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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2018.

LA DEMOCRACIA Y LA “FATALIDAD” SUPERABLE DE LA PARTIDOCRACIA

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Víctimas alienadas del partidismo, partidocracia o partidarquía, muchas personas sucumben -desde hace largo tiempo- ante la aparente fatalidad que supone la existencia de los partidos políticos como la expresión más idónea del ejercicio de la democracia. Esto se ha venido fomentando ininterrumpidamente a partir del estallido de la Revolución Francesa hasta el grado que se cataloga como un hecho normal que dos partidos políticos compartan el poder, por ejemplo, en Estados Unidos, con una mínima diferencia en lo que se refiere a sus comportamientos y postulados ideológicos esenciales. O como ocurrió en México, al término de la Revolución, con un Partido Revolucionario Institucional (PRI) que detentó el monopolio del gobierno y demás estructuras del Estado, en provecho único de su dirigencia. Igual podría afirmarse en relación con Colombia y Venezuela, naciones que fueran regidas -a imitación de Estados Unidos- por liberales y conservadores, en el primer caso, y por adecos y copeyanos, en el segundo; donde cada uno de ellos proclamaba sus bondades como garantes de los derechos democráticos de las mayorías y, por lo tanto, se consideraban a sí mismos como los más recomendados para dirigir los destinos de sus países.

No obstante, obviando lo plasmado en sus respectivos estatutos y fundamentos ideológicos, sobre todo, a la luz de su práctica política (o ejercicio del poder) se notará de inmediato (y es la queja popular habitual) que la mayoría de los partidos políticos tienden a conseguir una hegemonía indisputable, lo que hace de la democracia una utopía permanente o, en el mejor de los casos, algo siempre inconcluso. Los ejemplos más a la mano sobre tal predisposición antidemocrática serían los partidos nazi en Alemania, fascista en Italia, y comunista en la Unión Soviética y sus similares de la Europa del Este.

Como contrapartida al hegemonismo político-partidista, casi siempre (por no anotar que siempre) se esgrime la necesidad de una política rebelde, contestaría y/o revolucionaria que ponga en marcha una audacia creativa y, por consiguiente, sumamente innovadora que trascienda los límites establecidos por la tradición y los patrones históricos que supeditan la voluntad y el destino de los pueblos a una resignación inducida, de índole religiosa (aunque no se mencione y sea imperceptible a los sentidos de sus víctimas), la cual -en todo caso- siempre resultará favorable a los intereses de los sectores dominantes. Una sumisión mistificada que se equipara con un orden natural que jamás (aceptando tal hecho) podría alterarse.

Aun así, alguna gente alegará que los partidos políticos son imprescindibles para que haya verdadera democracia. Lo que se ajusta a la concepción y vigencia de un orden social y económico competitivo, muy a tono con la lógica capitalista; conservando -hasta donde sea posible- sin ninguna variación las relaciones jerarquizadas derivadas del poder constituido.

Esto exige, como tarea revolucionaria impostergable, desnudar y deslegitimar en todas sus partes al modelo de Estado liberal-burgués vigente, lo que incluye, naturalmente, a la gama de partidos políticos que lo encarnan y reproducen. Para ello se requiere una revolución cultural que ubique y re-ubique la historia relegada, construida y protagonizada (aún en sus aspectos negativos como sucediera en los inicios de la lucha independentista en Venezuela) por los sectores populares, en oposición a la historia oficial que los invisibilizó, convirtiéndolos en meros accesorios de la puesta en escena de las acciones de los héroes y dirigentes que ésta destacara.

Gracias a esta última e importante revolución, surgiría la posibilidad cierta que los sectores populares adquieran una nueva conciencia en relación consigo mismos y el modelo civilizatorio en que existen. Aquí cabe citar a la doctora en antropología Jacqueline Clarac de Briceño, quien en su obra “El lenguaje al revés (Aproximación antropológica y etnopsiquiátrica al tema)” nos expone -aunque sus palabras encajan en otro contexto- que “al tomar conciencia de toda esta historia y de las razones por las que estaban marginados hasta ahora, empiezan a comprender los pobres que su situación no es una fatalidad de la historia y de su propia condición humana, sino que ésta es reversible”. No en balde, quienes integran y representan las minorías gobernantes se muestran reacios a aceptar y a obedecer la soberanía que, se supone, le pertenece al pueblo. Su miedo y su predisposición consuetudinaria a la represión y a la cooptación de los sectores populares tienen su “justificación” en la certeza de ser completamente desplazados, de instaurarse un poder popular auténticamente soberano.              

Aunque aspiren y proclamen representar a la totalidad de la población, en realidad los partidos políticos, llámense conservadores, liberales, republicanos, socialistas, radicales, demócratas y aún revolucionarios, -al desarrollarse en un escenario moldeado y dominado por el sistema capitalista y, adicionalmente, respondiendo a los esquemas republicanos creados, mayormente, en suelo europeo- no llegan a cumplir totalmente con tal objetivo. Especialmente cuando surgen camarillas en su seno que, para usufructuar el poder obtenido, recurren al clientelismo político; implantándose un elitismo y un autoritarismo caudillista totalmente contrarios a lo que debiera ser una verdadera praxis democrática. Como agentes de legitimación e intermediación frente al poder del Estado, no los anima despojarse de su preponderancia acostumbrada.

Sobre esto (aunque se destruyan las neuronas y cueste asimilarlo) la autonomía de los sectores populares organizados es básicamente el modo como se puede abordar la construcción social y política colectiva de un nuevo orden por fuera de la lógica que, por ahora, rige el sistema establecido. Se trata, en síntesis, de la puesta en práctica de un formato novedoso que haga énfasis en la construcción de un sujeto histórico insurgente, dotado de una clara conciencia emancipatoria. Esto daría nacimiento (pese a la contradicción que algunos perciban) a la institución de un nuevo Estado, sustentado en una vasta experiencia asociativa de las clases subalternas. Con ello como principio, se evitará la instrumentalización y mediatización del poder popular a manos de los partidos políticos. Esto no hará desaparecer mecánicamente las contradicciones, las controversias dogmáticas o las fragmentaciones. No obstante, lo más importante es no perder de vista el empoderamiento político, económico y social de las mayorías populares, así como comprender a cabalidad que ello debe apuntar a una transformación profunda y definitiva que supere las estructuras burocrático-piramidales creadas por las clases dominantes, los partidos políticos y el Estado en conjunto.-             

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02/02/2018 10:45 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

LA MEJOR MEDIDA CONTRA EL ESTADO DE SITIO ECONÓMICO DE VENEZUELA

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El incremento hiperinflacionario y los niveles de desabastecimiento crónico, unidos a la ineficiencia y la corrupción institucional presentes en cuanto a lo que debiera ser la efectividad de los canales de distribución de productos, obligan a plantear como una alternativa necesaria que el pueblo organizado, ya sea a través de los consejos comunales, de las comunas o de los comités de usuarios y consumidores que se lleguen a constituir, tenga una participación real y vinculante en el control de la grave situación económica que está confrontando Venezuela.

Si nos hallamos en una guerra económica, como lo manifiestan a cada rato los personeros del gobierno, lo lógico es pensar que se tomen medidas excepcionales (entendiendo lo que es una economía de guerra) que permitan derrotar al enemigo, en este caso, a los comerciantes inescrupulosos, a los bachaqueros y a los funcionarios públicos que han hecho de la corrupción un negocio muy lucrativo, a tal punto que ninguno de ellos se queja de la crisis en que se halla la generalidad de los venezolanos. En tal caso, debiera activarse una contraloría social de forma permanente, incluso entre los mismos organismos públicos a los cuales se les encomiende esta tarea, puesto que el burocratismo es uno de los principales resguardos de la corrupción y demás delitos que se cometen, al ocultar, obviar e impedir cualquier procedimiento legal que se inicie en su contra.   

Por otra parte, hay que advertir que la extensión del rentismo petrolero y la profundización del extractivismo, sobre todo con la explotación del Arco Minero del Orinoco y la implementación de la criptomoneda del Petro, estarían beneficiando, básicamente, al capital financiero, nacional o extranjero, lo que a la larga significaría desmantelar, de una u otra forma, lo que pudo ser la construcción de un sistema económico distinto en manos de los trabajadores y de los sectores populares, en el cual predominara el valor de uso por encima del habitual valor de cambio del capitalismo. Respecto a ello, se entiende la necesidad de obtener recursos y tratar de levantar la economía nacional, pero debe evitarse, en lo más que se pueda, recurrir a las fórmulas del neoliberalismo capitalista como única y última opción, lo que complacería grandemente a quienes, abierta y encubiertamente, desde adentro y desde afuera, se han opuesto a la alternativa democrática del poder popular soberano, esta vez con mayor empeño que cuando gobernaba Hugo Chávez.

La situación presente de Venezuela, con todo el diagnóstico negativo que se pueda hacer a diario en cualquier parte del territorio nacional, exige la construcción colectiva y democrática inmediata de nuevos espacios de participación, así como de nuevos liderazgos, sin reciclajes, que estén verdaderamente comprometidos con la ampliación y la consolidación efectiva de una democracia participativa que rebase y elimine, al mismo tiempo, los límites impuestos por la demagogia y el clientelismo político.

El bloqueo o estado de sitio económico que padece Venezuela pudiera superarse si se trabajara ciertamente por hacer realidad el poder popular soberano, con suficiente independencia económica y política, lo que podría incidir, siendo optimistas, en la generación de los cambios estructurales que fueron postergados desde los tiempos de Chávez y que ahora son harto necesarios, aún más que antes, puesto que el viejo modelo político implantado por el puntofijismo ya caducó y se requiere uno más ajustado a los nuevos tiempos que vive el país. Esto debiera bastar para unificar a todos los sectores sociales y políticos alternativos en la puesta en marcha de una amplia propuesta de transformación estructural del Estado, como lo plantea, por ejemplo, el Frente Amplio Nacional Bolivariano (FANB), de modo que exista esa posibilidad no lejana, ni quimérica, de regenerar el país con hombres y mujeres realmente patriotas, dispuestos a defender los intereses nacionales por encima de cualquier interés particular, ya sea éste partidista o económico.-  

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22/02/2018 13:44 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

NUESTRA AMÉRICA Y EL “NUEVO” INJERENCISMO GRINGO

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“Golpes blandos”, “rebeliones de colores”, campañas de desinformación masivas, imposición de sanciones extraterritoriales de todo tipo, sabotaje de las diferentes líneas de telecomunicaciones y la amenaza no tan velada de agresión militar son los elementos constitutivos -a gran escala- de la guerra irrestricta que estaría ya desarrollando el imperialismo gringo para asegurar su hegemonía total e indiscutible en el mundo. Para alcanzar tal objetivo, le resultan útiles por igual los métodos y tácticas convencionales como aquellos que encajan en la categoría de crímenes políticos mediante el asesinato selectivo de dirigentes de comprobada ascendencia sobre los sectores populares, así éstos carezcan, aparentemente, de una intención explícitamente política. 

¿Qué puede suponer esta vasta estrategia imperialista para el planeta entero? En principio, un mayor clima de tensiones, provocaciones y conflictos, en especial con China y Rusia, las dos potencias que la clase política y militar de Estados Unidos mantiene en agenda como sus principales enemigos a vencer, sin dejar de lado a Irán, nación a la cual amaga de vez en cuando, lo mismo que a Corea del Norte. Sin embargo, hasta fechas recientes se cuidó de no acentuarlo, limitándose a movilizar sus comandos operacionales, lo que -con Donald Trump en la Casa Blanca- ha cambiado y se ha traducido en una escalada de confrontación más frontal y decidida. Esto quizás se observe con una mayor preocupación del lado de Europa y de Asia (con Ucrania, Japón y Taiwán de fondo) donde los Comandos Estratégicos estadounidenses sostienen una presencia militar de altos quilates, reforzada con el respaldo de sus pares de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, sus fieles escuderos en cada uno de los últimos conflictos bélicos desencadenados por Washington. No es casual, por ende, que en la rica región petrolera de Oriente Medio -contando con el respaldo de Israel, Turquía, las monarquías retrógradas del Golfo Pérsico y la milicia del Daesh- Estados Unidos busque tomar el control directo de sus recursos, por lo que la indefinición prolongada de la guerra desatada contra Siria (contenida gracias a la determinación combinada de Rusia y China) representa un revés, cuyo costo en dólares y uso de armamentos afectará, con el tiempo, la economía interna estadounidense, como ocurriera en su tiempo con la guerra de Vietnam.

En medio de semejante panorama, nuestra América (considerada por Estados Unidos desde hace dos siglos como su patio trasero) no escapa a estos planes de la nueva Estrategia de Defensa Nacional, recientemente reformulada por el gobierno de Trump. Así, nuestras naciones vuelven a convertirse en focos de la atención imperialista. Por ello, tampoco es casual que el injerencismo estadounidense se haga notar sin disimulo alguno, orientando las acciones de quienes se oponen -como en el caso de Venezuela- a los regímenes rotulados como hostiles. Un injerencismo que es, además, estimulado al máximo, día y noche, por las grandes cadenas noticiosas, ignorándose o tergiversándose por completo la voluntad de soberanía que vienen manifestando nuestros pueblos, repetidamente, desde finales del siglo pasado, en rechazo contundente a la subordinación neocolonialista que les adjudica el rol de simples proveedores de materias primas. De ahí que cualquier asomo de rebeldía e independencia termine por percibirse como una amenaza inusual y extraordinaria a los intereses y la seguridad nacional de nuestros “buenos vecinos” del Norte. Lo que se suma a lo pretendido mediante el Consenso de Washington, el Plan Puebla-Panamá, el Plan Colombia, el Área de Libre Comercio de las Américas y la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (propuesta conjunta del Banco Interamericano de Desarrollo, la Corporación Andina de Fomento y el Fondo Financiero para el Desarrollo de la Cuenca del Plata.-         

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22/02/2018 13:46 Homar Garcés #RyS. TEMAS ANTIIMPERIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

UNA COSA ES INVOCAR AL DIABLO Y OTRA VERLO EN PERSONA

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La crisis económica, o como algunos prefieren llamarla, guerra económica, requiere de acciones inaplazables, puntuales y contundentes que frenen la espiral especulativa que ha hecho mella profunda en la capacidad de compra de los venezolanos. Ésta es una situación urgente que exige mucha voluntad política de parte de aquellos que dirigen las diferentes instituciones públicas para emprender un combate de mayores efectos contra quienes se han dedicado a incrementar los precios de diversos productos sin considerar siquiera que están fomentando una salida extrema por parte de los sectores populares, tal como ha acontecido ya en varias partes de Venezuela.

Sin embargo, hay que acotar que es necesario igualmente que se apliquen correctivos enérgicos, quizás excepcionales, que ataquen y reduzcan considerablemente la corrupción presente en muchas instituciones, evitando que sea percibida y aceptada como un hecho normal. Sin la corrupción existente, extensiva por igual al sector estrictamente civil, no se acabará la especulación descontrolada de cualquiera de los productos que requieren todos los venezolanos, en especial los alimenticios, que es donde se manifiesta con mayor crudeza y desesperación la desvalorización del poder adquisitivo.

Ambas operaciones exigen la actuación del poder popular organizado en general. Bajo esta directriz, debieran activarse todas sus organizaciones en función de extirpar este flagelo social, puesto que sus consecuencias funestas podrían darle paso a un clima de total inestabilidad en el cual prevalecería el interés personal antes que el colectivo. Algo de lo cual no podrían sacar provecho los grupos opositores que son los más motivados en que ello ocurra para que caiga el gobierno o se concrete una intervención militar extranjera, tal como la han invocado en numerosas ocasiones.

Respecto a este posible escenario, habrá que sublevarse, independientemente de la opinión que se tenga de la dirigencia política gobernante o de la oposición de derecha, ya que de permitirse, por indolencia e irresponsabilidad nuestra, se creará un estado general de ingobernabilidad, mucho peor al que, en mayor o menor medida, criticamos en el presente. En el caso de quienes animan una intervención militar extranjera, encabezada sin duda por tropas estadounidenses, o, como lo admitió en fecha reciente el Secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, alientan a las fuerzas armadas para que den un golpe de Estado para salir del gobierno, hay que recordarles, apelando a la filosofía popular, que una cosa es invocar al Diablo y otra verlo en persona. Esta eventualidad hipotética sólo acarrearía males incalculables, incluso sin que llegara a presentarse la fatalidad de una guerra civil, como pasó en otros países del continente.-

 

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22/02/2018 13:48 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

NEOIMPERIALISMO Y RECONFIGURACIÓN ESPACIAL

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Theodore Roosevelt en su mensaje al Congreso en 1904, definió lo que sería conocido en adelante como el corolario Roosevelt a la doctrina Monroe, al referir que una mala conducta crónica o la ausencia de orden en las naciones ubicadas al sur de sus fronteras obligaría al gobierno de Estados Unidos a llevar a efecto una intervención directa de su parte en dichas naciones. «En el Hemisferio Occidental, -diría- nuestra adhesión a la Doctrina de Monroe podría obligarnos, contra nuestras inclinaciones, en casos flagrantes de tal mala conducta o de impotencia (de los gobiernos), al ejercicio de un poder policial internacional». Una cuestión que se concretaría, básicamente, en la región del mar Caribe, teniendo como enclaves destacados la base de Guantánamo en Cuba y la zona del canal de Panamá, lo que le permitiría a Estados Unidos reeditar, de alguna forma, lo hecho por la antigua Roma en las aguas del mar Mediterráneo.


El imperialismo gringo ha tenido en la guerra su mejor (por no decir la única) opción para perpetuarse y extender su supremacía a, prácticamente, todos los confines de la Tierra. Así, en su artículo `La militarización del neoliberalismo´, Antonio Maira detalla que “el estado de guerra permanente en el que vivimos tiene su causa en la determinación de los Estados Unidos de imponer un orden planetario en el que va impresa su hegemonía. Responde a la necesidad de mantener el control de un mundo como mercado abierto para las multinacionales y los grupos financieros. Tal mundo presenta elementos crecientes de una desestabilización provocada por el enorme crecimiento de las desigualdades y la pobreza, la ruina irremediable de países explotados inclementemente por la deuda, y la creciente movilización política de las multitudes condenadas irremisiblemente a la miseria”. En atención a tales conclusiones, el expansionismo gringo en lo adelante no tendrá -según sus patrocinadores- por qué someterse a consideraciones de naturaleza ética o jurídica.

 
A fin de concretar sus ambiciosas metas, el imperialismo -en esta nueva fase de su existencia- ha previsto la puesta en marcha de mecanismos represivos a escala global que, en un primer momento, serán asumidos por los ejércitos y policías de las naciones bajo su órbita y, en un escenario mayor, por las propias tropas estadounidenses. Esto en combinación con la situación de subdesarrollo permanente a que serían sometidos los países periféricos del sistema capitalista, lo cual no excluiría (aunque parezca inverosímil) la oportunidad de provocar una hambruna y un genocidio cuidadosamente planificados y ejecutados, sin que a sus promovedores les perturbe alguna especie de remordimiento.

En correspondencia con esta perspectiva, de instaurarse un orden mundial análogo, los mercados acabarán por reemplazar definitivamente la existencia de naciones y culturas que, de algún modo, contraríen y obstaculicen la sacra voluntad de las grandes corporaciones transnacionales, convertidas éstas en un Estado paralelo, de características supranacionales. En éste, los seres humanos serían vistos como clientes y cosas (valorados y subvalorados, según su utilidad), condenados a laborar cual nuevos esclavos, a fin de poder sobrevivir.

Este neoimperialismo procura, lógicamente, la imposición de una homogeneización no solamente en los planos económico, militar, político, ideológico y cultural sino igualmente -y con un mayor énfasis- a una reconfiguración espacial, en un proceso de recolonización, cuyos inicios pueden rastrearse con facilidad en los diversos acontecimientos suscitados en la extinta Yugoslavia y en Medio Oriente (incluyendo las asiduas agresiones militares de Israel contra el pueblo ancestral de Palestina); lo que daría a la concepción del Estado-nación un matiz totalmente diferente al que hasta ahora éste ha tenido.-

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27/02/2018 08:45 Homar Garcés #RyS. TEMAS ANTIIMPERIALISTAS No hay comentarios. Comentar.


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