Blogia

Homar_mandinga

LA DEMOCRACIA CONSEJISTA Y EL PORVENIR DE LA REVOLUCIÓN VENEZOLANA

LA DEMOCRACIA CONSEJISTA Y EL PORVENIR DE LA REVOLUCIÓN VENEZOLANA

Un amplio conjunto de circunstancias históricas, económicas, políticas, sociales y culturales han permitido que en Venezuela -en uno u otro aspecto- se esté definiendo y construyendo lo que podría llamarse una democracia consejista, producto ella de ese ejercicio pleno de la soberanía popular que se desprende de lo establecido en la Constitución Bolivariana y que se traduciría en acciones puntuales de transformación estructural del viejo Estado burgués-liberal que aún persiste, a pesar del andamiaje legal que le da protagonismo y participación a las diferentes organizaciones del poder popular. Debido a ello (más la infeliz situación creada por algunos jerarcas políticos y gobernantes en cuanto a los viejos vicios de la política tradicional que los convierte en arribistas de nuevo cuño, obsesionados por un enriquecimiento súbito, amparado en la legalidad), se impone la necesidad insoslayable de profundizar en el avance y en la organización revolucionarios de los sectores populares, de modo que exista la posibilidad inmutable de hacer irreversible el proceso revolucionario bolivariano socialista, no obstante las evidentes contradicciones e inconsistencias ideológicas que acusa en su interior.

Bajo tal perspectiva, la democracia consejista representaría ese salto cualitativo que requiere con sentido de urgencia el proceso revolucionario bolivariano socialista, convirtiéndose sin demagogia alguna en una democracia directa que haga realidad la emancipación integral del pueblo venezolano y asiente, de una vez por todas, las bases de un nuevo modelo civilizatorio totalmente opuesto al impuesto por el sistema capitalista. De ahí que, junto con la transformación estructural del Estado vigente y el surgimiento de un nuevo modelo económico que rompa con los paradigmas capitalistas, la participación protagónica del pueblo organizado es elemento fundamental para asegurar entonces el porvenir de la revolución venezolana, venciendo todas las resistencias y todas las contradicciones que han impedido -por ahora- su definitiva realización.

Esta democracia consejista, por supuesto, exige de los sectores revolucionarios populares que asuman con conciencia socialista la comprensión objetiva del importante momento histórico que les corresponde vivir, dotados ellos de una formación teórica revolucionaria sostenida, de manera que contribuyan a la transición al socialismo bolivariano, más allá de los discursos oficiales o de moda, permitiéndose a sí mismos el control definitivo del poder, ejerciendo el autogobierno, en vez de ser actores pasivos y dependientes de aquellos que ocupan cargos de gobierno y de dirección político-partidista.  Ello haría posible, además, una efectividad real en la solución de los problemas coyunturales y estructurales que presenta la sociedad venezolana desde antes que Hugo Chávez irrumpiera en la escena política del país en 1992, los cuales resultarán difíciles de reducir y/o eliminar sin esa participación cierta de dichos sectores.

Al respecto, hay que admitir que el control total del poder constituido no es una condición sine qua non para que se lleve a cabo la revolución socialista, aunque la facilite en muchos casos, si dicho control se basa en una simple reproducción y acentuación de las relaciones y de las estructuras de poder que usurparan por tanto tiempo las minorías dominantes ahora desplazadas. El hecho mismo que personas sin la debida capacidad, integridad y formación revolucionaria hayan copado este poder constituido, hace más urgente este cometido de vital importancia para la evolución y porvenir del proceso revolucionario bolivariano socialista en Venezuela.-        

 

A PROPÓSITO DEL TRIUNFO CHAVISTA EL 8-D

A PROPÓSITO DEL TRIUNFO CHAVISTA EL 8-D

        Es innegable que, con los resultados de las recientes elecciones municipales en Venezuela donde las opciones del chavismo obtuvieron el triunfo mayoritario, se abren algunas interrogantes respecto a si dicho triunfo responde a un avance firme del proceso revolucionario bolivariano socialista o si, por el contrario, es simplemente algo que encaja en lo que siempre han sido las elecciones en cualquier lugar del mundo según las reglas burguesas tradicionales, sin mayores consecuencias respecto a los cambios que han de producirse todavía a la luz del Plan de la Patria que se heredara de las manos del Comandante Hugo Chávez. Hasta ahora, algunos dirigentes chavistas y analistas políticos sólo se han limitado a resaltar el porcentaje de votos de diferencia en relación a elecciones pasadas, pero sin explicar -con un mínimo de objetividad- qué pasó en aquellos municipios donde venció la oposición, incluso en aquellos donde la gestión de alcaldes de la derecha no es nada satisfactoria, según la percepción generalizada de sus habitantes.

        Quizás valga la pena rememorar a propósito lo afirmado por Chávez en el Encuentro de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad en 2004 en Caracas: “No hace falta ser militar para saber que la mejor defensa es el ataque. Por eso, la humanidad debe pasar a la ofensiva. Pero toda ofensiva requiere un plan, una estrategia, unos actores coordinados, estructurados conscientes. Y también se requiere saber hacia dónde va la ofensiva, quién es el oponente principal o los oponentes principales”. Tal ofensiva, tal plan y tales actores no pueden (ni deben) responder a coyunturas que se presenten eventualmente, sin disponer de una comprensión cabal de las mismas, evitándose con ello la improvisación. Esto no ocurriría si se contara con una conciencia revolucionaria sistemática y sensatamente formada, la cual advertiría perfectamente quiénes son los oponentes a vencer, de modo que se garantice la continuidad y la consolidación del proceso revolucionario bolivariano socialista; erigiéndose, en consecuencia, todas las condiciones subjetivas y objetivas requeridas para que surja con toda su potencialidad creadora y re-creadora el poder popular, además del Estado comunal o consejista que se derivaría de su accionar revolucionario.

            Si los resultados electorales del 8 de diciembre apuntan a esto último, entonces quienes ahora ejercen cargos de dirección política y de elección popular tendrán que coadyuvar al surgimiento de unas nuevas relaciones de poder, con evidente hegemonía popular, sin que exista una posibilidad minúscula de reproducción de los viejos vicios clientelares que aún persisten en muchas instituciones públicas. Su compromiso como revolucionarios (y chavistas, en el caso de considerarse como tales) sería -más que todo- favorecer los cambios estructurales de las instituciones que dirigen y no permitirse que sus intereses estén centrados en sí mismos, coartando toda expresión de participación y protagonismo del movimiento popular revolucionario, sobre todo, cuando éste debe orientarse a la construcción revolucionaria de las comunas socialistas. Esto no puede sujetarse, por supuesto, a una cotidianidad meramente pragmática, reduciéndose todo al cumplimiento de una gestión eficaz, pero que no armoniza con el propósito primordial de hacer una verdadera revolución socialista, de manera que ella sea entonces la nueva realidad que construya el pueblo organizado, dotado de las herramientas teóricas y legales que la harán permanente.-

EL LEGADO DE CHÁVEZ: ¿REVOLUCIÓN O GOBERNABILIDAD REFORMISTA?

EL LEGADO DE CHÁVEZ: ¿REVOLUCIÓN O GOBERNABILIDAD REFORMISTA?

              
En su fase actual, el proceso revolucionario bolivariano socialista en Venezuela -de continuar fortaleciéndose en su seno una tendencia pro capitalista y reformista, tanto en la dirección política como en las diversas estructuras de gobierno- podría derivar en una versión remozada del antiguo Pacto de Punto Fijo  (con inclusión de sectores abiertamente contrarios a los ideales socialistas pregonados por Hugo Chávez). Esto precipitaría, en alguna forma, la agudización de las múltiples contradicciones que pudieran existir, muchas de las cuales fueran contenidas durante algún tiempo gracias al liderazgo carismático de Chávez, pero que, al desaparecer éste sin poder darle bases sólidamente sustentadas al proyecto de la revolución bolivariana mediante el papel protagónico y decisivo de los sectores populares, aflorarían sin mayores controles frente a quienes le han sucedido en el poder.

Siendo ello posible, no es descartable que la dirigencia de tal tendencia se esté planteando a sí misma optar explícitamente por esta vía, a fin de preservar los espacios conquistados y continuar explotando a su favor el fervor popular despertado por el Comandante Chávez, pero ahora contando con el apoyo de quienes están en la acera de enfrente aunque esto se niegue -por ahora- de manera rotunda y reiterada. Todo esto bajo el argumento de preservar la gobernabilidad del país, asegurar el cumplimiento de los acuerdos comerciales internacionales y reducir las amenazas potenciales de una mayor injerencia del imperio estadounidense en los asuntos internos de Venezuela.

Con base a este somero análisis, podría deducirse que ya no serían entonces las acciones desestabilizadoras de los grupos opositores las que obliguen al gobierno y a la dirección política chavistas a definir posiciones respecto a darle o no la continuidad y la profundización de los cambios iniciados por Chávez  o, por el contrario, los frenarían para conservar -sencillamente- el estatus alcanzado. En este caso, serían los mismos sectores populares organizados que respaldaron siempre el liderazgo y toda iniciativa de Chávez, a pesar de conocer o entrever que muchos de sus partidarios en el poder no tienen su mismo nivel de compromiso revolucionario.

Como lo sugiriera Íñigo Errejón en su artículo “Chávez somos todos”, “la elevación de la figura del Comandante por encima de la disputa política, ya sea por la hipócrita condescendencia a posteriori o por una sincera nostalgia militante, puede contribuir a convertirlo en un ´transversal ideológico’: un referente central en la cultura política venezolana, que ya no suscita choques y que es un consenso conjugado en pasado, pero de poco impacto político en el presente. Tras su fallecimiento, la figura de Chávez es tan solo abiertamente rechazada por la minoría que aún sueña con volver, pacíficamente o no, al país anterior a la irrupción de masas en el Estado. Cuando estos sectores acusan a la revolución bolivariana de polarización la están acusando de politizar la pobreza y la exclusión, esto es: volverlas un asunto público, discutible y solucionable, en lugar de un dolor sordo y privado”.

Esta nueva situación pudiera desencadenarse a través de protestas aisladas, exigiendo algunas reivindicaciones básicas no satisfechas, pero que -generalizándose-  tendrían visos de una amplia rebelión popular en vista del estancamiento y retroceso que afectaría la marcha del proceso revolucionario bolivariano socialista. Aunque también sería posible que la misma sea superada, adoptando sin pudor los parámetros capitalistas para compensar las demandas de bienestar de la población venezolana y recurriendo entonces a medidas que aseguren su poder adquisitivo y otros bienes materiales, lo que significaría el abandono de los elementos ideológicos y políticos que alimentaron inicialmente el proyecto de revolución bolivariana que enarbolara Chávez con todo aquello que había enfrentado el pueblo consecutivamente desde 1989.-   

LA INSURRECCIÓN CÍVICO-MILITAR DEL 27 DE NOVIEMBRE DE 1992

LA INSURRECCIÓN CÍVICO-MILITAR DEL 27 DE NOVIEMBRE DE 1992

La insurrección cívico-militar del 27 de noviembre de 1992 en contra del régimen puntofijista representó la evidencia más palpable del grado de deterioro moral y de falta de legitimidad popular que éste ya venía sufriendo desde hace algunas décadas atrás, cuyos rasgos más resaltantes eran el parasitismo empresarial, la impunidad y la corrupción política generalizada. Para entonces, las luchas populares fueron moldeando e incrementando un estado tal de resistencia, incluyendo la resistencia pasiva expresada en la abstención electoral que se mantenía en persistente ascenso, sin que las elites dominantes llegaran a imaginar y a comprender cabalmente la magnitud del deterioro continuo de la hegemonía largamente ejercida sobre los sectores populares; una cuestión que debió ponerlas en alerta inmediata luego de producirse la rebelión popular del 27 de febrero de 1989 cuando el gobierno de Carlos Andrés Pérez quiso implementar obedientemente el recetario neoliberal recomendado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) para remediar el serio declive sufrido por la economía rentista venezolana.  

Sin embargo, citando a uno de sus líderes militares principales, el General Francisco Visconti, de la Fuerza Aérea, “siendo la insurgencia cívico-militar del 27 de noviembre de 1992 un acontecimiento de extraordinaria trascendencia en la historia contemporánea de nuestra Patria, este capítulo no ha sido analizado, estudiado ni registrado con suficiente interés, atención y profundidad: sin el 27-N no hubiese sido sometido a juicio y finalmente removido de la presidencia de la República el ciudadano Carlos Andrés Pérez; sin el 27-N no se hubiese consolidado la opinión y la voluntad nacional por el cambio y la transformación político-social de nuestro país. Tampoco habríamos logrado, sin el 27-N, una matriz de opinión favorable al proceso de cambio venezolano a nivel internacional y obtenido los sobreseimientos de las causas de los compatriotas combatientes del 4-F que se encontraban presos y, en general, no habríamos fortalecido férreamente el gran sentimiento nacional por el proceso revolucionario bolivariano que los venezolanos estamos construyendo hoy día”.

Teniendo en cuenta este breve análisis del General Visconti, habría que reivindicar esta importante insurrección cívico-militar, puesto que sin ella quizás la historia fuera otra. Aquella unidad de patriotas civiles y militares tenía como orientación principal el rescate de la dignidad y de la soberanía nacional frente a un sistema de exclusión social, cuyos planes contemplaban la privatización de todas las empresas públicas y de los servicios básicos de la población, la apertura del mercado nacional al capital transnacional estadounidense sin protección legal para los trabajadores venezolanos y la posible negociación de los recursos existentes en el Golfo de Venezuela, sin que en nada de ello se tuviera en cuenta la opinión del pueblo.

Según lo señalara el Comandante y Presidente Hugo Chávez, quienes protagonizaron esta acción subversiva “tuvieron el valor y la dignidad de no ser cómplices de aquella dictadura con careta democrática”. Gracias a su rebeldía, el pueblo venezolano pudo confiar más plenamente en su capacidad de lucha, animándolo a emprender un camino distinto al que se le hiciera transitar durante cuarenta años consecutivos sólo para beneficiar a una minoría parasitaria y pro-imperialista que no tuvo empacho alguno en ordenar el asesinato sistemático de todos aquellos que pudieran cuestionar su corrupción y hegemonía (incluyendo a los miles de venezolanos que fueran masacrados durante la lucha armada de las décadas de los 60 y 70).

Tal confianza se ha manifestado grandemente, en un primer momento, en el apoyo masivo a los insurgentes del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992; luego en la elección de Hugo Chávez como presidente constitucional de Venezuela, lo que se ha mantenido casi de forma inalterable hasta el momento, a pesar de algunos desaciertos e inconsistencias ideológicas, lo cual ha perfilado que este país sea hoy por hoy una referencia mundial en cuanto a la experiencia revolucionaria socialista que acá tiene lugar de manera inédita.-  

LOS REVOLUCIONARIOS Y EL ERROR DE LA INOCENCIA

LOS REVOLUCIONARIOS Y EL ERROR DE LA INOCENCIA

Quienes hacen una revolución de orientación socialista generalmente se hallan ante la disyuntiva de acabar de una vez por todas con el viejo orden establecido u optar por una alternativa gradual que permita ir desconstruyendo dicho orden mediante la puesta en vigencia de algunas reformas de leyes y medidas gubernamentales que contribuyan a ello. De ahí que las diversas experiencias revolucionarias (aun las más radicales) estén expuestas a equivocar el rumbo y terminen por mantener inalteradas las relaciones de poder y, por ende, las estructuras del viejo Estado que se pretendía transformar y erradicar.  Esto último llegó a suceder en el caso fallido de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que, al no cambiar dichas relaciones, se produjo la entronización de una nueva casta dirigente que -excusándose en razones de Estado, en algún momento válidas- impidió y limitó la participación popular, lo que terminaría posteriormente en la restauración del capitalismo, tal como lo advirtieran tempranamente León Trotsky y el Che Guevara al estudiar su realidad política y económica.

En tal caso, lo que se requeriría es disponer de una voluntad política suficiente y de un sentido de la trascendencia histórica (tanto particular como colectiva) para asumir y llevar a cabo una revolución verdaderamente socialista, sobre todo si ésta se impone superar y extirpar las desigualdades derivadas del sistema capitalista. Tal cosa -debemos estar conscientes de ello- no es una tarea demasiado fácil de cumplir, especialmente con hombres y mujeres quienes han sido objeto desde su infancia de un proceso constante de alienación que legitima la lógica del capital, sin que unos y otras estén plenamente conscientes de esto, a pesar de evidenciarse también lo contrario. Pero, ¿será, acaso, imposible de lograr una revolución de signo socialista en medio de la realidad creada a imagen y semejanza del capitalismo? Nos respondemos que no. Lo que debe establecerse es una comprensión permanente de los múltiples obstáculos a vencer en el camino de la construcción colectiva del socialismo revolucionario y no creer jamás en que esto será producto de la visión, del ánimo y de las acciones decididas de un líder carismático que, al decir de muchas personas, sólo aparecería cada cien años. Mientras se piense en las limitaciones y desánimos particulares, el avance revolucionario se hará lento y, en muchas ocasiones, sufrirá un estancamiento definitivo que, a la larga, sabrían aprovecharlo sus enemigos históricos.

A pesar de todo ello, la fórmula pareciera bastante simple: no caer en el error de ser inocentes al creer que sólo basta expresar unas buenas intenciones, al modo de la prédica de un nuevo evangelio que redimirá a la humanidad actualmente explotada y oprimida. Este error de la inocencia, incluso, hace que muchos revolucionarios lleguen a esperar confiados en que sus opositores serán alcanzados, en algún instante de sus existencias, por la revelación de la verdad revolucionaria, olvidando que ellos nunca estarían dispuestos a aceptar un cambio tan radical que afecte sus mezquinos intereses de clase.-

EL PODER QUE HACE HISTORIA

EL PODER QUE HACE HISTORIA

La expresión puede sonar demasiado simplista, utopista y, hasta, demagógica para muchas personas, pero ella contiene en sí misma una -si ahondamos sin prejuicio alguno en su significado menos evidente- una enorme carga subversiva, de ser aplicada de un modo suficientemente audaz, sistemático y permanente. Es decir, el pueblo consciente de sí mismo como actor o sujeto político de la transformación radical de su propia realidad (tanto colectiva como individual) se convierte, por obra y gracia de su voluntad creadora y re-creadora, en el poder que hace historia (copiando a Enrique Dussel), en abierta oposición a la a-historia representada por la hegemonía largamente ejercida por las minorías que lo explotan, excluyen y oprimen. Y, repitiendo el alegato de Fidel Castro al enjuiciársele por el asalto al cuartel Moncada en 1953, “Cuando hablamos de pueblo no entendemos por tal a los sectores acomodados y conservadores de la nación, a los que viene bien cualquier régimen de opresión, cualquier dictadura, cualquier despotismo, postrándose ante el amo de turno hasta romperse la frente contra el suelo. Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más justa; la que está movida por ansias ancestrales de justicia por haber padecido la injusticia y la burla generación tras generación, la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma, hasta la última gota de sangre”.

            No podrá negarse que, de hacerse cotidianidad creadora esta invocación subversiva, habría que modificarse sustancialmente todo lo relacionado al presente modelo de sociedad, produciéndose entonces un profundo cambio cualitativo en las maneras de concebir al mundo, de un modo que se beneficie a las amplias mayorías populares. Como resultado de ello, el orden de cosas que hasta ahora conoció la humanidad quedaría seriamente cuestionado y eventualmente abolido, imponiéndose el surgimiento de unos nuevos paradigmas y unas nuevas definiciones, con una inter-subjetividad anti-jerárquica que se exprese en el establecimiento de un poder abajo y no únicamente desde abajo, como suele citarse; creándose en consecuencia una nueva cultura política revolucionaria. Por supuesto, todavía habría que vencer muchas resistencias, en tanto todo esto sea algo posible e inmediato, resistencias que opondrán obviamente quienes usufructúan el poder en representación del pueblo, pero que también podrían provenir de ciertos sectores populares, de no existir entre estos últimos suficiente claridad política e ideológica para entender la coyuntura histórica que se vive, terminando por hacerle el juego a sus enemigos de clase.

            Esto plantea el establecimiento de novedosas estructuras de participación popular que sirvan, incluso, para fiscalizar la gestión del poder delegado, siendo dotadas de una total autonomía y autoridad respecto a éste. Aunque en muchos aspectos les caracterice algunos rasgos de dependencia en relación al estamento político e instituciones del Estado, éstas podrían acceder a mayores estadios de organización y participación democrática de mantenerse las mismas en un nivel de rebelión permanente contra todo aquello que trate de coaccionarlas y subyugarlas, destruyendo así su independencia revolucionaria. Cuando ello resulte así, entonces podríamos hablar de un poder que hace realmente historia: el poder de un pueblo revolucionario, consciente y organizado.-

EE.UU. Y LA NECESIDAD DE NUEVOS POLÍGONOS DE PODER

EE.UU. Y LA NECESIDAD DE NUEVOS POLÍGONOS DE PODER

 

 

            El gobierno tras bastidores de Estados Unidos (aquel que algunos suponen que su sede se halla en el extranjero) está más que decidido a instaurar una dictadura consensuada a nivel planetario junto con sus socios de Europa y Japón, a los cuales podrían unirse eventualmente Rusia y China, explotando a su favor el estado caótico padecido en la mayoría de las naciones -gracias a la crisis estructural del sistema capitalista que estos mismos han propiciado desde el FMI y el Banco Mundial- y la necesidad de sus ciudadanos de disfrutar de cierto clima de gobernabilidad y de seguridad personal, sin importarles que esto pueda significar para ellos mismos una restricción y un cercenamiento de los derechos civiles, como ya ocurre desde hace algunos años en el propio territorio estadounidense, a partir del gobierno neoconservador de George W. Bush.

            Esta situación -que para muchos resulta irreal y paranoica- ya tiene sus antecedentes en varias latitudes de la Tierra, excusándose Estados Unidos tras una inacabable lucha contra el narcotráfico y el terrorismo internacionales, sirviendo de referencia para esta afirmación lo acontecido en Afganistán, Iraq, Libia y Siria, y, más cercanamente, en México y Colombia. En el caso de estos dos últimos países, sin conseguir resultados efectivos, a pesar de la existencia de planes militares de vieja data suscritos con la gran potencia imperial para cumplir con dicho objetivo y del uso de una alta tecnología de vigilancia desde sus respectivas fronteras. Toda esta realidad en su conjunto (sin excluir lo propio de la crisis económica que roe a todo el sistema capitalista neoliberal mundial) le serviría a Estados Unidos para justificar la imposición de un régimen supranacional que, por supuesto, estaría bajo su guía directa, reconfigurando entonces el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial y ajustándose a sus propios intereses. Algo que los grandes jerarcas político-militares-empresariales gringos ya delinearan previamente en lo que se dio a conocer como el Nuevo Siglo norteamericano, buscando subordinar todos los pueblos y todos los poderes existentes mediante la eliminación preventiva de hipotéticas amenazas a su seguridad nacional, tal como lo exponen abiertamente Barack Obama y su equipo de gobierno en algunas de sus intervenciones públicas.

            Esto cobra ahora mayor sentido de urgencia para quienes aspiran el control total de la economía, el poder político incondicional y los recursos naturales estratégicos de nuestro planeta cuando los mismos han visto surgir ante sus ojos a una heterogeneidad de movimientos sociales, políticos y culturales contestatarios que desafían la continuidad de un orden unipolar y plantean en su lugar el surgimiento de nuevos polígonos de poder. Un claro ejemplo de esta nueva realidad lo tenemos en nuestra América con la aparición de gobiernos progresistas, populares y/o revolucionarios que se oponen a la sempiterna hegemonía imperial yanqui, lo que ha supuesto la implementación de nuevos planes injerencistas que incluyen la utilización de artimañas legalistas y la vieja fórmula del golpe de Estado para derrocar a aquellos gobiernos que no acaten sus directrices, valiéndose para ello de la complicidad disciplinada de grupos antinacionales y abiertamente pro-fascistas; lo que exigiría de los sectores revolucionarios, populares y progresistas disponer de una claridad ideológica y política para comprender adecuadamente lo que se halla en juego actualmente en cuanto a la autodeterminación de los pueblos y la preservación misma de la vida sobre la Tierra que permita contrarrestar las intenciones imperiales estadounidenses, de un modo realmente efectivo y permanente.-

 

ENTRE LA LÓGICA CAPITALISTA Y LA TRANSICIÓN AL SOCIALISMO

ENTRE LA LÓGICA CAPITALISTA Y LA TRANSICIÓN AL SOCIALISMO

En Venezuela se están padeciendo las consecuencias y las contradicciones derivadas de un modelo de desarrollo altamente desigual y dependiente que, por muchas décadas consecutivas, creó la ilusión en mucha gente de igualarse con los moradores de las naciones capitalistas más desarrolladas del planeta, sin considerar previamente que mucho de los niveles materiales de vida que estos últimos disfrutan se lo deben a la explotación indiscriminada de los recursos naturales y del trabajo de los pueblos avasallados de Asia, África y nuestra América. Tal ilusión aún se mantiene y ella explicaría, en parte, los frenos experimentados desde hace algún tiempo por el proceso revolucionario bolivariano socialista, incluyendo los estragos de una corrupción político-económica que extiende sus tentáculos, sin existir una ruptura definitiva con la lógica capitalista y, por ende, con los hábitos de alienación que la misma ha moldeado, expresados incluso en esa convicción fatalista de algunas personas que ven en el socialismo revolucionario algo muy lejano y muy difícil de alcanzar a corto y mediano plazo.

Esta situación tiende a reforzarse desde las mismas instancias del poder constituido, separadas éstas en segmentos que -en vez de articular programas y acciones tendentes a profundizar los logros revolucionarios- continúan aferrados a las viejas prácticas burocráticas del Estado liberal-burgués cuando lo que se impone es su total pulverización a manos de las diferentes organizaciones del poder popular, creándose en consecuencia una hegemonía revolucionaria en todos los espacios públicos que termine por definir la transición hacia el socialismo. Hay, por tanto, una obvia contradicción entre lo que se aspira hacer mediante el socialismo revolucionario bolivariano y lo que ocurre, por ejemplo, en diversas áreas de la economía venezolana, a pesar del salto cualitativo producido al potenciarse las condiciones materiales de vida de la población (incluyendo a quienes han sostenido una posición claramente contraria, primero, a Hugo Chávez y, ahora, a Nicolás Maduro). Esto se produce, indudablemente, al dejarse de lado todo lo referente a la elevación necesaria del nivel de conciencia (en lo político y en lo teórico) de las bases populares, siendo considerado muchas veces como algo optativo, intrascendente y circunstancial, sin plantearse su sistematización y su permanencia.

Otro tanto acontece con la organización revolucionaria de los sectores y/o frentes populares, muchos de los cuales solamente se ocupan de luchar por sus más sentidas reivindicaciones, sin optar por alcanzar algo más allá de las mismas que sirva de base para impulsar la construcción de modelos sociales, políticos, culturales y económicos realmente alternativos bajo el socialismo. En lugar de seguirle dando vida a las obsoletas fórmulas de la representatividad de la democracia burguesa (reproduciendo sus relaciones de poder en que unos pocos gobiernan y una mayoría que es gobernada, sin disponer de mayores facultades para decidir sobre los asuntos públicos que les afectan, estando limitadas a la emisión de un voto cada vez que se le convoca a una elección determinada), lo mismo que las relaciones de producción en las cuales los patronos obtienen grandes ganancias a expensas de los trabajadores, lo que debe promoverse y mantenerse es un combate infatigable para que sean relevadas por aquellas que prefiguren la nueva sociedad socialista. Y todo esto tiene que ver -ineludiblemente- con la nueva subjetividad y/o conciencia que ha de caracterizar en lo adelante a aquellos que anhelan convertirse en revolucionarios, de modo que comiencen a erradicarse los individualismos, las competencias, los sectarismos y los chovinismos que sustentan la ideología burguesa dominante.-