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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2019.

RASGOS DE UNA DERECHA SIN BRÚJULA PROPIA

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La derecha -vale más bien decir, la oposición al gobierno de Nicolás Maduro, puesto que muchos de sus integrantes no sabrían definir tal concepto ideológico sino sólo en cuanto a lo que no aceptan de éste, lo mismo que antes de Hugo Chávez- asume el vergonzoso y servil papel que sus congéneres de otras naciones latinoamericanas y caribeñas han hecho desde algo más de cien años en reconocer tácitamente el derecho auto-atribuido de Estados Unidos de determinar (según sus particulares intereses) el destino de nuestras naciones.

Esta actitud antinacionalista recuerda mucho la disposición asumida por los grupos oligarcas de finales de 1861 de entregarle al Imperio Británico parte del territorio venezolano (en todo lo que comprendería el sur del río Orinoco y el Esequibo) a cambio de su respaldo militar para contener el avance de la lucha revolucionaria popular que amenazaba su hegemonía política y económica. Éso por una parte. Lo otro (y más resaltante) es su constante negativa en reconocer el protagonismo y la participación democrática de los sectores populares en las decisiones de Estado, con expresiones superlativas de odio y de discriminación como nunca antes, desde la era colonial, se habían hecho sentir en este país; lo que tuvo su extensión e influencia, además, en los países donde afloró la actual xenofobia homicida e injustificable contra todo venezolano que en ellos se encuentre. 

No está demás rememorar que con la importación de comandos paramilitares colombianos y el desencadenamiento de las güarimbas, la derecha mostró el carácter violento, terrorista y fascistoide de su estrategia general para adueñarse del poder político. No le importó entonces, ni ahora, que su odio ocasionara muertes en su propio bando, como ocurrió con el joven quemado vivo al confundirlo con un chavista solo por el color oscuro de su piel y tener el aspecto de gente pobre. Pero donde se ha expresado con mayor furor este odio irracional es a través de las redes sociales, a tal punto que los insultos de toda índole y las amenazas de agresión física y de muerte son cosas cotidianas ante las cuales se sacrifican sin remordimiento toda noción de sensatez, pluralismo democrático y la más elemental tolerancia que debiera demostrar cualquier ser humano respecto a sus semejantes.

Ahora, instigada por el gobierno supremacista de Estados Unidos y sus siervos del continente, esta derecha se anima a dar un paso más audaz en sus aspiraciones por eliminar al chavismo del escenario político venezolano. Esta vez, invocando sin disimulo un golpe de Estado, así como la invasión de las tropas estadounidenses. Con ello, sus dirigentes buscan precipitar una respuesta represiva a gran escala del gobierno de Maduro, lo que tendría un gran impacto en la opinión pública interna, lo que sería replicado de inmediato en las cadenas noticias internacionales, de tal manera que se justificaría toda acción para «restaurar la paz y la democracia» en Venezuela, a semejanza de Libia.

El momento no podría ser más propicio cuando las medidas implementadas por Maduro han fracasado, generando desesperanza más que todo entre la población de menores recursos económicos, la más golpeada por los precios descontrolados de alimentos y otros productos, lo mismo que por la corrupción impune y la desidia existente en todas las estructuras del Estado. 

Esto último abona el terreno para que la derecha se decida a repetir su ya conocido guión desestabilizador, esperando que algo similar suceda en el ámbito castrense; cuestión que parece cuesta arriba si se considera que dicho sector se halla minado también por este mismo flagelo, aparte de ser víctima de constantes ataques y descalificativos por parte de la oposición. Así que, hasta cierto punto, observando el presente, se podrá responsabilizar también a la misma dirigencia chavista por las circunstancias actuales de confrontación política, absorta como se halla en su zona de confort y confiando con excesiva ingenuidad en la dependencia clientelar de los sectores populares del país.

Como corolario, al carecer la derecha de una brújula propia (influenciada en gran parte por una propaganda anticomunista remozada y descontextualizada de la era de la Guerra Fría) no contribuye en nada al logro de un consenso mínimo que sea plenamente respetado por todos los factores en conflicto, en función de la democracia y la soberanía del país. Su principal ventaja estriba en la corrupción, las contradicciones, los errores y la ineficiencia del chavismo gobernante mientras que su mayor desventaja se encuentra en su total falta de sintonía con los intereses de los sectores populares, los que no se arriesgarán a padecer las mismas circunstancias que tienen lugar en Argentina, Brasil o Colombia sólo para complacer las apetencias de poder de una minoría que siempre los desprecia. 

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04/02/2019 08:07 Homar Garcés #RyS. LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA No hay comentarios. Comentar.

LOS MUSIÚS NOS QUIEREN GOBERNAR

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Los dos principales factores políticos en pugna en Venezuela le han facilitado a la administración Trump concretar finalmente los viejos planes intervencionistas elaborados por los diferentes gobiernos que le antecedieron. Cada uno a su modo. 


En cuanto al chavismo, vale resaltar que, desde los tiempos iniciales de Chávez, se conoce al detalle la estrategia desarrollada por los gobiernos estadounidenses en su contra. Quizás a la minoría dominante de Estados Unidos no le llegó a molestar tanto la retórica revolucionaria del estamento gobernante venezolano si ésta no tuviera alguna repercusión importante en las naciones de nuestra América, contradiciendo lo que sería conocido posteriormente como el Nuevo Siglo Norteamericano, con un sistema capitalista neoliberal extendido a todo el planeta bajo la égida de los grandes consorcios transnacionales. Esta es una de las razones principales. Además del acercamiento con gobiernos considerados hostiles, como el de Cuba, Rusia y China, por lo que George Bush, Barack Obama y ahora Donald Trump emprendieran acciones de todo orden para doblegar al gobierno chavista y disponer -con una mayor confianza- de los yacimientos de hidrocarburos venezolanos. Cosa que ya no asombra a nadie. Especialmente al tomarse en cuenta los antecedentes de las guerras desatadas, con muy escasas variaciones, contra Irak, Libia y Siria 


Más que una violación del derecho internacional, constituye la ratificación de la antigua tradición gringa de considerar como el patio trasero de Estados Unidos a la vasta región latinoamericana y caribeña, haciendo valer su «destino manifiesto», la doctrina Monroe o el «gran garrote» esgrimido por Theodore Roosevelt. Especulando, posiblemente tal escenario no se habría presentado jamás, o al menos habría sido algo mínimo o remoto, si el conjunto general de la dirigencia chavista no se viera envuelta en evidentes delitos de corrupción administrativa, a lo que se añade su tendencia a obstaculizar y tutelar la organización autónoma de los sectores populares, en detrimento de los postulados de la democracia participativa y protagónica. Nada sorprendente, dada la singularidad que gran parte de esta dirigencia exhibe sin rubor alguno, lo que le ha conducido a lo que algunos vaticinan como una autodestrucción irreversible, con una población expuesta a una crisis económica cada día extrema, en la cual comienzan a percibirse los signos de una desilusión creciente.

 

En la acera contraria, la oposición invoca y hace suya la estrategia intervencionista de Estados Unidos como único modo de lograr su máxima meta de adueñarse del poder constituido. Para ello, cuenta con la audacia de Juan Guaidó, quien -con su autoproclamación como presidente «interino» de este país- cohesionó los factores opositores en torno suyo, instigado y respaldado abiertamente por Trump en reto a la hegemonía ejercida hasta ahora por el chavismo gobernante. Este nuevo «líder» antichavista es, así, luego de largo tiempo, el personaje político que mejor se ha ajustado a las pretensiones hegemónicas del imperialismo gringo. La vieja dirigencia partidista, al igual que aquella representada por Henrique Capriles o Leopoldo López, está siendo reemplazada por una generación de opositores derechistas con mayor vocación y disposición en llevar a cabo lo ordenado desde Washington. 


El nuevo escenario de la confrontación política venezolana trasciende de esta forma el ámbito estrictamente local para convertirse en uno de carácter geopolítico al quedar envueltos en el mismo Rusia, China y Estados Unidos, enfrentados por la hegemonía mundial, lo cual induce a muchos analistas a concluir en que se desencadenaría en territorio venezolano -de no prosperar ninguna iniciativa que haga posible un consenso entre el gobierno de Nicolás Maduro y los factores opositores- un conflicto bélico más directo entre estas tres potencias.


Para Estados Unidos y sus siervos de la región, identificados todos con una postura política que muchos califican de fascistización, es la oportunidad de oro para deshacerse de la influencia alcanzada en las dos últimas décadas por las agrupaciones de izquierda y, de paso, del integracionismo autónomo que éstas fomentaron desde sus respectivas gestiones de gobierno, el cual impide concretar la integración del mercado (tipo ALCA) bajo el control directo de las grandes empresas capitalistas transnacionales. Es, por otra parte, el momento esperado por la clase gobernante estadounidense para contar con una dirigencia política que le abra las puertas de par en par al capital transnacional neoliberal, sin rémoras nacionalistas y, menos, revolucionarias que entorpezcan su avance. En esta jugada de Trump, junto a sus lacayos locales y regionales, lo más claro es su propósito nada disimulado de imponer un nuevo gobierno en Venezuela que responda sin titubear a sus dictados imperiales. Poco faltaría para hacerlo con un ciudadano estadounidense de presidente de Venezuela (como ocurrió con Nicaragua a finales del siglo XIX), de manera que la recolonización resulte indudable. 

 

Por tal motivo, a fin de asegurarse la ampliación del apoyo gringo, más allá de lo que es un pronunciamiento oficial agresivo de la Casa Blanca, quienes adversan al chavismo gobernante hacen a un lado todo aquello que pudiera asociarlos con la simbología nacionalista manejada por este último, como la bandera tricolor o la imagen de Simón Bolívar. Quizás aspiren, como rasgo íntimo de la colonialidad de su pensamiento, parecerse físicamente a sus patrones del norte, lo que evidenciaría que los musiús -por encima de la mayoría étnicamente entremezclada- gobiernan a Venezuela. 

05/02/2019 12:46 Homar Garcés #RyS. LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA No hay comentarios. Comentar.


LA VERDADERA «PREOCUPACIÓN» DEL IMPERIALISMO GRINGO POR VENEZUELA

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En el presente, Brasil y Colombia juegan, por razones geopolíticas similares (serían una especie de sub imperialismos regionales) y, en una menor medida, por razones político-ideológicas, un rol relevante en la estrategia prevista por Estados Unidos de una guerra por delegación contra Venezuela. Para alcanzar este propósito, los falsos positivos (o noticias falsas) que se crearían en la frontera común de estas naciones servirán de excusa apropiada para iniciar un conflicto armado al cual se unirán, posiblemente, -en una fuerza multinacional, avalada o no por la Organización de Estados Americanos- tropas latinoamericanas, instigadas y dirigidas por Washington. En ésta no se descarta la posibilidad que participen también fuerzas pertenecientes a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, dada la predisposición notoria de algunos regímenes europeos en hostilizar y pretender el derrocamiento de Nicolás Maduro.

En este contexto, de concretarse tal cometido, la fuente del derecho internacional ya no estará sustentado en lo que dictamine la Organización de las Naciones Unidas, ni otra semejante, sino -como se vió en años anteriores- en lo que convenga Estados Unidos. Ello supone una etapa de gran envergadura en los asuntos internos del resto de países en nombre de la libertad y de la democracia.

Es bien conocido que la guerra es el negocio más rentable del complejo industrial-militar que domina Estados Unidos. La guerra y el caos generados en contra de naciones y gobiernos «hostiles» a los intereses y la seguridad estadounidenses apuntalan, por tanto, una nueva concepción, adecuación y/o redefinición imperialista. No es casual, en consecuencia, que el actual inquilino de la Casa Blanca exhiba impúdicamente un comportamiento disparatado y al margen de todo respeto por el derecho internacional y por la autodeterminación de los pueblos, decretando sanciones a diestra y siniestra, y profiriendo amenazas explícitas de agresión militar. Todo ello, conduciendo al planeta a un estado generalizado de guerra.

No se puede pasar por alto que, independientemente de la sumisión e incondicionalidad obtenidas de los regímenes que estarían dentro del círculo de su dominación imperial, a la clase gobernante gringa le importa sobremanera asegurarse disuadir y extinguir todo movimiento político y social que represente (o pueda representar) potencialmente un obstáculo inconveniente para el logro total de sus metas; especialmente si éste es inspirado por ideales de raigambre cultural, patriótica y/o nacionalista. Como lo enunciara el General James T. Hill, jefe del Comando Sur, en 2004 ante el Congreso de su país, estos movimientos y gobiernos son considerados populismos radicales. Una «amenaza emergente», según lo sentenció este centurión yanqui, enmarcada en lo que Estados Unidos concibe como su particular lucha antiterrorista; de una forma más amplia y prolongada que la lucha anticomunista llevada a cabo en suelo latinoamericano tras el triunfo de la Revolución Cubana. A fin de disipar dicha «amenaza», el imperialismo gringo dispone de un ejército de medios de información y operadores políticos encargado de convencer a nuestros pueblos de lo desastroso que sería confiar en las acciones y gestos de buena voluntad de estos populismos radicales.

La política imperialista de Donald Trump no es un hecho circunstancial y únicamente enfocado en el caso de Venezuela. Desde la década de los 80 del siglo pasado hasta el presente, los sucesivos gobiernos estadounidenses fueron diseñando y rediseñando su doctrina expansionista, dándole solidez a lo que John O’Sullivan proclamaba en 1845 respecto a que «la nación americana ha recibido de la Providencia divina el destino manifiesto de apoderarse de todo el continente americano a fin de iniciar y desarrollar la libertad y la democracia. Luego, debe llevar la luz del progreso al resto del mundo y garantizar su liderazgo, dado que es la única nación libre de la Tierra». Dicha tendencia está marcada ahora por la necesidad de desnacionalizar las economías de nuestra América en su beneficio (lo que ya se trató de hacer con la iniciativa del ALCA). Estados Unidos requiere de los mercados y de los recursos naturales estratégicos del continente, de modo que pueda asegurarse su recomposición económica en un mundo capitalista que tiende a orbitar cada día alrededor de la economía de China. Con la finalidad de concretar este asunto de vida o muerte para su economía interna, Estados Unidos debe entroncar a las burguesías locales al sistema capitalista global bajo su control directo. Acá radica la razón principal de la agresión yanqui contra el gobierno de Maduro. La alusión a la crisis humanitaria y a la defensa de los derechos democráticos nada más sirven para ocultar la verdadera «preocupación» del imperialismo gringo por Venezuela. -

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13/02/2019 05:49 Homar Garcés #RyS. TEMAS ANTIIMPERIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA LUCHA DE CLASES DE LA DERECHA

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El miedo de los grupos oligárquicos venezolanos al comunismo -extendido a quienes aspiran ingresar a sus círculos de exclusividad, como lo serían los integrantes de la llamada clase media- se ha manifestado, a pesar de la vehemencia y seriedad con que lo hacen y lo asumen, en situaciones rayanas con una irracionalidad y una ridiculez de alto calibre. Demostrada la falacia de sus argumentos, nunca se han preocupado en rectificar sus acciones y, mucho menos, en demostrar la validez de su "propuesta". Ahora, con la autoproclamación del presidente de la Asamblea Nacional como presidente interino (o paralelo) de Venezuela, acogiéndose a la Constitución que niegan y por recomendación expresa del gobierno de Donald Trump, estos sectores muestran su osada decisión de quemar las naves y de negarse rotundamente en alcanzar algún posible consenso con sus enemigos políticos.
 
En medio de todo esto, algunas voces sonaron algo más inteligentes que la mayoría de la oposición. Sin embargo, éstas resultaron silenciadas, impidiéndoseles un mayor acceso a los diferentes medios de información que contribuyen a mantener viva la llama desestabilizadora de la oposición, lo que podría calificarse de contrasentido cuando se acusa al gobierno chavista de coartar la libertad de expresión y la libertad de prensa, siendo como es, según su tajante y reiterada acusación, una dictadura. Al respecto, cabe señalar que durante todos estos años de hostilidad hacia el gobierno chavista, la única verdad aceptada y aceptable para el antichavismo, la única que ha de divulgarse extensamente en cada una de las cadenas noticiosas del planeta, es la suya. Con ello, la dirigencia de la derecha local impide que haya algún asomo de sensatez y disidencia que divida sus filas. Más en este tiempo al resurgir las movilizaciones en diversas regiones de Venezuela, lo que les anima a plantearse escenarios más radicales. 

Como lo ha constatado el pueblo en varias ocasiones, la oposición derechista -contrariamente a lo expresado en su discurso- hace un uso sesgado de lo que le permitiría hacer el marco constitucional vigente, mismo que rechazara públicamente en 1999 y aboliera arbitrariamente, sin más consideraciones que las suyas, mientras detentó el poder por escasas 43 horas al derrocar a Hugo Chávez en 2002. Esta posición unilateral de los sectores opositores niega porfiadamente la realidad de un pueblo que comenzó a transitar la vía constitucional para acceder a unas mejores condiciones materiales de vida, siguiendo, incluso, los patrones de consumo impuestos por el imperio ideológico del capitalismo. Así, descalificaron la autoridad y la imparcialidad correspondientes al Consejo Nacional Electoral cuando los comicios resultaron favorables a Chávez, Nicolás Maduro y todos los demás candidatos del chavismo; sin embargo, otra fue su actitud al conseguir algunas alcaldías, gobernaciones y la mayoría de curules de la Asamblea Nacional.
 
Visto su fracaso continuo para convencer electoralmente a la mayoría de los venezolanos sobre su idoneidad y buenas intenciones para regir los destinos del país, supuestamente en beneficio de toda la población, la derecha se ha inclinado por alternativas extremas (como las güarimbas y atentados terroristas) que precipiten la caída del gobierno, a tal punto que la invocación abierta de una agresión militar por parte de Estados Unidos y sus aliados de la región le parece algo de lo más normal, sin estimar el alto costo que ello significaría en vidas humanas y destrucción de la infraestructura, en especial de aquella que pueda brindar algún tipo de beneficios, justamente, al pueblo que asegura tanto defender. No se trata, como lo han hecho ver, de una maniobra de desconocimiento de la legitimidad del gobierno nacional, teniendo como soporte lo establecido en el artículo 350 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Se trata de la ejecución de una estrategia del caos, cuya meta inmediata es causar pánico entre venezolanas y venezolanos, vistos los antecedentes de Iraq, Libia y Siria, siendo su común denominador el control del petróleo. Con esta medida, los sectores derechistas optan por violar sin disimulo el Estado de Derecho y cualquier expresión de respeto y de garantía del pluralismo democrático que ha de imperar en toda sociedad. Le imponen a sus seguidores, además, un atajo anticonstitucional que rompe con toda legitimidad de las instituciones públicas existentes (a excepción, claro está, de aquellas que controla, gracias, paradójicamente, a elecciones organizadas y supervisadas por el Consejo Nacional Electoral, al cual cuestiona constantemente por supuestos fraudes cometidos a favor de las candidaturas chavistas), lo que es exacerbado por su ala más extremista o neofascista, precisamente aquella cuya voz es más atentamente escuchada en los recintos de la Casa Blanca.

Lo anterior refleja, de uno u otro modo, cuáles son los valores reales que animan la conducta de quienes anhelan desalojar del poder al chavismo. Para nadie es una sorpresa descubrir que estos valores son, básicamente, una réplica de los observados en la sociedad estadounidense, con su dosis de racismo y de desprecio a los pobres; lo que es mucho decir respecto al tipo de ideología que les guía. De hecho, sus mensajes en inglés y la utilización recurrente de símbolos vinculados a la cultura consumista estadounidense dan cuenta del nivel de alienación y de transculturización bajo el cual se han "educado" los representantes de la derecha local, lo que explica en gran parte su falta de sentido de pertenencia hacia Venezuela y el por qué muestran tanta sumisión a Washington (aparte de su devoción mercantilista por los dólares). Sin embargo, esta caracterización resultaría demasiado simplista si se ignora que estos rasgos ideológicos mantienen una conexión con el eurocentrismo y el régimen de castas de la época colonial; de ahí que muchos de los considerados burgueses sientan y piensen que son superiores al resto de la población nacional, al cual sólo se le reconoce su carácter utilitario y/o accesorio, pero jamás su capacidad para gobernar y, menos, para autogobernarse, como ésta lo ha pretendido durante las dos últimas décadas. 

Como se podrá inferir, la derecha y/o burguesía ha entablado con el pueblo (más que con Chávez o Maduro) una lucha de clases que está, en apariencia, dispuesta a ganar -con tropas, asesoría, apoyo oficial y financiamiento del imperialismo gringo- cueste lo que cueste. Al contrario de lo aseverado por sus representantes, es la derecha y/o burguesía quien pretende conducir al caos total a Venezuela a fin de satisfacer su revanchismo y ansias de poder. Los sectores populares sólo quieren una redistribución más equitativa de la riqueza nacional, además de su pleno reconocimiento como seres humanos. Una cuestión de siglos. Éste es un detalle que busca oscurecerse, utilizando para ello la misma retórica gubernamental, enlazada ésta con la tradición socialista/comunista, lo que le ha servido a la derecha y al imperialismo gringo para reavivar los miedos de mucha gente de perder sus propiedades, condición social y privilegios. -

 

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25/02/2019 10:28 Homar Garcés #RyS. LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA No hay comentarios. Comentar.

EL COMUNISMO Y EL MIEDO A LA DEMOCRACIA DE LAS MINORÍAS

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Quienes se han afanado inútilmente en anatemizar desde siempre los ideales revolucionarios del socialismo (vale decir, del comunismo) parten de un razonamiento (si cabe aceptar que cualquier razonamiento de los sectores reaccionarios o conservadores sea, de alguna manera, un producto realmente racional) absolutamente equivocado y, por añadidura, forjado. Acusan al comunismo (para efectos prácticos y entendibles, el socialismo revolucionario) de ser una ideología fracasada a nivel mundial. Olvidan adrede que nada de lo previsto por los teóricos comunistas -con Marx y Engels en primera fila- pudo concretarse debido a una multiplicidad de causas, pero preeminentemente por la alienación y la fetichización del poder de las cuales ha sido víctima, desde hace siglos, la humanidad. Sobre todo, luego de producirse la Revolución Francesa de 1789 cuando, a partir de este trascendental hecho histórico, la burguesía se convierte en la clase social dominante.
 
Este detalle es muy importante destacarlo, ya que el poder de la burguesía no se basaría -como lo hicieran reyes, papas y "nobles"- en la sacra voluntad de un dios sino a través del capital acumulado y las relaciones sociales y productivas que de éste se derivan. A fin de asegurar esta posición privilegiada en la cúspide de la pirámide social, la burguesía le inculcó a los sectores populares subordinados la ilusión de armonía de una democracia que garantiza a todos una igualdad de derechos y oportunidades. Sin embargo, la irrupción del ideario comunista develó la verdadera realidad de las cosas, atizando el miedo a la democracia de las minorías gobernantes; convirtiéndose en la opción revolucionaria frente al capitalismo, de un modo similar a como éste lo fuera frente al feudalismo europeo.
 
Con esta carga histórica a cuestas, los regímenes que adoptaron esta opción revolucionaria confrontaron de inmediato las arremetidas de los dueños del capital, lo que se expresó en guerras intestinas y en agresiones externas de todo tipo. Un ejemplo de ello fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, más cercanamente en el tiempo, la República de Cuba; evitándose que estas naciones llegaran a desarrollar el socialismo (vale repetir, el comunismo) como lo anticiparan sus teóricos originales y quienes continuaron la tarea de definir lo que este resultaría. Otro factor que contribuyó con su aparente fracaso fue el no eliminar del todo las viejas estructuras del Estado burgués liberal, así como las relaciones de reproducción del sistema capitalista, además, de la propaganda largamente extendida y difundida en relación con las grandes bondades del capitalismo (resaltando el éxito como un asunto estrictamente personal al cual debe aspirar toda persona a fin de sentirse plenamente realizada, ahora con un mayor énfasis bajo el capitalismo neoliberal); cosa que, a pesar de las medidas adoptadas para garantizar la inclusión y la propiedad social de los medios de producción, ocasionó que mucha gente percibiera al capitalismo como el sistema ideal para alcanzar un mejor bienestar material y se pasaran por alto sus bases y origen. Como efecto de las acciones de la burguesía (local y extranjera) en su contra, las experiencias germinales del socialismo en diferentes latitudes del planeta se vieron seriamente afectadas y truncadas; lo que sirvió para acentuar la propaganda respecto a su presunto fracaso.

Por otra parte, el verticalismo, el dogmatismo y el burocratismo -generados a partir de las relaciones de poder por el Estado burgués liberal- hicieron de la revolución socialista una realidad estancada y despojada de la influencia y del ímpetu de los sectores populares como agentes sociales de primera línea de la transformación estructural anhelada. Sumado a estos factores, la represión de la disidencia ayudó a la industria ideológica capitalista a aumentar los temores de muchas personas en cuanto a lo que sería el socialismo revolucionario, sin indagar mucho en su verdadera esencia, conocimiento y propósito.
 
"Se mire como se mire, -escriben Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero en su libro ’Comprender Venezuela, pensar la democracia’, refiriéndose a la compatibilidad entre socialismo y democracia- lo que la historia del siglo XX demostró con contundencia no fue, como tantas veces se repitió y se sigue repitiendo, que el comunismo se copertenecía naturalmente con formas políticas dictatoriales: lo que más bien quedó demostrado es que el mundo capitalista no podía permitirse ni una sola vez el mal ejemplo de un comunismo compatible con la democracia, el parlamentarismo o el Estado de Derecho. Mientras se clamaba contra las dictaduras comunistas, supuestamente porque eran dictaduras, se justificaban, alentaban, financiaban, entrenaban e imponían las dictaduras más sanguinarias contra las posibilidades democráticas del comunismo (...) Un comunismo democrático habría sido un ejemplo demasiado peligroso para el mundo". 
En el presente, el fracaso y la maldad implícita que se le atribuye a la teoría-matríz del socialismo revolucionario tiene sus ecos en las redes sociales y demás medios de información a nivel mundial. Sin embargo, la aparente victoria de los sectores reaccionarios resulta insuficiente para ocultar -pese al manejo de un vasto imperio mediático a su servicio- la cruda realidad de desigualdad, discriminación e injusticia del modelo civilizatorio que éstos defienden. La variedad y simultaneidad de movimientos opuestos a la hegemonía capitalista neoliberal dan cuenta de qué es lo que ha fracasado realmente respecto a la factibilidad de vivir en un mundo regido con justicia, libertad y democracia, lo que sería la aspiración común de una gran mayoría por ahora doblegada. No ha sido precisamente el comunismo y/o socialismo revolucionario el modelo fracasado aunque sus detractores continúen diciendo todo lo contrario . - 

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27/02/2019 10:04 Homar Garcés #RyS. TEMAS REVOLUCIONARIOS No hay comentarios. Comentar.


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