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EL PODER Y LAS «AMENAZAS» DE UNA CRÍTICA TRANSGRESORA

EL PODER Y LAS «AMENAZAS» DE UNA CRÍTICA TRANSGRESORA

 

Homar Garcés.

Todo ser humano es susceptible a la crítica. Especialmente, aquel que se halla ejerciendo funciones de poder, por lo que la crítica se convierte en una acción incómoda e intolerable, sobre todo si proviene de personas que, se supone, tienen una misma ideología o militancia político-partidista. En términos criollos, suele invocarse la máxima popular que señala que «los trapos sucios se lavan en casa» con lo que se busca acallar y estigmatizar cualquier señalamiento que sea visto como un ataque a la autoridad, con lo cual se pudiera inferir que todo poder, aún el ejercido bajo los cánones de la democracia, siempre tenderá a ser un poder despótico o arbitrario y, en consecuencia, será un poder de esencia antidemocrática, por mucha propaganda que se difunda para convencernos de todo lo contrario. En un sentido general, todo poder cumple una función negativa, excluyente y represora que, a su vez, genera una acción (consciente e inconsciente) de resistencia y cuestionamiento entre la población gobernada. Esto marca una dualidad escasamente resuelta y, poco menos, evitable, dadas las múltiples ambiciones que tienen lugar en el mundillo político.
 
También ocurre que quienes ocupan cualquier cargo en las distintas estructuras del poder público suelen “olvidar” que el mismo tiene como origen el voto popular, expresión de la soberanía nacional, establecida en toda Constitución que se conozca a nivel mundial. Pero muchos se precian de ser bendecidos por la suerte o la providencia (al modo de los antiguos monarcas absolutos), o ven así recompensados sus esfuerzos y lealtades al adherirse a una organización con fines políticos y a sus dirigentes más relevantes; por lo que no se sienten obligados a rendir cuentas al «populacho». Muchas veces, como ocurrió en el siglo pasado en Italia, Alemania, la Unión Soviética y Cambodia, la tendencia es provocar un efecto disuasivo que minimice y erradique toda disidencia interna, creando la ilusión de una unidad partidista y nacional sólida y monolítica. Más aún, cuando surgen en el horizonte nuevas exigencias políticas y se tienen que confrontar otras realidades sociales, culturales y económicas para las cuales no se tuvieron los escenarios previstos de antemano y se carece de la suficiente capacidad para comprenderlas y ajustarse a las mismas. 

Quienes gobiernan por mucho tiempo acaban por aferrarse al poder de una manera irracional y enfermiza. Eso es una realidad constatable a lo largo de la historia. Rodeados por sus adulantes y acosados por sus demonios internos, crean barreras protocolares que acaban por distanciarlos del pueblo. Es aquí cuando las «amenazas» de la crítica comienzan a generar una especie de paranoia entre los estamentos gobernantes, azuzándolos a reprimir toda manifestación contraria a su estatus, no importa si es algo que viole las leyes y los derechos humanos, pasando de un simple ostracismo o destierro a la decisión de eliminar físicamente a aquellos que osan transgredirlo. Algo de lo cual no podría excusarse a ningún régimen, siendo la razón de Estado la fuente frecuente de sus justificaciones. 

En esta situación invariable, la ética y la política, aunque debieran conjugarse o amalgamarse en un todo, se rigen por lógicas que son contrarias entre sí, lo que hace que su estudio y explicación tengan más complejidad de la que pudiera inferirse, dado el sentido común predominante. Por ende, será necesario que la mayoría subordinada (o gobernada) se organice y tome conciencia de cuál es el rol que le corresponde asumir en la construcción y defensa de los valores democráticos que deben guiar su conducta; lo que servirá de muro de contención a los diversos excesos que pudieran cometer quienes se presentan a sí mismos como sus guías y salvadores, atenazados, como lo estarían, por las «amenazas» de una crítica que siempre sería transgresora.

 

EL CHAVISMO Y LA UTOPÍA BOLIVARIANA COMO PROYECTOS Y PROCESOS DE CAMBIO

EL CHAVISMO Y LA UTOPÍA BOLIVARIANA COMO PROYECTOS Y PROCESOS DE CAMBIO

 

Homar Garcés. 

 

A Hugo Rafael Chávez Frías se debe, fundamentalmente, que el ideario bolivariano dejara de ser una simple abstracción y pasara a convertirse en un concepto político motivador y práctico para que un vasto porcentaje de la población venezolana se animara a la acción efectiva de cambiar el mundo que le rodea. Unido a los aportes de Marx y de otros teóricos del socialismo revolucionario (rescatando la fusión del bolivarianismo con el marxismo, elaborada por Pedro Duno y Douglas Bravo en la época de las guerrillas), a través del mismo se pensó en generar un sistema de valores y de leyes justo que acabaría con la pobreza, la explotación, la discriminación, la desigualdad, el neocolonialismo, la corrupción y la ineficiencia estatales que habían mermado considerablemente la autoestima del pueblo venezolano; cuestión esta última que era reforzada por la ideología dominante, la cual -entre otras cosas- le hacía creer en su incapacidad para alcanzar los mismos niveles de desarrollo económico y de democracia logrados en otras naciones. De ahí que los grupos y las clases gobernantes se vieran a sí mismos como recompensados y destinados por la providencia para usufructuar el poder y defenderlo a toda costa de cualquier pretensión de modificar el status quo, así se hiciera en nombre de Bolívar, la Constitución, la democracia o de la soberanía nacional.

 

Sin embargo, la clásica embriaguez producida por el maná petrolero siguió siendo un rasgo distintivo de la nueva etapa histórica que vivió Venezuela, con el añadido que Chávez decidió que los excedentes de la renta petrolera se dedicaran a mejorar las condiciones socio-económicas de la población empobrecida a través de las diversas Misiones sociales que éste impulsara, más allá de los cánones tradicionales establecidos por el Estado. Estas sirvieron para que empezara a saldarse la deuda social que se mantenía respecto a los sectores populares, largamente excluidos, al mismo tiempo que se lograba la inserción de estos en el escenario político nacional con una presencia determinante en los momentos que los grupos y clases dominantes desplazados del control del Estado recurrieron al viejo formato golpista y al sabotaje abierto de la economía, en complicidad con el régimen imperialista estadounidense. Desde entonces se inició una ola de renovación democrática que presagiaba la factibilidad de constituir la organización de un verdadero poder popular, con la suficiente capacidad y autonomía para imponer cambios revolucionarios sustanciales en la manera de entender y de manejar el gobierno mediante la práctica de la democracia participativa y protagónica, sin la dependencia de partidos políticos ni del estamento burocrático estatal. Los Círculos Bolivarianos (a semejanza de los Soviets y de los Comités de Defensa de la Revolución, de Cuba) constituyeron una de las formas germinales de este poder popular que emergía y se proyectaba como la esencia del socialismo bolivariano del siglo XXI proclamado por Chávez Frías, coincidiendo con el auge de los movimientos sociales que tenía lugar en nuestra América y otros continentes en medio de la euforia capitalista ante el derrumbe del bloque soviético y, con él, del fin de la historia.

 

No obstante, se ha visto a muchos de estos nuevos dirigentes políticos convertirse en depredadores descarados de los bienes públicos; a pesar de los reiterados llamados hechos en su momento por Hugo Chávez y, ahora, por Nicolás Maduro para que el PSUV se depure de este tipo de personajes perniciosos y sean castigados con todo el rigor de las leyes. Con su comportamiento abiertamente contrarrevolucionario, esta nueva representación política del país busca promover un inmovilismo social que le permita usufructuar el poder indefinidamente sin que exista ninguna especie de contraloría social o de transformación estructural que disminuye el status alcanzado. Ella, en conjunto, es responsable de los intersticios de los que se aprovechan los grupos de la derecha pro-imperialista para desestabilizar el país e incrementar el descontento que pueda existir entre las mayorías populares. Por eso, vista y comprendida la utopía bolivariana como una herramienta de transformación radical del modelo de sociedad implantado en Venezuela, sus ideas matrices son incompatibles con el comportamiento observado entre tal «élite». Chávez mismo, en diferentes ocasiones, fustigó y puso en tela de juicio este comportamiento cuartorepublicano, instando al pueblo organizado a ejercer plenamente su soberanía y a aplicar los preceptos establecidos en la Constitución como un modo de insuflarle vitalidad permanente al proyecto revolucionario socialista bolivariano.

 

Como expresión y experiencia de la conciencia revolucionaria de los sectores, la utopía bolivariana, convertida en método, es acción colectiva liberadora. Lo que Paulo Freire llamó praxis auténtica. Esta acción se manifestaría  en un entorno cohesionado por la unidad de criterios compartidos, de manera que exista la certeza de que ella no sólo es factible, o deseable, sino que es la piedra fundacional de la organización social futura, suprimidos los elementos negativos del presente; todo gracias a la puesta en marcha de un proceso dialógico, reflexivo, organizacional y participativo, nutrido y llevado a cabo de manera independiente por las diferentes organizaciones revolucionarias populares. Ésto exigía un replanteamiento profundo de la manera de ser de los activistas político-partidistas que accedieran a los diversos cargos de representación popular, sin quedarse en un mero cambio de nombres.

 

El proyecto nacional popular revolucionario bolivariano (entendido también como proceso), a la luz de los diferentes acontecimientos que, de una u otra manera, han marcado la historia reciente de Venezuela, requiere que se propicie un proceso de evaluación crítica, democrática y genuinamente socialista, que le permita a los sectores populares su reapropiación y relanzamiento de modo que se asiente la transformación estructural que el mismo contempla. Esto incluye acentuar la importancia de la teorización sobre la doctrina revolucionaria bolivariana como su puntal principal, sin el cual no habría un elemento convergente que pueda convocar a los sectores populares del país; comprendiendo y dándole espacio a sus distintas motivaciones e intereses, de modo que se elabore (o reelabore) entre todos un proyecto factible de país. Las herramientas están a la orden del día, como se dice popularmente. Falta generar una mayor voluntad colectiva para emprender los cambios políticos, económicos, sociales y culturales que allí están plasmados. Malamente, todavía estamos acostumbrados a la vieja forma de entender y de hacer política, lo que incide en que haya una dependencia de partidos políticos y del Estado, a pesar del cuestionamiento diario que se hace de ellos, la que resulta nociva (así se afirme lo contrario) para el funcionamiento y la organización de un poder auténticamente popular y revolucionario.  

LA DISYUNTIVA DE LA DEMOCRACIA: LA BRECHA ENTRE ESTADO Y PUEBLO

LA DISYUNTIVA DE LA DEMOCRACIA: LA BRECHA ENTRE ESTADO Y PUEBLO

Homar Garcés  
En El Proceso, obra escrita por Franz Kafka, uno de los personajes, refiriéndose al comportamiento observado en el guardián, discurre que “sea cual sea la impresión que nos cause, es un servidor de la ley y, como tal, escapa al juicio humano”. Con un punto de vista parecido, para muchos queda justificada la brecha que separa al ciudadano común del Estado y de los funcionarios que le dan vida, estableciendo una jerarquización (legal y legalizada) contra la cual resultaría inútil luchar, como se extrae de las diferentes experiencias históricas que se plantearon acabar con ella y que trataron de establecer, en su lugar, unas relaciones de poder horizontales que harían factible la vigencia total de la democracia. 
Como norma a seguir en toda sociedad democrática, el imperio del derecho debiera estar en la gente y en la naturaleza. En relación con este tema, en su obra «La Utopía del oprimido», Ramiro Ávila Santamaría explica que «la interpretación popular, la que hace la gente en la cotidianidad, y las formas de expresión de los derechos, son formas válidas y respetables de comprender la Constitución. La gente —individual y colectivamente— y las leyes de la naturaleza son fuentes de derecho. Las interpretaciones tendrán más autoridad en tanto sean fruto del sentir colectivo, del debate deliberativo y se encaminen a fortalecer el poder popular y la transformación social. La interpretación popular no es la única ni la mejor interpretación de la Constitución, como tampoco lo es la interpretación judicial, parlamentaria o de alguna agencia del Ejecutivo. Atrás de menos de una docena de jueces o varias centenas de parlamentarios hay millones de personas que cotidianamente ejercen sus derechos y los reclaman. Los parlamentarios pueden tener motivaciones a corto plazo y defender intereses de un grupo, al igual que los jueces y las cortes. Lo cierto es que cuando las decisiones tomadas por el poder, mediante una ley o sentencia, violan derechos, las personas pueden ignorar lo resuelto por el Estado. Por el contrario, el constitucionalismo del oprimido puede defender las actuaciones de los funcionarios públicos cuando promueven y protegen derechos. No es la competencia legal de los jueces o de los funcionarios estatales lo que se discute, sino su actual supremacía para interpretar y aplicar las normas». Según esta concepción, la cotidianidad colectiva y los reclamos de las luchas populares (en su justa acepción) son prácticas que pueden extenderse a las instituciones y al derecho. Esto se ha visto reflejado, de una forma muy particular, en nuestra América con el impulso y la aprobación de Constituciones y leyes que contemplan, como un elemento innovador destacado e insoslayable, la soberanía y la participación del pueblo; así como la garantía de los derechos de los pueblos originarios y afrodescendientes, y de la naturaleza, trascendiendo los marcos constitucionalistas tradicionales.

A pesar de la inexistencia de las estructuras necesarias para que la justicia y el constitucionalismo populares puedan manifestarse sin interferencias ni intereses de ningún tipo que minimicen y coarten sus acciones y determinaciones, es importante reconocer que éstas no deben obviarse, especialmente cuando se habla de la democracia y de la soberanía encarnadas en el pueblo. Sería un contrasentido que el poder constituido, representado en el Estado, se negara a aceptar como legítimas las demandas de los sectores populares, escudándose en razones y normas seguidas a través del tiempo, gran parte de las cuales fueron establecidas de manera prejuiciosa a favor de los intereses y la hegemonía de minorías dominantes. Al contrario de ello, sería el pueblo quien tenga la responsabilidad de que el Estado funcione de manera eficiente y transparente en vez de delegar tal responsabilidad en los gobiernos, la burocracia y los partidos políticos, los cuales suelen adoptar una conducta alejada de aquel, convertidos en reyezuelos que deciden e imponen cualquier cosa que no afecte su autoridad. Esto podrá constatarse mediante el ejercicio de una democracia deliberativa por parte de los sectores populares que, de profundizarse al calor de la protesta contra el orden vigente, daría origen a hechos constituyentes que lo modificarían amplia o parcialmente, ajustados a las necesidades y a las realidades que surjan en todo momento.

Los diversos movimientos sociales a nivel global han cuestionado las fallas del sistema liberal-burgués representativo, las injusticias y desigualdades derivadas de la estructura económica capitalista y las asimetrías causadas por la concepción neoliberal del desarrollo; temas a los que se agregan, entre otros, la emancipación femenina, la preservación de un ambiente sano y de la biodiversidad que en él se encuentre, los derechos ancestrales de los pueblos originarios y campesinos, la eliminación de cualquier forma de discriminación racial, la inclusión social de los inmigrantes, la soberanía alimentaria, el acceso a servicios públicos eficientes, la diversidad sexual, la educación inclusiva, la salud en igualdad para todos y el derecho de vivir en paz, sin amenazas ni conflictos extraterritoriales. Cada uno de ellos descubre la brecha existente entre el Estado y el pueblo. De esta manera, los movimientos sociales plantean nuevas realidades que deben tomarse en cuenta, a fin de ampliar y profundizar lo que se entiende por democracia; reduciéndose, en consecuencia, esa diferenciación y jerarquización existentes entre gobernantes y gobernados que le restan vigencia, haciendo de ella una aspiración permanente y, aparentemente, sólo posible en nuestra fecunda imaginación. 

LA BATALLA REVOLUCIONARIA CONTRA “DIOS”, EL CAPITALISMO Y EL ESTADO.

LA BATALLA REVOLUCIONARIA CONTRA “DIOS”, EL CAPITALISMO Y EL ESTADO.

 

Homar Garcés

La burguesía, como clase social emergente, ilustrada y poseedora de grandes capitales, es el grupo que le disputa la hegemonía a las teocracias y a las monarquías. Es ella la que pasa a encabezar las aspiraciones revolucionarias de libertad social antiestatal que se dan a conocer en Europa como preludio del final de la era medieval. Con la Revolución Francesa de 1789, la nueva clase burguesa propugna la concepción de un modelo de civilización con que se pretende superar las contradicciones, las injusticias y las opresiones que caracterizaron la historia humana desde la antigüedad más remota. Éstas, en la visión de algunos pensadores (enlazados de alguna forma con teóricos de la sociedad humana o, simplemente, filósofos como Platón, Tomás de Aquino, Tomás Moro o Jean Jacques Rousseau), eran algo más que una exigencia de mejora de las condiciones de vida moral y material en que se hallaba la mayoría de las personas. En muchos casos, las demandas de justicia social estaban acompañadas por otras de regeneración integral, con un retorno, si fuera factible, a una vida silvestre, que motivaron el desencadenamiento de otras experiencias revolucionarias, inspiradas en el legado francés, que produjeron ciertos cambios aunque no con la trascendencia y la novedad profunda que se esperaba de ellos. Así, a los ideales comunes de igualdad, libertad y fraternidad enarbolados históricamente por las masas oprimidas del mundo (que no pudieron concretar los regímenes liberal-burgueses, por muchas leyes o reformas aprobadas) vino a agregarse la alternativa de un orden social, político, económico y cultural completamente distinto al existente, lo que fue plasmado, principalmente, en las propuestas presentadas inicialmente por los socialistas utópicos, los comunistas y los anarquistas; cada una atacando lo que, desde sus puntos de vista, eran las causas fundamentales de los diversos desajustes e injusticias que minaban la libertad, la igualdad y la convivencia pacífica de los seres humanos.

A través de la historia, el Estado burgués liberal ha evidenciado una incapacidad manifiesta para propiciar, realmente, la emancipación integral de las clases desposeídas. Durante este proceso, en especial, desde las décadas finales del siglo pasado, la clase asalariada es quien sufre el impacto causado por la desregulación de la economía, la liberalización del comercio y de la industria y las privatizaciones de las empresas y servicios públicos controlados por el Estado. «La práctica -como lo exponen Raúl Zibechi y Decio Machado en su libro ’El Estado realmente existente. Del Estado de bienestar al Estado para el despojo’- demuestra que no se puede avanzar de forma sólida en la lucha contra la desigualdad sin transformar el modelo de acumulación capitalista e intervenir sobre las grandes fortunas acumuladas de forma violenta por parte de las élites locales generación tras generación». A la par de él, se encuentra la religión como refuerzo del estado de cosas existente, cuya enseñanza principal está dirigida a las clases explotadas y oprimidas para que acepten de una forma resignada la condición depauperada y subalterna en que se encuentren, con la esperanza de ascender a los cielos, una vez llegada su muerte.

Si se observa bien, de una manera desprejuiciada, los cambios profundos, estructurales y radicales que entrañan las exigencias populares a través del tiempo, se concluirá que ellas chocan, frontalmente, contra la ideología dominante, inculcada por los sectores gobernantes a través del control que tienen sobre la educación, la religión, la cultura, y los grandes medios de información y de entretenimiento, lo cual limita la adopción y la aplicación de medidas, de algún modo, revolucionarias, que hagan factibles tales cambios. La historia de nuestros países, desde los albores de la República hasta la actualidad, permite afirmar que la igualdad social no se corresponde, en la práctica, con una igualdad política ni con una igualdad jurídica (entendiéndola, por demás, como igualitaria entre ricos y pobres) y, menos, con una igualdad de tipo económico (mediante una distribución equitativa de la riqueza generada entre todos). La revolución que ello supone tendrá que ser, por tanto, radical y no centrada en un solo elemento; dejando brechas abiertas que faciliten el resurgimiento del viejo orden, pero esta vez con nuevos ropajes (incluso, dotado con un discurso en apariencia revolucionario). 

En un sistema-mundo donde la hipermercantilización, el hiperconsumo y la hipercientifización están siendo impulsados irracionalmente por un despotismo corporativo (ejercido por los dueños de las finanzas y de los grandes medios de producción que manejan el mercado mundial), la batalla revolucionaria contra “Dios” (comprendido como la religión que justifica el orden vigente) y el Estado burgués liberal ahora se extiende a dilucidar el fetichismo de las mercancías advertido en su época por Karl Marx, cuyo efecto en las personas les convierte en marionetas fáciles de manejar por los dueños del capital, exacerbando su narcisismo e individualismo a grados superlativos que rompen con cualquier noción ética y moral. 

Por eso, proponer un cambio de vida al margen de “Dios” y del Estado implica proponerse crear una nueva estructura conceptual respecto al sistema-mundo que ha conocido hasta ahora la humanidad. En éste deben incorporarse las teorías (y luchas) emancipatorias feministas, indigenistas, afrodescendientes, ecológicas, antiimperialistas y antirracistas que han germinado a lo largo de los últimos cien años, enriqueciendo la concepción de la Revolución por la cual dieran sus vidas tantos hombres y tantas mujeres, muchas veces sin mucha teorización, pero conscientes de la importancia del esfuerzo hecho. Todo lo anterior nos conducirá a la máxima expresión de la democracia (entendiéndola como el ejercicio efectivo y permanente de la soberanía por parte del pueblo organizado); sería, entonces, la negación de toda sujeción política, suprimiéndose, en consecuencia, la relación habitualmente aceptada de gobernantes/gobernados que es, igualmente, una relación de amos/esclavos o de dominación/servidumbre (aunque los términos hayan cambiado). Gracias a esta alteración profunda de las relaciones de poder, el ser humano podrá de libertad y convertirse, finalmente, en un ser humano socializado. 

 

 

EL CULTO A BOLÍVAR Y LOS DUEÑOS DE LA HISTORIA

EL CULTO A BOLÍVAR Y LOS DUEÑOS DE LA HISTORIA

 

Homar Garcés
 
En el discurso pronunciado el 24 de junio de 1983 en el Palacio de las Academias en Caracas, José Manuel Briceño Guerrero expuso lo que ha sido, de hecho, por más de un siglo, la religión laica de los venezolanos. Resaltó que «el culto oficial a Bolívar, característico y definitorio del Estado republicano, no guarda continuidad con la presencia innominada de Bolívar en nosotros más cerca de su corazón que de sus actos. El poder político venezolano, después del corto lapso de estupor que siguió al parricidio, recuperó el cadáver de Bolívar y lo hizo objeto de un culto supersticioso que encubre el terror de su resurrección y garantiza su muerte, separándolo de la tierra donde podría germinar». Desde el momento que la clase gobernante de Venezuela, encabezada por el General en Jefe y presidente José Antonio Páez, le levantara la medida de proscripción y exilio, decidiendo la repatriación de sus restos desde la República de la Nueva Granada, el Libertador Simón Bolívar ha sido objeto de una veneración interesada de parte de aquellos que se han escudado tras su nombre con fines completamente opuestos a los que él trazara para emancipar al país (junto con el resto de nuestra América) y consolidar definitivamente su independencia sobre las bases de una república sólida, ejemplar y enteramente igualitaria, justa y democrática. 

Al indagar respecto a la personalidad, los hechos, el pensamiento y el legado histórico de Simón Bolívar se debe estar en disposición de sostener un debate teórico, político y cultural que no solo permita comprenderlo y ubicarlo en el tiempo sino también establecer su conexión con el presente de luchas de nuestra América, sin que ello sea obstruido de algún modo por los prejuicios sembrados por las historias oficiales y el nacionalismo parroquial de nuestros países, según la ideología y los intereses de las minorías dominantes. Se debe considerar, como lo apunta Néstor Kohan en su obra «Simón Bolívar y nuestra independencia. Una mirada latinoamericana», que «la historia no es sólo la historia de las clases dominantes. Ellos, los poderosos, las elites, las clases dominantes explotadoras, no son los únicos protagonistas del drama humano. Al mismo tiempo y en paralelo, hay una historia de los de abajo, de las clases populares, de las clases subalternas, de las clases explotadas y de los pueblos oprimidos. Quien no enfoque su mirada hacia esta última terminará confundido, cantando alabanzas, consciente o inconscientemente, a los poderosos y a los (hasta ahora) vencedores. Para vencer hay que aprender —en el pasado, en el presente, en el futuro— a ver al pueblo actuando de pie, no sólo de rodillas, pasivo y como simple ’base de maniobra’».

Durante mucho tiempo, Bolívar y los demás grandes personajes de la nacionalidad fueron sometidos cada año a la liturgia de efemérides, donde los oradores y participantes resaltan sus cualidades, pero sin mencionar que eran hombres y mujeres de su tiempo, comunes hasta cierta medida, que supieron (o se vieron forzados) comprender cuál debiera ser su rol en el desarrollo de los acontecimientos en que se hallaron envueltos; quitándoles esa aura de gente predestinada con la cual sería muy difícil igualarse. Esto nos conduce a una evasión permanente hacia un pasado heroico y glorioso que, en vez de emularse, ocasiona entre el pueblo un sentimiento de frustración generalizado. Ese carácter de elegidos divinos que se les atribuye a estos hombres y estas mujeres obstaculizan, de un modo u otro, la conciencia histórica que debiera servir como elemento de la nacionalidad. Con Frantz Fanon, cabe decir que «el hombre colonizado que escribe para su pueblo cuando utiliza el pasado debe hacerlo con la intención de abrir el futuro, de invitar a la acción, de fundar la esperanza». En dicho caso, el culto creado en torno a Bolívar por aquellos que se han considerado a sí mismos como dueños de la historia lo alejan de lo que debiera conformar una relación de continuidad con los acontecimientos que, de algún modo, fueron determinantes en la fisonomía histórica venezolana y no simple anécdota familiar que se transmite de generación en generación como una cuestión única sin que haya ocurrido nada más que este episodio, digno de estudiar, actualizar y rememorar con criterio de objetividad.


La línea de continuidad histórica que han pretendido establecer los distintos gobiernos con la gesta bolivariana no debe ser un impedimento para acceder a una mayor aproximación, asimilación y comprensión de quien fuera el Libertador Simón Bolívar, sin que esto se entienda como su aislamiento del resto de los impulsores de la independencia, fueran hombres o mujeres, militares o civiles, de extracción social alta o baja. En palabras del historiador Germán Carrera Damas, «la conciencia histórica tradicional venezolana quiere que el pasado heroico, y específicamente Simón Bolívar, sirvan a un tiempo de acicate y de escudo que permitan compensar las alegadas deficiencias estructurales del pueblo venezolano. Bolívar ha de ser un paradigma, siempre presente, pero inalcanzable en su perfección por cuanto le sirve de base un patrón deificado. El pueblo cumple, en estas circunstancias, un rol más bien receptivo, por no decir pasivo; el cual, por otra parte, se corresponde con el que, según la historia patria, desempeñó en los momentos cuando la excelencia del paradigma -o sea durante las guerras de independencia- llevó ese pueblo a realizar tareas que estaban muy por encima de sus facultades demostradas, antes y después». Esta conclusión es lo que hace necesario estar prevenidos con la conveniencia de sostener el culto a Bolívar, tal como se ha estilado desde la primera magistratura de Páez, pese al reconocimiento de su necesidad, a la manera de entenderlo Nicolás de Maquiavelo o Antonio Gramsci cuando plantean que se debe recurrir al mito, de manera que este sirva de motor para impulsar y nutrir la acción y la organización que hará factible la transformación o la conservación de la nación y, junto con ella, principalmente, la realidad política, económica, social y cultural vigente de nuestra nación.

LA AUTOCONCIENCIA FEMINISTA Y EL «PECADO» DE SER MUJER

LA AUTOCONCIENCIA FEMINISTA Y EL «PECADO» DE SER MUJER

 

Homar Garcés

El androcentrismo cultural (para otros, falocentrismo) está tan arraigado en nuestras sociedades que -generalmente- se acepta como algo totalmente correcto, natural y legítimo que no es preciso explicarlo, tan solo aceptarlo. Esto, a pesar de que las mujeres adquirieron, en los últimos cien años, más derechos que sus antecesoras, como el derecho a la educación, al divorcio, a participar en el escenario político, a una igualdad laboral y salarial, a ejercer cargos de autoridad en diferentes instituciones y a defenderse y a ser defendidas de la violencia machista. No obstante, aún se percibe a la mujer como guarda de la «santidad» del hogar, reproductora de la especie humana y objeto decorativo y sexual que el hombre exitoso puede mostrar a sus semejantes en todo momento; refrendado por el uso del apellido de su cónyuge, como marca de posesión, y la sentencia del mito bíblico del pecado original. El patriarcado se mantiene vigente, entonces, por medio de diversos sistemas de dominación y recursos simbólicos que lo exaltan, una cuestión importante que se hace imperioso develar para que la sociedad entera conozca cómo reducirlos y eliminarlos, en función de lograr un mayor nivel de libertad y de democracia, por igual, para todos. «Al igual que otras ideologías dominantes, -escribe Kate Millet en su obra «Política sexual»- tales como el racismo y el colonialismo, la sociedad patriarcal ejercería un control insuficiente, e incluso ineficaz, de no contar con el apoyo de la fuerza, que no solo constituye una medida de emergencia sino también un instrumento de intimidación constante». Esto se basa en los roles de género a los cuales son sometidos niños y niñas, estableciendo diferenciaciones que, a final de cuentas, imponen un sistema de dominación y de explotación que, fundamentalmente, privilegia al sexo masculino.

De esta forma, la arcaica idea del príncipe azul (repetida innumerables veces a través de telenovelas) «educa» a la mujer en la pasividad, la paciencia y la ilusión de encontrar, algún día, mágicamente, un varón apuesto dispuesto a acogerla y protegerla, a cambio de su amor, devoción, utilidad y complacencia, sin esperar reciprocidad alguna de quien debiera ser su compañero y no su amo o dios redentor. En todo caso, se produce lo que algunos estudiosos y estudiosas de este tema llaman plusvalía de la dignidad genérica, obtenida en cada interación de ambos sexos. Al respecto, cabe mencionar que existe cierta inconsistencia en cuanto a la enseñanza común que se le imparte a niños, niñas y adolescentes sobre el sexo, sin mayores alusiones a lo que es, o debería ser, el amor entre las parejas de todo tipo, algo que pasan por alto, incluso, aquellos que reclaman que se elimine la educación sexual por calificarla de pervertida e inconveniente para la formación de las generaciones futuras. Quizás haya en todos la convicción de que el amor no se puede cuantificar y, por lo tanto, no se podrá explicar racionalmente, quedando reducido simplemente a una especie de buena suerte para aquellas personas que están recíprocamente enamoradas.

La influencia de la industria del consumo, del cine y de los medios de comunicación de masas, a pesar de abrirse a la inclusión de la comunidad LGBTQ (para algunos, de un modo exagerado), se manifiesta en los patrones de conducta que deben seguir hombres y mujeres, los cuales asignan a éstas un papel cosmético, secundario y dependiente de su par masculino, de quien se espera que sea arrogante, decidido y capaz de realizar toda proeza física destacable, sea en un campo de batalla (real o ficticio) o en cualquier deporte, convertido en deidad o héroe para las multitudes; especialmente, para las mujeres. Algo que se deja traslucir (sin profundizar, puesto que no se trata de filosofar) en la versión cinematográfica «humanizada» de la muñeca Barbie.

Las luchas y las políticas feministas no tendrían, entonces, como único objetivo el reconocimiento y el mejoramiento de las condiciones en que viven, o podrían vivir, las mujeres y todas las personas disidentes de la heteronorma tradicional. Esto es algo que entronca la autoconciencia femenina con las demás luchas y políticas que se proponen producir cambios en el sistema-mundo prevaleciente. Para lograrlo, es vital comprender que la reproducción social no se basa solamente en el factor económico o político, como suele verse y entenderse, lo que hace necesario incluir un análisis más integral y completo que permita modificar estructuralmente este sistema-mundo en favor de todas las justas aspiraciones de la humanidad; de manera que se amplíen los horizontes de cada una de estas luchas y políticas. 

Por otra parte, se debe considerar que la rancia ideología de la desigualdad de sexos se expresa también en la violencia y la prostitución a que son sometidas muchas mujeres alrededor del mundo. Esta establece relaciones de subordinación y, hasta, de propiedad que se refuerzan mediante diversos mecanismos de ideologización, tales como los medios publicitarios y de entretenimiento, la religión y la instrucción (pública y privada), regidos normalmente por hombres. Todos éstos, juntos, contribuyen a impedir la autoconciencia feminista y a hacer permanente el «pecado» de ser mujer, prestadora , además, de servicios jamás remunerados en casa, aunque se viva en una sociedad nominalmente igualitaria. Tales elementos le dan una consistencia única a las luchas y las políticas feministas que exige una participación decidida de parte de los hombres, sin que por ello lleguen a sentirse disminuidos, desplazados y humillados, ya que su aporte a estas luchas y políticas crearán una perspectiva aún mejor de lo que es la humanidad en todo su conjunto.

 

LA DISTOPÍA COGNITIVA: INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y GRUPOS DE PRESIÓN

LA DISTOPÍA COGNITIVA: INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y GRUPOS DE PRESIÓN

 

Homar Garcés

 

Nos desenvolvemos en medio de una sociedad del entretenimiento y del consumo inducidos por el sistema capitalista, la cual convierte a muchos en individuos narcisistas y materialistas, con escaso (o nulo) apego a valores que entrañen un sentido de comunidad o de solidaridad. Con el impacto exponencial de las llamadas inteligencias artificiales estaríamos adentrándonos en un mundo dominado, contradictoriamente, por la ignorancia y por los prejuicios, algo similar al periodo medieval europeo cuando las monarquías y la iglesia católica le imponían a sus súbditos criterios indiscutibles y se les prohibía pensar con cabeza propia. Las inteligencias artificiales -manipuladas por los grandes capitalistas- contribuirán a afianzar dicha "cultura". La realidad virtual ha creado una ficción de libertad que, de un modo general, es aprovechada, por ejemplo, por quienes difunden mensajes de odio, apelando al derecho que les asiste a la libre expresión. La socialización y la amplitud de criterios que redundarían en la creación de canales de interconexión entre personas y grupos ubicados en puntos distintos del orbe quedó restringida a la difusión de mensajes banales, sin que se admita espacio alguno a la diversidad ni a la libertad del pensamiento. La nueva tendencia que se ha generado en internet es la impuesta por los que son identificados como lectores y editores sensibles, censurando lo que, en su opinión, representan elementos ofensivos, aún cuando estén incluidos en obras artísticas, literarias y cinematográficas reconocidas y producidas en el pasado.  

 

El entramado invisible que se ha creado (contando con nuestra participación inconsciente y, en algunos casos, resignada) apenas ha merecido reflexiones críticas de parte de analistas y profesionales de las ciencias sociales y, de ser conocidas, son pasadas por alto por quienes se hallan inmersos en ella; facilitando el «trabajo» y las millonarias ganancias de aquellos que lo controlan. Los diferentes avances tecnológicos producidos en computación, telecomunicaciones e informática han contribuido a uniformar la opinión pública en muchas áreas de la vida social, sobre todo, en lo político, sin que se dé espacio a la disidencia o a argumentos que no compaginen con lo habitualmente aceptado. Pocos intuyen en ello una amenaza o un peligro para la libertad humana y, más aún, más aún, para la variedad cultural que nos caracteriza como humanidad, al modo de las distopías imaginadas por Aldous Huxley en «Un mundo feliz », George Orwell en «1984», Alan Moore en «V, de Vendetta» o Ray Bradbury en «Farenheit 451», en las cuales se perfila el dominio de una minoría totalitaria, apoyada en la ciencia y la tecnología, que anula el libre albedrío de las personas. Precisamente, Aldous Huxley expresaría que «las personas llegarán a amar su opresión, a adorar las tecnologías que deshacen su capacidad de pensar». Siendo algo factible, la creatividad humana se vería afectada enormemente sólo con que se pulsen algunos botones.

 

Esta distopía cognitiva limitaría la complejidad intelectual humana a la emisión y la recepción de mensajes simples, sin mucha trascendencia, lo que -ahora- es algo común en las redes sociales, gran parte de ellas con normas «comunitarias» que sólo responden al interés particular de sus dueños y no a la visión multi-diversa y compartida de sus usuarios. Otra realidad que se extrae de ella, es que las grandes corporaciones que controlan el internet son las que perciben ingresos cuantiosos que superan a los obtenidos en conjunto por los sectores industriales y financieros de la economía mundial. Pero esto quizá no causaría mayor alarma si nada más se tratara de dinero porque esa es la lógica capitalista. Lo que advierten muchos analistas y expertos (varios de ellos ex empleados de alto rango de estas grandes corporaciones), es el control que ya se ejerce sobre el comportamiento y la opinión de segmentos importantes de la población mundial, como se ha comprobado durante los procesos electorales de algunos países, más visiblemente en Estados Unidos con Barack Obama y Donald Trump en su ruta a la Casa Blanca, con Mauricio Macri en Argentina o con la rusofobia a propósito de la guerra en Ucrania. Otro tanto ocurrió con la censura al personaje de Looney Tunes, el zorrillo francés Pepe Le Pew, al señalársele de fomentar la “cultura de la violación”, exigiéndose, en consecuencia, su supresión del cine y la televisión. 

 

En relación con este tema, en su artículo «La Inteligencia Artificial, ¿el nuevo oráculo que le dirá al ser humano cómo vivir?», Juan Pablo Carrillo Hernández formula algunas interrogantes de interés para todos: «¿Es posible confiar en el desarrollo de una empresa inserta de lleno en la mentalidad dominante de nuestra época, no preocupada, particularmente, por la emancipación de la consciencia o del entendimiento humanos? ¿Cómo esperar que una así llamada “inteligencia artificial” se convierta en el vehículo o recurso de la razón, de la formación consciente de una postura o de la elaboración de un saber, si desde su origen está diseñada para nada más que reproducir la información más popular o más autorizada sobre un tema?». Los marcos de referencia informativos que suelen citarse para blindar algún punto de vista no son los más imparciales que se requieren para conocer, con exactitud, los porqué de los acontecimientos que, de una u otra manera, afectan nuestras vidas. Lo que resulta aún más peligroso si ésta obedece a una estrategia con fines militares, como las diseñadas por el Pentágono y sus subordinados de la OTAN desde hace mucho tiempo. Las grandes potencias agrupadas en la Organización del Tratado del Atlántico Norte tienen previsto «sembrar modos de pensar» que «abaratarían» los costos de futuras guerras e influirían en el comportamiento político de sus víctimas u objetivos para desestabilizar los gobiernos considerados como enemigos. Bajo tal orientación, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa de Estados Unidos, mejor conocida por su acrónimo DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency), está a cargo del desarrollo de tecnologías avanzadas para uso militar. Esto incluye la puesta en funcionamiento, entre otras cosas, de un prototipo de satélite espacial espía de nueva generación y la capacidad de acceso a Internet mediante Wi-Fi en cualquier lugar de la Tierra, lo que servirá, según un comunicado oficial de la Fuerza Aérea estadounidense, para "destruir, negar, degradar, interrumpir, engañar, corromper o usurpar a los adversarios que tienen la capacidad de usar el dominio del ciberespacio en su propio beneficio". En otras palabras, se trata de activar lo que, previamente, se ha preparado comunicacionalmente, de manera que los individuos respondan a los estímulos emitidos (lo que los expertos llaman razonamiento motivado o sesgo de confirmación), de acuerdo con sus creencias, sus convicciones o, más sencillamente, sus prejuicios; dando así crédito a las informaciones que reciben y en las cuales confían.

 

El resultado anticipado de todo esto es la generación de un nihilismo pasivo, lo cual acarrearía delegar nuestro poder de decisión en algoritmos operados por los grandes magnates del capital global a fin de incrementar su hegemonía ideológica. La convivencia con la inteligencia artificial supone, entonces, entablar una lucha de resistencia de nuevo tipo, comprendiendo que ésta sería utilizada para perfeccionar el proceso de neocolonización y dependencia que sufren los países periféricos del capitalismo global. Algunas voces ya han propuesto medidas para la mitigación de riesgos respecto al uso y desarrollo de la inteligencia artificial, lo mismo respecto a los grupos de presión, ya que no solo lesionaría la privacidad y el nivel intelectual de la gente que tiene acceso a internet sino que repercutiría en una posible profundización de la hegemonía capitalista, mermando la libertad y la democracia de la mayoría, independientemente de cuál sea su origen, cultura, condición socioeconómica o filiación religiosa o política. 

LA MISOGINIA, LA HIPERMASCULINIDAD Y LA NOSTALGIA POR LAS VIEJAS JERARQUÍAS

LA MISOGINIA, LA HIPERMASCULINIDAD Y LA NOSTALGIA POR LAS VIEJAS JERARQUÍAS


Homar Garcés / 


Durante la última década, la lucha contra el feminismo y la ideología de género se ha convertido en una razón de ser de la política ultraderechista, expuesta sin disimulo alguno en foros públicos y medios de información de toda clase en una gran gama de naciones. Un aspecto a resaltar de este discurso ultraderechista misógino es el constante ataque a los derechos logrados por las mujeres en los planos reproductivo y sociopolítico, y por las minorías sexuales, los que han servido para protegerlas de los prejuicios que en su contra fuera una cuestión secular, incluso legalizada. Ven en estos derechos una aberración al orden jerárquico establecido por la «divinidad» y las leyes naturales; por lo que predican que se deben combatir en todo momento, a fin de evitar la destrucción del orden social existente. No aceptan, por lo tanto, una disminución del rol del varón (entendido como pieza básica del patriarcado) frente a la igualación de la mujer y de quienes integran la comunidad LGBTQ, en una manifestación de hipermasculinidad que les compensa el espacio perdido; por lo que, políticamente, son totalmente contrarios a cualquier novedad revolucionaria que promocione tales derechos. 


En Venezuela, hace ya cosa de más de treinta años, hubo un escándalo nacional al revelarse las actividades y procedimientos seguidos por una agrupación de laicos católicos proveniente de Brasil denominada Tradición, Familia y Propiedad; lo que obligara al presidente Luis Herrera Campíns a decretar su expulsión del país en 1984. Pero el mal ya estaba hecho. Producto de ésto, germinaron los grupos y los partidos políticos liderados por Leopoldo López, Julio Borges, Henrique Capriles y Alejandro Peña Esclusa, entre otros, que hoy se identifican con el fascismo, teniendo un discurso poco o en nada diferenciado del que pronuncian sus colegas del extranjero, conformando lo que podrá llamarse, con escasa originalidad, red fascista o ultraderechista transnacional. En este país, al iniciarse el proyecto de revolución socialista bolivariana, se hizo visible el odio racial, xenófobo, antiigualitario y anticomunista de la llamada burguesía y de la clase media que la secunda; lo que planteó una polarización política con mensajes de estas clases extraídos de la época de la Guerra Fría. Así, podría rastrearse el vínculo de la extrema derecha interna con la de otros lugares de nuestro planeta, magnificado en la actualidad gracias al auge del internet.


Para los representantes de las «nuevas derechas» (que se presentan a sí mismos como salvadores de la Patria y, comúnmente, cristianos fundamentalistas de derecha) les satisface la idea que las mujeres se conviertan en agentes mantenedoras de su propia subordinación frente a los hombres, anclándose en preceptos religiosos que contradicen los derechos que las amparan y que fueran alcanzados tras una larga lucha en el último siglo. Intuyen, quizá, que estos derechos pueden ampliarse, modificando las estructuras del patriarcado y, junto con él, del modelo civilizatorio en que nos hallamos, propiciando una revolución de mayor alcance a la preconizada por Marx, Engels, Lenin, Mao, Fidel, Che y sus seguidores; pues ésta envolvería no solo su condición de mujer por ser mujer sino que abarca el rol que se le ha asignado en las relaciones sociales y en las relaciones de producción creadas por el sistema capitalista. Se entenderá, por consiguiente, la misoginia, la hipermasculinidad y la nostalgia por las viejas jerarquías que expresan estos representantes de la ultraderecha, aprovechando generalmente la ignorancia de las masas (aunque entre éstas se consiga gente con formación universitaria). Ante semejante cuadro, corresponde a los movimientos revolucionarios profundizar sus principios y objetivos a fin de evitar que coincidan de alguna forma con la actitud y el discurso ultrareaccionarios; y, sobre todo, para que éstos no escalen y alcancen una posición de poder semejante a la alcanzada por sus antecesores históricos hace cien años atrás.


En muchos casos, las diferentes redes de comunicación digitales han sido utilizadas para exponer los discursos de odio de aquellas personas que no logran asimilar la idea de la convivencia, de la diversidad y del respeto mutuo. Su discurso antidemocrático refleja un estado de inferioridad que sólo es compensado de forma anónima, a distancia segura y, a veces, mediante un espíritu de manada, lo que suele ser algo más común. Esto, de alguna manera, refuerza la tendencia de un terrorismo patriarcal, o terrorismo machista, causante de miles de asesinatos de mujeres en varias naciones, los cuales suelen reducirse a lo que generalmente se ha conocido como crímenes pasionales o violencia doméstica, escondiendo la verdadera naturaleza de los mismos; quizás intuyendo que su cuestionamiento abarcaría también a las estructuras sobre las que se sostiene y naturaliza el orden social actual, lo que constituye politizar dicho tema. Esto, hay que recalcarlo, es expresión de la opresión primitiva, estructural e histórica sobre la mujer, por lo que no es extraño que sea parte del discurso misógino de los grupos ultraderechistas, opuestos como lo son a cualquier asomo de cambio que haya. En todo ese discurso se advierte una apología de la violencia con que se hostiliza a todos aquellos que representen ese cambio al cual se le niega espacio y comprensión, se confronta y se teme. Por ello, la misoginia, la hipermasculinidad y la nostalgia por las viejas jerarquías presentes en las creencias y el comportamiento de quienes militan en las agrupaciones políticas conservadoras o ultraderechistas (como aquellas identificadas de izquierda) no pueden catalogarse dentro de los renglones de la pluralidad garantizada por la práctica de la democracia, sino todo lo contrario: como la negación más extrema e inaceptable de lo que es, y deberá ser, justamente, la práctica y la esencia de la democracia.