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LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA TAMBIÉN ES CULTURAL

LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA TAMBIÉN ES CULTURAL

Frente al pensamiento unidimensional que han tratado de imponerle al mundo el imperialismo yanqui y sus socios de la OTAN desde que se autoproclamaran vencedores de la Guerra Fría con la implosión de la URSS, se hace inexcusable la defensa y la preservación de la diversidad cultural de nuestros pueblos, sin que ello pueda descalificarse, aduciendo que es algo anacrónico y contrario al espíritu cosmopolita que debiera prevalecer en la humanidad del siglo XXI, dado el auge creciente de las telecomunicaciones y de la informática que nos haría ser una aldea global, según el pronóstico del filósofo canadiense Marshall McLuhan. Gracias a ello, las clases dominantes han “descubierto” una nueva estratagema para conservar y asegurar así su poder frente a las mayorías populares, haciéndoles creer a éstas que la formula mágica para salir de los muchos apuros económicos que padecen en la actualidad se resolverán mediante la aplicación del recetario neoliberal, enganchando las economías nacionales al carro de la globalización controlado por las grandes corporaciones transnacionales. Por eso, el planteamiento fundamental del socialismo revolucionario de transformar las relaciones de poder y de dependencia que caracterizan a las naciones “tercermundistas” de Asia, de África y de nuestra América tiene que fundamentarse también en la cultura de cada una de ellas, asegurando su continuidad, enaltecimiento y difusión; en consonancia con lo afirmado por Antonio Gramsci respecto a que "no hay revolución sin revolución cultural". En ello residirá una de las mayores fortalezas con que pueda contar cualquier revolución socialista ante las pretensiones “universalistas” de quienes han asumido el rol de máximos jerarcas del planeta, pisoteando la soberanía, los derechos humanos y las culturas autóctonas de nuestros pueblos con la finalidad de imponernos una cultura consumista, según los intereses mercantiles de las grandes empresas capitalistas de Estados Unidos, Europa y Japón, en una combinación altamente letal de Estados y capital privado que amenaza, incluso, con acabar toda la vida existente en La Tierra.

De ahí que, teniendo en cuenta que la revolución brota como un salto violento en el seno de una acompasada y contínua marcha de la sociedad hacia niveles superiores de vida, libertades y convivencia, cabe aseverar que dicha marcha sólo será posible si oponemos los valores culturales de nuestros pueblos al afán arrollador y destructivo del imperialismo binario representado por Estados Unidos y sus socios de la OTAN, colocando dichos valores como barrera infranqueable que garantice nuestra completa independencia. Más aun cuando la construcción del socialismo revolucionario requiere de una nueva hegemonía (de índole popular, no populista) y de nuevos paradigmas que erradiquen para siempre los antivalores generados por el sistema imperante, en un proceso permanente de descolonización del pensamiento que nos permita situarnos con propiedad en el contexto internacional actual, sin subordinaciones de ningún tipo.

La revolución socialista tiene ante sí, por tanto, el reto histórico de no simplemente sacudir y destruir las estructuras económicas capitalistas sino también de descubrir, sacudir y destruir los antivalores que las legitiman mediante una acción cultural consecutiva y re-creadora de los valores que nos identifican como pueblos. Sin tal acción, cualquier proceso revolucionario socialista tendrá dificultades para desarrollarse y asentarse, cayendo, irremediablemente, en las aguas del más rancio reformismo socialdemócrata, frustrándose las aspiraciones populares al obviarse tan importante medio para afrontar eficazmente la voracidad del imperialismo yanqui y de quienes lo secundan en todas sus operaciones económico-militares.-

A LA CARRERA, ACABARON CON LUGO Y CON LA VOLUNTAD POPULAR PARAGUAYA

A LA CARRERA, ACABARON CON LUGO Y CON LA VOLUNTAD POPULAR PARAGUAYA

Ningún revolucionario -o quien pretenda serlo- puede confiar ciegamente en las estructuras verticalistas y burocratizadas del Estado, las cuales han sido moldeadas -desde siempre- por los designios de las clases dominantes, aun cuando éstas se guíen  por principios y procedimientos aparentemente democráticos. En este sentido, Marx y Engels expresaron: “Hoy, el poder público viene a ser, pura y simplemente, el consejo de administración que rige los intereses de la clase burguesa”. Por ello no debe asombrar a nadie lo acontecido en Paraguay con la destitución del presidente Fernando Lugo por parte de sus opositores en el Parlamento. Los contrarrevolucionarios ya lo hicieron antes con el Presidente Salvador Allende en Chile, torpedeando su gestión de gobierno desde el poder legislativo hasta consumar el golpe de Estado en su contra y, más cercanamente en el tiempo, con el Presidente Manuel Zelaya en Honduras, aplicándole una formula leguleya similar a la sufrida por Lugo; sin dejar de mencionar la exoneración por parte del Tribunal Superior de Justicia de los responsables del derrocamiento militar del Presidente Hugo Chávez y las muertes causadas el 11 de abril de 2002 al dictaminar que hubo un “vacío de poder”, un absurdo jurídico jamás visto en el mundo entero.

Por eso no resultará suficiente que cualquier gobierno tildado de revolucionario o de progresista muestre un apego estricto y notorio a la institucionalidad ni haga concesiones permanentes u ocasionales a la contrarrevolución, creyendo que así podrá ganarse su buena voluntad y cumplir con su plan de gestión en favor de los sectores populares. Nada más alejado de la realidad. Es lo que acaeció en Paraguay y, así, a la carrera, los grupos conservadores acabaron con Lugo y con la voluntad popular paraguaya. Otra hubiera sido la conducta del Presidente, pero no supo o no quiso responder a las expectativas puestas en su mandato. La derecha sí supo y sí quiso responder a sus propios intereses. Como bien lo apuntara Atilio Borón, este acontecimiento es “una lección para el pueblo paraguayo y para todos los pueblos de América Latina y el Caribe: sólo la movilización y organización popular sostiene gobiernos que quieran impulsar un proyecto de transformación social, por más moderado que sea, como ha sido el caso de Lugo”. Algo que se ha evidenciado en los casos de Ecuador, Bolivia y Venezuela, por citar los países más emblemáticos de nuestra América donde los grupos derechistas -pese a su poder económico y al respaldo indiscutible de Washington- han fracasado en sus planes de desestabilización.

Sin embargo, es necesario aclarar que hace falta llevar a mayores niveles dicha movilización y organización popular mediante la formación crítica y permanente de una conciencia indudablemente revolucionaria, capaz de impulsar los diferentes cambios que se requieren en los campos político, económico, social, militar y cultural para consolidar la revolución, más aun si ésta se define como socialista. Esto es algo que no debe obviar jamás ningún revolucionario, a menos que esté dispuesto a claudicar ante la clase dominante y defraudar la voluntad popular, olvidando así su compromiso histórico de hacer la revolución.-

PARA AVANZAR HACIA EL SOCIALISMO

PARA AVANZAR HACIA EL SOCIALISMO

En su Propuesta Para la Gestión Bolivariana Socialista 2013-2019 como candidato a la Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez expone, entre otras cosas no menos importantes: “Para avanzar hacia el socialismo, necesitamos de un poder popular capaz de desarticular las tramas de opresión, explotación y dominación que subsisten en la sociedad venezolana, capaz de configurar una nueva socialidad desde la vida cotidiana donde la fraternidad y la solidaridad corran parejas con la emergencia permanente de nuevos modos de planificar y producir la vida material de nuestro pueblo. Esto pasa por pulverizar completamente la forma de Estado burguesa que heredamos, la que aún se reproduce a través de sus viejas y nefastas prácticas, y darle continuidad a la invención de nuevas formas de gestión política”.

            Tal necesidad pasa por comprender que ello será posible si existe un cambio radical en la conciencia de las mujeres y los hombres de la revolución, adoptándose nuevos patrones de comportamiento que reduzcan, eliminen y se opongan siempre a los existentes bajo el dominio del capital. De nada valdrán reformas constitucionales y legales mientras persista en la gente esa manera de concebir el mundo, en el cual todas las relaciones humanas tienen -prácticamente- un matiz mercantilizado, siendo cosificadas las personas. De igual manera, es imperativo que haya un cambio en las relaciones de poder y de producción, de manera que el poder popular pueda, verdaderamente, asumir el protagonismo, el control y la participación democrática que le destina el socialismo revolucionario. Sin tales elementos en marcha, no perdurará ninguna revolución socialista, del mismo modo como ocurrió con la Unión Soviética y otras experiencias históricas revolucionarias.      

            De ahí que resulte fundamental la promoción de valores que sustituyan los antivalores inculcados por la sociedad de consumo, creados según los intereses egoístas, competitivos y depredadores del capitalismo; valores estos que ya se han difundido a través de muchas de las doctrinas religiosas y forman parte de la educación impartida a niños y adolescentes, pero que -ante el embate constante de la publicidad capitalista- pierden arraigo durante la edad adulta de las personas. Esto debiera representar un objetivo invariable de los revolucionarios, a fin de ir influyendo en ese cambio de conciencia que permitirá, finalmente, la construcción efectiva y duradera del socialismo revolucionario por parte de los sectores populares.

            No basta, por tanto, proclamar al socialismo como alternativa revolucionaria frente a la hegemonía del capital si ello no va acompañado por una firme resolución de cambio cultural y estructural que lo defina y lo consolide. Tampoco es suficiente suponer que la revolución socialista sólo requiere de líderes predestinados y organizaciones monolíticas que no dan espacio a la divergencia de opiniones ni a la crítica en nombre de una mal entendida disciplina de sus militantes, puesto que ello sería condenar de antemano al fracaso todas las tentativas de transformación social, económica y política que se plantearan bajo los ideales socialistas, además de restringir torpe y antidemocráticamente la actuación soberana del poder popular.-

EL NUEVO CAMPO DE BATALLA A NIVEL MUNDIAL

EL NUEVO CAMPO DE BATALLA A NIVEL MUNDIAL

Los sucesos históricos de las últimas décadas del siglo XX y las primeras de este siglo han configurado -en uno u otro sentido- un mundo que se debate entre las viejas formas de dominación y la necesidad urgente de una emancipación integral de la humanidad, logrando por medio de ella sus aspiraciones de un orden social, político y económico realmente democrático, soberano, justo e igualitario. A esto último se agrega la fatalidad que se cierne sobre todo el planeta de continuar inalterable el sistema de explotación irracional implantado por los capitalistas, el cual afecta enormemente el delicado equilibrio ecológico y cuya consecuencia inmediata es el cambio climático que sufrimos todos por igual. Esta situación generalizada ha obligado a las cúpulas de poder a nivel mundial a plantearse estrategias y mecanismos que les permitan conservar y consolidar su hegemonía. Para ello, el imperialismo gringo y sus aliados de la OTAN han recurrido tanto a las armas como a recursos menos visibles, pero igualmente efectivos para sus propósitos, entre estos la transculturización y la manipulación informativa, lograda a través de los distintos medios de comunicación masiva.

            Esto ha colocado a los movimientos populares frente a una gran desventaja, obligándose a hallar maneras de contrarrestar sus efectos, entendiendo que tales cúpulas hegemónicas tienen como objetivo establecer el capitalismo como sistema único y universal en beneficio de sus propios intereses y en perjuicio abierto de las soberanías, las culturas y la biodiversidad de nuestros pueblos. De ahí que “el conocimiento y la interpretación de la vida de nuestros pueblos, lo cual determina su conciencia histórica, -tal como lo reseñan Iraida Vargas-Arenas y Mario Sanoja Obediente, en su obra `La Revolución Bolivariana. Historia, Cultura y Socialismo´- es el campo de batalla donde se pelea su presente y su futuro. La narración del pasado se convierte en verdadera conciencia histórica cuando podemos comprender su vinculación con los eventos que marcan nuestro presente y que darán sentido a nuestro futuro”. Por ello mismo, se habla de una guerra de cuarta generación donde las armas utilizadas son la publicidad y la propaganda, buscando neutralizar con ellas la conciencia crítica de los sectores dominados, de modo que éstos adopten como propia la ideología dominante y den por sentado que ningún cambio estructural es realizable.

             Sin embargo, este nuevo campo de batalla puede alterarse a favor de la soberanía, la dignidad, la identidad y las expectativas de justicia social de nuestros pueblos. El fin de la hegemonía imperialista -no obstante su indudable poderío militar y el manejo de instituciones internacionales, como la ONU, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, entre otras, según su capricho e intereses- es algo que comienza a delinearse en el horizonte, gracias a la heterogeneidad y simultaneidad de luchas populares, sostenidas a través del tiempo y en todas las latitudes, que cuestionan la existencia del capitalismo. En este escenario juega un papel primordial la conciencia emancipada de los sectores populares, asumiendo estos -a su vez- el protagonismo y la participación democrática como prácticas cotidianas ineludibles para alcanzar la mayor suma de felicidad y de bienestar posibles, de acuerdo al ideario socialista.-

TEORÍA Y PRÁCTICA REVOLUCIONARIAS COMO VÍAS PARA EMANCIPAR LA CONCIENCIA SUBORDINADA

TEORÍA Y PRÁCTICA REVOLUCIONARIAS COMO VÍAS PARA EMANCIPAR LA CONCIENCIA SUBORDINADA

Teoría y práctica han sido un reclamo permanente de la revolución socialista. De este modo se ha percibido que la misma se hará realidad mediante la acción y el cuestionamiento constante del orden establecido, concretándose entonces la necesidad de construir una sociedad de nuevo tipo, una estructura económica ajena a la lógica y a las relaciones de producción capitalistas, una nueva organización política y, también, una nueva orientación teórica y cultural que les permita a las personas (y a la sociedad entera) adoptar paradigmas éticos y morales en sintonía con los ideales del socialismo. De lo que se trata, entonces, es que la teoría y la práctica revolucionarias estén estrechamente enlazadas, produciendo en cada revolucionario un cambio real de conciencia, capaz de inspirarlo a entender el mundo de una manera inédita -diferente en todo a aquella impuesta desde siempre por las clases dominantes- como condición ineludible para hacer y consolidar la revolución. Sin esto en mente, cualquier proceso revolucionario degeneraría en simple reformismo o socialdemocracia, dejando intactas las estructuras de explotación, marginalidad, injusticia, desigualdad y corrupción que dieron lugar a dicho proceso, por lo cual se hace indispensable que los revolucionarios y gente progresista comprendan la revolución socialista no sólo en términos meramente políticos o economicistas sino también en términos morales, culturales e ideológicos.  

            Se requiere, por consiguiente, dar nacimiento a una conciencia crítica que produzca la deslegitimación total del orden imperante y, con ello, de la ideología de las clases dominantes reproducida, a través de una diversidad de mecanismos, por las clases subalternas; creando así las condiciones subjetivas y objetivas que harán posible, finalmente, la revolución socialista y modificando radicalmente el modo de sentir y de actuar tradicional de los sectores populares. En tal caso, los revolucionarios socialistas deben subrayar y combatir las contradicciones existentes en la sociedad en que les ha tocado nacer y vivir, no limitarse al logro parcial de ciertas reivindicaciones, ya que éstas no merman sustancialmente su existencia y sólo sirven para apaciguar la conciencia subordinada de los sectores populares cuando lo que se debe hacer es subvertirla, lo cual impone -inexcusablemente- ciclos de formación ideológica profunda.

            Ambas cosas -teoría y práctica- representan vías idóneas para emancipar la conciencia subordinada y tienen que confrontarse a medida que se avance en la consolidación del proceso revolucionario, haciéndolo una realidad dinámica y no estática gracias a la participación y protagonismo consciente del pueblo. Al cumplir con dicho propósito, la conciencia subordinada estará en capacidad plena de romper con los paradigmas que la obligan a aceptar como algo natural e irremediable la hegemonía de las clases dominantes y de permitirse asumir, en consecuencia, el compromiso histórico de hacer la revolución socialista.-

¿POR QUÉ HABLAR DE SOCIALISMO HOY?

¿POR QUÉ HABLAR DE SOCIALISMO HOY?

Autogobierno local, autogestión obrera de la producción, movimientos cooperativos y comuna son indicadores que prefiguran la sociedad de nuevo tipo y deben fomentarse, de manera que sea realidad el socialismo revolucionario que los sustenta. Esto será posible en la misma medida que la participación y el protagonismo popular vayan sustituyendo los patrones de conducta que prevalecen en las relaciones de producción y de poder, alcanzando niveles de socialización necesarios que derriben esa “veneración supersticiosa del Estado” presente en cada sociedad, incrementando los derechos del pueblo y no la hegemonía de una minoría dirigente o gobernante. En tal sentido, tienen que crearse las condiciones objetivas y subjetivas que permitan ensayar nuevas formas organizativas que privilegien el poder popular en lugar de las razones de Estado, ya que generalmente éstas sólo están destinadas a fortalecer el poder de las clases dominantes. Esta realidad es la que marcará -de uno u otro modo- el futuro del socialismo como alternativa revolucionaria al capitalismo, lo que obliga a impulsar un debate constante de su significado y características, dinamizando -en definitiva- su construcción a través de la participación efectiva de los sectores populares.

            Es importante entender que la crisis que azota actualmente al mundo capitalista, incluyendo a Estados Unidos, convierte al socialismo en la opción más inmediata que tienen los pueblos a la mano para superar y erradicar las injusticias y desigualdades legitimadas por el sistema capitalista. Esta opción, sin embargo, no puede restringirse a un solo aspecto de la vida en sociedad sino que debe concebirse de forma integral, creyendo que basta con una reforma legislativa para que éstas desaparezcan, dejando intactas las diversas estructuras sobre las cuales se sostiene. No se trata, por consiguiente, de un simple “cambio”, al modo tradicional. Tampoco puede catalogarse de coincidencia que se apele al socialismo cuando la mayoría de la gente sabe que la lógica capitalista arrastra al planeta a una hecatombe sin precedentes, siendo sus primeros síntomas la desaparición de glaciares y de múltiples ecosistemas, las sequías, las inundaciones, la lluvia ácida y la disminución de la capa de ozono, entre otras graves consecuencias de la acción irracional y depredadora de las grandes corporaciones transnacionales que dominan la economía global actual. A ello se agrega el hecho que muchos pueblos ven pisoteada y amenazada su soberanía, víctimas de la prepotencia imperialista de Estados Unidos y de sus socios de la OTAN, por lo cual es vital derrotar colectivamente esa concepción de supremacía basado en la exclusión de los derechos colectivos de los pueblos imponiendo en su lugar el multilateralismo que surgiría de la práctica socialista.

            Así, en medio de esta realidad es lícito hablar de socialismo hoy, entendiéndolo como un sistema conceptual y como programa político que le permitiría alcanzar a la humanidad su emancipación integral, contradiciendo la propaganda de los apologistas del capitalismo, cuyo objetivo es convencernos a todos de lo natural e inevitable que resultaría la apropiación privada de las riquezas de la tierra. En función de esa emancipación integral de la humanidad, el socialismo revolucionario debe revitalizarse cada día con todos los aportes teóricos revolucionarios y las experiencias de lucha de los pueblos, de forma que el mismo sirva para transformar la historia y el orden establecido, haciendo realidad un mundo más justo, democrático e igualitario para todos.-

EL SEÑUELO DEL "PROGRESO"

EL SEÑUELO DEL "PROGRESO"

En numerosas circunstancias en la historia, las clases dominantes y sus representantes intelectuales y políticos han logrado enganchar a los sectores populares en el logro de sus objetivos, atrayéndolos con ofertas de igualdad de oportunidades, libertad política y progreso económico. Así, se ha hablado de vías y de “alianzas para el progreso” (como la sugerida por el presidente John F. Kennedy para afianzar la hegemonía estadounidense sobre nuestra América y evitar una nueva experiencia revolucionaria como la de Cuba en alguno de sus países), el recetario neoliberal del Fondo Monetario Internacional y los Tratados de Libre Comercio con los países industrializados. Sin embargo, la misma historia se ha encargado de desmentir contundentemente la “sinceridad democrática” de la clase dominante, incluso de aquellos que, proclamándose socialistas (como en España), le hacen el juego. Esto último ya lo habían advertido Carlos Marx y Federico Engels en el Manifiesto Comunista cuando escriben que “los burgueses socialistas quieren perpetuar las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las luchas y los peligros que surgen fatalmente de ellas. Quieren perpetuar la sociedad actual sin los elementos que revolucionan y descomponen. Quieren la burguesía sin el proletariado”. De ahí que el señuelo del “progreso” sea una constante cada vez que la clase dominante pretende extender su potestad sobre la sociedad, explotando las necesidades básicas y creadas de una vasta porción de la población que no halla mejor forma de satisfacerlas que secundarla, producto de la alienación inducida en la misma durante décadas.

Esto ha logrado que, en la mayoría de las veces, los grupos revolucionarios caigan en semejante trampa, tratando de captar las simpatías populares, pero sin plantearse contribuir sostenidamente a darle al pueblo las herramientas ideológicas y políticas que lo hagan superar este ciclo de dependencia que sólo profundiza su malestar y su impotencia, haciéndolo presa fácil de todo tipo de demagogia. Por ello es fundamental que quienes enarbolan las banderas revolucionarias tengan presente que el objetivo primordial de la revolución socialista es la transformación radical del orden imperante, de otro modo se estarían ubicando en el campo común del reformismo liberal-burgués, sin producir cambio socialista alguno. Por lo tanto, la promesa de progreso de la clase dominante tiene que combatirse con el respaldo de la historia de aquellos acontecimientos que pudieron resolverse a favor de los intereses populares y fueron frustrados, combatidos y distorsionados por quienes ocuparon las posiciones de poder en su nombre. Demás está afirmar que es necesario esclarecerle al pueblo cuáles son los verdaderos intereses que persigue dicha clase social al convidarlo a “compartir” este “progreso”. Para muestra, bastaría recapitular lo vivido en Chile, Argentina y México, por citar algunas de las naciones de nuestra América donde se “modernizó” la economía, según la tesis neoliberal muy en boga durante las dos últimas décadas del siglo XX.

Es difícil creer que la lógica capitalista podría resolver los graves problemas estructurales que padecen nuestros pueblos. Sólo quienes legitimen el individualismo (el patrón se queda con la mayor parte del fruto del esfuerzo productivo de los trabajadores), la economía del mercado (maximización del lucro, la ganancia y la rentabilidad a través de la explotación indiscriminada de la fuerza de trabajo asalariada), la responsabilidad individual y la libertad empresarial sin control alguno del Estado, estarán de acuerdo en que dicho “progreso” es posible. Lamentablemente, dicha fábula sólo ha engendrado mayores niveles de desempleo, pobreza, miseria y exclusión social que no pueden reducirse ni eliminarse únicamente con buenos deseos. No se puede obviar, por consiguiente, que “el mercado sin restricciones -como lo refiriera David Korten- tiende a funcionar como una institución profundamente antidemocrática. En tanto que la democracia confiere derechos a las personas vivientes, el mercado sólo otorga reconocimiento al dinero, no a la gente”. En tal sentido, se debe desenmascarar tal “progreso” e impulsar, contrariamente, el desarrollo integral de las personas, al mismo tiempo que se crean las condiciones para la construcción del socialismo revolucionario.-

EL DESAFÍO HISTÓRICO DE NUESTRA AMÉRICA

EL DESAFÍO HISTÓRICO DE NUESTRA AMÉRICA

Las debilidades estructurales y funcionales del socialismo real en las naciones de Europa Oriental y Asia, que acarrearon posteriormente su declive y eclosión, abonaron las condiciones para que el capitalismo en su versión neoliberal llegara a proclamarse vencedor, a tal punto que muchos creyeron llegado el fin de la historia y, con ella, de toda ideología contraria. Desde entonces, Estados Unidos y sus socios de Europa Occidental -sin rivales que pudieran cuestionar y enfrentar su afán de hegemonía- comenzaron a configurar un mundo unipolar según sus intereses geopolíticos, echando a un lado el respeto de fronteras y límites jurídicos y éticos que obstaculizaran su objetivo primordial de dominio mundial.

 

No obstante, el predominio del mercado capitalista produjo otras consecuencias que se han mantenido y ampliado con el tiempo, abarcando la totalidad del planeta. Uno de tales frutos es el actual cuestionamiento a su validez, en vista de los resultados desastrosos obtenidos en la aplicación de medidas económicas neoliberales para superar las continuas crisis que se han originado en las dos últimas décadas, causando mayores niveles de pobreza, de desempleo, de desigualdad social, de desastres ecológicos, de inestabilidad familiar y de limitación de derechos constitucionales al combatir supuestamente los gobiernos las amenazas de un terrorismo internacional convenientemente ubicuo; todo lo cual se ha propagado gracias a las nuevas tecnologías en comunicación. Sin embargo, esta nueva realidad surgida en Europa y Estados Unidos todavía carece de elementos teóricos y políticos que oriente la lucha y le confiera coherencia, sistematicidad y perspectiva para transformarse en revolución. En este contexto, surgen protestas y experiencias comunitarias en las naciones de nuestra América que resitúan al socialismo revolucionario como la alternativa a construir frente a la lógica irracional del capital y de la democracia burguesa que lo ampara y legitima, justamente cuando los ejes históricos del socialismo ya han dejado de existir-salvo Cuba que enfrenta con dignidad revolucionaria un embargo económico de medio siglo por parte de los gobiernos gringos-, lo que supone para los defensores del status quo una contradicción que todavía no han sabido explicarse, incluso muchos de los llamados intelectuales de izquierda, sorprendidos todos por el ímpetu de las mayorías populares excluidas que desmoronó gobiernos en Argentina, Ecuador y Bolivia e impuso a Hugo Chávez como presidente de Venezuela.

Así, la última década del siglo XX es escenario de la rebeldía de los pueblos de nuestra América. En Venezuela había tenido lugar una revuelta popular contra el paquete de medidas económicas del Fondo Monetario Internacional, a la cual se sumaron dos insurrecciones cívico-militares en 1992. En México hubo la insurrección armada de indígenas y campesinos pertenecientes al Ejército Zapatista de Liberación en momentos que entraba en vigencia el Tratado de Libre Comercio que el gobierno de ese país suscribiera con Canadá y Estados Unidos. Con una realidad social, política, cultural, militar y económica de dependencia respecto al imperialismo yanqui, nuestra América comienza a transitar un camino propio, a contracorriente de lo sucedido a escala planetaria. Sus nuevos gobiernos se enmarcan en una política de izquierda aunque sin cambios estructurales significativos. Todo ello obligará al imperialismo yanqui a redefinir algunas estrategias, buscando minimizar el impacto de los cambios producidos que representan una correlación de fuerzas negativa a sus intereses hegemónicos. A pesar de promover durante mucho tiempo el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) como el remedio eficaz para superar el subdesarrollo, éste fue repudiado por los gobiernos y pueblos del continente, lo que significó un serio revés para la política imperialista estadounidense. En la actualidad, nuestra América se constituye en faro de las luchas de los pueblos del mundo contra el sistema capitalista globalizado, sosteniendo como principal bandera de acción la construcción del socialismo revolucionario. Esto ha servido de motivación para que gran parte del legado teórico de Karl Marx, Friedrich Engels, Vladimir Lenin, León Trotsky, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, José Carlos Mariátegui, Ernesto Che Guevara y muchos otros socialistas sea reivindicado y revalorado al calor de las luchas y experiencias populares en un vasto esfuerzo que fusiona el nacionalismo y el deseo secular de libertad, identidad cultural, soberanía, justicia social, independencia y de felicidad general que han caracterizado sus venturas y desventuras bajo el régimen capitalista. Queda por verse aún si esta amalgama se transforma en un instrumento ideológico y político bien definido, capaz de formar una sociedad de nuevo tipo que aventaje y remplace el orden imperante; cuestión ésta que supone un desafío histórico de nuestros pueblos frente a la realidad de crisis y barbarie impuestas por las potencias capitalistas al resto del planeta.-