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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2018.

LA LUCHA PROLETARIA EN EL NUEVO CONTEXTO CAPITALISTA

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La historia humana de los dos últimos siglos tiene como rasgo característico el antagonismo y las contradicciones existentes entre el capital y el trabajo asalariado. Esto generó concepciones políticas e ideológicas (algunas con intenciones conciliadoras) que defienden o justifican a uno u otro elemento en pugna. Otro tanto hay que decir de la diversidad de derechos socioeconómicos que conquistaran los trabajadores, a costa de sus vidas, luego de librar múltiples luchas en diferentes épocas, las cuales no son, por consiguiente, concesiones generosas y espontáneas de quienes conforman la clase capitalista dominante. En contrapartida, la clase capitalista dominante -como siempre- busca expandir sus ganancias a expensas de la fuerza de trabajo asalariada, juntamente con los recursos existentes en toda la naturaleza, en un proceso de explotación y depredación que amenaza seriamente con destruir todo vestigio de vida sobre la Tierra; cuestión ésta que se ha acelerado gracias a la globalización neoliberal y a la oferta engañosa sostenida de un progreso compartido armoniosamente entre todos (que nunca deja de ser desigual y excluyente, pero que aún motiva a muchos a creer que sí es posible).

 

«Cuando las fuerzas conservadoras toman la ofensiva, quien paga el precio más caro es el trabajador. Él ve amenazado su empleo, sus derechos, su salario, su educación, su salud. Este primero de mayo -día del trabajador y no del trabajo, como algunos insisten en decir- encuentra a la gran mayoría de los trabajadores del mundo en situación penosa. Perdiendo derechos y con muchas dificultades para defenderlos», explica Emir Sader en su artículo «El día y la noche del trabajador». Amparados en su poder económico y, ahora, político, los dueños del capital globalizado (junto a sus asociados nacionales) han conseguido «socializar las pérdidas» y «privatizar las ganancias», imponiendo sus intereses por encima de las mayorías. Esto hace que la lucha proletaria se disperse, se desmovilice y se reduzca a conquistas laborales parciales, favoreciendo en muchos casos la posición del sector privado de la economía, en la confianza absurda de que éste compartirá sus dividendos con todos.

 

La confrontación entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción (propiedad, dominación), fuerza de trabajo, medios de trabajo y medios de producción materiales trasciende los marcos de entendimiento y de lucha del pasado. Asimismo, aun cuando algunos insistan en su simplificación, la realidad creada por el capitalismo neoliberal en el mundo contemporáneo traspasa los límites nacionales, convirtiéndose en una realidad global, cuyos tentáculos abarcan ya no solamente lo económico, sino que se desparraman abiertamente hacia lo político y su rama militar, como en los casos de Estados Unidos, Brasil y Argentina.  

 

«No es necesario leer El Capital de Marx -nos asegura Octavio Alberola, histórico teórico y militante anarquista de origen español- para comprender que la apropiación de la plusvalía, producida por la explotación del trabajo, es la única razón de ser del capitalista y que esta ambición de apropiación no tiene límites para él, salvo lo que en ciertos momentos históricos le ha impuesto la lucha de clases. Así ha sido hasta ahora y, por el momento, nada indica que los capitalistas estén dispuestos a renunciar a la acumulación sin límites, pues ni siquiera les parece suficiente una justa retribución entre el trabajo y el capital». A pesar del tiempo transcurrido y de las diferentes mutaciones que ha podido sufrir el capitalismo desde que Marx la revelara al mundo, esta es una verdad incuestionable; máxime ahora cuando el capitalismo global apunta a controlar enclaves productivos de exportación en diferentes puntos del orbe que gozarían de una excepcionalidad jurídica y arancelaria, sin que se vea perjudicado o sometido por las legislaciones locales o nacionales donde éstos funcionen, en una especie de nuevas regiones coloniales. Ello enmarca la lucha proletaria en la actualidad, lo que impone como reto adoptar una serie de objetivos por obtener como lo son la democracia económica, la sostenibilidad ecológica, la justicia ambiental, el desarrollo de las economías locales, la libre determinación y la soberanía de los pueblos, la defensa de las tierras comunitarias, la cooperación mutua y equitativa, además de otros bienes comunes que resultan inconvenientes e incompatibles en el nuevo contexto capitalista. -    

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04/05/2018 09:45 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LOS GRINGOS NO TIENEN AMIGOS

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Muchos analistas han anticipado -desde hace aproximadamente 30 años- las perspectivas de un orden internacional enteramente dominado por el complejo industrial-militar estadounidense, como lo denominara el presidente Dwight “Ike” Eisenhower. Actualmente, nadie niega que Estados Unidos abandera -junto con sus subordinados europeos y, un “poco” al margen, Israel- un proceso que pretende reencauzar y asentar sólidamente una política neoliberal y neocolonialista a escala mundial en beneficio de su predominio y de sus grandes corporaciones capitalistas transnacionales. Así, la clase gobernante gringa tiene como un asunto vital y de la máxima importancia para sus intereses la recuperación y el fortalecimiento de la situación hegemónica y dependiente que ha marcado la historia común de las naciones de nuestra América.

Para los gringos, la prédica de soberanía y pluralismo democrático que se forjó colectivamente en diferentes naciones al sur de sus fronteras en los últimos decenios resulta absolutamente amenazante, absurda e intolerable. Sobre todo, cuando ve en su horizonte la presencia, las inversiones y la influencia de otros poderes extraterritoriales (China y Rusia) minan esta situación histórica. Aunado, como secuela de ello, a lo que pudieran hacer algunos gobiernos “díscolos” o “forajidos” que actuarían en su contra, animados por un espíritu nacionalista y/o izquierdista.

Si revisamos con mayores detalles esta historia, a fin de no soltar la preciada presa que le correspondería de acuerdo a su “destino manifiesto”, Estados Unidos recurrió a lo largo de doscientos años a una diversidad de acciones. Algunas cruentas, otras más sutiles, pero todas orientadas a una misma y única meta. De este modo, la doctrina Monroe (1823), el corolario Roosevelt (1904), la Unión Panamericana (1910), la política del “buen vecino” bajo la presidencia de Franklin Delano Roosevelt, la doctrina Truman (1948), que dio forma a la Organización de Estados Americanos y al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca mediante la cual Estados Unidos brindó apoyo financiero, político y logístico a regímenes que fueran abiertamente anticomunistas y, por lo tanto, enemigos de la URSS; la Alianza para el Progreso, promovida por el malogrado Jhon Fitzgerald Kennedy; el Consenso de Washington, aupado por William Clinton; y la propuesta fallida del Área de Libre Comercio de las Américas y la “guerra preventiva” (o “infinita”) contra el terrorismo internacional de George Walker Bush -pasando por lo propio de Barack Obama y Donald Trump, con su Estrategia de Defensa Nacional- han conformado los hitos principales de la sempiterna política estadounidense de dominación territorial de Nuestra América. A la par de ello, Estados Unidos patrocinó una serie de intervenciones militares (México, Cuba, República Dominicana, Haití, Panamá, Nicaragua y Grenada), golpes de Estado (Chile, Argentina, Perú, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Venezuela), asesinatos selectivos de líderes populares (Augusto César Sandino, Jorge Eliécer Gaitán, Omar Torrijos, Arnulfo Romero), y el respaldo logístico y entrenamiento militar a grupos contrarrevolucionarios (mercenarios en Guatemala, anticastristas en Playa Girón, “Contras” en Nicaragua, escuadrones de la muerte en El Salvador); condicionados a la voluntad estadounidense.

Esto le facilitó Estados Unidos “convencer” a nuestros pueblos de la fatalidad que pendía sobre ellos: convertirse en colonias o en Estados tutelados del imperio del Norte. A tal grado llega esta convicción inducida que existen grupos que se atribuyen la representación nacional (como acaeciera con Panamá antes de “independizarse” de Colombia o, en la actualidad, con la oposición de derecha en Venezuela) que merodean por los pasillos de la Casa Blanca, el Departamento de Estado o el Congreso gringos, vendiéndose como las mejores garantías para preservar el orden establecido; en tanto ellos sean quienes controlen el poder. Algunos ya no tienen necesidad de hacerlo, instalados como están en los palacios de gobierno (México, Colombia, Brasil, Perú, Argentina), pero igualmente comprometidos con este objetivo imperial. Olvidan, sin embargo, que para Estados Unidos lo esencial no es tener amigos (recuérdese la experiencia sufrida por el General Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, luego de reconocérsele como el mejor gobernante de Latinoamérica, o por la Junta militar que rigió Argentina cuando ésta desencadenara la guerra con Inglaterra por la posesión de las islas Malvinas), sólo intereses. -     

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10/05/2018 09:40 Homar Garcés #RyS. TEMAS ANTIIMPERIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

A PESAR DE TRUMP, PALESTINA SOBREVIVE

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La decisión de Donald Trump de establecer la embajada de Estados Unidos en Jerusalén, reconociéndola como capital del Estado de Israel, suscitó la protesta legítima del pueblo árabe de Palestina, en lo que muchos analistas estiman el inicio de una escalada de enfrentamientos que terminarán por envolver a toda la región de Oriente Medio. Según reseñan algunos medios informativos, el ejército israelí ha matado una cantidad elevada de palestinos en Gaza durante las grandes protestas no violentas en contra del traslado de la embajada estadounidense. Pero todo esto parece no motivar mucha solidaridad entre las naciones occidentales, cuyos gobiernos -contrario a ello- se manifiestan a favor de lo hecho por Trump y se preparan a secundarlo no sólo en cuanto a la instalación de sus respectivas embajadas en Jerusalén sino también en la guerra que estaría desencadenándose, con la cual se perseguiría acabar con el régimen teocrático de Irán, al mismo tiempo que asegurar el control geopolítico de Siria y los yacimientos petroleros de todo este amplio territorio, en lo que ya muchos reconocen como neocolonialismo.      

La tragedia de más de medio siglo que sufre el pueblo de Palestina podría hacernos concluir que son seres humanos sin dolor de nadie. La pregunta lógica es: ¿por qué no se apoya decididamente el derecho a la autodeterminación de Palestina y se zanja definitivamente el conflicto árabe-israelí, creado y fomentado hace más de cien años atrás por las potencias de Occidente?

Es dificultoso defender o apoyar la lucha de un pueblo por aspirar a disfrutar de los mismos derechos que tienen y le han sido reconocidos a otros pueblos para afianzar su cultura, su soberanía y su autodeterminación cuando es víctima de prejuicios y de una incesante campaña de desinformación y de manipulación de la realidad como acontece en diversos contextos con Palestina. A tal grado se extiende la influencia de esta campaña que muchas personas terminan por creer, sin discusión alguna, que a los palestinos no les asiste ningún derecho sobre el territorio que vienen ocupando desde hace siglos; tal como sucediera en Europa con los antepasados de quienes lo propician cuando fueran víctimas indefensas de la oprobiosa política racista del Tercer Reich nazi alemán.

Al escribir sobre este tema en La ocultación política y mediática de las causas del atentado contra "Charlie Hebdo", sus consecuencias y retos, Said Bouamama concluye: “el discurso mediático y político de legitimación de este apoyo (por parte de Europa y Estados Unidos) se construye sobre la base de una representación del grupo Hamás palestino, pero también de la resistencia palestina en su conjunto (a través de recurrentes imprecisiones verbales), de la población palestina en su conjunto y de sus apoyos políticos internacionales, como portadores de un peligro «islamista». La lógica del «doble rasero» se impone una vez más a partir de un enfoque islamófobo adoptado por las esferas más altas del Estado y que retoman la gran mayoría de los medios de comunicación y de actores políticos”.

Así, cualquier rasgo de historicidad que puedan exhibir y confirmar los palestinos (como el reconocimiento de la ciudad de Hebrón por parte de la UNESCO), es sistemáticamente por la dirigencia sionista de Israel, de manera que estos carezcan de la identidad y de los argumentos suficientes para contrarrestar sus pretensiones de desarraigarlos por completo de sus hogares ancestrales.

Adicionalmente, la política expansionista, con asentamientos ilegales condenados recurrentemente por la Organización de las Naciones Unidas, viola todo derecho humano, sin que exista una mejor disposición de la comunidad internacional para impedirlo de un modo definitivo. Esto último se obvia en los distintos canales informativos, pasando a ser un elemento accesorio en medio de la situación explosiva existente en el Oriente Medio donde, justamente, se ponen en constante tensión los intereses de las potencias europeas y de Estados Unidos, que -afanados en ejercer un control directo sobre sus respectivos yacimientos petrolíferos- no escatiman recursos de toda clase para ocasionar en esta región una guerra general, similar o mayor a la de los Balcanes. Algo que ha sabido explotar en su beneficio la clase gobernante sionista, la cual, por otra parte, no ha dudado en respaldar sin disimulo al ejército mercenario del Daesh y en vincularse con los regímenes más reaccionarios de esas latitudes (o petromonarquías), como Arabia Saudita. No obstante, el pueblo de Palestina insiste en sobrevivir. A pesar de que el régimen sionista ha convertido el escaso territorio que aún ocupa en la mayor cárcel a cielo abierto existente en la Tierra y somete a toda su población, sin importar la edad ni las condiciones físicas de quienes las padecen, a las más insólitas y crueles prácticas de un terrorismo de Estado. -

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15/05/2018 15:35 Homar Garcés #RyS. TEMAS ANTIIMPERIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL NEOLIBERALISMO Y EL CAMBIO RAIGAL DEL PODER ESTATAL

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A partir de la década de los ochenta, la ideología neoliberal vino a imponer la “necesidad” de desmontar los diferentes aparatos del Estado, así como las leyes restrictivas del mercado, en función de los intereses corporativos de los grandes capitales transnacionales. Esto fue acometido en gran parte del globo terráqueo, incluyendo algunas de las naciones de nuestra América, procediéndose a la privatización de aquellos servicios y empresas básicos cuyo control estaba en manos del Estado. Dicho proceso hizo que la situación social y económica de una gran mayoría de ciudadanos empeorara en lugar de concretarse e incrementarse los niveles de bienestar que los apologistas de esta corriente capitalista prometían, en una proporción similar o cercana a los disfrutados en los países altamente industrializados. De tal suerte, el Estado pasó a ser controlado por los intereses del mercado. El Estado de bienestar que proliferó luego de acabada la Segunda Guerra Mundial quedó relegado a un segundo plano.

 

Pero a medida que el avance y la consolidación del neoliberalismo globalizado parecían indetenibles, se perfiló, al mismo tiempo, una corriente ascendente de resistencia popular en su contra, movilizada de una manera espontánea y generalmente carente de una dirección política reconocida (como aconteciera en el caso de Venezuela el 27 de febrero de 1989). En un comienzo, como focos aislados, centrados cada uno en sus reivindicaciones particulares, pero luego articulándose entre sí, local e internacionalmente, conformando -más allá de sus fronteras naturales- una gama de movimientos y de propuestas que convergían en iguales causas. Un vasto movimiento heterogéneo de lucha contra el capitalismo neoliberal que, en ciertas naciones de nuestra América, adquirió un matiz abiertamente político y antimperialista hasta llegar a manifestarse como política de Estado de algunos de los gobiernos surgidos en este período histórico, los cuales se identificaron a sí mismos como progresistas, socialistas y/o revolucionarios.

 

Aun con este leve, pero significativo, declive del recetario neoliberal, las estructuras del viejo Estado liberal burgués continuaron funcionando en nuestros países del mismo modo que antes, a pesar del compromiso aparentemente revolucionario de algunos gobernantes de promover y de contribuir a asentar cambios estructurales que dieran cabida al ejercicio real de una democracia participativa y protagónica (con posibilidades no descartables de transformarse en una democracia directa). La voluntad política -expresada en discursos, medidas gubernamentales y algunas leyes- no resultó suficiente para trascender audazmente el marco tradicional de las funciones estatales. Ahora, ante la recuperación progresiva del poder en algunos países de nuestra región por parte de los sectores políticos conservadores (Brasil, Argentina, Ecuador) en conexión con los intereses hegemónicos estadounidenses, es una exigencia abordar el problema del poder de una forma menos simplista que la aspiración de reemplazar a personajes y partidos políticos. Hace falta sistematizar su horizontalidad, lo que haría copartícipe al pueblo revolucionario organizado -en una primera etapa- en el diseño y la construcción de un nuevo modelo civilizatorio hasta que, dependiendo de la evolución y el dinamismo de su nueva conciencia social, éste se halle en capacidad de asumir directamente las diferentes funciones del Estado. Ése sería el objetivo básico por trazarse.

 

Complementando esto último, como lo apuntó Kléber Ramírez en su libro “Venezuela: La IV República (o la total transformación del Estado)”, publicado en 1991, “el nuevo Estado debe dirigir el desarrollo de la democracia de abajo a arriba, comenzando por hacer que todas las comunidades se hagan responsables de su propia gestión, eligiendo ellas mismas sus autoridades administrativas, elaborando y jerarquizando sus planes autogestionarios, en fin, desarrollando todo su potencial de responsabilidad”. De plasmarse esta revolucionaria realidad, se produciría entonces el cambio del poder estatal por un poder político de raíces comunales. Ya no tendría razón de ser el orden social competitivo y desigual establecido según la lógica capitalista sino una lógica comunal de responsabilidad pública rotativa, dando forma a un compromiso ético-social como elemento fundamental de una propuesta de transformación raigalmente democrático. En conjunto, recurriendo a Florestán Fernandes, político y sociólogo brasileño, tendría lugar una regeneración de la vida democrática y plebeya en vez de darle continuidad a un tipo de sociedad en el cual prevalece la desigualdad y la explotación social y económica a manos de una minoría.-       

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24/05/2018 13:56 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

¿REVOLUCIÓN? ¡CUALQUIER COSA, MENOS REVOLUCIÓN!

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Si hay algo que pueda (y merezca) reconocérsele a la derecha en Venezuela es su perseverancia en cuanto a la aplicación religiosa de los distintos esquemas desestabilizadores diseñados por la clase gobernante de Estados Unidos y sus acólitos internacionales en contra de los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Este hecho la identifica y ubica dentro de los parámetros de la ideología de la dependencia, ya no únicamente en el aspecto económico, sino político, al emparejar sus intereses con los intereses del imperialismo gringo, lo que echa por tierra cualquier rasgo de soberanía que esté dispuesta a exhibir. Con ello, sus dirigentes se proponen «convencer», en un juego macabro que combina las ofertas demagógicas acostumbradas con las amenazas y la violencia terroristas, al resto de la ciudadanía sobre las ventajas de acogerse a la «protección» estadounidense a fin de garantizar un progreso económico sin incertidumbre y el ejercicio de una democracia real en el país. Lo que no se atreve a admitir sin mucho disimulo dicha dirigencia (aunque lo deja ver entre líneas) es que, igual a lo implementado en 1989 por el gobierno de entonces y, en la actualidad, en naciones como Argentina y Brasil, de tomar el poder procederá a aplicar ortodoxamente un paquete de medidas económicas de inspiración neoliberal similar, con privatizaciones de todo tipo, completa apertura del mercado nacional al capitalismo global y flexibilidad laboral al máximo, entre otras, con lo cual los venezolanos arribarían finalmente al «paraíso» capitalista en vez de continuar -ojo, según la matriz de opinión conservadora- padeciendo el «fracaso del régimen chavista-comunista».

Si bien es cierto y notorio que la oposición simpsonizada exhibe menos moral y menos luces que Homero Simpson para regir el país, lo que la hace extraña al sentir de la mayoría venezolana, entre las filas del chavismo se obvia que la eficacia de la maquinaria estatal tiene que estar orientada a producir una finalidad dinámica y, como tal, ajustada a los requerimientos de la amplia población sobre la cual actúa. En este caso, la finalidad sería la solución de los problemas públicos, o colectivos. En un primer plano. Luego, adicionalmente, una vez reemplazados los viejos patrones burgueses liberales que obstaculizan la práctica cotidiana de una verdadera democracia participativa y/o, eventualmente, directa, contribuir a la protección y la consolidación de espacios autonómicos, conformados por ciudadanos conscientes, responsables, productivos y emancipados, es decir, capaces de asumir por sí mismos el destino del entorno en que residen, desde la escala local hasta su escala nacional. Ciudadanos que, asimismo, estén dotados de una visión más amplia de la vida social que la simple visión de una convivencia interna, volcada exclusivamente hacia el grupo o comunidad a que pertenecen o están integrados. Inspirados todos, sería lo ideal, por una voluntad (social e individual, sin que una margine o subordine a la otra) de hacer algo en común que trascienda lo existente hasta ahora.

En su obra «La autodeterminación de las masas», René Zavaleta explica que «la democracia burguesa es un factor favorable a la clase obrera, pero sigue siendo, por supuesto, la democracia de otra clase social y no la democracia proletaria. Pero la organización de la propia clase es, de hecho, la desorganización política de su contrario y, como la burguesía, por ser una clase minoritaria en su carácter, no puede sustentar su poder sino en la mediación-consenso o hegemonía-legitimación sobre los sectores intermedios y la clase obrera de conciencia no proletaria, la ruptura de esa alianza se vuelve una necesidad esencial para el proletariado. Un importante ascenso obrero que, de hecho, a cada momento, está proponiendo formas espontáneas o conscientes de poder, no puede ocurrir sin causar un gran desasosiego (su mera existencia es la prueba de que la burguesía no es más la clave universal) entre los sectores que, bajo el impacto de la ideología estatal burguesa, piensan en el orden de la burguesía como el único orden concebible, en la ley burguesa como la única ley. Ahora bien ¿a quién impacta primero dicho aparato ideológico? Al que no tiene condiciones objetivas para elaborar una contraideología, o sea, en lo típico, a la pequeña burguesía». Esto -trasladado al caso de Venezuela- constituye la piedra angular de la resistencia a los cambios planteados que todavía muestran algunos segmentos conservadores de la población venezolana, como también de aquellos que (diciéndose revolucionarios) debieran auparlos desde sus distintos cargos de gobierno.  

Por ello no es nada extraño que muchas personas expresen ásperamente: “¿Revolución? ¡Cualquier cosa, menos revolución!”. Esta conclusión amarga debiera motivar a recomenzar la lucha revolucionaria, pero con una meta bien específica: subvertir el orden establecido para producir la revolución. Ése es el compromiso mayor de todo revolucionario en el momento actual en Venezuela. No hay otro. -

 

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31/05/2018 09:54 Homar Garcés #RyS. LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA No hay comentarios. Comentar.


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