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NI CABALLOS DE TROYA NI QUINTAS COLUMNAS

NI CABALLOS DE TROYA NI QUINTAS COLUMNAS

“Tomar el poder puede ser relativamente fácil, pero, mantenerse ahí, es extraordinariamente difícil”, afirmaba Vladimir Lenin. Esta es una realidad que ha vivido todo gobierno a través de la historia, sea cual sea el signo ideológico que lo identifique y los intereses que defiende. Por eso, su desgaste progresivo representa una de las mayores preocupaciones que tienen ante sí quienes han accedido al mismo, olvidando el origen o causa que los catapultara al nivel privilegiado que ocupan, secundados muchas veces por el fervor de las masas.

Generalmente, tal situación ocurre cuando la concepción del poder resulta similar a aquella que se pretende desplazar, sin que haya un cambio estructural -sustancial- que dé cuenta de las transformaciones políticas, económicas, sociales, culturales y militares que integrarían el nuevo proyecto de sociedad. Si ello no está marcado por esta característica primordial sólo existe entonces una vulgar ambición de poder por el poder, así tal ambición se encubra bajo una retórica aparentemente revolucionaria. De ahí que surjan las exigencias de una incondicionalidad absoluta, carente de cualquier asomo de crítica o denuncia, que haga posible la perpetuación en el poder de una minoría en nombre de una mayoría, haciéndole saber a esta última que ello es necesario, por el bien de la Patria, inserto en una ideología acomodadiza, demasiado conveniente para muchos “dirigentes” mediocres, oportunistas y demagogos que explotan la credulidad de los sectores populares.

Así, se llega al colmo de señalar que las deficiencias, errores y desviaciones, sumados a la corrupción de algunos funcionarios públicos, es parte de las embestidas de una quinta columna y, en algún caso, de caballos de Troya, representados por enemigos encubiertos del gobierno que se dedican a minar su gestión desde adentro, sirviéndoles de excusa casi de manera permanente cuando la realidad es completamente distinta a la que se denuncia. De esta manera, aquellos que arribaron al poder, revestidos de un aura de renovación y revolución, terminan por actuar igual que sus antecesores, apegados a una especie de manual que los hace alejarse de las expectativas y las necesidades populares, repitiendo las mismas inconsecuencias de los gobiernos del pasado.

A ello habría que agregarle la estructura centralista y vertical del Estado burgués vigente, el cual obstaculiza un mejor desenvolvimiento democrático e independiente de los diferentes movimientos sociales que pudieran organizarse en la búsqueda de una mejor calidad de vida y en la defensa de sus derechos humanos y constitucionales más elementales, cuestión que facilita la vigencia de un clientelismo político que restringe y daña el ejercicio de una democracia realmente participativa y protagónica. Por esto mismo, difícilmente podría hablarse de quintas columnas y de caballos de Troya, puesto que la lógica del poder en nuestros países, principalmente, sigue los mismos patrones que en otras latitudes.

De aceptarse como cierta tal afirmación, los agentes de dichas columnas y caballos de Troya serían entonces quienes demandan una mayor compenetración de los gobernantes de turno con los ideales democráticos que enarbolaran para conquistar el poder (a través de las armas o por el voto popular), resultando en consecuencia “extraños” a la trama de complicidades e intereses de éstos y de su entorno. Para aquellos que usufructúan el poder, sería cosa sencilla endilgarles tal acusación, convencidos de la grave amenaza que representan para sus intereses, en vista que expondrían al sol las garrafales contradicciones de su gestión pública.-

LA REBELIÓN DE LOS PUEBLOS FRENTE A LA HEGEMONÍA DEL MERCADO CAPITALISTA

LA REBELIÓN DE LOS PUEBLOS FRENTE A LA HEGEMONÍA DEL MERCADO CAPITALISTA

Las rebeliones populares que parecen esparcirse desde nuestra América al resto de los continentes (incluyendo a Estados Unidos) tienen sus raíces en el orden capitalista sobre el cual se estructuraron estas sociedades. Así, las exigencias legítimas de estos pueblos de una democracia, justicia e igualdad realmente efectivas, sin subordinaciones de ningún tipo a poderes extranjeros; tienen un común denominador: la economía de mercado, esto es, la maximización del lucro, la ganancia y la rentabilidad a través de la explotación de la fuerza de trabajo asalariada que impuso el neoliberalismo económico a nivel mundial durante la última década del siglo pasado.

Sin este elemento, la comprensión de estos sucesos que sacuden al mundo quedaría incompleta. Aunque los fenómenos sociales tienen su traza propia, determinada por características específicas, no menos es cierto que, en este caso, existen características comunes que podrían inducirnos a conclusiones apenas diferenciadas. Esto, no obstante, dependerá en gran medida de la capacidad política de los nuevos liderazgos que emerjan de estas manifestaciones populares, evitando las tradicionales manipulaciones de los sectores dominantes.

Lo que salta a la vista es que los pueblos ya no serán los mismos. Al miedo y a la sumisión, que tan buenos resultados les brindara a las minorías conservadoras, le han sucedido la indignación y la conciencia organizada. Los mismos han llegado a comprender que la soberanía les pertenece y pueden ejercerán directamente en las calles. Tal convicción popular, de por sí, mejora y extiende el viejo concepto de democracia formal y pone contra la pared a los gobernantes que pretenden desconocer los reclamos y expectativas colectivos en aras de los intereses de quienes dominan el mercado capitalista.

Para el gobierno estadounidense, lo mismo que para sus pares de Europa y Japón, tales rebeliones encarnan un serio revés a su política neoimperialista luego de la implosión de la URSS. Frente a ello, las tácticas del Imperio podrían sufrir algún cambio, no así su visión estratégica. Para los grupos hegemónicos de Estados Unidos es vital asegurarse el control directo de las economías nacionales, los recursos naturales y los recursos energéticos existentes a nivel planetario; para lograrlo, cuenta con un conjunto de acciones económicas, diplomáticas y militares, todas dirigidas a evitar el derrumbe de su rol hegemónico. Algo que podría agudizar la situación interna de muchas naciones, avivando, en consecuencia, una revolución popular indetenible y de signo radicalmente distinto a las anteriormente conocidas.

Esta rebelión de los pueblos frente a la hegemonía del mercado capitalista se caracteriza esencialmente por la presencia dinamizadora de sectores sociales que hasta ahora se mantenían al margen de la escena, pero que siempre desconfiaron de la honestidad y capacidad del estamento político. Esto se palpa por igual en Medio Oriente, Europa y nuestra América, por citar los casos más emblemáticos de la actualidad. En cada uno, el desprestigio y corrupción impune de quienes tradicionalmente detentaron el poder (incluso aquellos de tendencia aparentemente progresista y/o revolucionaria), sin producir mejoras significativas que repercutieran positivamente en la calidad de vida de la población, lo cual ha dado paso a la emergencia de un liderazgo nuevo en muchos aspectos, pero mejor identificado con las expectativas populares. Un hecho común simple de enormes repercusiones en lo futuro que obliga a repensar -con esquemas absolutamente nuevos- lo que será la historia de la humanidad y su emancipación integral.-   

LA JURISDICCIÓN IMPERIAL GRINGA Y EL CASO VENEZUELA

LA JURISDICCIÓN IMPERIAL GRINGA Y EL CASO VENEZUELA

El reciente anuncio del Departamento de Estado estadounidense de aplicar sanciones a Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA), bajo la Ley de sanciones contra Irán y la Ley integral de sanciones, responsabilidades y desinversión contra Irán, viene a sacudir -sin duda- la confianza del estamento gubernamental venezolano respecto a las “buenas intenciones” de la administración de Barack Obama, sirviéndole esto de preámbulo para mayores acciones en contra del gobierno de Hugo Chávez, acusándolo de colaborar con el gobierno de Teherán en su programa nuclear. Esto no es nada casual ni fortuito, habida cuenta del interés de Washington de reconfigurar su hegemonía en nuestra América, teniendo en el proceso bolivariano un obstáculo para lograrlo. Por ello, quienes confiaron en que la garantía del suministro de petróleo venezolano a Estados Unidos amortiguaría sus propósitos intervencionistas en Venezuela han quedado “sorprendidos” en su buena fe, olvidando que el imperialismo yanqui sólo tolera aquellos regímenes que no se opongan a sus intereses, así se revistan de nacionalismo y de revolución, en lo que serían unas democracias controladas. Fuera de este marco, nada estaría en consonancia con la jurisdicción imperial gringa, por lo que le corresponde actuar en consecuencia y doblegar cualquier tentativa de independencia que surja al sur del río Bravo.

Esta situación quizás busque sentar a la mesa de negociaciones a Chávez y conseguir de este una posición más conciliadora, de sometimiento y de menos confrontación con Estados Unidos, sin que ello signifique que no dejen de mostrarle las posibilidades (nada disimuladas) de exponerlo a las mismas presiones y estrategias desestabilizadoras e intervencionistas empleadas contra otros gobernantes que quisieron salirse de la raya, tanto en el pasado como en el presente.

Para quienes respaldan el proceso revolucionario en Venezuela (y fuera de sus fronteras) es oportuno citarles las palabras de Fabricio Ojeda, quien en 1966 anticipaba lo que sería la confrontación de nuestros pueblos con el imperialismo yanqui en su empeño por alcanzar la plenitud de su liberación nacional: “La lucha revolucionaria de hoy -así tenemos que verla- es una lucha de todas las fuerzas progresistas del mundo, de carácter complementaria, que se extiende y consolida, como unidad dialéctica, en una situación de gran auge popular y donde las condiciones objetivas de cada país constituyen el elemento principal”. De esta manera, ningún proceso revolucionario puede verse como algo aislado. En este caso, la lucha revolucionaria en Venezuela tendría que insertarse en una de más amplio espectro: la lucha antiimperialista y anticapitalista que se viene librando a nivel continental y mundial desde hace dos décadas, lo cual no podría entrever una convivencia tutelada con el imperialismo yanqui, pues sería desvirtuar su esencia socialista y revolucionaria.

 Por ello, lo afirmado por Fabricio Ojeda cobra una vigencia íntegra. “Todo el ejército norteamericano de hoy sería insuficiente para distribuirlo como fuerza de ocupación en la extensa geografía sacudida por la revolución. Venezuela es un importante factor del campo revolucionario mundial. Su lucha de liberación es complementaria con la de otros pueblos en trance similar. Una es necesariamente, querámoslo o no, continuación de la otra. Y aunque cada país, como el nuestro en este caso, actúa conforme a sus propias realidades y realiza el tipo de revolución que históricamente le corresponde, no puede eludir, ni ello sería correcto, su integración con otros movimientos similares. No es culpa de los revolucionarios venezolanos que su lucha sea en primer término contra los imperialistas, en lo cual guarda perfecta identidad con las luchas que se realizan en Vietnam, en Angola, en el Congo o las que se libraron en Cuba y en Argelia. La culpa en este caso es de los imperialistas, que no han respetado fronteras ni continentes para extender su explotación”. Esto debiera obligarnos a todos los revolucionarios a revisar cuál es el alcance de la revolución socialista que nos hemos planteado hacer, tanto en Venezuela como en el resto de América. De otro modo, situaciones como la suscitada por la administración de Obama tendrán una respuesta tímida y poco ajustada a lo que es, en definitiva, la jurisdicción imperial estadounidense, ahora extendida a todo nuestro planeta, sin un contrapoder que le ponga coto alguno.-

¿ADELANTAMOS EL APOCALIPSIS?

¿ADELANTAMOS EL APOCALIPSIS?

Los últimos desastres naturales ocurridos a nivel mundial han hecho reflexionar a mucha gente sobre sus causas, llegando a concluir que el estilo de vida adoptado bajo los parámetros del capitalismo sería una de las principales, dado que su afán depredador de ganancias inmediatas y fáciles no repara en los daños que pudiera ocasionar al ambiente en cualquiera de nuestras naciones. Sin embargo, aún existen posiciones interesadas que pretenden reducir el impacto de estas afirmaciones, incluso apelando a elementos de carácter religioso, que son difundidas sin ahondar. 

Así, la contaminación del aire, del agua y de los suelos, el saqueo de los recursos naturales, la deforestación incontrolada y los problemas de acceso a los recursos vitales para la subsistencia y el mejoramiento de la calidad de vida de muchos pueblos ubicados en Asia, África y nuestra América tienen su origen -indudablemente- en la persistencia de un modelo económico voraz e incontenible. En este aspecto, cabe citar lo expuesto por Carlos Marx al referirse a la gran industria y la agricultura en el tomo I de El Capital: “Al igual que en la industria urbana, en la moderna agricultura la intensificación de la fuerza productiva y la más rápida movilización del trabajo se consiguen a costa de devastar y agotar la fuerza de trabajo del obrero. cada progreso de la agricultura capitalista es un progreso no solamente en el arte de explotar al trabajador [para mejorar la productividad], sino también en el arte de desvalijar al suelo; cada progreso en el arte de acrecentar su fertilidad por un tiempo, es la ruina de sus recursos duraderos de fertilidad. La producción capitalista no desarrollará la técnica y la combinación del proceso de producción social más que minando al mismo tiempo las dos fuentes de donde surge toda riqueza: la tierra y el trabajador”. Tales palabras tienen una plena vigencia en este siglo cuando se mantiene una constante lucha contra la explotación y los estragos originados por el sistema capitalista a escala mundial, lo cual ha hecho que se retome al socialismo como la alternativa revolucionaria a dicho sistema, ahora dotado de una visión más integral de lo que ello debiera ser, con elementos que anteriormente fueron obviados o desestimados.

De ahí que ya se hable sin sorpresa de un adelantamiento del apocalipsis bíblico, incluso adosándole la teoría de un conspiración perpetuada desde los grandes centros de poder mundial que estaría dirigida a provocar un caos generalizado en aquellos países con suficientes recursos estratégicos que les sería necesario controlar de forma directa, estableciendo un nuevo orden internacional. Los más conscientes de ello -aún sin racionalizarlo del mismo modo que éste y otros análisis similares- son las comunidades empobrecidas de nuestros países al enlazar sus luchas sociales con la defensa del uso de los recursos naturales al margen de la lógica del mercado capitalista actual (o fuera de la administración estatal), lo que representa una imagen contrapuesta a la que se ha querido imponer respecto a que la pobreza es la causa fundamental de la degradación ambiental.

Ahora, teniendo presente la tragedia que padece Japón, al igual que lo sucedido en Chernóbil, en Ucrania, durante el siglo pasado, muchas personas han tomado conciencia de las graves consecuencias del avanzado cambio climático que sufre nuestro planeta, derivadas del desarrollo económico capitalista, planteándose nuevos enfoques sobre su relación con la naturaleza. Esto pudiera suscitar -de algún modo- una nueva percepción respecto a los hábitos consumistas que afectan directa e indirectamente a nuestro medio ambiente, modificándolo de modo irreversible. Sin embargo, en los grandes centros de poder mundial esto no parece tener demasiada importancia. Así, su irracionalidad nos expone a todos los seres vivos de La Tierra (sin que sea simple exageración) a una situación bastante cercana a la extinción total, lo cual amerita mayores acciones de manera colectiva que la reduzcan y eliminen, en beneficio de la vida.-

LOS INSTRUMENTOS DE LA DOMINACIÓN IMPERIALISTA EN EL ESCENARIO MUNDIAL

LOS INSTRUMENTOS DE LA DOMINACIÓN IMPERIALISTA EN EL ESCENARIO MUNDIAL

Gracias a su diversificado sistema propagandístico, Estados Unidos ha conseguido imponerle su visión, estilo de vida e intereses particulares al resto del mundo, en un contexto internacional donde sus grandes corporaciones transnacionales contarán siempre con el despliegue inmediato de sus fuerzas armadas en cualquier zona geográfica, aún las más distantes, sin que le asista a ninguno de los países agredidos el derecho natural de defenderse, con todo lo que ello implica y representa para la continuidad y el respeto de su correspondiente soberanía nacional. Del mismo deriva la anuencia sutilmente forzada en torno a situaciones álgidas con gobiernos que -de una u otra manera- buscan una vía independiente del curso de la historia marcado por las elites dominantes de Washington desde el momento mismo que cesara la Segunda Guerra Mundial, cosa que devino en golpes de Estado, bloqueos económicos, sabotajes, invasiones, acusaciones sin base de violaciones a los derechos humanos, de totalitarismo, de comunismo, de narcotráfico y de terrorismo, asesinatos selectivos de dirigentes políticos y sociales, amenazas constantes de agresión y manipulación de los organismos multilaterales, entre éstos la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización de Estados Americanos (OEA) que tienen como soporte principal las mentiras vertidas por dicho sistema. De este modo, Estados Unidos ha justificado su injerencia imperialista en Guatemala, Cuba, República Dominicana, Vietnam, Grenada, Líbano, Panamá, Afganistán e Irak, sin olvidar lo mismo mediante el derrocamiento de los gobiernos de Chile, Haití, Venezuela y, en el tiempo reciente, de Honduras.

Esta forma de doctrina fue acompañada por la constitución de la USAID bajo el gobierno de Harry S. Truman en 1946, del Banco de Importaciones y Exportaciones (Eximbank), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento o Banco Mundial (BM), la Organización para el Fomento de Inversiones en América Latina (ADELA) y sus otros apéndices financieros, los cuales han tenido -fundamentalmente- un papel relevante en la promoción y mantenimiento de la dependencia económica de los países de Nuestra América respecto al Tío Sam.

Todo ello, conformando una vasta estrategia hegemónica diseñada al cabo de la Segunda Guerra Mundial y enunciada por el ideólogo y fundador de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos, Allen W. Dulles, en el libro titulado “El arte de la inteligencia”, para contrarrestar, derrotar y, finalmente, eliminar a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), su enemigo ideológico y militar, de modo que la hegemonía estadounidense se impusiera sin rivales a nivel mundial, aplicándose luego en cada una de las zonas geográficas del planeta donde la autodeterminación de los pueblos personificaba una amenaza para la hegemonía imperialista, siendo el comunismo internacional la excusa perfecta para legitimar la intervención abierta o encubierta de Washington, como se evidenció desde entonces en Nuestra América, el sudeste asiático y África. Según Dulles, “solo unos pocos acertarán a sospechar e, incluso, a comprender lo que realmente sucede. Pero a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarle, desacreditarle y señalarle como desecho de la sociedad” y, dependiendo del grado potencial de amenaza que representara, matándola.

Tal estrategia fue perfeccionándose con el tiempo a través de equipos multidisciplinarios, teniendo en la industria cinematográfica de Hollywood, sin duda alguna, uno de sus mejores medios de propaganda, al crear una serie de iconos -tipo Superman o Rambo- que resaltan la supremacía racial, cultural, militar e ideológica de Estados Unidos. A lo interno de Estados Unidos, esta misma industria le ha inculcado a la población estadounidense ignorancia, odio y miedo respecto a los demás pueblos del mundo, de tal suerte que los indígenas, los mexicanos, los vietnamitas, los soviéticos, los alemanes, los árabes y los latinos en general, son presentados como salvajes, carentes de alguna moralidad e incultos, a quienes es preciso dominar, sin importar el precio que se pague.

Para lograr su cometido, el imperio ha conformado un frente mediático con canales de televisión, radios y prensa encargados de desinformar a los ciudadanos que acuden a ellos en búsqueda de información y de una opinión equilibrada que les permita conocer qué está aconteciendo. De ahí que éstos busquen influir en la mente de la gente a través de contenidos triviales o que resalten todo lo negativo y morboso que ocurra, como escándalos, accidentes trágicos, asesinatos y/o violaciones. Todo esto tiene que ser desmontado y deslegitimado por los movimientos revolucionarios mediante acciones concretas que les muestren a nuestros pueblos todo el entramado de desinformación y de alienación aplicado por el consorcio gobernante de Estados Unidos, de manera que exista una posibilidad real de emancipación, arraigada en el carácter nacional de cada uno, derrotando la imposición de un pensamiento único como parte de los mecanismos de dominación imperialista en el mundo.-

GAZA SIGUE EN RUINAS

GAZA SIGUE EN RUINAS

Al cumplirse un nuevo aniversario de la ejecución de la Operación Plomo Fundido -iniciada el 27 de diciembre de 2008 y finalizada el 18 de enero de 2009- por parte de las Fuerzas de Defensa Israelíes en contra de la población civil de la Franja de Gaza, tendríamos que recordarle al mundo entero que sus poblaciones siguen en ruinas, impidiéndoseles incluso el suministro necesario de alimentos y de medicinas. Dicha Operación militar estuvo centrada en la destrucción sistemática de cualquier resistencia del pueblo, en especial de la organización Hamás que se atrevió a enfrentar los ataques del ejército sionista, representando la esperanza de miles de palestinos de lograr la soberanía plena sobre sus territorios ancestrales ilegalmente ocupados.

Como siempre, el gobierno sionista de Israel desoyó los llamados de gobiernos y organismos internacionales al cese de esta ofensiva militar por aire, mar y tierra, totalmente desproporcionada y, fundamentalmente, genocida. Para justificar tal ofensiva, el gobierno de Tel Aviv expresó que su objetivo era destruir la "infraestructura terrorista”, además de la capacidad militar de Hamás, como represalia al lanzamiento de cohetes y proyectiles de mortero por parte de milicianos palestinos desde la Franja de Gaza. En el balance de muertes, los israelitas tuvieron catorce bajas, tres civiles y once soldados mientras que los palestinos sufrieron aproximadamente mil cuatrocientos, una mayoría de ellos civiles, a consecuencia del bombardeo indiscriminado e implacable. Este ataque -al igual que muchos otros ocurridos desde que se fijara la intención de desalojar a los palestinos de sus tierras, con apoyo del imperialismo combinado de Inglaterra y Estados Unidos- sigue el patrón genocida y racista de los nazis, sin que la comunidad internacional -sobre todo, la ONU- haga algo realmente serio para detener al gobierno sionista de Israel, como quedó demostrado al éste ordenar detener a la flotilla de voluntarios que se dirigía a Gaza a suministrar ayuda a sus habitantes; de manera que los palestinos tengan que optar por la migración forzosa ante lo precario de sus condiciones de sobrevivencia.

Está demás decir, que el sionismo logró su meta. En la actualidad, los habitantes de Gaza carecen de las cosas más elementales para vivir, en especial sus niños y adolescentes, quienes padecen el hostigamiento constante de las Fuerzas de Defensa Israelíes, siendo gravemente afectados en su bienestar sicológico general. Todo esto no es simple casualidad. Como lo expresara Ur Shlonsky, un escritor y activista anti sionista israelí, además de ser profesor en la Universidad de Ginebra, los sionistas pretenden “aterrorizar a la población civil, asegurando la máxima destrucción de propiedades y recursos culturales… La vida diaria de los palestinos debe llegar a ser insoportable: Hay que encerrarlos en ciudades y pueblos, impedir que ejerzan una vida económica normal, separarlos de sitios de trabajo, escuelas y hospitales. Esto alentará la emigración y debilitará la resistencia a futuras expulsiones.” Es lo que alguien denominara con certeza “desastre humanitario planificado” o, lo que es lo mismo, una limpieza étnica perpetrada sin disimulo alguno ante los ojos del mundo. Para conseguirlo, incentivan entre la población israelí el uso de la fuerza como mecanismo de autodefensa frente a lo que estiman una agresión irracional de los palestinos al defender su derecho a tener una patria, montando una calculada matriz de opinión que los hace ver como salvajes y fanáticos religiosos, sin respeto por sus derechos y su cultura milenaria.

Por otra parte, el cinismo de las autoridades sionistas es innegable, complementado por quienes desde Washington se han plegado a sus directrices en lo que comprende el Medio Oriente. Así, entretanto hablan de conversaciones de paz que distraiga la atención de los representantes palestinos, los sionistas nunca han dejado de lado sus planes de erradicar a la población árabe del territorio que alegan les pertenece por mandato divino, justamente aquel que rigiera en su tiempo el rey David, por lo que sus ambiciones geopolíticas se extienden más allá de Palestina. Por consiguiente, el Estado de Israel es el más interesado en crear y explotar las condiciones que hagan inestable la amplia región del Medio Oriente. Con esto en mente, Israel requiere eliminar hasta su raíz cualquier pretensión reivindicativa de los palestinos, como asimismo el fortalecimiento y la independencia de alguno de los Estados circundantes.

Como se podrá concluir, la Operación Plomo Fundido es un amargo recordatorio de la agenda militar, racista y genocida del Estado de Israel. A pesar de su campaña desinformativa a nivel mundial, esta es una realidad que jamás podrán ocultar. Mientras tanto, los habitantes de la Franja de Gaza esperan que la solidaridad internacional sea algo más que palabras sin efectividad y pueda contener los planes expansionistas y guerreristas del sionismo israelí, en beneficio de la paz en toda la geografía del Cercano Oriente.-         

 

 

LA INSURGENCIA SOCIAL Y EL QUEBRANTAMIENTO DEL MODELO DE ESTADO VIGENTE

LA INSURGENCIA SOCIAL Y EL QUEBRANTAMIENTO DEL MODELO DE ESTADO VIGENTE

La tarea de definir (y de establecer) el poder en función de los intereses colectivos de un pueblo y, aun, de un grupo social determinado, marginado, explotado u oprimido siempre ha tropezado -de uno u otro modo- con la concepción que se tiene de éste como dominación o hegemonía de una minoría que asume para sí la representación de todos. No obstante, entre finales del siglo pasado y comienzos del presente siglo han surgido corrientes de pensamiento que buscan modificar radicalmente tal concepción, convirtiéndola en una noción positiva, diferente en todos sus aspectos a lo que ha sido tradición inalterable entre la humanidad. Como evidencia palpable de este hecho está el reclamo generalizado de la gente en diferentes naciones del mundo en relación a la existencia e influencia de un Estado omnipresente, pero que es incapaz de darle satisfacción plena a sus necesidades y expectativas, aún cuando sea su obligación constitucionalmente establecida.

Esto supone -en consecuencia- una abierta confrontación con los valores que sustentan al Estado como “la matriz de la regulación de toda la conducta humana”, en palabras de Michel Foucault, lo que implicaría, a su vez, un cuestionamiento de aquellos valores que han perdurado a través del tiempo, caracterizando la sociedad actual. Así, el poder -como regla y prohibición- está siendo quebrantado de manera cada vez más constante por los ciudadanos, tanto en nuestra América como en Europa y el resto del planeta, puesto que ya han comprobado que el mismo se ejerce en función de los intereses capitalistas de unos cuantos, afectando inmisericordemente al conjunto social, sin que haya retribución alguna. De este modo, muchos ciudadanos han terminado por manifestar en las calles su malestar y enojo ante lo que consideran (no sin cierta razón legítima) un atropello a sus vidas de parte de quienes manejan el Estado. En tal sentido, si coincidimos con Jean Jacques Rousseau, según el cual  “cada uno de nosotros pone en común su persona y su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general”, no podría afianzarse, ni reconocerse -en consecuencia- ningún poder extraño a esa voluntad general, así éste obre aparentemente bajo tal premisa; justamente lo que ha estado ocurriendo al originarse una insurgencia social en variadas direcciones, pero con un común denominador: la acción del Estado.

Si ampliamos esto en el campo político, tendríamos que admitir que el viejo modelo de Estado imperante en nuestras naciones requiere de su eliminación y sustitución, provocando una revolución en todo el sentido de la palabra, capaz de transformar las relaciones de poder existentes. Aun cuando éste se renueve, prolongando su vigencia, es inevitable su total agotamiento, especialmente cuando el mismo responde a patrones originados por el capital para su propia sobrevivencia. La revolución, en este caso, estaría dirigida a dos focos fundamentales de la desigualdad, la opresión y la injusticia: el Estado y el capital. Ambos imbricados de tal forma que muchos dan por sentado que ninguno puede existir independientemente del otro. Obviamente, algunos creerán que sólo basta con proporcionarles “un rostro humanizado” para revertir sus efectos nocivos sobre la sociedad, cuestión que se demuestra imposible de alcanzar en vista de su naturaleza jerárquica, perniciosa y totalitaria. 

Como lo asegurara Joseph R. Strayer, autor de Los orígenes medievales del Estado, “la sociedad sin Estado, sin poder político o dominación, es una forma nueva a conquistar. Ella está en el futuro”. Esta posibilidad nada utopista ha logrado conglomerar a los diferentes grupos hegemónicos a nivel mundial en el aseguramiento del control desplegado sobre el Estado, en una especie de imperio corporativo, lo que explica las coincidencias observadas en las protestas populares en uno y otro continente tras cada medida antipopular y antidemocrática adoptada por dichos grupos. Aunque esta es una realidad que apenas se está abriendo pasos entre algunos que la perciben y la entienden, otros en cambio optan por ignorarla. Sin embargo, ella marca el contexto en que se desarrolla esta singular confrontación entre los ciudadanos (mediante una insurgencia social sin disiparse y con un marco teórico parcialmente definido) y un viejo modelo de Estado que remienda sus costuras (con cierto éxito relativo). Todo ello exigirá, en algún momento, re-concebir las instituciones públicas al nivel de todo el Estado (nacionales, estatales y municipales), de manera que se generen unas nuevas relaciones de poder bajo los ideales de una democracia efectivamente participativa, en una primera fase, para acceder finalmente a un nuevo modelo civilizatorio, totalmente diferenciado del existente.-

  

LA TAREA DE REDEFINIR EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

LA TAREA DE REDEFINIR EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

            Al adoptarse el mismo patrón de consumo generado por el sistema capitalista a nivel mundial, la precarización estructural del trabajo y la destrucción creciente del medio ambiente resultan una cuestión inevitable. Más aún cuando el afán de lucro es el fundamento principal, privilegiándosele por encima de cualquier otra consideración, incluso de la vida de los demás seres humanos; todo lo cual debiera estimular en gobiernos y en ciudadanos la demolición del sistema de dominación social ejercido por el capital, permitiéndose así explorar unos nuevos modos de producción que se afirmen en valores ajenos al capitalismo, socialmente útiles y necesarios.

 

Esto último representa, indudablemente, un escollo aparentemente insalvable para muchos, sin excluir de ello a quienes propugnan un modelo socialista que se diferencie en esencia del capitalista. Según algunos, para lograr tal cosa tan solo se requiere disponer de buena voluntad, de reformas y de transparencia en la orientación, manejo y procedimientos del Estado vigente. En este sentido, se cree que basta otorgarle mayores derechos y beneficios a los sectores populares explotados y excluidos, sin profundizar mucho en las contradicciones que enfrentan al capital y al trabajo asalariado, además de los diversos problemas que se derivan de éstas. Olvidan que el trabajo asalariado es una nueva forma moderna y legalizada de esclavitud, recordando al respecto lo afirmado por Maximilien Rubel: “el salario es una esclavitud, y todo aumento autoritario del salario no será más que una mejor remuneración de los esclavos”. Otros, sin embargo, hallarán en esto algo más de lo mismo, sin una mayor trascendencia, enmarcado como está en la propuesta de darle un rostro humano al capitalismo. Para éstos, al igual que para István Mészaros, “esperar una solución feliz a esos problemas a partir de las operaciones de rescate del Estado capitalista sería una gran ilusión”.

 

            Por ello, plantearse el socialismo como alternativa revolucionaria frente al capitalismo implica cuestionarlo a profundidad, resaltando la necesidad de eliminar las contradicciones existentes entre el capital y el trabajo asalariado, en un ejercicio de imaginación utopista y de rigor científico que muchos revolucionarios esquivan neciamente, pero que es altamente imprescindible. En consecuencia, hará falta labrar la propuesta de un sistema social alternativo, en el cual el desarrollo de la civilización postcapitalista no signifique la devastación entera de la naturaleza ni la opresión de pueblos ni de individuos por cualquier forma de Estado. Esto supone, entonces, desprenderse de las prácticas y conceptos que le dieron vigencia al capitalismo durante siglos, dándoseles cabida a otros que pudieran servir de punto de partida para la construcción de un nuevo modelo de civilización y de relaciones de reciprocidad entre la humanidad y el medio ambiente que le sirve, al mismo tiempo, de sustento y de hogar. Sin tal cosa, hablar de un socialismo para el siglo XXI carecería de bases posibles o reales, lo cual pudiera enriquecerse con diferentes aportes y experiencias, incluyendo aquellos provenientes de nuestros pueblos ancestrales. Sería una mejor manera de redefinir la utopía del socialismo revolucionario. Aunque suene difícil, tal tarea jamás debiera resultar imposible para los revolucionarios.-