REVOLUCIÓN: LUCHA ABIERTA O APOYO CRÍTICO
En Venezuela es innegable que se ha impuesto (o continuado, para ser algo más exacto) un marcado clientelismo político, el cual -sirviéndole de pivote a algunos gobernantes para la conformación de grupos y subgrupos con que arraigar su “liderazgo”- impide que se generen mejores condiciones para que haya una verdadera revolución popular, tanto en su aspecto organizativo como en lo teórico-ideológico. Al respecto, sería pertinente recurrir a las 20 tesis de Política elaboradas por el filósofo argentino Enrique Dussel para afirmar que el poder no es un ejercicio de dominación ni la política una administración burocrática, como se viene concibiendo en las diferentes naciones de nuestra Abya Yala desde sus albores republicanos, cosa que exige e impone la necesidad revolucionaria de modificar la manera y el entendimiento de hacer la política y, en consecuencia, de funcionar el poder, dado que una mayoría de quienes lo ejercen olvidan que éste les es delegado en nombre de la voluntad y los intereses de una colectividad de electores que confió en ellos, otorgándoles su voto.
¿Qué entrañaría, entonces, cambiar radicalmente la percepción común que se tiene en relación al modo de hacer política y de ejercer el poder, entendiendo que esto debe enmarcarse en la construcción colectiva de una revolución de carácter popular, socialista y antiimperialista, como lo sería, en este caso, el proyecto de la Revolución Bolivariana? Entrañaría (aunque suene bastante retórico y hasta utópico para algunos, sobre todo entre quienes han perdido su ímpetu revolucionario, decepcionados con la actuación reformista de determinados representantes del chavismo gobernante) oponer la ética de la solidaridad a la lógica del mercado. Es luchar denodadamente en oposición a la ideología imperante, según la cual nada podría cambiar en este mundo sin la anuencia de las elites dominantes. Así, en opinión del afamado pedagogo Paulo Freire, “el discurso de la imposibilidad de cambiar el mundo es el discurso de quien, por diferentes razones, aceptó el acomodamiento, incluso para lucrar con él. El acomodamiento es la expresión del abandono de la lucha por el cambio. Quien se acomoda carece de la capacidad de resistir, o la tiene muy débil. A quien ha dejado de resistir o a quien en algún momento pudo dejar de hacerlo, le es más fácil acomodarse en la molicie de la imposibilidad que asumir la lucha permanente y casi siempre desigual a favor de la justicia y de la ética”.
Por consiguiente, aquellos que se muestren incapaces de llevar a buen puerto la revolución popular -con su sustitución de paradigmas- y lo abrume el grave compromiso que la misma representa, también serán incapaces de confiar en la potencialidad creadora (y re-creadora), como sujetos históricos de vanguardia, de los sectores populares, en lucha por su propia emancipación. Entretanto, otros sólo se regocijarán con exhibir un radicalismo pasivo, cuyo rasgo más resaltante consiste en no sumar esfuerzos a una propuesta en concreto que haga viable la conciencia, la organización y la movilización revolucionaria de los sectores populares, con lo que logran afianzar -así sea en una expresión mínima y aparentemente insustancial- todo lo que critican. Será preciso que todo individuo que propugne la revolución socialista esté dispuesto a afrontar las diversas dificultades y desviaciones que pudieran surgir durante su curso de consolidación, conscientes de la eventualidad indudable que afloren inconsistencias y contradicciones, producto de la cultura política tradicional. Por esto es fundamental que, en vez de fortalecer las estructuras socio-ideológicas, políticas y económicas vigentes (creadas según los intereses burgueses, u oligárquicos), se desarrolle y se profundice la organización de un poder popular real, con características raigalmente revolucionarias, y totalmente autónomo respecto a cualquier tutela estatal y/o partidista que se le quiera imponer.-
Gran parte de la estrategia desestabilizadora fraguada por la oposición y, así no se crea, por el imperialismo gringo, para acabar con el chavismo, saltándose todo tipo de normativa constitucional, legal, ética, moral y democrática existente, tiene como objetivo elemental -aparte del ya antes mencionado objetivo- que exista y se expanda una espiral degenerativa de la situación crítica que vendría atravesando Venezuela en los últimos años bajo la presidencia de Nicolás Maduro.
Lo ocurrido con el desabastecimiento y encarecimiento inducido de una gran diversidad de productos, la falta de dinero en efectivo y el sabotaje de la plataforma de Internet de la banca pública, además del servicio de telecajeros, ocurridos en los meses finales de 2016, confirman las acciones de sectores interesados en que todo esto se agudice más cada día, endosándole la culpa de ello al gobierno de Nicolás Maduro, conscientes del grave daño que todo esto ocasiona a la generalidad de la población venezolana, cuya mayoría ha servido de soporte activo al chavismo durante dieciséis años consecutivos. Otros, siendo empresarios, simplemente buscan aprovecharse de la ocasión y así obtener ganancias. A éstos se unen quienes se la dan de “vivos”, explotando la necesidad padecida por sus mismos semejantes; confiados unos y otros en que ninguna ley les afectará o sancionará debido a la corrupción de las autoridades (civiles, militares y policiales) encargadas de hacer valer su estricto cumplimiento.
Al igual que años antes con el Presidente Hugo Chávez, la oposición ejecuta un golpe de Estado continuado (lo que otros identifican como guerra asimétrica o de cuarta generación y, también, golpe blando), dirigido principalmente a afectar a los sectores populares, de modo que estos se alcen en contra del chavismo gobernante y favorezcan un cambio de régimen. Sin embargo, con lo que no ha contado la dirigencia opositora es con la pertinaz resistencia popular para aceptar sus pretensiones, en vista que, a pesar de su discurso demagógico y de la notoria inconsistencia revolucionaria de muchos representantes del chavismo gobernante, la mayoría de los venezolanos no cree en sus ofertas engañosas.
Esta situación debiera motivar acciones puntuales entre quienes figuran como dirigentes del chavismo (al margen, incluso, de sus verdaderas convicciones ideológicas) antes que mantenerse en diatribas mediáticas que sólo sirven para promoverse a sí mismos y causar divisiones en las bases populares. Obviarla sería brindarle a la oposición en bandeja de plata la oportunidad de lograr mayores espacios, así como contribuir -de uno u otro modo- al incremento del descontento que podría anidar la población respecto a todo lo que viene ocurriendo. Pero, sobre todo, debiera conducir a propuestas y esfuerzos organizativos entre los revolucionarios que se concreten en la activación de un poder popular realmente revolucionario, socialista e independiente.
Cuando se proclama la urgente necesidad de una revolución popular se debe comprender que ésta no surge por simple capricho de uno o más individuos resentidos (o predestinados). Ella es fruto directo de las múltiples contradicciones e injusticias que caracterizan al sistema-mundo imperante, el cual, a pesar de las elecciones que se celebren y la adopción cada cierto tiempo de medidas coyunturales con que se busca aliviar las presiones reivindicativas de los sectores populares, no termina por satisfacer realmente las aspiraciones de todos, en un mismo nivel y al mismo tiempo. Por ello es importante determinar cuáles son los detonantes de una revolución y, en consecuencia, una vez iniciada, trabajar colectiva, creativa y denodadamente por lograr la transformación estructural que requiere, insoslayablemente, el modelo civilizatorio vigente, en beneficio de todos y no en beneficio exclusivo de una minoría privilegiada.-
A fin de cumplir efectivamente con las instrucciones impartidas por Nicolás Maduro al momento de juramentarlos como su nuevo tren ministerial en este comienzo de año, los «nuevos» integrantes del gobierno tendrían que propiciar un viraje decisivo y sostenido respecto al modo cómo se maneja el Estado y las diferentes relaciones de poder que, desde sus entrañas, se originan y condicionan la forma de ser y de hacer de los venezolanos.
Tendrían que romper con las viejas estructuras vigentes y trascender la disyuntiva que se le presenta a todo proceso revolucionario: estimular la organización de un poder popular (revolucionario, constituyente e independiente) o, contrariamente, negándose a sí mismo, inclinarse por el reforzamiento del Estado liberal burgués tradicional. Se trata, por lo tanto, de un reto definitorio que, de existir verdadera voluntad política y compromiso revolucionario por parte de quienes tienen la responsabilidad de dirigir las diferentes instituciones del Estado, representaría un avance importante en lo que sería la profundización del proyecto revolucionario bolivariano.
Sin embargo, en su contra existe un elemento que entorpece y hará fracasar este cometido: la burocracia. Un elemento que, de no haber de por medio esta voluntad política y compromiso revolucionario, hará que continúen las contradicciones, debilidades e inconsistencias (aparte de la corrupción existente desde largo tiempo en todas las instancias gubernamentales) que le permiten fortalecer su presencia y acciones a los sectores de la contrarrevolución. Por eso es fundamental que el nuevo tren ministerial elabore y ejecute políticas socioeconómicas dirigidas a darle consistencia a la actuación revolucionaria de los sectores populares organizados como primera línea de defensa de lo que sería la Revolución Bolivariana, gracias a lo cual estos podrán derrotar los efectos negativos del sabotaje económico y productivo al que se ha visto sometido desde hace ya tres años de parte de los grupos oligárquicos opositores y sus aliados internacionales en su persistente esfuerzo por derrocar al sucesor de Chávez.
Esto sería lo ideal, considerando que el chavismo requiere con sentido de urgencia renovar sus cuadros dirigenciales y concretar la transformación estructural que contempla, de modo general, el proyecto histórico de la Revolución Bolivariana Socialista; antes que la situación caótica termine por extenderse, acrecentándose el malestar y la desesperanza entre el pueblo. Además, a Maduro y a quienes le acompañan en las diversas tareas de control del gobierno les corresponde saber interpretar adecuadamente la protesta legítima de los sectores populares contra males y necesidades específicos en vez de descalificarla, sin indagar sobre sus causas, atribuyéndosela a factores de la oposición. Por otra parte, es vital que los diversos movimientos sociales y políticos revolucionarios lleguen a comprender cabalmente que ya no es suficiente con proclamar una unidad revolucionaria que, la mayoría de las veces, no pasa de ser un elemento meramente retórico y/o electoralista. Hace falta apelar a la construcción orgánica -desde abajo y en todos los frentes de lucha posibles- de una estructura de coordinación colectiva, basada en procedimientos y actuaciones de carácter consejista que conlleven al logro efectivo de tal unidad.
En función de ello, hay que comprender que, además, bajo la lógica perversa del capitalismo, la estructura social se ha diversificado a tal punto que no resulta ninguna novedad «descubrir» categorías y subcategorías sociales existentes en el mundo contemporáneo. Esto, ya de por sí, representa un alto desafío. Desconocer dicha realidad será continuar manejando los esquemas simplistas y legitimadores que moldearon el actual modelo civilizatorio, o sistema-mundo; por lo que toda acción o iniciativa debiera orientarse al logro efectivo de los cambios revolucionarios que marcarán transformación estructural definitiva, no únicamente superar alguna coyuntura, a semejanza de lo que haría habitualmente cualquier gobierno para asegurar su continuidad o legitimidad frente a sus adversarios.-
Pese a que el gobierno se jacta de haberle propinado un golpe contundente a las mafias que lucraban con los billetes de cien bolívares en la frontera colombo-venezolana, obligándolas a «devolverlos»- a un porcentaje creciente de la población le invade todavía la sensación que éste se halla en un callejón sin salida o, en el más benévolo de los casos, se mueve en medio de un mar de contradicciones que conspiran contra sí mismo, facilitándole las cosas a sus enemigos internos y externos.
Algunos no lo perciben así y desmienten tal aseveración tomando en cuenta la movilización y concentración logradas este 17 de diciembre en Caracas, pero ello no rebate la realidad caótica que se vive en Venezuela, lo que obliga a plantearse nuevos escenarios y nuevos actores que permitan resolver, así sea coyunturalmente, lo que está ocurriendo. Al respecto, cabe admitir que gracias a las inconsistencias, debilidades, desviaciones, inmadurez y sectarismo políticos exhibidos de una u otra forma por el chavismo gobernante, la oposición de derecha pudo remontar su situación de minusvalía hasta alcanzar la fisonomía y el nivel actuales, con el control de la Asamblea Nacional y la desestabilización económica como partes esenciales de su estrategia para derrocar a Nicolás Maduro y adueñarse de todo el poder constituido, (incluida la administración de la apetecida renta petrolera).
Los descuidos y el triunfalismo del chavismo gobernante allanaron la vía para que los opositores recuperaran el aliento perdido en 2002, no obstante sus múltiples errores y su falta de tino para saber aprovecharse de la ocasión de desestabilización creada por ellos desde hace mucho tiempo. Mientras esto ocurría, las bases populares -atendiendo las exhortaciones del Presidente Hugo Chávez- procedían a organizarse, enfrentando en muchos casos la resistencia del funcionarado «chavista» que, a la usanza y semejanza de sus antecesores puntofijistas, poco o nada se muestra comprometido en hacer realidad la Revolución Bolivariana y menos a subordinarse al nuevo paradigma que supone el ejercicio -con características constituyentes- de una democracia consejista, directa, participativa y protagónica.
Sin embargo, lo anterior no significa que el proyecto de la Revolución Bolivariana esté hundiéndose. Existe un alto porcentaje de chavistas y de revolucionarios que siguen aferrados a la vieja idea de producir una verdadera revolución popular socialista en este país, lo que le concede al chavismo una posibilidad abierta de rectificar y reimpulsar revolucionariamente lo alcanzado hasta la fecha.
La «caída» de Maduro no se produciría por este motivo y hasta se podrá afirmar sin exageración alguna que tampoco por las acciones desquiciadas de la oposición. Su eventualidad depende de la superación pronta de las ambigüedades y falta de firmeza que corroe en general al chavismo gobernante. Pero, más importante aún es que los sectores populares logren comprender cuál es el verdadero papel que les corresponde desempeñar en la superación de los escollos que lo impiden y asumir entonces la construcción colectiva de esta revolución popular socialista, de una manera horizontal y diversificada.-
Quienes vaticinan situaciones peores para el país y critican la medida del presidente respecto a poner fuera de circulación legal los billetes de 100 bolívares son los mismos que comparten la idea de utilizar la crisis económica como herramienta política para acabar con el chavismo y toda expresión revolucionaria en Venezuela, además de aquellos que son artífices de todo lo ocurrido en esta materia en los últimos tres años.
Nada extraño resulta que lo hagan en vista que ellos no han aportado ninguna solución efectiva al grave problema que padece el pueblo, perjudicándose su poder adquisitivo, a pesar de elevarse el sueldo mínimo y el bono alimentario o de haberse implementado los Clap, de manera que no exista un mayor nivel de crisis y de desabastecimiento de productos básicos para las familias venezolanas. Al contrario de lo que pudiera esperarse de la gente de la oposición, ésta se ha afanado en tratar de destruir toda posibilidad de progreso y de recuperación económica de nuestra nación, creando matrices de opinión negativas que dan cuenta de una situación interna insegura e inestable para la inversión de capitales extranjeros, a lo que se une también la conspiración de gobiernos de la derecha que se plantearon la exclusión de Venezuela de Mercosur, alegando razones políticas sin bases suficientes.
Todo esto en conjunto nos demuestra a los venezolanos (y al mundo exterior) que no hay voluntad política ni una propuesta seria de parte de la oposición de ayudar a solventar los diversos problemas que confrontamos a diario, atribuyéndole sin mucho fundamento toda la responsabilidad de lo que pasa al gobierno de Nicolás Maduro. Incluso, azuza a gremios y sectores de la sociedad para que cerquen al gobierno con sus demandas, imponiendo un estado de ingobernabilidad donde los más afectados son, como siempre, los sectores populares, lo cual se incrementaría gracias a la ineficiencia y la corrupción de algunos funcionarios públicos, civiles, policiales y militares, que sólo velan por sus intereses particulares mientras el resto de la ciudadanía se queda en la intemperie, sin confianza en ninguna autoridad.
Por eso, a la oposición apátrida no le cae nada bien que Maduro asuma medidas, así sean algo tardías o de efectos moderados, que vayan en favor de los venezolanos, especialmente de los sectores populares, pues su obsesión compulsiva de tomar el poder la lleva a poner en práctica cualquier plan que precipite el caos en nuestro país y entonces salirse con la suya, es decir, ejercer el poder en función de sus propios intereses y del imperialismo gringo, a través de sus grandes corporaciones transnacionales que la respaldan financieramente desde hace ya diecisiete años consecutivos.-