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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2020.

REDEFINIR LA DEMOCRACIA EN EL SIGLO 21

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Pocos ponen en entredicho que la democracia es, en esencia, soberanía popular. En razón de ello, resulta paradójico que una minoría -aun aquella en que ésta es delegada a través del voto- pueda y quiera asumir dicha soberanía como algo propio y exclusivo sobre la cual no habría control alguno por parte de los sectores populares, de quienes, justamente, ella se origina. En este caso, la célebre frase con que Abraham Lincoln definiera la democracia tendría que reinterpretarse a profundidad, a la vista de las diversas transformaciones vividas en muchos aspectos por el género humano durante los dos últimos siglos de historia; obligando a la generalidad de los hombres y las mujeres de este tiempo a plantearse reivindicaciones que, a pesar de su carácter local, tienen connotaciones universales. Lo que debiera verse como una reacción legítima que cuestiona los cimientos sobre los cuales se erige el modelo civilizatorio imperante en el mundo.   

Producto de sus reflexiones, el nacionalista kurdo Abdullah Öcalan determinó que "los procesos de toma de decisión democráticos no deben ser confundidos con los procesos conocidos de la administración pública. Los Estados sólo administran mientras que las democracias gobiernan. Los Estados están fundados en el poder, las democracias están basadas en el consenso colectivo. El mandato en el Estado está determinado por decreto, aunque puede en parte ser legitimado a través de elecciones. Las democracias usan elecciones directas. El Estado usa la coerción como medio legítimo. Las democracias se apoyan sobre la participación voluntaria". En concordancia con esta sentencia, los diversos Estados y/o gobiernos están -en su gran mayoría- regidos por dicha concepción, lo que supone una limitación a la participación organizada y efectiva del pueblo en su toma de decisiones, dando por descontado, de acuerdo al discurso oficial, que ellos lo hacen (siempre) en interés del bien colectivo.

En este orden de ideas, los sectores populares están llamados a superar la ausencia de organización y de dirección colectiva que presentan muchas veces. Deben activar, al mismo tiempo, de un modo determinante y permanente, un proceso de movilización que incida realmente en la desburocratización de las funciones públicas, lo que habrá de lograrse a través de una participación total y vinculante frente a la gobernabilidad burgués-liberal tradicional. Ello contribuiría a hacer de la democracia el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo pero esta vez con el pueblo. Sin embargo, no bastará exigir un mayor ejercicio de la democracia sino se extiende ésta también al ámbito económico, transformando y/o erradicando de raíz el sistema capitalista dominante.

El destino de la humanidad, como muchos lo deducen, se halla en una situación de bifurcación muy importante. En todos los niveles de su existencia. Las demandas populares que se hacen sentir en cada nación del planeta -en medio de las graves y profundas desigualdades, injusticias, guerras y, ahora, pandemias generadas por el individualismo posesivo que caracteriza al capitalismo en un sentido general-  son demandas incompatibles con el predominio capitalista neoliberal y el tipo de Estado que lo justifica, por lo que adoptan características subversivas y revolucionarias, combatiendo simultáneamente las condiciones de opresión política, de explotación económica y de discriminación social.

Contra la pretendida democracia del Estado burgués-liberal (la cual permite y exige una conducta pasiva y, en algunos casos, servil de los ciudadanos) se hace imperativa la búsqueda y el establecimiento de una nueva concepción y de una nueva práctica política (dando preeminencia a la soberanía popular), de una nueva economía (centrada en el respeto a la dignidad humana y a la naturaleza) y de unas nuevas maneras de comprensión de lo que representa el tipo de sociedad vigente sobre la base de valores libertarios, democráticos y comunitarios. En esta perspectiva, se produciría una mejor redefinición de la democracia en el presente siglo, desde abajo, logrando los sectores populares organizados la participación y el protagonismo que reivindican y merecen. -              

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25/08/2020 09:20 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

¿ES POSIBLE TRANSFORMAR LA SOCIEDAD EXISTENTE A TRAVÉS DEL ESTADO?

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Por largo tiempo se ha planteado la interrogante de si existe la posibilidad de transformar efectivamente el modelo de sociedad existente a través del Estado liberal burgués. En esto han coincidido quienes -sin desdeñar por completo el pasado- aspiran a que el tipo de sociedad en que viven evolucione de alguna forma a un estadio superior de convivencia, garantizándoseles a todos las mismas oportunidades de progresar; mientras otros, más revolucionarios, tienen como objetivo central de su pensamiento y de sus acciones la erradicación del orden establecido, sustituyéndolo por uno donde existan mayores niveles de equidad, de democracia y de autogestión económica.

En la práctica, entre finales del siglo pasado e inicios del presente, muchos de los gobernantes progresistas y/o izquierdistas de nuestra América apostaron a que se abría en el horizonte un nuevo grado de madurez de la democracia, unido a la posibilidad de alcanzar un desarrollo económico compartido mediante la implementación de acuerdos y la creación de organismos de integración regionales. Gran parte de los mismos comenzaron a divulgar la tesis gracias a la cual habría una mayor inclusión social, elevando los niveles de bienestar material de vastos sectores de la sociedad que hasta entonces permanecieron largamente excluidos, al mismo tiempo que se les garantizaba una participación más efectiva en el ámbito político; lo que les estimuló a constituir estructuras de carácter comunitario con alguna incidencia de importancia en el orden económico (buscando crear alternativas al capitalismo), pero más -básicamente- en lo político (adquiriendo así un papel más activo y protagónico) y en lo social (organizándose de forma suficientemente autónoma).

Sin embargo, los acontecimientos ocurridos posteriormente en Ecuador, Brasil y Bolivia (tres de las naciones, cuyos gobiernos marcaron huella en esta dirección, a las que se suma Argentina con el paréntesis del régimen derechista último) obligaron a muchos teóricos y analistas a hacer un alto en sus reflexiones acerca de lo que sería en nuestra América una revolución de carácter altamente democrático, inclusiva, anticapitalista y antiimperialista; dada la nueva situación creada por los gobiernos de estas naciones al actuar en estrecha relación con el gobierno de Estados Unidos para desmantelar de forma absoluta lo logrado por los sectores populares durante esta etapa histórica. En estas reflexiones, pocos han admitido el limitado o nulo avance en cuanto a los cambios estructurales que debió sufrir el Estado, lo que facilitara que se produjera el golpe de Estado contra Evo Morales y, bajo una modalidad legalista ya aplicada en Honduras y Paraguay, contra Dilma Vana Rousseff en Brasil; sin excluir los procedimientos judiciales aplicados a Luiz Inácio Lula Da Silva, en el mismo Brasil, y a Rafael Correa, en Ecuador, con la finalidad de excluirlos definitivamente del ámbito político. Otro tanto podría decirse respecto a Venezuela donde, a pesar del control del estamento gubernamental e institucional ejercido consecutivamente por el chavismo desde hace veinte años, aún se mantienen intactas las viejas prácticas clientelares y la corrupción administrativa en diversos niveles, afectando significativamente lo referente a la constitución de un verdadero poder popular, cuyas decisiones y acciones sean plenamente soberanas frente a los cinco poderes públicos constituidos. En este último caso, los sectores de la derecha, tanto la tradicional como la emergente -apadrinados por el imperialismo gringo junto con regímenes de la región y de Europa occidental- han tratado de aprovecharse, sin mucho éxito, de los desaciertos, del descontento y de las fisuras dentro del chavismo, creando falsas o ilusorias expectativas en relación con la inminente caída de Nicolás Maduro; evidenciando de este modo un vasto desconocimiento de la idiosincrasia y de la historia de luchas del pueblo venezolano al aplicar las estrategias y las tácticas diseñadas por Estados Unidos para desestabilizar el gobierno de este país.

En todos los casos que puedan evaluarse no ha bastado con arrebatar a los sectores dominantes la maquinaria del Estado y tratar de servirse de ella para cumplir los objetivos trazados en beneficio de los pueblos si la justicia social y la democracia participativa no se hacen elementos sustantivos de la mano del pueblo, lo necesario para producir y protagonizar las transformaciones estructurales que aseguren su emancipación integral en una sociedad de nuevo tipo, más equitativa que la presente. La transformación de la sociedad tendría que producirse al mismo tiempo que la total transformación del Estado, de otro modo se repetirá el ciclo de experiencias fracasadas que registra la historia. - 

 

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25/08/2020 12:44 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.


EL MUNDO CONTEMPORÁNEO Y LO POLÍTICAMENTE «CORRECTO»

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La indiferencia absoluta ante el dolor ajeno ha reemplazado -sin mucho escándalo y/o vergüenza entre aquellos que lo presencian, aun en medio de la pandemia del Covid 19- la solidaridad o la empatía que debiera generarse entre la humanidad, ya sea que ésta se origine por causa de las distintas religiones que se profesen (caracterizadas e inspiradas, en apariencia, por el amor al prójimo), o por el tipo de educación recibida (donde destacarían la importancia y la necesidad de los valores éticos y morales). Esto se pone de manifiesto mayormente en el área económica, con un capitalismo neoliberal autocomplaciente, en búsqueda constante de mayores ganancias, cuyos apologistas consideran que la asistencia social prestada por el Estado es una traba dispendiosa que hace insostenible cualquier grado de crecimiento económico que se plantee.

A grandes rasgos, el mundo contemporáneo se encuentra saturado de opciones individualistas y/o individualizadas que merman la posibilidad real de alcanzar el bien común. Zigmunt Bauman en “Trabajo, consumismo y nuevos pobres” sentencia: “En otras épocas, la apología del trabajo como el más elevado de los deberes -condición ineludible para una vida honesta, garantía de la ley y el orden y solución al flagelo de la pobreza- coincidía con las necesidades de la industria, que buscaba el aumento de la mano de obra para incrementar su producción. Pero la industria de hoy, racionalizada, reducida, con mayores capitales y un conocimiento profundo de su negocio, considera que el aumento de la mano de obra limita la productividad. En abierto desafío a las ayer indiscutibles teorías del valor -enunciadas por Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx-, el exceso de personal es visto como una maldición, y cualquier intento racionalizador (esto es, cualquier búsqueda de mayores ganancias con el capital invertido) se dirige, en primer lugar, hacia nuevos recortes en el número de empleados”. Tal situación convierte a los mercados en objeto prioritario de los gobiernos, indiferentemente de cuál sea su orientación político-ideológica, relegando el bienestar colectivo a un segundo plano, sometido en todo caso a los dividendos que obtendrían los dueños del capital (sea exógeno o endógeno).

Bajo tal perspectiva, no extrañaría que la conducta social e individual carezca de una moral de responsabilidad pública. Tal como se evidencia con el manejo imprudente del coronavirus que diezma millones de almas en todos los continentes, los desastres ecológicos, la niñez abandonada y esclavizada o la corrupción política, entre otros flagelos de los cuales todos tienen una opinión negativa pero que no los motiva suficientemente para generar una voluntad de acción conjunta en pro de su erradicación. Algo que se refleja en la industria del entretenimiento, la cual -aparte de traer ingentes cantidades de dinero a sus promotores- produce una transferencia ideológica a quienes está orientada, induciendo en éstos una sumisión dirigida que les hace resignarse ante las decisiones e intereses de las clases dominantes y el orden establecido y a desconfiar de sus propias potencialidades. Esto obliga a los seres humanos a proponerse una redefinición de los valores imperantes y la conjugación de iniciativas populares que propicien en todo momento el bienestar colectivo, la emancipación integral de cada uno (sin menoscabo de sus prójimos y de la naturaleza) y la instauración de un orden social, político y económico más justo. Sería una revolución de otro tipo, una más profunda y más humana en franca oposición a lo que habitualmente se concibe como lo políticamente “correcto”. -                

 

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26/08/2020 08:16 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

LA SOBERANÍA POPULAR FRENTE A LA CORRUPCIÓN E INEFICIENCIA DEL ESTADO

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La separación del Estado de los sectores populares es un hecho que se evidencia y se repite, independientemente de su designación, a escala planetaria. Entre ambos elementos existe una tirantez constante que, de incrementarse, podría producir una crisis de ingobernabilidad y desembocar en un golpe de Estado o en algo de mayor impacto como lo sería una rebelión popular generalizada. Esto obliga a repensar lo que es y debería ser el Estado liberal burgués a la luz de los diversos eventos suscitados desde finales del siglo pasado hasta el presente en demanda de mayores niveles de participación democrática, lo que ha llevado a hablar, en la mayoría de los casos, de una democracia participativa y protagónica en la cual se manifieste a plenitud y de manera primordial el espíritu emancipatorio de los pueblos. Esta nueva visión y/o concepción de la democracia contrasta, ciertamente, con el modelo de sociedad vigente, siendo éste un sistema generador de desigualdades de toda especie, derivado y legitimador de la lógica capitalista predominante.

Así, se observa que las características, la esencia, el control y la direccionalidad del Estado tradicional -diseñados desde hace siglos en función de la ideología, los privilegios y los intereses de las minorías dominantes- resultan completamente incompatibles con las aspiraciones de emancipación integral que animan las luchas populares. Una cuestión que, de alguna u otra forma, repercute en la vigencia de lo  que habitualmente identificamos como el ineficiente funcionamiento burocrático del Estado -del cual es víctima sempiterna la generalidad de los ciudadanos-, a lo que se suma la corrupción existente en sus diferentes niveles y modalidades (desde aquella que se busca justificar de acuerdo a la necesidad material de quienes se corrompen hasta la que es legitimada producto de una tradición de siglos que se estima ineludible y, por tanto, se acepta como algo normal o corriente), lo que tendrá siempre sus consecuencias en la actitud que asuman estos mismos ciudadanos en lo que respecta a la percepción de sí mismos, de sus semejantes y del país en que residen.

Por ello, quienes controlan el poder del Estado buscan estimular y reforzar el establecimiento de un poder político caracterizado por un ejercicio arbitrario y personalista que poco o nada tiene que ver con el interés y los derechos colectivos; haciéndole ver a las personas que no hay otras alternativas con qué sustituirlo. Evidentemente, su objetivo es generar un comportamiento pasivo común entre sus subordinados, similar al de abejas y hormigas laboriosas, dedicados exclusivamente a satisfacer los gustos, los placeres y las emociones egoístas de quienes se hallan en el vértice de la pirámide social, para lo cual requieren que existan relaciones sociales, educativas y laborales donde predominen actitudes mezquinas, competitivas, represoras y autoritarias; lo que hará más sencillo que éstos se adapten al rol que se les asigna.

La soberanía popular, por tanto, es un serio obstáculo para que persista la corrupción y la ineficiencia del Estado tradicional. En un primer lugar, porque sus acciones se opondrían a la toma de decisiones unilaterales del cuerpo de burócratas y gobernantes, lo que afectaría seriamente su poder y existencia. Luego esto tendrá efectos también en el área económica al impulsar la autogestión de los sectores populares, lo que les hará menos dependientes de la demagogia de políticos, burócratas y gobernantes que requieren sus votos y aprobación para mantenerse en el poder. Por consiguiente, al confrontar la corrupción e ineficiencia del Estado, la soberanía popular debe apuntar simultáneamente a objetivos políticos y económicos, sin obviar la necesidad de manifestarse al cien por ciento en la transformación estructural del tipo de sociedad existente, ya que la sobrevivencia de cualquiera de los elementos que componen el Estado implicaría la deformación y la cooptación de dicha soberanía, desviándose y desvaneciéndose las opciones de crear y de consolidar una nueva concepción social, económica y política centrada en el beneficio -no solo material sino también cultural y espiritual- de todos los ciudadanos, indistintamente de su sexo y de sus credos particulares. -        

 

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26/08/2020 08:29 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.


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