Blogia
Homar_mandinga

EL MUNDO DEL CAPITALISMO

EL ORDEN NATURAL CAPITALISTA Y LA ACCIÓN REVOLUCIONARIA

EL ORDEN NATURAL CAPITALISTA Y LA ACCIÓN REVOLUCIONARIA

De acuerdo a la lógica del sistema capitalista, el orden natural de la sociedad supone la existencia de una jerarquización que no debe alterarse entre una minoría dominante y una amplia mayoría dominada; la primera con todos los privilegios posibles, así estos rebasen el sentido común y busquen justificarse de un modo carente de racionalidad, y la segunda, ahogada en miseria, explotación y opresión, aun cuando todo el discurso burgués-liberal le da preeminencia a la soberanía popular. De este modo, el capitalismo ha impuesto (o reacomodado) aquella concepción del mundo que legitimó el poderío de castas, estamentos y clases sociales presentes en las sociedades antiguas, en algunos casos con reyes y emperadores, cuyo poder se derivaba directamente de sus dioses o por su linaje divino, cosa que se mantuvo por largo tiempo y fue reforzado -de una u otra forma- por los jerarcas y teólogos de la iglesia católica, apostólica y romana.

Así, disponiendo de los recursos de la educación y de la religión, del control ejercido sobre las estructuras del Estado y del uso manipulador de los medios masivos de información, el sistema capitalista ha podido expandirse y consolidarse, a tal punto que mucha gente (incluyendo a la que se autoproclama revolucionaria) lo ve como un mal necesario, difícil de transcender y, por ende, de eliminar por completo. Algunos, incluso, lo defienden con argumentos similares a los esgrimidos por quienes se benefician del mismo, a pesar de saberse explotados, en vista que su nivel de conciencia de clase es muy precario todavía, no obstante la instrucción avanzada que puedan mostrar.

Esto ha hecho que la resistencia a los cambios revolucionarios que se proponen para erradicar las injusticias, desigualdades, guerras imperialistas, depredación del ambiente y exclusiones de todo tipo causadas por el capitalismo se manifieste de una manera permanente, máxime cuando no hay una vanguardia de verdaderos cuadros revolucionarios que oriente a los sectores populares en el logro de su autonomía frente al Estado y la lógica capitalista, evitando su burocratización y su aburguesamiento.

A pesar de dicha realidad, el mundo contemporáneo es testigo de las luchas diarias en contra de la hegemonía capitalista, dada su naturaleza expoliadora y destructora de las soberanías y las identidades nacionales, lo cual impone la urgencia de  una acción revolucionaria impostergable  Esto ya habla, ciertamente, de la necesidad histórica de plantearse sin dudas la construcción de una sociedad de nuevo tipo bajo la inspiración del socialismo revolucionario como alternativa posible e inmediata.

 Por supuesto, de ello han de  ser protagonistas fundamentales quienes ahora son víctimas del capitalismo: los trabajadores con conciencia de clase y, junto a ellos, todos los extractos sociales que aspiren emanciparse de forma integral y definitiva, haciendo posible, en consecuencia, la sociedad democrática por la cual tanto se ha luchado tanto a través del tiempo en todo el planeta.-

EL SOCIALISMO SIGUE SIENDO LA ALTERNATIVA AL CAPITALISMO

EL SOCIALISMO SIGUE SIENDO LA ALTERNATIVA AL CAPITALISMO

Quienes se han afanado inútilmente desde siempre en anatematizar los ideales revolucionarios del socialismo parten de un razonamiento (si es que alguna vez el fanatismo extremo llegara ser racional) totalmente equivocado. Acusan -siempre- al socialismo revolucionario de ser un fracaso histórico a nivel mundial, olvidando a propósito que nada de lo previsto por los teóricos socialistas -con Marx y Engels en primera fila- ha podido concretarse debido a múltiples factores, pero principalmente por la alienación y la fetichización del poder de las cuales ha sido víctima la humanidad entera, sobre todo, luego de producirse la Revolución Francesa de 1789, cuyo epílogo fue el surgimiento de la burguesía como clase dominante. A partir de este importante hecho histórico, la burguesía no basó su poder -como lo hicieran reyes y “nobles” invocando la sacrosanta voluntad de un dios conveniente que legitimara su lugar en la pirámide social- sino que lo hizo a través del capital y de las relaciones sociales y productivas que de él se derivarían, ejerciendo el control de las distintas instituciones del Estado en su propio beneficio. Para alcanzar este propósito, la burguesía inculcó entre los sectores populares que explota la ilusión de armonía entre ambas clases sociales, en un modelo de sociedad que garantiza la igualdad de oportunidades para escalar social y económicamente, bastando para ello trabajar arduamente y respetar las leyes existentes. Sin embargo, la realidad cotidiana revela la verdad de las cosas que niega y oculta el capitalismo, como ocurriera en Venezuela en 1989 y, luego de ese año emblemático hasta ahora, a escala planetaria.

Por lo tanto, aquellos que vilipendian al socialismo revolucionario buscan minimizar el impacto negativo de todo lo sucedido en nuestros países para que exista el capitalismo, siendo una evidencia innegable de ello, por ejemplo, el cambio climático, llegándose al colmo de pretender imponer que el mismo es algo natural, un ciclo que se cumple por leyes inexorables de la naturaleza. Para esto le es indispensable al capitalismo que haya entre los seres humanos cierta plasticidad de sus conciencias que los impulse a renunciar a su propia identidad y que esto se sujete posteriormente a una conveniente ausencia de memoria crítica de la realidad que les rodea. Este tipo de personas es el que legitima las relaciones sociales, de poder y de producción engendradas bajo el sistema capitalista, viéndolas y sintiéndolas de modo fatalista e imposibles de trascender y de reemplazar, aun cuando las resienta y combata al verse afectado en su condición individual.

Tal alienación se manifiesta en la aceptación tácita de la propiedad privada, la división del trabajo y la producción mercantil, siendo entonces necesario que tales elementos sean radicalmente transformados mediante una revolución de signos socialista y popular que permita, en consecuencia, que los cambios culturales, espirituales, económicos, sociales y políticos se manifiesten igualmente en el desarrollo integral de la individualidad de cada persona, sin que ello signifique la reproducción y permanencia de los antivalores capitalistas que siempre han menoscabado el deber social y el interés colectivo. Por consiguiente, ante la devastación causada por el capitalismo en muchos aspectos de la vida en sociedad, la alternativa revolucionaria al mismo seguirá siendo el socialismo (así continúen recurriendo los apologistas del capitalismo a la experiencia fallida de la URSS para convencernos de lo contrario).-

¿TELEVISORAS POR “LA PAZ SOCIAL”?

¿TELEVISORAS POR “LA PAZ SOCIAL”?

No se puede censurar a priori la solicitud hecha por el presidente Nicolás Maduro a los propietarios de las empresas televisivas venezolanas para que contribuyan a crear un clima de paz a través de su programación diaria, de manera que ésta incida positivamente en la disminución de hechos violentos que afectan a la ciudadanía en general. Con esta descalificación tendenciosa se pretende inculcar la idea de un control de los canales de televisión por parte del gobierno chavista, ignorando adrede la responsabilidad social que los mismos deben cumplir, de acuerdo a lo establecido en la ley que regula su actuación en Venezuela.

En este sentido, es difícil hacerse de la vista gorda y desconocer la influencia que tiene la televisión al inducir un patrón de vida entre quienes recurren a ella diariamente, lo que muchas veces se ajusta al moldeamiento de una conducta que termina por legitimar la lógica del capitalismo, imponiéndonos modelos ajenos a nuestra realidad. De esta forma, se nota a leguas que quienes opinan en contra de esta solicitud del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, sean o no expertos en esta materia, están sencillamente ocultando que algunas de estas televisoras privadas del país frecuentemente difunden programas que estimulan antivalores entre la población, así como su actuación determinante en el desencadenamiento de los hechos violentos que indujeron el golpe de Estado del 11 de abril de 2002 en contra del Presidente Hugo Chávez cuando manipularon un video sobre quienes se hallaban situados en Puente Llaguno, defendiendo ese día el proceso revolucionario bolivariano.

Así que no puede ni debe confundirse libertad de expresión con este tipo de cosas que contradicen la objetividad y la imparcialidad que le corresponde asumir a todo medio de comunicación, incluyendo, por supuesto, a aquellos que están en manos del gobierno.

Lo que se requiere es que cada ciudadano venezolano, aun cuando milite en la oposición, esté ciertamente dispuesto a aportar su granito de arena en el logro de una sociedad cuyos valores se basen en el respeto mutuo, la paz, la seguridad personal, la igualdad y la justicia social, entre otros, mediante los cuales se formen y/o eduquen a las nuevas generaciones.

En consecuencia, todos los venezolanos estarían obligados moralmente a apoyar esta petición del Presidente Nicolás Maduro, puesto que la misma está sustentada en un sentimiento generalizado de la población venezolana, víctima de una programación televisiva que desdibuja tanto la realidad del país como del mundo y que refuerza cierto desprecio hacia nuestro rico patrimonio artístico-cultural en función de modas e intereses meramente económicos.

Esto jamás podría calificarse como una amenaza a la libertad de expresión, como se acostumbra decir cada vez que se le ha pedido a algún medio de comunicación que cumpla con su deber de informar de modo veraz o que no se parcialice demasiado con una postura política determinada, como muchos lo hacen sin ser sancionados por la ley.

En vez de ello, debiera promoverse un debate abierto sobre el papel cumplido y a cumplir por las diferentes empresas de comunicación, de manera que el pueblo tenga una opinión mejor sustentada al respecto, sin manipulación de ningún tipo.-      

CON EL CAPITALISMO NO BASTAN LAS BUENAS INTENCIONES (AUNQUE LO VISTAN DE SEDA)

CON EL CAPITALISMO NO BASTAN LAS BUENAS INTENCIONES (AUNQUE LO VISTAN DE SEDA)

Se dice que la mayor mentira de Satanás, es hacerle creer a la gente que él no existe, habiendo sido un recurso eficaz para evitar que muchos cayeran en la senda del pecado al aterrorizarlos con su figura y sus sádicas torturas de nunca acabar en el infierno hasta que la filosofía y el psicoanálisis lo hicieron parte de sus elucubraciones, invalidando entonces las supersticiones inculcadas por la religión. Al margen de estas consideraciones teológicas, algo similar se pudiera afirmar respecto al capitalismo y la secuela de desigualdades, guerras, injusticias y explotación indiscriminada de la naturaleza  y de los trabajadores que tiene tras de sí, a tal punto que un gran porcentaje de personas lo aceptan cono un mal necesario, inevitable y poco menos que reformable, obligándose a una resignación que les niega la dignidad y la plenitud de sus vidas.

Aun así, en oposición a esta realidad , millares de seres humanos protestan, baten sus cadenas y se hermanan en una lucha asimétrica a nivel mundial contra el sistema capitalista, sometiéndolo a presiones, cuestionamientos y reacomodos que obligan a plantearse su total eliminación y la fundación de un nuevo tipo de sociedad que -hasta el presente- se definiría como socialista, haciendo propios los aportes teóricos y las experiencias de muchos de los revolucionarios socialistas de los dos últimos siglos. En esta coyuntura histórica, los defensores del capitalismo, sobre todo en nuestra América, recurren a la misma estrategia aplicada en el pasado por sus antecesores: “humanizar” al capitalismo, llegándose al colmo de las “innovaciones” al referirse a un capitalismo serio y a un capitalismo popular, amén de otros que proponen un socialismo “productivo”, en un esfuerzo por hacerlo digerible para los sectores populares que son, precisamente, las victimas permanentes de la usura y de la explotación capitalistas, sea cual sea la modalidad de gobierno y/o Estado vigente.

Por consiguiente, aunque lo vistan de seda, sería sumamente ingenuo y escasamente inteligente suponer que, en relación al capitalismo, sólo bastan las buenas intenciones. Según esta posición, bastaría con darles oportunidades de superación a quienes han tenido la mala ventura de empobrecerse o de nacer en la pobreza, sometidos -como han estado- a las grandes limitaciones socioeconómicas que ello implica. Es lo que afirman muchos políticos, despertando ilusiones que luego se estrellan contra la realidad de las medidas gubernamentales mediante las cuales se intenta capear la situación de crisis prolongada que sufre el capitalismo, como ocurre en muchas naciones actualmente. Lo único cierto de todo esto es que el capitalismo no podría entrar en contradicciones consigo mismo. Su naturaleza no va de la mano con ese sempiterno deseo humano de vivir en una sociedad de iguales, donde se manifieste la democracia participativa en toda su dimensión creadora y emancipadora. Entender lo contrario sería negar tercamente todo lo que ha significado este sistema para la humanidad oprimida, discriminada y expoliada a lo largo de la historia, contribuyendo al enriquecimiento cínico de una minoría.-   

EL NUEVO CAMPO DE BATALLA A NIVEL MUNDIAL

EL NUEVO CAMPO DE BATALLA A NIVEL MUNDIAL

Los sucesos históricos de las últimas décadas del siglo XX y las primeras de este siglo han configurado -en uno u otro sentido- un mundo que se debate entre las viejas formas de dominación y la necesidad urgente de una emancipación integral de la humanidad, logrando por medio de ella sus aspiraciones de un orden social, político y económico realmente democrático, soberano, justo e igualitario. A esto último se agrega la fatalidad que se cierne sobre todo el planeta de continuar inalterable el sistema de explotación irracional implantado por los capitalistas, el cual afecta enormemente el delicado equilibrio ecológico y cuya consecuencia inmediata es el cambio climático que sufrimos todos por igual. Esta situación generalizada ha obligado a las cúpulas de poder a nivel mundial a plantearse estrategias y mecanismos que les permitan conservar y consolidar su hegemonía. Para ello, el imperialismo gringo y sus aliados de la OTAN han recurrido tanto a las armas como a recursos menos visibles, pero igualmente efectivos para sus propósitos, entre estos la transculturización y la manipulación informativa, lograda a través de los distintos medios de comunicación masiva.

            Esto ha colocado a los movimientos populares frente a una gran desventaja, obligándose a hallar maneras de contrarrestar sus efectos, entendiendo que tales cúpulas hegemónicas tienen como objetivo establecer el capitalismo como sistema único y universal en beneficio de sus propios intereses y en perjuicio abierto de las soberanías, las culturas y la biodiversidad de nuestros pueblos. De ahí que “el conocimiento y la interpretación de la vida de nuestros pueblos, lo cual determina su conciencia histórica, -tal como lo reseñan Iraida Vargas-Arenas y Mario Sanoja Obediente, en su obra `La Revolución Bolivariana. Historia, Cultura y Socialismo´- es el campo de batalla donde se pelea su presente y su futuro. La narración del pasado se convierte en verdadera conciencia histórica cuando podemos comprender su vinculación con los eventos que marcan nuestro presente y que darán sentido a nuestro futuro”. Por ello mismo, se habla de una guerra de cuarta generación donde las armas utilizadas son la publicidad y la propaganda, buscando neutralizar con ellas la conciencia crítica de los sectores dominados, de modo que éstos adopten como propia la ideología dominante y den por sentado que ningún cambio estructural es realizable.

             Sin embargo, este nuevo campo de batalla puede alterarse a favor de la soberanía, la dignidad, la identidad y las expectativas de justicia social de nuestros pueblos. El fin de la hegemonía imperialista -no obstante su indudable poderío militar y el manejo de instituciones internacionales, como la ONU, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, entre otras, según su capricho e intereses- es algo que comienza a delinearse en el horizonte, gracias a la heterogeneidad y simultaneidad de luchas populares, sostenidas a través del tiempo y en todas las latitudes, que cuestionan la existencia del capitalismo. En este escenario juega un papel primordial la conciencia emancipada de los sectores populares, asumiendo estos -a su vez- el protagonismo y la participación democrática como prácticas cotidianas ineludibles para alcanzar la mayor suma de felicidad y de bienestar posibles, de acuerdo al ideario socialista.-

EL SEÑUELO DEL "PROGRESO"

EL SEÑUELO DEL "PROGRESO"

En numerosas circunstancias en la historia, las clases dominantes y sus representantes intelectuales y políticos han logrado enganchar a los sectores populares en el logro de sus objetivos, atrayéndolos con ofertas de igualdad de oportunidades, libertad política y progreso económico. Así, se ha hablado de vías y de “alianzas para el progreso” (como la sugerida por el presidente John F. Kennedy para afianzar la hegemonía estadounidense sobre nuestra América y evitar una nueva experiencia revolucionaria como la de Cuba en alguno de sus países), el recetario neoliberal del Fondo Monetario Internacional y los Tratados de Libre Comercio con los países industrializados. Sin embargo, la misma historia se ha encargado de desmentir contundentemente la “sinceridad democrática” de la clase dominante, incluso de aquellos que, proclamándose socialistas (como en España), le hacen el juego. Esto último ya lo habían advertido Carlos Marx y Federico Engels en el Manifiesto Comunista cuando escriben que “los burgueses socialistas quieren perpetuar las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las luchas y los peligros que surgen fatalmente de ellas. Quieren perpetuar la sociedad actual sin los elementos que revolucionan y descomponen. Quieren la burguesía sin el proletariado”. De ahí que el señuelo del “progreso” sea una constante cada vez que la clase dominante pretende extender su potestad sobre la sociedad, explotando las necesidades básicas y creadas de una vasta porción de la población que no halla mejor forma de satisfacerlas que secundarla, producto de la alienación inducida en la misma durante décadas.

Esto ha logrado que, en la mayoría de las veces, los grupos revolucionarios caigan en semejante trampa, tratando de captar las simpatías populares, pero sin plantearse contribuir sostenidamente a darle al pueblo las herramientas ideológicas y políticas que lo hagan superar este ciclo de dependencia que sólo profundiza su malestar y su impotencia, haciéndolo presa fácil de todo tipo de demagogia. Por ello es fundamental que quienes enarbolan las banderas revolucionarias tengan presente que el objetivo primordial de la revolución socialista es la transformación radical del orden imperante, de otro modo se estarían ubicando en el campo común del reformismo liberal-burgués, sin producir cambio socialista alguno. Por lo tanto, la promesa de progreso de la clase dominante tiene que combatirse con el respaldo de la historia de aquellos acontecimientos que pudieron resolverse a favor de los intereses populares y fueron frustrados, combatidos y distorsionados por quienes ocuparon las posiciones de poder en su nombre. Demás está afirmar que es necesario esclarecerle al pueblo cuáles son los verdaderos intereses que persigue dicha clase social al convidarlo a “compartir” este “progreso”. Para muestra, bastaría recapitular lo vivido en Chile, Argentina y México, por citar algunas de las naciones de nuestra América donde se “modernizó” la economía, según la tesis neoliberal muy en boga durante las dos últimas décadas del siglo XX.

Es difícil creer que la lógica capitalista podría resolver los graves problemas estructurales que padecen nuestros pueblos. Sólo quienes legitimen el individualismo (el patrón se queda con la mayor parte del fruto del esfuerzo productivo de los trabajadores), la economía del mercado (maximización del lucro, la ganancia y la rentabilidad a través de la explotación indiscriminada de la fuerza de trabajo asalariada), la responsabilidad individual y la libertad empresarial sin control alguno del Estado, estarán de acuerdo en que dicho “progreso” es posible. Lamentablemente, dicha fábula sólo ha engendrado mayores niveles de desempleo, pobreza, miseria y exclusión social que no pueden reducirse ni eliminarse únicamente con buenos deseos. No se puede obviar, por consiguiente, que “el mercado sin restricciones -como lo refiriera David Korten- tiende a funcionar como una institución profundamente antidemocrática. En tanto que la democracia confiere derechos a las personas vivientes, el mercado sólo otorga reconocimiento al dinero, no a la gente”. En tal sentido, se debe desenmascarar tal “progreso” e impulsar, contrariamente, el desarrollo integral de las personas, al mismo tiempo que se crean las condiciones para la construcción del socialismo revolucionario.-

LA FUSIÓN POLÍTICO-ECONÓMICA, LA NUEVA REGLA DEL CAPITAL GLOBALIZADO

LA FUSIÓN POLÍTICO-ECONÓMICA, LA NUEVA REGLA DEL CAPITAL GLOBALIZADO

La fragilidad del sistema económico capitalista a nivel global se hace cada vez más notoria a medida que la crisis de los países de Europa se asemeja mucho a la sufrida durante las últimas décadas del siglo XX por los países periféricos, entre éstos los de nuestra América. Así, la actual inseguridad laboral, con sus efectos colaterales, patentizados en elevados porcentajes de familias con ingresos económicos inestables o inexistentes, además de mayor delincuencia, dan cuenta del caos social producido por las imposiciones del capital globalizado. De esta forma, muchas personas a nivel mundial han descubierto que, entre la producción social y el consumo social, se encuentra la explotación capitalista como elemento único y característico de la sociedad humana en general. Esto ha generado en mucha de la gente afectada la convicción que el capitalismo es absolutamente criminal y depredador, implantándose en ella la necesidad de remplazarlo decididamente por un modelo alternativo que centre sus objetivos en el bienestar colectivo y no en el de un reducido número de personas.

Para el capitalismo neoliberal o globalizado, la idea de un proyecto nacional es interpretada como un obstáculo a la libre expansión y control del mercado internacional que debe eliminarse a cualquier costo, desatando la guerra, incluso, bajo argumentos infundados, sin base alguna. Por tal motivo, le resulta más práctica la efectividad de gobiernos que actúen como gestores de su voluntad e intereses que la acción de un Estado nacional esgrimiendo su soberanía. Ahora, el capitalismo neoliberal o globalizado ha establecido una nueva modalidad en su estrategia de dominio mundial, tímidamente asomada en la década de los noventa del siglo pasado, pero que ha pasado a ser una regla de primer orden en el presente siglo: la fusión político-económica, es decir, el intercambio de roles políticos y empresariales. Dicha fusión político-económica pone su interés central en las ganancias del capital más que en crear condiciones de vida digna para la población que gobierna.

De esta manera, las grandes corporaciones transnacionales tienen un mayor control de la economía mundial y se aseguran, al mismo tiempo, el fiel cumplimiento del recetario impuesto por el Fondo Monetario Internacional para minimizar el impacto de las crisis provocadas por sus ambiciones y obtener los pagos puntuales de las naciones endeudadas; lo mismo que el respeto de los tratados bilaterales de libre comercio, de promoción y de garantía de las inversiones extranjeras. Algo que, incluso, comienza a manifestarse y a extenderse en los diferentes órganos que conforman la Organización de las Naciones Unidas, llegando a “coincidir” con las sugerencias, expresamente neoliberales, hechas por dichas corporaciones. Esto último explica el por qué la ONU legitima y es tan flexible con las acciones saqueadoras de gobiernos dominados por el gran capital en contra del derecho internacional y de la autodeterminación de los pueblos, violando así su propia acta constitutiva.-

EL DOMINIO IMPERIALISTA DE LAS TRANSNACIONALES

EL DOMINIO IMPERIALISTA DE LAS TRANSNACIONALES

 

El mundo contemporáneo es, sin duda alguna, víctima de una expoliación global planificada, cuyos antecedentes se pueden rastrear en la última década del siglo pasado, teniendo como primer escenario las naciones endeudadas de nuestra América. Desde entonces, los grandes centros de poder -manejados por quienes integran las grandes corporaciones transnacionales, siendo el caso más representativo el gobierno de George W. Bush, cuyos miembros provenían de las nóminas de algunas empresas petroleras- han impuesto sus condiciones a casi la totalidad del planeta, en un juego que pretende salvar las economías en crisis a cambio de concesiones que, en la práctica, significan hipotecar la soberanía y el futuro de muchos países. En todo ello, los grandes ganadores son las transnacionales, a tal punto que se han dado el lujo de colocar directamente en el poder en algunos países de Europa a personeros formados bajo sus directrices.

Esta situación coloca al planeta en un escenario de alta conflictividad social, como ha quedado evidenciado suficientemente con el movimiento de los indignados, tanto en Europa como en Estados Unidos, lo que da cuenta de las consecuencias desfavorables que tienen en las personas las medidas adoptadas por sus gobiernos en beneficio de los intereses de las grandes corporaciones. En este caso, ya poca gente da cuenta de los beneficios inherentes al capitalismo, pero tal cosa no significa que exista aún una conciencia revolucionaria que postule al socialismo como su contrapartida. Quizás ello pueda derivar más tarde en una lucha social que vaya transformándose en política, cuestión ésta que pretende minimizarse alegando que son ajustes necesarios que se deben implementar para rescatar y consolidar las economías nacionales en bancarrota, quedándole a los ciudadanos la amarga convicción de ser manipulados por los grupos empresariales en connivencia con el estamento gobernante.

Ya en nuestra América la experiencia neoliberal demostró que a los empresarios sólo les importa disponer de mecanismos flexibles para la obtención segura y a corto plazo de mayores ganancias, dejando en la intemperie -literalmente- a familias enteras, cuyos ingresos económicos rozan los niveles de sobrevivencia. Esto se ha extendido a otros continentes, siendo ya una situación común en todo el mundo, asignando al sector privado de la economía un papel destacado como agente del desarrollo de cada país en llave con sus gobiernos, en lo que algunos han llamado capitalismo inclusivo, capitalismo real y, hasta, capitalismo popular, buscando hacer menos visible el carácter depredatorio y anti-ecológico de tal sistema.

Como lo hace ver C.K. Prahalad, en su libro La fortuna en la base de la pirámide: Cómo crear una vida digna y aumentar las opciones mediante el mercado, “el compromiso activo de las empresas privadas con la base de la pirámide es un elemento esencial para la creación de un capitalismo incluyente en la medida en que la competencia del sector privado por dicho mercado fomenta la atención hacia los pobres como consumidores y crea opciones para ellos”. Ésta es la esencia real de tal preocupación empresarial: disponer de un mercado de consumo. Allí no entra ninguna otra consideración, así se esté a las puertas de un gran cataclismo mundial, como parecen estar animadas a provocarlo las transnacionales que controlan la economía global, en su empeño por tener en sus manos los recursos estratégicos de cada nación y obtener grandes ganancias, como lo han estado haciendo en los países árabes invadidos por el imperialismo gringo y sus aliados en las últimas décadas.-