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LA FALSA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO INTERNACIONAL

LA FALSA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO INTERNACIONAL

         Es casi unánime la percepción y el convencimiento a escala mundial respecto a que todo el accionar antiterrorista del gobierno de Estados Unidos después de los sospechosos atentados contra las Torres gemelas de Nueva York en 2001 (muy apegado, por cierto,  a la política seguida por el Estado de Israel en su ambición expansionista a costa de las fronteras de los países que lo circundan en el Medio Oriente) es falso, representando una doble moral con la cual acreditar la visión del mundo contemporáneo en una sola dirección: aquella que redunde en grandes ganancias y control directo de fuentes energéticas por parte de las  corporaciones transnacionales vinculadas, precisamente, con muchos de los altos funcionarios de Washington. A esto habría agregar la actitud cínica adoptada en relación con el terrorista anticastrista Luís Posada Carriles a quien se le ha brindado apoyo, a pesar de las pruebas irrefutables exhibidas, incluyendo su propia confesión al admitir su participación en el atentado a un avión cubano que le costó la vida a un grupo de atletas en 1976; a pesar de ello, las autoridades gringas se han valido de algunos tecnicismos legales para eludir las solicitudes interpuestas, por separado, por Cuba y Venezuela. 

           Asimismo,  hay que mencionar el caso de los Cinco Héroes Cubanos a quienes se ha sometido a un régimen de reclusión vejatorio y discriminatorio en cárceles de Estados Unidos, sin existir pruebas concluyentes que los señalen como culpables de perpetrar o planificar hechos terroristas en dicha nación, manteniéndolos en un estado de indefensión y de aislamiento total, sin permitirles siquiera una visita de sus familiares más cercanos. Mientras tanto, aceptan, justifican, silencian y respaldan todos los planes terroristas de los grupos opositores al gobierno cubano, radicados mayormente en la península de la Florida, convirtiendo en política de Estado el odio anticomunista y contrarrevolucionario fermentado por tales grupos desde hace décadas, acentuando aún más las restricciones impuestas por el bloqueo económico a la Isla en la esperanza de que -algún día- se restituirá el status quo anterior a 1959, cuando triunfara la revolución con Fidel al frente.           

          Pero, las cosas no se limitan a estos extremos, como se puede constatar con las agresiones militares a los pueblos inermes de Afganistán e Irak, alegando -sin evidencias- que en ambos países se fomentaba y se cobijaba al terrorismo internacional, en una desproporción desmesurada, sangrienta e ilegal, violatorias del Derecho Internacional, la Convención de Ginebra y de las jurisprudencias del Tribunal Internacional de La Haya, lo mismo que la Carta fundacional de la ONU; de modo que el terrorismo adjudicado a otros termina por atribuírseles a quienes presuntamente están enzarzados en una guerra unilateral mundial contra el mismo, investidos de una autoridad divina que nadie les otorgó. Todo ello acompañado de un silencio cómplice y de una manipulación informativa generados desde Estados Unidos por las grandes corporaciones de noticias, los cuales se extienden sin chistar a todos los continentes, uniformando así la opinión que podría tenerse al respecto. Como siempre, en toda esta situación generalizada de falsa guerra contra el terrorismo, el principal actor es el imperialismo gringo y su frenético afán de dominación planetaria, al querer aprovecharse de la inexistencia -al implosionar la URSS- de un contrapoder en igualdad de condiciones. Esta es la imposición brutal de un nuevo orden mundial (el nuevo siglo estadounidense) que subordina los intereses y las soberanías de los pueblos en un remedo magnificado de lo hecho desde 1948 por el Estado de Israel en Medio Oriente, prefigurando de este modo un fascismo planetario, negador de los principios democráticos más elementales, como ocurre con quienes tuvieron la mala suerte de ser prisioneros de las tropas invasoras estadounidenses en Afganistán e Irak y ahora se encuentran en un limbo jurídico en la base naval de Guantánamo.           

          Con semejantes antecedentes (verificables en cualquier momento, sin incluir el abultado expediente del intervencionismo constante y diversificado en nuestra América casi desde el momento mismo de la Independencia) hay que develar las aviesas intenciones escondidas tras esta falsa guerra contra el terrorismo emprendida por el imperialismo yanqui, de manera que la defensa legítima de la autodeterminación de los pueblos se mantenga por encima de cualquier otra consideración, estimulando un mundo multipolar y seguro para todos.-    

 

VENEZUELA: UNA REVOLUCIÓN SIN CALCO NI COPIA

VENEZUELA: UNA REVOLUCIÓN SIN CALCO NI COPIA

         Cimentada en los iconos revolucionarios de Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora (sin descartar los aportes de otros insignes luchadores de la humanidad), la revolución bolivariana ha revitalizado, de uno u otro modo, la propuesta del socialismo a escala mundial, partiendo de hechos concretos y de realidades particulares, lo cual ha supuesto no únicamente la revisión de los postulados socialistas que fueron creándose y añadiéndose con el tiempo -en el plano teórico- sino respecto a las experiencias registradas por la historia. Sin embargo, sin resultar extremistas en la negación, como algunos lo pretenden, el proceso bolivariano se ha ido nutriendo con la práctica revolucionaria del pueblo venezolano antes que con la teoría que pudiera desarrollarse al calor de sus luchas, cuestión que plantea la ruptura de no pocos paradigmas.

            Esta realidad única, apenas comparable en alguna medida a la evolución seguida por la Cuba revolucionaria durante la fase embrionaria del socialismo, ha estado signada por la figura e influencia de Hugo Chávez en su papel de máximo conductor del proceso bolivariano, quedando en sus manos la iniciativa de los logros revolucionarios y secundado sin mucha convicción ni entusiasmo por quienes accedieron al poder asidos de su liderazgo, pero que temen ser desplazados por el ímpetu socialista de las masas. Esto revela una paradoja, por los momentos, inadvertida o ignorada a propósito que podría desembocar en un abierto choque de intereses, a medida que el pueblo vaya elevando su nivel de conciencia y se proponga decididamente la conquista del poder y el cambio estructural que ello conlleva. Esto, si antes la nueva clase política reacciona en contra e impone restricciones legales, cuestión que resultaría contradictoria cuando ya se ha establecido como fundamento principal del proceso revolucionario bolivariano al poder popular, ahora acompañado y fortalecido con el poder comunal.

            No obstante, cabe confiar en que el despertar de la conciencia popular, fortificada y ampliada por la comprensión y construcción del socialismo, hará que tal posibilidad sea desbaratada al nomás asomarse o presumirse. En este sentido, el proceso revolucionario ha dado muestras claras de fortaleza y de afinidad con la subjetividad del pueblo venezolano, con una tendencia a incrementarse cada día, lo cual desespera hasta el paroxismo a sus detractores y enemigos, quienes aún no aciertan a entender con suficiente objetividad lo que ocurre en el país que rigieron sin interrupción hasta 1998. De ahí que la revolución venezolana -sin constituir todavía un modelo acabado de revolución socialista- posee perfiles propios. Los mismos le abren al pueblo oportunidades en todos los ámbitos del quehacer humano, algunas de las cuales ya comienzan a nutrir lo que sería el proyecto socialista bolivariano, superando las etapas previas de tanteos y acciones de inclusión y de justicia social, como las Misiones, éstas reconocidas incluso como beneficiosas por la oposición antichavista, para ser aprehendidas como propias por los diversos sectores populares del país.

            Sin embargo, el proceso revolucionario bolivariano no se ha limitado a tratar de saldar la histórica y siempre pendiente deuda social, sino que se ha trazado como meta la emancipación integral de los venezolanos y venezolanas, produciendo al mismo tiempo la superación de la democracia representativa tradicional y la erección, en su lugar, de una democracia donde los roles de protagonismo y participación le corresponden al pueblo; todo lo cual implica una audaz y nueva definición del ejercicio democrático. Tales elementos convierten a la revolución bolivariana -de manera innegable- en una revolución sui generis, con rasgos muy particulares, pero inscritos, a su vez, en la corriente del tiempo y las múltiples realidades que nos ha correspondido en suerte vivir en la búsqueda y disfrute de la libertad de todas los seres humanos y, por consiguiente, de todos los pueblos de nuestro planeta

FRANCISCO DE MIRANDA, UN QUIJOTE SIN LOCURA

FRANCISCO DE MIRANDA, UN QUIJOTE SIN LOCURA

A Francisco de Miranda se le reconoce  el mérito de haber participado -armas en mano- en las tres grandes convulsiones revolucionarias ocurridas entre finales del siglo XVIII e inicios del XIX, a saber, la independencia de las Trece Colonias inglesas que dieron origen a Estados Unidos, la Revolución Francesa y la gesta independentista de la América del Sur. Sin embargo, esta particularidad heroica no es suficiente para que se conozca en profundidad su pensamiento político y su resolución inquebrantable de luchar por la libertad, impregnados de un espíritu republicano y de una cultura universal sin iguales, lo cual le mereciera el reconocimiento -entre burlón y sincero- de Napoleón Bonaparte al decir de él que era “un Quijote que no está loco”. Semejante desconocimiento apenas se resarce al atribuirle la condición honrosa de Precursor de la Independencia sudamericana y la creación del estandarte tricolor que identifica a Venezuela como nación soberana, cuestión que no contribuye mucho para comprender quien fue Francisco de Miranda, la dimensión de su obra y pensamiento y, en especial, el contexto contradictorio de la época que le tocó en suerte vivir y padecer.           

Su proyecto emancipador, por ejemplo, producto de años de lecturas de filósofos de la Ilustración, de sus observaciones personales, hechas en cada uno de sus viajes (seguido de cerca por la red de espionaje de la corona española, considerándolo un hombre peligroso en extremo para sus intereses de ultramar); además de las contactos directos y epistolares con algunos de los personajes de importancia de entonces, no es conocido en su justa dimensión, a pesar de abarcar la totalidad geográfica del imperio español en suelo americano. En lugar de ello, se ha impuesto el anecdotario de sus múltiples aventuras amorosas y su vinculación (puesta en duda) con la francmasonería, aparte de la designación un tanto afortunada de nuestra América como Colombia, antorcha que recogiera posteriormente Simón Bolívar al plantearse el proyecto de integración de las antiguas colonias españolas. Quizás en todo ello influyera el hecho de haber sido execrado, junto con su familia, de la excluyente sociedad de castas imperante en su Caracas natal y los cuarenta años de ausencia física a que se vio obligado debido, principalmente, a sus convicciones revolucionarias, cuestiones que pesarán mucho a la hora de iniciar el camino de la independencia venezolana y su defensa mediante las armas. En este sentido, Miranda ha sido víctima de cierta incomprensión histórica, cosa  que todavía se mantiene latente. Como lo refiere Carmen Bohórquez Morán, en su obra Francisco de Miranda, Precursor de las Independencias de la América Latina: “El drama de un precursor es el de ser un incomprendido: sus contemporáneos no entienden su mensaje. En cuanto a sus lejanos descendientes, estos terminan por olvidar al hombre cuyas ideas forman ya parte del patrimonio común”. Como Juan, el Bautista, eclipsado por el mensaje y la personalidad de Jesús, el Mesías, Miranda lo será en su momento por Bolívar, resultando que al primero se le cuentan sus fracasos mientras que al segundo sus victorias y, aún, sus sueños, heredados fundamentalmente del Precursor.

            Aún cuando se magnifique su figura como el primer criollo de dimensión histórica mundial, la valoración de su contribución al proceso de constitución de una identidad americana propiamente dicha ha sido soslayada en algunos casos. Siendo un ferviente y activo promotor de la unidad hispanoamericana, inspiró a no pocos prohombres del Continente a dar los pasos decisivos para producir la ruptura con el yugo ibérico. Para él, la emancipación de la América subyugada debía asumirse como una empresa común, sin los fraccionamientos regionalistas originados e impuestos por la administración colonial. Al  plantearse que Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos ayudaran con esta magna tarea lo hace sólo a cambio de algunas ventajas comerciales, pero nunca a cambio de un tutelaje imperial más moderno que el impuesto a la fuerza por los españoles. Por ello se ocupó por años a la elaboración de esbozos constitucionales para la extensa república continental que ya proyectaba, al igual que las estrategias militares que se implementarían en caso de agresión. Puede aseverarse que nadie antes que Miranda reconoció la necesidad de la independencia absoluta de estas tierras, sin localismos y con plena conciencia del motivo que asumió y marcó su existencia. Es el primero cuyo fundamento político está íntimamente relacionado con una identidad integracionista a nivel continental. Su vida y su plan general están inscritos en ello de un modo persistente, lo cual explica su participación en la Francia revolucionaria, antes del golpe de Estado de Napoleón, convencido de que allí hallaría la ayuda requerida, al igual que lo supuso de parte de la Zarina Catalina de Rusia y del Primer Ministro inglés Pitt.

        

            Para este Quijote sin locura, la independencia y la integración americana era una exigencia histórica a la cual debían sumarse entusiastas todos los americanos. Por ello su legado es interesante conocerlo de manera cabal, sobre todo en el presente cuando se asoman en el horizonte de nuestra América algunas realidades indefectiblemente ligados a su obra y esfuerzos libertadores.-  

EN NUESTRA AMÉRICA, LA LUCHA ES UNA SOLA

EN NUESTRA AMÉRICA, LA LUCHA ES UNA SOLA

 Sólo una práctica revolucionaria determina una conducta revolucionaria y ésta se deriva, básicamente, de los valores y de los conocimientos que delinean una conciencia social distinta a aquella que es aceptada tradicionalmente como normal en la sociedad, pero que responde a unos patrones de dominación imperceptibles. Nada diferente a ello podrá dar cuenta de la condición revolucionaria que exhiba alguna gente, aún la mejor intencionada,  creyendo que es suficiente afirmarlo, adoptando incluso cierta simbología, sin tocar fondo. Si no existe esta convicción, acrisolada en la lucha diaria por lograr una emancipación superior al logro de algunas conquistas parciales, será difícil que haya algo cercano a la revolución.

Esta es, justamente, la realidad que ha arropado y caracterizado comúnmente la historia latinoamericana y caribeña desde las gestas independentistas, signada principalmente por el reformismo, aunque algunos hechos acaben revestidos de revolución (sin serlo) gracias a los historiadores, manteniéndose las mismas estructuras de dominación y de dependencia coloniales, ahora con ribetes nuevos. Todo esto ha representado un flujo y reflujo en las luchas sostenidas por los pueblos de nuestra América por una democracia más real y menos discursiva, con sus momentos estelares y sus momentos de agonía, pero de modo decidido y tenaz, a tal grado que las mismas capas dominantes de la sociedad tienen que ceder para conservar sus privilegios mientras logran la reconquista del poder, mimetizando las victorias populares. Tal realidad ocurre, en parte, por la misma tradición histórica de las luchas populares de nuestra América al depender demasiado de líderes carismáticos, sin alcanzar un grado óptimo de organización y menos de madurez política e ideológica, con los cuales crear una situación revolucionaria única, autogestionaria y de auténtico contenido popular. En la actualidad, se ha extendido por todo el Continente una corriente común de luchas sociales, germinada a través del tiempo, que presagia un cambio radical en los órdenes político, económico y social, con masas movilizadas en demanda de sus más sentidas reivindicaciones, pero con los elementos adicionales del antiimperialismo, la antiglobalización y la defensa de los recursos naturales de cada nación, evidenciando con ello una postura diferente a la observada en décadas pasadas.

Frente a tal corriente, el imperialismo yanqui y sus asociados latinoamericanos se hallan desarmados. Ya no pueden recurrir a las mismas fórmulas represivas, intervencionistas y golpistas del pasado de manera descarada e impune, sin levantar un revuelo mundial contraproducente. Quizás la experiencia más resaltante en este sentido sea la de Venezuela, donde se han estrellado las distintas variaciones desestabilizadoras del intervencionismo gringo frente a la voluntad soberana de todo un pueblo, cosa que angustia y desespera a la clase gobernante neoconservadora de Estados Unidos, ya que intuyen su declive hegemónico, de persistir el “mal ejemplo” de los venezolanos. Por eso reviven los viejos recursos mediáticos propagandísticos, inoculándole el miedo al comunismo a los sectores conservadores de la misma forma como se hiciera durante la Guerra Fría, explotando a su favor el “fracaso soviético” y escondiendo la verdad de los hechos. Ahora más cuando se dan cuenta que el fenómeno tiende a masificarse, a internacionalizarse y a diversificarse, sin tener que depender exclusivamente de sus dirigentes actuales, planteándose entonces mayores avances. De ahí que no descarten el fascismo como instrumento extremo para impedir ese auge prerrevolucionario que se palpa indeclinable en cada una de las naciones de nuestra América, comenzando por Venezuela, tal como se quiso con el golpe de Estado de 2002, en especial por los estrechos vínculos existentes con Cuba, una dupla incómoda para Washington.

Sin embargo, a pesar de los rasgos comunes que caracterizan las luchas populares latinoamericanas, cada una responde a la especificidad e idiosincrasia de sus países. Esto ha permitido -gracias a los encuentros internacionales celebrados desde hace algún tiempo- un enriquecimiento de sus posiciones particulares, llegándose a entender que la lucha es una sola y tiene un enemigo de clase común: el capitalismo. La comprensión de ello revivió la propuesta socialista, desmintiendo de esta manera la proclamada victoria del liberalismo y el fin de la historia, dándole en nuestro hemisferio una connotación diferente o aparentemente novedosa, más cercana a los contextos de nuestros pueblos y a las ideas expuestas por Simón Rodríguez, Mariátegui y el Che Guevara. De todos modos, esto no significa que el socialismo que se está enarbolando en este siglo XXI tenga una definición única y exacta, siendo  ésta -quizás- su mejor fortaleza, entendiéndolo sin dogmatismo alguno como lo hicieran en su momento Carlos Marx y todos los luchadores socialistas auténticos del mundo. Todavía falta un largo trecho por andar para que haya conclusiones más acertadas al respecto. Lo trascendente es que vivimos una era de grandes transformaciones donde los pueblos son los protagonistas, como siempre se quiso a través de toda la historia.-                

VENEZUELA: UNA PRIORIDAD PARA EL IMPERIO

VENEZUELA: UNA PRIORIDAD PARA EL IMPERIO

Considerada por Washington “cabeza de área” en la seguridad del hemisferio occidental sur, Venezuela ocupa una prioridad entre el cúmulo de preocupaciones e intereses de los jerarcas neoconservadores de la Casa Blanca por lo que representa en materia energética y por la influencia ideológica que pudiera tener a nivel continental y planetario de continuar Hugo Chávez en la Presidencia de la República , afianzando aún más el proceso revolucionario bolivariano. De ahí que el gobierno estadounidense no haya cejado en su objetivo -aunque manifieste lo contrario- por evitar a toda costa un régimen incómodo al sur de sus fronteras, especialmente cuando se encuentra dedicado a expandir y a asegurar el dominio hegemónico al cual cree tiene derecho por encima de cualquier consideración moral y legal que no responda a su visión fascista y fundamentalista de lo que debe ser el mundo contemporáneo, obligando a los gobiernos a adoptar -respecto a la política exterior de Estados Unidos- una sumisión cercana a la practicada por las naciones tributarias de los imperios del pasado.

En el caso venezolano, el régimen belicista de George W. Bush ha estimulado, apoyado, diseñado y financiado diversas actividades desestabilizadoras, incluso el clásico golpe de Estado y la posibilidad del magnicidio que se ha ventilado abiertamente en los círculos de opinión de Estados Unidos; lo cual constituye una política injerencista bien definida en los asuntos internos de Venezuela, cosa que nunca han negado de manera convincente. Esta política recuerda lo hecho en diferentes épocas en países de nuestra América, quedando sólo por aplicarse la intervención armada al igual que en Afganistán o Irak. Frente a esta desestabilización que por momentos parece intensificarse, cambiando apenas los actores locales que la promueven, Chávez, su gobierno y, en general, el pueblo bolivariano, mantienen una resistencia que muchas veces se manifiesta a la defensiva, sin avanzar de manera uniforme en la consolidación del proceso revolucionario, cuestión que -una vez superada la coyuntura del momento- alienta los ataques oposicionistas. Esto lo conocen y estudian los think tanks que el imperialismo yanqui ha instalado en suelo venezolano, asesorando a los sectores contrarrevolucionarios, de modo que los escenarios anticipados se concreten en la realidad. Es como si la estrategia de guerra aplicada a la revolución sandinista en Nicaragua durante los años 80 del siglo pasado se estuviera repitiendo en Venezuela, pero bajo otros parámetros, con una Contra representada por algunos de los grandes medios de comunicación nacionales, gracias a los cuales se mantiene latente la oposición al avance del proyecto bolivariano, dado que el acelerado desgaste, falta de credibilidad y ambición de poder de la dirigencia tradicional impide que haya una opción seria que pudiera mermarle apoyo a Chávez y al proceso revolucionario, no obstante las deficiencias presentadas en algunos regiones. 

            Esta situación bien la resume Juan Francisco Coloane al escribir, a propósito de los disturbios que buscaron originarse a raíz de la no renovación de la concesión a Rctv, que “sea el intervencionismo a través de una desestabilización política interna apoyada por poderes políticos externos, sea por medio de la presión internacional, la situación política venezolana está expuesta al tipo de distorsión que más daño le ha hecho a la construcción de democracias liberales republicanas. El tema de la libertad de expresión ahoga la posibilidad de ver el tema mayor o central en la crisis venezolana, que es el del intervencionismo externo”. Tal cuestión, sin embargo, busca minimizarse conscientemente desde los principales medios informativos, aprovechando la amplia cobertura de que disfrutan en territorio venezolano, atribuyéndole al gobierno chavista toda la culpa, sin reconocerle  lo mismo a quienes buscan su derrocamiento por cualquier vía. Esta es parte de la estrategia que maneja Washington a largo plazo, junto con sus aliados internos, seguros de que, una vez hostigado el avance revolucionario, podrían darle el zarpazo final. Un cálculo audaz que, al igual que en ocasiones anteriores, se estrellaría contra la voluntad inquebrantable y esperanzada de los venezolanos por acceder a una sociedad de mayor democracia y de mayor bienestar colectivo.

EL CAMINO HACIA LA ECONOMÍA SOCIALISTA

EL CAMINO HACIA LA ECONOMÍA SOCIALISTA

 

Hasta ahora, la propuesta venezolana del socialismo en el siglo XXI se basa –fundamentalmente- en la consecución de tres ejes o elementos básicos: el Bien Común, la producción social y el poder popular. En torno de los mismos orbitan el cambio estructural del Estado y de la sociedad misma, la solidaridad, la igualdad, el respeto a la soberanía, la inclusión social, la pluripolaridad internacional, el antiimperialismo, la integración latino-caribeña y el desarrollo endógeno, entre otros aspectos o condiciones no menos importantes que, en conjunto y de manera óptima, preludian la conformación de un nuevo orden social, económico y político, asentado principalmente en la toma de decisiones por parte de las amplias mayorías populares. Éste es el norte al cual conduce este nuevo socialismo, puesto que la incorporación protagónica y decisiva del pueblo hace que el mismo se diferencie en mucho a los modelos elaborados en, por ejemplo, Europa del Esta, incluso, en Cuba; no obstante las posibles referencias y experiencias coincidentes con aquellos. Aún así, es preciso adelantar que el rasgo anticapitalista atribuido a este socialismo en el siglo XXI impone que se comience por deslegitimar al capitalismo como sistema económico regente, ya que en el plano político la democracia representativa que lo acompaña y lo cobija está en franco retroceso frente a la desconfianza de los sectores populares y sus exigencias de participación y de protagonismo en los asuntos públicos. Esto requiere, necesariamente, una revisión profunda y objetiva de los aportes del materialismo histórico y de las experiencias que, en su nombre, se trataron de concretar en el pasado, a fin de evitar sus mismas desviaciones y desconstruir, realmente, las relaciones de producción capitalista y, con ellas, la alienación y la explotación de los trabajadores.           

Resultaría contradictorio que, al igual como sucede con la democracia y el capitalismo que –llevados a su máxima expresión- se negarían, se hable de socialismo y se mantengan inalterables las estructuras capitalistas, ya que éstas son excluyentes y privilegian la ganancia por encima de la condición humana. Por supuesto, hará falta que la producción social tienda a diferenciarse de aquello que sólo beneficia a un pequeño grupo de privilegiados y guiarse por la obtención del Bien Común, lo que implica adquirir un nuevo tipo de conciencia, más solidaria, equitativa y humanista, en resumidas cuentas, una nueva espiritualidad que sirva de soporte a la ética y a la moral socialista. Quizás, en lo inmediato, haya que seguir la recomendación hecha por Heinz Dieterich de “construir un circuito económico productivo y de circulación paralelo al de la economía de mercado capitalista. La economía de las entidades estatales y sociales puede desplazarse paso a paso hacia la economía de valor y ganándole terreno al circuito de reproducción capitalista, hasta desplazarlo en el futuro. Dado que las escalas de valorización por precios, valores y, también, volúmenes son conmensurables, no hay rupturas en los intercambios económicos que podrían causarle un problema político al gobierno”.

No obstante, tal economía socialista tiene sus escollos en la forma como la conciben muchos de los profesionales en funciones de gobierno, lo mismo que en la gente sencilla que se organizó en cooperativas o participa en la cogestión de empresas recuperadas por el Estado venezolano. No hay, por consiguiente, un recetario sencillo que facilite la implementación de tal economía porque mucho de lo que se prefigura (y se teme, sin sentido) tiene su origen en las experiencias del extinto socialismo real europeo, el cual no pudo o no supo desarrollar un modelo verdaderamente alternativo al capitalismo.Se impone, entonces, superar los antagonismos existentes entre el capital y el trabajo,  el valor de cambio frente al valor de uso, la apropiación privada capitalista frente a la alienación de los trabajadores, de tal forma que se pueda hablar propiamente de socialismo. Si ello no es posible, en vista de lo arraigado del capitalismo en nuestras sociedades y mentes, es mejor que no se hable de socialismo y se acepte abiertamente al capitalismo, ya que el socialismo no podría existir de otra manera si nada más se atiende el eliminar o disminuir la propiedad privada de los medios de producción, olvidando las perniciosas relaciones de producción que alienan y cosifican a los trabajadores, lo mismo que aquellas derivadas del poder económico y político.

AFRICANIDAD EN VENEZUELA: LA LARGA MARCHA DEL RECONOCIMIENTO

AFRICANIDAD EN VENEZUELA: LA LARGA MARCHA DEL RECONOCIMIENTO

A diferencia de lo logrado por los pueblos indígenas o aborígenes, a quienes se les reconoce su condición de pueblos originarios en Venezuela, así como sus derechos étno-culturales y su inclusión legislativa por mandato expreso de la Constitución Bolivariana, la deuda histórica con los afrodescendientes se mantiene latente, sin que haya sido satisfecha en algún momento, ni en proporción ni en intención, a pesar de la política de inclusión social desarrollada durante el proceso revolucionario bolivariano que lidera el Presidente Hugo Rafael Chávez Frías. A ello se suma la existencia cierta de barreras discriminatorias, generalmente no admitidas, pero que se hacen sentir, de una u otra forma, que segregan (aunque suene exagerado) a los negros.         

Por un tiempo demasiado prolongado, los afrodescendientes han estado librando una lucha casi silenciosa por el reconocimiento de sus derechos como grupo humano fundacional y fundamental de Venezuela. Tal lucha se ha manifestado a través del tiempo, desde que sus ancestros fueran secuestrados en su natal África y forzados a integrarse al sistema de producción impuesto en estas tierras por el dominio colonial, en un primer momento, y, posteriormente, continuado bajo la República que ayudaron a instituir con su sangre libertadora. Relegados de la memoria histórica nacional, salvo los casos emblemáticos de José Leonardo Chirino, el Rey Miguel, Andrés López del Rosario (Andresote), Hipólita y Matea, las dos nanas del Libertador Simón Bolívar, Pedro Camejo (Negro Primero), Juan José Rondón y, ya en el plano metafísico-religioso, el Negro Felipe y San Benito (víctima de los mismos feligreses católicos que lo irrespetan); se impuso la creencia generalizada de que este importante nutriente de nuestra venezolanidad carecía de valores que no fueran más allá de la cadencia de su música ancestral. A ello contribuyeron, quizás de manera inconsciente (aunque no todas las veces), la visión etnocentrista plasmada en los libros de historia, cuya conceptualización de negros esclavos o de esclavos africanos coadyuvaba a reforzar, extender y conservar la vigencia de ese desconocimiento interesado, impuesto por esclavistas y colonizadores europeos y sancionado por las autoridades eclesiásticas. Se quiso hacer de ellos meros objetos mercantiles y bestias de trabajo, cosificándolos y tratando de borrarles los nexos que pudieran conectarlos aún con su tierra nativa; de tal suerte que hubo necesidad de disimularlos o disfrazarlos mediante la cultura y la religiosidad impuestas y, aparentemente, aceptadas.

         Con tales antecedentes, no es difícil comprender que, hasta la fecha, los afrovenezolanos estén afincados en conseguir que se reconozcan sus orígenes, lo mismo que la cosmogonía, rasgos y tradiciones culturales de sus antepasados, los cuales se mantienen casi inalterables en las regiones donde fueran obligados a asentarse. Esta larga marcha por su reconocimiento, a pesar de los diversos obstáculos y prejuicios erigidos por la dominación colonial, tiene, sin embargo, unos hitos trascendentales que permiten anticipar una satisfacción plena, con lo cual la imagen de una Venezuela multiétnica y pluricultural será completa. Parte de estos hitos la comprenden los trabajos de investigación de, entre otros, Miguel Acosta Saignes, Federico Brito Figueroa, Michaelle Ascensio, Ligia Montañez y Jesús “Chucho” García, quienes -de uno u otro modo- generaron inquietudes en la población afrodescendiente por saber de sí mismos para ubicarse en el contexto de la sociedad venezolana actual. Tendentes todos a desmitificar esa concepción de incivilidad, de exclusión y de seres sin historia propia que rodeara desde siempre a los afrodescendientes. Aún así, la lucha es ardua y continúa, ahora con más ímpetu, avivada por el verbo revolucionario que se ha hecho sentir en todos los rincones de la Patria de Bolívar.

EN EL REINO DEL DIOS GEORGE W. BUSH

EN EL REINO DEL DIOS GEORGE W. BUSH

El mundo fascista manipulado por los grandes centros de poder mundial imaginado por George Orwell en su obra distópica “1984”, está rebasado por las perspectivas del mundo que pretende crear a su medida el Presidente George Walker Bush, convencido de interpretar y de seguir la voluntad divina en las “vísperas” del Advenimiento y de la Guerra de Armagedón que señala el último libro de la Biblia. Junto a colaboradores y socios neoconservadores maneja la tesis según la cual Estados Unidos libra una guerra crucial en defensa de los valores de la civilización occidental y cristiana en contra de las fuerzas del Mal. Para ello, opera dos importantes recursos, ambos interrelacionados y puestos a su disposición tras el atentado del 11 de septiembre de 2001, aunque vienen aplicándose con mucha anterioridad: el uso indiscriminado del poderío militar yanqui en contra de naciones más débiles militarmente, sin miramiento alguno por lo que diga la comunidad internacional; así como también el apoyo solícito automático e ideológico de los grandes medios de comunicación. Ambos recursos le han creado a Estados Unidos la imagen de una potencia mundial temeraria, que actúa de modo irracional y retaliativo, con lo cual se convierte en un peligro sin control para la paz internacional y la autodeterminación de los pueblos.

            Básicamente, éstos son los mismos esquemas belicistas y racistas aplicados por el Estado de Israel en las tierras árabes que ha usurpado desde hace ya más de cuatro décadas, sin que exista freno alguno a sus desmanes constantes, incluida la agresión sin justificación a los países vecinos, como el Líbano. Con ello en su agenda, Washington divide a gobiernos y naciones según su personal y único criterio: buenos y demócratas, si acatan y secundan la supremacía estadounidense, y, malos, si la resisten y desafían.

            A la par de su belicismo, Bush apela abiertamente a la mentira, tratando de cohesionar en su entorno a todos los ciudadanos estadounidenses y a los gobiernos del mundo, principalmente europeos. Habla de combatir al terrorismo, pero ampara a un connotado terrorista internacional como Luís Posada Carriles entretanto mantiene cautivos a cinco ciudadanos cubanos, sin derecho a la visita de familiares, a la defensa y a un juicio justo, al igual que lo hace con una cantidad indeterminada de “prisioneros de guerra” en el territorio usurpado de Guantánamo, escenario de las más degradantes torturas y humillaciones a las cuales pudiera someterse a cualquier ser humano. Se “preocupa” por el supuesto estado de deterioro de la democracia en Venezuela, pero en el interior de Estados Unidos ha implantado un sistema de control ciudadano que bien recuerda al “Big Brother” descrito por Orwell en “1984” y cuya última pretensión es la de vigilar y manejar los contenidos que se transmiten por Internet.

         Para Bush, dios encargado de erradicar el Mal de la faz de La Tierra, las guerras emprendidas (y por emprender) son “apropiadas y justas”. Todas, en función de la seguridad y de los intereses comerciales de las grandes corporaciones de la industria armamentista yanqui que ven en ellas la oportunidad dorada para aumentar sus ingresos. De ahí que el nacionalismo autóctono represente una amenaza que debe combatirse en cualquier región del mundo. Por ello, según Noam Chomsky, “los planificadores militares estadounidenses comparten la valoración de la comunidad de la inteligencia y expertos externos de que aquello que se denomina engañosamente “globalización” llevará a una división cada vez mayor entre los “ricos” y los “pobres”, contrariamente a la doctrina, pero de acuerdo a la realidad. Y será preciso controlar a los elementos rebeldes: infundiendo miedo, o tal vez mediante el uso efectivo de máquinas asesinas de gran poder destructivo lanzados desde el espacio”. Su propósito malsano es mantener un estado perpetuo de zozobra, enfrentamientos, temores e incertidumbres que redunde ampliamente en beneficio de su industria armamentista, en donde los intereses corporativos del capitalismo tengan una mayor importancia que la vida humana.