capital, la caída del crecimiento y la elevación del índice de desempleo en muchas de las naciones afectadas por dicha crisis. Algunos estudiosos se animan a afirmar que el capitalismo financiero, tal como fuera conocido desde los años 70 del siglo pasado, ha culminado estrepitosamente, a pesar de los recursos que desea inyectarle el gobierno de Bush en su pretensión de hacer menos traumática la situación creada por la ambición y la irresponsabilidad de entidades bancarias que no midieron el desenlace de sus acciones.

En el caso estadounidense, las repercusiones de tamaña crisis tocan los cimientos de una sociedad que se sintió segura, producto de la explotación y la dependencia de los países del Tercer Mundo, pero que -ahora- es víctima de la incertidumbre. Sus ciudadanos saben que esta crisis capitalista no se limita nada más al mercado hipotecario sino que se extiende también a todas las formas de crédito al consumo, las tarjetas de crédito, los créditos a las empresas, el mercado de acciones y su financiamiento y, en un nivel superior, la financiación de la compra, liquidación y reestructuración de muchas corporaciones. Esto los hace mostrarse renuentes a aceptar el plan de rescate o de salvataje presentado por la administración Bush, ya que la consideran una privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas derivadas de esa crisis, o lo que es lo mismo, un rescate de los banqueros ricos y no de los deudores pobres. En esencia, algunos economistas estadounidenses se oponen al concepto del rescate bancario porque el plan es un subsidio a los inversionistas al costo de los contribuyentes.

De todo esto, se concluye en que el neoliberalismo económico ha quedado al descubierto, resultando ser una gran falacia para el progreso. Al mismo tiempo, las secuelas negativas del libre mercado echan por tierra la presunta eficacia de las recetas del llamado Consenso de Washington, diseñado y puesto en marcha a principios de los años 90 del siglo pasado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Con esta iniciativa neoliberal se pretendía alcanzar el crecimiento de los países en desarrollo, recomendándoles, entre otras cosas, la flexibilización laboral y la privatización de las empresas del Estado y de los servicios públicos, incluida la educación y la salud. Ahora el Presidente Bush y sus asesores económicos piden intervenir el mercado, contrariamente a las recomendaciones hechas a los países víctimas de la debacle de sus economías dependientes, lo cual confirma la tesis esgrimida por algunos gobernantes de tendencias izquierdistas y progresistas de controlar el aparato económico y sus fluctuaciones.

Asimismo, está demostrado que el viejo Estado burgués sólo responde a intereses de la clase capitalista, por lo que será necesario sustituirlo por completo por uno que sí responda a la gran mayoría de los ciudadanos. Tal como lo indica Jorge Altamira en uno de sus análisis, “bancos, mercados de capitales y sistemas monetarios han servido para separar hasta proporciones o niveles desconocidos, el valor de cambio de las mercancías producidas (y de toda actividad social en general) de su valor de uso social; al capital del trabajo; a la producción de la acumulación, para darle en definitiva esta dimensión colosal a la crisis. El Estado no es la solución del problema sino parte de él, y es por eso que el derrumbe actual es, ya mismo, potencialmente revolucionario”. Esto último pudiera promover conflictos a escala interna y, posiblemente, mundial porque sería preciso tratar de represar la alta conflictividad social que impondría el surgimiento de nuevas realidades, entre las de mayor peso, el derrumbe del capitalismo, cuestión que -a pesar de lucir remota- cambiaría radicalmente la sociedad que conocemos.-



EL PROPÓSITO QUE DEBIERA GUIAR A LOS REVOLUCIONARIOS

EL PROPÓSITO QUE DEBIERA GUIAR A LOS REVOLUCIONARIOS

La principal tarea de los movimientos sociales revolucionarios es llevar la iniciativa y pasar de la resistencia a la ofensiva frente a quienes adversan declarada o encubiertamente a la revolución, resultando un mecanismo eficaz y necesario para frenar sus tentativas de conspiración y desestabilización, desconociendo la voluntad general del pueblo. Con el manejo de una visión política acertada en torno a las oportunidades, las fortalezas y las debilidades del proceso revolucionario se podría detectar a tiempo las desviaciones y corrupciones que éste podría sufrir, especialmente si ya se ha accedido, de una u otra forma, al poder. Para ello, si bien es necesario el accionar de un partido revolucionario sólidamente blindado y disciplinado, es requisito insoslayable que exista la suficiente madurez política y un alto nivel de conciencia revolucionaria por parte de los sectores populares, de manera que el cambio estructural en ciernes se haga realidad desde abajo, contando con su participación efectiva en la toma de decisiones y asuntos de Estado.

 

En este caso, el propósito que debiera guiar a todos los revolucionarios por igual es que las comunidades adquieran rasgos socialistas y tengan una herramienta para articular sus luchas en forma soberana, permitiendo que la misma gente defina sus objetivos, delinee sus estrategias y defina sus planes de acción, sin que medie la tutoría de burócratas gubernamentales ni la manipulación reformista de maquinarias electorales aparentemente revolucionarias. Por lo mismo, es preciso que los revolucionarios -independientemente de su relación con el poder constituido- deben plantearse desde ya una plataforma que contraste radicalmente la realidad existente con las promesas demagógicas de aquellos que acceden a los diferentes cargos de elección popular, resultando de utilidad a la hora de  hacerle seguimiento y contraloría social a la gestión cumplida por éstos.

 

De ahí que sea vital que el pueblo mismo adquiera un espacio propio en el cual desarrolle y afiance su conciencia política, su capacidad combativa y el horizonte de visibilidad de un modelo de Estado y de sociedad distinto al heredado de las elites gobernantes. Para esto se requerirá vencer la extrema diversidad y las luchas sectoriales que originan divisiones en el campo revolucionario, las cuales siempre terminan favoreciendo a la dirigencia reformista que busca dejar las cosas al mismo nivel que en el pasado. Esto exigirá de los revolucionarios una mayor claridad ideológica para hacer de la revolución socialista y popular una realidad tangible e inmediata, a fin de no confundir los avances parciales que se pudieran lograr en determinado momento con la implantación definitiva de una sociedad socialista, confiando -quizás- en una evolución pacífica e ineludible de los esquemas tradicionales del capitalismo y de la democracia representativa, los cuales deben ser abolidos por la acción decidida de los sectores populares revolucionarios y no por simples decretos o modas.

 

          Lo fundamental es que los revolucionarios se adhieran resueltamente a promover la constitución y funcionalidad del poder popular como un elemento primordial de la democracia participativa y protagónica que es inherente al socialismo, la cual debe ejercer influencia directa en los cambios que transformen de modo radical al Estado burgués vigente en un Estado verdaderamente popular y socialista. Esto pasa también por entablar un serio cuestionamiento de las estructuras que tradicionalmente han caracterizado al capitalismo y a la democracia representativa, resolviendo la cuestión nacional y el papel antiimperialista a adoptar por la revolución socialista que se impulsa, porque resultaría harto contradictorio hablar de revolución y de socialismo manteniendo intactas dichas estructuras, cercenando u obstaculizando la concreción del poder popular en manos del pueblo.-