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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2013.

LA PRAXIS REVOLUCIONARIA DE LA DEMOCRACIA DIRECTA

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En la praxis revolucionaria de la democracia directa resaltan, en lo inmediato, tres elementos fundamentales, a saber: 1.- la soberanía de las asambleas de ciudadanas y ciudadanos, 2.- la horizontalidad en las relaciones y estructuras organizativas y/o de poder, y 3.- la transformación radical del Estado vigente. En síntesis, se trata de acceder a un mayor nivel de participación y de protagonismo de las amplias mayorías populares, generalmente excluidas, de manera que todo ello se concrete en la construcción colectiva de una sociedad de nuevo tipo (mejor entendida como comunidad) que, por lo pronto, llamaríamos socialista al contraponerse al orden social, cultural, político, militar y económico que ha moldeado desde hace cientos de años a nivel mundial el sistema capitalista.

Tales elementos, por consiguiente, habrían de influir decisivamente en la configuración de unas nuevas relaciones sociales, económicas y de poder que tengan por centro primordial a las personas, de manera que ellas mismas hagan posible su propia emancipación, en un ejercicio dialéctico permanente de su plena soberanía. Es por eso que la democracia directa trasciende el marco de la representatividad tradicionalmente aceptada y convierte en voceras y en voceros a quienes son elegidos para asumir responsabilidades ejecutivas o de dirección, quedando sujetadas y sujetados a la voluntad expresada y aprobada por las asambleas. Esto implica, por supuesto, un cambio de paradigmas -tanto en lo individual como en lo colectivo- que requiere de una nueva mentalidad y de unas nuevas prácticas revolucionarias; ajenas al adoctrinamiento y a la lógica capitalistas que realzan el individualismo, la competencia y el consumismo irracional. En vez de esto último, los grupos y los individuos que propugnan la democracia directa buscan poner punto final a las consecuencias nefastas y universales del modelo de sociedad vigente, esto es, a la pobreza, la opresión, el patriarcado, la alienación, la violencia institucionalizada, la explotación del proletariado, el deterioro acelerado de la naturaleza y la injerencia imperialista y neocolonialista de las grandes potencias capitalistas industrializadas en los asuntos internos del resto del planeta; por lo que la democracia directa adquiere también una condición abiertamente antiimperialista.

En consecuencia, la democracia directa tiene planteada ante sí la transformación objetiva y subjetiva de la realidad imperante a través de la construcción de un amplio movimiento popular de concertación revolucionaria, sin que ello represente una uniformización forzada de las tácticas y de las estrategias a utilizar, cuya finalidad última ha de ser la toma del poder y la instauración de una hegemonía de carácter popular y socialista en oposición a la hegemonía de elites. Este es un requisito inexcusable, lo cual -de antemano- constituirá un gran desafío a las maneras como se conciben el mundo y la sociedad, todas ellas originadas desde una cosmovisión (o universo) eurocéntrico que excluye todo aquello que le es ajeno. Cabe decir entonces que la democracia directa (a riesgo de los comunes señalamientos en su contra) es una utopía posible y necesaria. La misma realidad de los sucesos mundiales actuales -con invasiones imperialistas y neocolonialistas encabezadas por Estados Unidos, cuyo propósito nada negado es controlar los territorios ricos en petróleo, gas, biodiversidad y agua dulce; la crisis económica generalizada; la destrucción de un medio ambiente altamente contaminado y sobreexplotado; y la existencia e influencia de instituciones públicas y privadas que mantienen y defienden sus intereses corporativos por encima de los intereses de las mayorías sociales- le hacen ser un mecanismo idóneo para cambiar las cosas que nos afectan a todos, sin menoscabo de otras fórmulas y vías que ayuden efectivamente a superarlas, en función del bien común y de la emancipación integral de las personas.-    

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04/11/2013 16:04 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

ENTRE LA LÓGICA CAPITALISTA Y LA TRANSICIÓN AL SOCIALISMO

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En Venezuela se están padeciendo las consecuencias y las contradicciones derivadas de un modelo de desarrollo altamente desigual y dependiente que, por muchas décadas consecutivas, creó la ilusión en mucha gente de igualarse con los moradores de las naciones capitalistas más desarrolladas del planeta, sin considerar previamente que mucho de los niveles materiales de vida que estos últimos disfrutan se lo deben a la explotación indiscriminada de los recursos naturales y del trabajo de los pueblos avasallados de Asia, África y nuestra América. Tal ilusión aún se mantiene y ella explicaría, en parte, los frenos experimentados desde hace algún tiempo por el proceso revolucionario bolivariano socialista, incluyendo los estragos de una corrupción político-económica que extiende sus tentáculos, sin existir una ruptura definitiva con la lógica capitalista y, por ende, con los hábitos de alienación que la misma ha moldeado, expresados incluso en esa convicción fatalista de algunas personas que ven en el socialismo revolucionario algo muy lejano y muy difícil de alcanzar a corto y mediano plazo.

Esta situación tiende a reforzarse desde las mismas instancias del poder constituido, separadas éstas en segmentos que -en vez de articular programas y acciones tendentes a profundizar los logros revolucionarios- continúan aferrados a las viejas prácticas burocráticas del Estado liberal-burgués cuando lo que se impone es su total pulverización a manos de las diferentes organizaciones del poder popular, creándose en consecuencia una hegemonía revolucionaria en todos los espacios públicos que termine por definir la transición hacia el socialismo. Hay, por tanto, una obvia contradicción entre lo que se aspira hacer mediante el socialismo revolucionario bolivariano y lo que ocurre, por ejemplo, en diversas áreas de la economía venezolana, a pesar del salto cualitativo producido al potenciarse las condiciones materiales de vida de la población (incluyendo a quienes han sostenido una posición claramente contraria, primero, a Hugo Chávez y, ahora, a Nicolás Maduro). Esto se produce, indudablemente, al dejarse de lado todo lo referente a la elevación necesaria del nivel de conciencia (en lo político y en lo teórico) de las bases populares, siendo considerado muchas veces como algo optativo, intrascendente y circunstancial, sin plantearse su sistematización y su permanencia.

Otro tanto acontece con la organización revolucionaria de los sectores y/o frentes populares, muchos de los cuales solamente se ocupan de luchar por sus más sentidas reivindicaciones, sin optar por alcanzar algo más allá de las mismas que sirva de base para impulsar la construcción de modelos sociales, políticos, culturales y económicos realmente alternativos bajo el socialismo. En lugar de seguirle dando vida a las obsoletas fórmulas de la representatividad de la democracia burguesa (reproduciendo sus relaciones de poder en que unos pocos gobiernan y una mayoría que es gobernada, sin disponer de mayores facultades para decidir sobre los asuntos públicos que les afectan, estando limitadas a la emisión de un voto cada vez que se le convoca a una elección determinada), lo mismo que las relaciones de producción en las cuales los patronos obtienen grandes ganancias a expensas de los trabajadores, lo que debe promoverse y mantenerse es un combate infatigable para que sean relevadas por aquellas que prefiguren la nueva sociedad socialista. Y todo esto tiene que ver -ineludiblemente- con la nueva subjetividad y/o conciencia que ha de caracterizar en lo adelante a aquellos que anhelan convertirse en revolucionarios, de modo que comiencen a erradicarse los individualismos, las competencias, los sectarismos y los chovinismos que sustentan la ideología burguesa dominante.-

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EE.UU. Y LA NECESIDAD DE NUEVOS POLÍGONOS DE PODER

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            El gobierno tras bastidores de Estados Unidos (aquel que algunos suponen que su sede se halla en el extranjero) está más que decidido a instaurar una dictadura consensuada a nivel planetario junto con sus socios de Europa y Japón, a los cuales podrían unirse eventualmente Rusia y China, explotando a su favor el estado caótico padecido en la mayoría de las naciones -gracias a la crisis estructural del sistema capitalista que estos mismos han propiciado desde el FMI y el Banco Mundial- y la necesidad de sus ciudadanos de disfrutar de cierto clima de gobernabilidad y de seguridad personal, sin importarles que esto pueda significar para ellos mismos una restricción y un cercenamiento de los derechos civiles, como ya ocurre desde hace algunos años en el propio territorio estadounidense, a partir del gobierno neoconservador de George W. Bush.

            Esta situación -que para muchos resulta irreal y paranoica- ya tiene sus antecedentes en varias latitudes de la Tierra, excusándose Estados Unidos tras una inacabable lucha contra el narcotráfico y el terrorismo internacionales, sirviendo de referencia para esta afirmación lo acontecido en Afganistán, Iraq, Libia y Siria, y, más cercanamente, en México y Colombia. En el caso de estos dos últimos países, sin conseguir resultados efectivos, a pesar de la existencia de planes militares de vieja data suscritos con la gran potencia imperial para cumplir con dicho objetivo y del uso de una alta tecnología de vigilancia desde sus respectivas fronteras. Toda esta realidad en su conjunto (sin excluir lo propio de la crisis económica que roe a todo el sistema capitalista neoliberal mundial) le serviría a Estados Unidos para justificar la imposición de un régimen supranacional que, por supuesto, estaría bajo su guía directa, reconfigurando entonces el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial y ajustándose a sus propios intereses. Algo que los grandes jerarcas político-militares-empresariales gringos ya delinearan previamente en lo que se dio a conocer como el Nuevo Siglo norteamericano, buscando subordinar todos los pueblos y todos los poderes existentes mediante la eliminación preventiva de hipotéticas amenazas a su seguridad nacional, tal como lo exponen abiertamente Barack Obama y su equipo de gobierno en algunas de sus intervenciones públicas.

            Esto cobra ahora mayor sentido de urgencia para quienes aspiran el control total de la economía, el poder político incondicional y los recursos naturales estratégicos de nuestro planeta cuando los mismos han visto surgir ante sus ojos a una heterogeneidad de movimientos sociales, políticos y culturales contestatarios que desafían la continuidad de un orden unipolar y plantean en su lugar el surgimiento de nuevos polígonos de poder. Un claro ejemplo de esta nueva realidad lo tenemos en nuestra América con la aparición de gobiernos progresistas, populares y/o revolucionarios que se oponen a la sempiterna hegemonía imperial yanqui, lo que ha supuesto la implementación de nuevos planes injerencistas que incluyen la utilización de artimañas legalistas y la vieja fórmula del golpe de Estado para derrocar a aquellos gobiernos que no acaten sus directrices, valiéndose para ello de la complicidad disciplinada de grupos antinacionales y abiertamente pro-fascistas; lo que exigiría de los sectores revolucionarios, populares y progresistas disponer de una claridad ideológica y política para comprender adecuadamente lo que se halla en juego actualmente en cuanto a la autodeterminación de los pueblos y la preservación misma de la vida sobre la Tierra que permita contrarrestar las intenciones imperiales estadounidenses, de un modo realmente efectivo y permanente.-

 

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18/11/2013 19:36 Homar Garcés #RyS. TEMAS ANTIIMPERIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL PODER QUE HACE HISTORIA

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La expresión puede sonar demasiado simplista, utopista y, hasta, demagógica para muchas personas, pero ella contiene en sí misma una -si ahondamos sin prejuicio alguno en su significado menos evidente- una enorme carga subversiva, de ser aplicada de un modo suficientemente audaz, sistemático y permanente. Es decir, el pueblo consciente de sí mismo como actor o sujeto político de la transformación radical de su propia realidad (tanto colectiva como individual) se convierte, por obra y gracia de su voluntad creadora y re-creadora, en el poder que hace historia (copiando a Enrique Dussel), en abierta oposición a la a-historia representada por la hegemonía largamente ejercida por las minorías que lo explotan, excluyen y oprimen. Y, repitiendo el alegato de Fidel Castro al enjuiciársele por el asalto al cuartel Moncada en 1953, “Cuando hablamos de pueblo no entendemos por tal a los sectores acomodados y conservadores de la nación, a los que viene bien cualquier régimen de opresión, cualquier dictadura, cualquier despotismo, postrándose ante el amo de turno hasta romperse la frente contra el suelo. Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más justa; la que está movida por ansias ancestrales de justicia por haber padecido la injusticia y la burla generación tras generación, la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma, hasta la última gota de sangre”.

            No podrá negarse que, de hacerse cotidianidad creadora esta invocación subversiva, habría que modificarse sustancialmente todo lo relacionado al presente modelo de sociedad, produciéndose entonces un profundo cambio cualitativo en las maneras de concebir al mundo, de un modo que se beneficie a las amplias mayorías populares. Como resultado de ello, el orden de cosas que hasta ahora conoció la humanidad quedaría seriamente cuestionado y eventualmente abolido, imponiéndose el surgimiento de unos nuevos paradigmas y unas nuevas definiciones, con una inter-subjetividad anti-jerárquica que se exprese en el establecimiento de un poder abajo y no únicamente desde abajo, como suele citarse; creándose en consecuencia una nueva cultura política revolucionaria. Por supuesto, todavía habría que vencer muchas resistencias, en tanto todo esto sea algo posible e inmediato, resistencias que opondrán obviamente quienes usufructúan el poder en representación del pueblo, pero que también podrían provenir de ciertos sectores populares, de no existir entre estos últimos suficiente claridad política e ideológica para entender la coyuntura histórica que se vive, terminando por hacerle el juego a sus enemigos de clase.

            Esto plantea el establecimiento de novedosas estructuras de participación popular que sirvan, incluso, para fiscalizar la gestión del poder delegado, siendo dotadas de una total autonomía y autoridad respecto a éste. Aunque en muchos aspectos les caracterice algunos rasgos de dependencia en relación al estamento político e instituciones del Estado, éstas podrían acceder a mayores estadios de organización y participación democrática de mantenerse las mismas en un nivel de rebelión permanente contra todo aquello que trate de coaccionarlas y subyugarlas, destruyendo así su independencia revolucionaria. Cuando ello resulte así, entonces podríamos hablar de un poder que hace realmente historia: el poder de un pueblo revolucionario, consciente y organizado.-

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19/11/2013 13:14 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LOS REVOLUCIONARIOS Y EL ERROR DE LA INOCENCIA

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Quienes hacen una revolución de orientación socialista generalmente se hallan ante la disyuntiva de acabar de una vez por todas con el viejo orden establecido u optar por una alternativa gradual que permita ir desconstruyendo dicho orden mediante la puesta en vigencia de algunas reformas de leyes y medidas gubernamentales que contribuyan a ello. De ahí que las diversas experiencias revolucionarias (aun las más radicales) estén expuestas a equivocar el rumbo y terminen por mantener inalteradas las relaciones de poder y, por ende, las estructuras del viejo Estado que se pretendía transformar y erradicar.  Esto último llegó a suceder en el caso fallido de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que, al no cambiar dichas relaciones, se produjo la entronización de una nueva casta dirigente que -excusándose en razones de Estado, en algún momento válidas- impidió y limitó la participación popular, lo que terminaría posteriormente en la restauración del capitalismo, tal como lo advirtieran tempranamente León Trotsky y el Che Guevara al estudiar su realidad política y económica.

En tal caso, lo que se requeriría es disponer de una voluntad política suficiente y de un sentido de la trascendencia histórica (tanto particular como colectiva) para asumir y llevar a cabo una revolución verdaderamente socialista, sobre todo si ésta se impone superar y extirpar las desigualdades derivadas del sistema capitalista. Tal cosa -debemos estar conscientes de ello- no es una tarea demasiado fácil de cumplir, especialmente con hombres y mujeres quienes han sido objeto desde su infancia de un proceso constante de alienación que legitima la lógica del capital, sin que unos y otras estén plenamente conscientes de esto, a pesar de evidenciarse también lo contrario. Pero, ¿será, acaso, imposible de lograr una revolución de signo socialista en medio de la realidad creada a imagen y semejanza del capitalismo? Nos respondemos que no. Lo que debe establecerse es una comprensión permanente de los múltiples obstáculos a vencer en el camino de la construcción colectiva del socialismo revolucionario y no creer jamás en que esto será producto de la visión, del ánimo y de las acciones decididas de un líder carismático que, al decir de muchas personas, sólo aparecería cada cien años. Mientras se piense en las limitaciones y desánimos particulares, el avance revolucionario se hará lento y, en muchas ocasiones, sufrirá un estancamiento definitivo que, a la larga, sabrían aprovecharlo sus enemigos históricos.

A pesar de todo ello, la fórmula pareciera bastante simple: no caer en el error de ser inocentes al creer que sólo basta expresar unas buenas intenciones, al modo de la prédica de un nuevo evangelio que redimirá a la humanidad actualmente explotada y oprimida. Este error de la inocencia, incluso, hace que muchos revolucionarios lleguen a esperar confiados en que sus opositores serán alcanzados, en algún instante de sus existencias, por la revelación de la verdad revolucionaria, olvidando que ellos nunca estarían dispuestos a aceptar un cambio tan radical que afecte sus mezquinos intereses de clase.-

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19/11/2013 13:18 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA INSURRECCIÓN CÍVICO-MILITAR DEL 27 DE NOVIEMBRE DE 1992

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La insurrección cívico-militar del 27 de noviembre de 1992 en contra del régimen puntofijista representó la evidencia más palpable del grado de deterioro moral y de falta de legitimidad popular que éste ya venía sufriendo desde hace algunas décadas atrás, cuyos rasgos más resaltantes eran el parasitismo empresarial, la impunidad y la corrupción política generalizada. Para entonces, las luchas populares fueron moldeando e incrementando un estado tal de resistencia, incluyendo la resistencia pasiva expresada en la abstención electoral que se mantenía en persistente ascenso, sin que las elites dominantes llegaran a imaginar y a comprender cabalmente la magnitud del deterioro continuo de la hegemonía largamente ejercida sobre los sectores populares; una cuestión que debió ponerlas en alerta inmediata luego de producirse la rebelión popular del 27 de febrero de 1989 cuando el gobierno de Carlos Andrés Pérez quiso implementar obedientemente el recetario neoliberal recomendado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) para remediar el serio declive sufrido por la economía rentista venezolana.  

Sin embargo, citando a uno de sus líderes militares principales, el General Francisco Visconti, de la Fuerza Aérea, “siendo la insurgencia cívico-militar del 27 de noviembre de 1992 un acontecimiento de extraordinaria trascendencia en la historia contemporánea de nuestra Patria, este capítulo no ha sido analizado, estudiado ni registrado con suficiente interés, atención y profundidad: sin el 27-N no hubiese sido sometido a juicio y finalmente removido de la presidencia de la República el ciudadano Carlos Andrés Pérez; sin el 27-N no se hubiese consolidado la opinión y la voluntad nacional por el cambio y la transformación político-social de nuestro país. Tampoco habríamos logrado, sin el 27-N, una matriz de opinión favorable al proceso de cambio venezolano a nivel internacional y obtenido los sobreseimientos de las causas de los compatriotas combatientes del 4-F que se encontraban presos y, en general, no habríamos fortalecido férreamente el gran sentimiento nacional por el proceso revolucionario bolivariano que los venezolanos estamos construyendo hoy día”.

Teniendo en cuenta este breve análisis del General Visconti, habría que reivindicar esta importante insurrección cívico-militar, puesto que sin ella quizás la historia fuera otra. Aquella unidad de patriotas civiles y militares tenía como orientación principal el rescate de la dignidad y de la soberanía nacional frente a un sistema de exclusión social, cuyos planes contemplaban la privatización de todas las empresas públicas y de los servicios básicos de la población, la apertura del mercado nacional al capital transnacional estadounidense sin protección legal para los trabajadores venezolanos y la posible negociación de los recursos existentes en el Golfo de Venezuela, sin que en nada de ello se tuviera en cuenta la opinión del pueblo.

Según lo señalara el Comandante y Presidente Hugo Chávez, quienes protagonizaron esta acción subversiva “tuvieron el valor y la dignidad de no ser cómplices de aquella dictadura con careta democrática”. Gracias a su rebeldía, el pueblo venezolano pudo confiar más plenamente en su capacidad de lucha, animándolo a emprender un camino distinto al que se le hiciera transitar durante cuarenta años consecutivos sólo para beneficiar a una minoría parasitaria y pro-imperialista que no tuvo empacho alguno en ordenar el asesinato sistemático de todos aquellos que pudieran cuestionar su corrupción y hegemonía (incluyendo a los miles de venezolanos que fueran masacrados durante la lucha armada de las décadas de los 60 y 70).

Tal confianza se ha manifestado grandemente, en un primer momento, en el apoyo masivo a los insurgentes del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992; luego en la elección de Hugo Chávez como presidente constitucional de Venezuela, lo que se ha mantenido casi de forma inalterable hasta el momento, a pesar de algunos desaciertos e inconsistencias ideológicas, lo cual ha perfilado que este país sea hoy por hoy una referencia mundial en cuanto a la experiencia revolucionaria socialista que acá tiene lugar de manera inédita.-  

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27/11/2013 13:29 Homar Garcés #RyS. LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA No hay comentarios. Comentar.


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