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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2012.

VENEZUELA Y CUBA, EJEMPLO DE SOLIDARIDAD EN EL MUNDO

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Al hablar de los vínculos de solidaridad que unen a Cuba y a Venezuela en el presente siglo estamos obligados a hablar también de aquellos vínculos que hermanan a cubanos y venezolanos desde el momento de nuestra independencia cuando el abogado Francisco Javier Yánez, nacido en Camagüey, firma como diputado de la provincia de Araure el Acta mediante el cual Venezuela proclamó al mundo su voluntad irrevocable de ser libre. Desde aquel entonces han sido múltiples los lazos existentes entre Cuba y Venezuela. Acá tuvo un refugio José Martí cuando su empeño por ver independizada su Cuba natal se le hizo un peregrinaje y un objetivo fundamental en su vida, siguiendo la senda del Libertador Simón Bolívar, el cual -en su momento- también ideó enviar a la isla antillana (lo mismo que a Puerto Rico) una flota que comandaría el General en Jefe José Antonio Páez con el objetivo revolucionario de luchar por la libertad del pueblo cubano.

Estos antecedentes debemos tenerlos siempre presentes porque ellos nos señalan que no existen nacionalidades que dividan a los revolucionarios cuando los ideales por un mundo mejor son comunes y guían nuestros pasos, especialmente cuando los mismos se basan en el socialismo, siendo el internacionalismo y la solidaridad dos de sus elementos primordiales. Por ello, al ser Cuba un bastión de la construcción del socialismo revolucionario en nuestro América ha hecho gala de estos dos elementos en cualquier parte del mundo donde se necesite esa ayuda que no está apuntalada por el afán de ganancias económicas, como sucede en la sociedad capitalista, sino que está guiada por grandes sentimientos de amor a la humanidad, evocando lo dicho por el Che en algún instante de su vida.

Es así que hoy en Venezuela, bajo la iniciativa conjunta de Fidel Castro y Hugo Chávez, se han visto en marcha diversidad de misiones de contenido social que buscan promover una emancipación integral de la población, sobre todo de aquella que por muchísimas décadas fue marginada social y económicamente, a pesar de hablarse de igualdad, libertad y democracia durante los gobiernos del pasado. Esto ha sido un modo de saldar la deuda social acumulada por más de medio siglo y cuenta con la participación de cubanas y cubanos que vinieron a suelo venezolano con ese compromiso internacionalista que siempre ha caracterizado a Cuba. Esto causó, indudablemente, un gran impacto en las comunidades de Venezuela, dándosele una acogida entusiasta, al mismo tiempo que los grupos opuestos a la política socialista del Presidente Chávez comenzaron a satanizar la presencia de nuestros hermanos cubanos a través de todos los medios de información, echando mano a los argumentos trasnochados de quienes siempre adversaron la revolución cubana, hasta el punto de intentar saquear y destruir la embajada cubana durante el golpe de Estado del 11 de abril de 2002.

De ahí que nos quepa decir igualmente que cuando defendemos a Cuba, defendemos las Misiones sociales y al proceso de cambios en Venezuela, puesto que ambas naciones enfrentan a un enemigo común y peligroso, capaz de cometer cualquier tipo de atropello y de violaciones con tal de imponer su dominio a todo el planeta: el imperialismo yanqui. El mismo que hoy, violentando toda normativa legal y sin evidencias contundentes, condenó injustamente a prisión a cinco ciudadanos cubanos, simplemente por prevenir atentados que iban a cometerse contra su pueblo y su gobierno.

Esta situación común de confrontación con el principal enemigo de la libertad de nuestros pueblos nos obliga a compartir espacios y a asumir el compromiso de extenderlos a otras naciones de nuestro continente, con la misma visión estratégica de la integración promovida hace ya doscientos años por Bolívar y secundada luego por José Martí, teniendo ella una mayor vigencia que antes. Este ejemplo de solidaridad, por supuesto, incomoda grandemente a las cúpulas de poder mundial, fundamentalmente de Estados Unidos, dado que el mismo se propicia bajo una concepción integracionista y sin los compromisos abusivos de los tratados comerciales habituales. Con ello estamos definiendo nuestras potencialidades, actuando colectivamente como pueblo en la defensa permanente de nuestra independencia, compensando, además, la grandeza, el esfuerzo y el sacrificio de nuestros antepasados por hacerla posible.-

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DEMOCRACIA PARTICIPATIVA, PODER POPULAR Y EMANCIPACIÓN INTEGRAL

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El verticalismo burocrático y la exhortación de una disciplina que no deja espacio alguno a la disidencia -así esté ella justificada por razones inapelables- deben verse y combatirse como elementos altamente nocivos para la construcción colectiva del ideario socialista, al ser ambos totalmente contrarios al espíritu y a la práctica revolucionaria de la democracia participativa y protagónica, la cual -a la larga- debiera configurar la activación de un poder popular, revolucionario en toda su potencialidad, creador y re-creador de una sociedad de nuevo tipo. Tales formas tradicionales de entender y de hacer política no se compaginan con la participación pluralista de los sectores populares en el debate, la concepción y la puesta en marcha de aquellas propuestas teóricas y organizativas que tengan por finalidad fundamental la generación de un cambio estructural definitivo que haga de la alternativa revolucionaria del socialismo una realidad tangible frente al capitalismo; máxime cuando éste padece una crisis prolongada, agónica, sin mayores perspectivas de recuperación a corto plazo.     

Se hace preciso, por tanto, que los participantes sociales y políticos en este proceso de cambios revolucionarios estén de acuerdo, primero, en cuestionar radicalmente las estructuras diversas que sostienen el orden imperante, desentrañando sus características, lógica y esencia, para luego abordar conscientemente su desarme, de manera que surjan y se impongan nuevas formas organizacionales y nuevas relaciones de poder, centradas ellas en el ejercicio pleno de la democracia participativa; impidiendo así la reproducción de dicho orden, producto de la plusvalía ideológica de la cual somos piezas inconscientes y que, a su vez, nos hace reproducir modos de vida alienantes. El poder popular tendría entonces ámbitos de actuación e influencia mayores de aquellos que son concebibles o permitidos bajo un régimen representativo. Su desarrollo implicaría la posibilidad nada imposible de una emancipación integral de los seres humanos que abarque, incluso, lo espiritual, al no estar estos forzados a existir bajo condiciones que degradan su dignidad y sus aspiraciones individuales y colectivas de un mejor nivel de vida. En este caso, la orientación del poder popular tendría que englobar algo más que la satisfacción de las necesidades materiales de una comunidad determinada, puesto que esto lo limitaría grandemente, cumpliendo sólo una función gestora de reivindicaciones ante las instituciones del Estado que poco contribuirá a darle ese perfil revolucionario que se requiere del mismo.

En resumen, la práctica revolucionaria de la democracia participativa y protagónica no debe sujetarse a lo estrictamente político. Su consecuencia inmediata debiera ser la organización de un poder popular, armado de un arsenal teórico que lo haga capaz de trascender los marcos de referencia de la sociedad actual, de manera que se concrete la emancipación integral de las personas bajo el socialismo revolucionario. De esta forma, el socialismo revolucionario dejaría de ser una utopía, convirtiéndose en la herramienta más adecuada para reducir y eliminar definitivamente los indicadores de desempleo, pobreza, desigualdad y exclusión social que caracterizan al mundo capitalista.-     

 

 

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11/08/2012 06:21 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL ESTADO COMUNAL Y LA ECONOMÍA AUTOGESTIONARIA COMO EJES DE LA CONSTRUCCIÓN SOCIALISTA

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       ¿En qué medida podrá construirse el socialismo revolucionario y cuáles serían los mecanismos que lo harán posible algún día? Esta es una interrogante que pocos revolucionarios se plantean, enfrascados como están muchos de ellos en una mera lucha político-electoral que apenas traspasa el umbral de los logros parciales permitidos por los sectores dominantes dentro de su concepción de poder. Aun así, no escasean los aportes de otros que tratan de establecer el modo de abordar la transformación socialista de la sociedad, algo que se intenta tomando en cuenta las particularidades de cada nación, rompiendo con el dogmatismo heredado de los academicistas soviéticos que convirtieron en ley lo que se hizo excepcional durante la revolución bolchevique y el surgimiento de la URSS. A lo que habría que agregar también el hecho que muchos de los promotores de la revolución socialista no supieron asimilar la eclosión de la URSS, cuestión que hizo pensar en el fracaso de las ideas de Marx, Engels y Lenin, extendiéndose la impresión entonces que el sistema capitalista es algo natural de la sociedad humana, inquebrantable e ineludible. Sin embargo, las luchas populares emprendidas en distintas latitudes del planeta comenzaron pronto a desmentir tal derrota. En nuestra América, sobre todo en Venezuela, comenzaron a resurgir con fuerza telúrica los ideales socialistas tras décadas de sistemática represión, reafirmando su vigencia en medio de las crisis y contradicciones capitalistas.

        Todo ello supone que el actual Estado burgués-representativo -al servicio de las grandes corporaciones económicas y de las minorías dominantes- tenga que convertirse en un Estado comunal, orientado por el ejercicio pleno de la soberanía popular, lo cual plantea la necesidad insoslayable de cambiar las relaciones de poder, estableciéndose la condición de gobernar-obedeciendo por parte de quienes accedan a los diferentes cargos de elección y/o de gobierno. Pero esto no será todavía suficiente si no se respalda con una solida formación teórica que potencie la capacidad revolucionaria de nuestros pueblos, de manera que se impida el enquistamiento de un nuevo estamento político parasitario, envuelto en la defensa de sus propios intereses en vez de consolidar las condiciones objetivas que hagan realidad la revolución socialista. Este Estado comunal, por supuesto, no puede ni debe repetir los mismos esquemas administrativos del Estado burgués-liberal que pretende sustituir y eliminar, por cuanto sería un serio revés para la práctica de la democracia participativa y protagónica como elemento fundamental de la construcción socialista, quedando el pueblo tutelado, en consecuencia, por una burocracia político-partidista, siendo ello una abierta negación del socialismo revolucionario, tal como ocurriera en la URSS y otros países bajo su órbita. En este caso, hay que fomentar la constitución de diversidad de estructuras organizacionales del poder popular, de forma que la revolución socialista sea internalizada, desarrollada y protagonizada por todos los sectores sociales, no obstante que se piense que es una utopía, impracticable e imposible de lograr en este tiempo que vivimos.

          De igual manera debe pensarse respecto a las actuales relaciones de producción capitalista, las cuales requieren ser modificadas sustancialmente durante la etapa de transición hacia el socialismo en lugar de adoptarlas y reforzarlas, disfrazándolas de socialismo. Hace falta, por tanto, impulsar  el control obrero y la economía autogestionaria como factores de transformación socialista del sistema capitalista, además de una socialización de la tenencia de la tierra que tenga por objetivo primordial la satisfacción de las necesidades alimenticias de las personas sin que ello afecte el delicado equilibrio del medio ambiente que nos da vida. Esto nos llevaría a plantearnos un cambio igualmente importante del sistema educativo vigente, por cuanto éste tiene mucha incidencia en la preparación y el sistema de valores de los contingentes de profesionales y obreros que sostienen el capitalismo.

         Como conclusión, los revolucionarios debemos comprender que sin un Estado comunal y una economía autogestionaria, producto de la participación efectiva y del control directo del pueblo y de los trabajadores, el socialismo revolucionario estará incompleto, quedando la perspectiva de ser restituidos el capitalismo y la democracia representativa como fatalidades que no se supo afrontar debidamente.-

 

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PARA LLEGAR AL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO SE DEBEN TRASCENDER LOS LÍMITES DE LA DEMOCRACIA RESTRINGIDA

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Los fundamentos de una nueva estructura económica postcapitalista y de una nueva organización política de la sociedad a través del socialismo revolucionario requieren de una nueva orientación teórica y cultural, lo que debiera redundar -sin duda- en el desarrollo integral de los sectores populares, concibiéndose al mundo de una manera radicalmente distinta. Sería, además, poner en movimiento la adopción de una nueva clase de ciudadanía, activa y no contemplativa, cuyos valores éticos y morales conviertan a cada persona en generadora de los cambios políticos, sociales, económicos, militares y culturales que definirán la transición definitiva hacia el socialismo, haciendo posible la combinación de teoría y acción política, como también la superación de las contradicciones, las inconsistencias y las desviaciones a las cuales estuviere propenso el proceso revolucionario en cualquier momento. Ello exigiría trascender los límites de la democracia restringida, tan del uso en la mayoría de los países, incluidos aquellos donde tienen lugar cambios bajo la advocación del socialismo. Esto contrastará enormemente con lo afirmado por Samuel Huntington en el Informe sobre la gobernabilidad de las democracias para la Comisión Trilateral, publicado en 1975, en el sentido que “la operación efectiva del sistema político democrático usualmente requiere mayor medida de apatía y no participación de parte de algunos individuos y grupos. En el pasado, toda sociedad democrática ha tenido una población marginal, de mayor o menor tamaño, que no ha participado activamente en la política. En sí misma, esta marginalidad de parte de algunos grupos es inherentemente no democrática, pero es también uno de los factores que ha permitido a la democracia funcionar efectivamente”. En la actualidad, la globalización económica neoliberal busca mantener inalterable esta realidad, resistiéndose a las demandas de los sectores populares de una mayor participación política y de una efectiva redistribución de la riqueza, por lo que sus auspiciadores y beneficiarios directos no escatiman ningún método, sutil o violento, para lograrlo.

De ahí que, siendo el socialismo la antípoda política, social y económica del sistema capitalista, debe desprenderse de los esquemas que caracterizan a este último, facilitando el escenario para que se pongan en funcionamiento mecanismos de participación y de protagonismo popular, capaces de producir acuerdos -en medio de la diversidad de intereses e ideas de sus integrantes- que reflejen la unidad de acción y de pensamiento respecto al tipo de socialismo revolucionario que se espera construir, sin que prevalezca la tutela del Estado. Esto pasa por incluir también la definición de las formas de propiedad de los medios y de organización de la producción, además de las relaciones que existirían entre el poder político y la democracia socialista, entendiendo ésta como un ejercicio cotidiano y vinculante por parte de los sectores populares que no podrá ser obviado por el estamento gobernante, invocando para ello razones de Estado, como es habitual en los regímenes de la democracia representativa.

Es preciso, por tanto, asegurar las condiciones objetivas y subjetivas que permitan una retroalimentación de la revolución socialista, de modo que haya una continuidad y una profundización de la misma que la haga totalmente irreversible, sin el titubeo ni la manipulación demagógica característicos de quienes nada más aspiran a una mera reforma cosmética del orden vigente en su propio beneficio. Para alcanzar dichos objetivos es vital inculcar entre los sectores populares la necesidad de la formación teórica y del debate crítico y propositivo, algo que impone el activismo de una dirigencia política compenetrada con los ideales del socialismo revolucionario que, más que representante, sea vocera de los intereses colectivos; de tal forma que no exista posibilidad alguna de una restauración de la sociedad capitalista que se pretende reemplazar por otra de nuevo tipo, es decir, por una definitivamente socialista.-        

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