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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2012.

LA LUCHA DE CLASES, REALIDAD E INFLUENCIA ACTUAL

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Las luchas entre opresores y oprimidos o, mejor entendido, entre clases sociales con intereses antagónicos, han marcado -de uno u otro modo- la historia de la humanidad, muchas veces ocultada o tergiversada por quienes aspiran mantener intactas las estructuras de poder, beneficiándose a sí mismos antes que al pueblo que dicen representar. Esto último ha hecho posible que los sectores populares de épocas distintas terminen decepcionándose al observar y sentir cómo sus esperanzas de igualdad, democracia y libertad se convierten en pasto de la demagogia más desvergonzada. Así, generalmente se le atribuye a la clase dominante la responsabilidad directa del orden de desigualdad, corrupción, explotación, represión y miseria que se cuestiona y se busca remplazar por otro totalmente opuesto. En algún caso, se llega a obviar la existencia de una lucha de clases, la cual no sólo tiene lugar en una sociedad bien diferenciada como la regida por el capitalismo, sino que se manifestaría indistintamente a lo interno de cualquier proceso revolucionario al originarse disputas por mayores espacios de participación y de poder, cuestión que -por lo demás- no resulta fácil de conceptualizar, dado el discurso utilizado, el cual tiende a confundir, más que aclarar, a quienes está dirigido, si estos no tienen una formación teórica revolucionaria adecuada.

Con Karl Marx, el concepto de clases sociales se simplifica, estableciéndose su jerarquización respecto al sistema de producción existente: explotadores y explotados, burguesía y proletariado. Sin embargo, este esquema es más profundo y se ha visto afectado por la misma evolución dinámica del sistema capitalista contemporáneo, a tal punto que a tales grupos se agregan otros, como la burguesía financiera, la pequeña burguesía, la clase media, la burocracia y el lumpen proletariado; clasificación que aun podría soportar nuevas añadiduras o agrupamientos sociales. Según Marx, “los propietarios de simple fuerza de trabajo, los propietarios de capital y los propietarios de tierras, cuyas respectivas fuentes de ingresos son el salario, la ganancia y la renta del suelo, es decir, los obreros asalariados, los capitalistas y los terratenientes, forman las tres grandes clases de la sociedad moderna basada en el régimen capitalista de producción”. Tal categorización se ha modificado enormemente, no por la “ignorancia” del teórico socialista ni por lo desfasado de sus análisis, como algunos quieren hacernos creer, sino por la diversificación y expansión experimentada por las fuerzas productivas desde hace un siglo. Esto, a pesar que el autor de El Capital admitiera ya en su época, refiriéndose a la sociedad inglesa, que “existen fases intermedias y de transición que oscurecen en todas partes las líneas divisorias”, reconociendo de este modo la complejidad de la estructura de las clases sociales.

En el contexto histórico actual, sobre todo, en nuestra América, la lucha de clases exige una comprensión dialéctica de su realidad, en momentos en los cuales se cuestionan simultáneamente los órdenes económico y político tradicionales. Algo que ya no es exclusividad de este continente, sino que se ha extendido a Europa y Estados Unidos, ampliando el escenario de lucha anticapitalista a escala mundial. Lo mismo se aplica en relación a la conciencia de clase, con mayor énfasis entre quienes padecen la explotación y la exclusión del capitalismo: los trabajadores asalariados (englobando entre éstos a la clase media o profesionales, puesto que -por mucho que quieran diferenciarse del resto- son igualmente explotados por el capital). Finalmente, no es admisible el limitarse a una simple estratificación de carácter sociológico de la sociedad, como tampoco desconocer las contradicciones que puedan descubrirse en una misma clase social. De esta forma podrían establecerse nuevos parámetros definitorios de la lucha de clases en la realidad actual y en la influencia que la misma tendría en los diversos cambios que caracterizarían, a su vez, la revolución socialista por construir para bien de la humanidad entera.-

12/04/2012 07:02 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL MULTILATERALISMO APLICADO A LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA

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El multilateralismo o lo que siempre se ha difundido como la unidad en la diversidad es un elemento primordial para el avance, la consolidación y la profundización de la revolución socialista, puesto que lo contrario sería destruir su esencia creadora y su desarrollo integral, limitándola a unos logros parciales que poco afectarían las estructuras y subestructuras políticas, sociales y económicas vigentes. Es así que -contrario a la mal entendida hegemonía que busca agrupar y restringir el libre albedrío de las personas- este multilateralismo aplicado a la revolución socialista amplía todavía más sus posibilidades, generando entonces variadas situaciones que afinarán, sin duda, la praxis y los ideales del socialismo en cualquier nación en que éste se propicie.

De hecho, el poder popular -entendido como la manifestación más distintiva de una sociedad socialista- no puede ni debe confinarse a espacios reducidos y estrechos de soberanía simbólica que, a la larga, sean manipulados por la jerarquía gobernante en su provecho, desarticulando así su capacidad política para alterar sustancialmente las situaciones originadas por ésta, dada la gran concentración de dominio económico y político que ella tiene en sus manos. Por ello, se impone la necesidad de generar condiciones que eliminen los lazos de dependencia y sumisión en las relaciones de poder, diferenciándolas de las presentes bajo cualquier régimen democrático representativo. En el fondo, de lo que se trata es de forjar (como lo plantearía Paulo Freire) una práctica de auto-emancipación a través de una política crítico-dialógica, la cual tendría que consolidarse desde abajo hasta alcanzar los grados superiores de la gestión pública. En tal sentido, los sectores populares no serán más objeto de los subsidios y las indulgencias del sector público, sino sujeto histórico de las verdaderas transformaciones que deben causarse en lo económico, lo político, lo social y lo cultural para hablar apropiadamente de revolución y de socialismo. Sin estos rasgos fundamentales, cualquier proceso político que busque definirse como socialista estará condenado a repetir los mismos esquemas tradicionales, tornado en simple reformismo. La relación entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos, tendería -por tanto- a modificarse radicalmente, correspondiéndoles a los primeros el rol de voceros mientras las decisiones y la soberanía le corresponderán siempre al pueblo. En este caso, se manda obedeciendo, sin la reproducción automática o programada de los instrumentos ni las estructuras de la dominación representativa-capitalista.

Por consiguiente, el multilateralismo -o la unidad en la diversidad- que debe favorecerse dentro de la revolución socialista no puede concebirse bajo la óptica de la dominación, la cual hace de los sectores populares simples activistas a quienes se les niega alguna teorización sobre su propia acción revolucionaria. Acción ésta que debe enmarcarse en la consecución de una sociedad de nuevo tipo, completamente diferente a la vigente. De ahí que en la misma no tenga cabida el mesianismo, ni el discurso vertical ni la consigna burocrática, ya que estos impiden el diálogo crítico que debiera impulsarse y resaltarse en todo momento, aun cuando la revolución esté sometida a ataques y amenazas en determinados momentos. Como lo resumiera Javier Biardeau R. en uno de sus artículos recientes, “la dirección política en la democracia socialista del siglo XXI, no puede confundirse con estilos burocráticos o militaristas, debe ser fundamentalmente una acción pedagógica y cultural liberadora”.

Lograr la síntesis de múltiples determinaciones por parte de los diversos sectores populares podría concretar la posibilidad de construir realmente el socialismo revolucionario. Este nuevo objetivo revolucionario por alcanzar haría de la participación social su primera trinchera de lucha, evitando -en consecuencia- la burocratización y el oportunismo que socavarían las bases de la revolución.-

20/04/2012 12:23 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA FUSIÓN POLÍTICO-ECONÓMICA, LA NUEVA REGLA DEL CAPITAL GLOBALIZADO

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La fragilidad del sistema económico capitalista a nivel global se hace cada vez más notoria a medida que la crisis de los países de Europa se asemeja mucho a la sufrida durante las últimas décadas del siglo XX por los países periféricos, entre éstos los de nuestra América. Así, la actual inseguridad laboral, con sus efectos colaterales, patentizados en elevados porcentajes de familias con ingresos económicos inestables o inexistentes, además de mayor delincuencia, dan cuenta del caos social producido por las imposiciones del capital globalizado. De esta forma, muchas personas a nivel mundial han descubierto que, entre la producción social y el consumo social, se encuentra la explotación capitalista como elemento único y característico de la sociedad humana en general. Esto ha generado en mucha de la gente afectada la convicción que el capitalismo es absolutamente criminal y depredador, implantándose en ella la necesidad de remplazarlo decididamente por un modelo alternativo que centre sus objetivos en el bienestar colectivo y no en el de un reducido número de personas.

Para el capitalismo neoliberal o globalizado, la idea de un proyecto nacional es interpretada como un obstáculo a la libre expansión y control del mercado internacional que debe eliminarse a cualquier costo, desatando la guerra, incluso, bajo argumentos infundados, sin base alguna. Por tal motivo, le resulta más práctica la efectividad de gobiernos que actúen como gestores de su voluntad e intereses que la acción de un Estado nacional esgrimiendo su soberanía. Ahora, el capitalismo neoliberal o globalizado ha establecido una nueva modalidad en su estrategia de dominio mundial, tímidamente asomada en la década de los noventa del siglo pasado, pero que ha pasado a ser una regla de primer orden en el presente siglo: la fusión político-económica, es decir, el intercambio de roles políticos y empresariales. Dicha fusión político-económica pone su interés central en las ganancias del capital más que en crear condiciones de vida digna para la población que gobierna.

De esta manera, las grandes corporaciones transnacionales tienen un mayor control de la economía mundial y se aseguran, al mismo tiempo, el fiel cumplimiento del recetario impuesto por el Fondo Monetario Internacional para minimizar el impacto de las crisis provocadas por sus ambiciones y obtener los pagos puntuales de las naciones endeudadas; lo mismo que el respeto de los tratados bilaterales de libre comercio, de promoción y de garantía de las inversiones extranjeras. Algo que, incluso, comienza a manifestarse y a extenderse en los diferentes órganos que conforman la Organización de las Naciones Unidas, llegando a “coincidir” con las sugerencias, expresamente neoliberales, hechas por dichas corporaciones. Esto último explica el por qué la ONU legitima y es tan flexible con las acciones saqueadoras de gobiernos dominados por el gran capital en contra del derecho internacional y de la autodeterminación de los pueblos, violando así su propia acta constitutiva.-

30/04/2012 01:33 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.


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