Blogia

Homar_mandinga

CONVIDADOS AL BANQUETE PARA SER COMIDOS. LA LUCHA DE NUESTRA AMÉRICA CONTRA LA VORÁGINE NEOLIBERAL

CONVIDADOS AL BANQUETE PARA SER COMIDOS. LA LUCHA DE NUESTRA AMÉRICA CONTRA LA VORÁGINE NEOLIBERAL

“Bombas contra la gente, bombas contra la naturaleza, ¿y las bombas de dinero? ¿Qué sería de este modelo de mundo enemigo del mundo sin sus guerras financieras? Eduardo Galeano.

Las últimas protestas originadas en las calles de varias ciudades de Ecuador en contra del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos dan cuenta de la enorme separación existente entre la clase gobernante y las clases populares en esta nación y, por extensión, en toda nuestra América, al interpretar como nacionales sus propios intereses y aceptar, además, como inevitable y necesario el tutelaje yanqui. Lo significativo del caso es que estos Tratados bilaterales –en sustitución del fracasado ALCA que se suponía entrara en vigencia a nivel continental en 2005- no han podido imponerse sin que haya una matriz de opinión totalmente desfavorable y opositora de parte de los pueblos latinoamericanos. Esto hace que los gobiernos seducidos por los cantos de sirena de la globalización económica neoliberal tengan que recurrir a los viejos métodos de represión para acallar las voces de descontento de las masas populares, las cuales han comprendido que tales tratados sólo traerán más miseria, explotación y dominación neocolonial mientras las clases dominantes, junto a las grandes corporaciones transnacionales, verán incrementadas aún más sus cuentas bancarias.


Según Diego Delgado Jara, ecuatoriano, “se busca retacear nuestros países para brindar bocados más digeribles a las grandes multinacionales empeñadas en depredar más todavía nuestros recursos naturales, de tal modo que castas dominantes provinciales, departamentales o regionales, en forma directa, entreguen esos recursos, cerrando el paso a eventuales decisiones positivas de gobiernos soberanos futuros, que representen los intereses del conjunto de los sectores sociales más pobres y excluidos de todo un país”. En este caso, el neoliberalismo económico no es la alternativa más idónea para que los sectores populares empobrecidos logren superar su condición de exclusión social, como tampoco lo es para mantener la integridad territorial ni la soberanía de nuestros países. Uno de los casos más emblemáticos es México, cuya clase política celebró con bombos y platillos el Tratado de Libre Comercio suscrito con Canadá y Estados Unidos en términos de igualdad, esperando alcanzar los mismos niveles de desarrollo de sus socios norteamericanos; sin embargo, desde que entrara en vigencia en 1994, dicho tratado ha significado todo, menos el esperado beneficio para México, traduciéndose en un mayor éxodo de inmigrantes ilegales hacia Estados Unidos y el empobrecimiento acelerado y continuo de los campesinos mexicanos ante la introducción de productos agrícolas subsidiados de su vecino del norte.


No obstante, a pesar de esta realidad evidente las clases dominantes porfían en aferrarse a la ilusión que les brinda Estados Unidos de disfrutar de los beneficios del libre mercado, ignorando a propósito que su desarrollo capitalista tiene sus fundamentos en la expoliación sostenida de los inmensos recursos naturales de nuestro Continente, la cual se iniciara con el arribo de los primeros europeos a estas tierras, en plena expansión del capitalismo mundial. Por lo que es admisible afirmar que este desarrollo capitalista pretendido por nuestras clases gobernantes y empresariales sólo ensanchará aún más la profunda brecha que divide a los pobres de los ricos, tanto en el orden nacional como en el internacional, siendo características del capitalismo la explotación sistemática de los trabajadores y la desigual distribución de la riqueza, justamente lo que genera el descontento de las mayorías. Para quienes rigen la política y la economía, al interior de nuestras naciones, es una alternativa recurrente y secular que, desde la segunda mitad del siglo pasado, impuso la tesis desarrollista y la sustitución de importaciones, pero manteniendo intactas la dependencia respecto al capitalismo internacional y la condición de naciones monoproductoras en lo que se llamó la división internacional del trabajo, sin trascender ni someramente dicha situación debido a la seducción de su “inevitabilidad histórica”.


Para el capitalismo globalizado es una cuestión de vida o muerte que las economías de nuestros países sigan girando –como hasta ahora- a su alrededor, imponiendo un pensamiento único y un nuevo orden mundial, dominado por las transnacionales, que ejerza dominio directo de territorios y de recursos naturales estratégicos, entretanto se logra un reacomodo menos traumático y más permanente, a pesar de la crisis que pudiera causar un conflicto mayor entre Irán y el binomio imperialista Estados Unidos/Gran Bretaña. Para nuestros pueblos de América, África y Asia también es una cuestión de vida o muerte, ya que significa evitar ser comidos en un banquete servido por lobos disfrazados de ovejas.-


VENEZUELA ANTIIMPERIALISTA

VENEZUELA ANTIIMPERIALISTA

Quienes suponen exageradas y desfasadas las declaraciones de advertencia emitidas por el Presidente Hugo Chávez sobre los planes en marcha del gobierno de Estados Unidos para invadir a Venezuela, ignoran –quizás de modo inconsciente o condicionado- que la política exterior de Washington, desde la declaración unilateral e interesada del Presidente James Monroe, en 1823, siempre ha estado signada por su carácter intervencionista e imperialista, cuyas huellas se hicieron sentir en gran parte de nuestra América, desde mediados del siglo XIX hasta el presente, de manera atroz y abusiva. No debe sorprender, por tanto, que ante la agresividad verbal de la camarilla neoconservadora que controla el poder en EE.UU. y su predisposición en hacer de la guerra preventiva su principal instrumento de dominación a nivel mundial, el gobierno venezolano esté dando la voz de alerta y prepare a su pueblo para resistir los ataques imperialistas. Aún más cuando las líneas maestras de su política internacional están dirigidas a promover la integración latino-caribeña y un mundo multipolar que elimine cualquier tipo de subordinación neocolonialista en nuestros países.
Además, quienes critican las advertencias de Chávez olvidan adrede que el proceso revolucionario bolivariano, inspirado en el ideario del Libertador Simón Bolívar, está llamado a ser un proceso antiimperialista por antonomasia, dado que proclama el derecho que tienen todos los pueblos a su libre autodeterminación, a la paz, a la justicia y a un orden económico internacional que borre para siempre la explotación y las desigualdades económicas creadas por el sistema capitalista; cuestiones todas que, forzosamente, plantean un enfrentamiento con el imperialismo yanqui, ya éste defiende todo lo contrario. Ello tiende a agudizarse también, cada día más, si tomamos en cuenta cuáles son los intereses vitales de EE.UU., sobre todo, en materia de hidrocarburos, se podrá entender –simple vista- el por qué de las preocupaciones de Washington por la evolución política de Venezuela, cuyas reservas petroleras probadas sugieren ser las mayores del mundo.
Con el arma del petróleo en mano, el gobierno chavista prueba que sí es posible adoptar una política independiente respecto al imperialismo yanqui y de sus aliados del Grupo de los Ocho (G-8), lo que genera toda una serie de situaciones totalmente adversas al tutelaje que éstos le impusieran a los países tercermundistas a finales de la Segunda Guerra Mundial y, con mayor énfasis, desde la implosión de la Unión Soviética en la última década del siglo XX; primero, con el cebo del desarrollo capitalista que algún día alcanzarían y, ahora, con sus tropas desplegadas en cualquier punto del planeta donde crean vulnerados sus intereses imperialistas, pisoteando impune y abiertamente el Derecho Internacional y las recomendaciones de la ONU.
Creer que Venezuela no será un blanco del intervencionismo de EE.UU., con la complicidad de sus socios europeos y, hasta, latinoamericanos (recuérdese el Plan Patriota en Colombia) es harto ilusorio. Las perspectivas muestran otra cosa. De ahí que sea fundamental que el pueblo venezolano disponga de una concepción antiimperialista más profunda que una simple proclama, ya que requiere ahondar más en la visión continentalista de Bolívar y de otros luchadores antiimperialistas para superar la contradicción existente entre lo que se afirma y lo que se hace, por ejemplo, en la industria petrolera, permitiendo la instalación de transnacionales directamente vinculadas al gobierno neoconservador de Bush. Lo otro es el carácter anticapitalista que esta posición ha de tener porque no es posible desvincular al capitalismo del imperialismo, ambos íntimamente ligados, siendo ésta la parte más débil del diseño de la Venezuela antiimperialista que se quiere levantar.-

LA GUERRA PREVENTIVA Y LA NUEVA REALIDAD CONTINENTAL

LA GUERRA PREVENTIVA Y LA NUEVA REALIDAD CONTINENTAL

            En previsión de una realidad geopolítica totalmente adversa a sus intereses hegemónicos en nuestra América, el imperialismo yanqui ha estado moviendo sus piezas para una intervención militar generalizada en el Continente, de modo que las ovejas descarriadas –comenzando por Venezuela- vuelvan a su redil.

          Para ello ha dispuesto una serie de bases militares, esparcidas en algunas regiones estratégicas de América Latina que, vistas en conjunto, representaría el mayor despliegue de fuerzas militares de Estados Unidos desde los tiempos de la Guerra Fría, sólo equiparable al realizado en Europa en torno de la extinta Unión Soviética. Sin embargo, no puede pensarse que todo esto responde al espíritu guerrerista y neocolonialista que anima a la administración de George W. Bush, ya que ello supondría que la política exterior de Estados Unidos obedece a coyunturas y no a planes deliberados, cocinados fríamente en el Pentágono y el Departamento de Estado y proyectados a mediano y a largo plazo. En tal sentido, hay que recordar con William Izarra “que, desde 1997, existe el compendio ideológico de lo que sería, un par de años más tarde, la base filosófica de la política exterior de EE.UU. Ese compendio o manual de orientación política de la corriente más derechista de los republicanos ha sido denominado El Proyecto del Nuevo Siglo Americano, convirtiéndose en la línea del gobierno para el dominio del espectro mundial”.
         Por aquel entonces, el actual Vicepresidente estadounidense Richard Cheney anticipó que “la primera misión política y militar de EE.UU., luego de la Guerra Fría, consiste en asegurar que ningún poder rival emerja en Europa, Asia y la desintegrada URSS”, dando por descontado la pasividad y control de su patio trasero, la América nuestra. En la práctica, esta misión se tradujo en la llamada guerra preventiva, cuyos efectos se sienten aún en Afganistán y en Iraq, buscando abarcar a Siria e Irán, de modo que EE.UU. pase a controlar directamente los principales yacimientos de hidrocarburos del planeta. Para lograrlo, el gobierno de Bush no escatima recursos y esfuerzos que le den a su país la superioridad militar y el control estratégico, político y económico del mundo entero, en una visión estratégica conjunta que apunta a aniquilar cualquier tipo de resistencia a sus dictados imperialistas, por muy remota que ésta sea.
         En el caso de América Latina, EE.UU. ha diseminado por la mayoría de sus naciones planes y bases militares con la aviesa intención de contener situaciones amenazantes que terminarían por desplazar a las oligarquías y grupos políticos dominantes que, tradicionalmente, aceptaron de buena gana la tutela imperial yanqui para preservar sus privilegios y mantenerlos a salvo de las masas. Por ello, ante lo inevitable del proceso de transformación socio-política que tiene lugar en Venezuela y su irradiación sobre la mayoría de los pueblos latinoamericanos y caribeños, manifestándose –por ahora- en la conformación de gobiernos progresistas afines, Washington trata de que no se produzca el temido efecto dominó en estos países que marcaría el comienzo del fin de su papel secular de potencia imperialista. Esto empuja al gobierno de Bush a no descuidar el escenario sudamericano, a pesar de encontrarse empantanado en Iraq y Afganistán, sin hallar una salida honorable e inmediata que aleje el fantasma de Vietnam; en una combinación de presiones diplomáticas y económicas, sumadas a la amenaza recurrente de una intervención armada de gran envergadura. Por eso, situaciones como la suscitada en Bolivia con la elección de Evo Morales como Presidente, unidas al coro de voces antiimperialistas que se alza cada día en todas las latitudes, llevará a la Casa Blanca a un grado mayor de intervencionismo y desestabilización en la región, incluyendo el asesinato político, en una reedición de experiencias ya probadas en Chile, El Salvador, Haití, Panamá y Ecuador y, llegado el caso, aupando movimientos secesionistas que serían reconocidos y protegidos inmediatamente por Estados Unidos, precisamente en aquellas regiones que, como el Amazonas, el estado Zulia en Venezuela o la provincia de Santa Cruz en Bolivia, tienen un vital interés para las transnacionales estadounidenses; lo que encajaría en su doctrina de guerra preventiva y global.-
        

EL IMPERIO NO SE RINDE POR LAS BUENAS

EL IMPERIO NO SE RINDE POR LAS BUENAS

La línea política asumida por la Casa Blanca hacia Venezuela y el gobierno de Hugo Chávez Frías busca aumentar el clima de tensiones existente entre ambos gobiernos. Cada día la administración Bush arma sus dardos de falsas acusaciones en contra de Chávez y el proceso bolivariano, asociándolos al terrorismo, al narcotráfico internacional y al intervencionismo en países de la región, como Bolivia y Ecuador. Todo con la aviesa intención de que sea aislada Venezuela y se creen las condiciones para que se produzca una sanción diplomática de parte de la OEA y, eventualmente, una invasión militar para “restituir la democracia y la libertad”, tal como se hiciera con Afganistán e Iraq.
A esto se aúna el hecho de que el imperialismo estadounidense incrementa su presencia militar en el hemisferio en prevención de situaciones contrarias a sus intereses vitales, suscitados la mayoría de ellos a raíz de la firma y aprobación de Tratados de Libre Comercio bilaterales con algunos gobiernos latinoamericanos, cuestión que le atribuye el gobierno de Washington al binomio Chávez-Fidel Castro. Para reforzar este señalamiento se menciona el apoyo brindado a dirigentes como Evo Morales y otros que estarían subvirtiendo el orden establecido, desarrollando una política de masas antinorteamericana. De ahí que al mismo tiempo que disemina planes militares a todo lo largo del Continente americano (Puebla-Panamá, Colombia y Dignidad, sobre el Amazonas) y asienta bases para sus tropas en Curazao, Ecuador y, últimamente, en Paraguay, a escasos doscientos kilómetros de Bolivia; el gobierno guerrerista de George Walker Bush se esfuerza en rescatar los objetivos primordiales que animaron el proyecto del ALCA, suscribiendo en su lugar acuerdos económicos bilaterales que minimicen el impacto de la propuesta del ALBA lanzada por el Presidente Chávez. Estos planos de confrontación Washington-Caracas son agudizados cada vez por funcionarios ultraderechistas y anticomunistas del régimen de Bush al referirse al gobierno de Venezuela, lo cual es amplificado por los diversos medios de información opositores, nacionales y extranjeros, dando cuenta del peligro que se cierne sobre las libertades democráticas del país, de modo que haya la impresión que en Venezuela existe un totalitarismo opresor.
Un elemento adicional en esta confrontación es el surgimiento de TELESUR y la iniciativa legislativa montada por el Congreso estadounidense para contrarrestar su influencia en el sur de nuestro Continente, acusando a esta televisora latinoamericana de fomentar el odio antiyanqui y de distorsionar las informaciones a emitir, sirviendo de vehículo al mismo tiempo para la ideologización de aquellos que la sintonicen. Para ello se apela a argumentos fútiles como el que se haya incluido en sus imágenes promocionales a Tirofijo, el comandante de las FARC, lo cual sería una apología del terrorismo. Sin embargo, se ignora adrede la campaña desinformativa implementada por los medios de información opositores al proceso bolivariano y el papel activo que éstos cumplieron en la detonación y justificación del golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y cómo éstos han intentado explotar las fricciones que se producen con el gobierno colombiano. En esto se ve un paralelismo con la campaña de propaganda negra que llevara a cabo la administración Reagan contra los sandinistas en Nicaragua y la administración Nixon contra Allende en Chile, lo que le da la impronta de la CIA y del Departamento de Estado yanqui innegable.
No contentos con esta estrategia, Estados Unidos recurre a la USAID (Agencia de los EE.UU. para el Desarrollo Internacional) para socavar la base de apoyo popular del Presidente Chávez a través del financiamiento y de la actuación de organizaciones no gubernamentales (ONG`s), a semejanza de lo que hiciera en Ecuador con buenos resultados. En esto su embajador en Caracas se ha mostrado activo, recorriendo algunas ciudades del país, tratando de hacerles ver a los venezolanos que EE.UU. son los buenos de la película y Chávez un buscapleitos que entorpece la democracia y el progreso venezolanos al pretender implantar una ideología trasnochada, contraria al devenir humano.
Todo esto forma parte de una sola estrategia, bifurcada en distintas tácticas que se irán aplicando según el momento que se viva. Toda ella apunta a derrocar, por cualquier medio disponible a su alcance, al gobierno chavista. El imperialismo yanqui comprende que sólo así podrá controlar y minimizar los profundos cambios que se están dando en nuestra América y presagian el final de su hegemonía neocolonial, ya que éstos –de una u otra manera- siguen el modelo revolucionario acá propiciado. No tiene nada de extraño, por consiguiente, que se mantenga caliente la controversia entre ambos gobiernos, puesto que cada uno representa tipos de sociedades que son antagónicos: la democracia representativa frente a la democracia participativa. No se puede esperar, a pesar de las declaraciones emitidas en contra, que dicha confrontación se acabe felizmente, sin mayores traumas. Esto sería lo ideal, pero ya conocemos al Imperio: nunca se rendirá por las buenas. Cuba y Vietnam son los mejores ejemplos de esta afirmación.-

LOS ENEMIGOS INVISIBLES DE LA REVOLUCIÓN

Con una oposición reducida a su mínima expresión –aunque con un gran poder económico y una influencia mediática que no pueden desdeñarse aún- ahora le toca al proceso bolivariano librar una importante como ineludible batalla contra quienes, desde el plano interno y seguros de sus posiciones actuales, dificultan el camino a la revolución, imponiendo un pragmatismo electoralista que –si bien se traduce en la conquista de espacios de poder y control del Estado- no hace posible la democracia participativa en manos del pueblo.

El reformismo dominante impide que se le imprima al proyecto revolucionario bolivariano el carácter popular y democrático que éste debiera poseer. En su lugar, se privilegia la toma de decisiones por parte de una minoría, lo cual –a la larga- podría revertirse en contra del mismo procesa que comanda Hugo Chávez. De esta forma, se observa cómo una dirigencia de derecha ocupa el lugar de la vanguardia del proceso bolivariano, obstaculizando que haya un debate serio, responsable y profundo de lo que debería ser el Estado revolucionario, la democracia participativa y protagónica, la fase antiimperialista de la revolución, el nuevo orden social y económico, y el socialismo del siglo XXI, entre otros temas de interés. Asimismo, el reformismo se ha dado a la tarea de desplazar y descalificar a quienes siempre han mantenido en alto las banderas de la revolución. Para ello se vale del ventajismo que le otorga el ejercicio del poder institucional.
Para muchos, el desencanto que esto les produce, los induce a adoptar posiciones de completo aislamiento o de radicalismo extremo, a veces, sin base, lo que no es compartido por las mismas bases populares. Algunos se plantean la conformación de grupos guerrilleros, lo cual confunde a la opinión pública y refuerza los argumentos de la reacción, tanto interna como externa. Tales posiciones benefician ampliamente al reformismo contrarrevolucionario porque uno y otra obvian la participación, organización y formación del pueblo, de modo que pueda convertirse en sujeto social del cambio estructural que contiene el proyecto bolivariano. Así, se le brinda un amplio espectro de posibilidades al ala reformista de la revolución bolivariana para ir trepando todas y cada una de las instancias que integran el Estado al no activarse los diferentes mecanismos legales de control popular existentes, los cuales prefiguran, en cierto modo, ese poder popular del cual tanto se habla, esperando que una providencia del Presidente Chávez cambie el panorama; además de no trabajar por erradicar esa perniciosa dependencia económica de los sectores populares en relación a la dirigencia reformista, lo que le da continuidad a la demagogia y al clientelismo que caracterizaron la era puntofijista.
A todo ello se aúna la dispersión, la desorganización y el parcelamiento que evidencian los sectores revolucionarios populares, lo cual incide en una falta de unidad programática e ideológica de dichos sectores y retarda aún más el avance revolucionario y la toma del poder. En cierta forma, actúan como los verdaderos enemigos de la revolución, cegados por sus propias ilusiones y medias verdades, haciendo que se mantengan incólumes los esquemas de subordinación inculcados por la derecha por más de cuarenta años. Se requiere, por consiguiente, un examen objetivo y exhaustivo de tal realidad, lográndose que los revolucionarios auténticos precisen la estrategia y las tácticas a seguir, de manera que los reformistas sean vencidos y desplazados mediante propuestas viables y realmente revolucionarias. La tarea es ardua y urgente. Mientras la reacción sufre de desorientación y carece de fuerza e iniciativas que hagan tambalear al gobierno chapista, los enemigos invisibles de la revolución prosiguen su labor de zapa. Una vez que sientan amenazados sus intereses y privilegios no dudarán en desconocer el liderazgo y legitimidad del Presidente Chávez, convencidos del poder que detentan; a menos que los revolucionarios auténticos asuman la conducción del proceso bolivariano y lo encaminen a buen puerto.-


 

 

EL DILEMA BOLIVARIANO, ¿ESTADO BURGUÉS O ESTADO REVOLUCIONARIO?

        En palabras de Mabel Thwaites Rey, en Autogestión social y nuevas formas de lucha, los revolucionarios “debemos caminar permanentemente en esa tortuosa contradicción de luchar contra el Estado para eliminarlo como instancia de desigualdad y opresión, a la vez, luchamos para ganar territorios en el Estado, que sirvan para avanzar en nuestros conquistas”. Desde muchísimo tiempo se reconoció que el Estado es algo ajeno o alejado de la sociedad, la cual es sometida a su control y omnipotencia. De hecho, quienes justifican su vigencia, aduciendo que él sirve para armonizar las relaciones sociales desiguales, olvidan que éste siempre tiende a mantener incólumes las estructuras de la sociedad, evitando o reprimiendo cualquier asomo de subversión que ponga en peligro el orden establecido. Además de ello, la estructura de clase que integra la burocracia estatal hace que sus decisiones tengan visos nada democráticos, lo que compromete más sus actuaciones a favor de una clase social determinada: la burguesía. En este caso, el Estado no es neutral, es una máquina de dominación impersonal que responde perfectamente a los intereses de la clase burguesa dominante.
           
            Según Federico Engels, “siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un puro absurdo hablar de un Estado `popular y libre´. Mientras el proletariado necesite del Estado, no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado, como tal, dejará de existir”. No obstante, conocemos cómo los diversos procesos revolucionarios habidos en la historia humana sucumbieron víctimas del burocratismo y los intereses de Estado, al no desarrollarse en su seno formas organizativas democratizadoras en manos del pueblo que pudieran contrarrestar la excesiva influencia de ambos. Se presenta así el dilema que ha de enfrentar toda revolución, si es verdadera: producir realmente el cambio estructural, de modo que se modifiquen radicalmente las relaciones sociales y se invierta la forma piramidal del poder; o nada más se limita a cambios cosméticos que suavicen o amortigüen el antagonismo de clases, con lo que dejaría de ser una revolución para convertirse en simple reforma. Esto supone adoptar una posición bastante clara respecto a las líneas de acción que guiarán a los revolucionarios para conseguir distinguirse cabalmente de los reformistas, atacando frontalmente los viejos vicios del Estado en la etapa de transición y ensayando nuevas expresiones de poder, protagonizadas, sobre todo, por las masas populares. “No se trata de cambiar –en afirmación de Aram Aharonian, director de Question latinoamericana- para seguir siendo o haciendo lo mismo. El cambio debe ser cultural y los principales actores de ese cambio debieran ser los dirigentes, muchos de ellos olvidados de la necesidad de crear, de inventar esta revolución, y mucho más propensos a `comprar´ proyectos e ideas al mejor estilo del ta`barato”. Es imperativo, entonces, desenmascarar la ficción del Estado en tanto estructura con intereses definidos en beneficio de la clase dominante y en oposición a la amplia mayoría dominada, la cual tiene que recurrir, las más de las veces, a las protestas y a las exigencias violentas para que sean satisfechas sus reivindicaciones más sentidas.

            Si hablamos de una transformación del Estado actual en un Estado revolucionario o popular, tendríamos que modificar o eliminar, desde la raíz misma, el orden económico y el social, dado que las bases sobre las cuales se asienta pertenecen a la sociedad burguesa, aun cuando sus matices nos hagan creer en una “profunda” vocación democrática, con inclusión de los sectores populares. Es imposible concebir un Estado revolucionario o popular con las mismas características y funciones que el viejo Estado a derribar. En lugar de ello tiene que advertirse que, en todo caso, su existencia será transitoria, una vez que el antiguo régimen ya esté totalmente desaparecido al ejercer las masas directamente el poder. Sería una completa incongruencia magnificar el papel del Estado en un proceso revolucionario que apunte a darle todo el poder al pueblo, como rezaba la antigüa consigna de los soviets en 1917. Y lo es más cuando éste se enmarca en la democracia participativa y protagónica, de forma que sea definitivamente superada la democracia representativa y, con ella, la obsoleta forma de Estado.-      

¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL AL GATO? UNA REVOLUCIÓN EN MANOS DE REFORMISTAS

Desde hace algún tiempo la singular confrontación que se viene adelantando entre reformistas y revolucionarios en el seno del proceso bolivariano venezolano ha tenido poca repercusión en las bases populares, huérfanas de una orientación ideológica que les permita comprender con certeza el por qué de dicha confrontación. Esto ocurre en cada estado y municipio de Venezuela, en todas las organizaciones partidistas y sociales que se manifiestan bolivarianas, chavistas o revolucionarias. Por doquier, se observa una pugna tenaz que se pretende silenciar bajo el pueril argumento que la misma perjudica grandemente la marcha del proceso bolivariano y, aún más, desacata las líneas estratégicas emitidas por el Presidente Hugo Chávez. Todo esto, lamentablemente, carece –hasta ahora- de un componente ideológico preciso que ayude a deslindar ambos sectores, de modo que no exista ya más esa rara mezcolanza de gente proveniente de la derecha (con una formación ideológica socialdemócrata o socialcristiana, pero, en todo caso, de derecha) y otra proveniente de las filas de la izquierda o de la ultraizquierda (con una formación marxista-leninista definitoria de su condición revolucionaria), la cual hace que la transición entre el viejo sistema representativo y el nuevo sistema participativo coexistan, sin que se propicie un salto adelante que la trascienda definitivamente. Ello contribuye a que las masas populares se mantengan aferradas todavía a los viejos esquemas restrictivos y el paternalismo que les impusiera el Pacto de Punto Fijo, logrando que las mismas fueran meras espectadoras de las acciones y decisiones que tomaban las cúpulas adeco-copeyanas en su nombre. Hoy se requiere que haya audacia suficiente para enfrentar a las nuevas cúpulas partidistas que le cierran oportunidades de expresión, formación y organización al pueblo. Para tal cometido, todos los individuos y todos los grupos o movimientos medianamente identificados con la propuesta del socialismo del siglo XXI tendrían que tender puentes de comunicación que vayan minando el sectarismo que pudiera caracterizarlos a todos y convencerlos de la necesidad de construir la unidad popular. Mientras no se comprenda que esto es un imperativo histórico que no podrá eludirse si se quiere instaurar la revolución en Venezuela, las cúpulas reformistas seguirán detentando el poder y obstruirán toda iniciativa que socave tal poder, así tengan que enfrentarse a Chávez. Pero, si los individuos y grupos o movimientos insertos en los ideales de la revolución socialista se mantienen al margen de la escena política, pretendiendo tomar el cielo por asalto, sin considerar siquiera el decisivo papel a cumplir por las masas populares, nada extraño tiene que este novedoso proceso revolucionario bolivariano termine fulminado por las apetencias antisociales y contrarrevolucionarias de los reformistas. En este sentido, las experiencias del pasado (llámese la URSS, la Nicaragua sandinista, el Chile bajo Allende y otros procesos revolucionarios que se plantearon la senda socialista) podrían ayudar a superar los errores cometidos y trazarse como meta el acoplamiento de un amplio movimiento revolucionario, sea nacional, regional o local, que –del lado del pueblo, sin subordinarlo- comience a hacer la revolución, confrontando sin temor al reformismo presente en las principales estructuras partidistas del chavismo y en las diferentes instancias de poder. Pero, esto exigirá, a su vez, declinar (de antemano) cualquier postura excluyente y autosuficiente porque, de lo que se trata, es de armar ideológicamente al pueblo, de manera que sea él, y no ningún providencialismo, quien le dé la direccionalidad necesaria al proceso revolucionario bolivariano, incluso, más allá de donde lo ha conducido Chávez.-

UNA REVOLUCIÓN DE CORTO ALIENTO

Si se recapitularan todos los episodios que han comprendido, desde sus comienzos, el proceso revolucionario liderado por Hugo Chávez, podría concluirse llanamente en que l mismo tiende a estancarse en la no consecución de su principal objetivo: el cambio estructural. Al cabo de siete años consecutivos de gobierno y de control del Estado, dicho cambio apenas se manifiesta en el desplazamiento de las cúpulas que por espacio de cuatro décadas usufructuaron el poder de la mano de los partidos conservadores, AD y COPEI. Hoy, siendo cierta la apreciación generalizada de que éstas no volverán a dominar al país, se presentan en el horizonte unas nuevas cúpulas (sociales, políticas y económicas) que, aún utilizando un discurso de contenido revolucionario y totalmente diferente al de las anteriores, están perpetuando el viejo régimen representativo, con unas prácticas antisociales y antidemocráticas que harían sonrojar –si tuvieran vergüenza- a los antiguos dueños del poder en Venezuela. Para la gente común (sobre todo, la identificada con Chávez) existe una tremenda disparidad entre lo que exhorta a hacer el Presidente y máximo líder del proyecto bolivariano revolucionario y lo que hacen sus seguidores en las instancias de gobierno y en los principales partidos políticos que lo apoyan.
         Llevado todo esto al extremo y considerando que las expectativas populares no han sido satisfechas del todo, por una parte, debido a la negligencia burocrática y, por la otra, por la falta de compromiso revolucionario de quienes representan al Estado; podríamos prever una situación de estallido social, el cual pudiera focalizarse en regiones con una alta deuda social aún pendiente o generalizarse por toda la nación. Pero, si procuramos verle el lado positivo, esta manifestación de rebeldía popular bien pudiera acelerar la profundización de los logros revolucionarios alcanzados y poner en manos de una nueva cohorte o vanguardia realmente revolucionaria la conducción del proceso bolivariano, algo que pudo ocurrir tempranamente durante el golpe de Estado de 2001 y la posterior restitución del Presidente Chávez por parte del pueblo y sectores progresistas y patrióticos de las Fuerzas Armadas. Una ocasión que habría justificado ante el mundo entero la toma del poder revolucionario por las masas populares, iniciándose –a partir de este momento- la transformación definitiva de la sociedad venezolana y el desplazamiento del bando moderado y reformista del proyecto bolivariano por uno más abiertamente revolucionario y decidido.
         Mientras tanto, a pesar de su fervor e identificación con el Presidente Chávez, el pueblo en su mayoría se halla desorganizado e ideológicamente desprovisto de herramientas que lo impulsen resueltamente a asumir el protagonismo que le corresponde y a proponerse a ejercer el poder directamente. Una porción importante de la población venezolana sabe, intuye o entiende que el esfuerzo titánico de Hugo Chávez por cambiar radicalmente el orden establecido no es acompañado desinteresadamente por muchos de los gobernantes regionales y municipales, diputados y concejales, jueces y ministros, y partidos políticos y movimientos sociales; todos habituados a percibir y en hacer las cosas al modo del extinto Pacto de Punto Fijo, sin democracia directa, ejercida por el pueblo sin chantaje ni coacción alguna.
         Queda esperar que el nivel de conciencia política e ideológica del pueblo comience a expresarse con mayor fuerza cada día, de manera autónoma y consecuente, evitando que la revolución bolivariana sea una revolución de corto aliento, con muchísimo por hacer, pero que, al cabo, sucumbió víctima del reformismo contrarrevolucionario infiltrado en sus filas, como acaeciera con otros proceso en la amplia geografía mundial que no pudieron prosperar y definirse porque se le impidió al pueblo –al cual se dirigía, aparentemente, todo el accionar revolucionario- ejercer su principal derecho ciudadano: su soberanía. Aunque haya optimista al respecto, incluido el Presidente, no es descartable la posibilidad de que el proceso revolucionario venezolano viva una nueva encrucijada, quizás la más incierta y peligrosa de todas las confrontadas hasta ahora: o la rescatan los revolucionarios auténticos de las garras de los reformistas, o éstos terminan pervirtiéndola y desviándola de sus propósitos originales. Así de simple.-