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27 DE FEBRERO DE 1989: UNA MIRADA RETROSPECTIVA

27 DE FEBRERO DE 1989: UNA MIRADA RETROSPECTIVA

       Diecisiete años después de la insurgencia popular del Caracazo, la revelación más concluyente en cuanto a la nueva realidad que vive Venezuela es que aún se mantiene un auge de masas espontáneo que, sin más direccionalidad que la producida por Hugo Chávez desde la presidencia, busca expresarse de distintas maneras, pero sin apuntar, con la precisión de un francotirador, al objetivo fundamental de cualquier lucha revolucionaria: la conquista del poder y la transformación radical de la sociedad. Si unimos aquella rebelión social con lo acaecido el 13 de abril de 2002 –pasando por las del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992, protagonizadas ambas por grupos de militares y de civiles vinculados a la guerrilla izquierdista de la década de los 60 y de los 70-  se podría afirmar que la lucha del pueblo venezolano ha tenido sus manifestaciones contundentes en la escalada por la conquista de mayores espacios protagónicos, aunque carente de un contenido ideológico mejor definido; es decir, sin que se perfile una manera completamente distinta de ejercer la democracia.
        
Sin embargo, en descargo de la situación planteada, hay que reconocer que esta lucha, todavía en curso, adquiere nuevas dimensiones, nuevos contenidos y nuevos actores sociales que hacen presagiar una realidad nacional completamente diferente, plena de posibilidades democráticas, inexistentes en el pasado, las cuales apenas comienzan a aflorar con toda su carga subversiva. Algo que no ha sido fácil, a pesar de la impresión común contraria. Haberse atrevido a superar, tal vez inconsciente, pero decididamente, el país dividido entre unos pocos privilegiados que hacían gala groseramente de sus riquezas y de su poder, y el resto de la nación, ahogado en miseria y necesidades diarias que contribuían a mantener intacto el orden imperante, al no tener conciencia clara de cuáles eran sus causas; constituyó el cumplimiento de una vieja aspiración revolucionaria. Quienes quisieron lograrlo desde la “izquierda”, se enfrascaron en una pelea por disfrutar de las migajas que caían del banquete puntofijista, quizás desilusionados por la derrota de la lucha armada a manos del sistema o por la escasa receptividad de las masas a la prédica “incomprensible” de la lucha de clases. No obstante, en el ánimo de la gente y de ciertos revolucionarios (algunos, en abierta penetración y captación de las Fuerzas Armadas) existió la convicción de que algo cambiaría la situación interna del país.
         Desde el PRV-Ruptura (Partido de la Revolución Venezolana), comandado por Douglas Bravo y Francisco Prada, entre otros, se anticipó un gran malestar en el pueblo venezolano, originado por el vuelco que sufriría la economía nacional ante la imposibilidad de continuar con el despilfarro populista y la aplicación en camino de medidas neoliberales impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Esto representaría el punto crítico esperado y la oportunidad de producir  la ruptura creadora para la toma del poder. En caso de que tal oportunidad se perdiera, quedaba pendiente la opción militar, dado que se venían nucleando oficiales y suboficiales comprometidos, los cuales tendrían mando de tropas a partir de 1992 e impulsarían, entonces, la rebelión cívico-militar. Aún así, la insurgencia popular del 27 de febrero (la primera en su clase en contra de las imposiciones de la globalización económica) fue reprimida a sangre y fuego, con un saldo numeroso de civiles asesinados a mansalva, incluidos niños por las tropas y cuerpos de seguridad del régimen de turno, haciendo uso de las enseñanzas recibidas en la tenebrosa Escuela de las Américas, bajo el patrocinio del gobierno de Estados Unidos. Este aparente retroceso en el combate, le hizo comprender a los sectores populares hasta qué punto la clase gobernante estaba dispuesta a defender sus feudos particulares en nombre de la democracia, al mismo que los preparó subjetivamente para asumir el reto de transformar efectivamente al país. Por eso, el 27 de febrero es uno de los hitos más importantes de la lucha por la liberación nacional escenificados en Venezuela, ya que contribuyó a desvanecer el espejismo “democrático” en el cual permanecieron sumidos venezolanos por espacio de cuarenta años.-          

EL CARACAZO, LA RABIA DE UN PUEBLO ATROPELLADO

EL CARACAZO, LA RABIA DE UN PUEBLO ATROPELLADO

             Tras la coronación de Carlos Andrés Pérez como Presidente de Venezuela por segunda vez, la élite gobernante auguraba un nuevo período en el cual las cosas continuarían siendo, relativamente, las mismas; planteándose la implementación de un programa draconiano de acentuación capitalista de corte neoliberal, inspirado y supervisado por el Fondo Monetario Internacional (FMI).  Al fin y al cabo, el pueblo venezolano –salvo la época de la guerra de guerrillas protagonizada por el PCV y el MIR, con algunos elementos de las Fuerzas Armadas- había terminado por resignarse a aceptar las decisiones tomadas en su nombre por las camarillas económicas, políticas, sociales, eclesiásticas, militares y culturales que usufructuaban el poder desde 1958. De nada valía saber que, elección tras elección, los índices de abstención demostraban el divorcio existente entre gobernantes y gobernados, lo cual marcaba el grado de ilegitimidad que arropaba al régimen puntofijista. Por largos años, el pueblo de Venezuela fue acumulando rabia, frustración y desilusión frente a los discursos vacíos de quienes se atribuían representarlo en medio de un cuadro de miseria, derroche consumista, demagogia, nuevoriquismo y corrupción impune, entretanto las expectativas populares se mantenían insastifechas, a pesar de los altos y constantes ingresos petroleros.
            Toda esta situación reflejaba la existencia de dos Venezuela antagónicas y vino a quebrarse cual vitrina el 27 de febrero de 1989, el día que bajaron los cerros. Ésta fue una explosión social espontánea guiada –básicamente- por la rabia y la frustración de un pueblo que se siente siempre burlado y atropellado por sus gobernantes, sea cual sea el signo ideológico que los distinga. Todo esto, hasta cierto punto, queda plasmado en la obra de Román Chalbaud y Rodolfo Santana. Aunque las imágenes de la película dan cuenta de los abusos cometidos, no profundiza en las causas que originaron ese estallido de violencia popular. Esto hace que el Caracazo se nos antoje, por momentos, como un suceso lejano e irreal, perteneciente al realismo mágico de Gabriel García Márquez, como aquel relato suyo sobre la masacre de los obreros bananeros en huelga, cuya cifra de muertos terminó por diluirse en la leyenda, llegándose a dudar que hubiera ocurrido alguna vez. Para los venezolanos, las cifras oficiales no concuerdan con las suministradas por las familias de las víctimas, desconociéndose a ciencia cierta cuántos fueron los asesinados por las fuerzas represivas del gobierno, más aún si se considera que éstas no se limitan nada más a la ciudad de Caracas ni a los dos días iniciales de dicha explosión social.
            El Caracazo fue una guerra desproporcionada, sin duda, en la cual uno de los bandos estuvo desarmado y, por tanto, en desventaja. Ésta se hizo a causa del miedo de las clases dominantes del país que creyeron perdidos sus privilegios y su poder a manos de unas masas que siempre despreciaron y manipularon en su favor. En la película de Chalbaud destacan –en medio del caleidoscopio de personajes representativos- el burócrata, la “oposición” política, el empresario, el DISIP y el militar (éstos últimos formados bajo la doctrina de seguridad nacional elaborada por Estados Unidos para sus Estados vasallos en América Latina, identificando como enemigos potenciales de la democracia a los mismos sectores populares), quienes estarán de acuerdo en sofocar, a sangre y fuego, la rebeldía del pueblo venezolano. Semejante represión los desnudó ante el mundo entero y reveló la ficción de democracia en que estábamos sumidos los venezolanos. Pero no hay que olvidar que el régimen puntofijista ya exhibía antecedentes represivos, traducidos en desapariciones forzosas y asesinatos selectivos de dirigentes políticos y sociales cuyo máximo delito fue luchar por hacer de Venezuela una nación verdaderamente democrática y soberana. Hoy en día, parte de aquellos represores ostentan altos cargos en sus respectivas instituciones y nadie se ocupa de llevarlos ante la justicia. Ésta es la máxima deuda que tenemos con aquellos muertos y es preciso saldarla antes que el olvido los cobije definitivamente.
            El Caracazo fue una clarinada para que las fuerzas revolucionarias, aturdidas, quizás, por el chorro petrolero que amortiguó el deseo de justicia de las masas populares, se plantearan otra vez la cuestión de la toma del poder e iniciar una revolución social que acabara con todo el andamiaje de corrupción, hambre y represión levantado por las élites gobernantes de este país. Para éstas, fue el anuncio del fin de su hegemonía, aunque sus residuos buscan asirse del carro de la revolución que conduce Hugo Chávez y ya ocupan puestos de relevancia, convertidos en “revolucionarios”. Pero, más allá de ello, El Caracazo es la respuesta contundente –aunque en desventaja- de un pueblo cansad de esperar y debiera constituir, en la actualidad, motivo de reflexión para quienes usufructúan el poder y relegan a un plano secundario a ese mismo pueblo que tratan siempre de seducir con sus ofertas engañosas .-

EL SOCIALISMO SEGÚN EL CHE GUEVARA

EL SOCIALISMO SEGÚN EL CHE GUEVARA

“Yo no soy un libertador, los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”. Ernesto Che Guevara.

 

            Icono de la revolución mundial y hombre de acción y de palabra, el Che Guevara conjugó en sí mismo las cualidades éticas y morales que debe resaltar en todo revolucionario verdadero, siempre en función de la emancipación integral de la humanidad oprimida. Esto lo impulsó, en todo momento, a no contentarse con hacer posible la revolución en un solo país, Cuba, ocupando diversos cargos de responsabilidad en el gobierno revolucionario sino que amplió sus horizontes, asumiendo la importante tarea de estudiar y difundir la teoría revolucionaria del socialismo, sin que ello significara una aceptación tácita, carente de alguna crítica objetiva, de lo que observara –por ejemplo- en su periplo por los países bajo la órbita de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
            En texto dirigido a Carlos Quijano, del semanario Marcha, de Montevideo, en 1965, Guevara destaca la importancia del individuo, en su doble condición de ser único y miembro de la comunidad, en la construcción del socialismo, reconociendo –de paso- la existencia de las taras del pasado, lo cual hace que la nueva sociedad en formación tenga que competir con éste de modo fuerte y constante. “Esto –dice el Che- se hace sentir no sólo en la conciencia individual, en la que pesan los residuos de una educación sistemáticamente orientada al aislamiento del individuo, sino también por el carácter mismo de este período de transición con persistencia de las relaciones mercantiles”. Más adelante, afirmará: “Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida”. De ahí que sea imperativo el nacimiento del hombre nuevo, siendo necesario, a su vez, “el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas. La sociedad, en su conjunto, debe convertirse en una gigantesca escuela”. Sobre este punto, el Che insistirá una y otra vez, siendo él mismo ejemplo de sus ideas al instaurar el trabajo voluntario sin más remuneración que la del deber cumplido.
            Para el Che, la revolución (y, con ella, el socialismo) es algo que debe sentirse y vivirse a plenitud, superando cada estadio alcanzado, en un proceso inacabado hasta arribar a una sociedad de nuevo tipo, la comunista, en la cual desaparezcan para siempre las desigualdades económicas y sociales, lo mismo que el viejo Estado, y se establezca un poder eminentemente popular. Aún así, el Che estaba consciente de los difíciles escollos que se le presentarían a la revolución cubana. En la misma misiva a Quijano, Che acepta que “se han hecho algunas experiencias dedicadas a crear paulatinamente la institucionalización de la Revolución, pero sin demasiada prisa. El freno mayor que hemos tenido ha sido el miedo a que cualquier aspecto formal nos separe de las masas y del individuo, nos haga perder de vista la última y más importante ambición revolucionaria, que es ver al hombre liberado de su enajenación”.

            Consciente de los baches que presentaban las experiencias socialistas en boga entonces, Che denuncia “el escolasticismo que ha frenado el desarrollo de la filosofía marxista e impedido el tratamiento sistemático del período (de transición), cuya economía política no se ha desarrollado, debemos convenir en que todavía estamos en pañales y es preciso dedicarse a investigar todas las características primordiales del mismo antes de elaborar una teoría económica y política de mayor alcance”. Por ello, trata de trascender el estrecho marco en que se hallaba la teoría socialista, enfocando su análisis sobre las particularidades específicas de la revolución cubana y de cómo ésta había desembocado en el socialismo, sin ser –por ello- imitación mecánica de otros procesos revolucionarios. A fin de evitar una dependencia del proceso revolucionario cubano en relación a sus aliados soviéticos (cuestión que se hizo evidente durante la crisis de los misiles en octubre de 1962), Che se planteó luchar contra el imperialismo yanqui en otras latitudes, de modo que la solidaridad internacionalista se basara en parámetros distintos a la subordinación a un nuevo imperialismo y las relaciones económicas socialistas dejaran a un lado, a su vez, los parámetros del capitalismo, en un intercambio de igualdad y de complementación tecno-científica, industrial y de materias primas.

            Che nunca eludió la crítica ni la autocrítica. Su praxis siempre se enlazó con sus ideales socialistas. Para él, la condición de revolucionario representa el máximo escalón al cual podría aspirar cualquier ser humano. Ése era parte de su credo revolucionario y socialista y, por ello mismo, mantiene plena su vigencia como el revolucionario que siempre fue.-   
                 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MEMORIAS DEL 27 DE NOVIEMBRE DE 1992

            Desde 1990, al realizarse un encuentro clandestino en la Casa del Cursillista en Barquisimeto (Estado Lara), un grupo de civiles militantes del Movimiento Político Ruptura-PRV (Partido de la Revolución Venezolana) que dirigía el Comandante guerrillero Douglas Bravo decidió sumarse al grupo de miembros de las Fuerzas Armadas venezolanas que, desde comienzos de los años ochenta, se mostró dispuesto a protagonizar un Golpe de Estado como fórmula extrema para evitar el derrumbe moral, económico, social, cultural y político de Venezuela, lo cual se aceleró una vez que el pueblo salió a las calles de las principales ciudades a protestar el paquete de medidas económicas neoliberales que le impusiera el Fondo Monetario Internacional (FMI) al Presidente Carlos Andrés Pérez e iniciar un proceso de privatizaciones en el país. Al planificarse la segunda intentona golpista de 27 de noviembre de 1992, se había establecido que, de no controlarse el poder en el centro del país, Portuguesa se convertiría en un foco de la resistencia cívico-militar contra el gobierno corrupto de Carlos Andrés Pérez. Entonces se contaba con la adhesión de algunos oficiales medios y suboficiales del 133 Batallón de Infantería Vuelvan Caras que fueron contactados luego del primer intento del 4 de febrero. Uno de ellos fue el Teniente Chourio, ahora integrado a la Casa Militar que acompaña al Presidente de la República Hugo Chávez con el grado de Mayor. Para esa fecha se manejaba la idea de que un grupo de estudiantes de la UNELLEZ, núcleo Guanare (Estado Portuguesa), apresara al fallecido Gobernador Elías D’Onghia y, de no poder cumplir con tal objetivo, reforzar al grupo armado que operaría en Acarigua-Araure, una vez que hubiera el pronunciamiento de los batallones comprometidos y fueran tomadas las instalaciones de la radio YVKE Mundial y de la televisora Venezolana de Televisión (VTV), por considerar que ambos medios cubrían la totalidad del territorio nacional y así la población sabría lo que ocurría. Por motivos aún no explicados, este grupo de estudiantes no llevó a cabo su tarea y, al intentar reforzar al grupo organizado en Acarigua-Araure, fue apresado en la antigua alcabala de la Guardia Nacional en el sector Las Cocuizas y trasladado a la Base Aérea de Barquisimeto (Estado Lara), siendo liberado un tiempo después.
Mientras tanto, otro grupo se aprestaba a ir hasta la cárcel de Yare para proteger y liberar al Comandante Hugo Chávez y al resto de oficiales que insurgieran el 4 de febrero, lo que no se pudo hacer por estar fuertemente custodiado por efectivos de la Guardia Nacional
, dado que el gobierno nacional había conocido con anterioridad de nuestros planes subversivos al infiltrarnos.
Al no concretarse el golpe de Estado, se optó por seguir el esquema de la resistencia en Portuguesa y los estados cercanos, como Barinas o Lara, para dar tiempo a que se pronunciaran las guarniciones militares del país que se manifestaron a favor. Sólo que esto no pudo darse, ya que el grupo de oficiales del 133 Batallón de Infantería Vuelvan Caras se desarticuló en vísperas del 27-N, unos porque estaban en comisión, otro porque estaba de luna de miel y otro porque se fue a Radio Acarigua a grabar una cuña de gaitas. Total, el sector civil que podría adelantar las acciones se quedó sin apoyo de los militares. Algo que influyó también en el fracaso de este golpe es la falla en las comunicaciones. En Portuguesa existía un equipo moderno de comunicaciones que, tengo entendido, fue adquirido con un préstamo en dólares del Ejército de Liberación de Colombia (ELN), pero su operador se excusó diciendo que se durmió. Esta falla se multiplicó en casi todo el país, de modo que no sabíamos a ciencia cierta qué estaba ocurriendo a media mañana de ese día. Hubo camaradas que me exigieron salir a la calle, armas en mano, para sublevar al pueblo. Otros comprendieron que sería un sacrificio inútil, por lo que se optó por esperar a ver qué más sucedería.
Cuando aterrizó en el aeropuerto de Araure (Estado Portuguesa) el avión Hércules C-130 con el General (AV.) Francisco Visconti y otros oficiales de la Fuerza Aérea, no hubo manera de que el grupo de civiles se conectara con éste a fin de cuadrar algunas acciones conjuntas. Lo único que consiguió el General Visconti fue que el segundo Comandante de la Guarnición Militar
de Portuguesa –el primer Comandante era el actual Presidente de Corpozulia, el General Martínez Mendoza- le permitiera abastecerse de combustible y proseguir su viaje a Iquitos, Perú, donde el Presidente Alberto Fujimori les concedió el asilo político. Sin embargo, los planes golpistas no se abandonaron inmediatamente aunque los mismos mermaron a mediados del año siguiente cuando los diferentes grupos se dispersaron por diferencias ideológicas y de otro tipo, al no compartirse las mismas visiones de los militares presos. Esto se acentuó al proponerse en 1997  la fundación del Movimiento V República (MVR) como partido político en sustitución del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), cuestión en la que, particularmente, no quisimos participar por la desconfianza hacia los partidos políticos tradicionales.
Viendo las cosas que han sucedido en todo este tiempo, especialmente desde 1999, con un pueblo que muestra altos grados de madurez y participación políticas, dispuesto a inmolarse en defensa de lo que considera suyo como lo demostró el 12 y 13 de abril de 2002, creo que el sacrificio nuestro valió la pena y eso nos estimula a proseguir en el camino revolucionario que siempre hemos transitado. De igual modo, esta certeza nos obliga a enfrentar a quienes, aprovechándose de aquella pequeña gesta patriótica y de la figura carismática del Presidente Chávez han distorsionado el propósito original del proyecto revolucionario que quisimos instaurar, tanto el 4 de febrero como el 27 de noviembre de 1992.-    

BOLIVARIANISMO CONTRA IMPERIALISMO

BOLIVARIANISMO CONTRA IMPERIALISMO

        Al mismo tiempo que su magna figura y su magna obra fueran revitalizadas formidablemente a nivel nacional, continental y mundial por el proceso revolucionario que tiene por escenario a Venezuela, Simón Bolívar ha devenido en una suerte de muro de contención moral e histórico harto significativo frente a las apetencias imperialistas y neocolonialistas mostradas por el gobierno de Washington. Esta trascendente revitalización de El Libertador ha logrado que una inmensa porción de personas en nuestra América avizoren en el espíritu del Congreso Anfictiónico de Panamá la opción más cercana, posible y valedera que se tiene para resaltar el respeto a la soberanía y a la autodeterminación de los pueblos americanos en abierta oposición al imperialismo yanqui. Como Bolívar en su tiempo, la América toda, unida por una historia y unas necesidades comunes de desarrollo, no tiene por qué prolongar el proceso de su absoluta independencia, manteniendo una oposición de nacionalidades que sólo contribuyen a su debilitamiento y a la dependencia ante las metrópolis capitalistas industrializadas. Esto es preciso destacarlo porque, hoy más que nunca, cobra vigencia la tesis integracionista y antiimperialista de Simón Bolívar, ya que representa el bastión desde el cual la dignidad y la libertad de los pueblos americanos puede hacerle contrapeso al ansia de dominación territorial, política, militar, tecnológica y económica que impulsa la política exterior estadounidense en las últimas décadas. Vale recordar que Bolívar, ya en correspondencia dirigida desde Guayaquil al Encargado de negocios de Inglaterra en Bogotá, Patrick Campbell, el 5 de agosto de 1829, advirtió que “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar a la América de miserias a nombre de la libertad”. Sin ser profeta, El Libertador intuía, desde la proclamación unilateral hecha en 1823 por el Presidente James Monroe advirtiendo a las potencias europeas que “América es para los americanos”, las graves amenazas que pendían sobre nuestro Continente, provenientes de los americanos del Norte. Desde entonces, el bolivarianismo está en lucha contra el imperialismo. Y eso no hay que negarlo.

Por ello, no es casual que, al proclamar Hugo Chávez que el proceso revolucionario venezolano tiene en Bolívar a una de sus raíces fundamentales, resulte inevitable el enfrentamiento ideológico inmediato con el imperialismo yanqui. Así lo comprendieron, desde un primer momento, los jerarcas del Pentágono, Wall Street y el Departamento de Estado norteamericano. El americanismo y la absoluta independencia de nuestras naciones, plasmadas en la obra y pensamiento de Bolívar, chocan abiertamente con la concepción imperialista y neocolonialismo que han manifestado todos los gobiernos de Estados Unidos. Tanto así que, de haber logrado Bolívar que el pacto de defensa y seguridad política propuesto en Panamá fuera una realidad permanente, habría sido difícil que se produjeran la serie de invasiones militares, golpes de Estado, magnicidios, sabotajes, bloqueos económicos y guerrillas contrarrevolucionarias, auspiciadas por Estados Unidos, todo con el objetivo de resguardar sus intereses geopolíticos; centrados, básicamente, en el mantenimiento del orden económico manejado y controlado por las grandes corporaciones transnacionales norteamericanas, apoyadas por las elites dominantes.

De ahí que sea sumamente paradójica la posibilidad de que nuestros países (excluyendo a Cuba, por supuesto, por razones históricas y políticas que irritan a la Casa Blanca) se unan en pie de igualdad con el coloso estadounidense, tal como lo dejan entrever los auspiciadores de una mayor cercanía con éste, anhelando una inundación ilusoria de dólares en éstos, a través del ALCA y otros mecanismos que, a la final, le darían a éste una preponderancia aún mayor y, también, el derecho unilateral de intervenir en nuestros asuntos internos, toda vez que considere vulnerados o amenazados sus intereses. Para conseguirlo, Washington dispone ya de una serie de planes, esencialmente militares, que le otorguen la facultad de hacerlo libremente, sin mediar para nada el respeto al Derecho internacional ni la jurisdicción de cualquier tribunal que pretenda juzgar, en algún momento, a sus sacrosantos efectivos militares. Cuestión que contradice y combate el aspecto medular que compone el bolivarianismo: el respeto a la soberanía y al derecho de las naciones a existir en igualdad de derechos en el concierto internacional.-

 

 

DÓLARES Y MISILES EN LA ESTRATEGIA IMPERIALISTA DE ESTADOS UNIDOS

DÓLARES Y MISILES EN LA ESTRATEGIA IMPERIALISTA DE ESTADOS UNIDOS

            En la película de Stanley Kubrick, “Chaqueta metálica” (exhibida en Venezuela bajo el título de “Nacido para matar”), un soldado norteamericano confiesa que fue a la guerra de Vietnam porque “quería conocer gente de una vieja cultura y matarla”. Algo similar debe pasearse en las mentes simplistas de algunos de los soldados de George Walker Bush cuando atacan y matan a ciudadanos inermes en Irak y en Afganistán, y pretender que lo hacen en resguardo del mundo libre, occidental y cristiano amenazado por extremistas bárbaros que, simplemente, deben desaparecer de la faz de la Tierra. Una cuestión concienzudamente exacerbada por el fundamentalismo mesiánico de Bush y su séquito de halcones guerreristas en la Casa Blanca (secundados por sus socios ingleses y europeos) para quienes la guerra preventiva dejó de ser un ejercicio teórico del Pentágono para convertirse en una realidad que amenaza la paz mundial.
            A pesar de la autocensura impuesta por las corporaciones industriales de noticias estadounidenses, el presidente Bush no pudo impedir que algunas imágenes de la guerra contra el “terrorismo” en Irak fueran difundidas en algunas cadenas televisivas de los propios Estados Unidos y en Internet, despertando indignación y horror en distintas ciudades del mundo, al observarse el comportamiento habitual de las fuerzas militares anglosajonas en aquellas tierras milenarias; para algunos, la base de la civilización que conocemos. El asunto de las armas de destrucción masiva producidas por el gobierno iraquí y su conexión con Osama Bin Laden son motivo de sospecha para la opinión pública estadounidense, al revelarse documentos que prueban todo lo contrario de lo afirmado por la administración Bush. Los ciudadanos estadounidenses dudan, incluso, que su gobierno desconociera los planes terroristas que se concretaron en los ataques del 11 de septiembre de 2001 y, tras la fachada de la lucha contra el terrorismo, descubren que existen poderosos intereses de grandes corporaciones transnacionales que buscan controlar el mercado de los hidrocarburos en el Asia Central, conectados a Bush y a su entorno.
            Esto confirma lo plasmado en el Documento de Santa Fe IV, según el cual “Estados Unidos no debe tener miedo de actuar como la superpotencia invencible que es en realidad. La mano invisible del mercado no funcionará jamás sin un puño invisible. que la mayoría de la opinión pública norteamericana aceptara el llamado de venganza McDonald´s no puede expandirse sin McDouglas, el fabricante de los aviones F-15. El puño invisible que garantiza la seguridad mundial de las tecnologías del Silicon Valley se llama Ejército de los Estados Unidos”. Tales patrones de imperialismo y fascismo descarado se vieron oportunamente estimulados por los ataques del 11-S, lo que facilitó proferido por su presidente y viera enemigos a vencer en todos aquellos que no compartieran su visión parcializada del mundo; justamente aquellos que luchan por mantener sus raíces históricas ante el avance demoledor, excluyente y uniformador de la globalización capitalista. De ahí en adelante todo giraría (o debiera girar) en torno de los intereses vitales de seguridad nacional de que constituyen el imperio económico y geopolítico de Estados Unidos en todo el planeta. Así, Bush estableció que el “eje del mal” contra los “buenos” de Estados Unidos no sólo lo representaban Corea del Norte, Irán, Siria o Cuba, sino todo aquello que pudiera ser denominado radicalismo populista, según la acepción del General James T. Hill, ex jefe del Comando Estratégico del Sur, al referirse a los casos particulares de Haití y Venezuela.
            Lo peor de todo este panorama es que Bush y sus halcones están convencidos que no existe fuerza alguna, a nivel mundial, que les haga contrapeso o contenga sus apetitos territoriales. Por ello, buscan acomodar sus piezas de dominio hegemónico en América Latina y el Caribe, enfilando sus baterías hacia las reservas energéticas e hídricas que existen en abundancia en esta importante región del planeta, como es el caso de la Amazonia. De este modo, a la par de la diplomacia del dólar, representada en el caballo de Troya que es el ALCA, Estados Unidos ha ido potenciando firmemente su supremacía militar en esta región, gracias a la implementación de algunos planes militares que le dan potestad para intervenir, incluso, en los asuntos internos de estos países si considera que deben hacerlo y si sienten amenazados sus intereses comerciales.-

EL DETERIORO AMBIENTAL Y LA DEPREDACIÓN CAPITALISTA

La reproducción mecánica, considerada lógica y legítima por las elites gobernantes, de los viejos valores del sistema capitalista (propiedad privada, explotación indiscriminada de trabajadores y recursos naturales, maximización de la ganancia, libre empresa, competencia monopolística, corrupción y malversación de fondos del Estado, entre otros) vino a ser –para los países del mal denominado Tercer Mundo- una excesiva sangría de riquezas que posibilitó el desarrollo económico sostenido de Europa y Estados Unidos, en tanto que estos países se hundían cada vez en la pobreza y apenas se contentaban con la vana ilusión, inculcada por sus gobernantes, de superar algún día el subdesarrollo al cual parecían estar predestinados.
Todo ello desembocó en la instauración de un orden social excluyente que impuso el sacrificio de la vida en las aras de la mezquindad materialista, tanto así que no importó que nuestros pueblos aborígenes perecieran inmisericordemente en explotaciones agrícolas y mineras, con tal de satisfacer el afán lucrativo de las cortes y burguesías europeas. Menos aún que se esclavizara a los habitantes del África negra y se les negara hasta la condición de humanos. Para las grandes metrópolis capitalistas, la búsqueda vehemente de metales preciosos convirtió al continente americano en una inmensa bocamina de la cual se extraían día y noche toneladas de plata y oro que iban a parar a las arcas de las cortes de España y Portugal y, luego, a los comerciantes y prestamistas del resto de Europa. Con muy escasa diferencia, el proceso de explotación continuó una vez alcanzada la independencia política. Ahora se manifestaba en la monoproducción de algunos rubros específicos, como café, caucho, estaño o petróleo, que se nos devolvían manufacturados y a altos precios. En su obra “Las venas abiertas de América Latina”, Eduardo Galeano expone que “la región sigue trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos que ganan consumiéndolos, mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos”.
Este prolongado proceso de depredación capitalista afectó enormemente el delicado equilibrio ecológico de nuestras naciones dependientes, a tal punto que desaparecieron grandes extensiones de bosques y sabanas (con su flora y fauna únicas) para ensanchar la cría de ganado y la agricultura intensiva, dando por resultado un empobrecimiento acelerado de los suelos y una contaminación de las aguas. Una deuda ambiental, sin duda, que mantienen con los países de América, Asia y África las actuales potencias industrializadas. “El drama adquiere mayor significado –escribió Omar Luis Colmenárez en reportaje publicado en 1991 en el diario El Nacional, de Caracas- si se destaca, además, la relación que existe entre el endeudamiento crónico de estas naciones subdesarrolladas y los problemas ambientales que padecen”. Esto ha hecho que se incremente aún más el deterioro ambiental padecido y se privilegie la inversión extranjera en regiones como el Amazonas.
Lo que merma grandemente la posibilidad de proteger el medio ambiente en nuestras naciones es la implantación y expansión de un modelo de desarrollo consumista que erradica las tradiciones conservacionistas de nuestros ancestros y campesinos a cambio de paquetes tecnológicos que aumenten el nivel productivo agropecuario, sin importar cual sea su impacto ambiental. Hay, por lo tanto, un vínculo estrecho entre este deterioro ambiental y la depredación capitalista de que son víctimas las naciones tercermundistas.
De no atenderse esta situación creciente con criterios de emergencia en el plano político, obligando a las naciones industrializadas a reconocer la deuda ambiental que tienen con nuestros países, el panorama futuro se vislumbra desalentador y terrible. Mientras se ignore tal vinculación, la defensa del medio ambiente seguirá siendo una lucha romántica de grupos e individuos situados en la periferia de la sociedad cuando, contrariamente a ello, debiera comprometer a todo el conjunto social, ya que en la misma está implícita la continuidad saludable de la vida en La Tierra.-          

ESTADOS UNIDOS Y LA LLAMADA DE LA HISTORIA

ESTADOS UNIDOS Y LA LLAMADA DE LA HISTORIA

Según el Presidente George Walker Bush: “Aceptamos la llamada de la historia para liberar a los pueblos oprimidos y hacer avanzar este mundo hacia la paz”. Esto comprende, para Estados Unidos, una meta a largo alcance:”el fin de la tiranía en el mundo”. Para ello, el grupo neoconservador que controla la Casa Blanca no escatima esfuerzos en asentar en cualquier lugar de este planeta su condición de gran potencia, recurriendo a la acción militar sin respetar el Derecho Internacional, como lo demostró con las agresiones a Irak y Afganistán. Es una cruzada de tintes religiosos que ataca enemigos declarados y potenciales por igual bajo el tamiz de sus exclusivos intereses geopolíticos y económicos, amparada en una lucha sin cuartel contra el terrorismo internacional, pero utilizando métodos muy similares para el logro de sus objetivos.
            La guerra preventiva, probada exitosamente por los sionistas de Israel contra sus vecinos árabes, es el recurso de primera mano de la política exterior yanqui. Para justificarla, el gobierno de Bush miente de modo descarado y reiterado a la opinión pública de su país y del resto del mundo, contando con el control o monopolización de la información por medio de las grandes cadenas noticiosas que tienen su sede en Estados Unidos, de modo que exista una uniformidad de criterio que haga dudar sobre la sinceridad y las verdaderas intenciones de su “adversario” de turno. Así, las armas de destrucción masiva que albergaba supuestamente Irak, a pesar de comprobarse que era una falsa información, sirvió para sojuzgar a dicho país y para apropiarse de sus yacimientos petrolíferos, en contubernio con sus aliados ingleses; sin embargo, un segmento de la población estadounidense sigue creyendo que la guerra ayuda al pueblo iraquí. Lo mismo está ocurriendo con Irán, sólo que esta vez el imperialismo yanqui ha tropezado con una muralla difícil de sortear, ya que los iraníes estarían dispuestos a dar la batalla por su soberanía, lo cual supone un serio dilema que Estados Unidos no podría resolver del mismo modo como en el caso iraquí o afgano. Esta confrontación con Irán representa para Estados Unidos el desconocimiento de su rol de potencia unipolar. Desde la implosión de la Unión Soviética, Estados Unidos no había tenido un enemigo ideológico como Irán y ello abre muchas interrogantes sobre el futuro global.
            Esto obliga a los halcones de Washington a plantearse la agresión militar como única fórmula efectiva para contener a Irán y a otros integrantes del “eje del mal”, manteniendo inalterable el orden internacional bajo su égida indiscutible. Por ello, el gobierno de Bush busca incrementar la eficiencia operativa de sus fuerzas armadas, revistiéndolas, además, de inmunidad diplomática a fin de eludir la justicia de los países donde actúen, como ocurre en Colombia. Igualmente ha dispuesto de un conjunto de bases militares esparcidas por todo el mundo que apuntan a objetivos estratégicos vitales, ubicados en el Golfo Pérsico y en el Amazonas, permitiéndose un grado de movilidad inmediata que le permita situar a sus tropas allí donde sea amenazada la seguridad nacional de Estados Unidos, esto es, el mundo entero. Si a esto le añadimos la intención iraní de crear una bolsa petrolera basada en el euro y no en el dólar estadounidense, lo cual repercutiría negativamente sobre la fortaleza de esta moneda, y el enorme déficit comercial que sufre Estados Unidos desde hace décadas; podríamos prever un desenlace catastrófico global que empujaría a estos halcones a declarar la guerra.

            Lo peligroso de dicha realidad es que el inquilino de la Casa Blanca está convencido de la justicia de sus acciones imperialistas, enmarcadas en el “destino manifiesto” que Dios le reservara a su nuevo pueblo escogido, Estados Unidos, siendo esto la expresión más acabada del fanatismo religioso que se ha adosado a la política en ese país. Todo esto podría hundir a su propia nación, acabando con su hegemonismo imperialista, al igual que trastocaría el planeta entero. En consecuencia, la llamada de la historia de la cual se ufana Bush no anticipa la paz, sino –orwellianemente- lo contrario: una guerra total.-