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ESTADOS UNIDOS Y SU GUERRA SIN FRONTERAS

ESTADOS UNIDOS Y SU GUERRA SIN FRONTERAS

Tal como lo expone el sociólogo Miguel Ángel Contreras Natera, “con el 11 de septiembre, la administración de George W. Bush ha intensificado una guerra permanente, sin fronteras territoriales, ni plazos temporales, que viola las cuestionadas normas del Derecho internacional y pone en jaque la autoridad menguada de las Naciones Unidas. En el caso particular de las decisiones posteriores al 11 de septiembre, la ONU demostró su ineficacia para restringir poder cuando están en juego asuntos que el gobierno de los Estados Unidos no está dispuesto a someter a la decisión de otros Estados. En sus primeras formulaciones, la guerra contra el terrorismo del gobierno de George W. Bush logró imponer un consenso alrededor de la idea de que todos los terrorismos son iguales y con una visión maniqueísta promovió la exacerbación de los enfrentamientos identitarios de carácter nacional, cultural o religioso, tanto locales como globales. La célebre frase o se está con nosotros o se está con ellos se convirtió en la semiótica de la guerra”.

Bajo tal concepción unilateralista e innegablemente imperialista, el actual inquilino de la Casa Blanca, Barack Obama, ha desarrollado su política exterior, de modo que su país ejerza en consecuencia un rol incuestionable de máximo rector del planeta, imponiendo sus intereses políticos, económicos y militares a diestra y siniestra, invocando para ello razones de seguridad nacional. Todo esto contando con la complicidad abierta y silente de los gobiernos de Europa y de los demás continentes que prefieren secundar la política guerrerista yanqui antes que perder la oportunidad de obtener alguna migaja del botín; sin importar que se viole el viejo principio de la no injerencia en los asuntos internos de cualquier país soberano, aparentando que se hace por razones humanitarias. Esta situación de alto riesgo para una paz duradera en el mundo entero, al margen de los regímenes que los gobiernan, ha logrado que una diversificada mayoría de grupos sociales estén reaccionando en contra de las pretensiones estadounidenses y ante la ineficacia (más bien, complicidad) de la ONU para frenarlas. Así, mucha gente ha descubierto tardíamente que Obama no es el imaginado paladín de la paz que premiara el Comité del Premio Nobel sino que, independientemente del color de su piel (al igual que la ex Secretaria de Estado Condolezza Rice), éste es parte de ese conglomerado político-empresarial-militar neoconservador que controla el poder en Estados Unidos desde los días de la administración de Ronald Reagan (el mismo que armara y catalogara de combatientes por la libertad a los grupos contrarrevolucionarios que enfrentaron al primer gobierno sandinista de Nicaragua).

Contrario a lo que pudieran alegar, quienes justifican las acciones belicistas del imperio global yanqui -en una guerra que no distingue frontera ni tiempo algunos, debieran molestarse en entender que ahora no se trata de una confrontación en el plano ideológico, como se quiso hacer ver a propósito de la pugna de Estados Unidos con la desaparecida Unión Soviética en lo que se conoce históricamente como la Guerra Fría. En la actualidad se hallan en grave riesgo algo más que intereses geopolíticos. Se trata de preservar, incluso, más que la paz, la cultura y la soberanía de todos nuestros pueblos, puesto que se amenazaría -sin ánimo sensacionalista- todo trazo de vida en la Tierra de permitírsele a Estados Unidos continuar con sus planes expansionistas.-

ESTADOS UNIDOS Y SU ESTATUTO IMPERIAL FRENTE AL MUNDO

ESTADOS UNIDOS Y SU ESTATUTO IMPERIAL FRENTE AL MUNDO

            Si hubiera una mejor disposición moral y política de los gobiernos, de los pueblos y de los diferentes organismos multilaterales del mundo por hacer cumplir y respetar las disposiciones del Derecho internacional (Convención de Ginebra, Declaración Universal de los Derechos Humanos y/o las resoluciones adoptadas por el Consejo de Seguridad de la ONU, éstas últimas vetadas por un solo voto de Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, Francia o China, en un contradictorio ejercicio de la democracia entre las naciones), ya Estados Unidos habría sido juzgado y condenado en reiteradas ocasiones por perpetrar crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio; del mismo modo que lo hecho por el Tribunal de Nüremberg contra los jerarcas más emblemáticos del nazismo en Alemania. Pero existe un “pequeño” detalle: Estados Unidos no reconoce, por ejemplo, la jurisdicción extraterritorial de la Corte Penal Internacional que podría encargarse de ello, como ya lo ha hecho en varias oportunidades; toda vez que quiere imponer su propia interpretación y aplicación de las leyes, estableciendo en consecuencia nuevas categorías legales que respondan a sus intereses particulares, como sucede con los prisioneros de guerra que mantienen en un limbo jurídico en la ilegítima base naval de Guantánamo, torturados, vejados e incomunicados, sin llegar a demostrarse convincentemente su condición de terroristas, calificados de combatientes o enemigos ilegales, por lo que serían ajenos a la aplicación de la Convención de Ginebra, más aún de los derechos consagrados en la misma Constitución estadounidense al hallarse en un territorio que no pertenece propiamente a Estados Unidos.

            De este modo, Estados Unidos ha asumido una posición de arrogancia por sobre toda la humanidad. Ya bien lo describía en 1998, durante la presidencia de Bill Clinton, la entonces Secretaria de Estado Madeleine Albright, tras un ataque de misiles cruceros contra Iraq: “si tenemos que emplear la fuerza es porque somos Estados Unidos. Somos la nación indispensable. Somos grandes. Anticipamos el futuro”. Siendo así, toda iniciativa de la Casa Blanca inscrita en su guerra contra el terrorismo global tendrá, por consiguiente, una duración y un ámbito territorial indefinidos, y será, además, “justa” desde todo punto de vista. Así, los diferentes gobiernos yanquis se han convertido en los ejecutores consecuentes de la estrategia comercial y militar del capitalismo neoliberal globalizado, en plena correspondencia con lo expuesto por Thomas Friedman, Consejero de Seguridad del gobierno de Clinton, respecto a que “la mano invisible del mercado no funcionará jamás sin un puño invisible. Mac Donalds no puede extenderse sin Mc Donald Douglas, el fabricante del F-15. El puño invisible que garantiza la seguridad mundial de las tecnologías del Silicon Valley es el ejército, la fuerza aérea, la fuerza naval y el cuerpo de marines de los Estados Unidos”.

            Como se puede inferir, para Washington es vital que nadie ni nada contraríe este estatuto imperial. Por ello, el estado de ingobernabilidad o caos que viene propiciando desde hace algún tiempo en diferentes regiones y naciones (caso del Medio Oriente y Siria) se transforma por obra y gracia de la política imperial yanqui en escenario que facilite la imposición y existencia del neoliberalismo capitalista como expresión incuestionable de libertad, progreso y civilización; sobre todo, frente a quienes se resisten a ello, defendiendo su identidad cultural y su inalienable derecho a la autodeterminación.-        

OBAMA: LA FACHADA RISUEÑA DE UNA DICTADURA GLOBAL

OBAMA: LA FACHADA RISUEÑA DE UNA DICTADURA GLOBAL

La elección de Barack Obama como nuevo presidente de Estados Unidos llenó de entusiasmo y de expectativas a mucha gente, tanto de su propia nación como del resto del planeta, incluso de personas con una clara formación de izquierda, a tal punto que fue merecedor del altamente prestigioso premio Nobel de la Paz en reconocimiento anticipado del importante papel que habría de cumplir en el aseguramiento de un orden mundial que se destacaría por permitirle a toda la humanidad -finalmente- disfrutar de un clima permanente de paz y de absoluto respeto al derecho internacional y a los derechos humanos. Mucho de ello se debió al hecho que Obama es el primer presidente estadounidense con ascendencia africana, lo que algunos interpretaron (y continúan interpretando) ingenuamente como el cumplimiento del discurso del líder de la lucha por los derechos civiles de la población negra estadounidense, Martin Luther King, en el cual reflejaba su sueño de ver sentados a la misma mesa, sin discriminación alguna, a los descendientes de los esclavistas y a los descendientes de los esclavizados.

Sin embargo, transcurrido el tiempo, tal ilusión de armonía se ha desplomado ante las acciones gubernamentales y militares ordenadas por Obama, a tal grado que muchos coincidimos en que las mismas podrían precipitar una situación catastrófica de guerra mundial que haría añicos todo el nivel de desarrollo alcanzado a lo largo de los siglos por la humanidad, incluyendo su capacidad de sobrevivencia, al igual que en lo que respecta a la naturaleza en general. Así, Obama se ha revelado igual o peor que su antecesor en la Casa Blanca, el presidente de la guerra, como alguna vez se jactó públicamente de sí mismo: George W. Bush. Pero esto no es simplemente parte de un engaño bien urdido sino que responde a los intereses de ese poder tras el poder que domina a Estados Unidos, el cual está conformado, principalmente, por los dueños y señores de los grandes bancos estadounidenses, cuyo control (por vía legal) de la Reserva Federal les permite manejar a su antojo los hilos de la economía interna y externa, provocando quiebras, reajustes económicos draconianos y guerras por doquier que les garantice el dominio exclusivo del planeta, en lo que sería entonces una dictadura de signo global que –hasta ahora- sigue siendo imperceptible para una gran mayoría de ciudadanos de Estados Unidos y de otras naciones.

En este caso, Barack Obama es el peón ejecutante de una conspiración que viene tomando cuerpo visible desde hace varias décadas atrás y que, ulteriormente a la implosión de la URSS, se ha hecho suficientemente evidente luego de la declaratoria de Bush de guerra permanente contra el terrorismo. De este modo, la élite gobernante yanqui ha ido imponiendo los intereses de “seguridad nacional” de Estados Unidos para justificar las agresiones militares a otros Estados soberanos, al mismo tiempo que instalan gobiernos más dóciles a la voluntad de quienes rigen a Washington y Wall Street, sin que los pueblos, los organismos multilaterales y la opinión pública puedan -por ahora- contenerla y anularla, evitando su impío resurgimiento.-

SIRIA, CON LA URGENCIA DE LA RESISTENCIA Y LA SOLIDARIDAD MUNDIALES

SIRIA, CON LA URGENCIA DE LA RESISTENCIA Y LA SOLIDARIDAD MUNDIALES

La pretensión de las cúpulas gobernantes de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia de enfilar sus baterías contra el territorio soberano de la República Árabe de Siria con la aparente finalidad de acabar con los ataques que perpetra el gobierno del  Presidente Bashar al-Asad contra sus opositores y, en general, contra las poblaciones civiles indefensas, incluso con armas químicas prohibidas, tiene sus raíces en los planes elaborados en Washington durante la administración de George W. Bush que establecían el reordenamiento de la geopolítica en el Medio Oriente, de modo que allí pudieran modificarse las fronteras y se contara con gobiernos títeres, subordinados a los intereses del imperialismo yanqui y sus socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). A pesar del hecho aparente de no contar con el aval necesario de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para acometer una acción punitiva contra el gobierno sirio, el presidente Barack Obama estaría dispuesto a conformar una amplia alianza militar con gobiernos de Europa, así como también de otros países de la región del Medio Oriente, en una ofensiva que quiebre de forma contundente las defensas sirias y le facilite la toma de Damasco a las fuerzas mercenarias que han sido financiadas y apertrechadas por estos mismos gobiernos. Para Obama resulta fundamental que se logre operación internacional de claros tintes intervencionistas, puesto que su objetivo apunta al derrocamiento del gobierno de Siria, utilizando argumentos similares a los esgrimidos en su oportunidad contra Saddam Hussein cuando se ordenó la invasión a Irak a finales del siglo pasado. Sin embargo, las conjeturas de algunos analistas aluden a la posibilidad que sea aplicado el mismo esquema del bombardeo aéreo sobre la antigua Yugoslavia cuando la OTAN actuó por su cuenta, ignorando a propósito cualquier resolución que adoptara la ONU respecto a la situación allí creada. Como se determinó posteriormente, la intervención humanitaria, justificación presentada tardíamente por los Estados de la OTAN, no figura en la Carta de las Naciones Unidas ni en el derecho internacional consuetudinario; de modo que en dicha nación sólo hubo un interés meramente anexionista o, por lo menos, dirigido a conseguir un control efectivo de este territorio cercano a Rusia.

Como lo pregunta Diana Johnstone en un artículo de su autoría, “¿Cuántas veces puede utilizar EE.UU. una falsa alarma para comenzar una guerra agresiva? Un ‘genocidio’ inexistente en Kosovo y Libia, armas de destrucción masiva inexistentes en Irak, y ahora lo que gran parte del mundo considera un ataque de armas químicas de ‘bandera falsa’ en Siria”. El mundo entero conoce que Estados Unidos, sea republicano o demócrata su presidente, ha puesto en práctica los lineamientos del  Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense (o en inglés Project for the New American Century), el cual sencillamente plantea la dominación suprema, tanto militar como económica, de todo el mundo, lo mismo que del espacio y el ciberespacio por parte de Estados Unidos, procediendo a la intervención sin tapujos en los problemas internos de otras nacionales e imponer, en consecuencia, la Pax Americana.

Por ello, la agresión inminente a Siria implica una alerta que no se puede subestimar, puesto que la misma estaría orientada a propiciar un enfrentamiento bélico de mayores proporciones y consecuencias con la República Islámica de Iraq, por lo que los sirios deben defenderse del acoso imperial con todos los recursos a su disposición, contando igualmente con la urgencia de la resistencia y la solidaridad de todos los pueblos del mundo.-

ALCALDÍAS, ¿PIVOTES PARA LA REFUNDACIÓN DE LA PATRIA?

ALCALDÍAS, ¿PIVOTES PARA LA REFUNDACIÓN DE LA PATRIA?

Bien lo dijo alguna vez el Presidente Hugo Chávez Frías: “Es el pueblo el que decide; es la comunidad la que decide; no somos nosotros, no es Chávez el que va a decidir… son ustedes los que deciden, es el poder popular, es la democracia directa, a través de las asambleas populares, a través de la participación, el protagonismo”.

Sus palabras siguen siendo una exhortación constante -más dirigida a los diversos sectores populares organizados que a aquellos que tuvieron la buena fortuna de ocupar cualquier cargo de gobierno gracias al carisma de Chávez- en previsión que el proceso revolucionario bolivariano socialista pudiera sucumbir, eventualmente, víctima de la corrupción, de la mediocridad y de la falta de compromiso revolucionario de una dirigencia incapaz de entender medianamente la trascendencia del momento histórico que se desarrolla ante sus ojos.

Más aún en la coyuntura representada por las elecciones municipales del próximo 8 de diciembre cuando el electorado tenga la ocasión de escoger candidatas y candidatos a las alcaldías y los concejos municipales de todo el país que faciliten al poder popular las condiciones objetivas para disponer de espacios de mayor amplitud e influencia a los conquistados hasta ahora. De ahí que tales elecciones sirvan de excelente oportunidad para adecuar las instancias del poder público municipal a las exigencias de una realidad todavía por transformarse, ciertamente, pero que ya se avizora de profundizarse el ejercicio de la democracia participativa y protagónica, de modo que ésta resulte más directa, convirtiéndose las alcaldías (y concejos municipales) en pivotes para la refundación de la patria bolivariana con una concepción nueva, audaz, socialista y revolucionaria.

Por consiguiente, el alcance de esta línea de acción revolucionaria no debe depender exclusivamente de la voluntad política de quienes asumirían estos cargos de elección popular, puesto que ello podría limitarla y desviarla, acabando por ser una simple referencia retórica, sin ninguna base de sustentación ni trascendencia. Son los sectores populares quienes no deben desperdiciar tal oportunidad de producir un impulso decisivo hasta lograr su completa realización. Para ello es necesario que incrementen su capacidad organizativa, formativa, de lucha y de movilización en función de cambiar la realidad circundante y de plantearse la cogestión y la autogestión no sólo en el plano socio-productivo sino también en el ámbito político, de forma que sean erradicados el burocratismo, la verticalidad jerárquica y la corrupción administrativa que caracteriza al Estado burgués-liberal.

Correspondería, en consecuencia, a quienes ejerzan la responsabilidad del gobierno municipal cumplir con lo establecido en la Constitución referente a la refundación de la república, sólo que ello tiene que ir de la mano con las diversas formas organizativas que conforman el poder popular. Esto es algo que no se limita a los nuevos gobernantes locales sino que se extiende a todo el conglomerado del poder constituido, a fin de consolidar, de ampliar, de diversificar y de profundizar los diferentes logros que han prefigurado la revolución bolivariana socialista, de manera que ésta se convierta en una realidad irreversible.

CHÁVEZ Y EL SENTIDO TEÓRICO-PRÁCTICO DEL SOCIALISMO

CHÁVEZ Y EL SENTIDO TEÓRICO-PRÁCTICO DEL SOCIALISMO

 
Con Hugo Chávez Frías -al margen de las consideraciones encontradas de algunos teóricos de la izquierda tradicional (venezolana, nuestramericana y mundial)- hubo una síntesis cualitativa en la lucha por la liberación nacional y el socialismo que reavivó, de una u otra forma, esas esperanzas de nuestros pueblos por acceder a un tipo de sociedad mejor que fueran largamente aletargadas y reprimidas por las clases dominantes en función de sus mezquinos intereses. Gracias a ello, los amplios sectores populares de Venezuela pudieron superar esa resistencia contumaz que, durante décadas, le fuera inducida sistemáticamente por quienes usufructuaran el poder, siguiendo los esquemas propagandísticos del imperialismo gringo, haciéndoles ver lo maligno que resultaría para sus vidas una revolución en el país, máxime si ésta adoptaba el ideario socialista o comunista. Esta situación casi permanente no fue abordada suficientemente por muchas de las organizaciones políticas de izquierda (tanto aquellas que le seguían el juego “democrático” a las clases gobernantes a través de su participación en cada elección celebrada, como de aquellas otras que aupaba la vía armada para la toma definitiva del poder); cuestión que les impidió notar los cambios que se operaban en el seno de la sociedad venezolana y determinar el modo adecuado para romper con la hegemonía de los partidos políticos conservadores que se turnaban en el gobierno.

Todo ello cambió drásticamente con la insurgencia del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200) que comandara Chávez el 4 de febrero de 1992, dando al traste con la imagen interesadamente creada por las clases dominantes que presentaba a Venezuela como beneficiaria de uno de los sistemas democráticos más estables en la parte sur del continente americano (junto con Colombia), a pesar de las agudas contradicciones padecidas por la sociedad venezolana. Es así que, tras el declive e implosión del bloque soviético, la opción representada por Chávez no sólo motivó a los sectores populares venezolanos a creer en que sus anhelos de redención social finalmente se convertirían en una realidad, sino que la misma obligó a muchos revolucionarios a redefinir y a replantearse lo que sería entonces la construcción colectiva del socialismo revolucionario, pero con la adición del pensamiento político del Libertador Simón Bolívar, el Maestro Simón Bolívar y el General del Pueblo Soberano Ezequiel Zamora, sin desconocer lo propio de otros ideólogos y luchadores revolucionarios del mundo que contribuyeron a su ampliación, difusión y enriquecimiento.

De esta manera, Chávez vino a darle al socialismo revolucionario un sentido teórico-práctico que trascendió las fronteras nacionales, convirtiéndose entonces en un importante referente para los cambios producidos en otras naciones de nuestra América; de lo cual pareciera no darse cuenta lamentablemente un gran porcentaje de la dirigencia chavista, tanto durante como después del mandato presidencial del Comandante. Que ello haya tenido sus inconsistencias y deficiencias de orden ideológico no lo desmerita, dado que el mismo Chávez fue un impulsor reiterativo de la crítica y de la autocrítica que debía ejercerse en todo momento a fin de evitar el estancamiento y desgaste progresivo que pudiera vulnerar eventualmente al proceso revolucionario socialista bolivariano, cosa que -inversamente a lo que alguna gente piensa- se convertiría en el punto de partida para profundizar en su estudio y aplicación.-     

EL PODER POPULAR Y LA RUPTURA CREADORA NECESARIA

EL PODER POPULAR Y LA RUPTURA CREADORA NECESARIA

             Si consideramos en detalle los elementos constitutivos del socialismo revolucionario, convendríamos en que el mismo supone la erradicación total del viejo sistema político, económico y social que rige nuestras vidas, con toda la carga ideológica que ello implica. Así, a diferencia del orden establecido, los revolucionarios tendrían que imponerse el logro de, por lo menos, tres grandes propósitos de carácter colectivo, como lo son: el bien común, una producción realmente socialista y el poder popular. En consecuencia, se requiere oponer a la concepción y la práctica de la democracia representativa tradicional una democracia participativa y directa que garantice a plenitud el control, los intereses y el poder decisorio de las amplias mayorías, en el entendido que la soberanía reside verdaderamente en el pueblo. En un segundo lugar, los mecanismos de explotación capitalistas tienen que dar paso a unas nuevas relaciones de producción que privilegien la condición humana de los trabajadores y la interacción armónica con la naturaleza, sin más interés que el bien común y no el de una clase social privilegiada. Y, por supuesto, en un plano mayor, tendría que existir un poder popular capaz de asumir los dos propósitos expuestos, de una manera autónoma, desarrollándose a su propio ritmo y cumpliendo funciones específicas de autogobierno. Sin embargo, es obligatorio advertir que tales propósitos revolucionarios no se obtendrán de la noche a la mañana, por decreto o de modo automático, gracias a la voluntad de una vanguardia revolucionaria esclarecida, sino por el impulso decidido y la conciencia revolucionaria de quienes constituyen los sectores populares. De otra forma, todo el empeño puesto en hacer posible la revolución socialista derivaría -inexorablemente- en simple reformismo socialdemócrata, quedando todo en un estado similar al que se pretende cambiar, sólo que ahora con otras denominaciones.

            Todo esto implica entonces el surgimiento de nuevas formas y escenarios de participación directa que, a su vez, permitan activar un proceso constituyente permanente que transformen radicalmente la sociedad, el sistema económico capitalista y el Estado burgués-liberal vigentes; teniendo presente que -como bien lo indicara Rosa Luxemburgo- “solo la experiencia está en condiciones de corregir y abrir nuevos caminos”. Haría falta propiciar espacios de encuentro y de articulación de acciones, experiencias y propuestas de individualidades y de movimientos populares revolucionarios, dispuestos a deponer actitudes sectarias y a construir una plataforma revolucionaria unitaria. De esta manera podría encauzarse consciente y organizadamente la construcción del socialismo revolucionario y, por ende, del poder popular que ha de caracterizarlo siempre.

            En coincidencia con lo que afirmara Miguel Mazzeo en su libro El sueño de una cosa, “en lo esencial, hay que apostar por la ruptura: las formas de mando deben ser legítimas (del tipo mandar-obedeciendo), subordinadas a una comunidad consensual y crítica y, además, transitorias. El mando debe concebirse fundamentalmente como dirección descentrada (múltiples mandos que pueden articularse en determinadas circunstancias), como un oficio no externo respecto del sujeto colectivo de la transformación y como una función no diferenciada y especializada destinada a ser ejercida por aquellos que detentan un supuesto saber revolucionario”. Es decir, las estructuras de poder (poder en su acepción más amplia), altamente burocratizadas, representativas y autoritarias, tendrían que desmontarse en función de un mayor protagonismo y control colectivos, despersonalizándolas y desjerarquizándolas, subordinadas (como debe ser) a la soberanía popular.-  

 

 

¿CÓMO LOGRAR UN GENUINO PODER POPULAR?

¿CÓMO LOGRAR UN GENUINO PODER POPULAR?

De entrada hay que advertir (cuestión que ha de saber todo revolucionario que se aprecie como tal) que el verticalismo y la representatividad que caracterizan al Estado vigente, en sus distintos niveles, resultan inadecuados y opuestos a la existencia y accionar del poder popular, salvo que se entienda que éste deba ser un apéndice inerte, sin poder decisorio alguno, que se asiente en la vieja práctica del clientelismo político. Si es esto último lo que algunos denominan interesadamente poder popular, entonces el mismo ni es poder ni es popular, ya que sólo sirve para distorsionar el ejercicio de la democracia en su concepto más profundo y pleno; contribuyendo a consolidar la hegemonía de la clase dominante por medio de la satisfacción parcial de necesidades, bienes y servicios a cambio de votos, sin alterar en esencia el orden establecido.

Para que exista, por consiguiente, un poder popular genuino, éste ha de desarrollar primeramente unas nuevas formas organizativas y expresivas que correspondan a la idiosincrasia, las experiencias de lucha, la cultura y los intereses generales (sin obviar los particulares) de los sectores populares, de un modo pluralista y en contra de todo aquello que originó su insurgencia. Sin esta comprensión del porqué del poder popular no habrá avances significativos en lo que sería entonces la edificación de un nuevo modelo de sociedad basado en la toma de decisiones, la participación y el protagonismo directos del pueblo conscientemente organizado.

Desde luego, no es algo ilusorio plantearse –de manera audaz, desde abajo y al margen de las relaciones de poder tradicionalmente aceptadas hasta ahora por la humanidad en general- el forjamiento de una fuerza social y política genuinamente emancipadora, capaz de producir una ruptura creadora que contribuya a crear las bases objetivas y subjetivas de una sociedad de nuevo tipo, una nueva economía y un nuevo Estado, en los cuales se manifiesten en todo momento la horizontalidad y el interés colectivo, con sus dosis de inclusión y equidad social. Ciertamente, su forjamiento luce complicado y enfrenta diversidad de obstáculos aparentemente insalvables que, en algunos casos, desaniman a muchos que no poseen una conciencia revolucionaria fortalecida, habituados a responder de manera casi automática a los dogmas del poder tradicional en los mismos términos y prácticas que le dan vida. Para ello es preciso desprenderse de los patrones de comportamiento que nos inducen a aceptar como válidos, naturales e inevitables la hegemonía y privilegios que detentan las clases dominantes, tanto internas como externas, en un proceso de cuestionamiento continuo y profundo que facilite desentrañar cuáles son las razones objetivas que causan los males de la sociedad presente, como la pobreza, el desempleo, la explotación capitalista de los trabajadores, la contaminación ambiental, la dependencia económica y científico-tecnológica, las injusticias sociales y un largo etcétera que es necesario resolver por nuestro bien y de las generaciones futuras.

Cabe afirmar entonces que el poder popular tiene que hallar sus propios cauces de organización, de expresión y de legitimación. No puede vincularse a una directriz clientelar de una clase o casta gobernante, ni de un partido político determinado, que ven en él su tabla de salvación, haciéndole algunas concesiones simbólicas que no amenacen el poder que tienen en sus manos. Como alguna vez lo escribiera Roland Denis; “el papel de un gobierno es de posibilitar el protagonismo de las masas sin imponerle una dirección”. Esto supone, en consecuencia, que la espontaneidad del poder popular lo es respecto al Estado y las diferentes instancias que lo justifican, no así en relación con un proyecto de emancipación integral que debería estructurarse conscientemente, de manera que el mismo se concrete en un plazo razonable, sin que ello signifique convertirlo en una utopía permanente, difícilmente realizable.-