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TEMAS ANTIIMPERIALISTAS

EL DESAFÍO DEL HEGEMONISMO GRINGO A NUESTRA AMÉRICA

EL DESAFÍO DEL HEGEMONISMO GRINGO A NUESTRA AMÉRICA

           Bien lo advirtió El Libertador Simón Bolívar en 1829: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias en nombre de la libertad”. Más tarde, José Martí ratificaría tal vaticinio: “Jamás hubo en América de la independencia a acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder”, según lo escribiera diciembre de 1889, a propósito de la realización en Washington de una “Primera Conferencia Internacional Americana”, patrocinada por Estados Unidos, ignorando el antecedente histórico del Congreso Anfictiónico de Panamá del 22 de junio de 1826, convocado por Bolívar para asegurar la libertad absoluta de nuestra América. Desde entonces, las invasiones, secesiones de territorios, asesinatos de dirigentes nacionalistas, golpes de Estado, bloqueos y dependencia económica han confirmado la advertencia bolivariana y martiana -amén de otros hombres y mujeres igualmente preocupados por el destino de nuestros pueblos- sobre las apetencias imperialistas y neocolonialistas de Estados Unidos, algo que se mantiene con mayor vigencia cuando su elite gobernante se adhiere entusiasta a un Proyecto para un nuevo siglo (norte) americano, el cual contempla sin ambages “redibujar el orden de seguridad internacional de acuerdo con los principios e intereses norteamericanos”, imponiendo bajo cualquier mecanismo -comercial o militar- la hegemonía indiscutible de su país en todo el mundo.

 

            Así, el derecho natural o destino manifiesto que le corresponde a Estados Unidos adquiere una nueva connotación, llevándole a ignorar cualquier consideración de los organismos multilaterales y el derecho internacional que contradiga sus intereses y lineamientos geo-estratégicos, puesta de manifiesto en estas últimas décadas mediante sus ataques e intervenciones militares en Panamá, Haití, Iraq y Afganistán, sin dejar de amenazar a otras naciones y gobiernos en rebeldía que no aceptan su tutoría imperial. Esto ha hecho que Washington reformulara su doctrina militar, adoptando la estrategia de la guerra preventiva puesta en práctica por el Estado racista de Israel en Oriente Medio, además de plantearse la necesidad de extender su dominio territorial a través del establecimiento de más guarniciones y planes militares, sobre todo en nuestra América. Según lo reveló el periodista uruguayo Raúl Zibachi en 2005, “el Comando Sur (yanqui) se ha convertido en el principal interlocutor de los gobiernos latinoamericanos y el articulador de la política exterior y de defensa estadounidense en la región. (…) La presencia militar directa en la región se ha incrementado desde la desactivación de la base Howard en Panamá, en 1999. El Comando Sur tiene ahora responsabilidad sobre las bases de Guantánamo (Cuba), Fort Buchanan y Roosevelt Roads (Puerto Rico), Soto Cano (Honduras) y Comalapa (El Salvador); y las bases aéreas (…) de Manta (Ecuador), Reina Beatriz (Aruba) y Hato Rey (Curazao). Además maneja una red de diecisiete guarniciones terrestres de radares: tres fijos en Perú, cuatro fijos en Colombia, y el resto móviles y secretos en países andinos y del Caribe. Colombia es el cuarto receptor de la ayuda militar de Estados Unidos en el mundo, detrás de Israel, Egipto e Irak; y la embajada en Bogotá es la segunda más grande en el mundo, luego de la de Irak”. Ahora se le sumarán las bases militares en Colombia, acordadas por los presidentes Obama y Uribe, en lo que representa la ampliación de un vasto dispositivo bélico con mando estadounidense sembrado en el corazón del continente americano, cuyo objetivo substancial está más allá de un sencillo combate al narcotráfico, apuntando más bien a la contención de los nacionalismos radicales en nuestros países, algo que siempre fue catalogado por el Departamento de Estado, el Pentágono y la CIA, entre otros organismos oficiales estadounidenses, como la amenaza más fuerte a enfrentar por su nación, luego de la implosión de la URSS; especialmente cuando ella  requiere controlar directamente las fuentes energéticas, la biodiversidad y el agua dulce existentes en nuestra América.

 

Todas las señales apuntan hacia una intensificación del conflicto de baja intensidad que el imperialismo yanqui sostendría en la región en contra de los movimientos populares revolucionarios y de los gobiernos nacionalistas y de tendencia progresista surgidos últimamente, con una Colombia convertida en la punta de lanza de las agresiones imperialistas, de un modo muy similar al papel cumplido por Israel en el Oriente Medio, para beneplácito de las grandes corporaciones transnacionales gringas y de sus acólitos latinoamericanos, teniendo como meta central el aseguramiento de su hegemonismo, como siempre fue su ambición desde la Doctrina Monroe.-

                      

PALESTINA: UN GENOCIDIO A LA VISTA DE TODOS

PALESTINA: UN GENOCIDIO A LA VISTA DE TODOS

Desde su creación, el Estado de Israel representa un caso único en la historia mundial contemporánea: no posee un pueblo unificado en la historia, en el idioma, en la cultura y en las costumbres y, no obstante, reclama su “derecho legítimo y divino” de ocupar el suelo de Palestina, en una pretensión de recrear el reino del bíblico rey David. Su población proviene originariamente de diversas latitudes del planeta y, gracias a la Resolución 181 de la ONU, comenzó a usurpar el espacio que, por siglos, venía ocupando históricamente el pueblo palestino, aplicando la tesis que Palestina era un territorio sin gente y los judios un pueblo sin territorio. De esa manera, el Estado de Israel llegó a apoderarse del 78 por ciento del territorio nacional palestino, siendo el resto Cisjordania y la Franja de Gaza. Desde entonces, el Estado de Israel ha mantenido un acoso permanente y una política militar agresiva en contra del pueblo palestino, siendo éste obligado a sobrevivir en condiciones materiales infrahumanas en lo que constituye un genocidio a la vista de todos, pero que escasamente logra conmover a la opinión pública internacional, dada la manipulación mediática y los intereses geopolíticos que presentan a los árabes como terroristas y fanáticos religiosos.

         En la actualidad, los palestinos son víctimas no sólo de una agresión militar desproporcionada y criminal por parte del Estado de Israel, sino que ello se complementa con un cúmulo de limitaciones administrativas y jurídicas que les niega su condición inalienable de ciudadanos y, un poco más, sin exageración alguna, de seres humanos, tal como lo pretendieron en su tiempo los nazis-fascistas en Europa con los judíos. De este modo, los palestinos han sido forzados a abandonar la tierra de sus ancestros, convirtiéndose en desplazados y refugiados, cuyo destino incierto pareciera no importarles a los diferentes gobiernos del planeta, así como el reconocimiento de sus derechos nacionales y su legítimo retorno. Tal política de segregación, agresión, etnocidio y genocidio -condenada como sionismo- es, sin embargo, incondicionalmente respaldada por la clase dirigente de Estados Unidos y de sus socios más cercanos, entre ellos, Gran Bretaña, cuyo poder de veto en el seno de la ONU impide acciones más enérgicas e inmediatas de parte de la comunidad internacional. Para Estados Unidos es vital mantener el estado de inestabilidad política en el Medio Oriente, con el Estado de Israel como su punta de lanza, sobre todo, ahora que busca asegurarse el control directo de las fuentes de energía allí existentes y, de paso, la eliminación de la revolución islámica de Irán, principal reducto de resistencia antiimperialista en aquellas latitudes.

         Esto último le ha servido de garantía al Estado de Israel para perpetrar sus crímenes de lesa humanidad contra el pueblo de Palestina, rechazando consuetudinariamente todas las resoluciones condenatorias de la ONU y violando descaradamente el derecho internacional con la implementación de su doctrina militar de guerra preventiva contra sus vecinos árabes, sin que haya sufrido una sanción efectiva. Lo que siempre ha omitido la propaganda sionista (con un gran poder de penetración a escala mundial), es que los palestinos vienen muriendo en silencio, privados de comida, de servicios públicos esenciales y de medicinas por culpa del bloqueo a que son sometidos por el Estado de Israel, haciendo de los territorios palestinos verdaderas cárceles (o ghettos)  al aire libre. Por ello mismo, debe activarse en todas las naciones un repudio general al terrorismo de Estado aplicado por la dirigencia sionista, de forma que se le impida el genocidio cometido contra los palestinos, lo mismo que descubrir sus verdaderos propósitos anexionistas y desestabilizadores en la región del Medio Oriente. De igual manera, debe permitírsele a los palestinos a existir como nación libre, exigiendo el fiel cumplimiento de las distintas resoluciones promovidas y aprobadas por la ONU, puesto que ésta sería una manera de compensar el sufrimiento secular que vienen arrastrando los palestinos desde 1947.  

Gaza es -como alguien lo expresara recientemente en un portal de Internet- la herida que tiene la humanidad, una herida que no parará de sangrar si la indolencia y la complicidad humana siguen manifestándose a favor de la fuerza. Los argumentos esgrimidos por el Estado de Israel en nombre de “la seguridad y contra el terrorismo” no justifican algo semejante, ni antes ni ahora. Para ello es necesario, en palabras de Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nóbel de la Paz, “desarmar la razón armada para romper el círculo que los atrapa de la violencia, la destrucción y la muerte”. Algo difícil, pero no imposible.-

REALIDAD Y PERVERSIDAD POLÍTICA DEL IMPERIALISMO

REALIDAD Y PERVERSIDAD POLÍTICA DEL IMPERIALISMO

           La profusa y continuada campaña de falsedades emprendida por el gobierno de George Walker Bush en contra de aquellos gobiernos y naciones a los cuales ha englobado en el llamado “eje del mal” ahora tiene como destino a Venezuela, según se puede constatar por lo dicho en fechas recientes por algunos de los principales representantes del gobierno estadounidense, incluyendo al mismo Bush. Todo esto repite el esquema de ablandamiento de la opinión pública mundial, tal como se hizo en los casos de Panamá e Irak, a fin de neutralizar cualquier reacción negativa y así justificar las acciones militares que regularmente ha protagonizado Estados Unidos en defensa de sus intereses particulares, por encima del Derecho internacional y ejemplificando el terrorismo de Estado. De igual manera, se busca precipitar planes semejantes a los aplicados en Chile, bajo la presidencia de Salvador Allende,  Ucrania, Georgia, Lituania y Serbia, en una combinación de elementos económicos, políticos, diplomáticos y militares que desestabilicen y desemboquen finalmente en el derrocamiento del gobierno de Hugo Chávez, dando así al traste con su ensayo revolucionario y al desafío que representa su prédica bolivariana, integracionista y nacionalista a la hegemonía gringa al sur del Río Bravo.

 

            Pero, aparte de ello, esto obedece también a la situación de crisis que padece Estados Unidos en el presente. Según James Petras, “considerando la crecida europea, la dependencia de Estados Unidos de la extracción de superávit cada vez mayores de América Latina ante las crisis internas, y los lazos estrechos entre la administración estadounidense y el gran capital, particularmente en los sectores extractivos, la única solución para Washington es militarizar y reforzar su control, aunque polarice y radicalice a América Latina”.

            Precisamente, ésta es la estrategia escogida por la Casa Blanca, expresada en el documento de Santa Fe IV, el ALCA y los diversos planes militares que envuelven a nuestro continente, desde México hasta el corazón de la América del sur, en una cruzada neocolonialista que se quiere hacer ver como de lucha contra el terrorismo y por el aseguramiento de las libertades democráticas de estos pueblos; teniendo en el Plan Colombia la punta de lanza de la injerencia yanqui en sus asuntos internos con la complicidad antinacional de los grupos políticos y económicos conservadores que ven en riesgo inminente sus privilegios de elite dominante. Para lograr el éxito de esta estrategia, el régimen de Bush no ha escatimado esfuerzo alguno y ha explotado hasta la saciedad el sospechoso ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, atribuyéndolo a grupos terroristas árabes, logrando convertir la ignorancia, los temores y los prejuicios del pueblo estadounidense en los principales soportes de su Acta Patriótica y de su doctrina de guerra preventiva, contando para ello con el apoyo incondicional de las grandes cadenas informativas conectadas a nivel mundial, de forma tal que solo se cuenta con una información sesgada, totalmente favorable a lo que dicta Washington, desconociéndose su contraparte.

 

            Para muchos, resulta inverosímil la realidad y la perversidad política del imperialismo yanqui, aunque se observen y se sientan sus efectos en muchas latitudes del planeta. Esto le ha permitido a la CIA y a otros organismos de seguridad estadounidenses el diseño y la   implementación de programas desestabilización e injerencia encubiertas en algunas naciones, sin que se pueda culpar de ello a su gobierno, aunque se descubran sus conexiones y financiamiento de partidos políticos y ONG`s a través de la National Endowment for Democracy (NED), como ocurre en Venezuela. De este modo, en palabras de Thierry Meyssan,  “la no violencia, que se admite como buena en sí misma y se asimila a la democracia, da un aspecto presentable a acciones secretas intrínsecamente antidemocráticas”. Esto, acompañado de una campaña masiva de desinformación, de captación de “disidentes” y de  reconocimiento oficial de personeros de oposición, en medio de amenazas veladas, y no tan veladas, de intervención militar, sea por propia mano o por intermediarios como Colombia. Es así que todo ello se hace con la más absoluta impunidad y con la complicidad ingenua de quienes niegan la realidad y la perversidad política del imperialismo, un vocablo aparentemente desfasado, perteneciente a los círculos marxistas-leninistas. Sin embargo, es necesario desenmascararlo, ya que -tal como lo advierte Petras- “el nuevo imperialismo no sólo esclaviza los cuerpos de sus súbditos sino que, además, trata de inculcar servilismo en sus mentes. La nueva barbarie imperial lo impregna todo de tal manera que necesita estarse negando a cada momento, ser racionalizada y justificada”. Frente al mismo, no resta sino oponerle, de forma consciente, la resistencia cultural e histórica de los pueblos que pugnan por liberarse del yugo imperialista al cual se les quiere uncir. Es más ardua, pero es el arma disponible más eficaz.-          

                          

TERRORISMO MADE IN USA

TERRORISMO MADE IN USA

“Hay que acabar con los terroristas. Enviemos tropas a la Casa Blanca”. Noam Chomsky, filósofo norteamericano.


Con Ronald Reagan de presidente, el imperialismo yanqui inició una etapa aún más agresiva y militarista en su empeño por lograr la hegemonía mundial frente a su rival de entonces, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Durante ésta, la administración Reagan-Bush (padre) financió grupos nacionales ultraderechistas, llegando – incluso - a entrenar y a suministrarle armas a quienes, como los “contras” en Nicaragua, trataban de derrocar a los gobiernos que no comulgaban con los intereses de Washington y que podrían orbitar alrededor de los soviéticos.

Durante esta etapa, la Casa Blanca intervino en la isla caribeña de Grenada y en El Salvador, donde apoyaron abiertamente a los grupos ultraderechistas que enfrentaban a los de izquierda, con la intención de contener a los sandinistas de Nicaragua; sin atender a los reclamos internacionales y precipitando una escalada armamentista en la región centroamericana, de la cual no fue ajena Venezuela al vendérsele una flota de aviones F-16 solicitados por el gobierno del Presidente Luis Herrera Campíns, al manejarse una hipotética guerra con Cuba. Todo esto dentro de su esquema de confrontación con ese otro bloque de poder imperialista que lo representó la Unión Soviética. Bajo tal argumento, la CIA y el Pentágono armaron ejércitos a Osama Bin Laden en Afganistán y a Saddam Hussein, al entrar Irak en guerra contra Irán durante diez largos años.

Desaparecida la URSS, alguna gente creyó ingenuamente que el mundo unipolar heredado de la Guerra Fría podría ahora sumergirse en una era de paz, desarrollo y convivencia feliz bajo el patrocinio capitalista. Los hechos posteriores, caracterizados por una feroz acometida del neoliberalismo económico fomentado por las corporaciones trasnacionales “made in USA” y un resurgir de luchas nacionalistas y populares, evidenciaron las graves dicotomías existentes. Es cuando surge en el Pentágono la fórmula de la guerra preventiva, con la cual Estados Unidos podría atacar y suprimir la amenaza potencial de algún gobierno o movimiento enemigo. Sin embargo, esta tesis guerrerista, surgida a finales de la administración de Bill Clinton, no parecía disponer de mucho asidero en la política imperialista norteamericana hasta que ocurrieron los muy oportunos ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York.

Hoy vemos cómo la administración imperialista y arrogante de Bush invade territorios en Asia, África y Europa, buscando consolidar su posición geopolítica hegemónica e ignorando adrede la opinión de sus mismos ciudadanos, el Derecho y las organizaciones internacionales. Intenta prever la situación de emergencia que la nación norteña sufrirá en los próximos decenios cuando comiencen a agotárseles los recursos estratégicos y tenga que competir con el poderío económico de Europa unida y con las naciones asiáticas, con China a la cabeza. De ahí que su mirada se pose, nuevamente, sobre lo que siempre consideró su patio trasero: América Latina. Sólo que confronta una realidad imprevista y bastante incómoda con el proceso revolucionario bolivariano que tiene como escenario a Venezuela, de ahí que no haya escatimado recursos y esfuerzos por ver derrocado al Presidente Hugo Chávez, estimulando acciones terroristas de parte de la oposición interna, como el golpe de Estado del 11 de abril de 2001, y amenazando, de paso, recurrentemente, con desatar una intervención armada directa en este país. Todo con la finalidad de que el mal ejemplo venezolano no se extienda por toda la ancha geografía americana y caribeña, acuñando la necesidad de “preservar la libertad democrática” y evitar el totalitarismo “castro-comunista” que Chávez extendería.

Por ello no extraña que el terrorismo que tanto preocupa a Estados Unidos y que le ha llevado a establecer bases y planes militares en todas las regiones del mundo, especialmente en nuestra América, tenga un tinte particularmente norteamericano, es decir, que es alimentado por las mismas apetencias de control económico y dominio territorial de los mismos Estados Unidos. Frente a tal realidad, cuaja con mucha vigencia lo dicho por el Che Guevara de “crear uno, dos, tres… muchos Vietnam” como una manera de combatir efectivamente el poderío imperialista norteamericano y lograr la emancipación total de nuestros pueblos explotados.-

ISRAEL Y EL ANTISEMITISMO COMO EXCUSA

ISRAEL Y EL ANTISEMITISMO COMO EXCUSA

La Declaración Balfour vino a constituir una realidad impuesta a los pueblos del Medio Oriente, basada más en un deseo por complacer a los judíos (o, supuestamente judíos, dada la dificultad histórica de establecer su verdadero origen judío, tras el genocidio cometido por las huestes romanas comandadas por Tito en el año 70 de la era común), quienes comenzaron a darle forma a las ideas nacionalistas expuestas por Theodore Herzl en su pretensión de crear el Estado judío en tierras de Palestina. En un primer momento, la declaración del gobierno inglés estuvo dirigida a obtener de los poderosos empresarios judíos su oportuna contribución financiera al esfuerzo bélico durante la Primera Guerra Mundial. Con ello en mente, nació el imperativo moral de las potencias aliadas de concretar la vieja aspiración de la Organización Mundial Sionista, reunida en 1897, de “readquirir” las tierras bíblicas que pertenecieran a sus antepasados, aun cuando habrían pasado unos dos mil años de una ausencia bastante notoria y documentada, por cierto.

            En la carta dirigida por Arthur James Balfour, Secretario de Relaciones Exteriores del imperio británico, el 2 de noviembre de 1917 a Lord Edmond James Rothschild, a la sazón presidente de la Federación Sionista de Gran Bretaña, se enunciaba que quedaba “claramente entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no-judías existentes en Palestina, o los derechos y status político de que gozan los judíos en cualquier otro país”, representando desde entonces el soporte legalizado con que se le dio nacimiento al actual Estado de Israel, no obstante ser la población judía apenas un 9% en un territorio de un 3,5 % de Palestina. Sin embargo, otros antecedentes, de muchos años atrás, dan cuenta del empeño de ciertos milenaristas que, creyendo adelantar las condiciones bíblicas acerca del fin de los tiempos profetizado en el libro de Apocalipsis (como ahora con George W. Bush y sus inmediatos colaboradores de la Casa Blanca ), vieron la conveniencia de facilitar el retorno de los judíos a la tierra prometida. Una cuestión que fue repitiéndose con cierta regularidad, al igual que los progroms o persecuciones y deportaciones de judíos ordenadas por los diferentes gobiernos europeos, ligándose en ella elementos religiosos y otros de abierta utilidad política, bajo la convicción de ser los judíos un pueblo sin país para un país (Palestina) sin pueblo. Entre éstos, se cuenta el Memorando Blackstone, en el cual se le propone en 1891 al Presidente de Estados Unidos convoque una conferencia internacional donde se aborde la restauración de Palestina al “pueblo elegido de Dios”, siendo base del patrocinio estadounidense a tal idea desde esa época. Estos factores -unidos al escandaloso genocidio del cual fueran víctimas algunos miles de judíos a manos de las hordas hitlerianas (sin ser ellos sus únicas víctimas)- facilitaron que éstos pudieran establecerse como colonos en aquellas tierras, generando desde entonces una situación de violencia permanente, donde la población árabe ha sido víctima constante del terrorismo sionista.

      

            Esta situación de violencia permanente, donde un pueblo es atropellado vil e impunemente, sin que haya una acción decidida de la comunidad internacional para impedirlo, tiene el claro propósito de desalojar definitivamente a quienes vivieron secularmente en estas tierras, en este caso, a los palestinos, haciendo gala de un nacionalismo fascista innegable de parte de quienes dirigen el Estado de Israel. Las denuncias y advertencias vertidas al respecto han motivado como respuesta la acusación de antisemitismo, lo cual les ha servido como excusa a los sionistas (no los judíos o hebreos, como se quiere hacer creer) y como chantaje emocional al rememorar lo del Holocausto, restándole a los árabes su condición de pueblo semita que les corresponde por ser descendientes del patriarca Abraham, resultando que la mayoría de los judíos asentados en Palestina proviene de Europa. Esta línea de conducta la marcó el mismo Herzl al decir que era esencial que los sufrimientos de los judíos empeorasen, induciendo el antisemitismo. “El antisemitismo -diría- nos ayudará a fortalecer la persecución y opresión de los judíos. El antisemitismo será nuestro mayor apoyo”. A ello se uniría la decisión de expulsar a los pobladores seculares de Palestina, expuesta por David Ben Gurión en mayo de 1948: “Debemos utilizar el terror, el asesinato, la intimidación, la confiscación de tierras y el corte de todos los servicios sociales para deshacernos de la población árabe de Galilea”. Otro tanto afirmaría Golda Meir, para quien la cosa parecía más simple: “No es que había un pueblo palestino en Palestina, que se consideraba como pueblo palestino, y entonces llegamos nosotros y los expulsamos y les quitamos su país. Ellos no existen”. Así que el sionismo es nada más y nada menos que un nacionalismo racista, deleznable y condenable desde todo punto de vista, como lo determinara una de las resoluciones de la ONU ; un antisemitismo aplicado, precisamente, contra los pueblos semitas originarios, esto es, los árabes de Medio Oriente.

            En la actualidad, este mismo antisemitismo se utiliza para reforzar la política expansionista israelita, secundada por Washington, logrando -incluso- que se juzgue a árabes y musulmanes como equivalentes de terroristas, aprovechando el control de los medios industriales de información que sesgan todo lo referente a la grave situación de violación sistemática de los derechos humanos de los palestinos al defender las tierras de sus ancestros. Esto también vale para descalificar el apoyo a los árabes reprimidos a diario por los soldados sionistas, sin importar si en la misma mueren niños y adultos desarmados; lo cual sería respaldar, en consecuencia, al terrorismo, argumento muy de moda que pretende ignorar, a su vez, el terrorismo de Estado también implementado por Estados Unidos y sus socios europeos.-

LA FALSA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO INTERNACIONAL

LA FALSA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO INTERNACIONAL

         Es casi unánime la percepción y el convencimiento a escala mundial respecto a que todo el accionar antiterrorista del gobierno de Estados Unidos después de los sospechosos atentados contra las Torres gemelas de Nueva York en 2001 (muy apegado, por cierto,  a la política seguida por el Estado de Israel en su ambición expansionista a costa de las fronteras de los países que lo circundan en el Medio Oriente) es falso, representando una doble moral con la cual acreditar la visión del mundo contemporáneo en una sola dirección: aquella que redunde en grandes ganancias y control directo de fuentes energéticas por parte de las  corporaciones transnacionales vinculadas, precisamente, con muchos de los altos funcionarios de Washington. A esto habría agregar la actitud cínica adoptada en relación con el terrorista anticastrista Luís Posada Carriles a quien se le ha brindado apoyo, a pesar de las pruebas irrefutables exhibidas, incluyendo su propia confesión al admitir su participación en el atentado a un avión cubano que le costó la vida a un grupo de atletas en 1976; a pesar de ello, las autoridades gringas se han valido de algunos tecnicismos legales para eludir las solicitudes interpuestas, por separado, por Cuba y Venezuela. 

           Asimismo,  hay que mencionar el caso de los Cinco Héroes Cubanos a quienes se ha sometido a un régimen de reclusión vejatorio y discriminatorio en cárceles de Estados Unidos, sin existir pruebas concluyentes que los señalen como culpables de perpetrar o planificar hechos terroristas en dicha nación, manteniéndolos en un estado de indefensión y de aislamiento total, sin permitirles siquiera una visita de sus familiares más cercanos. Mientras tanto, aceptan, justifican, silencian y respaldan todos los planes terroristas de los grupos opositores al gobierno cubano, radicados mayormente en la península de la Florida, convirtiendo en política de Estado el odio anticomunista y contrarrevolucionario fermentado por tales grupos desde hace décadas, acentuando aún más las restricciones impuestas por el bloqueo económico a la Isla en la esperanza de que -algún día- se restituirá el status quo anterior a 1959, cuando triunfara la revolución con Fidel al frente.           

          Pero, las cosas no se limitan a estos extremos, como se puede constatar con las agresiones militares a los pueblos inermes de Afganistán e Irak, alegando -sin evidencias- que en ambos países se fomentaba y se cobijaba al terrorismo internacional, en una desproporción desmesurada, sangrienta e ilegal, violatorias del Derecho Internacional, la Convención de Ginebra y de las jurisprudencias del Tribunal Internacional de La Haya, lo mismo que la Carta fundacional de la ONU; de modo que el terrorismo adjudicado a otros termina por atribuírseles a quienes presuntamente están enzarzados en una guerra unilateral mundial contra el mismo, investidos de una autoridad divina que nadie les otorgó. Todo ello acompañado de un silencio cómplice y de una manipulación informativa generados desde Estados Unidos por las grandes corporaciones de noticias, los cuales se extienden sin chistar a todos los continentes, uniformando así la opinión que podría tenerse al respecto. Como siempre, en toda esta situación generalizada de falsa guerra contra el terrorismo, el principal actor es el imperialismo gringo y su frenético afán de dominación planetaria, al querer aprovecharse de la inexistencia -al implosionar la URSS- de un contrapoder en igualdad de condiciones. Esta es la imposición brutal de un nuevo orden mundial (el nuevo siglo estadounidense) que subordina los intereses y las soberanías de los pueblos en un remedo magnificado de lo hecho desde 1948 por el Estado de Israel en Medio Oriente, prefigurando de este modo un fascismo planetario, negador de los principios democráticos más elementales, como ocurre con quienes tuvieron la mala suerte de ser prisioneros de las tropas invasoras estadounidenses en Afganistán e Irak y ahora se encuentran en un limbo jurídico en la base naval de Guantánamo.           

          Con semejantes antecedentes (verificables en cualquier momento, sin incluir el abultado expediente del intervencionismo constante y diversificado en nuestra América casi desde el momento mismo de la Independencia) hay que develar las aviesas intenciones escondidas tras esta falsa guerra contra el terrorismo emprendida por el imperialismo yanqui, de manera que la defensa legítima de la autodeterminación de los pueblos se mantenga por encima de cualquier otra consideración, estimulando un mundo multipolar y seguro para todos.-    

 

VENEZUELA: UNA PRIORIDAD PARA EL IMPERIO

VENEZUELA: UNA PRIORIDAD PARA EL IMPERIO

Considerada por Washington “cabeza de área” en la seguridad del hemisferio occidental sur, Venezuela ocupa una prioridad entre el cúmulo de preocupaciones e intereses de los jerarcas neoconservadores de la Casa Blanca por lo que representa en materia energética y por la influencia ideológica que pudiera tener a nivel continental y planetario de continuar Hugo Chávez en la Presidencia de la República , afianzando aún más el proceso revolucionario bolivariano. De ahí que el gobierno estadounidense no haya cejado en su objetivo -aunque manifieste lo contrario- por evitar a toda costa un régimen incómodo al sur de sus fronteras, especialmente cuando se encuentra dedicado a expandir y a asegurar el dominio hegemónico al cual cree tiene derecho por encima de cualquier consideración moral y legal que no responda a su visión fascista y fundamentalista de lo que debe ser el mundo contemporáneo, obligando a los gobiernos a adoptar -respecto a la política exterior de Estados Unidos- una sumisión cercana a la practicada por las naciones tributarias de los imperios del pasado.

En el caso venezolano, el régimen belicista de George W. Bush ha estimulado, apoyado, diseñado y financiado diversas actividades desestabilizadoras, incluso el clásico golpe de Estado y la posibilidad del magnicidio que se ha ventilado abiertamente en los círculos de opinión de Estados Unidos; lo cual constituye una política injerencista bien definida en los asuntos internos de Venezuela, cosa que nunca han negado de manera convincente. Esta política recuerda lo hecho en diferentes épocas en países de nuestra América, quedando sólo por aplicarse la intervención armada al igual que en Afganistán o Irak. Frente a esta desestabilización que por momentos parece intensificarse, cambiando apenas los actores locales que la promueven, Chávez, su gobierno y, en general, el pueblo bolivariano, mantienen una resistencia que muchas veces se manifiesta a la defensiva, sin avanzar de manera uniforme en la consolidación del proceso revolucionario, cuestión que -una vez superada la coyuntura del momento- alienta los ataques oposicionistas. Esto lo conocen y estudian los think tanks que el imperialismo yanqui ha instalado en suelo venezolano, asesorando a los sectores contrarrevolucionarios, de modo que los escenarios anticipados se concreten en la realidad. Es como si la estrategia de guerra aplicada a la revolución sandinista en Nicaragua durante los años 80 del siglo pasado se estuviera repitiendo en Venezuela, pero bajo otros parámetros, con una Contra representada por algunos de los grandes medios de comunicación nacionales, gracias a los cuales se mantiene latente la oposición al avance del proyecto bolivariano, dado que el acelerado desgaste, falta de credibilidad y ambición de poder de la dirigencia tradicional impide que haya una opción seria que pudiera mermarle apoyo a Chávez y al proceso revolucionario, no obstante las deficiencias presentadas en algunos regiones. 

            Esta situación bien la resume Juan Francisco Coloane al escribir, a propósito de los disturbios que buscaron originarse a raíz de la no renovación de la concesión a Rctv, que “sea el intervencionismo a través de una desestabilización política interna apoyada por poderes políticos externos, sea por medio de la presión internacional, la situación política venezolana está expuesta al tipo de distorsión que más daño le ha hecho a la construcción de democracias liberales republicanas. El tema de la libertad de expresión ahoga la posibilidad de ver el tema mayor o central en la crisis venezolana, que es el del intervencionismo externo”. Tal cuestión, sin embargo, busca minimizarse conscientemente desde los principales medios informativos, aprovechando la amplia cobertura de que disfrutan en territorio venezolano, atribuyéndole al gobierno chavista toda la culpa, sin reconocerle  lo mismo a quienes buscan su derrocamiento por cualquier vía. Esta es parte de la estrategia que maneja Washington a largo plazo, junto con sus aliados internos, seguros de que, una vez hostigado el avance revolucionario, podrían darle el zarpazo final. Un cálculo audaz que, al igual que en ocasiones anteriores, se estrellaría contra la voluntad inquebrantable y esperanzada de los venezolanos por acceder a una sociedad de mayor democracia y de mayor bienestar colectivo.

EN EL REINO DEL DIOS GEORGE W. BUSH

EN EL REINO DEL DIOS GEORGE W. BUSH

El mundo fascista manipulado por los grandes centros de poder mundial imaginado por George Orwell en su obra distópica “1984”, está rebasado por las perspectivas del mundo que pretende crear a su medida el Presidente George Walker Bush, convencido de interpretar y de seguir la voluntad divina en las “vísperas” del Advenimiento y de la Guerra de Armagedón que señala el último libro de la Biblia. Junto a colaboradores y socios neoconservadores maneja la tesis según la cual Estados Unidos libra una guerra crucial en defensa de los valores de la civilización occidental y cristiana en contra de las fuerzas del Mal. Para ello, opera dos importantes recursos, ambos interrelacionados y puestos a su disposición tras el atentado del 11 de septiembre de 2001, aunque vienen aplicándose con mucha anterioridad: el uso indiscriminado del poderío militar yanqui en contra de naciones más débiles militarmente, sin miramiento alguno por lo que diga la comunidad internacional; así como también el apoyo solícito automático e ideológico de los grandes medios de comunicación. Ambos recursos le han creado a Estados Unidos la imagen de una potencia mundial temeraria, que actúa de modo irracional y retaliativo, con lo cual se convierte en un peligro sin control para la paz internacional y la autodeterminación de los pueblos.

            Básicamente, éstos son los mismos esquemas belicistas y racistas aplicados por el Estado de Israel en las tierras árabes que ha usurpado desde hace ya más de cuatro décadas, sin que exista freno alguno a sus desmanes constantes, incluida la agresión sin justificación a los países vecinos, como el Líbano. Con ello en su agenda, Washington divide a gobiernos y naciones según su personal y único criterio: buenos y demócratas, si acatan y secundan la supremacía estadounidense, y, malos, si la resisten y desafían.

            A la par de su belicismo, Bush apela abiertamente a la mentira, tratando de cohesionar en su entorno a todos los ciudadanos estadounidenses y a los gobiernos del mundo, principalmente europeos. Habla de combatir al terrorismo, pero ampara a un connotado terrorista internacional como Luís Posada Carriles entretanto mantiene cautivos a cinco ciudadanos cubanos, sin derecho a la visita de familiares, a la defensa y a un juicio justo, al igual que lo hace con una cantidad indeterminada de “prisioneros de guerra” en el territorio usurpado de Guantánamo, escenario de las más degradantes torturas y humillaciones a las cuales pudiera someterse a cualquier ser humano. Se “preocupa” por el supuesto estado de deterioro de la democracia en Venezuela, pero en el interior de Estados Unidos ha implantado un sistema de control ciudadano que bien recuerda al “Big Brother” descrito por Orwell en “1984” y cuya última pretensión es la de vigilar y manejar los contenidos que se transmiten por Internet.

         Para Bush, dios encargado de erradicar el Mal de la faz de La Tierra, las guerras emprendidas (y por emprender) son “apropiadas y justas”. Todas, en función de la seguridad y de los intereses comerciales de las grandes corporaciones de la industria armamentista yanqui que ven en ellas la oportunidad dorada para aumentar sus ingresos. De ahí que el nacionalismo autóctono represente una amenaza que debe combatirse en cualquier región del mundo. Por ello, según Noam Chomsky, “los planificadores militares estadounidenses comparten la valoración de la comunidad de la inteligencia y expertos externos de que aquello que se denomina engañosamente “globalización” llevará a una división cada vez mayor entre los “ricos” y los “pobres”, contrariamente a la doctrina, pero de acuerdo a la realidad. Y será preciso controlar a los elementos rebeldes: infundiendo miedo, o tal vez mediante el uso efectivo de máquinas asesinas de gran poder destructivo lanzados desde el espacio”. Su propósito malsano es mantener un estado perpetuo de zozobra, enfrentamientos, temores e incertidumbres que redunde ampliamente en beneficio de su industria armamentista, en donde los intereses corporativos del capitalismo tengan una mayor importancia que la vida humana.