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TEMAS ANTIIMPERIALISTAS

LA OEA Y EL COLONIALISMO IDEOLÓGICO DE LA DERECHA

LA OEA Y EL COLONIALISMO IDEOLÓGICO DE LA DERECHA

Aplaudir, aspirar y compartir la posibilidad, inminente o no, de una injerencia extranjera más directa en los asuntos internos de Venezuela no sólo merece que se le condene desde todo punto de vista sino que debe resaltarse como una muestra evidente del colonialismo ideológico de quienes lo hacen.

 

El reconocimiento tácito del derecho imperial de Estados Unidos de imponer en nuestro país un gobierno a su gusto y medida descalifica de por sí cualquier gesto o acción de la oposición en su supuesta defensa de la democracia y de los derechos humanos, lo que se cae por su propio peso cuando, además, se favorecen hechos violentos que atentan contra la paz y la vida del pueblo venezolano. Esto es algo sumamente grave, sobre todo si se calculan las consecuencias de lo que algo así generaría en nuestro país, sin que el sector gubernamental o la MUD, juntos o por separado, tengan un control real de la situación desatada.

 

Por eso resulta absurda la fanfarria opositora respecto a que una eventual aplicación de la Carta Democrática Interamericana por parte de la OEA al gobierno de Venezuela será la culminación triunfal de su estrategia desestabilizadora, ya que, lejos de solucionar la crisis creada, causaría males mayores a los existentes en la actualidad. Si realmente hubiera suficiente voluntad y compromiso entre estos bandos políticos para solventar sus diferencias en función del bienestar colectivo, sin interferencias foráneas, hace tiempo lo habrían logrado, sin arriesgarse ambos a ser rebasados por el pueblo que afirman representar y defender.

 

Para los revolucionarios, esta sería una coyuntura ideal y oportuna para formular y poner en práctica una propuesta revolucionaria que de verdad profundice los cambios alcanzados hasta ahora y le permita al pueblo movilizado, como debe ser, asumir el papel de sujeto histórico de la transformación estructural de todo el orden social, económico, cultural y político vigente.-         

NUESTRA GUERRA OLVIDADA DE CADA DÍA.

NUESTRA GUERRA OLVIDADA DE CADA DÍA.

Nos hallamos sin quererlo (y gran parte de la humanidad sin saberlo al detalle) en medio de una guerra continua, planeada, promovida, financiada y protagonizada de distintas formas por el imperialismo gringo y sus socios capital-militaristas de la OTAN. El objetivo estratégico central de tal guerra no es otro que el de alterar la realidad geopolítica de diversas regiones de nuestro planeta, como ya se esbozara y pusiera en práctica durante la presidencia de George W. Bush respecto al Medio Oriente y el papel que le correspondería ejercer al sionismo en esta conflictiva región.

 

Por eso no debe sorprender a nadie que el imperialismo estadounidense haya recurrido a tácticas abiertamente terroristas, luego de las invasiones a Afganistán, Irak y Libia, patrocinando -junto al régimen israelí y la monarquía medieval de Arabia Saudita- la conformación del denominado Daesh, una agrupación de mercenarios supuestamente islamistas, que ha cometido todo tipo de crímenes de lesa humanidad y, aun así, se le encubre mediáticamente haciéndolos ver que combaten a un régimen «opresivo» en territorio sirio, al cual habría que derrocar de cualquier modo para salvaguardar la «democracia» y los «derechos humanos», lo que se complementaría con la agresión saudita al pueblo de Yemen.

 

Además de estos hechos visibles, dicha guerra se libra asimismo en el plano económico, reflejándose en las crisis que agobian a una porción creciente de naciones, incluyendo a EE.UU., y las políticas xenófobas y racistas implementadas por algunos gobiernos europeos, cerrándoles las puertas a millares de personas que migran de sus países de origen en búsqueda de una vida mejor, en muchos casos, víctimas de los conflictos fomentados por las grandes corporaciones político-empresariales que rigen el sistema capitalista. Esto tiene sus consecuencias directas en la percepción que tenga la población en relación a sus gobiernos, incitándola a escoger como alternativa a sus problemas a políticos y empresarios que planteen soluciones en el marco de los programas o planes neoliberales

 

No debiera extrañar, ni obviarse, que esta inusual guerra se apoye en las estrategias de manipulación diseñadas por los acaudalados conglomerados del entretenimiento y de las comunicaciones al servicio del imperio global, las cuales paulatinamente han estado imponiendo en sus naciones (lo mismo que en las nuestras) la realidad de una sociedad asustada, víctima del miedo generado por un terrorismo, generalmente carente de rostro, el cual podrá ser identificado -en cualquier momento y en cualquier latitud- con el rostro de quien decidan los poderes hegemónicos. Es una guerra olvidada cada día, gracias al impacto producido por los medios de información que resaltan problemas que afectan en lo inmediato a cada persona y, en otros casos, amortiguada mediante el cine y la televisión.

 

Vista la humanidad en conjunto, nos hallamos envueltos en una guerra con un propósito muy claro: destruir -a gran escala- los diferentes avances obtenidos por la humanidad en materia política y social, de manera que ella se resigne a cumplir el rol, simplemente, de dócil masa trabajadora y consumidora, incrementando de esta forma las arcas de sus explotadores capitalistas y viéndose obligada a sacrificar buena parte de los derechos sociales y laborales alcanzados en los últimos cincuenta años, sin que la motive otra aspiración que la de poder sobrevivir.-

¿DE QUÉ SE PROTEGEN EE.UU. Y EUROPA?

¿DE QUÉ SE PROTEGEN EE.UU. Y EUROPA?

Las cúpulas dominantes de Estados Unidos y Europa occidental -mayormente integradas por quienes representan a grandes corporaciones transnacionales capitalistas- han sabido cultivar y explotar a su favor el miedo u odio de la población a todo aquello que sea diferente. Una cuestión nada novedosa, dados los antecedentes históricos de la persecución y muertes de millares de fieles judíos, gitanos, anarquistas y comunistas, acusados de todos los males padecidos en su sociedad; sobre todo, en las naciones europeas, quedándole a los estadounidenses la nada honrosa «misión» de linchar en su territorio a aborígenes, negros, chicanos e inmigrantes «ilegales» por atreverse a anhelar (¡seres “inferiores”!) el disfrute de una cuota del sueño «americano».

 

En la actualidad (en realidad, desde hace ya varias décadas) el capitalismo corporativo transnacional ha enfilado todo el arsenal de su industria ideológica para convencer a los ciudadanos del mundo, ya no sólo de sus países de origen, que no les quedará más opción para sobrevivir que sacrificar sus derechos inalienables en las aras del mercado capitalista neoliberal. En función de esta meta, gobiernos y organismos multilaterales, tales como la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, coinciden en recomendar e imponer recetas económicas que merman enormemente la vigencia del Estado de bienestar como fórmula infalible para recuperar las deterioradas economías nacionales. El ejemplo más claro de esto es Grecia, víctima por igual de la ineficacia de diversos gobiernos y de la voracidad empresarial capitalista. No es casualidad, por tanto, notar elementos y circunstancias comunes en uno u otro lado del planeta que plantean la necesidad de confrontar y sustituir al capitalismo en todas sus variantes o expresiones.

 

El unilateralismo globalizador capitalista adopta así mecanismos de legitimación que le aseguran un desenvolvimiento menos traumático, a pesar del innegable impacto causado por el cese o disminución de la inversión gubernamental en materia social, de la desigualdad social, del incremento de los índices de desempleo y del endeudamiento externo. Todo esto tiende a expandirse a todas las naciones, creando en muchos casos la ilusión del desarrollo. Una ilusión del desarrollo según la cual todos los ciudadanos tendrían las mismas oportunidades, pero sin que lleguen a disfrutarlo de una igual manera y, sobre todo, al mismo tiempo, por lo que tendrán que fijarse en sus propios intereses y no en los colectivos. Por ello, la pregunta es pertinente: ¿de qué se protegen EE.UU. y Europa?

 

Evidentemente, se protegen de la oleada de inmigrantes provenientes de las naciones periféricas del sistema capitalista, mismos que han sido -de una u otra manera- expoliados por éstos durante siglos, terminando desalojados de sus propios territorios sea por acción directa de las grandes corporaciones transnacionales o por el efecto atroz de las guerras que éstas han promovido para asegurarse el control de los recursos naturales estratégicos de sus países. Las cúpulas dominantes de Estados Unidos y Europa, simplemente, resguardan sus fronteras y se aseguran de continuar disfrutando, como siempre, las delicias materiales producidas por la explotación y la dominación sobre el resto de la humanidad.- 

LA PELIGROSA METAMORFOSIS IMPERIALISTA

LA PELIGROSA METAMORFOSIS IMPERIALISTA

Aunque resulte inverosímil para algunas personas, la élite corporativa que rige Estados Unidos ha tenido siempre como una de sus metas más anheladas el dominio del mundo. Para lograrla, no ha escatimado recursos ni esfuerzos -sean diplomáticos, políticos, económicos, ideológicos y militares- tendentes a imponer sus intereses económicos y geopolíticos, por encima del derecho internacional, ahora amoldado a lo que sus regentes determinen como legítimo o apropiado para todas las naciones del planeta, independientemente de sus derechos y soberanía. Esta especial circunstancia es reforzada cada día, a tal punto que constituye una seria amenaza para la paz global, cosa que no podría abordarse de manera simple y aislada, especialmente cuando ésta ya ha provocado un ambiente generalizado de inestabilidad en las regiones de Oriente Medio y Europa del Este, lo que causaría un eventual enfrentamiento militar con Rusia y, algo no muy remoto, con China, cuya expansión el imperialismo gringo busca refrenar, previendo su declive inminente.     

 

Pero, por otra parte, esta clase corporativa que se ha erigido como gendarme único a nivel global, gracias a las acciones imperialistas y neocolonialistas de Estados Unidos -luego de la implosión de la URSS- “ignora” que el sistema multilateral establecido, cuyas bases de sustentación son la Organización de las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio y otros organismos de corte similar, está haciendo aguas ante el empuje de potencias económicas emergentes como el grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), cuyo PIB común excede los 15,5 billones de dólares. Algo que preocupa sobremanera a los estadounidenses y a los europeos, empeñados en mantener intacta su hegemonía geopolítica y capitalista. Esto no le impide, sin embargo, que se pretenda la aplicación de las leyes estadounidenses de manera extraterritorial, sea que se esté de acuerdo o no con ello, como sería el caso, por ejemplo, de la Ley contra el Tráfico de Droga Transnacional presentada en el Senado de Estados Unidos por la legisladora californiana demócrata Dianne Feinstein, con el apoyo del republicano por Iowa Chuck Grassley, la cual estaría dirigida, según afirman en su exposición,  a conferir “a las fuerzas del orden las herramientas necesarias para reducir el volumen de droga que cruza nuestras fronteras", aparte de permitirles la persecución del crimen transnacional "para reducir el flujo de drogas ilegales que llegan a EE.UU. desde terceros países", con lo que se estaría vulnerando la soberanía de otras naciones, de un modo semejante a lo contemplado en la Ley Helms-Burton empleada contra Cuba. Tal cuestión, obviamente, podría desencadenar aún mayores conflictos en los que estarían envueltos Rusia y China defendiendo sus intereses, potencias militares y económicas contra las cuales el imperialismo gringo ha enfilado su estrategia de contención, tratando de evitar su expansión hacia territorios, como nuestra Abya Yala, donde éste ha ejercido su influencia de forma omnímoda, despótica e incuestionable.   

 

Ante esta peligrosa metamorfosis imperialista -donde la soberanía de cualquier nación dependerá de la clasificación que ésta merezca de parte de los jerarcas de Washington, según sea la actitud de su gobierno y población respecto a los intereses y la hegemonía estadounidenses- otra debe ser la condición antiimperialista a asumir por los revolucionarios y por aquellos que defienden su derecho a la autodeterminación de los pueblos y a la preservación de su economía, integridad territorial e identidad cultural.

 

Ello implicaría asumir, en el caso particular de nuestra Abya Yala, la unidad continental como primera trinchera de lucha contra las pretensiones neo-imperialistas de Estados Unidos, sin que afloren posturas chovinistas de las cuales pueda aprovecharse la potencia del norte. Ser antiimperialista no se limitará, entonces, simplemente a proferir una disconformidad con los designios y las realidades de dominación creadas por los distintos gobiernos de Estados Unidos en diversas latitudes del planeta. Implica también cuestionar, desterrar y reemplazar la racionalidad “occidental” que justifica y le da forma a dichos designios y realidades imperialistas, dado que la misma -pretendiéndose universal, como lo establecieran los europeos, a partir de su Modernidad- niega con soberbia y somete al desprecio los universos (dotados de mayores expresiones humanistas) de los diversos pueblos que integran nuestra Abya Yala y el resto del planeta.-

LOS OLVIDADOS DE LA HUMANIDAD

LOS OLVIDADOS DE LA HUMANIDAD

Víctima indirecta del antisemitismo y de cierto sesgo informativo a nivel mundial, sin justicia de parte de los organismos internacionales que, caso de la ONU, sólo de vez en cuando, esporádicamente, pareciera que sí les preocupara en algo, de verdad, la situación creada para luego voltear la mirada como si nada escandaloso ocurriera; sin leyes que les protejan como seres humanos, sin empatía y sin muestra alguna de humanidad de parte de sus agresores permanentes (por lo menos, hacia niños, adultos mayores y mujeres), y con la arbitrariedad perenne exhibida en su máximo grado, como lo atestiguan las detenciones de menores de edad y los asesinatos en masa perpetrados, desde hace más de medio siglo, mediante actos de guerra desproporcionados el Estado de Israel mantiene martirizado al pueblo de Palestina.

 

Dos elementos tergiversados afloran en esta realidad inhumana: por una parte, la negación sistemática de la igualdad de derechos que pesa sobre el pueblo palestino (equiparable a todo pueblo existente sobre la Tierra) y, por la otra, el rechazo legítimo de este mismo pueblo al colonialismo sionista, promovido y sostenido por las grandes potencias occidentales, particularmente por Estados Unidos.

 

Esto le ha permitido al régimen de Israel ignorar olímpicamente todas las resoluciones emanadas de la ONU en las cuales se proyecten el cese de toda violencia en los territorios ancestralmente ocupados por los palestinos, así como la devolución de aquellos territorios que, producto de las operaciones militares desplegadas desde 1948, viene ocupando Israel ilegalmente, desalojando brutalmente a familias enteras, sin disponer de una reubicación.

 

De esta manera, bajo la excusa propiciada a su medida por un tácito antisemitismo (o antijudaísmo), los sionistas más radicalizados del Estado de Israel han podido valerse del poderío de sus ejércitos para degradar la subsistencia de los palestinos. Contrario a esta percepción errada y manipulada por quienes favorecen el subimperialismo y expansionismo sionista en el Medio Oriente, Palestina y quienes respaldan su posición a nivel internacional sólo tratan de defender el derecho inalienable de los palestinos a existir como pueblo soberano, con respeto pleno a su integridad territorial y a su legado histórico-cultural; incluso, aceptando la existencia de Israel como Estado soberano.

 

Por ello, es importante hacer esta última acotación, dados los prejuicios divulgados y explotados por el sionismo a través de la gran industria ideológica asentada en Hollywood y replicados sin restricciones por las corporaciones televisivas y otros medios de información; justificando el derecho de conquista y la “autodefensa” que le asistiría, dadas las perversidades racistas que dispusiera el nazismo alemán en contra de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, lo que induce a subrayar que Israel no existiría entonces sino acaece el genocidio decretado por el régimen imperialista de Adolf Hitler.

 

En relación a esta temática, en su ensayo “Sionismo y antisemitismo, dos corrientes que se alimentan mutuamente”, Pierre Stambul refiere que “tanto los de izquierda como los de derecha propagan la misma fábula sobre la historia del judaísmo, olvidando incluso decir que una buena parte de las víctimas del genocidio no tenían nada que ver con su ideología y eran, a menudo, no creyentes. Para los sionistas, los judíos han sido, son y serán víctimas. Como resultado, son totalmente insensibles al dolor del otro o a la situación en la que se encuentra”.

 

Dicha fábula, sin embargo, ha tenido su costo reiterado en destrucción de poblaciones palestinas y vidas humanas, convirtiendo a los palestinos en los olvidados de la humanidad o, en el peor de los casos, en subhumanos o ciudadanos de segunda clase, despojados de todo derecho; algo en lo cual todos los revolucionarios, los pueblos y los gobiernos del mundo tendrían que coincidir en una misma causa de lucha y de solidaridad humana, emprendiendo acciones contundentes en favor de la vida, de la soberanía y de los derechos humanos del pueblo ancestral de Palestina.-

 

EL “BIG BROTHER” NOS ACECHA

EL “BIG BROTHER” NOS ACECHA

Zbigniew Brzezinski, ex-consejero de Seguridad Nacional durante el mandato de James Carter, esbozó en su libro “Entre dos edades: El papel de Estados Unidos en la era tecnotrónica” (1971) que “la era tecnotrónica involucra la aparición gradual de una sociedad más controlada y dominada por una élite sin las restricciones de los valores tradicionales, por lo que pronto será posible asegurar la vigilancia casi continua sobre cada ciudadano y mantener al día los expedientes completos que contienen incluso la información más personal sobre el ciudadano, archivos que estarán sujetos a la recuperación instantánea de las autoridades”.

En consecuencia, de estarse encaminando el mundo contemporáneo a esta eventualidad nada imposible, se estaría presenciando la supresión de la democratización de internet, limitándose y censurándose la información compartida que circula por las diversas redes sociales existentes, gran parte de la cual (a excepción de algunas frivolidades) ha permitido que los pueblos adquieran una mejor conciencia respecto al contexto de opresión, desigualdad y explotación en que viven, rebelándose (individual y/o colectivamente) en contra de la historia, los enfoques y las versiones oficiales que ocultan verdades inconvenientes.

Lo que ya anticipara George Orwell en su conocida distopía “1984”, donde los seres humanos habitan un mundo controlado por un poder corporativo invisiblizado que los avasalla manteniéndolos en la más extremada estratificación social y subsistencia, al mismo tiempo que les exige una absoluta fidelidad “patriótica”, so pena de ser juzgados y ejecutados al transgredir, con su actitud, las normas del Estado, representado por el “Big Brother” omnipresente. Incluso, se ha planteado que - a semejanza de “1984”- el planeta sea regido por bloques de poder, los cuales estarían obligados a mantener un equilibrio geopolítico para impedir confrontaciones mayores entre los mismos.

En concordancia con lo anteriormente expuesto, “en el contexto de la confusión y sumisión de las conciencias -refiere Vicente Romano en su libro ‘La intoxicación lingüística. El uso perverso de la lengua’-, la manipulación se entiende como comunicación de los pocos orientada al dominio de los muchos. Se manipula cuando se producen deliberadamente mensajes que no concuerdan con la realidad social”. Con esta estratagema, los sectores dominantes se aseguran de conseguir la pasividad política de los sectores populares subordinados. Atendiendo a esto, la derecha neoliberal quiere desviar la atención respecto a los graves problemas originados por sus programas económicos hacia el logro de la eficacia, sorteando así el cotejo ideológico que podría dejar al desnudo sus verdaderos intereses.

Así que, en uno u otro sentido, las consignas repetitivas presentes en la sociedad orwelliana (“La guerra es la paz”, “La libertad es la esclavitud” y “La ignorancia es la fuerza”) estarían materializándose en el mundo de hoy; especialmente en Estados Unidos, a propósito de la Ley Patriota promulgada bajo el mandato de George W. Bush tras el derribo de las Torres del World Trade Center (Centro Mundial de Comercio) de Nueva York; amenazando con extenderse a otras naciones con la excusa de brindarle seguridad a una población que, eventualmente, sería blanco de los ataques del terrorismo, el cual -para mayor conveniencia de los sectores dominantes- resultaría ubicuo, pudiendo atribuírsele por igual a cualquier nación, gobierno o grupo que se resista a la hegemonía e intereses de los grandes centros de poder mundial.

A ello se agrega la compulsión de seudo-necesidades de bienes y servicios, algunos de los cuales se inscriben en este complot para dominar a poblaciones enteras, como lo es el uso de las redes sociales de internet, con acceso a infinidad de datos suministrados voluntariamente por las personas que se valen de las mismas.

Gracias a este suministro voluntario, los comandos estratégicos y las agencias de inteligencia de los grandes centros de poder mundial (mayormente, estadounidenses) tienen la ocasión de estudiar la idiosincrasia y tendencias seguidas de quienes se hallan conectados a dichas redes, proveyéndoles los datos necesarios para el estudio y la ejecución de cualquier plan de desestabilización que les asegure obtener los objetivos trazados, es decir, el resguardo firme de su rol hegemónico.

Por ello, no sería ilógico conjeturar que la humanidad -con sus prejuicios, miedos y manipulaciones de toda índole- esté comenzando a ser acechada por un “Big Brother” omnipresente, omnímodo y omnipotente, desprovisto de una fisonomía visible, contra el cual pareciera estrellarse fatídicamente toda pretensión de vida democrática y de libertades constitucionalmente garantizadas, si éstas no encajan en el marco de intereses políticos y económicos de los sectores dominantes; lo que exigiría de los sectores revolucionarios adquirir una mayor conciencia de la realidad del sistema-mundo en que vivimos y de los mecanismos alternativos que habría que poner en marcha para alcanzar, sin divisiones de clases ni lógica capitalista, un mejor modelo civilizatorio.- 

DONALD O HILARY, EL MISMO

DONALD O HILARY, EL MISMO

En ocasión de las precandidaturas presidenciales en Estados Unidos de Hilary Clinton, por el Partido Demócrata, y Donald Trump, por el Partido Republicano, muchos son los analistas que vaticinan un endurecimiento de la política imperialista e injerencista de este país, envolviéndolo en un eterno estado de guerra y en abierta confrontación con los poderes fácticos representados por Rusia y China, lo que desencadenaría el estallido de una nueva confrontación mundial que pondría a la humanidad al borde de su total destrucción; cuestión que no se podría poner en duda de antemano, dados los discursos y posiciones adoptados por cada uno de ellos.

Todo esto repercutiría, sin duda, de inmediato al sur de las fronteras estadounidenses, buscando mantener la hegemonía tradicionalmente ejercida sobre los países de Nuestra América, sobre todo cuando tal hegemonía fuera desafiada por experiencias revolucionarias y/o progresistas brotadas a finales del siglo XX y comienzos del presente.   

Para la geopolítica imperial de Estados Unidos es vital el control directo de las riquezas de las naciones de Nuestra América. Con tal propósito, sus diferentes gobiernos se han encargado de diseminar estratégicamente a lo largo y ancho del territorio americano un conjunto de bases militares; al mismo tiempo que ponen en práctica estrategias diversas de manipulación y de respaldo activo (político y económico) a los sectores de la derecha asociados a sus intereses.

Contando con estos últimos, Washington consiguió trastocar el rumbo seguido por gobiernos y pueblos de Nuestra América durante las más recientes décadas mediante la activación de instrumentos de guerra no convencional y golpes «blandos» (como los aplicados en Honduras, Paraguay y, más cercanamente en Brasil), focalizando su atención en Bolivia, Ecuador y Venezuela; logrando que Argentina y Brasil hayan vuelto a su órbita, a pesar de la resistencia mostrada en las calles por sus pueblos. Esto le ofrece al régimen imperialista la oportunidad de abrir brechas que deshagan todo el proceso de integración latinoamericana y caribeña adelantado en contra de su hegemonía.

Sin embargo, esta ambiciosa pretensión imperialista no parece seguir un curso lineal y acertado como se esperaba en Washington, especialmente en lo relacionado con Venezuela. “Lo cierto es que este Estados Unidos en etapa preelectoral -como lo expone Aram Aharonian en su artículo ‘Venezuela: Entre el colapso anunciado y la realidad de la calle’ - teme la posibilidad de un estallido en Venezuela, sobre todo porque la paz en la región no la puede garantizar nadie: ni el enclenque gobierno interino brasileño ni el del “gerente” Mauricio Macri, de Argentina, preocupados por eventuales estallidos en sus propios países. EEUU no está en condiciones, tampoco, de afrontar otra zona de conflicto como la de Medio Oriente o la de África”.

Estas aprehensiones imperiales nacen de la factibilidad (nada descartable) de no poder controlar una situación que suscitaría una rebelión popular generalizada que podría, incluso, envolver a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en Venezuela; sin que haya un centro de mando único con el cual pactar algún tipo de gobernabilidad con que se restablezca el orden interno y, eventualmente, el aseguramiento del poder por parte de los sectores de la derecha.

Bajo tal circunstancia, el imperialismo gringo estará mejor dispuesto a emplear otros mecanismos para lograr la caída de Maduro, quizás ofreciendo acuerdos con garantías que animen al chavismo gobernante a salir del país y a facilitar un régimen de transición que restablezca el sistema de democracia representativa tan de su gusto; cuestión que le obligaría a fijar su atención en dirigentes opositores con una menor inclinación hacia el extremismo político mostrado por otros (ansiosos de desatar un baño de sangre, al estilo Daesh, para acabar con todo vestigio chavista y revolucionario).

Para las estructuras hegemónicas de poder de Estados Unidos, el plan fundamental continuará siendo el mismo, a excepción de sus tácticas, como lo ha hecho respecto a Cuba (a pesar del bloqueo económico, las agresiones y las amenazas yanquis durante más de cincuenta años consecutivos).

Esto debiera servir para prever escenarios. Amerita el diseño y puesta en marcha de un plan de acciones conjuntas que apunten al logro de verdaderos cambios revolucionarios. Por consiguiente, la lucha tendrá que apuntar a la construcción de un nuevo modelo civilizatorio, de unas nuevas relaciones de poder y de unas nuevas relaciones de producción; independientemente del “cambio” imperial encarnado por Donald Trump e Hilary Clinton-. 

LOS PLANES IMPERIALISTAS Y LAS NUEVAS REVOLUCIONES

LOS PLANES IMPERIALISTAS Y LAS NUEVAS REVOLUCIONES

“Golpes blandos”, “rebeliones populares”, “revoluciones de colores” y campañas de desinformación a gran escala son los elementos distintivos de los planes de desestabilización aplicados por el imperialismo gringo y sus aliados de la derecha en gran parte del mundo, ya sea en Oriente Medio, Europa del este o, más cercanamente, en Nuestra América; todos con un objetivo único: destruir toda posibilidad de independencia en cada uno de los países, cuyos gobiernos considera Washington como una amenaza inusual y extraordinaria a sus intereses.

Para cumplir esta meta, han sido útiles tanto los métodos convencionales (establecidos en leyes y constituciones) como aquellos que son, llanamente, crímenes políticos (aunque terminen siendo disfrazados por sus perpetradores e instigadores, resaltando la situación particular venezolana).

¿Qué ha supuesto todo esto para la estabilidad democrática de todos los países, ya sean aliados o estén “enfrentados” a Estados Unidos? En principio, un mayor clima de tensiones internas y externas. En este último caso, con Rusia y China, potencias que Estados Unidos tiene señalados en su agenda como sus principales rivales, sin dejar de lado a Irán, país al cual no deja de amagar de vez en cuando, lo mismo que a Corea del Norte. Sin embargo, la Casa Blanca se cuida de no incrementarlo, limitándose a proceder con tácticas que no lleguen a mayores consecuencias, pero actuando libremente en aquellas naciones que estima inferiores militarmente y, por tanto, más vulnerables a sus eventuales ataques.

Esto quizás se vea con una mayor preocupación del lado de Europa y Japón donde los Comandos Estratégicos (o Combatientes) gringos mantienen una presencia bélica más activa y amenazante, mientras que en la región del Oriente Medio -con Israel, Turquía y el Daesh sirviéndoles de apoyo en sus operaciones- existen circunstancias diferentes, luego de invadirse a Afganistán, Iraq y, últimamente, Siria (en esta última, contenidos por la determinación combinada de rusos y chinos).

Nuestra América, considerada desde siglos como el patio trasero de Estados Unidos, no escapa a tales planes. La mayoría de sus naciones son escenarios de un injerencismo yanqui nada disimulado, estimulado y legitimado desde las grandes cadenas noticiosas, pasando por alto el derecho a la autodeterminación y la voluntad de nuestros pueblos; procurando así acabar con las corrientes revolucionarias socialistas de nuevo signo que surgieran como reacción al neoliberalismo económico de finales del siglo pasado, con la perspectiva de poder cambiar el cariz de simples proveedores de materias primas que se les asignara en función de la división internacional del trabajo instaurada por el sistema capitalista, en un estado de dependencia casi absoluto.

De ahí que cualquier proyecto revolucionario serio que se trace el objetivo de la transformación estructural del modelo civilizatorio imperante, más allá de una mera participación electoral, tendrá que lidiar -inevitablemente- con dicha realidad y desechar de antemano la probabilidad de obtener concesiones en un ambiente ideal de paz social, lo cual sólo se producirá mediante una nueva conciencia, una vasta organización democrática (de índole horizontal) y una autonomía económico-productiva real de parte de los sectores populares revolucionarios, incluso, a pesar de no contar éstos con espacios del poder constituido en qué apoyarse.

Además, dicho proyecto revolucionario no deberá pasar por alto que el imperialismo gringo (y sus adláteres locales) tiene en mira aprovecharse del desdibujamiento creciente de las diferencias entre izquierda y derecha, promoviendo opciones aparentemente prácticas y eficaces para solventar los diversos problemas que aquejan a nuestros pueblos, -aunque tendrá que distinguirse que, al hablar de esta izquierda, se alude a la socialdemocracia y, en cuanto a la derecha, sería más exactamente el neoliberalismo- lo que coadyuvaría a hacer desaparecer, también las contradicciones de clase existentes y, por consiguiente, a neutralizar las protestas y las luchas sociales.-