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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2020.

EL VIEJO MITO DE LA PROSPERIDAD PERMANENTE

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El pago de la deuda externa, el ajuste estructural de la economía, el control del déficit público y de la inflación, la flexibilización laboral, la privatización de las empresas y de los servicios públicos, la desestabilización financiera, la desregulación, la eventual e inminente quiebra del Estado de bienestar y del sistema de seguridad social, teniendo como subsiguiente efecto la reducción del consumo colectivo de protección social que afectará -de modo inevitable- a una considerable porción de la masa trabajadora, han sido pretextos y mecanismos utilizados para cimentar las bases del capitalismo neoliberal globalizado. Sobre todo, en lo que respecta a los países de nuestra América, dando por sentado que los mismos son inevitables y necesarios si se quiere transitar el camino de una prosperidad permanente. Al seguirse tal esquema (recomendado sin mucha variación por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional a los gobiernos que requieren su auxilio), no se hace otra cosa que reproducir y ampliar los niveles de desigualdad generados desde hace largo tiempo por el sistema capitalista. Tanto en el ámbito nacional como internacional, lo cual tiende a agudizarse cada día, con su secuela de incertidumbres e impotencia entre quienes la sufren, con poca resistencia de su parte.

En su libro «Capital e ideología», el catedrático francés Thomas Piketty, determina que «la desigualdad es ideológica y política». Refiere, además, que en ningún caso esta es una cuestión «económica o tecnológica», como muchos la hacen ver, atribuyéndole el éxito o el fracaso que algunos individuos puedan lograr en sus vidas a su empeño o a su desidia particular; lo que es extensivo, obviamente, a las naciones empobrecidas o subdesarrolladas. Concluye que dicha desigualdad no se debe a causas «naturales», como suele declararlo la derecha liberal, tan en boga en los últimos tiempos, justificando el darwinismo social que esto supondría, incluyendo una supuesta predisposición cultural, racial o étnica de parte de pueblos e individuos. Piketty describe que «cada régimen desigual reposa, en el fondo, sobre una teoría de la justicia. Las desigualdades deben estar justificadas y apoyarse sobre una visión plausible y coherente de la organización social y política ideales». En este contexto, «cada época produce así un conjunto de discursos e ideologías contradictorias que apuntan a legitimar la desigualdad».

La inserción internacional subordinada de las naciones de nuestra América al sistema capitalista internacional, desde los albores de su invasión y su conversión a colonias regentadas por España y Portugal, apenas significó un grado de superación de sus economías, reducidas al simple papel de naciones exportadoras de productos agrícolas, mineros y combustibles; cuestión que les hizo depender también de lo que decidieran las grandes potencias en materia de precios. De esta forma, éstas sufrieron un prolongado y aún no superado estancamiento estructural en relación con las industrias, los servicios y el crecimiento que debieron exhibir sus respectivas economías nacionales.

Hoy el desempleo, la informalidad laboral y la pauperización de la clase media son elementos comunes de la realidad de nuestra región, fruto de la inequidad social derivada del capitalismo. No obstante, la posibilidad de negar y de eliminar cualquier racionalidad alternativa a la existente o prevaleciente en nuestros países sigue estando ligada, de uno u otro modo, a la lógica capitalista, consintiendo el asomo de reformas que apenas minimizan su impacto negativo cuando lo que se impone es revertir el proceso de producción que domina al ser humano en general. A éste le compete ser quien controle dicho proceso, de modo que en el mismo prevalezca un nivel de conciencia totalmente diferente al que muestra en la actualidad. En tal caso, la producción estaría orientada a la satisfacción de las necesidades materiales de toda la población en lugar de satisfacer el insaciable afán de ganancias de las minorías capitalistas.

El viejo mito de la prosperidad permanente, como podrá inferirse, únicamente se ha manifestado a favor de los centros hegemónicos del capitalismo y de quienes, a lo interno de nuestros países, tratan de imitarlos y les siguen igual que corderitos al pastor que las trasquila de vez en cuando. Algo que, de darse en algún momento, representaría el fin del mundo que conocemos, al agotarse todos los recursos de la naturaleza y expandirse a un grado inimaginable la miseria en todos los continentes. En un sentido menos dramático, significaría que nuestros países continuarían accediendo a los horizontes que ahora aspiran, pero manteniendo el mismo perfil de dependencia y de atraso tecnológico, científico e industrial respecto a los países desarrollados. -          


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07/01/2020 12:41 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

NUESTRA AMÉRICA, TERRITORIO PERENNE DE LA UTOPÍA

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Nos ha correspondido como continente (desde los albores de la invasión europea a estas tierras) el destino de ser el escenario propicio de la Utopía imaginada por el inglés Tomás Moro. Cuestión que fue recreada primeramente (con pocas variaciones) por los teóricos de la independencia de las colonias hispanoamericanas, y luego, bajo la influencia de Marx, Engels y Lenin, por quienes enarbolaran las banderas de la lucha por el socialismo revolucionario. Un elemento que ha dejado su huella en los pueblos de nuestra América, los cuales (a pesar de la gran influencia ejercida desde hace siglos por el eurocentrismo) no dejan de luchar por hacer realidad esta particular utopía. Así sea -en algunos casos- por simple instinto político, como acaeciera luego de la liberación política de la vieja España cuando un importante porcentaje de la población marginada acompañara a caudillos providenciales que prometieron cambios que sólo se plasmaron a nivel retórico.

Sin embargo, el esquematismo y el dogmatismo con que fuera abordada esta Utopía en la etapa histórica del siglo XX a través del socialismo revolucionario -siguiendo el patrón impuesto por el burocratismo soviético tras la desaparición física de Lenin- impidieron que la misma se desarrollara de una forma totalmente amplia, crítica y creadora. Las convergencias y las divergencias que esto produjera entre muchas organizaciones políticas de la izquierda no contribuyeron a disipar la desconfianza creada entre nuestros pueblos por los sectores dominantes, sobre todo cuando los debates no pasaban de ser meras adhesiones a uno u otro de los teóricos de la revolución socialista que poco tenían que ver con las necesidades y las condiciones específicas de estas naciones. La simple enunciación escolástica que se acostumbró entre varios de estos movimientos políticos (persistentes en la actualidad) entorpeció la realización práctica y coherente de un verdadero socialismo revolucionario, impulsado por una conciencia política revolucionaria que fuera capaz de superar las contradicciones socioeconómicas del orden establecido en vez de suavizarlas o de tratar de coexistir con ellas. Simultáneamente, se obstaculizó el disfrute y el acceso a los grandes y múltiples avances científicos y tecnológicos ocurridos en medio siglo, a la cultura y a los bienes materiales que podrían redundar en el desarrollo y la emancipación integral de los pueblos de nuestra América; dejando todo en manos de una minoría persistentemente insatisfecha con su avaricia.  A ello se agregó también la visión mecanicista de la historia -tan al gusto de sus representantes y apologistas-, así como la anulación de la individualidad y la disolución del individuo en la masa absorbida y alienada por el consumismo, según los patrones establecidos por el capitalismo.

En este contexto, la necesidad histórica de erigir una opción realmente revolucionaria no hace sino imponerse. La implantación del modelo económico neoliberal capitalista ayudó a crear un fermento favorable para crearla y hacerla viable. La realidad económica neoliberal de los últimos tiempos puso en evidencia la inexistencia de la mano invisible del mercado con que los economistas justificaran la usura, las desigualdades y la explotación sin cesar de los trabajadores que caracterizan al capitalismo. Hoy está más claro que esa mano invisible no es tan invisible como se pregonó desde mucho tiempo atrás. Ella pertenece a los grandes conglomerados que rigen el sistema capitalista global y a las clases gobernantes que respaldan, con sus medidas, conflictos bélicos y legislaciones, los intereses de tales conglomerados, en desmedro de los derechos y los intereses de la mayoría.  

Vale concluir que “esta vez no tenemos oportunidad de volver a equivocarnos, lo que antes fue ingenuidad o desconocimiento, hoy sería mera estupidez, que la historia no va a perdonarnos”, como afirmara Celia Hart Santamaría en el prólogo de la obra de Carlos Tablada, “El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara”. Nuestra América (vistas todas sus potencialidades, en especial aquellas que se derivan de su legado multiétnico) podría, entonces, cumplir con ese destino de ser el escenario propicio de la Utopía. Sería el  territorio perenne donde (sin pecar de ilusos) todo individuo hallaría, en definitiva, su verdadera emancipación, aquella que le restituya su condición humana, en armonía con sus semejantes y la naturaleza. -  

 

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10/01/2020 11:14 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.


LA REBELIÓN QUE SE HALLA EN TODOS NOSOTROS

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Desde que la humanidad percibiera siglos atrás que el poder detentado por las minorías dominantes no emanaba de ninguna voluntad divina sino de relaciones humanas que lo legitiman y lo revisten de naturalidad, muchas personas se plantearon -desde el campo revolucionario- luchar conscientemente por la transformación estructural del modelo de sociedad vigente. No obstante, semejante tarea, a pesar de sus objetivos emancipadores, ha chocado reiteradamente con la realidad de un tipo de sociedad enajenada por el consumismo y la lógica capitalista, por lo cual ésta aun no ha logrado traspasar los límites del reformismo, sin que se alteren los fundamentos en que ella se asienta.

Para entender esta aparentemente infranqueable realidad se debe tener en cuenta que todo poder constituido tiene a autoprotegerse. Para lograrlo, éste se vale de leyes e instituciones que le otorgan la legitimidad necesaria para evitar y reducir a su mínima  expresión cualquier tipo de disidencia y cuestionamiento en su contra. Si ello no ocurre, siempre habrá a la mano el recurso del terrorismo de Estado. Desde el más sofisticado, basado en la educación y las costumbres, hasta el más salvaje, como el que se estila en las dictaduras fascistas; todo en nombre de la preservación de la libertad y la democracia. Así, se busca acallar e invisiblizar todo rasgo de rebeldía que sea considerado peligroso para la estabilidad del sistema reinante, lo cual -como es obvio- ayuda a asegurar la hegemonía de los grupos y sectores dominantes. Sin embargo, la identidad oprimida de quienes resultan segregados y reprimidos acaba por aflorar y extenderse, ejerciendo presiones sobre las minorías dominantes, a tal grado que, en ocasiones, éstas se ven obligadas a ceder a las demandas populares y, cuando ellas se radicalizan, a cesar en el ejercicio del poder.

Las diversas y recurrentes protestas populares que se producen en la mayoría de las naciones representan, en general, un rechazo al presente de explotación, desigualdades e injusticias que deshumaniza a las personas, el cual es generado a la sombra del capitalismo y del Estado burgués liberal imperantes. Esta rebelión que se halla en todos nosotros (expresada en las exigencias e iniciativas dirigidas a garantizar la libertad, la diversidad, la libre asociación, la convivencia, la comunidad y el respeto a la naturaleza) prefigura un modelo civilizatorio alternativo que todavía no ha sido del todo definido, pero que se nutre de diferentes corrientes del pensamiento revolucionario mundial, atrayendo a muchos. Dicha rebelión, no obstante, debe batallar en principio contra la colonialidad del pensamiento, íntimamente ligado al eurocentrismo, siendo el mayor obstáculo a vencer para acceder a una verdadera soberanía y, en consecuencia, a una emancipación integral. Este es un elemento importante a considerar, puesto que, en un análisis de más profundidad, explicaría el porqué del fracaso de algunas experiencias históricas que pudieron marcar el final de la sociedad capitalista existente. Por ello, el principal campo de batalla tiene que ser la conciencia de todos, fomentando, en un primer grado, una ciudadanía consciente y activa; luego, en un grado más avanzado, una sólida conciencia revolucionaria que gracias a la cual se mantenga una lucha invariable contra los rasgos distintivos del antiguo orden.

La rebelión que se halla en todos nosotros (entendida en un sentido estrictamente renovador, no conservador, como ha ocurrido últimamente en Venezuela y Bolivia, entre otras naciones de nuestra América) debe asumirse como un requisito imprescindible para consolidar los valores y los derechos ciudadanos y democráticos por ahora ausentes o disminuidos. No puede circunscribirse a las habituales reivindicaciones, atacando los efectos de una situación determinada, sino que tiene que apuntar a sus causas; planteándose como corolario una transformación estructural, creando unos nuevos paradigmas, es decir, iniciar, sustentar y definir, así, una verdadera revolución. -      

 

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14/01/2020 09:37 Homar Garcés #RyS. TEMAS REVOLUCIONARIOS No hay comentarios. Comentar.

LAS OLIGARQUÍAS “OPRIMIDAS” Y SU DERECHO A “VIVIR” EN PAZ

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La diversidad étnico-cultural, tal como se ha evidenciado en diferentes regiones de la Tierra desde mucho tiempo atrás, no es funcional a la ideología, al Estado y al  patrón capitalistas que, determinan la civilización moderna, en tanto dicha diversidad busque defender y mantener intactos sus valores esenciales de identidad; así como el derecho invocado y defendido por las mayorías de acceder a un nivel más amplio de participación y de protagonismo democrático, lo cual suele ser visto como una herejía intolerable por parte de aquellos que ocupan el pináculo de la escala social, política y económica.    

Esta situación ha sobrepasado en la actualidad el respeto a las normas formales de la democracia y de la convivencia humana, elevándose a un grado tal de violencia y de intolerancia que los nazi-fascistas de antaño no podrían haberlo hecho en su momento sin escándalo ni repudio de las gentes consideradas civilizadas o conscientes. Ahora -como viene ocurriendo desde hace tiempo en Venezuela, Nicaragua y Bolivia- sectores de la ultraderecha se han dado a la tarea de reclamar el poder para sí, de causar disturbios y de agredir, con pretensiones ostensiblemente homicidas, a quienes disientan de su reducido “ideario” político; todo ello con la bendición, los recursos económicos y la asesoría de la clase gobernante de Estados Unidos, la cual, por su parte, recurre a los atávicos prejuicios esgrimidos por sus antecesores en su enfrentamiento global contra el comunismo y la Unión Soviética. En medio de todo ello, surge un nuevo elemento, apenas analizado, que tiende a reforzar la influencia de la derecha en el escenario político continental: el fundamentalismo religioso representado por denominaciones eclesiásticas enlazadas con aquellas existentes en territorio estadounidense, asumiendo un papel de sectarismo extremista como jamás se observó en nuestra América, bajo la tutela de la iglesia católica, desde los tiempos del coloniaje español.

En el mismo contexto, la irrupción de una fuerza popular espontánea en algunas de estas naciones puso en jaque la hegemonía de los sectores dominantes. En estas, a fuerza de una coerción apenas disimulada, reforzada además a través de la ideología y algunas leyes que le sirven para preservar la estabilidad del orden establecido, el estamento gobernante siempre impuso un consenso entre las clases subordinadas en beneficio de sus exclusivos intereses políticos y económicos, haciéndoseles creer a estas que dichos intereses son comunes para todos, en la misma proporción y disfrute, a los cuales, por lo menos, accederían si solo aceptan las reglas del juego.

Como lo refiriera Paulo Freire, “en la experiencia de los opresores, todo lo que no sea su derecho antiguo de oprimir, significa la opresión. Se sentirán en la nueva situación como oprimidos, ya que si antes podían comer, vestirse, calzarse, educarse, pasear, escuchar a Beethoven, mientras millones no comían, no se calzaban, no se vestían, no estudiaban, ni tampoco paseaban, y mucho menos podían escuchar a Beethoven, cualquier restricción a todo esto, en nombre del derecho de todos, les parece una profunda violencia a su derecho de vivir. Derecho que, en la situación anterior, no respetaban en los millones de personas que sufrían y morían de hambre, de dolor, de tristeza, de desesperanza. Es que para los opresores, la persona humana son sólo ellos. Los otros son ‘objetos’, ‘cosas’. Para ellos, solamente hay un derecho, su derecho a vivir en paz, frente al derecho de sobrevivir que tal vez ni siquiera reconocen, sino solamente admiten a los oprimidos”. De ahí que en el radio de acción de la democracia (de “su” democracia) no quepan los de abajo, en lo que coinciden con los racistas y los supremacistas blancos gringos; pues en el imaginario, la autodescripción o la autoimagen (ideológica y hegemónica) de los sectores oligárquicos de esta porción del planeta es muy común que los mismos calquen todo aquello que muestran sus pares de Europa y Estados Unidos; lo que se revela en su actitud violenta y racista en relación con los sectores populares. En oposición a todo esto, como afirma John Holloway, “el reto revolucionario es más bien promover la confluencia de las rebeldías que existen dentro de todos nosotros”. Un paso previo para ello es saber y tomar conciencia que la realidad de las oligarquías “oprimidas” y su derecho a “vivir” en paz es aquella que, justamente, le es negada a los sectores populares que se rebelan, de un modo u otro, contra el sistema que los veja. -           

 

23/01/2020 08:17 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.


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