Blogia

Homar_mandinga

EL SOCIALISMO Y LA EMANCIPACIÓN DE LA VIDA

EL SOCIALISMO Y LA EMANCIPACIÓN DE LA VIDA

         

          La construcción del socialismo como alternativa revolucionaria pasa por entender que es necesario violentar los paradigmas que han sustentado a la sociedad capitalista. Sin embargo, a pesar de la prédica anticapitalista, en muchos de quienes se proclaman socialistas sobrevive la creencia de que basta con impulsar algunas reformas siguiendo un hilo evolutivo o gradual que no afecta en lo profundo las diversas estructuras, en un maridaje contradictorio con el capitalismo, ignorando (o queriendo ignorar) que el socialismo vendría a ser la superación de la lucha de clases que siempre ha caracterizado a la sociedad capitalista. Esto, por supuesto, atraviesa por un proceso revolucionario en el cual las masas enajenadas, explotadas y excluidas tienen un rol de primer orden, siendo su inclusión, participación y protagonismo los rasgos esenciales del socialismo a construirse. Por lo tanto, quienes actúen en nombre del socialismo tendrán que deslastrarse inexcusablemente de las antiguas verdades implantadas por el capitalismo; sin ello, será ilusorio lograr esa conciencia revolucionaria tan necesaria para hacer realidad el socialismo.

 

            En la actualidad, el mundo entero sufre los estragos devastadores producidos por el sistema capitalista. Ya no es solo la explotación y la alienación sufridas por los trabajadores, sino también (y más importante aún) el grave deterioro ambiental presente a escala planetaria. De ahí que el socialismo revista esa posibilidad cierta de una emancipación integral de la vida, tal como lo han demandado distintos grupos y movimientos sociales, convencidos de su necesidad histórica ante la voracidad inagotable del capitalismo. Ello ha permitido una mejor identificación con el socialismo, ya que entre sus ideales está el de armonizar con la naturaleza, lo cual le otorga una visión ecologista de la cual carece precisamente el capitalismo, más afanado en la obtención de ganancias rápidas y seguras que en la preservación del medio ambiente y, por consiguiente, de la vida en general.

 

            Es por ello que el socialismo debiera más bien calificarse de humanismo, ya que está centrado en brindarle a los seres humanos todas las opciones de bienestar que puedan existir, pero sin afectar la integridad de otros y, menos, de la naturaleza que nos rodea. No obstante, el socialismo va más allá. A diferencia de lo que se creyó y practicó en países como la Unión Soviética, el socialismo está abierto al pluralismo democrático, a la participación popular y a la diversidad cultural en un grado tal que muchos lo enmarcan en una utopía (o distopía), como si tales fueran imposibles de alcanzar.

 

La revolución socialista se diferencia de la exclusión y el sectarismo. Es una revolución abierta a la participación y al protagonismo de los sectores populares, orientada hacia su propia redención, sin esquemas preestablecidos que, a la larga, resulten camisas de fuerza que frustrarían el anhelo libertario que siempre ha albergado la humanidad. Tampoco será aquella que busque institucionalizarse, frenando el dinamismo que debe caracterizarla en la construcción de una nueva civilización y una nueva sociedad. Es una revolución, por lo tanto, distinta a todas las conocidas por la historia humana. Es anticapitalista por excelencia. Herética y utopista, al mismo tiempo. Pero albergadora de un alto nivel de espiritualidad y humanismo.

 

El socialismo requiere verse como un modelo de sociedad deseable y posible, en pro de la emancipación integral de la humanidad y en completa armonía con el entorno natural que le rodea y sustenta. Pero esto entraña hacer acopio de una audacia creativa al plantearse la total sustitución de la actual sociedad capitalista, cuestión que requiere de un mayor acopio de aportes teóricos que se compaginen con la práctica en todos los ámbitos de la vida.

 Como lo refiriera el periodista y escritor argentino Luís Bilbao, “ser revolucionario hoy no implica lo mismo que en los últimos ocho años. Es el derrumbe de las instituciones de la sociedad capitalista lo que aturde, enfervoriza o atemoriza; empuja irresistiblemente hacia adelante, o frena en un mar de dudas”. Esto mismo es lo que hace posible la opción del socialismo, aún más que en el pasado, y tendrá grandes repercusiones en toda la civilización actual, haciendo insalvable al capitalismo. Esta tendencia se manifiesta incluso en la vieja Europa y se extiende casi al mismo ritmo en nuestra América, teniendo a Venezuela como su primer punto de partida. Así, el socialismo se ha revitalizado, con contenidos y matices nuevos; cada uno en respuesta a un problema estructural específico, sin que esto signifique una estandarización al estilo soviético. De este modo, el socialismo se convierte en una referencia permanente de lucha y, sobre todo, de defensa y emancipación de la vida.-   

 

 

REALIDAD Y PERVERSIDAD POLÍTICA DEL IMPERIALISMO

REALIDAD Y PERVERSIDAD POLÍTICA DEL IMPERIALISMO

           La profusa y continuada campaña de falsedades emprendida por el gobierno de George Walker Bush en contra de aquellos gobiernos y naciones a los cuales ha englobado en el llamado “eje del mal” ahora tiene como destino a Venezuela, según se puede constatar por lo dicho en fechas recientes por algunos de los principales representantes del gobierno estadounidense, incluyendo al mismo Bush. Todo esto repite el esquema de ablandamiento de la opinión pública mundial, tal como se hizo en los casos de Panamá e Irak, a fin de neutralizar cualquier reacción negativa y así justificar las acciones militares que regularmente ha protagonizado Estados Unidos en defensa de sus intereses particulares, por encima del Derecho internacional y ejemplificando el terrorismo de Estado. De igual manera, se busca precipitar planes semejantes a los aplicados en Chile, bajo la presidencia de Salvador Allende,  Ucrania, Georgia, Lituania y Serbia, en una combinación de elementos económicos, políticos, diplomáticos y militares que desestabilicen y desemboquen finalmente en el derrocamiento del gobierno de Hugo Chávez, dando así al traste con su ensayo revolucionario y al desafío que representa su prédica bolivariana, integracionista y nacionalista a la hegemonía gringa al sur del Río Bravo.

 

            Pero, aparte de ello, esto obedece también a la situación de crisis que padece Estados Unidos en el presente. Según James Petras, “considerando la crecida europea, la dependencia de Estados Unidos de la extracción de superávit cada vez mayores de América Latina ante las crisis internas, y los lazos estrechos entre la administración estadounidense y el gran capital, particularmente en los sectores extractivos, la única solución para Washington es militarizar y reforzar su control, aunque polarice y radicalice a América Latina”.

            Precisamente, ésta es la estrategia escogida por la Casa Blanca, expresada en el documento de Santa Fe IV, el ALCA y los diversos planes militares que envuelven a nuestro continente, desde México hasta el corazón de la América del sur, en una cruzada neocolonialista que se quiere hacer ver como de lucha contra el terrorismo y por el aseguramiento de las libertades democráticas de estos pueblos; teniendo en el Plan Colombia la punta de lanza de la injerencia yanqui en sus asuntos internos con la complicidad antinacional de los grupos políticos y económicos conservadores que ven en riesgo inminente sus privilegios de elite dominante. Para lograr el éxito de esta estrategia, el régimen de Bush no ha escatimado esfuerzo alguno y ha explotado hasta la saciedad el sospechoso ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, atribuyéndolo a grupos terroristas árabes, logrando convertir la ignorancia, los temores y los prejuicios del pueblo estadounidense en los principales soportes de su Acta Patriótica y de su doctrina de guerra preventiva, contando para ello con el apoyo incondicional de las grandes cadenas informativas conectadas a nivel mundial, de forma tal que solo se cuenta con una información sesgada, totalmente favorable a lo que dicta Washington, desconociéndose su contraparte.

 

            Para muchos, resulta inverosímil la realidad y la perversidad política del imperialismo yanqui, aunque se observen y se sientan sus efectos en muchas latitudes del planeta. Esto le ha permitido a la CIA y a otros organismos de seguridad estadounidenses el diseño y la   implementación de programas desestabilización e injerencia encubiertas en algunas naciones, sin que se pueda culpar de ello a su gobierno, aunque se descubran sus conexiones y financiamiento de partidos políticos y ONG`s a través de la National Endowment for Democracy (NED), como ocurre en Venezuela. De este modo, en palabras de Thierry Meyssan,  “la no violencia, que se admite como buena en sí misma y se asimila a la democracia, da un aspecto presentable a acciones secretas intrínsecamente antidemocráticas”. Esto, acompañado de una campaña masiva de desinformación, de captación de “disidentes” y de  reconocimiento oficial de personeros de oposición, en medio de amenazas veladas, y no tan veladas, de intervención militar, sea por propia mano o por intermediarios como Colombia. Es así que todo ello se hace con la más absoluta impunidad y con la complicidad ingenua de quienes niegan la realidad y la perversidad política del imperialismo, un vocablo aparentemente desfasado, perteneciente a los círculos marxistas-leninistas. Sin embargo, es necesario desenmascararlo, ya que -tal como lo advierte Petras- “el nuevo imperialismo no sólo esclaviza los cuerpos de sus súbditos sino que, además, trata de inculcar servilismo en sus mentes. La nueva barbarie imperial lo impregna todo de tal manera que necesita estarse negando a cada momento, ser racionalizada y justificada”. Frente al mismo, no resta sino oponerle, de forma consciente, la resistencia cultural e histórica de los pueblos que pugnan por liberarse del yugo imperialista al cual se les quiere uncir. Es más ardua, pero es el arma disponible más eficaz.-          

                          

EL PARASITISMO BURÓCRATA Y LA REVOLUCIÓN POSIBLE

EL PARASITISMO BURÓCRATA Y LA REVOLUCIÓN POSIBLE

            Desde siempre, todo burócrata es mirado con recelo por el pueblo, al cual -por obligación de sus funciones públicas- debe servir; sin embargo, imbuido de una arrogancia que le hace olvidar sus mismos orígenes, invierte los papeles y le hace sentir al ciudadano común que es un afortunado al recibir su atención, como si fuera Dios concediendo milagros a la sufrida humanidad. Si a ello aunamos la vieja práctica de la corrupción administrativa (cobro ilegal de comisiones o tráfico de influencias) tendremos suficientes razones para entender el por qué de ese recelo popular, expresado de manera despectiva.

 

            Mao Tse-Tung distinguía distintos tipos de burocracia: la burocracia autoritaria, presuntuosa, integrada por “personas de `sí, señor´ para sus superiores y de tratos déspotas con sus `inferiores´, no tratan a la gente igualitariamente; la burocracia sin honra, la cual le atribuye sus errores a los demás y miente a quienes están por encima de ella y se burla de quienes están más abajo; le sigue la burocracia oportunista y egoísta, abocada a la satisfacción de intereses particulares con los recursos públicos y a la conformación de grupos o pandillas institucionalizadas; la burocracia que lucha por el poder y el dinero, por su parte, busca escalar en la jerarquía del Partido y presta gran atención a los salarios, se “porta agradablemente con sus camaradas si llega la ocasión, pero no se ocupa en absoluta de las masas”; la burocracia perezosa, afanada en hacer solo lo mínimo necesario y en dejar los asuntos a un lado; y, finalmente, la burocracia del formalismo, conformada por aquellos que “preparan muchas tablas y gráficos, comunicaciones; las reuniones son numerosas y de ellas nada sale, no se mueve sin una comunicación que lo diga, no tiene iniciativa ni valor”. Aunque es de reconocerse que todas pudieran engendrarse simultáneamente, con características comunes de uno y otro tipo, siendo las más recurrentes la lentitud, el exceso de trámites y la poca disposición a la toma de decisiones oportunas, lo que bien vale en cualquier Estado, sea éste reformista tradicional o revolucionario. La actitud siempre es la misma.

 

            Para el Che Guevara, “el burocratismo es la cadena del tipo de funcionario que quiere resolver de cualquier manera sus problemas, chocando una y otra vez contra el orden establecido, sin dar con la solución. Es frecuente observar cómo la única salida encontrada por un buen número de funcionarios es el solicitar más personal para realizar un tarea, cuya fácil solución sólo exige un poco de lógica, creando nuevas causas para el papeleo innecesario”. Con semejante traba, se haría muy difícil emprender exitosamente “la construcción profunda, lenta, estructural de un Estado democrático, de Derecho y de justicia, en palabras de Juan Carlos Monedero. Pero no es solo en este contexto que pudiéramos ubicar al burocratismo. También se halla en los partidos políticos, empresas y sindicatos. “Trasladados al partido revolucionario, los métodos burocráticos de dirección y gestión representan la sustitución del pueblo dentro y fuera del partido por cúpulas que deciden en su nombre. El estilo burocrático, en ese sentido, es la negación de la democracia o su desnaturalización. Allí donde se instala el burocratismo, el partido revolucionario pierde vivacidad, se instaura la rutina, el partido se distancia de las masas y se hace sectario”, a decir de Francisco Javier Velazco.

 

            De ahí que el burocratismo sea uno de los principales elementos a vencer y a erradicar en cualquier proceso revolucionario auténtico, ya que es absolutamente contrario a la iniciativa, la participación, el protagonismo y la creatividad que deben acompañar siempre el accionar revolucionario de las masas; de lo contario, solo se acentuará el estilo de gestión individualista, cargado de memorandos y medidas puramente administrativas que no conducen a nada y subestiman la capacidad creadora, revolucionaria y democrática del pueblo. Por ello, siguiendo lo afirmado por el Che, se debe “desarrollar con empeño un trabajo político para liquidar las faltas de motivaciones internas, es decir, la falta de claridad política, que se traduce en una falta de ejecutividad. Los caminos son: la educación continuada mediante la explicación concreta de las tareas, mediante la inculcación del interés a los empleados administrativos por su trabajo concreto, mediante el trabajo de los trabajadores de vanguardia, por una parte, y las medidas drásticas de eliminar al parásito, ya sea el que se esconde en su actitud una enemistad profunda hacia la sociedad socialista o al que está irremediablemente reñido con el trabajo”. Bajo tales premisas, pudiera erradicarse el parasitismo burócrata, así como el abandono de responsabilidades de los ciudadanos, y hacer la revolución posible.-         

TERRORISMO MADE IN USA

TERRORISMO MADE IN USA

“Hay que acabar con los terroristas. Enviemos tropas a la Casa Blanca”. Noam Chomsky, filósofo norteamericano.


Con Ronald Reagan de presidente, el imperialismo yanqui inició una etapa aún más agresiva y militarista en su empeño por lograr la hegemonía mundial frente a su rival de entonces, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Durante ésta, la administración Reagan-Bush (padre) financió grupos nacionales ultraderechistas, llegando – incluso - a entrenar y a suministrarle armas a quienes, como los “contras” en Nicaragua, trataban de derrocar a los gobiernos que no comulgaban con los intereses de Washington y que podrían orbitar alrededor de los soviéticos.

Durante esta etapa, la Casa Blanca intervino en la isla caribeña de Grenada y en El Salvador, donde apoyaron abiertamente a los grupos ultraderechistas que enfrentaban a los de izquierda, con la intención de contener a los sandinistas de Nicaragua; sin atender a los reclamos internacionales y precipitando una escalada armamentista en la región centroamericana, de la cual no fue ajena Venezuela al vendérsele una flota de aviones F-16 solicitados por el gobierno del Presidente Luis Herrera Campíns, al manejarse una hipotética guerra con Cuba. Todo esto dentro de su esquema de confrontación con ese otro bloque de poder imperialista que lo representó la Unión Soviética. Bajo tal argumento, la CIA y el Pentágono armaron ejércitos a Osama Bin Laden en Afganistán y a Saddam Hussein, al entrar Irak en guerra contra Irán durante diez largos años.

Desaparecida la URSS, alguna gente creyó ingenuamente que el mundo unipolar heredado de la Guerra Fría podría ahora sumergirse en una era de paz, desarrollo y convivencia feliz bajo el patrocinio capitalista. Los hechos posteriores, caracterizados por una feroz acometida del neoliberalismo económico fomentado por las corporaciones trasnacionales “made in USA” y un resurgir de luchas nacionalistas y populares, evidenciaron las graves dicotomías existentes. Es cuando surge en el Pentágono la fórmula de la guerra preventiva, con la cual Estados Unidos podría atacar y suprimir la amenaza potencial de algún gobierno o movimiento enemigo. Sin embargo, esta tesis guerrerista, surgida a finales de la administración de Bill Clinton, no parecía disponer de mucho asidero en la política imperialista norteamericana hasta que ocurrieron los muy oportunos ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York.

Hoy vemos cómo la administración imperialista y arrogante de Bush invade territorios en Asia, África y Europa, buscando consolidar su posición geopolítica hegemónica e ignorando adrede la opinión de sus mismos ciudadanos, el Derecho y las organizaciones internacionales. Intenta prever la situación de emergencia que la nación norteña sufrirá en los próximos decenios cuando comiencen a agotárseles los recursos estratégicos y tenga que competir con el poderío económico de Europa unida y con las naciones asiáticas, con China a la cabeza. De ahí que su mirada se pose, nuevamente, sobre lo que siempre consideró su patio trasero: América Latina. Sólo que confronta una realidad imprevista y bastante incómoda con el proceso revolucionario bolivariano que tiene como escenario a Venezuela, de ahí que no haya escatimado recursos y esfuerzos por ver derrocado al Presidente Hugo Chávez, estimulando acciones terroristas de parte de la oposición interna, como el golpe de Estado del 11 de abril de 2001, y amenazando, de paso, recurrentemente, con desatar una intervención armada directa en este país. Todo con la finalidad de que el mal ejemplo venezolano no se extienda por toda la ancha geografía americana y caribeña, acuñando la necesidad de “preservar la libertad democrática” y evitar el totalitarismo “castro-comunista” que Chávez extendería.

Por ello no extraña que el terrorismo que tanto preocupa a Estados Unidos y que le ha llevado a establecer bases y planes militares en todas las regiones del mundo, especialmente en nuestra América, tenga un tinte particularmente norteamericano, es decir, que es alimentado por las mismas apetencias de control económico y dominio territorial de los mismos Estados Unidos. Frente a tal realidad, cuaja con mucha vigencia lo dicho por el Che Guevara de “crear uno, dos, tres… muchos Vietnam” como una manera de combatir efectivamente el poderío imperialista norteamericano y lograr la emancipación total de nuestros pueblos explotados.-

SE BUSCAN REVOLUCIONARIOS (AS)

SE BUSCAN REVOLUCIONARIOS (AS)

            A dieciséis años de producirse la insurrección cívico-militar del 4 de febrero que comandara Hugo Chávez y ante la nueva encrucijada que se le presenta al proceso revolucionario bolivariano a fin de demostrar la viabilidad, eficacia, justicia y conveniencia de sus propuestas fundamentales, es preciso que en su seno se articulen esfuerzos teórico-prácticos tendentes a lograr su consolidación definitiva, en especial, en lo referente a la definición y la implementación del socialismo del siglo XXI. Esto ha sido una constante a lo largo de estos últimos años, a tal grado que ello ha incidido -de una u otra manera- para que existan aún las deficiencias administrativas a nivel de las diferentes instancias del Estado, el sectarismo exhibido por las organizaciones partidistas y la frustración que digieren de mala gana los sectores populares al organizarse y echar a andar los lineamientos estratégicos anunciados por el Presidente Chávez. De hecho, el comportamiento de la nueva clase política es, quizás, el factor de mayor influencia para que persista esta situación, puesto que el mismo es expresión de la cultura política reformista heredada de los partidos políticos tradicionales que gobernaron al país desde 1959 hasta 1998, año en que resultara electo Chávez, así como también de la escasa o nula formación teórica existente en lo que respecta al socialismo, dado el antiizquierdismo o anticomunismo inculcado durante el mismo período entre una vasta porción de la población venezolana.            

Si a lo anterior unimos la tradición de exclusión, sectarismo, atomización y dependencia ideológica que llegó a caracterizar por décadas a lo que se denominó como izquierda en Venezuela (entendiendo como tal a las organizaciones que se adherían al socialismo basado en las enseñanzas de Marx, Engels y Lenin), lo cual determinó también que se produjera un dilatado reflujo de las luchas populares, se tendrá un cuadro de cosas que conspira contra la vigencia y la profundización del proyecto bolivariano. Justamente en este aspecto se percibe en  quienes provienen de algunas de estas organizaciones un déficit a la hora de contribuir a definir teóricamente al proceso revolucionario actual, contentándose algunos con ser leales a Chávez, pero sin asumir el rol crítico y autocrítico que pudieran ejercer en algún momento ante cualquier desviación detectada, cuestión que entra en contradicción con su condición de revolucionarios. Por ello mismo, se hace necesario acelerar y sostener, de algún modo, la preparación de cuadros revolucionarios que estén dedicados a desarrollar nuevas estructuras organizativas y nuevos paradigmas que ayuden a generar y a afianzar la revolución socialista bolivariana en Venezuela.            

Esto supondrá desligarse, en cierto modo, del poder constituido y construir sin ambages ni tutelajes oficiales el poder popular que tanto se proclama, pero que es torpedeado y distorsionado desde los diferentes niveles que constituyen el Estado por burócratas de toda laya, aún por aquellos que ponen a la vista de todos su identificación con la revolución mediante alguna imagen del Che Guevara, ignorando acaso su combate tenaz contra el burocratismo en los años iniciales de la revolución cubana. Para esta importante tarea, los revolucionarios tendrían que promover la autogestión, la independencia política, la formación teórica (sin eludir el debate) y el poder constituyente de los sectores populares con lo cual se avanzaría en la consecución del cambio estructural, el bien común y, por supuesto, de una democracia más directa e identificada con sus expectativas no satisfechas. En consecuencia, los revolucionarios tendrían que diferenciarse absolutamente de los reformistas que sólo aspiran usufructuar el poder, sin pretender variar en lo más mínimo las relaciones habituales entre gobernantes y gobernados, a favor de quienes ejercen intransferiblemente la soberanía.           

De ahí que sea ineludible la convocatoria a todos los revolucionarios a crear las condiciones objetivas y subjetivas que allanarían el camino de la revolución socialista en contraposición al reformismo que ya estaría copando en Venezuela todos los escenarios políticos, económicos, culturales y sociales, impidiendo así que esto sea posible, a pesar del decidido respaldo de las amplias mayorías populares. Es decir, se buscan revolucionarios y revolucionarias cuyo máximo interés esté centrado en la transferencia del poder al pueblo y no en su interés personal, sin que se malentienda por esto que los mismos estarían sometidos a un ascetismo anacrónico y, menos, a un estado de gracia fanático, como fueran dibujados por la gente conservadora en todos los tiempos, incluyendo el nuestro.-

SIN CAMBIO ESTRUCTURAL NO HAY REVOLUCIÓN SOCIALISTA POSIBLE

SIN CAMBIO ESTRUCTURAL NO HAY REVOLUCIÓN SOCIALISTA POSIBLE

            Al mantenerse incólumes las estructuras y mecanismos del viejo modelo de Estado representativo en Venezuela, la revolución seguirá siendo un anhelo frustrante al creerse que nada podría cambiar más allá de los cambios políticos, sociales y económicos producidos hasta ahora, limitados a las iniciativas adoptadas al respecto por el Presidente Chávez. Quizás se alegue en descargo que el proceso revolucionario venezolano es pacífico, producto de la vocación democrática del pueblo, y, por lo tanto, debe evolucionar de modo gradual. Sin embargo, las expectativas populares parecen rebasar esta apreciación, aunque se adolezca de una conciencia plenamente revolucionaria, surgida de unos conocimientos conscientemente adquiridos. Cuestión ésta que constituye el punto más débil de todo el proceso bolivariano y sobre el cual poco se ha hecho, a excepción del empeño puesto por William Izarra y de otros destacados revolucionarios de todo el país de promover una instancia generadora de teorías revolucionarias harto necesarias, cumpliendo con tres objetivos primordiales, como lo son la difusión, la formación y la investigación que debiera comprender la misma, de manera que los adherentes al proyecto revolucionario aseguren el cambio estructural, el bien común y la democracia directa en todo momento, a pesar de todos los obstáculos culturales que persisten todavía.            

 Por lo mismo, se hace imperativo que los mismos sectores sociales revolucionarios comiencen a apropiarse de los distintos espacios donde puedan poner en práctica estas últimas ideas, de forma que el cambio estructural inherente al proceso revolucionario, basado en el ideario socialista del siglo 21, tenga una base de sustentación popular más real y efectiva que la generada desde el poder constituido. Esto tendrá que avivarse necesariamente desde abajo, venciendo la pertinaz acción reformista, la desconfianza y cierto menosprecio exhibidos por algunos dirigentes del chavismo que obstruyen (a veces de modo deliberado y otras de modo irreflexivo) la capacidad política y creadora del pueblo respecto al rol de sujeto revolucionario que le compete ejercer y cuya existencia se explica por el vacío teórico y el pragmatismo que se impuso desde posiciones de poder, amparándose en el liderazgo y la  imagen de Chávez. Esto expone la necesidad forzosa de una confrontación ideológica, tanto a lo interno como a lo externo del proceso bolivariano, facilitándose así que la lucha, el compromiso, la convicción, la disciplina y la organización de los sectores revolucionarios y progresistas se conviertan en murallas infranqueables ante los embates reiterados de la contrarrevolución, teniendo como consecuencia visible la superación de la transición en que se halla sumido este proceso; lo que implicará asumir frontalmente la alternativa del socialismo, sin que haya lugar a dudas o retrocesos. Esto contribuiría en mucho a reforzar la gestión de gobierno, principalmente en lo atinente al mejoramiento de las condiciones socioeconómicas de la población, con la participación y el protagonismo populares como una condición primaria insoslayable -cambio estructural de por medio- para hacer verdaderamente la revolución integral que se promueve en esta nación bolivariana.   

           La encrucijada crítica que se le presenta al proceso revolucionario venezolano debe generar en el mismo la adopción de medidas más radicales y evitar la conciliación que promueven, incluso, algunos de sus connotados dirigentes, convencidos de su eficacia para contrarrestar los constantes ataques opositores, pero acompañadas de la resolución de los diversos movimientos políticos y sociales que lo acompañan para redefinir los rumbos a transitar para la conquista del socialismo y el cambio estructural. Esto requiere de un efectivo debate democrático, crítico y autocrítico, que se extienda desde el mismo Presidente Chávez hasta el más humilde de sus seguidores, capaz de estimular una acción revolucionaria sostenida de ruptura de paradigmas y creación de otros que estén más en sintonía con lo que significa el socialismo del siglo 21. 

            Sin cambio estructural no hay revolución socialista posible, al igual que sin una ideología revolucionaria, como lo dijera Lenin, para escarnio de los reformistas que se exasperan de oírlo o leerlo. El viejo Estado burgués, lo mismo que la cultura dominante y las relaciones sociales, de poder y de producción, tienen que erradicarse definitivamente en función de consolidar la revolución socialista que se pretende. Esto supone darle plena cabida a los poderes creadores del pueblo que glosara el poeta venezolano Aquiles Nazoa, manifestándose mediante una conciencia revolucionaria indudable y un poder constituyente en permanente movimiento.-   

EL SOCIALISMO INEVITABLE O EL REENCUENTRO CON LA UTOPÍA

EL SOCIALISMO INEVITABLE O EL REENCUENTRO CON LA UTOPÍA

 

            Cuando Hugo Chávez propuso a los venezolanos la creación heroica de lo que denominó “un nuevo tipo de socialismo, un socialismo humano que pone a los seres humanos y no al Estado en primer lugar”, no pocos de sus seguidores (incluyendo a quienes ocupan cargos de gobierno) se sintieron alarmados por el rumbo que adoptaría en lo adelante el proceso revolucionario bolivariano. En el subconsciente de muchos (no solo opositores) se activó la propaganda antiizquierdista inculcada desde hace más de un siglo, según la cual el socialismo simboliza una ideología castradora de los más elementales derechos humanos y un totalitarismo atroz que convierte a las personas en autómatas o esclavos, aparte de ser un fracaso histórico a propósito de la implosión sufrida por la extinta Unión Soviética y sus aliados del Este europeo.

 

Esta propuesta, por supuesto, generó también la necesidad de ubicar al socialismo en el contexto de las nuevas realidades que vive el planeta en el siglo 21 y, en especial, en Venezuela y nuestra América, sin que ello denote calcar dogmas ni experiencias alejadas de su esencia emancipadora. En algunos casos, esto supuso una revisión de los aportes teóricos hechos por los precursores del socialismo a escala mundial, lo que -en sentido contrario- niegan otros al alegar que se trata de un socialismo nuevo y, por consiguiente, ajeno a las experiencias socialistas habidas en otras latitudes. Esto no constituye obstáculo alguno, sin embargo, para que muchos venezolanos se hayan identificado con los ideales socialistas, aunque no dispongan de un conocimiento claro al respecto que les facilite explicarlo e implementarlo. Quizás uno de los errores recurrentes que ha contribuido a enmarcar al socialismo sobre supuestos del pasado es el hecho innegable de obviar y no profundizar el estudio sistemático y la deslegitimación raigal del capitalismo y de las estructuras que lo sostienen desde hace más de quinientos años; de ahí deriva la convicción en algunos de establecer un sistema mixto, combinando elementos capitalistas y socialistas, constituyendo un híbrido ahistórico y contradictorio. Posiblemente también influya en ello el creer que el socialismo es una visión idealista estática, negándose su carácter histórico evolutivo y dinámico, con lo cual tendrían razón sus más encarnizados detractores capitalistas.

 

Por ello mismo, el socialismo requiere verse bajo una nueva óptica, extrayendo en lo posible los elementos positivos de las experiencias surgidas en su nombre, de modo que sea reimpulsado en los nuevos tiempos como un modelo de sociedad deseable y posible, en pro de la emancipación integral de la humanidad y en completa armonía con el entorno natural que le rodea y sustenta. Pero esto entraña hacer acopio de una audacia creativa al plantearse la total sustitución de la actual sociedad capitalista por una más cercana a las esperanzas humanas; al mismo tiempo que afirmar y preguntarnos, en coincidencia con David Schweickart, que “el socialismo puede ¨funcionar¨. La cuestión importante es, ¿hasta qué puede funcionar bien? Específicamente, ¿puede el socialismo funcionar mejor que el capitalismo?” (Democracia Económica: Propuesta para un socialismo eficaz). Para resolver los dilemas inherentes al socialismo, habría que atreverse a ensayarlo, evaluándolo, corrigiéndolo y consolidándolo a medida que se haga práctica diaria en cualquiera de las esferas de la vida en sociedad y no esperar a que estén colmadas las condiciones históricas que lo permitan, acercándonos sin pudor ni recelo a la Utopía, cosa que representaría más bien un reencuentro con la Utopía. Y esto es, precisamente, lo que nutriría este socialismo para el siglo 21 cuando la humanidad se ve en una coyuntura trascendental al entrar en crisis casi terminal la tesis “victoriosa” del pensamiento único y neoliberal y, con ella, de la racionalidad capitalista imperante, lo que se ha traducido en una mayor degradación del medio ambiente y de la dignidad de las personas al estar centrado su único y principal interés en la obtención garantizada de grandes ganancias económicas.

          Hay que creer sin fanatismo alguno que el socialismo es algo inevitable. El mismo impulso hegemónico del capitalismo en su búsqueda de mercados y sus niveles de eficiencia y competitividad lo  harán posible, dado que llegará un momento en que ya no podrá extenderse por más tiempo, aunque no sea un hecho simultáneo en todo el planeta, tal como fue su génesis. Esto se ve en el esfuerzo de algunos de sus propulsores por amortiguar la carga de rechazo de parte de los pueblos del mundo, sobre todo, de aquellos que se incluyen en el llamado Tercer Mundo. En este caso, la sociedad postcapitalista tendría que ser, necesariamente, socialista, tal como la Edad Media dio paso a la Edad Moderna. Pero, para ello, será pieza primordial ampliar los horizontes de la democracia, haciéndola participativa y protagónica, como se ha planteado ya en Venezuela y otras naciones sudamericanas. Sin ella, sería un absurdo hablar de socialismo.-              

 

ISRAEL Y EL ANTISEMITISMO COMO EXCUSA

ISRAEL Y EL ANTISEMITISMO COMO EXCUSA

La Declaración Balfour vino a constituir una realidad impuesta a los pueblos del Medio Oriente, basada más en un deseo por complacer a los judíos (o, supuestamente judíos, dada la dificultad histórica de establecer su verdadero origen judío, tras el genocidio cometido por las huestes romanas comandadas por Tito en el año 70 de la era común), quienes comenzaron a darle forma a las ideas nacionalistas expuestas por Theodore Herzl en su pretensión de crear el Estado judío en tierras de Palestina. En un primer momento, la declaración del gobierno inglés estuvo dirigida a obtener de los poderosos empresarios judíos su oportuna contribución financiera al esfuerzo bélico durante la Primera Guerra Mundial. Con ello en mente, nació el imperativo moral de las potencias aliadas de concretar la vieja aspiración de la Organización Mundial Sionista, reunida en 1897, de “readquirir” las tierras bíblicas que pertenecieran a sus antepasados, aun cuando habrían pasado unos dos mil años de una ausencia bastante notoria y documentada, por cierto.

            En la carta dirigida por Arthur James Balfour, Secretario de Relaciones Exteriores del imperio británico, el 2 de noviembre de 1917 a Lord Edmond James Rothschild, a la sazón presidente de la Federación Sionista de Gran Bretaña, se enunciaba que quedaba “claramente entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no-judías existentes en Palestina, o los derechos y status político de que gozan los judíos en cualquier otro país”, representando desde entonces el soporte legalizado con que se le dio nacimiento al actual Estado de Israel, no obstante ser la población judía apenas un 9% en un territorio de un 3,5 % de Palestina. Sin embargo, otros antecedentes, de muchos años atrás, dan cuenta del empeño de ciertos milenaristas que, creyendo adelantar las condiciones bíblicas acerca del fin de los tiempos profetizado en el libro de Apocalipsis (como ahora con George W. Bush y sus inmediatos colaboradores de la Casa Blanca ), vieron la conveniencia de facilitar el retorno de los judíos a la tierra prometida. Una cuestión que fue repitiéndose con cierta regularidad, al igual que los progroms o persecuciones y deportaciones de judíos ordenadas por los diferentes gobiernos europeos, ligándose en ella elementos religiosos y otros de abierta utilidad política, bajo la convicción de ser los judíos un pueblo sin país para un país (Palestina) sin pueblo. Entre éstos, se cuenta el Memorando Blackstone, en el cual se le propone en 1891 al Presidente de Estados Unidos convoque una conferencia internacional donde se aborde la restauración de Palestina al “pueblo elegido de Dios”, siendo base del patrocinio estadounidense a tal idea desde esa época. Estos factores -unidos al escandaloso genocidio del cual fueran víctimas algunos miles de judíos a manos de las hordas hitlerianas (sin ser ellos sus únicas víctimas)- facilitaron que éstos pudieran establecerse como colonos en aquellas tierras, generando desde entonces una situación de violencia permanente, donde la población árabe ha sido víctima constante del terrorismo sionista.

      

            Esta situación de violencia permanente, donde un pueblo es atropellado vil e impunemente, sin que haya una acción decidida de la comunidad internacional para impedirlo, tiene el claro propósito de desalojar definitivamente a quienes vivieron secularmente en estas tierras, en este caso, a los palestinos, haciendo gala de un nacionalismo fascista innegable de parte de quienes dirigen el Estado de Israel. Las denuncias y advertencias vertidas al respecto han motivado como respuesta la acusación de antisemitismo, lo cual les ha servido como excusa a los sionistas (no los judíos o hebreos, como se quiere hacer creer) y como chantaje emocional al rememorar lo del Holocausto, restándole a los árabes su condición de pueblo semita que les corresponde por ser descendientes del patriarca Abraham, resultando que la mayoría de los judíos asentados en Palestina proviene de Europa. Esta línea de conducta la marcó el mismo Herzl al decir que era esencial que los sufrimientos de los judíos empeorasen, induciendo el antisemitismo. “El antisemitismo -diría- nos ayudará a fortalecer la persecución y opresión de los judíos. El antisemitismo será nuestro mayor apoyo”. A ello se uniría la decisión de expulsar a los pobladores seculares de Palestina, expuesta por David Ben Gurión en mayo de 1948: “Debemos utilizar el terror, el asesinato, la intimidación, la confiscación de tierras y el corte de todos los servicios sociales para deshacernos de la población árabe de Galilea”. Otro tanto afirmaría Golda Meir, para quien la cosa parecía más simple: “No es que había un pueblo palestino en Palestina, que se consideraba como pueblo palestino, y entonces llegamos nosotros y los expulsamos y les quitamos su país. Ellos no existen”. Así que el sionismo es nada más y nada menos que un nacionalismo racista, deleznable y condenable desde todo punto de vista, como lo determinara una de las resoluciones de la ONU ; un antisemitismo aplicado, precisamente, contra los pueblos semitas originarios, esto es, los árabes de Medio Oriente.

            En la actualidad, este mismo antisemitismo se utiliza para reforzar la política expansionista israelita, secundada por Washington, logrando -incluso- que se juzgue a árabes y musulmanes como equivalentes de terroristas, aprovechando el control de los medios industriales de información que sesgan todo lo referente a la grave situación de violación sistemática de los derechos humanos de los palestinos al defender las tierras de sus ancestros. Esto también vale para descalificar el apoyo a los árabes reprimidos a diario por los soldados sionistas, sin importar si en la misma mueren niños y adultos desarmados; lo cual sería respaldar, en consecuencia, al terrorismo, argumento muy de moda que pretende ignorar, a su vez, el terrorismo de Estado también implementado por Estados Unidos y sus socios europeos.-