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TEMAS ANTIIMPERIALISTAS

REALIDAD Y PERVERSIDAD POLÍTICA DEL IMPERIALISMO

REALIDAD Y PERVERSIDAD POLÍTICA DEL IMPERIALISMO

           La profusa y continuada campaña de falsedades emprendida por el gobierno de George Walker Bush en contra de aquellos gobiernos y naciones a los cuales ha englobado en el llamado “eje del mal” ahora tiene como destino a Venezuela, según se puede constatar por lo dicho en fechas recientes por algunos de los principales representantes del gobierno estadounidense, incluyendo al mismo Bush. Todo esto repite el esquema de ablandamiento de la opinión pública mundial, tal como se hizo en los casos de Panamá e Irak, a fin de neutralizar cualquier reacción negativa y así justificar las acciones militares que regularmente ha protagonizado Estados Unidos en defensa de sus intereses particulares, por encima del Derecho internacional y ejemplificando el terrorismo de Estado. De igual manera, se busca precipitar planes semejantes a los aplicados en Chile, bajo la presidencia de Salvador Allende,  Ucrania, Georgia, Lituania y Serbia, en una combinación de elementos económicos, políticos, diplomáticos y militares que desestabilicen y desemboquen finalmente en el derrocamiento del gobierno de Hugo Chávez, dando así al traste con su ensayo revolucionario y al desafío que representa su prédica bolivariana, integracionista y nacionalista a la hegemonía gringa al sur del Río Bravo.

 

            Pero, aparte de ello, esto obedece también a la situación de crisis que padece Estados Unidos en el presente. Según James Petras, “considerando la crecida europea, la dependencia de Estados Unidos de la extracción de superávit cada vez mayores de América Latina ante las crisis internas, y los lazos estrechos entre la administración estadounidense y el gran capital, particularmente en los sectores extractivos, la única solución para Washington es militarizar y reforzar su control, aunque polarice y radicalice a América Latina”.

            Precisamente, ésta es la estrategia escogida por la Casa Blanca, expresada en el documento de Santa Fe IV, el ALCA y los diversos planes militares que envuelven a nuestro continente, desde México hasta el corazón de la América del sur, en una cruzada neocolonialista que se quiere hacer ver como de lucha contra el terrorismo y por el aseguramiento de las libertades democráticas de estos pueblos; teniendo en el Plan Colombia la punta de lanza de la injerencia yanqui en sus asuntos internos con la complicidad antinacional de los grupos políticos y económicos conservadores que ven en riesgo inminente sus privilegios de elite dominante. Para lograr el éxito de esta estrategia, el régimen de Bush no ha escatimado esfuerzo alguno y ha explotado hasta la saciedad el sospechoso ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, atribuyéndolo a grupos terroristas árabes, logrando convertir la ignorancia, los temores y los prejuicios del pueblo estadounidense en los principales soportes de su Acta Patriótica y de su doctrina de guerra preventiva, contando para ello con el apoyo incondicional de las grandes cadenas informativas conectadas a nivel mundial, de forma tal que solo se cuenta con una información sesgada, totalmente favorable a lo que dicta Washington, desconociéndose su contraparte.

 

            Para muchos, resulta inverosímil la realidad y la perversidad política del imperialismo yanqui, aunque se observen y se sientan sus efectos en muchas latitudes del planeta. Esto le ha permitido a la CIA y a otros organismos de seguridad estadounidenses el diseño y la   implementación de programas desestabilización e injerencia encubiertas en algunas naciones, sin que se pueda culpar de ello a su gobierno, aunque se descubran sus conexiones y financiamiento de partidos políticos y ONG`s a través de la National Endowment for Democracy (NED), como ocurre en Venezuela. De este modo, en palabras de Thierry Meyssan,  “la no violencia, que se admite como buena en sí misma y se asimila a la democracia, da un aspecto presentable a acciones secretas intrínsecamente antidemocráticas”. Esto, acompañado de una campaña masiva de desinformación, de captación de “disidentes” y de  reconocimiento oficial de personeros de oposición, en medio de amenazas veladas, y no tan veladas, de intervención militar, sea por propia mano o por intermediarios como Colombia. Es así que todo ello se hace con la más absoluta impunidad y con la complicidad ingenua de quienes niegan la realidad y la perversidad política del imperialismo, un vocablo aparentemente desfasado, perteneciente a los círculos marxistas-leninistas. Sin embargo, es necesario desenmascararlo, ya que -tal como lo advierte Petras- “el nuevo imperialismo no sólo esclaviza los cuerpos de sus súbditos sino que, además, trata de inculcar servilismo en sus mentes. La nueva barbarie imperial lo impregna todo de tal manera que necesita estarse negando a cada momento, ser racionalizada y justificada”. Frente al mismo, no resta sino oponerle, de forma consciente, la resistencia cultural e histórica de los pueblos que pugnan por liberarse del yugo imperialista al cual se les quiere uncir. Es más ardua, pero es el arma disponible más eficaz.-          

                          

TERRORISMO MADE IN USA

TERRORISMO MADE IN USA

“Hay que acabar con los terroristas. Enviemos tropas a la Casa Blanca”. Noam Chomsky, filósofo norteamericano.


Con Ronald Reagan de presidente, el imperialismo yanqui inició una etapa aún más agresiva y militarista en su empeño por lograr la hegemonía mundial frente a su rival de entonces, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Durante ésta, la administración Reagan-Bush (padre) financió grupos nacionales ultraderechistas, llegando – incluso - a entrenar y a suministrarle armas a quienes, como los “contras” en Nicaragua, trataban de derrocar a los gobiernos que no comulgaban con los intereses de Washington y que podrían orbitar alrededor de los soviéticos.

Durante esta etapa, la Casa Blanca intervino en la isla caribeña de Grenada y en El Salvador, donde apoyaron abiertamente a los grupos ultraderechistas que enfrentaban a los de izquierda, con la intención de contener a los sandinistas de Nicaragua; sin atender a los reclamos internacionales y precipitando una escalada armamentista en la región centroamericana, de la cual no fue ajena Venezuela al vendérsele una flota de aviones F-16 solicitados por el gobierno del Presidente Luis Herrera Campíns, al manejarse una hipotética guerra con Cuba. Todo esto dentro de su esquema de confrontación con ese otro bloque de poder imperialista que lo representó la Unión Soviética. Bajo tal argumento, la CIA y el Pentágono armaron ejércitos a Osama Bin Laden en Afganistán y a Saddam Hussein, al entrar Irak en guerra contra Irán durante diez largos años.

Desaparecida la URSS, alguna gente creyó ingenuamente que el mundo unipolar heredado de la Guerra Fría podría ahora sumergirse en una era de paz, desarrollo y convivencia feliz bajo el patrocinio capitalista. Los hechos posteriores, caracterizados por una feroz acometida del neoliberalismo económico fomentado por las corporaciones trasnacionales “made in USA” y un resurgir de luchas nacionalistas y populares, evidenciaron las graves dicotomías existentes. Es cuando surge en el Pentágono la fórmula de la guerra preventiva, con la cual Estados Unidos podría atacar y suprimir la amenaza potencial de algún gobierno o movimiento enemigo. Sin embargo, esta tesis guerrerista, surgida a finales de la administración de Bill Clinton, no parecía disponer de mucho asidero en la política imperialista norteamericana hasta que ocurrieron los muy oportunos ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York.

Hoy vemos cómo la administración imperialista y arrogante de Bush invade territorios en Asia, África y Europa, buscando consolidar su posición geopolítica hegemónica e ignorando adrede la opinión de sus mismos ciudadanos, el Derecho y las organizaciones internacionales. Intenta prever la situación de emergencia que la nación norteña sufrirá en los próximos decenios cuando comiencen a agotárseles los recursos estratégicos y tenga que competir con el poderío económico de Europa unida y con las naciones asiáticas, con China a la cabeza. De ahí que su mirada se pose, nuevamente, sobre lo que siempre consideró su patio trasero: América Latina. Sólo que confronta una realidad imprevista y bastante incómoda con el proceso revolucionario bolivariano que tiene como escenario a Venezuela, de ahí que no haya escatimado recursos y esfuerzos por ver derrocado al Presidente Hugo Chávez, estimulando acciones terroristas de parte de la oposición interna, como el golpe de Estado del 11 de abril de 2001, y amenazando, de paso, recurrentemente, con desatar una intervención armada directa en este país. Todo con la finalidad de que el mal ejemplo venezolano no se extienda por toda la ancha geografía americana y caribeña, acuñando la necesidad de “preservar la libertad democrática” y evitar el totalitarismo “castro-comunista” que Chávez extendería.

Por ello no extraña que el terrorismo que tanto preocupa a Estados Unidos y que le ha llevado a establecer bases y planes militares en todas las regiones del mundo, especialmente en nuestra América, tenga un tinte particularmente norteamericano, es decir, que es alimentado por las mismas apetencias de control económico y dominio territorial de los mismos Estados Unidos. Frente a tal realidad, cuaja con mucha vigencia lo dicho por el Che Guevara de “crear uno, dos, tres… muchos Vietnam” como una manera de combatir efectivamente el poderío imperialista norteamericano y lograr la emancipación total de nuestros pueblos explotados.-

ISRAEL Y EL ANTISEMITISMO COMO EXCUSA

ISRAEL Y EL ANTISEMITISMO COMO EXCUSA

La Declaración Balfour vino a constituir una realidad impuesta a los pueblos del Medio Oriente, basada más en un deseo por complacer a los judíos (o, supuestamente judíos, dada la dificultad histórica de establecer su verdadero origen judío, tras el genocidio cometido por las huestes romanas comandadas por Tito en el año 70 de la era común), quienes comenzaron a darle forma a las ideas nacionalistas expuestas por Theodore Herzl en su pretensión de crear el Estado judío en tierras de Palestina. En un primer momento, la declaración del gobierno inglés estuvo dirigida a obtener de los poderosos empresarios judíos su oportuna contribución financiera al esfuerzo bélico durante la Primera Guerra Mundial. Con ello en mente, nació el imperativo moral de las potencias aliadas de concretar la vieja aspiración de la Organización Mundial Sionista, reunida en 1897, de “readquirir” las tierras bíblicas que pertenecieran a sus antepasados, aun cuando habrían pasado unos dos mil años de una ausencia bastante notoria y documentada, por cierto.

            En la carta dirigida por Arthur James Balfour, Secretario de Relaciones Exteriores del imperio británico, el 2 de noviembre de 1917 a Lord Edmond James Rothschild, a la sazón presidente de la Federación Sionista de Gran Bretaña, se enunciaba que quedaba “claramente entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no-judías existentes en Palestina, o los derechos y status político de que gozan los judíos en cualquier otro país”, representando desde entonces el soporte legalizado con que se le dio nacimiento al actual Estado de Israel, no obstante ser la población judía apenas un 9% en un territorio de un 3,5 % de Palestina. Sin embargo, otros antecedentes, de muchos años atrás, dan cuenta del empeño de ciertos milenaristas que, creyendo adelantar las condiciones bíblicas acerca del fin de los tiempos profetizado en el libro de Apocalipsis (como ahora con George W. Bush y sus inmediatos colaboradores de la Casa Blanca ), vieron la conveniencia de facilitar el retorno de los judíos a la tierra prometida. Una cuestión que fue repitiéndose con cierta regularidad, al igual que los progroms o persecuciones y deportaciones de judíos ordenadas por los diferentes gobiernos europeos, ligándose en ella elementos religiosos y otros de abierta utilidad política, bajo la convicción de ser los judíos un pueblo sin país para un país (Palestina) sin pueblo. Entre éstos, se cuenta el Memorando Blackstone, en el cual se le propone en 1891 al Presidente de Estados Unidos convoque una conferencia internacional donde se aborde la restauración de Palestina al “pueblo elegido de Dios”, siendo base del patrocinio estadounidense a tal idea desde esa época. Estos factores -unidos al escandaloso genocidio del cual fueran víctimas algunos miles de judíos a manos de las hordas hitlerianas (sin ser ellos sus únicas víctimas)- facilitaron que éstos pudieran establecerse como colonos en aquellas tierras, generando desde entonces una situación de violencia permanente, donde la población árabe ha sido víctima constante del terrorismo sionista.

      

            Esta situación de violencia permanente, donde un pueblo es atropellado vil e impunemente, sin que haya una acción decidida de la comunidad internacional para impedirlo, tiene el claro propósito de desalojar definitivamente a quienes vivieron secularmente en estas tierras, en este caso, a los palestinos, haciendo gala de un nacionalismo fascista innegable de parte de quienes dirigen el Estado de Israel. Las denuncias y advertencias vertidas al respecto han motivado como respuesta la acusación de antisemitismo, lo cual les ha servido como excusa a los sionistas (no los judíos o hebreos, como se quiere hacer creer) y como chantaje emocional al rememorar lo del Holocausto, restándole a los árabes su condición de pueblo semita que les corresponde por ser descendientes del patriarca Abraham, resultando que la mayoría de los judíos asentados en Palestina proviene de Europa. Esta línea de conducta la marcó el mismo Herzl al decir que era esencial que los sufrimientos de los judíos empeorasen, induciendo el antisemitismo. “El antisemitismo -diría- nos ayudará a fortalecer la persecución y opresión de los judíos. El antisemitismo será nuestro mayor apoyo”. A ello se uniría la decisión de expulsar a los pobladores seculares de Palestina, expuesta por David Ben Gurión en mayo de 1948: “Debemos utilizar el terror, el asesinato, la intimidación, la confiscación de tierras y el corte de todos los servicios sociales para deshacernos de la población árabe de Galilea”. Otro tanto afirmaría Golda Meir, para quien la cosa parecía más simple: “No es que había un pueblo palestino en Palestina, que se consideraba como pueblo palestino, y entonces llegamos nosotros y los expulsamos y les quitamos su país. Ellos no existen”. Así que el sionismo es nada más y nada menos que un nacionalismo racista, deleznable y condenable desde todo punto de vista, como lo determinara una de las resoluciones de la ONU ; un antisemitismo aplicado, precisamente, contra los pueblos semitas originarios, esto es, los árabes de Medio Oriente.

            En la actualidad, este mismo antisemitismo se utiliza para reforzar la política expansionista israelita, secundada por Washington, logrando -incluso- que se juzgue a árabes y musulmanes como equivalentes de terroristas, aprovechando el control de los medios industriales de información que sesgan todo lo referente a la grave situación de violación sistemática de los derechos humanos de los palestinos al defender las tierras de sus ancestros. Esto también vale para descalificar el apoyo a los árabes reprimidos a diario por los soldados sionistas, sin importar si en la misma mueren niños y adultos desarmados; lo cual sería respaldar, en consecuencia, al terrorismo, argumento muy de moda que pretende ignorar, a su vez, el terrorismo de Estado también implementado por Estados Unidos y sus socios europeos.-

LA FALSA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO INTERNACIONAL

LA FALSA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO INTERNACIONAL

         Es casi unánime la percepción y el convencimiento a escala mundial respecto a que todo el accionar antiterrorista del gobierno de Estados Unidos después de los sospechosos atentados contra las Torres gemelas de Nueva York en 2001 (muy apegado, por cierto,  a la política seguida por el Estado de Israel en su ambición expansionista a costa de las fronteras de los países que lo circundan en el Medio Oriente) es falso, representando una doble moral con la cual acreditar la visión del mundo contemporáneo en una sola dirección: aquella que redunde en grandes ganancias y control directo de fuentes energéticas por parte de las  corporaciones transnacionales vinculadas, precisamente, con muchos de los altos funcionarios de Washington. A esto habría agregar la actitud cínica adoptada en relación con el terrorista anticastrista Luís Posada Carriles a quien se le ha brindado apoyo, a pesar de las pruebas irrefutables exhibidas, incluyendo su propia confesión al admitir su participación en el atentado a un avión cubano que le costó la vida a un grupo de atletas en 1976; a pesar de ello, las autoridades gringas se han valido de algunos tecnicismos legales para eludir las solicitudes interpuestas, por separado, por Cuba y Venezuela. 

           Asimismo,  hay que mencionar el caso de los Cinco Héroes Cubanos a quienes se ha sometido a un régimen de reclusión vejatorio y discriminatorio en cárceles de Estados Unidos, sin existir pruebas concluyentes que los señalen como culpables de perpetrar o planificar hechos terroristas en dicha nación, manteniéndolos en un estado de indefensión y de aislamiento total, sin permitirles siquiera una visita de sus familiares más cercanos. Mientras tanto, aceptan, justifican, silencian y respaldan todos los planes terroristas de los grupos opositores al gobierno cubano, radicados mayormente en la península de la Florida, convirtiendo en política de Estado el odio anticomunista y contrarrevolucionario fermentado por tales grupos desde hace décadas, acentuando aún más las restricciones impuestas por el bloqueo económico a la Isla en la esperanza de que -algún día- se restituirá el status quo anterior a 1959, cuando triunfara la revolución con Fidel al frente.           

          Pero, las cosas no se limitan a estos extremos, como se puede constatar con las agresiones militares a los pueblos inermes de Afganistán e Irak, alegando -sin evidencias- que en ambos países se fomentaba y se cobijaba al terrorismo internacional, en una desproporción desmesurada, sangrienta e ilegal, violatorias del Derecho Internacional, la Convención de Ginebra y de las jurisprudencias del Tribunal Internacional de La Haya, lo mismo que la Carta fundacional de la ONU; de modo que el terrorismo adjudicado a otros termina por atribuírseles a quienes presuntamente están enzarzados en una guerra unilateral mundial contra el mismo, investidos de una autoridad divina que nadie les otorgó. Todo ello acompañado de un silencio cómplice y de una manipulación informativa generados desde Estados Unidos por las grandes corporaciones de noticias, los cuales se extienden sin chistar a todos los continentes, uniformando así la opinión que podría tenerse al respecto. Como siempre, en toda esta situación generalizada de falsa guerra contra el terrorismo, el principal actor es el imperialismo gringo y su frenético afán de dominación planetaria, al querer aprovecharse de la inexistencia -al implosionar la URSS- de un contrapoder en igualdad de condiciones. Esta es la imposición brutal de un nuevo orden mundial (el nuevo siglo estadounidense) que subordina los intereses y las soberanías de los pueblos en un remedo magnificado de lo hecho desde 1948 por el Estado de Israel en Medio Oriente, prefigurando de este modo un fascismo planetario, negador de los principios democráticos más elementales, como ocurre con quienes tuvieron la mala suerte de ser prisioneros de las tropas invasoras estadounidenses en Afganistán e Irak y ahora se encuentran en un limbo jurídico en la base naval de Guantánamo.           

          Con semejantes antecedentes (verificables en cualquier momento, sin incluir el abultado expediente del intervencionismo constante y diversificado en nuestra América casi desde el momento mismo de la Independencia) hay que develar las aviesas intenciones escondidas tras esta falsa guerra contra el terrorismo emprendida por el imperialismo yanqui, de manera que la defensa legítima de la autodeterminación de los pueblos se mantenga por encima de cualquier otra consideración, estimulando un mundo multipolar y seguro para todos.-    

 

VENEZUELA: UNA PRIORIDAD PARA EL IMPERIO

VENEZUELA: UNA PRIORIDAD PARA EL IMPERIO

Considerada por Washington “cabeza de área” en la seguridad del hemisferio occidental sur, Venezuela ocupa una prioridad entre el cúmulo de preocupaciones e intereses de los jerarcas neoconservadores de la Casa Blanca por lo que representa en materia energética y por la influencia ideológica que pudiera tener a nivel continental y planetario de continuar Hugo Chávez en la Presidencia de la República , afianzando aún más el proceso revolucionario bolivariano. De ahí que el gobierno estadounidense no haya cejado en su objetivo -aunque manifieste lo contrario- por evitar a toda costa un régimen incómodo al sur de sus fronteras, especialmente cuando se encuentra dedicado a expandir y a asegurar el dominio hegemónico al cual cree tiene derecho por encima de cualquier consideración moral y legal que no responda a su visión fascista y fundamentalista de lo que debe ser el mundo contemporáneo, obligando a los gobiernos a adoptar -respecto a la política exterior de Estados Unidos- una sumisión cercana a la practicada por las naciones tributarias de los imperios del pasado.

En el caso venezolano, el régimen belicista de George W. Bush ha estimulado, apoyado, diseñado y financiado diversas actividades desestabilizadoras, incluso el clásico golpe de Estado y la posibilidad del magnicidio que se ha ventilado abiertamente en los círculos de opinión de Estados Unidos; lo cual constituye una política injerencista bien definida en los asuntos internos de Venezuela, cosa que nunca han negado de manera convincente. Esta política recuerda lo hecho en diferentes épocas en países de nuestra América, quedando sólo por aplicarse la intervención armada al igual que en Afganistán o Irak. Frente a esta desestabilización que por momentos parece intensificarse, cambiando apenas los actores locales que la promueven, Chávez, su gobierno y, en general, el pueblo bolivariano, mantienen una resistencia que muchas veces se manifiesta a la defensiva, sin avanzar de manera uniforme en la consolidación del proceso revolucionario, cuestión que -una vez superada la coyuntura del momento- alienta los ataques oposicionistas. Esto lo conocen y estudian los think tanks que el imperialismo yanqui ha instalado en suelo venezolano, asesorando a los sectores contrarrevolucionarios, de modo que los escenarios anticipados se concreten en la realidad. Es como si la estrategia de guerra aplicada a la revolución sandinista en Nicaragua durante los años 80 del siglo pasado se estuviera repitiendo en Venezuela, pero bajo otros parámetros, con una Contra representada por algunos de los grandes medios de comunicación nacionales, gracias a los cuales se mantiene latente la oposición al avance del proyecto bolivariano, dado que el acelerado desgaste, falta de credibilidad y ambición de poder de la dirigencia tradicional impide que haya una opción seria que pudiera mermarle apoyo a Chávez y al proceso revolucionario, no obstante las deficiencias presentadas en algunos regiones. 

            Esta situación bien la resume Juan Francisco Coloane al escribir, a propósito de los disturbios que buscaron originarse a raíz de la no renovación de la concesión a Rctv, que “sea el intervencionismo a través de una desestabilización política interna apoyada por poderes políticos externos, sea por medio de la presión internacional, la situación política venezolana está expuesta al tipo de distorsión que más daño le ha hecho a la construcción de democracias liberales republicanas. El tema de la libertad de expresión ahoga la posibilidad de ver el tema mayor o central en la crisis venezolana, que es el del intervencionismo externo”. Tal cuestión, sin embargo, busca minimizarse conscientemente desde los principales medios informativos, aprovechando la amplia cobertura de que disfrutan en territorio venezolano, atribuyéndole al gobierno chavista toda la culpa, sin reconocerle  lo mismo a quienes buscan su derrocamiento por cualquier vía. Esta es parte de la estrategia que maneja Washington a largo plazo, junto con sus aliados internos, seguros de que, una vez hostigado el avance revolucionario, podrían darle el zarpazo final. Un cálculo audaz que, al igual que en ocasiones anteriores, se estrellaría contra la voluntad inquebrantable y esperanzada de los venezolanos por acceder a una sociedad de mayor democracia y de mayor bienestar colectivo.

EN EL REINO DEL DIOS GEORGE W. BUSH

EN EL REINO DEL DIOS GEORGE W. BUSH

El mundo fascista manipulado por los grandes centros de poder mundial imaginado por George Orwell en su obra distópica “1984”, está rebasado por las perspectivas del mundo que pretende crear a su medida el Presidente George Walker Bush, convencido de interpretar y de seguir la voluntad divina en las “vísperas” del Advenimiento y de la Guerra de Armagedón que señala el último libro de la Biblia. Junto a colaboradores y socios neoconservadores maneja la tesis según la cual Estados Unidos libra una guerra crucial en defensa de los valores de la civilización occidental y cristiana en contra de las fuerzas del Mal. Para ello, opera dos importantes recursos, ambos interrelacionados y puestos a su disposición tras el atentado del 11 de septiembre de 2001, aunque vienen aplicándose con mucha anterioridad: el uso indiscriminado del poderío militar yanqui en contra de naciones más débiles militarmente, sin miramiento alguno por lo que diga la comunidad internacional; así como también el apoyo solícito automático e ideológico de los grandes medios de comunicación. Ambos recursos le han creado a Estados Unidos la imagen de una potencia mundial temeraria, que actúa de modo irracional y retaliativo, con lo cual se convierte en un peligro sin control para la paz internacional y la autodeterminación de los pueblos.

            Básicamente, éstos son los mismos esquemas belicistas y racistas aplicados por el Estado de Israel en las tierras árabes que ha usurpado desde hace ya más de cuatro décadas, sin que exista freno alguno a sus desmanes constantes, incluida la agresión sin justificación a los países vecinos, como el Líbano. Con ello en su agenda, Washington divide a gobiernos y naciones según su personal y único criterio: buenos y demócratas, si acatan y secundan la supremacía estadounidense, y, malos, si la resisten y desafían.

            A la par de su belicismo, Bush apela abiertamente a la mentira, tratando de cohesionar en su entorno a todos los ciudadanos estadounidenses y a los gobiernos del mundo, principalmente europeos. Habla de combatir al terrorismo, pero ampara a un connotado terrorista internacional como Luís Posada Carriles entretanto mantiene cautivos a cinco ciudadanos cubanos, sin derecho a la visita de familiares, a la defensa y a un juicio justo, al igual que lo hace con una cantidad indeterminada de “prisioneros de guerra” en el territorio usurpado de Guantánamo, escenario de las más degradantes torturas y humillaciones a las cuales pudiera someterse a cualquier ser humano. Se “preocupa” por el supuesto estado de deterioro de la democracia en Venezuela, pero en el interior de Estados Unidos ha implantado un sistema de control ciudadano que bien recuerda al “Big Brother” descrito por Orwell en “1984” y cuya última pretensión es la de vigilar y manejar los contenidos que se transmiten por Internet.

         Para Bush, dios encargado de erradicar el Mal de la faz de La Tierra, las guerras emprendidas (y por emprender) son “apropiadas y justas”. Todas, en función de la seguridad y de los intereses comerciales de las grandes corporaciones de la industria armamentista yanqui que ven en ellas la oportunidad dorada para aumentar sus ingresos. De ahí que el nacionalismo autóctono represente una amenaza que debe combatirse en cualquier región del mundo. Por ello, según Noam Chomsky, “los planificadores militares estadounidenses comparten la valoración de la comunidad de la inteligencia y expertos externos de que aquello que se denomina engañosamente “globalización” llevará a una división cada vez mayor entre los “ricos” y los “pobres”, contrariamente a la doctrina, pero de acuerdo a la realidad. Y será preciso controlar a los elementos rebeldes: infundiendo miedo, o tal vez mediante el uso efectivo de máquinas asesinas de gran poder destructivo lanzados desde el espacio”. Su propósito malsano es mantener un estado perpetuo de zozobra, enfrentamientos, temores e incertidumbres que redunde ampliamente en beneficio de su industria armamentista, en donde los intereses corporativos del capitalismo tengan una mayor importancia que la vida humana.

LA AGRESIÓN A IRÁN O LA MUNDIALIZACIÓN DEL MIEDO Y DE LA SUMISIÓN

LA AGRESIÓN A IRÁN O LA MUNDIALIZACIÓN DEL MIEDO Y DE LA SUMISIÓN

Bajo la presunción (no comprobada) de representar Irán un serio peligro para la paz mundial, el gobierno belicista de George W. Bush ordenó al Pentágono el despliegue de sus fuerzas militares en la región, al vencerse el plazo fijado para que Teherán desista de sus propósitos nucleares. Coincidencialmente, el ubicuo Osama Bin Laden y su organización Al Qaeda reaparecen en escena, justamente para amenazar a los proveedores de petróleo de Estados Unidos, entre los cuales se halla Venezuela. Como en otros casos de agresión imperialista, la campaña propagandística montada desde hace tiempo justifica el derecho casi divino de Bush de recurrir a la guerra preventiva para reafirmar mediante ella el rol hegemónico indiscutible de Estados Unidos en el espectro mundial. En la situación actual, las intenciones de Irán de acceder al dominio del átomo es la excusa que podría favorecer la conformación de una coalición militar similar a la que ocupa Afganistán e Irak, con la adición de que el gobierno iraní estaría ayudando a la resistencia iraquí, con lo que se exacerbaría aún más el temor europeo al terrorismo internacional. Todo ello configurando un cuadro que no deje lugar a dudas sobre la conveniencia de acabar con la soberanía iraní, algo que Washington ha tolerado a regañadientes desde 1979 cuando su buen aliado, el Sha de Persia, fuera derrocado por la revolución islámica encabezada por el Ayatollah Ruhollah Jomeini.           

Dotado de una doctrina apocalíptica, Bush protagoniza esta nueva cruzada, dirigida más a asegurarle a su país el control del petróleo en la región del Oriente Medio que a combatir, como argumenta, por la libertad y en contra del terrorismo. Es interesante notar que –una vez desaparecido el imperialismo soviético- la teoría del complot islámico y del choque de las civilizaciones delineada por Bernard Lewis, Samuel Huntington y Laurent Murawiec en combinación con los ziocons (conservadores sionistas) vino a reemplazar los argumentos ideológicos que prevalecieron durante la época de la Guerra Fría, con un Estados Unidos, convertido en paladín de la civilización occidental, enfrentado a la barbarie y el arcaísmo atribuidos al mundo árabe-musulmán. Esto se ha ido reforzando y agudizando a través de los diferentes medios de comunicación, a tal extremo que cualquier ciudadano estadounidense considera su deber patriótico y religioso aniquilar el “terrorismo islámico” e imponer en su lugar los valores que representan a su nación. En este sentido, se explica el apoyo incondicional brindado por Estados Unidos al Estado de Israel en su largo conflicto histórico con los palestinos y sus vecinos árabes, cosa que se incrementó con Bush al incluir el remodelamiento político-territorial del Medio Oriente y Asia como parte fundamental de su estrategia geopolítica, como un primer paso para asegurar su abastecimiento energético y enfilar sus baterías, posteriormente, contra China, de modo que no exista ya ningún posible adversario de Estados Unidos en el mundo. Algo que también anticipa y denuncia Rusia al constatar cómo sus fronteras están rodeándose con armas estratégicas con sello estadounidense, en clara advertencia de que se le considera, igualmente, un rival de cuidado.           

Es obvio, entonces, que al gobierno de George W. Bush lo domina la idea de establecer, a cualquier precio, la mundialización del miedo y de la sumisión. Para ello le es vital someter al régimen incómodo de Irán, así como neutralizar a Siria y, eventualmente, a Venezuela. A la par del control directo de los yacimientos petrolíferos y expandir su dominio económico y militar, disminuiría significativamente las fuerzas rebeldes que, desde el mal llamado Tercer Mundo, cuestionan tal dominio, en lo que es una falange global fascista manejada desde las corporaciones transnacionales. De este modo, por encima del raciocinio más elemental y del Derecho Internacional, la agresión imperialista en curso contra Irán constituye parte de la estrategia neocolonialista que se han fijado Estados Unidos, Gran Bretaña y sus demás socios europeos: redibujar el orden de seguridad internacional de acuerdo con los principios e intereses de Washington.-                

EL CAOS CONSTRUCTOR Y EL REALINEAMIENTO IMPERIAL

EL CAOS CONSTRUCTOR Y EL REALINEAMIENTO IMPERIAL

          Enfocado en lo que sería el “nuevo siglo (norte) americano”, el gobierno neoconservador de Washington incrementa su presencia militar en todo el mundo, de tal modo que cualquier manifestación de soberanía considerada lesiva a sus intereses geopolíticos podría ser sofocada, eventualmente, invocándose para ello una hipotética preservación de la libertad y de la paz internacionales a manos de los tropas estadounidenses. Este designio -concebido en las dos últimas décadas del siglo XX a  propósito de la implosión de la Unión Soviética- se asienta también en el apoyo económico y político, además del equipamiento, el entrenamiento y la asesoría en materia militar a regímenes dispuestos a aplastar la resistencia interna de sus pueblos a la implantación de los TLC´s u otro mecanismo de dominación enmarcado en la globalización económica neoliberal.

             No es de extrañar que, como sucede en Colombia, uno de los enclaves más importantes de Estados Unidos en nuestra América, se prefiera la ayuda militar para, supuestamente, neutralizar al narcotráfico, siendo evidente que se pretende contener el avance de la lucha guerrillera que allí tiene lugar, lo que -combinado con lo que ocurre en Venezuela bajo el liderazgo de Hugo Chávez- representa una grave amenaza al secular dominio yanqui y a la estabilidad de gobiernos y elites afectos a Washington. Pero, al margen de ello, el binomio Washington-Bogotá desarrolla una política de exterminio de poblaciones enteras, resultando un hecho cotidiano trágico su desplazamiento a sitios seguros bajo la simple sospecha de simpatizar con las FARC o el ELN, o de tener la desgracia de morar en alguno de los territorios apetecidos por las corporaciones transnacionales estadounidenses y europeas, las cuales ya anticipan grandes ganancias en complicidad con las elites gobernantes de este país. Es un trabajo de reingeniería social que algunos denominan caos constructor, siendo aplicado en otras regiones del planeta, como el Medio Oriente y parte de Asia.

             Según los teóricos de este caos constructor, es fundamental que el poder se ejerza de manera diligente, venciendo por cualquier medio todo tipo de resistencia y sometiendo a los pueblos a la más grande inestabilidad, de forma que los sectores dominantes aseguren su status, permitiéndose un reordenamiento de las fronteras conocidas. Esto, en el caso de la agresión sionista al Líbano, según la afirmación hecha por Condoleeza Rice, sería “el comienzo de las contracciones del nacimiento de un nuevo Medio Oriente y tenemos que estar seguros de que todo lo que hagamos vaya en el sentido del nuevo Medio Oriente, no hacia el regreso al anterior”. Así resultan entrelazados los intereses del Tío Sam con los de Israel, prefigurados en 1996 en un vasto proyecto de colonización de esta convulsiva región elaborado por los neoconservadores ahora en el poder. En éste, se contemplaba la eliminación física de Yasser Arafat, la anexión israelí de los territorios palestinos, el desmembramiento de Irak, las amenazas a Irán, Siria y el Hezbollah, y la utilización de Israel como base complementaria del programa militar Guerra de las Galaxias que se iniciara en Estados Unidos durante la Guerra Fría. Este caos constructor afectaría seriamente las fronteras, los Estados y los gobiernos, llegándose a fomentar conflictos bélicos entre los mismos que redundarían en el realineamiento imperialista de Estados Unidos, secundados por los gobiernos de Europa.

            Para los neoconservadores de la Casa Blanca ello encaja perfectamente en sus propósitos de ejercer un control más directo y efectivo sobre aquellas regiones ricas en biodiversidad, agua y, sobre todo, en petróleo en lo que constituiría su dominio del espectro mundial para el año 2020. En esto no han escatimado esfuerzos, aún en contra de la opinión pública estadounidense, de la ONU y del Derecho Internacional. En este caso, Bush y sus aliados representan un serio peligro para la paz mundial, a pesar de la reiterada propaganda que vierten en contra de otros gobiernos a quienes acusan de serlo.-